sábado, 4 de noviembre de 2017

Una impostora llamada Mary Carleton


Mary Carleton nació en Canterbury el 11 de enero de 1642. Hija de un corista de la catedral, durante su infancia y adolescencia fue voraz lectora de novelas y libros de caballería que dispararon su imaginación y sin duda acabarían influyendo en el rumbo aventurero que iba a decidir dar a su vida. Su memoria era excelente, y se complacía en repetir fragmentos de sus obras favoritas.

Se casó con un zapatero llamado Thomas Stedman, con el que tuvo dos hijos que no superaron la infancia; pero su marido le parecía bien poca cosa para el alto concepto que tenía de sí misma, de modo que, al ver que era incapaz de complacer sus extravagancias y sufragar los lujos a los que le hubiera gustado entregarse, lo abandonó para trasladarse a Dover. Allí contrajo nuevo matrimonio con un cirujano, lo cual fue motivo de su arresto y proceso por bigamia en Maidstone.

Logró ser absuelta y se dirigió a Colonia, donde mantuvo una breve relación con un anciano aristócrata que le hacía valiosos regalos. El caballero pretendía desposarla y había comenzado a hacer los preparativos para la boda cuando Mary, para no volver a ser arrestada por la misma causa, huyó de Alemania con todos los regalos y el dinero del que pudo apoderarse. Desde allí pasó a su Inglaterra natal pasando por los Países Bajos. En Amsterdam vendió una cadena de oro, algunas joyas y la medalla que el pobre anciano había recibido por sus buenos servicios contra el rey Gustavo Adolfo de Suecia.

De regreso en Londres en 1663, se hacía pasar por una tal princesa van Wolway de Colonia. Afirmaba que su padre era Enrique van Wolway, doctor en derecho que ostentaba el título de señor de Holmstein y era príncipe soberano del Imperio, no sujeto a hombre alguno excepto a Su Majestad Imperial. Decía que ella había tenido que refugiarse en Inglaterra huyendo de un amante excesivamente posesivo. Tenía la habilidad de llorar cada vez que le resultaba conveniente, y era tan buena actriz que convencía a todo el mundo. 


Bajo esa identidad aceptó la propuesta matrimonial de John Carleton, cuñado del dueño de la posada en la que solía alojarse. Se casó con él, no sin antes dejar patente lo reacia que se sentía a unir su vida a la de un plebeyo. El marido no cabía en sí de gozo al verse aceptado por tan alta princesa; el iluso se arrojaba a sus pies y hacía uso de toda su capacidad oratoria para mostrarle su gratitud por el gran honor que se le hacía. Pero de pronto algo terminó súbitamente con su transporte amoroso: una carta anónima dirigida al dueño de la posada dejaba al descubierto todas las mentiras de Mary:

“Señor, soy un completo desconocido, aunque el sentido de la justicia y la humanidad me obligan a comunicarle que la supuesta princesa […] es una impostora. Si le digo, señor, que ya se ha casado con varios hombres en nuestro condado de Kent, y después se ha fugado con todo el dinero del que pudo apoderarse, no digo más que lo que podría probarse si compareciera ante los tribunales. Puede estar seguro de que no me equivoco con la mujer […]"

Al ser juzgada por su impostura, Mary negó los cargos y se defendió diciendo que el impostor era el propio John, quien había afirmado ser un aristócrata, y que ahora la denunciaba para librarse de ella al descubrir que estaba arruinada. Su esposo trataba así de evitar un divorcio que sería deshonroso para él. 

Mary tuvo la suerte de que el tribunal la creyera y decidiera absolverla. Después, aprovechando la popularidad que había ganado con el nuevo proceso, escribió, o más bien encargó escribir, su propia historia: El Caso de la Señora Mary Carleton. Convertida en actriz, también protagonizó una obra de teatro sobre su vida que llevaba por título La Princesa Alemana y que terminaba con este epílogo:


He sido absuelta por un tribunal, pero es mi temor
Que recibiré aquí una severa sentencia:
Pensáis que soy una osada embustera, pongamos que lo sea,
¿Cuál de vosotros no lo es? Podéis jurar que lo sé.
No me censuréis, no vaya a ser que vosotros
Merezcáis peor censura que yo;
El mundo es una farsa, y quienes nos movemos en él,
En mayor o menor grado ejercitamos nuestro ingenio;
Y es mejor llevar un nombre glorioso, aunque inventado,
Que vivir una vida oscura.

Mary se hizo con un buen número de admiradores que le hacían toda clase de valiosos regalos. Ella animaba a quien le convenía, para luego, cuando ya había obtenido suficiente de ellos, rechazarlos con desprecio, diciéndoles que se admiraba de su osadía al pretender ser amados por una princesa.

Un caballero de cincuenta años, pese a no desconocer su pasado, cayó en sus redes y creía a pies juntillas todos sus argumentos. El enamorado pensaba que Mary era la mujer más virtuosa sobre la tierra, y pronto comenzaron a convivir como marido y mujer. Le hacía toda clase de regalos, algo que ella siempre recibía fingiendo sentirse avergonzada e indigna de tanto favor. Un día el hombre llegó a casa ebrio, y ella aprovechó para despojarlo de su dinero, de las llaves de cofres y escritorios y huir con el botín.

A continuación fingió ser una doncella que disfrutaba de la buena herencia que le había dejado su tío y huía de un compromiso no deseado que su padre le había arreglado. Mimando el detalle, para mejor persuadir de su historia se encargó de que alguien le enviara cartas que supuestamente contenían noticias de la familia. Eso terminó de convencer a su casera, que vio con agrado que iniciara una relación con su sobrino.


Un día, mientras ambos conversaban, llegó una carta que ella había preparado de antemano. Al comenzar a leerla ante su enamorado, su rostro se demudó.

—¡Estoy perdida! —exclamó, a punto de desvanecerse.

Después de oler el frasquito de las sales, fue capaz de comenzar a explicarse.

—Señor, puesto que ya conocéis la mayor parte de mis cuitas, no os ocultaré esta. Así que, si os place, leed esta carta y conoced la causa de mi aflicción. 

El mensaje comunicaba la muerte de su hermano, que le dejaba en herencia todos sus bienes. Pero su padre estaba más decidido que nunca a casarla con un pretendiente que ella detestaba, para lo cual ambos se disponían a viajar a Londres, donde sabían que se encontraba. 

Para protegerla, su amante la invitó a vivir con él. Mary y su doncella, que era su cómplice, se trasladaron a sus aposentos al día siguiente, pero no con intención de quedarse. Ambas se acostaron vestidas y antes de que amaneciera se apoderaron de cuanto encontraron de valor y emprendieron la huida.

Durante los siguientes diez años utilizó métodos parecidos para defraudar a varios hombres, a menudo con ayuda de su doncella. Algunos de ellos se sentían demasiado avergonzados para denunciarla, pues significaba reconocer que habían sido engañados como tontos. Otras veces fue acusada de robo, pero permaneció poco tiempo en prisión.

Una vez fue arrestada por robar una jarra de plata. La condenaron a ser deportada a Jamaica, aunque al cabo de dos años se escapó y regresó a Londres con la renovada pretensión de ser una rica heredera. Esta vez se casó con un boticario en Westminster, pero, como no se había reformado, lo abandonó tras robarle el dinero.


En diciembre de 1672 fue capturada al ser reconocida por uno de los hombres a los que había robado, un cervecero de Southwark. Al mes siguiente era juzgada y, puesto que había abandonado Jamaica sin permiso, fue condenada a muerte. 

El 22 de enero de 1673, día de la ejecución, apareció radiante, incluso alegre. Al ver a un caballero que había ido a visitarla y con el que había conversado, se volvió hacia él y le dijo en francés:

—Mon ami, le bon Dieu vous benisse.

Después, ya en el cadalso, dirigió unas palabras a la multitud antes de ser colgada hasta morir.

Su cuerpo fue introducido en un ataúd para ser enterrado en el cementerio de St Martin, donde una vez un bromista se detuvo a dejar esta inscripción, un juego de palabras con la palabra “lie”, que tiene el doble significado de “yacer” y “mentir”:

The German princess here, against her will,
Lies underneath, and yet oh, strange! lies still.

(La princesa alemana, contra su voluntad, yace aquí enterrada, y sin embargo, oh, cosa extraña, yace inmóvil/sigue mintiendo.)


sábado, 9 de septiembre de 2017

Enrique IV, "el Buen Amigo de los Rocheleses"

Enrique IV de Francia

Enrique de Navarra nunca dejaba de perseguir mujeres, ni siquiera cuando se ocupaba de los asuntos más importantes. Entre sus numerosas amantes, encontramos a varias en La Rochelle. Cosa curiosa, porque la villa, centro comercial y financiero de primer orden, era abiertamente hugonote y predicaba un rigor moral que no se correspondía con las estadísticas amatorias de Enrique. Su comportamiento era sumamente escandaloso a ojos de aquellos protestantes que tanto velaban por la práctica de la virtud, pero ni eso ni los bruscos giros religiosos del soberano, que tanto les desagradaban, fueron obstáculo para que ganara el título de “El Buen Amigo de los Rocheleses”. 

La relación entre él y la villa fue tornadiza: a veces amistosa, a veces apasionada y con frecuencia difícil. No le perdonaban que hubiera participado en el sitio de La Rochelle tras la masacre de San Bartolomé, y veían como una traición el edicto de Nantes de 1598, que instauraba la libertad de culto y conllevaba, por tanto, que se volviera a oficiar la misa católica en las ciudades protestantes. 

Tras una primera estancia en 1558, a los 15 años se instala en La Rochelle, pues su madre, la reina Juana de Navarra, fijó allí su corte durante unos cuatro años. Sus habitantes se sentían muy honrados de acoger a Juana, protestante como ellos y cuyo padre, Enrique de Albret, había sido gobernador de la villa en 1528, dos años antes de alcanzar la corona.

Enrique de Albret

Entre las numerosas conquistas que hizo allí el por entonces príncipe de Navarra, tres nombres han quedado registrados en las viejas crónicas. El primero es el de Suzanne des Moulins, esposa de Pierre des Martines, profesor de filosofía. De esta unión nació un hijo que no sobrevivió.

Si con la primera amante había guardado discreción, en adelante dejó de ocultarse, para gran escándalo de los rocheleses. Ningún recato había ya cuando conoció a Madame de Sponde, y menos aún con Esther de Boyslambert, llamada “la Bella Rochelesa”, que el 7 de agosto de 1587 daba a luz un hijo del rey. El niño, Gédéon, sólo vivió poco más de un año. Para entonces los ánimos estaban tan enconados que Enrique, la víspera de la batalla de Coutras, tuvo que aceptar la exigencia de confesar públicamente sus faltas delante de las tropas. Y es que tenía que hacerse perdonar, pues La Rochelle, rica y capitalista, era un punto de apoyo indispensable para alcanzar el poder. A sus habitantes tuvo que recurrir con frecuencia para financiar el Estado y las guerras.

Esther era la mayor de los diez hijos de Catherine Rousseau y de Jacques Imbert, Señor de Boyslambert, un abogado al que Michelet describe como “un honorable magistrado protestante de La Rochelle”. Pero el honorable magistrado se mostró tan complaciente a la hora de entregar a su joven hija al rey que su docilidad fue recompensada largamente con títulos y honores. Tampoco olvidó Enrique recompensar a Esther con una pensión poco después del nacimiento del niño, para cuyo bienestar hizo provisiones. 

Durante su escaso tiempo de vida Gédéon recibió el título de Monsieur, que era el que llevaba habitualmente el hermano mayor del rey de Francia —el mismo título daría a César, duque de Vendôme, el bastardo nacido de su relación con Gabriela d’Estrées—. Enrique designó para él un aya, una nodriza, una camarera, un valet y un boticario.

Diane d'Andoins

Cuando residía en La Rochelle, el rey tenía la costumbre de alquilar a un precio muy elevado un palacio que recibía el nombre de Hôtel d’Huré. En él convivía abiertamente con Esther y con su hijo. No es que la bella rochelesa tuviera en exclusiva los afectos del monarca, pues en aquel tiempo Enrique también tenía por amante a Diane d’Andoins, la Bella Corisande, a la cual escribía lo siguiente mientras tanto:

“Creedme que mi fidelidad es total e inmaculada, como nunca hubo otra igual. Si eso os contenta, yo viviré feliz.”

Curiosamente, a finales de 1588 le dirige otra carta que casa muy mal con las anteriores y que debió de desconcertar mucho a Diane, pues procrear bastardos con otras mujeres no era, seguramente, lo que ella entendía por “fidelidad total e inmaculada”:

“Estoy muy afligido por la muerte de mi pequeño, que falleció ayer. Estaba empezando a hablar.”

No es de extrañar que la dama se dedicara a escribir notas sarcásticas en las cartas que recibía de él, como el ejemplo que se encontrará en este enlace:


En abril de 1589, tras la muerte de Catalina de Médicis, hubo una reconciliación entre el rey de Navarra y su cuñado, Enrique III de Francia en Plessis-les-Tours. Parece que Esther y su padre abandonaron La Rochelle para seguirlo, pues se conserva una nota en la que consta un pago de 200 coronas hecho a Esther Imbert, por expresa orden del rey, para sus gastos y los de su séquito, y para la compra de todo lo necesario para el viaje.


Poco después el asesinato de Enrique III elevaba al de Navarra al trono de Francia. Pero en 1592 aún no había logrado ser coronado o hacer su entrada en París, que permanecía en manos de la Liga a pesar del largo asedio. Enrique IV había establecido su cuartel general de Saint-Denis cuando, según Michelet, la desdichada Esther, que no había podido casarse y estaba arruinada por la guerra, acudió a pedir sustento. Pero para entonces el rey había comenzado su relación con Gabriela y cuenta la leyenda que, por temor a incurrir en su desagrado, le negó el socorro a su antigua amante.

Esther murió poco después, hacia 1593, aunque las versiones acerca de su muerte difieren. Dos cronistas afirman que Gabriela d’Estrées la hizo envenenar cuando la bella rochelesa, hacia la que Enrique habría vuelto de nuevo sus ojos, estaba a punto de seguirlo hasta Borgoña. Ambos sitúan la fecha en el 14 de julio de 1592, pero no resulta un relato verosímil. Otros afirman que murió en la miseria, olvidada del rey, y que su cuerpo fue arrojado a una fosa común. Tampoco es cierto, pues se sabe que recibía anualmente una pensión.

Su epitafio dice así:

Aquí yace una Esther que era de La Rochelle
Que quiso arriesgar su reputación
Por complacer a un gran rey de nuestra nación
Permitiéndole disfrutar de su belleza carnal
Ella fue su concubina fiel.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Carta de Victoria Eugenia a Alfonso XIII

Victoria Eugenia con sus hijos

Corría el año 1905 cuando el rey Alfonso XIII, con tan solo 19 años, asistía a una fiesta que organizaba Eduardo VII de Inglaterra en su honor. Alfonso acudía animado por las perspectivas de encontrar entre las damas asistentes a la mujer que convertirla en su esposa. La elegida fue finalmente Victoria Eugenia de Battenberg, que debía su nombre a su abuela, la reina Victoria, y a su madrina, Eugenia de Montijo. A pesar de que la reina María Cristina, madre de Alfonso, no era partidaria de ese matrimonio, pues consideraba a la novia de rango inferior y se mostraba preocupada por los casos de hemofilia presentes en la familia, el 9 de marzo de 1906 se hacía oficial el compromiso.

La petición de mano tuvo lugar el 25 de enero de 1906 en la Villa Mourriscot de Biarritz. Dos días después hubo un segundo acto en el palacio de Miramar, residencia de verano de la reina madre en San Sebastián. 

En el palacio real de Madrid se conserva la primera carta que ella le escribió, ya prometida al monarca español:

Alfonso XIII

Kensington Palace, Londres, 11 de marzo de 1906

Mi querido y viejo amigo Alfonso:

Se me hace muy raro escribirte en la misma mesa de mi habitación en la que solo te escribía tarjetas postales y que tantos recuerdos me trae. Gracias a Dios, ahora todas mis inquietudes son cosa del pasado y solamente me queda soportar la tristeza de estar separada de ti.

Te echo terriblemente de menos, querido, y mis pensamientos regresan sin cesar a las deliciosas horas en las que estaba sentada en tus rodillas y apretada contra tu corazón, y cuando sentíamos lo mucho que nos adorábamos. Pues bien, la próxima vez en Miramar todavía será mejor, ¿no es así, querido mío? ¡Ya no tendremos que preocuparnos por las interrupciones de nuestras madres!

El marqués de Muni [1] y los San Román estaban en la estación de París y el bueno de Caliban[2] aquí en Londres. La travesía fue muy buena y no me mareé, tuvimos suerte porque hoy hace un viento terrible.

Después de todas las emociones y fatigas de la última semana, estoy medio muerta de cansancio y siento un extraño trastorno en mi interior, así que me he quedado en la cama hasta muy tarde. Espero encontrarme mejor mañana.

Tras haber recibido tu recado esta mañana, mamá ha dispuesto todo para que Caliban y los señores de la embajada vengan a verme aquí.

En París pude ver un momento al médico, me ha parecido muy bien. Mamá te va a escribir a ese respecto. El tío[3] ha telegrafiado a mamá encantado de su visita a Miramar[4]. Aguardo con impaciencia las noticias que me cuentes.

Cuando recibas nuestras fotografías, me gustaría que firmases una docena de ellas y me las enviaras para repartir a la familia.

Adiós, mi bienamado, te estrecho contra mi corazón y te doy los más dulces besos en los labios.

Tu novia que te adora,

Ena



[1] Embajador de España en París 

[2] Apodo que daba al embajador de España en Londres 

[3] Eduardo VII 

[4] Palacio de la reina María Cristina en San Sebastián


lunes, 21 de agosto de 2017

Don Juan de Austria y la reina Margot

Don Juan de Austria

En el Louvre Margarita de Valois, reina de Navarra, se había convertido en uno de los principales apoyos con los que contaba su hermano menor, el duque de Alençon. Este príncipe, de ambición desmedida, había soñado con poder apoderarse de la corona de Francia a la muerte de Carlos IX mientras su otro hermano, Enrique, se encontraba ausente en su reino de Polonia. Pero Enrique se le adelantó y protagonizó una espectacular huida que lo condujo a suelo francés a tiempo de evitar los planes de Alençon, obligado ahora a volver sus ojos en busca de otra pieza a la que hincar el diente.

El rey de España había enviado como gobernador de los Países Bajos a su hermanastro, don Juan de Austria. Se trataba de un cargo extremadamente difícil y en el que ya habían fracasado grandes nombres como el duque de Alba o Luis de Requesens, incapaces de poner fin a la rebelión protestante. Para alcanzar su destino en Bruselas, don Juan cruzó Francia disfrazado de sirviente, precaución que le ordenó tomar Felipe II, el cual temía una emboscada. El príncipe hubiera preferido presentarse en la corte francesa con todo el boato que le correspondía como hijo de emperador, aunque fuera bastardo, pero las órdenes del rey de España le obligaron a oscurecer rostro y cabello y rizarlo para que se asemejara al de los moros. Así caracterizado, se introdujo entre los servidores de Octavio de Gonzaga.

La tarde de su llegada a París se enteró de que se había organizado un baile en el Louvre, pues la reina madre prodigaba las fiestas para mantener a sus cortesanos entretenidos mientras ella se ocupaba del gobierno sin ser estorbada. El pueblo, consciente de que la corona estaba más en sus manos que en la de su hijo, había hecho circular una mofa contra el rey, al que llamaban:

“Enrique, por la gracia de su madre inerte rey de Francia y rey imaginario de Polonia, Conserje del Louvre, Sacristán de Saint-Germain-l’Auxerrois, Encargado de los lazos de su mujer y rizador de sus cabellos, Mercero de palacio, Visitador de los baños turcos, Guardián de los cuatro pordioseros y Protector de las claras batidas”.


Don Juan no pudo resistir la tentación de asistir de incógnito al baile, y, valiéndose de su disfraz, tuvo ocasión de saciar su curiosidad observando a la reina de Navarra, de la que tanto había oído hablar. Esa noche, después de la fiesta, confió a sus amigos cuáles habían sido sus impresiones:

—Su belleza es más divina que humana, pero está hecha más para condenar a los hombres que para salvarlos.

En la primavera de 1577 Alençon tenía sus miras puestas precisamente en Flandes. Necesitaba enviar a alguien para contactar con los flamencos sublevados, y pensó que nadie mejor que su inteligente hermana para defender sus intereses. El plan era que Margot viajara hacia allí con el pretexto de que los médicos le habían aconsejado acudir a tomar las aguas de Spa, como hacía Madame de La Roche-sur-Yon, para curar la erisipela que padecía en un brazo.

Meses después de aquella visita de don Juan, Margot obtuvo el permiso. Enrique III, encantado de ver a su hermana alejarse de la corte e impedir así que se reuniera con su marido, solicitó y obtuvo del gobernador el salvoconducto necesario para que atravesara aquellos dominios. 

Pero la reina de Navarra no hubiera querido partir antes del 5 de mayo, fecha en la que Catalina de Médicis ofreció un banquete en los jardines del château de Chenonceau, una especie de bacanal en la que todas las licencias parecían estar permitidas. Según Pierre de l’Estoile, “en aquel gran banquete, las damas más honestas y bellas de la corte, que iban medio desnudas y con los cabellos sueltos como desposadas, fueron empleadas en todos los servicios”.

El día 28 emprendía el viaje en compañía de un séquito muy numeroso. Iba en una litera de columnas, forrada de terciopelo carmesí con bordados en oro y seda, recostada sobre cojines de satén blanco. La seguía la litera de Madame de La Roche-sur-Yon y la de Madame de Tournon. Detrás cabalgaban diez bellas jóvenes con sus ayas y diez carruajes ocupados por el resto de las damas.

En Cambrai conoció al gobernador, barón d’Inchy, en un banquete organizado por el obispo. El gobernador la acompañó en la continuación de su viaje, algo que Margot aprovechó para tratar de atraerlo a su causa, como cuenta ella misma en sus memorias. 

“El recuerdo de mi hermano no se apartaba nunca de mi espíritu, acordándome constantemente de las instrucciones que me había dado, y viendo la ocasión de hacerle un buen servicio, y puesto que esta ciudad de Cambrai y sus ciudadanos eran la llave de Flandes, no la dejé perder y empleé cuanto Dios me dio de ánimo para hacer que Monsieur d’Inchy sintiese afecto a Francia y particularmente a mi hermano. Dios permitió que lo consiguiese, tanto que el gobernador, complaciéndose en mis discursos, me suplicó poder acompañarme mientras yo estuviese en Flandes.”

En todas las ciudades donde se detenía trataba de encontrar adeptos, elogiando a Alençon y prometiendo cargos y títulos a quienes lo ayudasen a conquistar los Países Bajos. En Mons fue recibida por el conde de Lalaing, muy hostil a los españoles. Margot habló con la condesa y le dijo:

—Mi hermano, el duque de Alençon, es muy capaz con las armas y considerado uno de los mejores capitanes de esta época. Vos no podríais llamar a un príncipe en vuestro socorro que más útil os fuese, por seros tan vecino y tener un reino tan extenso como el de Francia puesto a su devoción, del cual puede obtener hombres y medios, y cuantas necesidades tiene la guerra. Y si recibiese este buen oficio del señor conde, vuestro marido, puedo aseguraros que vuestra fortuna estaría lograda. Que si mi hermano se establece aquí por vuestra mediación, podéis estar segura de que me veríais por aquí a menudo, siendo tal nuestra amistad que jamás ha habido otra igual entre hermano y hermana.

En Namur se entrevistó con el duque d’Aerschot, que fue quien le presentó a don Juan de Austria. Este acogió a Margot con suma cortesía, ya que era la hermana del rey de Francia y, oficialmente, Francia era aliada del rey de España. Acudió al encuentro de la reina de Navarra en compañía del propio Aerschot, Havré, el marqués de Varambon y el gobernador del condado de Borgoña. Estuvo también presente Luis de Gonzaga, de la Casa de Mantua. Era el 20 de julio de 1577.


A oídos de la reina de Navarra habían llegado rumores de aquella visita de incógnito que don Juan había hecho a París, y también de lo que había comentado sobre su belleza. Esperaba que fuera suficiente como punto de partida para asegurarse su neutralidad en el momento en que Alençon intentase un golpe de Estado en el país. 

Para ese encuentro Margot preparó cuidadosamente su aspecto. Sacó toda su artillería y se presentó ante él vistiendo unas ropas de brocado “que la moldeaban de manera impúdica, permitiendo adivinar el nacimiento de su seno”. Ella misma nos cuenta aquella entrevista en sus memorias:

“Echó pie a tierra para saludarme en mi litera, que estaba elevada y abierta. Yo lo saludé a la francesa […] Después de una breve conversación, él montó a caballo, sin dejar de hablarme hasta llegar a la villa […]. La casa donde me alojó estaba dispuesta para recibirme, y se había encontrado el modo de hacer una sala grande y hermosa, y un apartamento para mí con cámaras, antecámaras y gabinetes, todo amueblado con los muebles más bellos, ricos y espléndidos que creo haber visto jamás, con todas las tapicerías de terciopelo o de satén”.

Aerschot le explicó que las tapicerías que admiraba eran telas preciosas que un pacha envió a don Juan después de la batalla de Lepanto para agradecerle al vencedor que le devolviera a sus hijos, que había hecho prisioneros, sin pedir ningún rescate.

El duque de Alençon

Don Juan no cayó en el lazo que le tendía la reina de Navarra, pero desplegó toda su cortesía organizando para ella numerosos festejos. Al día siguiente de la llegada de Margot, mandó decir una misa “al estilo de España, con música de violones y cornetas”, y la invitó a un banquete en el que “cenamos los dos solos a una mesa, él haciéndose servir la bebida por Luis de Gonzaga arrodillado”. Luego hubo un baile que duró toda la noche. “Don Juan me hablaba todo el tiempo, y me decía a menudo que me encontraba un parecido con su señora la reina, que fue mi difunta hermana, a la que había honrado mucho”.

El 22 estaba previsto que Margot continuara viaje hacia Lieja, pero hubo de demorarse un día, lo que dio ocasión a don Juan para ofrecerle un nuevo banquete seguido de un baile en la isla Vas-t-y-frotte, situada en el río Mosa. La reina fue conducida hasta allí en un navío ricamente engalanado y con acompañamiento de músicos. 

Al día siguiente, cuando llegó el momento de la despedida, la acompañó hasta su barco y le proporcionó una escolta hasta Huy.

El día 24, poco después de despedir a la reina de Navarra, Don Juan de Austria, pretextando una cacería, se apoderaba por sorpresa de la fortaleza de Namur con solo una veintena de soldados. La plaza se convertía en base de partida para la reconquista de los Países Bajos contra los protestantes y la nobleza rebelde.

Margot, decepcionada, había captado el mensaje envuelto en agasajos y cortesía: el rey de los Países Bajos era Felipe II, su gobernador le representaba y la corona no se tomaba.


lunes, 14 de agosto de 2017

Indíbil y Mandonio


Los ilergetes eran un pueblo que habitaba la península Ibérica entre el río Ebro y los Pirineos. Tenían por capital a Atanagrum, cuya ubicación exacta se desconoce. Otra de sus principales ciudades fue Ilerda (Lleida o Lérida), y era precisamente de ella de la que tomaban su nombre. La primera vez que aparecen los ilergetes en el registro de la historia es en una mención que hace el geógrafo griego Hecateo de Mileto hacia el 500 a.C. al hablar de los iberos que habitaban en la costa oriental. 

Cuando Amílcar Barca desembarca en Gadir (Cádiz) dispuesto a la conquista y colonización definitiva de Hispania, los ilergetes y sus vecinos ausetanos fueron aliados de los cartagineses, a los que ayudaban en su pugna con Roma. Sus jefes eran Indíbil y Mandonio. En el 211 a. C. se unieron a Asdrúbal Barca y a otros pueblos indígenas para derrotar a los hermanos Publio y Cneo Escipión cerca de Linares, Jaén. Estos últimos hallaron allí la muerte, y para Roma la derrota supuso un grave revés en sus planes de conquistar Hispania.

Pero llegó un nuevo Escipión —Publio Cornelio Escipión el Africano Mayor— que en 209 a. C. asaltó y consiguió tomar Cartago Nova (Cartagena), es decir, la capital cartaginesa de la península Ibérica. Era la Segunda Guerra Púnica. 

Escipión convenció a Indíbil y Mandonio de que los cartagineses los habían traicionado. Además ambos caudillos iberos estaban descontentos porque Asdrúbal Giscón les había exigido la entrega de la mujer de Mandonio y las hijas de Indíbil como rehenes para garantizar su fidelidad. Pero con la victoria de los romanos las cosas cambiaron: Escipión las trató con deferencia y ordenó respetar las vidas y las posesiones de todos aquellos que habían permanecido como rehenes en manos de los cartagineses, entre los que se encontraban miembros de las principales familias indígenas. Todo ello impulsó a ambos líderes a cambiar de bando y unirse a Roma.


Indíbil y Mandonio ofrecieron su lealtad a Escipión mediante el ritual de la devotio ibérica, arrodillándose ante el general romano y proclamándolo rey. Después también hicieron lo mismo los millares de hispanos a los que había dejado libres sin rescate tras la batalla de Baecula, en la que Indíbil había colaborado con Asdrúbal y había sido hecho prisionero. Se trataba de la ceremonia que establecía una relación de clientela militar entre un indígena y otro personaje de alto rango. Mediante la misma, los clientes consagraban sus vidas a su líder, al que estaban obligados a proteger en combate con las armas e incluso con su propio cuerpo. Al mismo tiempo se consagraban a una divinidad para que aceptase su vida en la batalla a cambio de la de su jefe. Si este moría combatiendo, los devoti estaban obligados a suicidarse.

En el 206 a.C., Escipión expulsó definitivamente a sus enemigos. Ese mismo año fundaba la ciudad de Itálica, cerca de la actual Sevilla, lo que demostraba la voluntad de Roma de quedarse en Hispania. 

Las numerosas tribus iberas de la península, al igual que las celtas, lucharon por su independencia, y a tal fin establecían alianzas que favorecieran sus aspiraciones. Indíbil y Mandonio se habían aliado con los romanos precisamente para recuperar su libertad frente a los cartagineses, pero todo indicaba que sus nuevos aliados se proponían someterlos a su dominio igual que los anteriores, algo a lo que no estaban dispuestos.


Corrió el falso rumor de que Escipión había muerto tras una enfermedad. Ellos consideraban que habían establecido un pacto personal con él, pero no con Roma. Por tanto, una vez desaparecido el Africano, ambos quedaban liberados de la devotio.

Indíbil y Mandonio se unieron a otros pueblos para saquear el territorio de sus vecinos, aliados de Escipión. Iberos y romanos se enfrentaron en una batalla que terminó con la derrota de los primeros. Los jefes lograron huir y pidieron clemencia al general romano, que la concedió a cambio del pago de una indemnización.

Escipión el Africano abandonó Hispania en el verano del 205 a. c., dejando el ejército en manos de los procónsules Lucio Cornelio Léntulo y Lucio Manlio Acidino. Eso dio pie a una nueva sublevación. Los rebeldes lograron reunir a un gran número de pueblos indígenas de todo el valle del Ebro e incluso de la costa levantina, refuerzos con los que formaron un ejército de treinta mil soldados y cuatro mil jinetes. Combatían con sus escudos redondos o largos, el sable de hoja curvada llamado falcata y con una espada cuyo temple era de especial calidad, la gladius hispaniensis que los romanos tanto apreciaban y que comenzarían a adoptar.


Pero esa larga y dura batalla dio la victoria a los procónsules. Indíbil cayó en la batalla. Según Tito Livio, primero murieron acribillados por los dardos los guerreros que le rodeaban para protegerlo con su propio cuerpo, y después llegó la muerte para él, “clavado al suelo por una jabalina”. 

Aunque Mandonio intentó reagrupar a las tropas, se había desatado el caos. Envió mensajes para concertar la rendición, pero Acidino exigió su entrega junto con la de los demás cabecillas, amenazando con asolar el territorio de los sublevados si no se hacía así.

Todos fueron ejecutados, y Mandonio murió en la cruz tras ser torturado. En adelante se permitió a los rebeldes continuar habitando sus tierras, si bien tuvieron que entregar las armas y pagar tributos.

Roma supo aprovechar para sus fines de conquista la institución de la devotio ibérica, pues aprendieron que lo único que había que hacer era conseguir matar al líder para ganar la batalla. Siguieron, además, la misma política cartaginesa de toma de rehenes para asegurarse la lealtad de estos pueblos. A partir de entonces los ilergetes dejaron de ser un quebradero de cabeza. Con el tiempo se fueron romanizando, y en el año 90 a. C. incluso aparecen luchando junto a los romanos en suelo italiano.


domingo, 13 de agosto de 2017

Los cretenses


Habitada al menos desde el Neolítico, Creta fue la cuna de la civilización minoica y, gracias al desarrollo de la navegación, ocupó un lugar predominante en el Egeo. Sin embargo, la historia de los antiguos cretenses no empezó a ser conocida hasta comienzos del siglo XX, cuando el arqueólogo Arthur Evans descubrió el palacio de Cnosos. Fue él quien llamó “minoica” a esta remota civilización, nombre inspirado en Minos, considerado fundador de la primera dinastía de gobernantes cretenses. En realidad se discute aún si Minos era el nombre de algún soberano legendario o indicaba, simplemente, el título de rey. 

Minos era sacerdote además de rey. Gobernaba en Cnosos, donde se fue concentrando el poder. Según la leyenda, Radamanto y Sarpedón, señores de Festo y de Malia, eran hermanos suyos, lo que sugiere que las tres ciudades podrían haber formado una confederación bajo el liderazgo de Cnosos, lugar habitado desde el 7000 a.C.

A partir del 1600 a. C floreció en Creta la cultura micénica, de origen griego. La vida se centra en el palacio, donde vive el wanax o jefe supremo sobre el que recaen todos los poderes y que parece haber sido objeto de culto. Su segundo es el lawagetas, que al igual que él dispone de un temenos, es decir, un terreno personal sagrado destinado a su beneficio y usufructo privado, aunque más pequeño. El lawagetas era probablemente el jefe del ejército, y los hekwetai (oficiales) dirigían las tropas. Había también una magistratura, la geronsia o consejo de ancianos, constituida por los gerontes, que asesoraban al rey.


Con el término basileus se designa al aristócrata que es jefe de un distrito agrario o aldea, también con atribuciones sacerdotales. El pueblo, junto con la tierra donde vive, constituía el demos. La tierra se dividía en estatal y privada, y era concedida en lotes a los usufructuarios. A cada familia se le asignaba una parcela que cultivaba por sí misma, y los propietarios terratenientes eran los telestai.

Los cretenses tenían como recurso la ganadería, la caza, la pesca y la recolección de productos silvestres, pero al principio no fueron agricultores, hasta que el aumento de la población lo hizo necesario. A partir de entonces, sus fiestas siguen el ritmo del año agrícola. Cultivaban trigo y cebada en toda la isla, y era importante el olivo, la higuera y la palmera datilera. Los campesinos llevaban a los palacios o a los centros administrativos sus cosechas y materias primas, según las cantidades previstas. Entonces recibían las raciones de alimentos básicos y el grano para la siembra, así como la ropa y utensilios que precisaran.

Criaban a gran escala bueyes, cerdos y cabras. En cuanto a la caza, era típica la de la cabra montesa, con cuyos cuernos hacían arcos. El caballo fue introducido en el siglo XVI a. C., y se han encontrado esqueletos de estos animales en algunas tumbas. Hay dos perfectamente conservados que pertenecieron a un príncipe. Podrían haber sido los que condujeron el cuerpo del difunto a la tumba, sacrificados después y enterrados con su dueño como parte de la ceremonia fúnebre. 

Empleaban la madera del ciprés para las puertas y columnas de sus palacios, aunque también apreciaban la madera del olmo. Tenían diversas formas de trabajarla, pero el mobiliario, rico y fastuoso, parece de tipo egipcio.


Las damas de Creta aparecen vestidas como la diosa madre, utilizando lana y lino como materias primas. La elaboración de joyas también era muy importante, y además los artesanos minoicos eran muy famosos como ceramistas y constructores. 

Ejemplo típico de ciudad dedicada al artesanado y al comercio es Gurnia, ocupada desde el minoico antiguo y que contaba con almazaras, prensas, molinos y talleres. La importancia de su comercio llevó al establecimiento de un sistema de pesas y medidas y a desarrollar la escritura para obtener un buen registro de las transacciones. Las excavaciones han revelado la existencia de infinidad de tablillas de arcilla inscritas con dos tipos de escritura, denominadas lineal A —desarrollada por los minoicos y que no ha podido ser descifrada— y lineal B, perteneciente a los micénicos posteriores.

Su armamento consistía en flechas, lanzas con punta de bronce, jabalinas, espadas y la doble hacha que se ha encontrado en abundancia en las tumbas de Micenas. Usaban un escudo bilobulado que dejaba al descubierto los costados y los muslos, o bien uno semicilíndrico alargado.

Pero los cretenses también sabían ser un pueblo pacífico que gustaba de la vida social y de la práctica de los deportes. Formaban una sociedad refinada, incluso sofisticada. Disponían de tiempo y riquezas suficientes para disfrutar de sus momentos de ocio y entregarse a curiosas tareas como la elaboración de complejos peinados a los muertos. Apreciaban la música y la danza, tocaban la cítara y la flauta, cuya invención se les atribuye, y fueron atletas, boxeadores y acróbatas. 


Tanto hombres como mujeres podían participar en estas actividades. Además se permitía a la mujer ejercer el sacerdocio. De las representaciones en vasos de distintos periodos y de las tablillas micénicas se deduce que las egeas no tenían la misma posición subordinada de las orientales, sino que desempeñaban un papel importante en la vida pública, y la sociedad minoica tenía características matriarcales. Ejercían también oficios humildes: había cardadoras, hilanderas, tejedoras, doncellas y sirvientas. Entre los hombres, el oficio de herrero y el de conductor de carros tenían especial prestigio.

Aunque el toro tuvo mucha importancia en la religión, las principales divinidades eran femeninas. En un sarcófago de Hagia Tríada hay una escena relacionada con el culto a los muertos en la que aparecen representadas dos mujeres, aparentemente diosas, que viajan en un carro, una de ellas empuñando un látigo. La diosa de la fertilidad era al mismo tiempo la diosa madre, la de los infiernos, dueña de los animales y soberana de la guerra. A ella se consagraban serpientes, pájaros, árboles, riachuelos o flores. 

El culto a la diosa Cibeles llegó a Creta y se celebraba de forma peculiar: era oficiado por unos sacerdotes castrados que sacrificaban un toro para beber su sangre y embadurnarse con ella. Se hacían castrar para parecerse a la diosa. Según Pausanias, una tradición frigia cuenta que Zeus convirtió en fértil un falo de piedra llamado Agdos, y que este engendró un ser hermafrodita llamado Agditis, al que los dioses decidieron castrar para convertirlo en Cibeles.

Para los minoicos y micénicos el centro del culto religioso era el palacio. Los dorios que llegaron después construyeron templos. No había muchos santuarios en las ciudades, por lo que es probable que las ceremonias tuvieran lugar más frecuentemente en las casas o en alguna especie de ermita en el campo. Recientemente se encontró un templo en la cima del monte Kefala. La colina se había allanado para su construcción, y tenía una terraza en un nivel inferior. Un muro rodeaba la zona y permitía el acceso controlado. 

Contaban con centenares de carros tirados por caballos que recorrían una densa red de calles pavimentadas con las que se conectaban las distintas ciudades. La vida en ellas era activa y abierta al comercio. En el centro de cada ciudad había un palacio con suministro de agua, decoraciones, ventanas y asientos de piedra. En el ala oeste del palacio de Cnosos se realizaban ceremonias, sacrificios de animales y ofrendas a los dioses de aceite, vino y miel. Uno de los frescos muestra a unos acróbatas saltando sobre el lomo de un toro en lo que parece ser una mezcla de deporte y ritual. Los estudiosos están divididos acerca de si la escena reflejaba una práctica real, pero parece relacionada con las historias de los jóvenes atenienses enviados al Minotauro cretense, monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro que comía carne humana y vivía encerrado en el laberinto.

Se desprende de los textos micénicos que todo el personal de palacio estaba vinculado al wanax, y que las diversas actividades estaban sometidas a controles, informes e inspecciones. Los esclavos eran la parte más numerosa de la población de Creta, y los micénicos solían hacer viajes navales en su busca. Se dividían en dos categorías, de las cuales la más importante era la de los doeloi. 

Los asentamientos micénicos consistían en casas construidas a modo de celdas, a veces de dos y tres pisos. Tenían un porche con columnas, una larga habitación rectangular y en muchos casos al final de ésta una despensa. En la Creta minoica había casas inmensas con más de veinte habitaciones. Encontramos, por ejemplo, la casa de Chamaizi, con 13 habitaciones que se despliegan alrededor de un patio central en una superficie de 300 metros cuadrados. El edificio contaba con su propio santuario doméstico y se remonta a los comienzos de la era minoica, pero la tendencia en la construcción de casas fue ir disminuyendo el tamaño, lo que indica que se había pasado a núcleos familiares más sencillos.

Las casas de los muertos eran reflejo de las de los vivos, de ahí que los tholoi de Creta fueran también muy grandes: en Hagia Tríada se han encontrado 250 esqueletos en uno de ellos. Pero la disgregación familiar posterior implicaba la construcción de tumbas individuales, para las que en los palacios micénicos se emplean sarcófagos o grandes pithoi (vasijas).



jueves, 10 de agosto de 2017

Los maridos de Lady Falmouth


Mary Bagot, condesa de Falmouth, fue la única hija del coronel Harvey Bagot y Dorothy Arden que alcanzó la edad adulta. Nació en 1645, y en septiembre de 1660, contando apenas quince años, se convertía en una de las cuatro damas de honor de la duquesa de York, esposa del futuro Jacobo II. 

Gramont, en sus memorias, nos la describe así:

Sus facciones eran hermosas y regulares, y tenía esa clase de piel morena que, cuando carece de imperfecciones, resulta especialmente fascinante, y más aún en Inglaterra, donde no es habitual. Sus mejillas lucían un rubor involuntario casi continuo aunque no hubiera nada por lo que ruborizarse.

Pronto se sintió atraída por Charles Berkeley. Ambos procedían de familias realistas que habían apoyado hasta su último aliento la causa de los Estuardo. Charles contaba con la amistad del duque de York, junto al que había combatido, y el rey Carlos II también lo apreciaba mucho. Con la duquesa de York, en cambio, las relaciones eran tirantes: cuando se había intentado impedir su matrimonio con Jacobo, Charles colaboró declarando falsamente que él mismo había sido su amante antes. La maniobra no sirvió de nada y la boda se celebró, por lo que el caballero terminó confesando que había mentido. Fue perdonado por la duquesa, al menos en apariencia; en cambio su padre, Clarendon, siempre le guardó rencor. Él lo describía como un joven disoluto y propenso a toda clase de perversiones.

Charles Berkeley, Lord Falmouth, vizconde Fitzharding

Poco después de la Restauración, Berkeley se convertía en conde de Falmouth. Él había puesto sus ojos en Elizabeth Hamilton, pero, como la dama estaba fuera de su alcance, buscó una segunda opción. Esa fue Mary Bagot, de la que se acabó enamorando. El 18 de diciembre de 1664 se convertía en su esposa, una unión que no se concertaba por interés. Con ocasión de este matrimonio, la reina nombraba a Mary dama de honor. Otra de sus damas nos ha dejado este comentario tan poco caritativo con respecto al enlace del conde de Falmouth:

Lady Falmouth es el único caso entre las damas de honor que ha hecho un buen matrimonio sin una buena dote; y si le preguntaras a su pobre y débil marido por qué se casó con ella, estoy convencida de que no podría dar ninguna razón, como no sean sus grandes orejas coloradas y sus enormes pies.

La felicidad de la joven pareja estaba destinada a durar poco, y no por una mala relación entre ambos, sino por la fatalidad. En 1665 Charles decidía acompañar al duque de York a su campaña militar durante la segunda guerra Anglo-Holandesa. El 3 de junio, durante la batalla de Southwold Bay, se hallaba junto al duque sobre la cubierta del Royal Charles cuando un cañonazo le arrancó la cabeza. Mary esperaba un hijo por entonces. Poco después daba a luz una niña que llevaría su nombre.

La condesa era aún muy joven y bella. Pasado el periodo de luto se la relacionó con otros caballeros, entre ellos Henry Jermyn, con el que se rumoreó que planeaba un nuevo matrimonio. Esto causó un gran revuelo, porque la mitad de las damas de la corte revoloteaban en torno a Jermyn, y entre ellas, muy principalmente, Lady Castlemaine, lo que provocaba los celos del rey. Sin embargo, los rumores eran infundados y Mary permaneció viuda durante nueve años. 


Tras fallecer la duquesa de York, Lady Falmouth acarició la idea de ser elegida por Jacobo como segunda esposa. Él la encontraba muy de su agrado, pero el embajador de Francia escribía lo siguiente por entonces:

Dudo que la pasión del príncipe por ella sea tan grande que lo lleve a desposarla. Él preferiría casarse con una princesa de Francia, a la que Su Majestad podría dotar.

Parece que la dama también resultaba muy del agrado de Carlos II, pues consta que durante su viudedad Mary recibió de él elevadas sumas de dinero sin justificación aparente, lo que hace sospechar que durante algún tiempo fue una de las bellezas que adornaron el lecho del monarca.

En junio de 1674 Lady Falmouth se casaba con un caballero de más alto rango que su primer esposo y que había tomado también parte en aquel combate naval: Charles Sackville, Sexto conde de Dorset y Primero de Middlesex. 

Dorset había sido amante de Nell Gwyn hasta que el rey se fijó en ella y lo envió a Francia para despejar el camino. Las recompensas y nombramientos que recibió en esa época podrían haber sido una forma de facilitar el traspaso de Nell a los brazos del monarca. 

To all you ladies now at land - Charles Sackville, conde de Dorset

Hombre culto, Dorset no mostraba interés por la política. Sus preferencias se orientaban hacia la literatura, fue un conocido mecenas y escribió una canción considerada una obra maestra: To all you ladies now at land. El tono de sus poemas a menudo reflejaba su propio comportamiento irreverente.

Burnet lo describe como generoso y bondadoso. Era tan flemático que, hasta que se calentaba un poco con el vino, apenas hablaba; pero, bajo esa exaltación, era un hombre muy animado […] Era caritativo hasta el exceso, pues solía dar cuanto tenía a su alcance cuando algo le conmovía [….] Detestaba la corte, y despreciaba al rey cuando veía que no era generoso ni compasivo. 

Sin embargo, también compartía alguno de los excesos en los que caía el célebre Lord Rochester. Siendo adolescente, él y su hermano, junto a otros tres caballeros, fueron acusados de asaltar y asesinar a un curtidor. Su defensa alegó que perseguían a unos ladrones y que durante la persecución habían confundido al hombre con un bandido. Fue absuelto, pero al año siguiente volvió a tener problemas con la justicia por atentar gravemente contra la moral pública con un comportamiento exhibicionista en Covent Garden. Era el 16 de junio de 1663. Se había reunido a cenar con Sedley y otro amigo en la Taberna del Gallo, en Bow Street. Seis mujeres desnudas sirvieron los platos, y después alguno de ellos, o los tres según algunos cronistas, se desvistieron y se asomaron al balcón. Según Samuel Pepys, “adoptaron todas las posturas de lujuria y sodomía que se pueda imaginar”. Sedley hizo una parodia de sermón y consiguió reunir bajo al balcón a una multitud enfurecida, ofendido su sentimiento religioso con el brindis que proponía “por la salvación de Judas, y otro por el bebé de Belén”. La muchedumbre comenzó a arrojar piedras que rompieron los cristales de la primera planta e intentaron forzar la puerta de la taberna, mientras Charles y sus compañeros les lanzaban botellas en las que habían orinado previamente. Por una curiosa coincidencia, ese mismo día un rayo hizo arder parte de la iglesia de Withyham en Sussex, donde se encontraba el mausoleo de los Sackville.

A pesar de todo esto, por alguna extraña razón sus excesos no resultaban tan notorios y censurables para sus contemporáneos como los de otros conocidos libertinos. Cuentan que Rochester le dijo una vez al rey:

—No sé qué pasa, pero milord Dorset puede hacer cualquier cosa y nunca le culpan.

Charles Sackville

Claro que Dorset era más prudente que el propio Rochester, que en otra ocasión fue desterrado de la corte por tener las agallas de reprocharle a Carlos II que le interesara más el sexo que el reino.

Se casó con Mary pese a la oposición de sus padres. Estos no escuchaban con agrado los informes que recibían sobre su nuera y, debido a estas reticencias, Dorset no hizo público el enlace hasta el año siguiente.

Charles se había enamorado. Se conserva una apasionada carta que escribió a su futura esposa y que contiene un mechón de su cabello. Desde este momento os entrego todas mis pretensiones de libertad o cualquier poder sobre mí mismo, y aunque con toda justicia pueda pareceros poca cosa ser la soberana de tan pobre dominio como es mi corazón, de rodillas confío aún en poder ofrecéroslo.

Ya casado, estuvo a punto de morir a manos del desequilibrado conde de Pembroke, con quien mantenía un pleito. Este último padecía desde la infancia una enfermedad mental que se mostraba como manía homicida sin que mediara provocación, unos ataques que se agravaban con la ingestión de alcohol. Tremendo problema, puesto que era alcohólico. La enfermedad estaba presente en su familia como una herencia maldita, pues ya su abuelo, el cuarto conde, había sufrido los mismos ataques súbitos. Pembroke había estado encerrado en la Torre por haber herido de gravedad a un hombre en un duelo, pero los lores pidieron su libertad. Pocos días después de obtenerla asaltó a otro ciudadano y mató a un tercero en una pelea de taberna. Aunque fue encontrado culpable, su rango le libró del castigo. El fiscal de la causa que mantenía contra Dorset también fue hallado muerto, y en 1680 volvió a asesinar a un oficial mientras se encontraba en estado de embriaguez.

El matrimonio con Dorset tampoco iba a durar mucho tiempo, esta vez porque Mary fallecía el 12 de septiembre de 1679 al dar a luz un hijo que no pudo vivir y fue enterrado con ella en Withyam, Sussex. El viudo, que sólo tenía 34 años en ese momento, vivió hasta 1706, tiempo suficiente para casarse otras dos veces.


martes, 8 de agosto de 2017

La organización de los juegos en la antigua Roma


Desde la más remota antigüedad, los juegos públicos guardaban relación con los actos religiosos, tanto en Roma como en Grecia. Dichos juegos se ofrecían a los dioses para ganar su favor, o como muestra de gratitud por la ayuda recibida. Eran el votum, es decir, la promesa o voto que se hacía a una deidad para atraerse su protección o la ofrenda en sí. El votum podía consistir en una estatua, un templo o en la celebración de los juegos, y se basaba en el principio del do ut des (doy para que me des).

Los votos podían ser privados, (realizados individualmente mediante las llamadas ofrendas votivas), militares o públicos. Los juegos eran votos públicos, vota pro salute rei publicae (votos por la seguridad de la República), organizados al principio por los colegios de sacerdotes. Después los encargados eran los nuevos cónsules, elegidos cada uno de enero según una fórmula que pronunciaba primero el sumo pontífce. El cónsul inauguraba el nuevo año con un sacrificio a Jupiter Optimus Maximus en el Capitolio. Le eran transmitidos los auspicios después de haber pedido el asentimiento de los dioses, pues su acceso al cargo tenía que ser aprobado por ellos para ser investido con el imperium. Tras los auspicios, el nuevo cónsul se vestía en su hogar con la toga praetexta y procedía a la salutatio, a la que acudían todos aquellos que deseaban felicitarlo. Después marchaba en procesión, acompañado de senadores y amigos hacia el Capitolio para hacer el sacrificio y los votos por el bienestar de la comunidad.

Cuando se crearon los ediles, el deber de preparar los juegos recayó sobre ellos, mientras que los magistrados más altos sólo los supervisaban. Durante el Imperio se añadieron vota pro salute principis especiales, en los que el pueblo se reunía para ofrecer los juegos a la salud del emperador.


El Estado pagaba el gasto, al menos en su mayor parte. Se financiaban con el tesoro público o bien mediante el botín capturado al enemigo, pero con el tiempo llegó a no ser suficiente con el dinero público, y los ediles, y más tarde los funcionarios imperiales nombrados para la preparación de los ludi circensis, con frecuencia tenían que gastar de su bolsillo. Augusto se reservaba para sí la organización de los más caros, nombrando a tal fin un oficial de la corte (curator ludorum). La admisión de los espectadores a los juegos era gratuita, y quienes ayudaban a financiarlos podían repartir entradas. Para el patrocinador era una magnífica ocasión de hacer ostentación de su riqueza al tiempo que mostraba su intención de compartirla con el pueblo, algo muy conveniente para aquellos que deseaban alcanzar el consulado. Los gastos eran cuantiosos, puesto que las fiestas religiosas a las que estaban asociados incluían banquetes públicos y a veces incluso obras, como la de restauración de templos.

Durante el Imperio el número de juegos anuales se incrementó enormemente: podían organizarse por el cumpleaños del emperador, el aniversario de su ascensión o los días en memoria de los difuntos de la familia. Cualquier ocasión era buena para ganar el favor del pueblo con estos brillantes espectáculos.

En una época tan antigua como la de los reyes se dice que ya tenían lugar en el circo carreras de caballos y carros. Posteriormente se añadieron representaciones escénicas. Las luchas de gladiadores, al principio preparadas por individuos particulares, pronto se convirtieron en una característica importante, pero la competición de gimnasia y música, tan popular entre los griegos, nunca llegó a ser algo muy apreciado por los romanos. Sin embargo, Nerón instituyó un certamen que consistía en carreras de caballos y en competiciones gimnásticas y musicales en las que tomaba parte él mismo.

La naturaleza de los juegos requería distintas adaptaciones: el lugar apropiado para las carreras de caballos y carros era el circo, mientras que las luchas de gladiadores y fieras tenían lugar en el anfiteatro y las representaciones en el teatro. Los juegos en el circo eran precedidos por un solemne desfile llamado pompa circensis. En él aparecía primero el magistrado que los patrocinaba, en un carro bellamente engalanado. Le seguían jóvenes patricios a caballo y a pie, los aurigas y atletas, bailarines, músicos y los sacerdotes que portaban las imágenes de los dioses.

Se dice que los juegos más antiguos fueron fundados por Rómulo y consistían en carreras de carros en el Campo de Marte. Los ludi romani, que datan de la época de los reyes, se celebraban en honor a las tres deidades capitolinas. Al principio sólo duraban unos pocos días, pero Augusto los amplió del 4 al 19 de septiembre. Los gastos que conllevaban eran tan elevados que los ediles recogían dinero de todas las provincias del Imperio para poder financiarlos.

Los juegos fúnebres formaban parte de los funerales y solían consistir en combates de gladiadores. Era una costumbre muy antigua y extremadamente bárbara en un principio, pues se degollaba a esclavos o a cautivos ante la pira funeraria o la tumba del difunto al que se pretendía honrar, para, de ese modo, aplacar a los espíritus de sus antepasados. La costumbre se suavizó con el tiempo, permitiendo que las víctimas combatieran entre sí para poder defenderse y salvar la vida. Teodorico, rey de los godos, abolió definitivamente estos juegos en el siglo V.

domingo, 6 de agosto de 2017

Isabel de Angulema: La Helena Medieval


Isabel de Angulema, consorte de Juan sin Tierra, era única hija y heredera del conde de Angulema y de Alicia de Courtenay, nieta del rey Luis VI. Siendo aún niña sus padres la habían prometido a Hugo IX de Lusignan. Este era el primogénito del conde de La Marche, gobernador de las provincias que formaban la frontera norte de los dominios aquitanos, llamados entonces Poitou francés. La niña fue entregada a los Lusignan para ser educada en su corte, custodiada en una fortaleza en la que debía permanecer rodeada de un imponente séquito hasta alcanzar la edad del matrimonio. 

Este enlace contrariaba enormemente los intereses del rey de Inglaterra. Era una amenaza para él, pues otorgaba demasiado poder a los condes de La Marche. Cuando la boda ya estaba próxima, Juan sin Tierra vio a la novia durante el transcurso de una fiesta con la que se celebraba su reconocimiento como soberano de Aquitania y decidió convertirla él mismo en su esposa. En realidad ya estaba casado con Isabel de Gloucester desde hacía diez años, pero, aunque tenía varios bastardos, Juan no había logrado descendencia de su matrimonio. Necesitaba un heredero, y ya había iniciado contactos para procurarse una nueva esposa en Portugal. Ahora la bellísima hija del conde de Angulema, destinada a dominar unos territorios de gran interés para Inglaterra, le pareció la candidata perfecta.

Al no haber hijos de su primera unión, no le resultó difícil conseguir la anulación alegando los socorridos motivos de consanguinidad (el abuelo de Isabel de Gloucester era uno de los bastardos de Enrique I de Inglaterra). Poco después, el 24 de junio del año 1200, Juan se casaba en Burdeos con Isabel de Angulema tras un novelesco rapto por el que no ofreció ninguna compensación a los Lusignan.


El arzobispo de Burdeos y el obispo de Poitou declaraban que no había ningún impedimento para el enlace del rey. Hugo, al enterarse, montó en cólera y desafió al rey a un combate singular, algo que no podía ser, pues un soberano no debía batirse con sus vasallos ni con personas de rango inferior. 

Juan llevó a Inglaterra a su nueva esposa. Allí fue reconocida públicamente como reina y coronada junto a él en Westminster el 8 de octubre de 1200. Meses más tarde visitaban la corte de Felipe Augusto en París, y luego Isabel se reunió en Chinon con su cuñada, Berenguela de Navarra, viuda de Ricardo Corazón de León. En 1202 fallecía su padre y ella se convertía en condesa de Angulema.

Mientras tanto se acumulaban los conflictos. El joven Arturo de Bretaña reclamaba su derecho a la corona de Inglaterra como hijo del difunto Godofredo, hermano de Ricardo Corazón de León y de Juan Sin Tierra. El asunto sucesorio era complicado: aunque el rey Ricardo, al no tener descendencia, en un principio había designado como heredero a su sobrino Arturo, cambió de opinión al ver que el rey de Francia se ocupaba de educar al niño en su corte. Temiendo que el francés lo convirtiera en su instrumento, Ricardo lo desheredó y nombró a su hermano Juan como sucesor. Esto generó una gran confusión en el reino: por una parte la última voluntad de un soberano tenía fuerza de ley, y por otra Arturo podía invocar derechos dinásticos, al ser hijo de un hermano mayor que Juan. 

El rey se veía obligado a ocuparse de ese asunto mientras Lusignan y su hermano, el conde de Eu, sublevaban Poitou. El rey de Francia, aliado de Hugo, confiscaba las posesiones continentales de los ingleses y, al igual que en Troya en otro tiempo, estallaba el conflicto armado. Por eso algunos historiadores dieron en llamar a Isabel la Helena Medieval.

Llegaron noticias de que Arturo, con ayuda de Hugo, había sitiado a su abuela octogenaria, Leonor de Aquitania, en el castillo de Mirabel, en Poitou. Juan saltó sobre su caballo y se presentó por sorpresa ante las murallas del castillo. Tras derrotar a sus enemigos, hizo prisioneros a ambos. Lusignan fue paseado en un carro, atado de pies y manos, aunque el rey le perdonó la vida. Después fue trasladado al castillo de Bristol, donde no pasaría mucho tiempo antes de alcanzar la libertad.

Isabel había permanecido en Chinon tras la muerte de su padre. En enero de 1203 un destacamento de mercenarios la liberó del peligro en que se encontraba, amenazada por tropas insurgentes. En diciembre de 1203 la reina regresaba a Inglaterra y pasaba las navidades con su esposo en Canterbury.

El 1 de octubre de 1207 Isabel daba a luz en Winchester a su primer hijo, que iba a reinar como Enrique III. A él siguió un segundo, Ricardo, y tres hijas a las que llamaron Juana, Isabel y Leonor. Los cinco alcanzaron la edad adulta y concertaron espléndidas alianzas matrimoniales: Juana fue reina de Escocia, e Isabel se casó con el emperador Federico II.

A la muerte de Juan sin Tierra en 1216, Isabel no perdió un instante para hacer coronar a su hijo de nueve años en Gloucester. Reunió a sus partidarios y junto con Pembroke proclamó rey a Enrique, días antes de la ceremonia en la catedral. La corona real se había perdido con el resto del tesoro, y la reina, por no demorarse, hizo que lo coronaran con su propia diadema.

Un año después de la muerte de su esposo, regresó a Francia para hacerse cargo de su herencia. Dejaba al niño bajo la custodia del regente, Guillermo Marshal, conde de Pembroke. Aún era joven y bella, y un inmejorable partido, de modo que en 1220 contraía un segundo matrimonio. 

El novio, curiosamente, era Hugo de Lusignan. La leyenda cuenta que se trataba de aquel primer prometido suyo, pero eso no es cierto. Hugo IX había fallecido meses antes, y con quien se casaba Isabel era con su sucesor, que hasta ese momento había estado prometido a su hija Juana. De hecho, la niña estaba siendo educada en la corte de los Lusignan, igual que ella en su día. Al nuevo conde de La Marche le resultó más práctico optar por la hermosa madre que esperar a que la niña alcanzara la edad adecuada. El asunto se zanjaba celebrando el compromiso de Juana con Alejandro II de Escocia.


La boda de Isabel enfureció a Enrique III, pues se había llevado a cabo sin su consentimiento. En Inglaterra era el Consejo quien tenía el poder de decisión sobre futuros matrimonios de las reinas viudas. Como represalia, se le retiró la dote y la pensión, y el Consejo dirigió al Papa una carta firmada por el rey en la que se pedía la excomunión de Hugo e Isabel. Estos, a su vez, amenazaban con no enviar a Juana a Escocia, entorpeciendo así el sistema de alianzas. Finalmente se optó por hacer las paces antes de que el conflicto alcanzara mayores proporciones.

De esta unión nacieron nueve hijos, y, al igual que los que Isabel había tenido del rey de Inglaterra, todos sobrevivieron a la infancia en una época en la que no era tan habitual.

Acostumbrada a ser reina, se mostraba arrogante y orgullosa en exceso. Se sentía ofendida al tener que ceder la precedencia a la esposa de Alfonso de Poitou, hermano de Luis IX, al que su esposo rendía homenaje, pero cuyo rango ella consideraba inferior. Tenía un carácter difícil; era vanidosa, caprichosa y sembraba el conflicto a su paso, por lo que los franceses la llamaron “Jezabel de Angulema”. 

Cuando en 1241 ella y Hugo acudieron a la corte de Francia para jurar lealtad al conde, la reina madre, Blanca de Castilla, la desairó abiertamente. Fue la gota que colmó el vaso. Isabel ya detestaba a Blanca por haber apoyado la invasión de Inglaterra durante la Guerra de los Barones, y ahora presionó a su esposo para que renunciara a su alianza con el rey de Francia. Ambos comenzaron a conspirar con otros nobles descontentos con el objetivo de reunir las provincias del sur y el este y crear una confederación respaldada por Inglaterra. 

Tras el fracaso de sus planes, Hugo se vio obligado a hacer las paces con Francia. Pero ella no se resignaba, sino que se mostraba dispuesta a lograr sus propósitos de venganza de un modo o de otro. En 1244 Luis IX sufrió un intento de envenenamiento, a consecuencia del cual se arrestó a dos cocineros que confesaron haber recibido el encargo de Isabel. Fuera o no cierta la acusación, la condesa huyó antes de que pudieran prenderla y buscó refugio en la abadía de Fontevraud. 

Hugo fue arrestado por orden del rey para ser juzgado por su participación en los hechos. El conde negó los cargos y retó a su acusador, Alfonso de Poitou, pero este rechazó el desafío alegando que un traidor como él no era digno de enfrentarse a un caballero.

Isabel, que había tomado en velo en la abadía, moría poco después, el 4 de junio de 1246. A petición suya, fue enterrada sin pompa ni ceremonia en una humilde tumba. Cuando su hijo, el rey de Inglaterra, visitó el lugar, ordenó que fuera trasladada al interior del edificio, donde reposa junto a Enrique II y Leonor de Aquitania.