martes, 25 de julio de 2017

INDIGNACIÓN


Regreso al blog y vuelvo a encontrar copias que me desaniman y me invitan a marcharme de nuevo. 

Intento compartir estos artículos de forma totalmente desinteresada con cualquier persona a quien pueda agradar su lectura o encontrarle alguna utilidad, pero lo que ya no puedo consentir es que esa utilidad que muchos le encuentran consista en apropiarse de mis escritos y hacer pasar por suyo el esfuerzo ajeno. Lo último de lo que me han avisado ha sido esto:


Bajo el artículo, este individuo tiene la poca vergüenza de afirmar lo siguiente: "El contenido del post es de mi autoría y/o es una recopilación de diversas fuentes".

Pues bien, en realidad fue publicado por primera vez en este blog en abril de 2014, y la única autora soy yo. Ni es suyo ni ha recopilado nada, como se puede apreciar comparando con el original. No falta ni una coma:



domingo, 23 de julio de 2017

La higiene en la antigüedad


Los antiguos egipcios concedían gran importancia a la higiene, pues creían que cuanto más limpia y perfumada estuviera una persona, más cerca se encontraba de los dioses. Por tanto, cuestiones como el aseo, los cosméticos y la vestimenta eran esenciales a la hora de enterrar a los muertos. 

Es a los egipcios a quienes se suele atribuir el primer desodorante de la historia, para cuya elaboración recurrían a una variedad de especias. Esta práctica de perfumarse las axilas habría sido imitada con posterioridad por los griegos.

El pueblo egipcio conocía igualmente la pasta para limpiar los dientes. En la Biblioteca Nacional de Viena hay una colección de papiros que incluyen la receta del dentífrico más antiguo del mundo, a base de flores de iris secas, sal, pimienta y menta. Tampoco olvidaban los palillos, utensilios que se encontraron junto a los restos momificados de sus dueños en tumbas que datan del 3500 a. C., sin duda allí depositados para que los difuntos pudieran continuar con sus hábitos higiénicos en el más allá.

Para el mal aliento tenían un remedio: mezclaban miel con hierbas y especias hervidas, entre ellas canela y mirra, y elaboraban con la mezcla unas pastillas capaces de combatir el problema.


Librarse de parásitos era importante para todos los egipcios, puesto que piojos o pulgas podían ser portadores de temibles enfermedades, como por ejemplo el tifus. Solían afeitar la cabeza para evitar los piojos, aunque utilizaban pelucas. Estas se elaboraban generalmente con fibra vegetal, pero los más acaudalados podían comprarlas de cabello humano. La calidad de las pelucas se convirtió así en un símbolo de status. 

A los niños y las niñas se les dejaba crecer una trenza en el lado derecho, cubriendo la oreja, un símbolo de la infancia. Al alcanzar la pubertad llegaba el momento de cortar la coleta, a excepción de los príncipes, que la conservaban más tiempo. 

En el caso de los sacerdotes, era preceptivo afeitarse todo el cuerpo, una práctica que solían realizar cada dos días, pues consideraban indigno tener piojos o cualquier otro parásito mientras servían a los dioses. 

En las tumbas se han encontrado muchos utensilios para el cuidado personal y del cabello, como espejos de cobre pulidos con mangos muy elaborados que se colocaban bajo la cabeza del difunto o ante su rostro, peines de marfil y plata, horquillas, pinzas de bronce para las cejas y maquinillas de afeitar de oro.

Según el papiro de Ebers, que se remonta al 1500 a. C., los egipcios empleaban un material similar al jabón, un compuesto de sales alcalinas, grasas animales y vegetales. No sólo lo utilizaban para el lavado, sino también para el tratamiento de enfermedades de la piel. Muchos se lavaban varias veces al día, por ejemplo antes y después de las comidas. Generalmente este aseo consistía en sumergir las manos, rostro o pies en palanganas con agua y jabón.

En el mundo antiguo los baños públicos se convirtieron en la principal forma de bañarse, puesto que mucha gente no tenía acceso a instalaciones privadas. Uno de los primeros es el de Mohenjo-daro, ubicado en Pakistán y que se remonta a la civilización del Valle del Indo, una de las tres más antiguas junto a la egipcia y la mesopotámica.

En el antiguo Egipto y Mesopotamia los más acaudalados disponían de habitaciones en las que los sirvientes vertían sobre ellos agua fría que caía de una jarra. Pero para que apareciera realmente la ducha habría que esperar a los griegos. Fueron ellos los primeros en hacer que el agua fluyera sobre las cabezas de la gente a través de tubos de plomo. En el siglo XI a. C. ya contaban con baños públicos, y con posterioridad hubo bañeras en la parte superior de los gimnasios, para que los atletas que allí competían desnudos pudieran bañarse después de sus ejercicios. Unos leones con las fauces abiertas conducían a las duchas, y contaban con piscinas circulares con hileras de peldaños en los que se podía descansar. La variedad de tipos de baño se multiplicó: los había de agua caliente, de vapor, de arena, cascadas frías, etc.

Más tarde los romanos desarrollarían este sistema de tuberías, creando acueductos y baños en los que se ofrecía también masajes y entretenimiento. Las termas romanas llegaron a tener salas de juegos, jardines e incluso bibliotecas y teatros. 

En la antigüedad tampoco olvidaban ocuparse de la menstruación de las mujeres, y algunas civilizaciones, como la persa y la babilonia, tenían cabañas donde las mujeres iban a sangrar. Entre los antiguos egipcios se usaban una especie de tampones hechos con papiro, y en general todos los pueblos utilizaron paños y tampones de madera, lana o cualquier material que sirviera para absorber. Existieron también los sacos catameniales, una especie de artefactos con forma de embudo, parecidos a irrigadores vaginales que se insertaban para recoger la menstruación.

Parte esencial de la higiene eran las letrinas. Para los egipcios consistían en una losa de caliza delimitada por dos muros cuya misión era evitar que las salpicaduras estropearan el adobe de la construcción. Las deposiciones salían al exterior de la vivienda a través de un caño, o bien a un gran recipiente colocado en la parte inferior. También disponían de retretes portátiles consistentes en un taburete con un agujero en el centro.

En Roma, las clases más afortunadas tenían letrinas consistentes en fosas cubiertas con una placa con agujeros circulares. Estaban situadas cerca de la cocina, para que al baldearla esa misma agua arrastrara la suciedad a través de un canal que conducía al sistema de alcantarillado. 

Los pobres que se hacinaban en las insulae contaban con tinajas que hacían las veces de orinales que guardaban en el hueco de la escalera de la planta baja, o bien se servían de una simple fosa que se limpiaba periódicamente para evitar los malos olores. 

Había letrinas públicas, habitaciones provistas de bancos de piedra adosados a los muros, con espacio para varias personas que hacían sus necesidades fisiológicas al mismo tiempo, unos frente a otros sin paredes de aislamiento. Bajo los asientos había recipientes que eran recogidos por el personal. Aquellos ciudadanos que acudían a las letrinas acompañados de sus esclavos, hacían que ellos se sentaran primero en el banco para calentar la piedra.

En lugar de papel higiénico, los romanos se limpiaban con una esponja o bien lana o algún tipo de tela insertada en el extremo de un palo. Había una fuente para lavarse después las manos, y canales por los que corría el agua de forma continua para que pudieran aclararse las esponjas. Esto era especialmente conveniente, puesto que las esponjas también eran públicas, y sólo los más ricos llevaban las suyas. Los demás se veían obligados a compartirlas.



Y yo que iba a merendar, ya no me quedan ganas. ¡Quién me mandará meterme en estas!



jueves, 13 de julio de 2017

BIG BEN


Big Ben era el nombre de la primera campana que tuvo el reloj de la torre del Parlamento de Londres, fundida en 1856 y encargada de contar las horas. El motivo de la elección del nombre no está clara. Lo más probable es que se deba a su constructor, Benjamin Hall, aunque también se sugiere que podría referirse a Ben Caunt, un famoso boxeador que ayudó a subirla al campanario.

El Big Ben, que se ajusta mediante la adición y eliminación de las monedas de su péndulo, se ha ganado la reputación de ser el reloj más preciso del mundo. A pesar de resultar dañado por un bombardeo alemán en 1941, resistió heroicamente y fue capaz de seguir marcando la hora con absoluta puntualidad. Durante la Primera Guerra Mundial, en 1916, la esfera del reloj dejó de iluminarse y las campanas guardaron silencio durante dos años, pero fue un silencio intencionado para impedir que el enemigo se guiara por el Big Ben durante sus ataques. Esas mismas campanas volverían a enmudecer el 30 de enero de 1965, durante el funeral de Winston Churchill, y el 17 de abril de 2013 durante el de Margaret Thatcher.


Sin embargo, el famoso reloj no siempre fue tan puntual: por ejemplo, una bandada de estorninos logró en 1949 lo que no habían conseguido los bombardeos, y al posarse sobre el minutero causó un ligero retraso. También acusó los estragos de la acumulación de nieve durante algunos años especialmente fríos, y la ola de calor que Londres padeció en 2005. Más recientemente, en agosto de 2015, el relojero del Parlamento admitió que el Big Ben llevaba dos semanas dando las campanadas con unos segundos de desfase, problema que logró ser resuelto.

Leyenda o realidad, cuentan que el Big Ben fue atrasado por la mano del hombre en dos ocasiones a lo largo de su historia. La primera vez para disimular que la reina llegaba tarde a un acto oficial, y la segunda por la juerga del capitán John Stubbs, que una noche celebró su desembarco con tal desenfreno que acabó trepando a la torre y agarrándose a una de las manecillas del reloj.


Imágenes: https://es.pinterest.com/dianademeridor/tic-tac/