lunes, 18 de julio de 2016

Vacaciones


Después de los últimos ajetreos, llegan las vacaciones. Volveremos en agosto.

Han sido unas estupendas jornadas en la Semana Negra, en buena compañía de público y de autores. He presentado “La leyenda del enmascarado” y participado en una mesa redonda con Lourdes Ortiz, Teresa Galeote y Marta Gómez Garrido. La carpa estaba llena, a pesar de que en la de al lado teníamos la dura competencia de Luis Eduardo Aute, nada menos. Nadie puede con nosotras.


Al día siguiente asistí al evento de Lourdes y al de tres grandes de la novela negra, compañeros de editorial: Salvador Robles Miras, Germán Díez Barrio y José Díaz, que nos ofrecieron una divertidísima y exitosa presentación de sus obras.

¡Lástima que solo haya una Semana Negra al año! Me llevo un montón de buena literatura y maravillosos recuerdos. Muchas gracias a cuantos nos habéis apoyado con vuestra presencia, especialmente a los que os desplazasteis desde otras ciudades para estar presentes.


Ahí estamos, en el periódico A Quemarropa. Teresa Galeote, Lourdes Ortiz y Montserrat Suáñez.

¡Hasta pronto!


miércoles, 6 de julio de 2016

La Bastilla en el siglo XVII


La fortaleza de la Bastilla fue construida en la Edad Media para defender París durante la Guerra de los Cien Años. En el siglo XIV comenzó a ser utilizada como prisión, y los reyes de la dinastía Borbón continuaron dándole ese uso. 

La Bastilla iba a jugar un papel muy importante durante la rebelión de la Fronda, en tiempos de la menor edad del Rey Sol. Por entonces ya no era la temible y siniestra cárcel de antaño, pero la imaginación popular le atribuye horrores que hacía tiempo que no tenían cabida en sus recintos. Por el contrario, para tratarse del siglo XVII, casi podría decirse que era una prisión modélica. Mientras que en la mayoría de las prisiones de la época era habitual el empleo de la tortura, en La Bastilla se restringía su empleo, y las únicas permitidas eran la del agua y la de la bota. En el caso de las mujeres, solo se autorizaba este último tormento. Se puede decir que el trato era más humano que en el resto, y que se tomaban especiales precauciones para evitar encarcelar a la persona equivocada. Y sin embargo fue esta ciudadela construida en las afueras de París la que más adelante se acabaría convirtiendo en un símbolo del poder despótico. 

En realidad la Bastilla era la prisión de lujo, la aristocrática. Durante el reinado de Luis XIV fueron encerrados en la fortaleza algunos caballeros por haberse batido, contraviniendo la prohibición relativa a los duelos. También era el castigo habitual para aquellos acusados de espionaje, para los conspiradores, falsificadores y estafadores o para quien ofendiera al monarca de cualquier modo. Incluso muchos protestantes dieron con sus huesos en La Bastilla desde los tiempos de las Guerras de Religión. En cualquier caso, no siempre se mencionaba el motivo por el que un prisionero era encarcelado. El rey decidía personalmente quién debía ser enviado allí, por lo que las órdenes de arresto eran lettres de cachet firmadas por él y por un ministro. Todo se llevaba a cabo con mucha ceremonia: se tocaba al detenido en el hombro con un bastón, y de ese modo quedaba formalizado el arresto.


Aunque una lettre de cachet implicaba que la reclusión iba a ser por un tiempo indefinido, en principio no era una prisión prevista para largas condenas. El promedio de estancia en la fortaleza durante el reinado de Luis XIV, que recurrió a ella con inusitada frecuencia, fue de alrededor de tres años, puesto que muchas veces el confinamiento tenía un mero carácter preventivo y duraba solo el tiempo necesario para realizar la pertinente investigación de los hechos. 

Como especial medida de seguridad contra cualquier posible abuso, se designaba un ministro especial que tenía a su cargo la Bastilla. Su deber era supervisar los gastos y asegurarse diariamente del número de prisioneros que eran recibidos. Era un puesto muy codiciado, y el propio Colbert llegó a ostentarlo. 

Había mazmorras al pie de cada torre, y muy adecuadas a la novelesca idea, tan extendida, sobre la vida en la Bastilla. Eran lugares insanos que se llenaban de agua con las crecidas del Sena. A veces se colocaba una cadena y se ataba a ella a un prisionero, pero estas celdas no eran las que ocupaban los presos, sino los lugares reservados a castigos especiales para los más recalcitrantes. Ni siquiera en esos casos se retenía a nadie en ellas; una vez cumplido el castigo, eran devueltos a sus celdas. 

Se accedía por el extremo de la rue Saint-Antoine. A través del portal, adornado con numerosos trofeos, se ingresaba en el primer patio, bordeado a la derecha por unos cuantos tenderetes y a la izquierda por los establos y los barracones del gobernador. Una vez atravesado, al pie de las ocho torres se cruzaba por un puente levadizo llamado pont de l’Avancé. Estaba abierto de día, pero permanecía cerrado durante la noche. Nadie podía pasar por allí ni detenerse en aquel punto, y se apostaban centinelas para impedir que el pueblo se agrupara con la intención de contemplar el paso de los prisioneros. 


Una campana anunciaba la llegada del preso. Pasado el puente, el recién llegado se encontraba en el patio del gobernador. Al extremo del patio había otro puente levadizo reforzado por barrotes de hierro, y después de pasar ante los guardias allí estacionados se llegaba al patio de los prisioneros. Contra lo que cabría esperar, el lugar no era silencioso, ni el patio resultaba sombrío, sino bullicioso: estaba lleno de gente que hablaba, reía y se divertía con diversos juegos. 

Enfrente había un gran edificio dividido en dos por un corredor y una escalera. La planta baja era para las cocinas y el refectorio, y en el primer piso se alojaba a los prisioneros, a los que se permitía una cierta libertad de movimientos. El teniente del rey ocupaba el segundo piso, de modo que podía ver desde las ventanas de sus aposentos cuanto ocurría en el patio. Si el recién llegado se detenía allí de espaldas al puente y frente a este edificio, distinguía a la derecha las celdas de los prisioneros guardados menos estrictamente. 

En el interior de la Bastilla, un oficial hacía ronda regularmente por las celdas para asegurarse de que todo estaba en orden. Los centinelas se relevaban cada dos horas. Algunos vigilaban las ventanas e informaban de lo que ocurría en las calles, de modo que en la fortaleza todo estuviera preparado en caso de un levantamiento popular. 

A menos que se encontrase necesario que el detenido fuera interrogado por el teniente general de policía, era el teniente del rey quien le recibía. Él y un capitán acudían al encuentro del recién llegado para conducirlo hasta el gobernador de la fortaleza. Tras comparecer ante él, el recluso era trasladado a la sala del consejo, donde se le hacía vaciar sus bolsillos. 


Los aposentos del primer piso eran octogonales, con dobles puertas y grandes chimeneas sobre las que a veces había un retrato del rey. Para mirar al exterior por la ventana enrejada, el preso tenía que subir tres escalones cortados en el muro. Generalmente se permitía tener libros —en tiempos de Luis XIV la Bastilla contaba incluso con una biblioteca un tanto desorganizada—, recibir visitas, mantener correspondencia y pasear por el patio. Podían encender la chimenea y amueblar su habitación con sus propios enseres o bien dirigirse al tapicero de la Bastilla, que cobraba unos precios exorbitantes. A menudo se autorizaba al prisionero a tener dos servidores consigo si podía permitírselo. 

El castigo más común para las faltas leves era la disminución en la ración de comida, aunque casi nunca en régimen tan severo como para quedar reducido a pan y agua. En realidad los platos que se servían en la Bastilla eran muy abundantes, y, como prueba de que se trataba de la más aristocrática de las prisiones, tal vez les sorprenda saber que también se servía vino: dos botellas de borgoña o de champaña. 

Algunos presos preferían comer más modestamente y quedarse con el dinero que sobraba del destinado a su manutención. Cuando el prisionero no disponía de medios, el Estado los procuraba, y el destinatario podía gastarlos o ahorrarlos a su conveniencia, sin tener que devolver las cantidades no empleadas. A finales del reinado de Luis XIV algunas de las celdas estaban amuebladas y provistas con todo lo necesario a expensas del Estado. 

Y es que La Bastilla iba a perder por esos años su carácter de prisión exclusiva para la aristocracia al añadirse una sección para presos comunes, un lugar mucho menos agradable donde los condenados vivían de la caridad y del “pan del rey” en húmedos calabozos subterráneos. Estos prisioneros a veces eran encadenados. Eran los “pailleux”, así llamados porque dormían sobre un jergón (paillasse) cuya paja se cambiaba una vez al mes.



Para la constatación y ampliación de este y otros puntos, se puede consultar el volumen 1 de los archivos de la Bastilla, publicados por Ravaisson. 



El viernes, 15 de julio a las 20:15, presentación de "La leyenda del enmascarado" en la Semana Negra de Gijón, el mayor festival literario internacional al aire libre de Europa. El acto, en el que las autoras Teresa Galeote y Marta Gómez Garrido presentarán también sus obras, será conducido por Lourdes Ortiz. Os esperamos a los que podáis acercaros el fin de semana.



Muchas gracias a dlt por su magnífica reseña en su página "desdelaterraza". No se puede explicar mejor ese choque entre dos mundos ni escribir mejor una crítica que, además, agradezco que sea tan positiva.

http://desdelaterraza-viajaralahistoria.blogspot.com.es/2016/07/la-leyenda-del-enmascarado-entre-la.html