miércoles, 24 de febrero de 2016

Segunda edición


Apenas ha transcurrido un mes desde su lanzamiento y ya puedo anunciar con orgullo la segunda edición de esta obra que he tenido el honor de dirigir. Están en marcha diversas presentaciones por todo el territorio peninsular. De momento ya hay fecha para tres de ellas:


Bilbao, martes 8 de marzo (día internacional de la mujer) en la librería Elkar.

Gijón, lunes 28 de marzo en la librería Central.

Madrid, viernes 15 de abril en la biblioteca pública municipal Eugenio Trías.


Os esperamos. Muchas gracias a todos.


sábado, 20 de febrero de 2016

El Penique Negro


Organizar un servicio de correos eficiente no fue tarea fácil. La lentitud de los medios de comunicación y el coste que suponía mantener su funcionamiento hacía que resultara poco eficaz. 

Al principio era el destinatario quien pagaba por recibir la carta. El cobro lo efectuaba el funcionario de postas, y la cantidad a abonar dependía de criterios basados en el peso y la distancia, todo ello según un sistema muy complejo y que, además, presentaba un grave fallo: a veces el destinatario se negaba a recibir la carta para no pagar, ya que se había inventado todo un lenguaje de códigos escrito en el exterior y que revelaban el contenido sin necesidad de abrir el mensaje. El remitente escribía determinada contraseña en lugar visible, y así quien lo recibía sabía de qué asunto o noticia se trataba y podía devolver la carta al cartero sin abrir.

Rowland Hill, un profesor de escuela inglés, decidió reformar el sistema. Cuentan que se empeñó en ese proyecto después de encontrarse con una joven muy humilde, desconsolada por no poder pagar la carta que le enviaba su prometido. Hill halló una solución: era preciso que fuera el remitente quien pagara el envío, y la cuestión era cómo justificar que el prepago había sido hecho. Así fue como inventó el sello adhesivo, unas etiquetas engomadas que se pondrían en los sobres y que certificarían el valor pagado, el mismo sistema que ya se empleaba para las tasas en los documentos. Después simplificó los criterios para el cobro, ateniéndose al peso y no a la distancia, puesto que su estudio había llegado a la conclusión de que la mayor parte de los gastos que generaba un envío no se debían al transporte, sino a los procedimientos de entrega en origen y destino. Se determinó cobrar un penique por cada media onza.


Fue en 1837 cuando Hill presentó su proyecto junto con un folleto explicativo a los encargados del servicio postal. Comerciantes y banqueros pronto vieron las bondades que podría traer esta reforma para agilizar y abaratar las transacciones mercantiles. Formaron un comité para defender el plan y promover su adopción, y finalmente resultó aprobado. El primer sello se puso en circulación el 6 de mayo de 1840. Tiene nombre propio: se lo conoce como el Penique Negro, debido a su valor y al color que tenía. Lleva la imagen de perfil de la reina Victoria, que ese mes celebraba su 21 cumpleaños. En la parte superior se lee la palabra “Postage” en la parte superior, y “One Penny” en la inferior.

El diseño no fue fácil de decidir. Se había convocado un concurso al que se presentaron 2700 propuestas aspirantes a ganar las 600 libras ofrecidas a aquella que resultara ganadora. Finalmente se eligió el diseño basado en un medallón con la efigie de la reina. La primera tirada fue de 60.000 ejemplares, pero al año siguiente se emitieron 68 millones, y se calcula que en la actualidad se conserva un millón y medio. 

Como ocurre frecuentemente con la paternidad de los inventos, la del sello es reclamada por más de un nombre. El escocés James Chalmers llevaba años abogando por una reforma del sistema postal, y hablaba del sello en un documento fechado en febrero de 1838, pero para entonces Hill ya había presentado su proyecto, aunque no se hubiera publicado. Su hijo trató de demostrar infatigablemente que Chalmers había hecho un sello experimental en fecha tan temprana como 1834, pero no consiguió probarlo.


A comienzos de 1840 comenzaban a distribuirse también los llamados Sobres Mulready, debido a que fueron diseñados por el artista William Mulready. En el centro aparecía representada Britania con un escudo y un león a sus pies; a ambos lados los continentes de Asia y América del Norte, con gente leyendo el correo en las esquinas inferiores. Eran una alternativa a los sellos, consistentes en un sobre timbrado con uno o dos peniques. Pero este sistema no resultó popular, sino que fue objeto de muchas críticas y sátiras alentadas por los fabricantes de artículos de papelería, que veían en ello una competencia desleal por parte del gobierno. La campaña fue tan agresiva que acabaron siendo retirados.

El Penique Negro había ganado la partida. Después llegarían algunos refinamientos, como el dentado para facilitar la separación de los sellos. Los primeros no disponían de él.

Poco después nacía la filatelia y los coleccionistas. La primera exposición tuvo lugar en Viena en 1890, pero fue el coleccionista francés Herpin quien utilizó por primera vez el vocablo en un artículo del periódico parisino Le Collectionneur de Timbres Poste, publicado el 15 de noviembre de 1864. Lo formó con las palabras griegas “filos” y “ateles”, que significa pagado previamente. La palabra hubo de hacer un largo recorrido antes de ser admitida por la RAE en 1922.


miércoles, 10 de febrero de 2016

María de Médicis: los años de Florencia (II)


La muerte de Francisco de Médicis cambió la vida de María, porque el nuevo duque tenía un carácter muy diferente. De un natural jovial y agradable, amó a su sobrina como si se tratara de su propia hija. Contrajo matrimonio con Cristina de Lorena, una unión negociada por la abuela de la novia, Catalina de Médicis, ya en el final de sus días. Cristina era aproximadamente de la edad de María, y con su llegada el palacio recuperaba los aires de fiesta y alegría perdidos. 

Junto a María y Antonio de Médicis se educaba Virginio Orsini, hijo del duque de Bracciano. María, puesto que detestaba a su madrastra, extendía a Antonio el odio que le profesaba, pero apreciaba mucho a Virginio. Entre ambos se estableció una camaradería de la que acabaría brotando un sentimiento más tierno.

Aunque el duque había dispuesto que su hija recibiera la instrucción más esmerada, no se le enseñó la lengua francesa; en cambio, recibió amplios conocimientos en cuestión de arte, al que su padre era muy aficionado. Disfrutaba con las matemáticas y, debido al gusto heredado de su padre, se aplicó con pasión al estudio de la pintura, la arquitectura, la música y la escultura, así como a las piedras preciosas. Su habilidad para distinguir las verdaderas de las falsas era notable, pero esta pasión por las joyas iba a llevarla a numerosos dispendios a lo largo de su vida. El teatro, muy de moda en la corte durante los tiempos de su tío Fernando, era también objeto de sus preferencias.

Fernando I de Médicis

Amable y sonriente, no era bonita en realidad. Había heredado el mentón de su madre Habsburgo, y también sus limitaciones intelectuales, que junto al carácter tenaz de su padre formaba una mezcla que la hacía muy testaruda. Pero con todos sus defectos constituía un buen partido, digno de un rey. Su tío estaba decidido a entregarla en las condiciones más ventajosas, y para ello lo primero era poner un poco de orden en casa y establecer los límites a la relación con Virginio. Cristina prohibió al joven que dirigiera la palabra a María, a la que hacía vigilar. Mientras tanto daban comienzo largas y diversas negociaciones destinadas a encontrarle un esposo. 

Fernando soñaba con unirla al hijo del duque de Ferrara, y el inicio de las conversaciones alertó a Europa. El rey de España estaba atento: no quería que los tesoros que acumulaba Florencia fueran a parar, por una alianza peligrosa, a sostener empresas de sus adversarios políticos. Los españoles propusieron a su candidato: el príncipe de Parma; pero este, que tenía puestas sus miras en otra parte, declinó el ofrecimiento. Un segundo surgió entonces: el duque de Braganza, pero esta vez fue Fernando quien lo rechazó.

Cristina, por su parte, pensaba en un candidato de su familia, la Casa de Lorena. Su sorpresa fue grande cuando topó con el frontal rechazo de María. Se culpó por ello a Leonora, a la que se acusó de haberla aconsejado mal. Hubo una escena complicada durante el transcurso de la cual el destino de Leonora pendió de un hilo, aunque al final se libró de ser alejada de la corte.

Cristina de Lorena

Fernando concibió entonces un proyecto auténticamente brillante: prometería a su sobrina con el archiduque heredero del emperador. El duque hizo lo imposible por lograr sus fines, pero sin éxito.

Mientras tanto volvía a aparecer en escena el rey de España proponiendo nuevamente a Braganza. Sin embargo, este no era un príncipe reinante, y el gran duque declaró que no aceptaría menos de eso para su sobrina. Para entonces el emperador parecía cambiar de idea y solicitaba la mano de María, bien para sí o para el archiduque heredero. A tal fin enviaba a Florencia a Corradino para entablar negociaciones. Se acordó el contrato, pero no la fecha del matrimonio. Fernando comprendió pronto que todo era una maniobra de Alemania para impedir que la joven fuera entregada a un adversario político, y que pasado el peligro se rompería el compromiso.

A María tampoco le gustaba ese matrimonio. Ella tenía su propia idea. Una religiosa, célebre en aquel momento en Italia por su santidad, le predijo que un día sería reina de Francia. Esta predicción impresionó la mente de Leonora, ambiciosa e inteligente por las dos, y a partir de ese momento no paró hasta convencer a su señora de que no debía aceptar otra cosa que no fuera esa corona.

Leonora Galigai

Las relaciones entre Francia y Toscana eran muy estrechas en ese momento. Los reyes habían adquirido la costumbre de dirigirse a los banqueros florentinos en busca de dinero, y estos lo entregaban con largueza por interés político. Reinaba ahora Enrique IV, el primer Borbón, cuyo ascenso al trono se había producido con tantas dificultades que el Tesoro estaba exhausto. Era preciso recurrir una vez más al de Florencia.

Enrique estaba casado entonces con Margarita de Valois, pero el cardenal de Gondi aventuró la propuesta de obtener la anulación y quedar así en libertad para desposar a María. Ese primer matrimonio del rey, en efecto, acabaría siendo anulado, pero para entonces el corazón de Enrique, tan fácilmente inflamable, pertenecía enteramente a su amante, Gabriela d’Estrées, y se mostraba decidido a casarse con ella mientras públicamente fingía continuar adelante con la alianza florentina. Todos sus súbditos, y también el Papa, deseaban que volviera a casarse, pero no con su amante. Gabriela, por su parte, se mostraba tan convencida de que el rey cumpliría la palabra que le había dado, que un día llegó a decir:

—Solo Dios o la muerte del rey podrían acabar con mi buena suerte.

No tuvo en cuenta otro factor muy importante: su propia muerte. Gabriela murió muy oportunamente cuando faltaban solo unos días para su boda, en abril de 1599, en circunstancias que nunca han sido suficientemente aclaradas. Muchos son los que se muestran convencidos de que fue envenenada, mientras que otros proponen una eclampsia como causa de la muerte.

Gabriela d'Estrées

Enrique le dio el funeral de una reina e hizo transportar el féretro entre una procesión de príncipes y altos personajes hasta la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois, donde se ofició la misa de réquiem. 

Las deudas de Francia eran tan enormes que Enrique no tenía otro modo de hacerles frente que aceptar finalmente su matrimonio con la sobrina del gran duque a cambio de una suma fabulosa. Eso era lo único que interesaba. Sobre la novia, apenas nada se preguntó; lo importante era que gozaba de buena salud y parecía perfectamente capacitada para traer varones robustos al mundo. María había esperado largo tiempo hasta ver cumplidas sus aspiraciones. Al fin había logrado su objetivo, pero no hallaría en él la felicidad.


domingo, 7 de febrero de 2016

María de Médicis: los años de Florencia (I)


María de Médicis tuvo una infancia triste. Educada en el palacio Pitti de Florencia entre las obras de arte acumuladas por su familia, era una niña de corta edad cuando perdió a su madre, Juana de Habsburgo, la menor de las hijas del emperador Fernando. Su año de nacimiento ha sido objeto de debate. Se han propuesto fechas muy diversas, pero lo más probable es que el acontecimiento tuviera lugar en 1573, dato proporcionado por los archivos de Florencia. Otras fuentes, sin embargo, lo sitúan dos años más tarde. En su momento incluso el sexo de la criatura fue motivo de equívoco, llevando al pueblo a dar grandes muestras de júbilo al creer que se trataba de un varón. Fue una gran decepción constatar el error, especialmente para el padre, que ya lo era de cinco niñas y buscaba desesperadamente un heredero. Juana lo lograría más tarde, pero su hijo no iba a vivir muchos años.

El padre de María era Francisco I de Médicis, que por esas fechas sucedía a Cosme como gran duque de Toscana. Francisco era un hombre vigoroso, violento, dotado de cualidades intelectuales y gustos refinados; pero también era egoísta, vanidoso, cruel y entregado por completo a sus pasiones, que era incapaz de moderar. Su escandalosa relación con la veneciana Bianca Capello había sido la comidilla de toda Italia y de los embajadores extranjeros desde hacía tiempo, y ahora el gran duque se casaba con ella apenas dos meses después de enviudar.

Francisco I de Médicis

Bianca también estaba casada cuando conoció a Francisco. Tenía 15 años cuando contrajo aquel primer matrimonio con el caballero florentino Pietro Bonaventura, con el que se fugó del hogar paterno. Pero el duque la sedujo, compró al marido con un buen puesto y a ella le regaló un palacio junto al suyo para poder tenerla siempre cerca. Pietro moría asesinado en la calle en 1572, y no fueron pocos los que sospecharon que era Francisco quien se ocultaba tras la mano asesina.

Al casarse con Bianca, dejó a sus hijos en el palacio Pitti y se retiró a Pratolino con su flamante esposa. Esta unión causaba gran mortificación a María, y no solo por el abandono y la soledad que supuso para ella. Más tarde confesaría que al ver a la viuda de un burgués de Florencia ocupar el lugar de su madre, “no soportaba la humillación causada por unos amores ilícitos”. 

De esos años María solo guardaba recuerdos dolorosos. Los peligros la asaltaban en los momentos más inesperados. Por tres veces entró el rayo en su alcoba, la primera vez haciendo añicos la ventana, la segunda hiriendo a su servidora y la tercera quemando las cortinas del lecho. Otras tres veces el palacio tembló con los terremotos que sacudieron Florencia. Un día, paseando a la orilla del mar cerca de Pisa, una ola estuvo a punto de engullirla.

Palacio Pitti, Florencia

Las desgracias se sucedían en su vida. En 1583 perdía a su único hermano, y al año siguiente también a su hermana Ana, al tiempo que la mayor, Leonor, partía para casarse con el duque de Mantua. Sus otras hermanas habían muerto en la infancia, antes de que pudiera conocerlas, y ahora se quedaba sola en aquel palacio en el que la etiqueta la condenaba a permanecer encerrada casi todo el tiempo. No quedaba nadie de los suyos que la amara y en quien ella pudiera depositar su confianza, de modo que, al verla sola, sus servidores tuvieron la idea de procurarle la compañía de otra niña. La propuesta fue aprobada por el duque, y así fue como llegó a su lado Leonora Dori, posteriormente conocida como Leonora Galigai. 

De oscuros orígenes y tres años más joven que María, no era bonita, pero sí muy inteligente y dotada de un carácter sumamente alegre. Las dos niñas se entendieron bien desde un principio. Leonora era complaciente, siempre dispuesta a cumplir la voluntad de su ama y a entretenerla. Nada tiene de extraño que María, en su soledad, tomara tanto afecto a esta compañía a la que se aferró con fuerza.

El padre de María había confiado su educación a la señora Orsini, una romana rígida y severa que apenas le permitía ver a nadie y velaba para que su pupila nada supiera de cuestiones políticas. Durante sus estudios se le puso por compañero a Antonio, hijo de Bianca y el duque, nacido antes del matrimonio. Algunas fuentes afirman que en realidad Antonio fue adoptado por ambos, y otras que ella fingió un embarazo ante el afán del duque por ser padre de un varón, ya que con su esposa solo tenía hijas. Esta versión fue animada por el cardenal Fernando, hermano de Francisco y llamado a ser su sucesor en caso de no dejar el duque descendencia legítima. 

Bianca Capello y Antonio

El gran duque moría en 1587, y apenas unas horas después Bianca le seguía al sepulcro, una misteriosa doble muerte que suscitaba muchas sospechas en Florencia. Ambos habían enfermado al mismo tiempo tras cenar después de una jornada de caza, atacados por fuertes dolores abdominales y unas repentinas fiebres a las que sucumbieron al cabo de unos días. En el año 2006 un grupo de profesores y forenses de las Universidades de Florencia y Pavía realizó un estudio que demuestra que existía una elevada presencia de arsénico en los restos de Bianca y el duque. El informe concluye que fueron envenenados. 

El principal sospechoso es Fernando. Antonio no fue aceptado como heredero debido a las irregularidades de su nacimiento, que su tío supo aprovechar muy bien. Fernando se convirtió en el sucesor, y de este modo renunciaba a su capelo. Fue él quien, para acallar los rumores, ordenó una autopsia cuyo resultado indicó convenientemente que ambos habían muerto de “malaria perniciosa”.