miércoles, 28 de octubre de 2015

La huida del rey de Polonia


El rey de Polonia recibía noticias de París, unas noticias que le detallaban la fatal evolución de la enfermedad de su hermano, Carlos IX. No tenía en mente otra cosa que la de escapar de allí a tiempo de hacerse con el trono de Francia antes de que su hermano menor se le adelantara, pero, naturalmente, se guardó mucho de manifestar abiertamente sus intenciones. Por el contrario, disimuló cuanto pudo, vistiéndose a la polaca y organizando un sinfín de fiestas y banquetes con los que entretener a sus nobles, a quienes dio buena muestra de su prodigalidad. 

En junio de 1574 Enrique tuvo conocimiento de la muerte de Carlos IX por el embajador del Imperio, apenas una hora antes de que llegara el mensajero de Catalina de Médicis con la noticia. El jinete había cubierto 900 leguas en 17 días, despistando a espías y evitando emboscadas. El joven rey de Francia había sucumbido a la tuberculosis, pero en la corte circulaban todo tipo de rumores: para unos habría sido un veneno; para otros, la cólera divina, que caía sobre él por haber ordenado la masacre de la noche de San Bartolomé. 

El rey de Polonia no siente pena cuando el mismo día anuncia oficialmente la muerte de su hermano y ordena el luto oficial de la corte. En la sala del trono, cubierto de telas en colores fúnebres, recibe las condolencias de la nobleza. Los polacos sospechan que la nueva situación suponga la partida del rey, pero él les ofrece toda clase de seguridades.

Cuando Bellièvre, el embajador de Francia, acude a saludarlo, Enrique lo despide, pues la muerte de Carlos IX ponía fin a su misión. Al partir, el embajador se lleva consigo a muchos de los franceses del entorno del rey de Polonia, entre ellos a Bellegarde, portador de las joyas de su amo y de los documentos más importantes.

Esa noche Enrique se reúne con sus amigos y se toma una decisión: había llegado el momento de dejar de ser el Henryk IV de los polacos para convertirse en el Enrique III de los franceses.


A la noche siguiente ofreció un suntuoso banquete en palacio, pródigo en vino. Antes de la medianoche los polacos roncaban sobre la mesa, completamente ebrios. 

El rey se dirige a sus apartamentos y se acuesta siguiendo el ceremonial de costumbre. El mariscal de palacio cierra las cortinas y sale. Apenas lo hace, el primer valet introduce a algunos amigos de Enrique, entre ellos Villequier y Le Guast. Todo es silencio. Con el camino despejado, da comienzo una fuga que había sido cuidadosamente preparada. 

Unos caballos aguardan junto a una pequeña capilla abandonada mientras el rey se viste con unos ropajes similares a los del valet, para propiciar la confusión. Villequier y Le Guast se apoderan de los diamantes de la corona y los ocultan entre sus ropas. El rey, llegados a ese punto, muestra ciertos escrúpulos, pero sus amigos se ocupan de persuadirlo de que debe considerar esas joyas como una de sus propiedades.

Se había abierto un boquete en la pared de la habitación para evitar a los guardias polacos apostados a su puerta. Los fugitivos llegan hasta una de las poternas de la muralla, pero el jefe de cocina los había visto cuando se dirigían hacia allá. Dio la alarma, lo que hizo que el conde de Tenczinski, gran chambelán, sintiera cómo se disipaban los últimos vapores del vino con el que se había atiborrado esa noche. Los polacos, furiosos, celebran un rápido consejo de guerra y encargan al chambelán que se lance en pos del rey con unos cuantos hombres. 

Al cabo de seis leguas, los franceses llegan al Vístula. Sin conocer cuál era el camino a seguir, Enrique desmonta y arroja una vara al río para averiguar la dirección de la corriente, sabiendo que debían dirigirse siempre en sentido contrario a esta. Así orientados, se adentran en un bosque hasta llegar a una cabaña. El propietario despierta sobresaltado con un puñal apuntando a su cuello mientras unos caballeros le exigen que les sirva de guía.


Al alcanzar Oswiecim, Enrique se ve obligado a continuar sin dos de sus amigos, puesto que sus caballos desfallecen. Los franceses, perseguidos por un centenar de tártaros, cruzan el puente de madera y luego le prenden fuego. El estarosta de Oswiecim, incapaz de seguirles, se arroja al agua gritando mientras nada hacia ellos: “Serenissima Majestas, cur fugis?” (Serenísima Majestad, ¿por qué huyes?). El uso del latín en esas circunstancias les resultaba tan insólito a Enrique y sus hombres que de pronto la escena se les antoja muy cómica y estallan en carcajadas. 

Sus perseguidores, mejor montados, van acortando distancias. Los fugitivos los divisan dramáticamente cerca cuando faltan solo unas cuantas leguas para alcanzar la frontera. La carrera se hace frenética: Enrique sabe que si lo atrapan en territorio polaco, ya no podrá regresar a Francia.

El conde Tenczynski le da alcance cuando ya han llegado a una aldea de soberanía austriaca. Enrique había tenido que detenerse allí, porque su montura, exhausta, se desplomaba sin vida, y era preciso conseguir caballos de refresco. Con la seguridad que le da verse escoltado por su guardia, permite que el chambelán se acerque. 

—¿Venís como amigo o como enemigo? —le preguntan.

—Como humilde servidor del rey.

—En ese caso, haced que se retiren vuestros tártaros.

Allí mismo el polaco, arrojándose a los pies del rey, intenta convencerle para que regrese, mas todo en vano. 

—Conde, amigo mío —responde Enrique—, tomando lo que Dios me da por sucesión, no dejo lo que me ha dado por elección, puesto que, gracias a Dios, mis hombros son suficientemente anchos para sostener una y otra corona. 

Como el conde insiste, él se muestra aún más firme: 

—Señor conde, he hecho demasiado camino para volver atrás. Aunque todas las fuerzas de Polonia estuvieran aquí, no lo haría, y antes clavaría mi daga en el cuerpo del primero que tuviera la osadía de hablarme. 


Con lágrimas en los ojos, el gran chambelán se abre una vena con la punta del puñal, recoge la sangre en la palma de la mano y la bebe. En Polonia aquel gesto simbolizaba una fidelidad indestructible. Luego ofrece su brazalete al rey, a cambio del cual recibe un diamante. 

Enrique volvía a casa tan solo unos meses después de haber llegado. Por el camino escribía a su madre: “Francia y vos valéis más que Polonia”.


lunes, 26 de octubre de 2015

Enrique IV de Polonia


La muerte del rey Segismundo Augusto ponía fin a la dinastía de los Jagellon, que había ocupado el trono de Polonia durante dos siglos. Era preciso encontrar un nuevo monarca, y la nobleza del país se disponía a elegirlo. Los soberanos europeos tomaban posiciones para hacerse con la ambicionada corona. El emperador proponía a su hijo mientras el rey de Suecia aguardaba su momento. Hasta el mismísimo zar de Rusia, el detestado Iván el Terrible, “tuvo el descaro de presentarse”, si bien no contaba con muchas posibilidades: lo único que podía ofrecer era dejar de atacar al fin a Polonia.

En Francia Catalina de Médicis no se mostraba menos ávida por hacerse con el trofeo. Era la ocasión perfecta para procurarle un trono a su hijo favorito, Enrique de Anjou. No era la primera vez que hacía sus cálculos para verlo coronado, pero hasta ahora todos sus proyectos habían terminado en fracaso. Ahora, en cambio, se abrían oportunidades inesperadas. 

Los franceses consideraban Polonia como “un país perdido entre los hielos del norte” y habitado por bárbaros. Sin embargo, esto distaba de ser así. El país, mayoritariamente católico, contaba también con importantes minorías protestante, ortodoxa y judía. Todas ellas vivían en armonía, tolerancia y libertad de culto, al contrario de lo que sucedía en Francia. Por esas fechas el suelo francés se cubría de sangre la noche de San Bartolomé, culminación de varias guerras de religión que habían enfrentado a católicos y protestantes. 

Enrique era muy joven, pero ya había acumulado amplia experiencia en la batalla. Para los católicos era el héroe que había aplastado a las tropas protestantes en Jarnac y Moncontour; para el resto encarnaba al demonio. Además, junto con su madre había sido el instigador y uno de los protagonistas de la matanza de aquella noche trágica. 


Catalina eligió cuidadosamente al hombre que enviaría a Polonia para defender su causa. Se decidió por Monluc, obispo de Valence, y resultó ser una magnífica elección. El obispo realizó una gran labor elaborando un relato muy suavizado de la masacre, que según él había sido una simple revuelta del populacho en la que Anjou no había tomado parte alguna. También negó categóricamente los rumores que circulaban acerca de la pasión de su candidato por los perfumes, las joyas y otras cosas que contrastaban vivamente con el concepto de virilidad de la nobleza polaca. 

El obispo hacía sus discursos en latín, que hablaba admirablemente. En dicha lengua terminó por alzarse un grito entre los cuarenta mil electores reunidos: “¡Gallum! ¡Gallum!" (¡El francés! ¡El francés!). 

Anjou se hallaba sitiando La Rochelle cuando le llegó la noticia de que para los polacos se había convertido en Henryk IV Walezy (Enrique IV de Valois), un logro que recibió sin ningún entusiasmo. Hubo de dirigirse hacia París, donde le aguardaba una delegación polaca. Allí hizo de tripas corazón y trató de componer su mejor gesto, pero lo cierto es que no podía compartir la ilusión de su madre ni veía ningún motivo de regocijo en tener que partir rumbo a Polonia. No le atraían las costumbres ni la idea preconcebida que tenía acerca del lugar al que debería dirigirse, pero tampoco los límites que sus súbditos habían puesto a su poder, uno de los cuales era la supresión de la sucesión hereditaria. También exigían libertad de culto, algo que Enrique se negó a jurar. Entonces uno de aquellos rudos polacos dio un paso al frente y exclamó con voz potente: 

—Jurabis aut non regnabis!

Es decir, “o juras, o no reinarás”. Y, como no bromeaba, Anjou juró, dando así comienzo a la que él mismo afirmó que fue la época más triste de su vida. 


Aquel viaje le resultaba de lo más inoportuno. No le convenía alejarse de Francia ahora que la salud de su hermano, Carlos IX, se había deteriorado gravemente. Se temía que no viviría mucho tiempo, y no tenía heredero varón. Eso convertía a Enrique en su sucesor, pero la aceptación de la corona polaca lo ponía en una situación que su hermano menor, Alençon, sin duda sabría aprovechar en su beneficio. Catalina comenzaba a lamentar haberse embarcado en esa empresa que alejaba a su hijo de un trono más importante que el de Polonia. 

Él también lo lamentaba, y no sólo por esos motivos. Anjou ocultaba una razón mucho más personal: en esos momentos no deseaba separarse de su amada María de Clèves. Aunque la habían casado con el Príncipe de Condé, el nuevo rey de Polonia alentaba la esperanza de anular ese matrimonio y desposarla él mismo. Pero su hermano Carlos, ansioso por deshacerse de él, le dio un ultimátum. Enrique debía abandonar la corte del diablo. 

La coronación tuvo lugar el 21 de febrero de 1574 en Cracovia. Cuatro días después se produjo una pelea que se saldó con un muerto. Un caballero polaco resultó mortalmente herido al pretender impedir un duelo entre dos clanes. Y es que en Polonia aquellos asuntos movilizaban a clanes enteros y podían desembocar en guerras particulares. Enrique no tuvo éxito a la hora de resolver el asunto, puesto que pronunció una sentencia salomónica que no contentó a ninguna de las partes. El senado buscaba un castigo ejemplar, pero el rey se limitó a condenar al autor al exilio. Además tuvo el poco tacto de conceder a su hermano la dignidad de palatino de Cracovia, en agradecimiento al papel que su familia había representado en su elección.


El asunto dio lugar al comienzo de los muchos libelos que circularon sobre Enrique. La mala suerte parecía perseguirlo con saña implacable: antes de que se aplacaran los ánimos, un terrible incendio destruía una parte de Cracovia, y se culpó a los franceses. El rey acudía decidido a imponer la concordia y la justicia en su reino, pero todo se aliaba para entorpecer sus intenciones y envenenar las relaciones con su pueblo. “No encontraba más que miserias, disputas, calumnias”.

Enrique se aburría. No podía recaudar impuestos, legislar ni declarar la guerra, y estaba sometido a un consejo que debía ratificar cualquiera de sus decisiones. Los caballeros franceses no se mezclaban con los polacos; las camas les parecían muy duras y no les gustaba la cerveza del país. Algunos de sus nobles le hablaban con tal rudeza que sus ojos se empañaban con lágrimas de rabia e impotencia. Pero lo peor de todo era que pretendieran casarlo con Ana Jagellón, hermana del difunto rey de Polonia, soltera a sus 48 años, monjil y sumamente fea. Ella, en cambio, estaba entusiasmada desde que vio el retrato de Enrique.

Él la había visitado el día de su llegada y cumplió con otras visitas sucesivas que imponía el protocolo y la conveniencia. Digno hijo de su madre y consumado maestro en el arte de la duplicidad, llegó a fingir que cortejaba a Ana Jagellon. En una ocasión tomó su mano, y la pobre princesa experimentó tal conmoción que después fue incapaz de ingerir alimento alguno ese día. Pero a lo único a lo que Enrique estaba dispuesto era a disimular, no a casarse.

Como cuenta un contemporáneo, “llevaba aquella corona como una roca sobre su cabeza. En el languidecer de su exilio, Enrique no encontraba más consuelo que el de escribir a Francia”. Esas misivas eran enviadas en paquetes que contenían cuarenta o cincuenta, y algunas de las que dirigía a María estaban escritas con su propia sangre...

Continuará


Muchas gracias, Lady Allirya Dondarrion.



domingo, 18 de octubre de 2015

William Cecil, Lord Burghley

William Cecil retratado en 1571

Cuando recibió la noticia de la muerte de su hermanastra, Isabel se encontraba en Hatfield, leyendo a la sombra de una famosa encina que aún existía tres siglos después. Once días atrás María Tudor había firmado el documento en el que la designaba como su sucesora, y desde entonces los cortesanos no dejaban de afluir a Hatfield, ávidos por señalarse a la atención quien estaba a punto de convertirse en la nueva reina de Inglaterra.

Entre aquellos que acudieron a visitarla se encontraba un hombre de 38 años que se distinguía por su seriedad. El caballero de mirada penetrante y rasgos acusados era Sir William Cecil, nieto de un terrateniente galés de oscuro linaje que había llegado a Londres con Enrique VII, fundador de la dinastía Tudor y abuelo de Isabel. Cecil se ocupó de elaborar un árbol genealógico que le hacía remontarse a los tiempos del rey Harold, pero no sabemos hasta qué punto era veraz. El primer antepasado cuya autenticidad puede ser comprobada fue ese abuelo, David, del que sus enemigos decían que había regentado la mejor posada de Stamford. David fue distinguido con el favor real por su participación en la batalla de Bosworth contra Ricardo III; fue sheriff de Northamptonshire en 1532, y su hijo, Richard, ya tuvo una presencia destacada en la corte de Enrique VIII como maestro de ceremonias. Richard aumentó la fortuna familiar realizando un matrimonio ventajoso y acompañó al rey durante las famosas fiestas del Campo del Paño de Oro.

William Cecil no había cumplido quince años cuando comenzó sus estudios en la Universidad de Cambridge. Allí destacó en el aprendizaje del griego clásico y fue alumno de John Cheeke, uno de los grandes humanistas de la época, con cuya hermana contrajo un primer matrimonio. El padre de Cecil trató de impedir esta unión que consideraba poco brillante para sus ambiciones, ya que la novia contaba con escasos recursos. Para ello hizo que su hijo abandonara la universidad y se trasladara a Grays Inn. Sus esfuerzos resultaron vanos, puesto que él, en uno de los pocos actos impulsivos que cometió en toda su vida, se casó en secreto a pesar de la prohibición paterna.


Su esposa murió al cabo de dos años, meses después de dar a luz un hijo al que llamó Thomas. Siempre fiel e irreprochable en su vida conyugal, más adelante Cecil se casará de nuevo con Mildred Cooke, una protestante sumamente culta y tía de Francis Bacon. Esta nueva unión le granjeará la amistad de influyentes personajes, entre ellos Catalina Parr y el duque de Somerset. Cuando este cae en desgracia, Cecil es encerrado en la Torre de Londres, pero logrará salir gracias a su prudencia y tras pagar una fianza.

En 1543 ingresó en el Parlamento y fue miembro de la Cámara de los Comunes. Llegó a ser secretario del Consejo Privado de Eduardo VI antes de cumplir 30 años, convirtiéndose después en el principal secretario real, cargo que después se denominaría “secretario de Estado”. 

El advenimiento de María Tudor lo alejó un tanto de la corte. Partidario de la Reforma, aunque sin pertenecer plenamente a ninguna confesión religiosa, se salvó de la prisión fingiendo aceptar el catolicismo. No tuvo empacho en asistir a misa y confesarse. Como además no había tomado parte en el divorcio de Catalina de Aragón ni en las humillaciones que sufrió María durante el reinado de su padre, ella, que reconocía sus méritos, estaba dispuesta a contar con sus servicios. Sin embargo, Cecil siempre rechazó cortésmente las propuestas de formar parte del gobierno.

Cuando Isabel sube al trono, hacía tiempo que Cecil mantenía correspondencia con ella. La nueva reina lo apreciaba mucho. Estimaba su inteligencia, sus conocimientos, su prudencia y lucidez y su extrema sutileza, no exenta de socarronería a pesar de su seriedad. De hecho, el primer acto de Isabel como soberana fue nombrarlo su secretario principal.

Isabel I

“Os confío estas funciones y las de consejero privado, pensando que no ahorraréis ningún esfuerzo para servirme y servir a mi reino. Segura estoy de que no os dejaréis corromper por agasajo alguno, seréis siempre fiel al Estado y, sin tratar de adivinar mis secretos deseos, me daréis siempre el consejo que juzguéis mejor. Si llega a vuestros oídos algo que no debáis explicar más que a mí y en secreto, podéis estar seguro de mi discreción.”

William Cecil reforzó la autoridad real en el Parlamento, así como el ejército y la armada; fomentó las exportaciones y consiguió dar un impulso económico a Inglaterra, adoptando un sistema monetario nuevo que sustituyó las monedas de plata, cuyo valor había ido disminuyendo durante los últimos reinados. Con él se inauguró también la Bolsa Real de Londres y la Cámara de Comercio. En lo social y religioso, puso fin a la guerra con Francia, que estaba arruinando al reino, y fue el impulsor de la creación de la Iglesia anglicana con el monarca a la cabeza de la misma. Para él era esencial terminar con la división religiosa, porque decía que “el Estado nunca podría estar seguro donde se toleraran dos religiones… Aquellos que difieren en el servicio a su Dios, nunca podrán ponerse de acuerdo al servir a su país”. Toleraba a los católicos siempre que fueran leales a la Corona, pero aquellos que traicionaran a la reina se enfrentaban a las consecuencias más severas. Por esa razón se convirtió en el principal inductor del proceso contra María Estuardo, cuya existencia constituía un enorme peligro para Isabel al ser el centro en torno al que se congregaban los católicos desleales. Él se mostró dispuesto a asumir la responsabilidad que la reina se negaba repetidamente a afrontar.

Su política fue hostil hacia España, a la que consideraba el principal enemigo de Inglaterra. Fue él también el impulsor de la tupida red de espionaje a cuyo frente se situaba Sir Francis Walsingham su principal colaborador. Pero de Cecil se ha criticado los pocos escrúpulos que mostraba a la hora de extraer una confesión, puesto que no dudaba en autorizar el empleo de la tortura aunque fuera ilegal.


En 1571 fue nombrado Par del reino, recibiendo el título de barón de Burghley (o Burleigh, como aparece escrito algunas veces) en premio a los servicios prestados a la Corona. Al año siguiente sería ministro del Tesoro.

Lord Burghley fue un amante de los libros y de las antigüedades, interesado especialmente por la heráldica y la genealogía. Trabajador infatigable, cauto, maquiavélico e incorruptible, escribió interminables informes y memorandos. Se negó a aceptar beneficio alguno por actos o decisiones derivados de su cargo. Nunca se dejó sobornar por Catalina de Médicis y rechazó incluso la parte que Drake le ofreció del oro capturado a los españoles. 

Con lealtad inquebrantable, continuó siendo el primer consejero de la reina durante 40 años, hasta el momento de su muerte, a pesar de todas las cábalas que sus enemigos organizaron contra él y aunque se había quedado sordo en 1590. Algunas veces, sin embargo, Isabel y él se distanciaron por disensiones temporales que nunca enturbiaron el respeto y la amistad que ambos se profesaban. Buena parte de estos desacuerdos eran motivados por la aversión de Cecil hacia Robert Dudley, conde de Leicester, cuyo favor ante la reina era tan alto que lo convertían en un poderoso rival a batir a la hora de imponer su criterio. Pero Lord Burghley sabía ser paciente, y no olvidaba que siempre debía permitir que Isabel tuviera la última palabra. Fue un hombre contradictorio: implacable cuando lo consideraba necesario, a veces mostraba una ternura que nunca se le hubiera supuesto. 

Robert Dudley, conde de Leicester

Cecil fallecía en su casa de Londres el 4 de agosto de 1598, un mes antes de cumplir 78 años. Era sucedido por su hijo Robert, el único que le sobrevivió junto con Thomas. Robert Cecil se mantuvo en el poder con la llegada al trono de Jacobo Estuardo, cuya ascensión había favorecido. 

Lord Burghley había tenido otros dos hijos, ambos llamados William, que no superaron la infancia, y dos hijas. La mayor, Francisca, siguió el mismo triste destino, mientras que su hermana Anne contrajo un matrimonio desdichado con Edward de Vere, conde de Oxford, a quien algunos se empeñan en atribuir la autoría de las obras de Shakespeare y que mantuvo unas deplorables relaciones con su suegro. Lord Burghley se negó a obtener el perdón para el primo de Oxford, el duque de Norfolk, ejecutado por traición en 1572 por participar en el complot de Ridolfi, cuyo objetivo era liberar a María Estuardo y sentarla en el trono inglés. En venganza, su yerno juró convertir la vida de Anne en un infierno, y lo cumplió. El hecho de que Cecil empleara a los propios servidores del conde para espiarlo en su casa no contribuyó a disminuir el rigor con el que trató a su esposa.

La reina recibió con gran pesar la noticia de la muerte de su inestimable colaborador. Dicen que durante su enfermedad, ella misma lo había alimentado con su propia mano.


“Cor Unum Via Una” (Un corazón, un camino)


jueves, 15 de octubre de 2015

El mosaico romano


El arte de trabajar el mosaico se había practicado en oriente desde tiempos muy remotos. Al principio los mosaicos decoraban solo techos o paredes, pero los romanos no se atrevían a decorar con ellos los suelos por temor a que se estropearan al pisar sobre ellos. Con el tiempo, sin embargo, no solo cubrieron suelos, sino también simples objetos y pequeños paneles. 

En un principio los suelos de las habitaciones de la antigua Roma eran de arcilla. Esta se golpeaba con mazos para alisarla y se mezclaba con cascotes para añadir firmeza. Dicho método dio pronto paso a otra clase de pavimento consistente en losas más bien grandes de mármol blanco o parcialmente coloreado que se colocaban en figuras geométricas, con formas variadas de tres, cuatro o seis ángulos. Era el pavimentum sectile, que producía un dibujo ornamental. Pero a veces los suelos estaban compuestos por piezas más pequeñas, teselas cuadradas de igual tamaño, de colores variadas o blancas y negras. Este tipo de mosaico se llama opus tessellatum. Dicho estilo se aplicó por primera vez a gran escala en el templo del Júpiter Capitolino, tras dar comienzo la tercera guerra púnica.

A partir del opus tessellatum se desarrolló el mosaico propiamente dicho, cambiándose las tablillas por piezas de mármol más pequeñas, piedras valiosas como el ónice y la ágata, y cristal. Las piezas, teselas, se colocaban formando dibujos. Cuando las teselas son aún más pequeñas, el procedimiento permite la elaboración de un dibujo muy minucioso con formas onduladas o curvas para representar objetos y animales con gran precisión. Este tipo de mosaico se llama opus vermiculatum


Antes de colocarse el mosaico, se afirmaba el suelo o se ponía una base de losas de piedra a la que se añadía una capa de yeso que secaba lentamente y era muy adhesiva. En ella se insertaban las teselas de modo que formara todo una masa compacta en la que no podía entrar ni el polvo ni la lluvia. El suelo tenía que quedar perfectamente llano y horizontal, pero con una ligera inclinación que permitiese que el agua se deslizara hacia los sumideros.

Para elaborar las teselas se cortaba el material en láminas finas que a su vez se cortaban en tiras y finalmente se reducían a cubos. Las de vidrio podían teñirse añadiendo diferentes óxidos de metal, y se hacían vertiendo el vidrio fundido sobre una superficie lisa. Luego se cortaba del mismo modo con una herramienta afilada.

Las composiciones son de lo más variadas. Hay motivos geométricos, máscaras y representaciones escénicas, laberintos con la escena de Teseo y el Minotauro, carreras en el circo, representaciones mitológicas, juegos, cacerías y escenas eróticas, batallas e instrumentos musicales. En Bizancio se caracterizaban por el uso de oro en grandes cantidades.


El arte del mosaico era conocido en toda Grecia ya en torno al 400 a. C. Su fabricación tenía por centro principal la ciudad de Alejandría. Uno de los más célebres es el del pavimento del comedor del palacio real de Pérgamo, que imitaba un suelo con los restos de una cena sobre él. Debido a ello, el nombre con el que se conocía esta sala era “el sin barrer”, nombre que se extendió después a los mosaicos de clase similar. En el mismo palacio había otro mosaico con una paloma apoyada sobre el borde de una fuente, con el reflejo de su cabeza sobre el agua. Y en el Museo Real de Nápoles se conserva una escena bélica encontrada en la Casa del Fauno de Pompeya y que probablemente representa la victoria final de Alejandro sobre Darío en Issos. Alejandro avanza desde la izquierda y atraviesa a un jinete persa con su lanza mientras Darío permanece en pie sobre su carro, rodeado de sus seguidores. Su auriga levanta el látigo para fustigar a los caballos y emprender una veloz huida. Mientras tanto la caballería griega ataca a los persas. Se ha dicho que el cuadro podría ser obra de una de las mujeres artistas de la época: Helena, hija de Timón el Egipcio, si bien Plinio lo atribuye a Filoxeno de Eretría. Vespasiano lo llevó a Roma, y el mosaico de Nápoles parece haber sido una copia de dicha obra. Está ejecutado en una gama limitada a cuatro colores: negro, blanco, rojo y amarillo, con sus tonalidades intermedias, y contiene todos los recursos pictóricos al alcance en aquel tiempo: sombreado, expresión de la luz mediante reflejos y destellos, dominio de la perspectiva. La precisión de los detalles es tal que cada pulgada cuadrada se componía de 150 piezas de cristal o mármol.

Los fabricantes de mosaicos se llamaban mosaistas. Este arte llegó a ser tan apreciado por los romanos que Diocleciano promulgó una ley fijando el precio que cada artista podía poner según una calificación previa por grados. Se fabricaban en talleres especiales en los que se diseñaba primero el cuadro y después se dividía según el colorido. De cada parcela se sacaba una plantilla en tela o papiro, y sobre ella colocaban las teselas invertidas. Finalizado este proceso, lo llevaban al lugar en el que debería instalarse el mosaico, para que el artista lo colocara.


martes, 6 de octubre de 2015

La Tercera Guerra de Religión


En 1560 Calvino estaba ganando la partida en Francia. La nobleza, los intelectuales y la juventud se adherían a su doctrina, mientras que los viejos dogmas se percibían como propios de fanáticos ignorantes. Sin embargo, al cabo de ocho años la situación iba a invertirse. Los jesuitas realizaban una infatigable labor en provincias, catequizando a la gente y esgrimiendo curiosos argumentos en defensa de su credo: ¿Era concebible que Dios, durante quince o dieciséis siglos, hubiera dejado vivir en el error a tantos reyes y personajes encumbrados? Creerlo así sería blasfemar.

Los católicos Guisa cobraban fuerza de nuevo. Su jefe, Enrique de Guisa, solo tenía 18 años, un aspecto hermoso e imponente y gran osadía. Lo apoyaban sus poderosos tíos, su madre y todo el clero. París entero lo adoraba, y pronto comenzaron a considerarlo un héroe.

Catalina de Médicis, la reina madre, se inquieta por ello. Siente que el joven duque de Guisa acapara demasiada gloria, que está ocupando el lugar que debería corresponderle a su hijo favorito, el duque de Anjou. Es peligroso depositar tanto poder en manos de los ambiciosos Guisa; es preciso que sea Anjou, y no un extraño a la familia, quien se ponga al frente del movimiento católico. Pero de ese modo la monarquía abandona su papel de árbitro y se sitúa al frente de una de las facciones. No hay alternativa: el año anterior los líderes hugonotes, con Condé al frente, habían intentado apoderarse de la familia real. Es obvio que la política de concordia de la reina madre no ha dado sus frutos, de modo que se hace preciso cambiar de estrategia y presentar combate.

El desgaste de ambos bandos había llevado a la paz de Longjumeau, demasiado frágil, porque los protestantes no cumplen su parte y no abandonan las plazas conquistadas. La campaña ha vaciado el tesoro, pero en la corte se derrocha en fasto y diversiones. En torno a la reina madre se dan cita grandes señores, astrólogos, poetas y gente de las más diversas clases. En palabras de Philippe Érlanger, “se conspiraba, se amaba, se envenenaba frenéticamente, se disfrutaba de la vida coqueteando con la muerte. Italia había introducido sus perfumes, sus espejos, sus comediantes, sus orfebres, sus “polvos para heredar” [nombre que se daba al veneno], sus hechizos, sus dagas, sus vicios complicados, su sibaritismo neroniano”.


Enrique de Anjou, al que llamaban Monsieur, era aproximadamente de la edad de Guisa, su amigo de la infancia. Ese año cumplía los diecisiete y, sexualmente ambiguo, estaba enamorado por entonces de Renée de Rieux, Mademoiselle de Châteauneuf, una de las damas del Escuadrón Volante de Catalina de Médicis, ardiente, impetuosa y miembro de una de las más importantes familias de Bretaña. Monsieur encargaba al poeta Philippe Desportes que escribiera versos para ella, sonetos que enviaba diariamente a la bella firmados con su nombre.

Su hermano, el rey Carlos IX, solo era un año mayor que él. Mentalmente inestable, sus pasatiempos eran de tipo violento. Adoraba la caza y se divertía azotando hasta sangrar a sus amigos y servidores. A veces se apostaba de noche en una calle oscura y golpeaba con saña a los transeúntes. Después de eso, ya calmado, regresaba a palacio y llamaba al poeta Ronsard para que le diera lecciones de prosodia.

Los dos hermanos se detestaban. Enrique temía la brutalidad de Carlos, despreciaba su rudeza. El rey, aunque de aspecto agradable, no era tan hermoso como su hermano, y envidiaba su atractivo, su popularidad y la manifiesta predilección que su madre sentía por él. Solo Catalina de Médicis era capaz de impedir, con gran esfuerzo, que estallara abiertamente ese odio que se iba gestando entre ambos, y que impulsaba a Carlos a posicionarse siempre de modo opuesto a Enrique. Puesto que los católicos trataban a Monsieur como su ídolo, el rey hacía guiños a los protestantes y convertía en sus amigos a los Rohan y La Rochefoucauld.

Catalina de Médicis y sus hijos
Junto al rey se encontraba también su hermana, la princesa Margot. Durante mucho tiempo la princesa había permanecido en Amboise, lejos de la corte del Louvre, a la que Catalina solo la hacía acudir con ocasión de alguna gran solemnidad. Allí permanecía estudiando latín, griego y música hasta que su madre vio llegado el momento de buscarle marido. Monsieur, más femenino que ella, le daba lecciones de danza, la peinaba, elegía sus vestidos y se los probaba él mismo para enseñarla a llevarlos. La relación entre ambos hermanos fue tan ambigua como el propio Enrique. Margot llegaría a reconocer el incesto años más tarde.

Francia se deslizaba hacia el caos vertiginosamente. Los protestantes, alentados por el arresto de la católica María Estuardo por parte de Isabel de Inglaterra, saquearon la iglesia de Blois y profanaron el altar. Tenían su base en la ciudad de La Rochelle, un puerto estratégico fuera del control real y que se había convertido en refugio para piratas de todo el mundo. 

Catalina de Médicis convocó al Consejo, aunque un inoportuno resfriado le impidió asistir a la sesión. Era el uno de mayo de 1568. Los consejeros se dividen en dos grupos que sostienen posturas irreconciliables. Por un lado están los moderados, partidarios de la tolerancia, encabezados por el canciller. Por otro el duque de Nevers y cardenal de Lorena, tío de Guisa, defienden la tesis opuesta y se decantan por el empleo de la violencia. No fue posible alcanzar un acuerdo.

El almirante Coligny, mientras tanto, reclutaba hombres para las filas hugonotes, Mouvans sublevaba Provenza y el Delfinado y Condé se aliaba con Guillermo de Orange y los príncipes alemanes, todo al mismo tiempo que una flota inglesa cruzaba el canal. Para mayor complicación, Carlos IX enfermaba gravemente a consecuencia de unas fiebres. Catalina, alarmada, intenta capturar a Condé, pero este, advertido, huye con Coligny.

La respuesta de la reina madre es un nuevo edicto prohibiendo el culto protestante, una ley que obliga a sus pastores a abandonar el reino en un plazo de quince días. Pero cuando esta ley es sometida al Consejo, el canciller, Michel de L’Hospital, se niega a poner su sello, desatando la cólera del cardenal de Lorena. El mariscal de Montmorency tiene que separarlos a ambos, agarrados mutuamente de la barba.
Michel de L'Hospital
Catalina de Médicis decide prescindir del canciller, que se retira a su castillo de Vignay. A continuación promulga los edictos valiéndose de su propia autoridad. El gobierno pasa a las manos de los católicos más radicales, y el cardenal se convierte en una especie de primer ministro; pero ni siquiera eso satisfacía la ambición de los Guisa. Ellos querían el mando del ejército para su sobrino Enrique, algo que Catalina no iba a permitir. Reservaba ese honor para su hijo, el duque de Anjou.

El 4 de octubre de 1568 Monsieur se ponía al frente de las tropas como si fuera a un desfile, con el equipaje repleto de lujosas ropas bordadas en piedras preciosas. La reina sabía que exponía a su hijo favorito a los celos de sus rivales. Monsieur no podía fallar. Ella trataba de socorrerlo en cuanto era menester, acudiendo a su lado en los momentos difíciles y enviándole diariamente cartas en las que le aconsejaba e incluso dictaba su conducta sobre todo: sobre la higiene, sobre cómo tratar a su entorno o cómo llevar a cabo las operaciones y el avituallamiento de la tropa. Lo pone, además, en las manos expertas del conde de Tavannes.

Durante la noche del 12 al 13 de mayo de 1569, el ejército dirigido por Monsieur ataca cerca de Jarnac a los hugonotes, dirigidos por el príncipe de Condé. En el momento de comenzar la batalla, el caballo de La Rochefoucauld le da una coz y le parte una pierna, lo que no impide que el líder protestante se lance al combate.

—¡Soldados, recordad en qué estado se lanzó al combate Luis de Borbón, por Cristo y su patria! —exclama un instante antes de lanzarse al galope contra las filas enemigas.

Los hugonotes son aplastados, masacrados. El caballo de Condé se desploma sin vida, aprisionando al jinete en su caída. El príncipe entrega su guante en señal de rendición, pero el capitán de la guardia de Monsieur lo mata de un disparo en la cabeza mientras lo que queda de su ejército se bate como puede en retirada.

El duque de Anjou había logrado su primer gran victoria, pero no se mostró magnánimo con el vencido. El cadáver de Condé, atado a la cola de un asno, fue arrastrado por los caminos, y después expuesto como un trofeo en el castillo de Jarnac. La mayoría de los prisioneros protestantes fueron pasados por la espada.


Meses más tarde, el 3 de octubre, Monsieur conseguiría una segunda gran victoria en Moncontour, suficiente para que Catalina se sintiera en una posición lo bastante fuerte para firmar de nuevo la paz, que llegó el 8 de agosto de 1570. El tratado acordaba la libertad de conciencia y de culto, y se devolvía a los hugonotes las propiedades incautadas. Además no se discriminaría por motivos religiosos a la hora de adjudicar un cargo.

Llegaba de nuevo la paz, sí, pero nadie quedaba contento. Se gestaba algo mucho más feroz y sangriento que se desencadenaría dos años después, con la matanza de la Noche de San Bartolomé.




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