domingo, 23 de agosto de 2015

Los árboles sagrados de Roma

Ruinas del templo de Diana en Nemi

La antigua Roma tenía varios árboles sagrados. Uno de ellos fue la Higuera Ruminal o Romular, que crecía cerca del Palatino. Según la leyenda, fue el árbol que cobijó a Rómulo y Remo cuando fueron abandonados por orden de su tío Amulio a la entrada de una caverna llamada Lupercal. 

El lugar recuerda a la loba capitolina que los amamantó, por lo que, según Plutarco, el nombre de ruma designaba el pecho materno en la lengua arcaica del Lacio. Igualmente simbólico y representativo de la leyenda es el líquido lácteo que producía la higuera. La higuera Ruminal puede significar “higuera de la diosa Rumina”, protectora de las madres lactantes y de las hembras de los animales. La diosa, cuyo templo se situaba al pie de la colina, presidía la crianza de los niños y recibía ofrendas de leche. Cuando Rumina se representa como animal, se identifica con la loba, y cuando se representa como mujer adopta la forma de Acca Laurentia, la mujer del pastor Fáustulo, que encontró a los gemelos. El árbol simbolizaría, al mismo tiempo, la edad de la paz: incluso la loba se amansa a su sombra, y el quebrantahuesos, ave consagrada a Marte, protegía a los niños y les traía alimento.

La higuera aparecía en las monedas del siglo II a. C. junto a Fáustulo, la loba y los gemelos. Cuando comenzó a morir en el año 58, los romanos se inquietaron enormemente, porque significaba para ellos una premonición de grandes calamidades. 
Otro árbol sagrado era el Roble del Capitolio, dedicado a Júpiter. Cuando Rómulo derrotó a Acrom, rey de los caeninenses, colgó del roble los spolia opima, es decir, la armadura, armas y demás trofeos de los que se apoderaba el vencedor tras derrotar al general enemigo en combate singular.

Hay en Italia un bosque al este del lago Albano. Es el bosque de Nemi, también llamado Espejo de Diana, sede del santuario de Diana Nemorensis. La leyenda hace remontar este culto a Orestes, que habría llevado la imagen de la diosa escondida en un haz de leña en su huida a Italia.

Había en ese hermoso bosque un árbol sagrado de ramas doradas que nadie podía arrancar a excepción de los esclavos fugitivos. Un sacerdote lo cuidaba y permanecía continuamente alerta, espada en mano, dispuesto a matar al que osara tocarlo. El que lo conseguía, adquiría así el derecho a combatir contra el sacerdote, y si le daba muerte ocupaba su lugar con el título de Rex Nemorensis.

Diana bendecía los matrimonios, concedía descendencia y facilitaba los alumbramientos. Cada 13 de agosto se celebraba en su honor un ritual al que acudían las mujeres portando antorchas y ataviadas con guirnaldas. El bosque también aparecía iluminado con antorchas, y se han encontrado estatuillas que muestran a la propia diosa levantando una de ellas con la mano derecha. Se cree que en su templo de Nemi las vestales custodiaban la llama perpetua.

Bosque de Nemi

Por último, el Roble del Algido se remonta al 459 a.C., cuando los ecuos rompieron una tregua con Roma. En aquella ocasión acamparon en un monte que llevaba el nombre de Algido, hoy Aglio. El imperator de los ecuos, Graco Clelio, se había retirado con su botín y se había erigido la tienda de su pretorio bajo la copa de un enorme roble. Allí se presentaron tres emisarios del Senado para reclamar el botín según los pactos establecidos, pero Clelio les respondió que estaba muy ocupado y que presentaran sus quejas al árbol. Uno de aquellos enviados dijo entonces:

—Que este roble sagrado y lo que en él haya de los dioses se enteren de que el pacto ha sido roto por vosotros, así ahora a nuestra reclamación y después a las armas con que vengaremos los derechos que se han violado tanto de los dioses como de los hombres.

Cuatro siglos después Horacio componía una oda a ese árbol.

duris ut ilex tonsa bipennibus
nigrae feraci frondis in Algido,
per damna, per caedis ab ipso
ducit opes animumque ferro

Como la encina, podada por las duras hachas,
de negra fronda, en el fértil Álgido,
a pesar de daños y cortes, del mismo
hierro toma fuerzas y vigor

Y mucho después aún Fray Luis de León tomaba de esta oda su lema Ab Ipso ferro (del mismo hierro). Él mismo escribió un poema inspirado por Horacio:

Bien como la ñudosa
Carrasta en alto risco desmochada
Con hacha poderosa
Del ser despedazada
Del hierro torna rica y esforzada.



Fuentes:
Mitos romanos - Jane F. Gardner
La República de Roma – Antonio Blanco Freijeiro
paginasarabes.com/2013/05/13/la-higuera/
ecvlactando.com/2014/02/15/rumina-diosa-romana-protectora-lactancia/ 
laramadorada.wordpress.com/2010/04/28/san-hipolito-virbio-y-el-bosque-nemi/



viernes, 7 de agosto de 2015

El crimen de René de Villequier


René de Villequier, barón de Clairvaux, de Aubigny y de Evrey, Caballero de la Orden del Espíritu Santo, fue uno de los favoritos de Enrique III de Francia y primer gentilhombre de su cámara desde 1574. 

La familia, originaria de Normandía, toma su nombre de la tierra de Villequier, a orillas del río Sena. El antepasado más antiguo de René fue Robert, que formó parte de los caballeros que siguieron al hijo de Guillermo el Conquistador, Roberto Curthose, cuando partió hacia Jerusalén en 1097. Los Villequier entran al servicio de la corona con Carlos VII, y desde entonces ocupan cargos importantes tanto en el ejército como en la corte.

El ascenso comenzó con André de Villequier, que compró el vizcondado de La Guerche y con ello desplazó las posesiones familiares hasta situarse más cerca del poder central. Él fue el primer mignon de la historia de Francia. Llegó a la corte en 1442 y se convirtió en chambelán del rey, miembro del Gran Consejo y posteriormente Gran Chambelán. André no tuvo inconveniente en desposar en octubre de 1450 a la amante del rey, Antoinette de Maignelais, que había sucedido en el favor real a su fallecida prima Agnès Sorel. 

René, nacido en torno a 1535, aparece en las crónicas como un hombre depravado, pero también refinado, amante del lujo y los placeres. Por ejemplo, en una ocasión hizo servir en su mesa una tortilla rociada con perlas trituradas.


Su carrera comienza al servicio del mariscal de San André, y después va acaparando cargos en tiempos de Carlos IX, gracias al favor con el que lo distinguía Catalina de Médicis. René participa en las campañas militares del duque de Anjou, futuro Enrique III, y está presente en la batalla de Jarnac contra los hugonotes. Es a él a quien Enrique designa para llevar la noticia de la victoria al rey de España.

Pero Villequier no encaja con la figura del mignon, ni por su físico ni por su edad, pues es 15 años mayor que Anjou. En 1574 se lo describe como un hombre “viejo y pesado” que bebía sin moderación. Célebre por su sobrepeso, en la corte lo llamaban “el gordo Villequier”. A pesar de todo, el embajador de Saboya lo acusa de haber iniciado al joven Enrique en “el vicio que la naturaleza detesta”, y Brantôme lo responsabiliza de lo que él llama “juegos infames” que el rey habría practicado.

Su fidelidad al soberano ha sido muy cuestionada, puesto que se dijo que había llegado a entrar en la Liga de los Guisa. Lucinge, el embajador de Saboya, lo presenta como cortesano ambicioso y desprovisto de convicciones religiosas sinceras en aquellos tiempos de confrontación entre católicos y hugonotes, y afirma que la reina madre, Catalina de Médicis, se servía de él para manejar a su hijo a su través.

René contrajo matrimonio con Françoise de la Marck el 17 de enero de 1558, una unión que tendría un trágico final. El caballero la asesinó, al parecer por una cuestión de celos no suficientemente esclarecida. No se sabe a ciencia cierta si ella imitaba las licenciosas costumbres de su esposo o si sus reproches hacia él, excesivamente frecuentes, colmaron la paciencia de Villequier. Una fuente afirma que René había recibido un anónimo informándole del comportamiento de su esposa. Françoise esperaba un hijo. En aquellas líneas le revelaban que él no era el padre, y que su esposa planeaba envenenarlo antes de que su deshonra se hiciera pública. René hizo registrar en secreto los aposentos de la dama y encontró un paquete de cartas de su amante y un pastel que le resultó sospechoso de contener el veneno que iba a serle administrado.

Ambos se encontraban en la villa de Poitiers en septiembre de 1577, alojados bajo el mismo techo que el propio rey. Una mañana Villequier entró en la alcoba de su esposa, que acababa de levantarse y peinaba su cabello ante el espejo que una servidora sujetaba. El esposo se precipitó hacia ella, le hundió un puñal en el costado y luego desenvainó su espada y se ensañó con ella hasta dejarla muerta sobre el suelo. Luego persiguió a la servidora y le asestó varias puñaladas. Según una versión, la mujer se habría arrojado por una ventana para escapar a su violencia.

Después se presentó en la alcoba del rey, le confesó lo que había hecho y solicitó su perdón, pues consideraba que había tenido justa causa para obrar de tal modo. Mientras tanto todo era confusión en el castillo. Los cortesanos, conmocionados, gritaban contra el asesino con tal vehemencia que Enrique vaciló y consideró entregar a su favorito a la justicia. La reina madre así se lo exigía, y lo exhortaba a castigar el crimen con rigor ejemplar.

Villequier abandonó secretamente el lugar en dirección a París, y para cuando la corte emprendió el regreso los ánimos ya se habían calmado en buena medida. Las magníficas fiestas que el asesino ofrecía en el Hôtel de Ville, como gobernador de París, contribuyeron enormemente en disipar la indignación popular.


El crimen no fue castigado; por el contrario, poco después Villequier era recompensado con la Orden del Espíritu Santo, lo que hace sospechar a l’Estoile que todo había sido hecho por secreto mandato del rey, que odiaba a esta dama por haberlo rechazado. Se decía que en un tiempo ambos habían sido amantes, pero que ella no quiso continuar la relación y hablaba mal de él, causando su despecho. En cualquier caso, Enrique no guardó ningún luto por ella; por el contrario, en una carta a Souvré la llamaba “putain de fame” (estoy segura de que no necesitan traducción) y felicitaba al marido por haberse librado de ella.

Sin embargo, el ensañamiento y la furia ciega que se aprecia en el brutal ataque no se corresponden bien con el mero cumplimiento de una orden. Tampoco justificaría el asesinato de la servidora, a la que Villequier más bien parece haber considerado cómplice de algún desmán. Aunque de Thou, por su parte, opina que la dama era inocente de toda acusación, y que había provocado las iras del rey y de René por reprocharles a ambos sus excesos. 

El matrimonio había tenido una hija, Charlotte Catherine, casada con el barón de Chappes. El 8 de julio de 1586 René se casaba de nuevo, esta vez con Louise de Savonnières, una de las damas de Catalina de Médicis, vástago de una gran familia angevina. Curiosamente, el comportamiento de Villequier con su segunda esposa se dice que fue ejemplar.

De esta segunda unión nació un hijo, Claude, que no pasó de la adolescencia. Se extinguía así con él el linaje de los Villequier.


domingo, 2 de agosto de 2015

La crueldad de Isabel II


En tiempos de Isabel II, “la reina de los tristes destinos”, el gobierno de la nación se hallaba sumido en el caos; las libertades democráticas no llegaban a satisfacer las demandas del pueblo, el caciquismo y la corrupción estaban generalizados, las elecciones viciadas y la reina dominada por la camarilla de religiosos de los que se rodeaba y manipulada por sus ministros y amantes. El reino se veía sometido al ejército, cuyos mandos hacían y deshacían gobiernos a su antojo a base de golpes de Estado y pronunciamientos.

En 1866 España se ve inmersa en una gran crisis financiera originada por las compañías de ferrocarriles, que arrastran en su caída a los bancos, sus principales accionistas. En junio estalla en Madrid la sublevación de los sargentos del cuartel de artillería de San Gil, próximo al palacio real, una revuelta promovida por los partidos progresista y democrático y cuyo objetivo era derribar a la monarquía. Al frente, el general Prim, en el exilio.

Todo estaba preparado para que el día 26 se tomara el palacio, pero los acontecimientos se precipitan: el gobierno tiene noticias de ciertos movimientos sospechosos en torno al cuartel, de modo que la sublevación se adelanta al 22, apoyada por el pueblo en las calles.

"la Católica Majestad, vestida con una bata de ringorrangos, flamencota, herpética, rubiales, encendidos los ojos del sueño, pintados los labios como las boqueras del chocolate..." (Valle-Inclán - La Corte de los Milagros)

El movimiento fracasó. Prim aguardaba en Hendaya, pero no llegó a cruzar la frontera. O’Donnell, jefe del gobierno, reprimió la rebelión con tremenda dureza, basándose en la gravedad del hecho de que los sargentos hubieran asesinado a sus jefes. Lo que más temía era que se habían repartido armas entre el pueblo, algo que podía convertirse en un estallido social de proporciones inabarcables si no se atajaba de raíz.

«los horrores de la revolución francesa no se hubieran parecido en nada a lo que habría pasado aquí... Aquí no existían más principios ni otro objeto que el saqueo, el asesinato y la desaparición de los fundamentos sociales».

El historiador José Luis Comellas describe a Isabel II como "desenvuelta, castiza, plena de espontaneidad y majeza, en la que el humor y el rasgo amable se mezclan con la chabacanería y con la ordinariez, apasionada por la España cuya secular corona ceñía y también por sus numerosos amantes". Pero a veces ese humor y rasgo amable se tornaba acre y cruel, como ocurrió en tal ocasión.

Aquella noche el general Zabala comía en palacio, y la reina le preguntó cuántos prisioneros se habían hecho.

—Señora, más de mil.

—Pues que se cumpla la ley en todos, en todos, antes de amanecer.

Leopoldo O'Donnell

Y poco después repetía al propio O’Donnell la orden de fusilar en masa a los sublevados.

—Eso no puede hacerse con los fusiles, señora.

—Pues entonces, ¿para cuándo quieres la metralla?

Las ejecuciones se sucedieron durante varios días. Junto a los muros exteriores de la plaza de toros se fusiló finalmente a 67 sargentos, cabos y soldados, pero la reina insistía para que se ejecutara a la totalidad. O’Donnell llegó a decir:

—Pero, ¿no ve esa señora que si se fusila a todos los soldados detenidos va a ser tanta la sangre que llegará hasta su alcoba y se ahogará con ella?

Isabel tuvo después conocimiento de ese comentario, causa final de su caída en desgracia. Cuando un par de semanas más tarde la reina se negó a firmar unos nombramientos de senadores, O’Donnell se vio obligado a dimitir y abandonó Madrid en dirección a Biarritz diciendo que jamás volvería a ser ministro de Isabel II.