domingo, 31 de mayo de 2015

Los asesinatos de los duques de Guisa


Francisco I de Lorena, duque de Guisa, era el jefe del bando católico que sostenía el trono del joven rey Carlos IX durante las guerras de religión en Francia. Ambicioso sin límite, estaba dispuesto a todo con tal de detentar el poder y seguir manejando los hilos del gobierno por encima de la autoridad de la reina madre, Catalina de Médicis. 

No tuvo reparo en ordenar una masacre en sus tierras de Wassy el 1 de marzo de 1562. Guisa tuvo noticias de que un grupo de hugonotes se había reunido para celebrar su culto en el interior de la villa, infringiendo así el edicto firmado seis semanas antes, que solo permitía hacerlo en el exterior. Cuando envió a sus gentes para impedirlo, fueron recibidos a insultos y pedradas. Poco después llegaba el duque en persona y, al encontrarse con el mismo recibimiento, ordenó el asalto de la granja en la que se celebraba la reunión. Murieron unos cincuenta protestantes, incluyendo mujeres y niños, y otros 150 resultaron heridos. Este episodio acabó siendo el desencadenante de las guerras entre católicos y hugonotes tras una tensión que había ido en aumento en los últimos años.

Al año siguiente las tropas del rey sitiaban Orleáns, ocupado por los protestantes. El 18 de febrero, hacia las seis de la tarde, el duque de Guisa se dirigía a caballo hacia su cuartel general. Iba sin armadura y en compañía de otros dos jinetes. Oscurecía cuando ascendieron por una suave colina y llegaron a un cruce de caminos dominado por altos nogales y una enorme roca, un paraje propicio para la emboscada. De allí surgió de pronto un hombre que disparó contra Guisa. 

—¡Me han matado! —exclama el duque mientras ve huir a au asesino— ¡Prended al miserable! ¡Prendedlo!

Francisco de Lorena, duque de Guisa

Pero sus amigos no consiguen identificar al autor del atentado en la oscuridad. Solo alcanzan a distinguir el manto oscuro con el que se cubre, y un casco metálico con una cresta. El asesino huye en su caballo sin que puedan darle alcance.

Aunque Guisa lucha por mantenerse sobre su montura y empuñar su espada, no tiene fuerzas. Sus compañeros lo ayudan a desmontar y apoyarse contra la roca. Le rasgan la camisa para intentar detener la hemorragia causada por una bala que había entrado por la espalda. El duque tiembla de frío y pide a un caballero que pasa por allí que le deje su manto y que acuda a París a anunciar cuanto antes la noticia a su hermano el cardenal. Poco después sus amigos consiguen izarlo de nuevo al caballo y alcanzar su cuartel general, donde los médicos examinan la herida. Seguramente hubiera sido mejor que no lo hicieran, pues los cuidados que le prodigaron se revelaron fatales para su evolución.

Tan pronto como amanece se organiza una batida en busca del asesino. Al cabo de dos días lo encuentran refugiado en una casa de los alrededores. Se trata de un joven de unos 25 años que responde al nombre de Poltrot de Méré y al que nadie reconoce. 

Catalina de Médicis acude al lecho del herido tan pronto como tiene noticias del atentado, pero ni siquiera sus grandes conocimientos de la ciencia médica logran hacer nada por él. El 24 de febrero Guisa se dirige a su esposa y a su primogénito, Enrique, un niño que acaba de cumplir 13 años apenas unos días antes. Luego da las gracias a sus servidores y aún tiene tiempo de dictar su testamento antes de expirar.

Habían encontrado al asesino, pero faltaba saber lo más importante: quién había armado su brazo. Poltrot delata al almirante Coligny y a Soubise, jefes del bando hugonote, aunque luego se retracta. El 18 de marzo es descuartizado en la plaza de Gréve ante una gran multitud que acude a presenciar la ejecución.

Enrique de Lorena, duque de Guisa

El nuevo duque, Enrique, iba a seguir los pasos de su padre y acabaría encontrando su mismo trágico final 25 años después.

Enrique de Guisa tuvo una vida de novela. Se convirtió desde su adolescencia en el mayor azote de los hugonotes, destacándose como soldado en las batallas de Jarnac y Montcontour. Mantuvo un desdichado idilio con Margarita de Valois, la hermana del rey, y poco después se convertía en el principal instigador de la masacre de San Bartolomé. 

No era menos ambicioso que su padre. Sabiéndose muy amado por el pueblo, llegó a ambicionar la corona de Francia. Corría entonces el año 1588. Carlos IX había sido sucedido por su hermano, que reinaba como Enrique III, pero este, como tampoco había conseguido descendencia capaz de sucederle en el trono, aceptaba nombrar como sucesor a Enrique de Navarra, de religión protestante. La decisión causó un alboroto tan tremendo en París que dio lugar al Día de las Barricadas. El rey se vio obligado a abandonar la ciudad mientras los parisinos, reunidos en una liga católica, se preparaban para ofrecer la corona a su ídolo, Enrique de Guisa.

El monarca finge entonces someterse y promete no firmar jamás ningún tratado ni tregua con los hugonotes. A continuación nombra a Guisa lugarteniente general del reino y le pide que acuda a reunirse con él en Blois, donde van a celebrarse los Estados Generales.

El duque acude sin saber lo que su amigo de la infancia preparaba en realidad contra él. El viernes 23 de diciembre varios miembros de los llamados cuarenta y cinco, la guardia del rey, aguardan en su antecámara en el castillo de Blois armados con dagas. El capitán se oculta en la cámara del soberano con ocho cómplices. Allí debía ser recibido Guisa, convocado con el pretexto de despachar todos los asuntos pendientes antes de Navidad. Tan pronto como entra, se ve asaltado y apuñalado una y otra vez; se defiende con coraje y es capaz de herir a cuatro de sus oponentes antes de caer desangrado a los pies del lecho del rey. Cuando este entra y lo ve, un hombre tan alto tendido cuan largo era, cuentan que exclamó:

—¡Dios mío, qué grande! Parece aún más grande muerto que vivo.


Al día siguiente hace arrestar a su madre, su hijo y su hermano, el cardenal Luis de Lorena. A este último también lo hace asesinar, y, al igual que fue dispuesto para el duque de Guisa, su cuerpo no fue enterrado, sino que, tras quemarlo, sus cenizas fueron arrojadas al Loira.

Pero el rey pronto sabría que no había sido una buena idea asesinar al duque. Realmente era aún más grande muerto que vivo. El pueblo lo había amado mucho, y este crimen no hizo sino aumentar el odio contra Enrique III. La liga católica pronunció su condena a muerte. A partir de ese momento sus días estaban contados. Meses más tarde, en agosto de 1589, también él moría apuñalado por un monje católico.

Sin embargo, nada ni nadie pudo impedir que fuera el protestante Enrique de Navarra quien reinó como Enrique IV a la muerte del último Valois. El primer Borbón se sentaba en el trono de Francia, a pesar de los esfuerzos de la Liga, del Papa y de Felipe II de España.


domingo, 24 de mayo de 2015

El antiguo Egipto y la sexualidad


Los antiguos egipcios concedían tal importancia a la sexualidad que creían que las prácticas sexuales trascendían la muerte y se extendían al más allá, formando parte incluso de la religión. 

En el Egipto predinástico y durante las primeras dinastías, se sabe que había sacerdotisas que participaban en rituales de carácter orgiástico dedicados a la diosa Madre. Eran ritos relacionados con la fertilidad y las buenas cosechas. Durante el transcurso de estas ceremonias, las sacerdotisas empleaban objetos con formas fálicas para su propio placer. La misma forma tenían los alabastrones, vasijas de alabastro para el perfume. Llevaban estos objetos colgados al cuello a modo de talismán.

El erotismo estaba presente en la cultura egipcia y en su vida cotidiana. En los templos había sacerdotisas que cumplían la función de esposa de la divinidad, aunque ello no significaba necesariamente que debieran mantener relaciones con los sacerdotes que representaban al dios. Herotodo habla de una mujer en el templo de Amón que guardaba castidad. Estrabón, por el contrario, cuenta que los egipcios consagraban a Amón una hermosa muchacha de ilustre familia, y que esta “se convierte en prostituta y mantiene relaciones con quien ella desee, hasta que tenga lugar la purificación de su cuerpo [es decir, su primera menstruación]. Después de la purificación es entregada en matrimonio”.

En el templo de Astarté se encontraban las llamadas palácidas, seleccionadas del modo que relata Estrabón y cuyo cometido era ejercer la prostitución.


Las prostitutas comunes ejercían su oficio, socialmente aceptado, en tabernas, puertos o en las calles. Eran también bailarinas y participaban en fiestas y banquetes, se rapaban la cabeza, usaban pelucas y maquillaban sus ojos con kohl. Algunas se tatuaban la figura de Bastet, la diosa gato, protectora de las mujeres y símbolo de la alegría además de la fertilidad y la maternidad. 

Una clase especial eran las felatrices, dedicadas en exclusiva a este tipo de prácticas. Las felatrices se pintaban los labios exageradamente con carmín para anunciar su especialidad.

En el antiguo Egipto había burdeles, y de hecho se han encontrado las ruinas de uno de ellos en Deir-el-Medina, donde habitaban los obreros que trabajaban en la construcción de tumbas. 

También eran populares las casas de cerveza. Las mujeres que acudían a estos locales no eran prostitutas, sino que acudían libremente a disfrutar de una buena cerveza igual que los hombres. Allí se relacionaban ambos sexos y en alguna ocasión la jornada terminaba con una pareja que se deslizaba hacia algún rincón discreto.

Y es que los egipcios no valoraban la virginidad, y las mujeres solteras gozaban de total libertad para elegir a las parejas que desearan. Ahora bien, las casadas debían abstenerse de mantener relaciones fuera del matrimonio, porque el castigo que ello conllevaba podía ser la muerte, o, como mínimo, el repudio. Los devaneos del hombre, en cambio, no estaban mal vistos.

Aparte de la infidelidad de la mujer, otra causa de repudio era la infertilidad femenina. El problema es que no tenían un sistema muy fiable para averiguar si ella era fértil. Una de las pruebas consistía en preparar una mezcla de sandía y fruto del sicomoro revuelto con leche, y si la mujer vomitaba demostraba su fertilidad, pero si le producía gases es que era estéril.

El maltrato a la mujer estaba prohibido por ley, y la reincidencia suponía la disolución de la unión.

El matrimonio no se celebraba mediante una cermonia, sino que, simplemente, se iban a vivir juntos. El pueblo llano se conformaba con mantener una sola esposa, mientras que los altos dignatarios podían tener alguna concubina, sin ser lo habitual. La poligamia aparece reservada a los reyes.

La impresión es que los egipcios no eran muy pudorosos, puesto que existe alguna imagen en la que se ve a una pareja en actitud sexual en presencia de niños.

Aparte de esto, tenían muy pocos tabúes. Ni siquiera la necrofilia se encontraba entre ellos. Cuando durante el reinado de Amenhotep I se descubrió que los embalsamadores se entregaban a dichas prácticas, las familias de las difuntas se vieron obligadas a contratar por su cuenta guardias que protegieran los cadáveres, porque no parece que hubiera leyes que contuvieran o castigaran la necrofilia.

Curiosamente, uno de los pocos tabúes de la cultura egipcia se refería a las mujeres extranjeras. En un papiro queda reflejada la siguiente prevención: “Guárdate de las mujeres extrañas desconocidas de sus conciudadanos. No te las comas con los ojos cuando pasan ni intentes conocerlas íntimamente.”

La homosexualidad era tolerada. No abundan las representaciones explícitas, aunque sí hay referencias en textos literarios: existe un papiro en el que un dios llega a decirle a Horus “me encanta tu trasero”. Sin embargo, aunque no fuera castigada, no estaba bien vista.

En cuanto a la poesía amorosa, tenía carácter erótico y gran belleza literaria.

Mi amor ha regresado, déjame difundir la noticia!
Mis brazos se abren amplios para abrazarla,
Y el corazón hace piruetas en su oscura cámara
Feliz como un pez cuando la noche sombrea la alberca.
¡Tú eres mía, mi querida, mía para siempre,
Mía desde el día que por primera vez musitaste mi nombre!




Muchas gracias a Actualidad Literatura por su fantástica reseña de La Corte del Diablo.

“Esta novela es una de las más divertidas que he leído nunca”.

“Una novela de gran rigor histórico”.



Aviso que el kindle vuelve a estar de oferta en Amazon.

sábado, 16 de mayo de 2015

Las bromas del emperador Galieno


La historia arroja luces y sombras sobre la persona del emperador Galieno. Los cronistas no lo tratan muy bien, especialmente Trebelio Polión, que le guardaba resentimiento por haber retirado algunas atribuciones al senado y recortarle privilegios por la época en la que él era senador. Los relatos que han llegado hasta nosotros describen a Galieno como un libertino preocupado tan solo por sus diversiones, entre las que ocupaban un lugar importante la organización de juegos circenses. Sabemos, sin embargo, que se esforzó por mejorar la vida de las clases más bajas, aumentando los impuestos a los ricos y bajándolos a los pobres; que fue un hábil negociador y que también cuenta en su haber alguna hazaña militar, como la derrota de los germanos, a los que impidió ocupar la Galia. Obra suya fue igualmente la política de reconstrucción del Imperio que fue después continuada por sus sucesores, y la reforma del ejército destinada a reforzar las fronteras.

El emperador celebró con gran magnificencia los juegos decenales, que se remontaban a la época republicana y, como su propio nombre indica, se celebraban en Roma cada diez años. Fue este un asunto que le valió ser acusado de derrochador.

Galieno debía de tener un peculiar sentido del humor, como denotan un par de anécdotas asociadas precisamente a estos juegos circenses de los que tanto gustaba. En una ocasión el emperador presenciaba cómo un luchador trataba de dar muerte a un toro, con tan escaso éxito que diez intentos no fueron suficientes. Para asombro de la multitud indignada, Galieno mandó que le enviasen una corona, que era el premio destinado a los buenos luchadores. Cuando le preguntaron la razón de haber decidido premiar a semejante inútil, respondió:

—Es que tiene que ser muy difícil no matar a un toro intentándolo tantas veces.


En otra ocasión decidió castigar de modo muy peculiar a un mercader que había osado estafar a la emperatriz, Cornelia Salonina, vendiéndole unas gemas que resultaron ser falsas. Cornelia protestó y exigió el castigo del culpable, y Galieno lo condenó a luchar contra un león en la arena. El mercader salió muerto de miedo, preparado para ser devorado y consciente de que no tendría la menor posibilidad, y entonces, para su estupor y el de los espectadores, sacaron una jaula en la que no había ningún felino, sino una gallina. Como explicación, el emperador mandó hacer el siguiente anuncio:

—Cometió una impostura y la ha pagado.

Es decir, que así como el mercader engañaba a la gente, también él había sido engañado al hacerle creer que tendría que defenderse de un león. Después de eso lo dejó en libertad y se dio por satisfecho con el mal trago que había pasado el comerciante deshonesto.

No debía de ser Galieno especialmente sanguinario ni intolerante, puesto que había terminado con las persecuciones de los cristianos que practicaba su padre, Valeriano. Derogó el edicto que prohibía este culto y les devolvió parte de las propiedades requisadas. Admirador de la cultura griega, él pensaba que había que vencer dicha doctrina recurriendo a argumentos intelectuales, y para ello se rodeaba de filósofos y estudiosos. Era poeta y buen orador, aficionado a la jardinería y al arte culinario, aunque se dice de él que también era emocionalmente inestable.

Galieno falleció el 22 de marzo de 268, asesinado por uno de los soldados, seguramente por orden de alguno de los pretendientes al trono. Y es que la época en la que ocupó el trono imperial vio a más de veinte impostores proclamarse emperadores, razón por la que fue llamada época de “los treinta tiranos de Roma”, o de “Los treinta usurpadores”.



miércoles, 13 de mayo de 2015

Margarita de Valois, la reina Margot


Ediciones Áltera celebra con nosotros el aniversario del nacimiento de la reina Margot, a la que dedicamos un artículo en el blog de la editorial:

El 14 de mayo se cumplen 461 años del nacimiento de Margarita de Valois, hija de Enrique II de Francia y Catalina de Médici. Conocida como la reina Margot, es uno de los principales protagonistas de La corte del diablo, de Montserrat Suáñez.

Nacida en el castillo de Saint-Germain-en-Laye, era la séptima de los hijos de Enrique II de Francia y Catalina de Médicis. Fue una mujer sumamente culta que hablaba un perfecto latín, pero tan célebres como su inteligencia y erudición lo fueron también su atractivo sobre el sexo opuesto y su ligereza de costumbres.

Uno de sus amantes más famosos, convertido también en personaje de La Corte del Diablo, fue Joseph Boniface de La Môle, un caballero de Provenza muy apreciado por las damas. Pierre de l’Estoile lo describe así:

“La Môle era odiado y mal visto por el rey, por algunas particularidades, más fundadas en el amor que en la guerra, ya que dicho caballero era mejor campeón de Venus que de Marte; además, era muy supersticioso, gran señor y muy seductor. Como no se contentaba con una sola misa al día, oía tres o cuatro, y a veces cinco y seis, incluso en medio de los ejércitos […] y hasta llegó a decir que si un día dejaba de oír misa creería condenarse. El resto del día y de la noche lo empleaba en el amor, persuadido de que una misa oída devotamente expiaba todos los pecados y picardías que hubiese cometido; por lo que el difunto rey comentaba a veces, riendo, que era posible llevar el registro de todas las calaveradas de La Môle contando sus misas.”

Pueden leer el resto del artículo en:





martes, 12 de mayo de 2015

50 MILLONES DE VISTAS


Hoy celebramos que hemos sobrepasado ya los 50 millones de vistas en el perfil de Google. Muchísimas gracias a cuantos visitáis este blog, sea de forma asidua o bien ocasional. 


Aprovecho la ocasión para dar los nombres de los ganadores del sorteo de los tres ejemplares en papel de La Corte del Diablo:

Josep Coma (Barcelona).

Natalia Martín (Madrid).

Benita Casado (Valverde de la Vera /Cáceres)

Felicidades a los ganadores. Ediciones Álterá os enviará la novela en los próximos días. Los que aún no tenéis vuestro ejemplar, os recuerdo que el kindle continúa con un descuento en Amazon por el momento. Este es el enlace para España:

La Corte del Diablo, versión kindle.

Mañana retomaremos la actividad habitual del tablero.

¡Hasta pronto!


martes, 5 de mayo de 2015

La locura de Ibrahim I


El sultán Ibrahim I, llamado “el Loco”, sentía tal atracción por las mujeres obesas y con busto generoso que enviaba a sus hombres por todos los rincones de su Imperio con la misión de traerle las más gordas que encontraran. Su favorita resultó ser una armenia que pesaba unos 150 kilos.

Vivía aterrado, y no era para menos: su hermano Murad, al que sucedió en 1640, había ejecutado al resto de los hermanos, y a punto estuvo de acabar con él también. En su lecho de muerte había ordenado su asesinato para atajar aquella “semilla de locura” latente en la dinastía, pero su madre intervino y le salvó la vida. Ibrahim tenía tal pánico de Murad que cuando fueron en su busca para proclamarlo sultán, lo encontraron encerrado a cal y canto. Temía que en realidad siguiera vivo en algún lugar y se propusiera atacarlo, y exigió que le trajeran su cuerpo antes de salir de allí. Cuando finalmente se convenció, fue corriendo por todo el harén gritando:

—¡El carnicero del Imperio ha muerto!


Después de eso dejó que su madre, Kösem, gobernara mientras él se refugiaba en su cada vez más extenso harén. Como no se caracterizaba por su potencia sexual, Kösem tenía que proporcionarle afrodisíacos frecuentemente. Ibrahim otorgaba mucho poder a sus favoritas, y elevó a ocho de ellas a la categoría de consorte real.

Un día la armenia le dijo que corría el rumor de que una de sus concubinas había tenido un comportamiento poco honesto con un forastero, pero que no conocía los detalles, ni siquiera le identidad de la concubina. El comentario enfureció a Ibrahim, que durante tres días se mostró de muy mal humor. Su hijo Mehmed tuvo la mala fortuna de hacer una broma que no le gustó justo por esas fechas, y la reacción del sultán fue sacar la daga y hacerle una cicatriz en el rostro del niño.

El jefe de los eunucos, que era el hombre más poderoso después del gran visir, intentó averiguar la identidad de la concubina infiel torturando a algunas mujeres del harén, pero no consiguió el nombre de la culpable. El irritado sultán decidió entonces que todas ellas, 280, fueran metidas en sacos y arrojadas al Bósforo. Solo excluyó a la armenia y a la madre de su primogénito.

Murad IV

Durante los cuatro primeros años de reinado la administración gozó de cierta estabilidad gracias a los esfuerzos del gran visir, que continuó con las reformas políticas y económicas ya iniciadas en tiempos de Murad. Pero la corrupción proliferaba, los cargos se venían al mejor postor o se regalaban a los favoritos. Aumentaban sin freno los impuestos y todos los recursos se agotaban en satisfacer los excesos y extravagancias del sultán. El 8 de agosto de 1648 estalló una revuelta. Los jenízaros, mal pagados, se sublevaron, despedazaron al gran visir y depusieron a Ibrahim.

El sultán depuesto fue confinado en una habitación de palacio mientras proclamaban a su primogénito, Mehmed, un niño de solo siete años. Su encierro empeoró su inestable salud mental. Si antes sufría depresiones y frecuentes ataques nerviosos, ahora no dejaba de gritar noche y día, temeroso de que se propusieran asesinarlo. Y no se equivocaba: apenas diez años después, por temor a que sus partidarios lo liberaran, Ibrahim fue estrangulado con la cuerda de un arco y enterrado en la mezquita de Hagia Sofía.