lunes, 28 de diciembre de 2015

Vigilantes y bomberos en la antigua Roma


La mayoría de los ciudadanos de Roma se veían indefensos frente a los múltiples peligros que deparaba la noche. Por algo decía Juvenal que quien saliera solo en Roma por la noche merecía ser tachado de negligente por no haber hecho testamento antes. Algunos contrataban guardaespaldas para acompañarlos en sus salidas, mientras que burdeles, tabernas y almacenes recurrían a porteros que protegieran su negocio. Para esos menesteres solía elegirse a veteranos del ejército, que lograban un efecto muy disuasorio. Los romanos más acomodados podían aspirar a llevar su propia escolta de varios esclavos armados con garrotes y provistos de antorchas, pero para proteger al resto de los ciudadanos surgieron las patrullas de centinelas llamadas sebaciaria. Su misión era patrullar las calles con antorchas durante las horas nocturnas y acudir a las llamadas de auxilio cuando se producía uno de aquellos frecuentes incendios en las ínsulas, cuyos pisos superiores, ocupados por los ciudadanos más humildes, estaban construidos con materiales tan baratos que cualquier cosa podía desencadenar la tragedia. 

En el año 6 hubo un incendio tan pavoroso que Augusto se decidió a tomar medidas para mejorar la eficacia de las patrullas, convirtiéndolas en una especie de policía profesional. Eran las cohortes vigiles, que además hacían las veces de bomberos y se encargaban de mantener el orden en una ciudad que se tornaba especialmente peligrosa en la oscuridad. Formaban este cuerpo esclavos liberados que adquirían la ciudadanía tras seis años de servicio, aunque a partir del siglo II también se permitió enrolarse a los ciudadanos. Para financiar su creación, el emperador gravó la venta de esclavos con un impuesto del 4%.

Los vigiles se dividían en siete cohortes. Al frente de cada una, compuesta a su vez de centurias, se situaba un tribuno. Este cuerpo tenía su propio prefecto, que tenía que ser un caballero romano designado por el emperador. Se ocupaba de que se hicieran las rondas nocturnas, de que se tomaran precauciones para evitar incendios y, además, debía estar informado de todo aquel delito relacionado con la salud pública o con los robos con daños. En tiempos de Alejandro Severo se añadió la función de vigilantes de los baños públicos, que permanecían abiertos durante la noche.

Las patrullas daban caza a esclavos fugitivos y debían hacer frente a cualquier posible malhechor, o a esos grupos de jovencitos ociosos de buenas familias que se entregaban a toda clase de tropelías, una de las cuales era arrojar a las cloacas al desdichado que se cruzara con ellos. Para reducirlos llevaban porras de madera, escudo, coraza y una lanza terminada en un pomo cuya función era retener en el suelo al delincuente. Augusto no quiso que fueran armados con espadas, sino que optó por medidas de carácter más defensivo que ofensivo. Además los dotó de un cinturón de campanillas con el que anunciaban su presencia y ahuyentaban a los criminales. 

El equipo para luchar contra el fuego era bastante sofisticado para la época: cubos con tierra, palas, hachas y mantas empapadas en vinagre. Para abastecerse de agua contaban con los sifones, primitivos camiones de bomberos que consistían en una bomba de agua que se acoplaba a un carro tirado por caballos. Disponían de cuatro médicos al servicio de cada cohorte, y en el aspecto religioso contaban con sus propios victimarii, encargados de hacer sacrificios. 

Los bomberos recibían distinta denominación según la ocupación concreta que tuvieran: los aquarii formaban una cadena para transportar el agua, los sifonarii manejaban bombas de mano y los uncinarii se sujetaban mediante ganchos a techos y paredes. Una de las tareas de los vigiles era recordar a los ciudadanos que debían tener su hogar debidamente equipado con todo lo necesario para combatir un eventual incendio. Si se encontraba que alguien no había seguido sus recomendaciones y había actuado con negligencia, el prefecto podía ordenar que fuera azotado.

La ciudad se dividía en catorce distritos, en cada uno de los cuales había una comisaría que era al mismo tiempo cuartel de bomberos, pero el territorio a patrullar era demasiado extenso, y no siempre resultaban eficaces las rondas. Los vigilantes debían enfrentarse a los sicarii, asesinos a sueldo que cumplían encargos por poco dinero. Su nombre deriva del cuchillo de hoja curva que ocultaban los criminales entre los pliegues de su ropa. También debían ocuparse de los atracadores (efractores) y de los raptores. Como el trabajo de los vigiles estaba mal pagado, resultaba frecuente que admitieran sobornos. A pesar de todo, la seguridad mejoró de modo notable.

Su labor estaba bien considerada socialmente. Aunque nunca alcanzaron el prestigio de las Cohortes Urbanas o la Guardia Pretoriana, el tiempo que permanecían como vigiles les abría después las puertas a puestos más lucrativos y honorables. 

En cambio, los porteros de las casas particulares, llamados ostiarios, eran esclavos cuya función merecía escasa consideración. 

Las casas romanas tenían sus propias medidas de seguridad a base de puertas, cerrojos y cerraduras. Al entrar al ostium desde la calle, el romano encontraba unas puertas (fores o bifores), de madera y frecuentemente con incrustaciones de marfil o de tortuga. Cuando se trataba de edificios públicos o de templos, siempre se abrían hacia afuera, pero en las casas privadas, por el contrario, abrían hacia adentro. No tenían bisagras, sino que se movían sobre ejes. Un SALVE inscrito sobre el umbral daba la bienvenida al visitante, y los romanos que podían permitírselo tenían jambas de mármol o de carpintería muy elaborada. Los llamadores estaban sujetos al centro del panel. Dentro del hogar, las puertas de los armarios se abrían hacia el exterior y, al contrario que las de la casa, no se cerraban mediante cerrojos, sino con llave. Estas eran de hierro o de bronce y sus tamaños variaban mucho. Hay llaves pequeñas que se unían al anillo que se llevaba en el dedo, pero en otras ocasiones eran muy grandes. A veces presentaban formas especiales para cerraduras que eran verdaderos ingenios mecánicos. Las habitaciones individuales no contaban con puertas de separación. En su lugar se cerraban mediante cortinas (vela), que permitían que las estancias pequeñas se airearan mejor.


Los ciudadanos más afortunados contaban, además, con un portero, que ocupaba una caseta cerca de la puerta. En tiempos remotos el pobre ostiario permanecía encadenado a la entrada. Era una especie de perro guardián y disponía de una vara (virga o arundo) para impedir la entrada al intruso que no era bien recibido por su amo y para repeler por la noche a los malhechores.


sábado, 12 de diciembre de 2015

Curiosas costumbres funerarias


En tiempos de las antiguas dinastías chinas, los féretros que contenían los restos de los difuntos se colocaban en lo alto de acantilados rocosos para que estuvieran cerca del cielo. En las alturas pensaban también los parsis de Bombay, que, siguiendo su religión zoroástrica, practicaban un rito que en los últimos cien años ha caído en desuso. Los parsis bañaban a los muertos y los vestían con ropas de algodón blanco para luego colocarlos en lo alto de las llamadas torres del silencio, construidas en la cima de una colina lejos de la población y a las que solo unos pocos tenían acceso. Allí la carne era devorada por los buitres y de ese modo no contaminaría la tierra. Luego los huesos, una vez limpios de todo elemento impuro, eran arrojados al osario situado en el centro del edificio. Los cadáveres se depositaban siguiendo un orden preciso: los niños en la parte más interior, las mujeres en el centro y los hombres en el lado más externo. Pero antes de conducirlos hasta las torres, hacían que un perro viera el cadáver. Se trataba de perros destinados especialmente a confirmar que la persona no estaba viva, y llevaban marcados dos ojos sobre los suyos reales.

Resulta curioso constatar que las desigualdades sociales ya estaban presentes en el Neolítico. Un equipo de la Universidad del País Vasco al investigar enterramientos de Álava y La Rioja no encontró en ellos mujeres ni niños menores de cinco años, lo que indica que los enterramientos colectivos no eran igualitarios.

El suicidio no siempre fue contemplado del mismo modo por todas las civilizaciones y en todas las épocas. Aunque en la antigüedad solía admitirse, en Roma el rey Tarquino el Soberbio decretó que se pusiera una cruz en los cadáveres de los suicidas, que debían ser abandonados a merced de los animales salvajes. Se trató de una medida que se vio obligado a adoptar para combatir una fuerte oleada de suicidios que se estaban produciendo.


En Occidente quitarse la vida estaba tan mal visto que las familias procuraban ocultarlo. En Inglaterra, al ser considerado el suicida como criminal, sus propiedades eran confiscadas, por lo que la familia se quedaba sin la herencia. Pero más preocupación aún causaba el temor que inspiraban quienes elegían darse muerte, dado que era creencia común que sus espíritus volvían a la tierra. Para impedirlo, sus parientes los enterraban en los cruces de los caminos. De ese modo pensaban que creaban confusión y evitaban que encontraran el camino de regreso. Por si esto no era suficiente, se les solía clavar una estaca en el corazón, método considerado infalible.

Era la misma medida empleada contra los vampiros. En Europa Oriental era práctica corriente introducir un ajo en la boca, y a veces en todos los orificios corporales, además de atravesarles el corazón antes de enterrarlos. En las regiones sajonas de Alemania en lugar de ajo era un limón lo que se ponía en la boca de cualquier difunto sospechoso de ser un vampiro. Los gitanos tenían sus propios ritos al respecto: clavaban agujas de hierro y acero en el corazón y depositaban en la boca, orejas, dedos y sobre los ojos pequeños fragmentos de acero. Introducían espino en el calcetín del difunto y le clavaban una estaca de espino en las piernas o ponían una barrera de plantas espinosas alrededor de la tumba. En Polonia eran decapitados y luego se colocaba la cabeza entre las piernas.

General Santa Anna

A veces no solo eran seres humanos los que se enterraban con todos los honores; podían inhumarse las cosas más curiosas, como por ejemplo la pierna amputada del general mexicano Antonio López de Santa Anna. El 4 de diciembre de 1938, durante una escaramuza en Veracruz con el ejército francés, una bala de cañón le destrozó la pierna, siendo necesario amputarla por debajo de la rodilla. El general hizo celebrar una misa de réquiem por ella en la iglesia de Zempoala, seguida de un funeral de Estado. Finalmente la pierna fue enterrada en el cementerio de Santa Paula. Más tarde sería trasladada a Ciudad de México, donde volvería a ser inhumada con toda pompa y ceremonia. No descansó en paz la pierna, porque años después, durante el transcurso de una revuelta popular, fue desenterrada y arrastrada por las calles. Mientras tanto el general, conocido como el “quince uñas”, llevaba una prótesis de corcho que también acabaría perdiendo en la batalla de Cerro Gordo contra Estados Unidos.

La pierna posiblemente no sea lo más extraño que ha llegado a ser enterrado con todo boato. La mosca de Virgilio ofrece dura competencia a la hora de reclamar el título. El gobierno planeaba confiscar las tierras de Virgilio y parcelarlas para entregárselas a los veteranos de guerra, pero la ley permitía excluir aquellas propiedades en las que hubiera un mausoleo. Para poder acogerse a la excepción, el romano organizó un costoso funeral con plañideras, músicos, invitados célebres y lectura poética, todo para enterrar a una mosca que hizo pasar por su amada mascota. La burla le costó cara, pero consiguió retener sus tierras.

Durante la Edad Media morir lejos de casa llegó a ser un problema de proporciones considerables. Los nobles caballeros deseaban que su cuerpo reposara en sus tierras, junto a los suyos, pero el viaje era largo y los métodos para conservar el cadáver mientras tanto dejaban bastante que desear. Se empapaba en vinagre o se le trataba con sal y luego se envolvía en pieles de animales, pero ninguna precaución solía ser eficaz para evitar la pestilencia. Debido a ello se introdujo un nuevo método llamado mos teutonicus, consistente en cortar al difunto en pedazos y luego hervirlo. De esta manera el hueso quedaba separado de la carne; esta era enterrada en el lugar en el que había fallecido y solo los huesos eran transportados hasta su hogar.


Las campanillas de los muertos fueron un elemento habitual durante esos siglos oscuros. En Escocia el funeral era acompañado del sonido de las campanas, una de las cuales quedaba instalada en la lápida para ahuyentar a los espíritus malignos. Pero tenían también un uso considerablemente más práctico, y que dio origen a la expresión “salvados por la campana”. Muchas veces se cometían errores al dar por muerta a una persona que en realidad aún vivía. Para tratar de evitarlo, el cuerpo solía estar en la casa durante dos días en los que era velado por la familia, pasados los cuales era trasladado al cementerio para ser inhumado. Allí la familia sujetaba la muñeca del muerto con un hilo que pasaba a través de un agujero en el ataúd y se ataba en el otro extremo a una campanilla. Si esta se movía, era la señal de que la persona se encontraba con vida.

Otra práctica, especialmente común en el este de Escocia durante los siglos XVII y XVIII fue la de contratar a un campanero que anunciara por los pueblos el nombre del difunto.

El inconveniente de la campanilla que se ponía a disposición del difunto era que no siempre había alguien cerca para escuchar su sonido. En la Europa del siglo XIX continuaban siendo relativamente frecuentes los errores que se cometían a la hora de declarar fallecida a una persona, de modo que para combatir el problema se crearon hospitales para muertos, lugares a los que eran conducidos los cadáveres para ser vigilados. Cuando daban señales de putrefacción, era que el difunto había muerto de verdad.

Osario de Sedlec

En cuanto a la tumba más macabra, probablemente sea el Osario de Sedlec, en la República Checa. En 1278 el rey Otocar II de Bohemia envió a Tierra Santa al abad de la Orden del Císter. A su regreso, el abad trajo consigo tierra del monte del Calvario y roció con ella el cementerio de la abadía, por lo que todo el mundo deseaba ser enterrado en aquel lugar santo. Durante la época de la peste y las guerras husitas fueron tantos los inhumados allí que hubo que ampliar el cementerio y se construyó una iglesia en el centro. Bajo ella se encuentra la pequeña capilla que contiene el espectacular osario, sueño de cualquier gótico. Cuando en 1870 un carpintero fue contratado para poner los montones de huesos en orden, este desató su creatividad y elaboró con ellos una enorme lámpara de araña que contiene unidades de cada hueso del cuerpo humano, guirnaldas de cráneos que cubren las bóvedas y otros motivos ornamentales elaborados con los mismos materiales. Un total de entre 40.000 y 70.000 esqueletos están dispuestos artísticamente para decorar el lugar.


viernes, 4 de diciembre de 2015

Subasta de esposas


En otro tiempo no tan lejano, y en algunos lugares también en la actualidad, la mujer era una más de las propiedades de su esposo, y como tal, a finales del siglo XVII llegó a oficializarse en Inglaterra la costumbre de venderla al mejor postor en pública subasta. Al parecer la venta era anunciada con antelación, seguramente a través de anuncios en el periódico local y de un modo denigrante que la ofrecía describiéndola como “pechugona”, o “para disfrutar de la diversión del corazón”. Otros maridos buscaban su propio método publicitario: en 1825 un hombre decidió ir cantando por las calles una canción en la que describía los méritos de su esposa y que se había ocupado de imprimir para repartir copias.

La subasta solía llevarse a cabo en algún mercado, ya que de una mercancía se trataba al fin y al cabo. Ella comparecía con un ronzal alrededor del cuello, la cintura o el pecho. Cuando el evento terminaba, la mujer pasaba a manos del hombre que la había comprado, y que se convertía así en su nuevo esposo. Se trataba de acontecimientos que llegaron a ser tan populares que en 1806 hubo que suspender una subasta en Hull debido a la enorme cantidad de público que se había dado cita aquel día para observar o participar.  Durante la época victoriana se batieron records de asistencia en Inglaterra, y sin embargo se trataba de algo prácticamente desconocido tanto en Gales como en Escocia.

Favoreció la implantación de esta práctica el hecho de que hasta 1753 no se registraban los matrimonios ni se exigía una ceremonia formal. Pero las subastas se mantuvieron hasta comienzos del siglo XX. En fecha tan tardía como 1913 una mujer se presentó ante la policía de Leeds para denunciar que su marido la había vendido a uno de sus compañeros de trabajo por una libra.


Para el marido que no podía costearse un divorcio, la subasta era el mejor modo de desembarazarse de una esposa que ya no deseaba. Semejante abuso no tenía ninguna base legal, pero se mantuvo durante tanto tiempo ante la absoluta pasividad de las autoridades, que hasta la segunda mitad del XIX no comenzaron a perseguir tímidamente estas ventas. A comienzos de ese siglo los comisionados de las Poor Laws, el sistema de ayuda a los pobres, llegaban a obligar a recurrir a este método a los maridos que no pudieran mantener a sus familias.

Solo a partir de entonces constan registros de algunas esposas que manifestaban su oposición a ser vendidas, una resistencia que hubiera sido impensable durante el siglo anterior. En Lincolnshire, a finales del XVIII, un jurado dictaminó que un marido no tenía derecho a reclamar a su esposa una vez vendida, con lo cual estaban legitimando dicha práctica. Hasta mediados del XIX, si un magistrado trataba de impedir una de estas subastas se arriesgaba a ser golpeado por la multitud, pues la gente no quería renunciar a costumbre tan arraigada.

En algunos casos, sin embargo, era la forma que tenía la mujer de desembarazarse de un matrimonio indeseable, y ella misma promovía la subasta e incluso aportaba el dinero que debía servir para su compra. A veces el comprador era ya el amante de la mujer. El antiguo esposo quedaba así eximido de cualquier responsabilidad económica hacia ella, y el amante no podía recibir por parte de él ninguna reclamación por daños a su propiedad, detalles que a veces se plasmaban en un contrato en el momento de efectuarse la venta. Así se resolvió, por ejemplo, un incidente en 1804, cuando el marido sorprendió a su mujer en la cama con otro hombre.


Otro de los motivos para efectuarse una compra de este tipo fueron los arranques caballerosos que pretendían liberar a la mujer de los malos tratos que sufría a manos de su esposo. The Gentleman’s Magazine nos cuenta este caso, acaecido en 1832:

“El duque de Chandos, estando en una pequeña posada rural, vio al hostelero golpear a su mujer de una manera sumamente cruel. Interfirió y literalmente la compró por media corona. Ella era joven y bonita; el duque la educó, y a la muerte del esposo se casó con ella…”

A veces el comprador no quedaba satisfecho con el producto y volvía a subastarla. En 1824 se subastó en Manchester una mujer cuyo nuevo dueño decidió revenderla por casi la mitad de lo que había pagado por ella. También se admitían pagos en especie. De hecho, existe constancia de una mujer que fue vendida por cincuenta guineas y un caballo.

Ha quedado registro de algún caso en que la decisión de vender a la esposa fue producto del arrebato momentáneo durante una pelea conyugal o de una borrachera en la taberna, un asunto que terminaba con el arrepentimiento una vez sobrio de nuevo. Sin embargo, para un carpintero de Southwark, víctima de su propia embriaguez en 1766, fue demasiado tarde: cuando tomó conciencia de lo que había hecho, se apresuró a pedir a su mujer que regresara a su lado, pero ella no quiso hacerlo, y él, desesperado, se ahorcó.

En cuanto a los precios alcanzados, podríamos decir que el más bajo fue un vaso de cerveza si no fuera porque en alguna ocasión la mujer fue cedida con inusitada generosidad, de modo completamente gratuito.



sábado, 28 de noviembre de 2015

Moda femenina en la antigua Roma


“Ya veis con qué perifollos cargan las mujeres, y nosotros, como estúpidos, las dejamos desplumarnos” (Petronio – El Satiricón)


En la antigua Roma cada casa que podía permitírselo tenía varios sastres entre sus esclavos. De la tarea de hilar se ocupaban esclavas en el atrio del hogar, al principio supervisadas o asistidas por su ama, aunque esta pronto dejó de estar presente mientras se realizaban dichas tareas. En su lugar se ocupaba la sierva que recibía el nombre de lanipendia, encargada de pesar y repartir la lana entre las trabajadoras, y se destinaba a tales labores una habitación llamada textrina. Había gremios de sastres profesionales, así como de tintoreros. Además la limpieza de los tejidos de lana blanca requería medios artificiales que pronto dio origen al oficio de abatanador. El de los tejedores también llegó a ser muy próspero.

Las mujeres solían llevar una túnica doble. La interior consistía en una camisa de seda o lino con mangas ajustadas y que cubría hasta las rodillas. Para sujetar el busto usaban cintas de cuero. 

Sobre la túnica inferior se ponían una stola larga con muchos pliegues y cuyo material variaba dependiendo de la clase social, siendo la seda la preferida por las damas más acaudaladas desde finales de la República. Con anterioridad apenas se usaba otra cosa que no fuera la lana o el lino. Se trataba de una camisa rectangular, abierta en los dos lados superiores y cuyos extremos se sujetaban a los hombros mediante broches o tiras. Esta prenda, que indicaba que la mujer era casada, se ceñía al cuerpo con un cinturón que pasaba por debajo del pecho. Si la túnica tenía mangas, la estola no las llevaba, y viceversa. Estas mangas estaban abiertas, y se unían en los extremos por medio de broches o botones. La parte inferior de la stola terminaba en un borde ornamental. Las mujeres que tenían más de tres hijos adquirían el derecho a vestir la stolae matronae, símbolo de prestigio. 

Cuando salían, llevaban una capa o palla, de corte parecido al de una toga y dispuesto en pliegues al gusto de su portadora. La capa podía consistir en dos trozos de tela que se sujetaban con fíbulas a los hombros y que podía ceñirse con un cinturón. A veces la parte trasera se elevaba para cubrir la cabeza a modo de velo.

Antes de que se pusiera de moda la palla, las matronas romanas llevaban una capa más corta y ajustada llamada ricinium, relegada con posterioridad a ciertas ceremonias religiosas. Los velos transparentes color verdemar, hechos en la isla de Cos, aparecen abundantemente representados en las pinturas murales. El suffibulum, por su parte, era el velo de las vestales, mientras que las flamínicas, esposas de los sacerdotes flamines, debían vestir de color fuego y llevar impresa sobre la ropa la imagen del rayo.

Los trajes podían ser de diversos colores. Según Plinio, el favorito de las mujeres, especialmente para los velos de novia, era el amarillo. Los tejidos se teñían mediante una técnica que extraía el color de dos clases de caracoles que por medio de diversas mezclas y al bañar el tejido repetidas veces, conseguían trece matices diferentes. Los trajes color púrpura teñidos dos veces, especialmente los de origen tirio, alcanzaban los precios más elevados. Al principio solo se coloreaban de púrpura auténtica los bordes de togas y túnicas que llevaban senadores, magistrados y caballeros; para el resto se empleaba una imitación de púrpura.


No existían grandes diferencias entre el calzado masculino y el femenino. El material más empleado era el cuero, pero los diseños variaban en función del uso al que estuvieran destinados. Las patricias vestían en ocasiones sandalias decoradas con perlas y oro, aunque en general la sandalia que descubría la mayor parte del pie para los romanos era un tipo de calzado más bien propio del hogar, demasiado informal y no muy adecuado para lucir en público. Cuando un romano acudía a visitar a algún amigo o personaje relevante, se ponía zapatos, y llevaba consigo un esclavo cuya función era la de portar sus sandalias, que volvía a calzar al marcharse. No hubiera sido de buen tono llevarlas puestas mientras se sentaba a la mesa con su anfitrión. Por eso la expresión “pedir las sandalias” adquirió el significado de “prepararse para salir”. Sin embargo, durante el Imperio las costumbres se relajaron y los propios emperadores, entre ellos Tiberio o Calígula, aparecieron en público calzando sandalias, y así los representan las estatuas en ocasiones.

El calzado era confeccionado por el calceolarius (zapatero), generalmente un hombre libre que ejercía su oficio en pequeñas tiendas alquiladas llamadas tarberna sutrina. Trabajaba sobre una pieza de madera con la forma de un pie. Luego se introducía en una pieza de metal donde se terminaba de moldear a base de martillo y cincel. Los de las mujeres eran similares a los masculinos, pero el cuero resultaba más suave y ligero. No llevaban tacón. En cuanto a las botas femeninas, solo se usaban para caminar por el campo o cuando las calles estaban muy embarradas. 


Los romanos consideraban que el calzado ceñido resultaba más atractivo, algo que dejó reflejado Ovidio en su Arte de Amar: “Sea tu habla suave, luzcan tus dientes su esmalte y no vaguen tus pies en el ancho calzado”.

Mientras que la moda en el vestir cambiaba poco, los peinados femeninos evolucionaron de forma significativa desde la época republicana, en que la mujer llevaba raya al medio y moño, hasta las complicaciones del Imperio, época en la que se utilizaron trenzados y postizos. Las mujeres solían seguir la moda que imponía la emperatriz de turno. 

Las novias llevaban el peinado llamado sex crines, seis trenzas que eran también características de las vestales y constituían, por tanto, un símbolo de pureza y castidad, razón por la que estaba vedado a las prostitutas. Las trenzas se ceñían con unas cintas que, cuando era una matrona quien se peinaba de ese modo, eran dobles.

A los romanos les gustaba vivir rodeados de lujo, y en el caso de las mujeres esta inclinación se reflejaba en su propensión a los adornos y las joyas, a veces de forma desmesurada. Lo primero que hacía una matrona al levantarse cada mañana era ocuparse de su aseo y su atuendo. Después de peinarse y maquillarse, se colocaban toda clase de diademas, pulseras, collares, brazaletes y pendientes con la ayuda de las esclavas llamadas ornatrices, especializadas en el cuidado de la belleza. Pero en el año 215 a. C., tras la derrota que Roma sufrió a manos del cartaginés Aníbal, se hizo necesario imponer la austeridad para que pudiera producirse la recuperación económica, de modo que se votó la Lex Oppia, que debía su nombre al tribuno de la plebe Cayo Oppio. La ley regulaba estrictamente los límites a los que debía someterse el atuendo femenino: no se permitía llevar más de media onza de oro en joyas y quedaba prohibido el empleo de tintes caros.


Pero bajo el consulado de Catón, al haber dado un vuelco favorable la situación, las mujeres consideraron que ya no había motivo para seguir sometiéndose a la tiranía de tales criterios, por lo que se echaron a la calle en una manifestación de proporciones inimaginables y entraron en el Capitolio, ocupando todas las calles y los accesos al foro. Con el transcurso de los días, llegaban mujeres de otras ciudades para unirse a su protesta, y organizaron una rebelión de tales proporciones que Catón hubo de ceder y derogar la ley.



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Desde el Laberinto


Desde el Laberinto es un libro de relatos en los que razón y locura se confunden y se fusionan. Nos adentramos en laberintos mentales buscando la salida de un mundo de pesadillas, sabiendo que “si queremos gozar de la libertad, debemos combatir cada uno con nuestro propio minotauro”. Por sus páginas desfilan personajes que se niegan a seguir siendo como ovejas de un rebaño, como ratas de laboratorio describiendo eternos círculos infernales en la rueda de la jaula; prisioneros del miedo cuyo retrato podría haber firmado Munch; seres atormentados que se rebelan, asfixiados por las normas, por la rutina, por la injusticia, por la represión de un régimen, por todo aquello de lo que un día deciden escapar aunque sea saltando el muro de la mano de la muerte. 

La obra, repleta de referencias mitológicas, se mueve entre el realismo mágico de Cortázar y el expresionismo de Kafka, sin duda sus principales influencias. Desde el Laberinto ofrece una altísima calidad literaria y deja asomar en algún capítulo la vena poética del autor, como cuando aparece “una cosedora de bolsillos agujereados por los que se perdían los recuerdos” o “un traductor de palabras nunca dichas”. Se trata de una obra recomendable para cualquier amante de la buena literatura, un libro que se nos hace breve, nos abre el apetito y nos deja con ganas de más. Espero que esto sea tan solo el comienzo, un avance de lo que Cayetano Gea nos ofrecerá en un futuro.

Este es el enlace al blog del autor, a través del cual se puede adquirir un ejemplar. Cayetano destina el 10% de los beneficios obtenidos con su obra a la ONG Granito a Granito, que ayuda a los indigentes y a las familias con pocos recursos:


La Tinaja de Diógenes



lunes, 23 de noviembre de 2015

Mujeres de la Ilustración: Julie de Lespinasse


"Mon Dieu! que la passion m’est naturelle, et que la raison m’est étrangère!”


El nacimiento de Julie de Lespinasse fue clandestino. Hija ilegítima del conde de Chamrond y de la condesa de Albon, vino al mundo en Lyon el 9 de noviembre de 1732 con tanto secreto que fue bautizada con un nombre supuesto con el que ocultar sus aristocráticos orígenes. Para evitar el escándalo, se hizo pasar a Julie por hija legítima de un burgués llamado Claude Lespinasse, pero su verdadera madre no quiso separarse de ella y la llevó consigo a su casa de campo en Avanches, donde vivía separada de su esposo. 

Julie tuvo por compañero de juegos a su hermanastro Camille, el heredero de la condesa, que contaba ocho años. La niña recibió mucho afecto por parte de su madre y una esmerada educación, en un intento por compensarla de algún modo por no poder acceder a cuantos derechos le hubiera dado ser legítima. Pero la condesa de Albon falleció cuando ella tenía tan solo 16 años. Aunque en su testamento le dejaba una importante suma, en un acto impulsivo y con la generosidad que siempre la caracterizó, Julie renunció a favor de Camille.

El futuro se presentaba nublado para ella. Tenía talento, pero su carácter impetuoso limitaba sus posibilidades de encontrar una ocupación adecuada y que le permitiera ganarse la vida. Era sensible, rebelde, indisciplinada e imprudente, por lo que no muchas nobles familias la hubieran acogido en su hogar. Fue su hermanastra quien lo hizo, la marquesa de Vichy-Chamrond, mucho mayor que ella. La marquesa le ofreció un puesto como institutriz de sus hijos, con una condescendencia con la que dejaba muy claro que no le concedía el derecho a llamarla hermana. Julie no tenía otra alternativa mejor, así que aceptó. Al fin y al cabo, quería mucho a sus sobrinos, aunque nunca fue capaz de entenderse con la madre.


Los marqueses tenían una gran casa a orillas del Loira. Se avergonzaban de su pariente pobre, a la que trataban como una sirvienta, y temían que se atreviera a reclamar el nombre de su madre. Para Julie la situación había llegado a ser tan insoportable que había tomado la decisión de abandonar el hogar de su hermana para ingresar en un convento cuando Madame du Deffand, hermana del marqués, acudió a visitarlos un verano y todo cambió.

La simpatía entre las dos mujeres fue inmediata. Ambas eran muy parecidas: impulsivas, inteligentes y románticas. Marie de Vichy Chamrond, marquesa du Deffand, quiso llevarla consigo como dama de compañía. Se había quedado ciega y deseaba contar con la asistencia de una persona de cuya compañía pudiera disfrutar, de modo que decide que no podría encontrar otra más adecuada que aquella joven de 22 años. Julie acepta encantada, puesto que Marie era la anfitriona en uno de los salones más famosos de París, al que acudía lo más granado de la sociedad de su tiempo.

Julie no era bella ni tenía nombre ni fortuna, pero estar junto a Madame du Deffand le permitía rodearse de los más brillantes intelectuales y las personalidades más relevantes. La marquesa se levantaba muy tarde y recibía por la noche, a partir de las nueve. Eso le dejaba a ella tiempo libre para cultivarse en sus aposentos. Leía a Locke, a Tácito, a Montesquieu, Voltaire, Racine… Releía sus obras favoritas y se entusiasmaba con las de Rousseau. Su arrebato era tal que al cabo de un tiempo olvidó que estaba allí para atender a la marquesa y comenzó a pasar más tiempo con sus visitas, entre las que figuraban muchos caballeros que caían subyugados por su encanto, en especial d’Alembert, al que ella correspondía. 

D'Alembert

Julie recibía en sus propios apartamentos de cinco a seis, mientras Madame du Deffand dormía. Llevaba diez años al servicio de la marquesa cuando un día esta se despertó antes de su hora de costumbre y, al acudir a sus aposentos, descubrió el salón que mantenía su servidora sin su conocimiento. Allí estaban, fascinados con la conversación de la joven, aquellos grandes nombres que un día la habían buscado a ella. El disgusto de la anciana fue profundo al sentirse súbitamente desplazada por Julie, que había traicionado de tal modo su confianza. 

La discusión que siguió fue agria, y la reconciliación imposible. Julie abandonó el hogar de la marquesa y alquiló unos aposentos cerca del convento de San José. De ese modo permanecía lejos de su amado d’Alembert, pero al cabo de unos meses él cae enfermo y ella, abandonada toda prudencia, acude a la cabecera de su lecho y lo atiende hasta verlo recuperar la salud. Después tuvo la osadía de llevarlo consigo a su casa, desafiando todas las convenciones. La mayoría de sus amistades aceptaron la situación y continuaron visitándola en el salón que abrió en la Rue de Bellechasse en 1764. 

La pareja tenía París a sus pies. Cortesanos, filósofos, clérigos, militares, todos parecían hechizados por el encanto y el ingenio de Julie. En su salón se hablaba de política, de arte, de literatura; se propagaban las ideas que un día prenderían la mecha de la Revolución. Ella, alta, esbelta, se movía entre sus visitantes con su perrito, deteniéndose a hablar a unos y otros, siempre impetuosa en su discurso, siempre animada. 

Al cabo de tres años de convivencia con d’Alembert, Julie concibe una violenta pasión hacia el marqués de Mora, hijo del embajador español. El marqués era ardiente, caballeroso y diez años más joven que ella. Ambos eran demasiado apasionados como para esperar que no se abandonarían a sus sentimientos para comenzar una relación que iba a durar cinco años y en la que contemplaron la idea del matrimonio, unos planes que la familia de él hizo fracasar. Al cabo de ese tiempo el marqués hubo de viajar a España y, fatalmente enfermo de tuberculosis, aunque logró regresar a Francia para reunirse con ella, fallecía en Burdeos poco después.

D'Alembert

Durante su ausencia Julie conoció en su salón al que sería su gran amor: el conde de Guibert, el hombre de quien Voltaire dijo que quería ir a la gloria por todos los caminos. Cuando no estaban juntos le escribía constantemente. Su pasión era superior a la de él, que parecía encontrarse más cómodo cuando estaba viajando, lejos de Julie, agobiado por su exceso de devoción. 

Ella comenzaba a perder la salud. Se la veía más delgada, más pálida, y representaba más edad de los 42 años que tenía. Un día supo que él centraba sus preferencias en otra mujer con la que pensaba contraer matrimonio. “Me has hecho conocer todos los tormentos de los condenados”, le reprochaba, “arrepentimiento, odio, celos, remordimiento, desprecio por mí misma”.

El 23 de septiembre de 1775, le escribe:

“Tal vez uno nunca se recupera de las grandes humillaciones. Ojalá tu matrimonio te haga tan feliz como a mí me ha hecho desdichada.”

Cada vez más enferma, continuó escribiendo constantemente al hombre que la había abandonado. No dejaba de mantener abierto su salón a pesar de sus menguadas fuerzas, de su amargura, de “esta enfermedad tan lenta y tan cruel que se llama vida”. A veces permanecía en cama, buscando alivio en el opio, y se levantaba de noche para atender a sus huéspedes. Julie se moría. Antes de que llegara el momento, pidió perdón a d’Alembert por su infidelidad, pero sus últimas palabras fueron para Guibert.

—Adiós, amigo mío. Si un día volviera a la vida, quisiera emplearla en amaros de nuevo; pero ya no hay tiempo.



jueves, 5 de noviembre de 2015

La relación clientelar en la antigua Roma


Tan pronto como despuntaba el día, los romanos rara vez se quedaban en casa. Si tenían que trabajar, salían a desempeñar sus ocupaciones apenas amanecía. Madrugaban incluso aunque no los reclamara ningún trabajo y acudían a cumplir con sus deberes clientelares. Desde el hombre más insignificante al patricio, a excepción del emperador no había un romano que no se sintiera atado a alguien más poderoso que él por ciertas obligaciones, igual que las que ataban al antiguo esclavo con el amo que lo había manumitido. Era lo que llamaban el obsequium, el derecho del patrón al respeto del liberto. El patrón, a su vez, debía recibir al cliente en su casa, invitarlo a su mesa de vez en cuando, ayudarlo y hacerle regalos diversos que comprenden desde entradas para los espectáculos a viviendas exentas del pago de alquiler. A los clientes necesitados se les repartía comida que se llevaban en una cesta, o bien se les daba pequeñas cantidades de dinero. Por eso lo que recibían se llamaba sportula, que significa pequeña espuerta o cesta.

En tiempos de Trajano estas costumbres se habían extendido tanto que se había establecido una tarifa para alimentos: seis sestercios y un cuarto por cabeza y día. Para muchos maestros sin alumnos o artistas sin encargos este era su principal medio de subsistencia.

Los clientes también se beneficiaban de subvenciones en sus negocios, por lo que era muy importante para ellos no dejar de cumplir con sus obligaciones hacia el patrón. Por eso se apresuraban a acudir a visitarlo muy temprano, antes de comenzar el trabajo. Era la salutatio matutina, que podía prolongarse mucho. Y como la importancia de un magnate dependía de cuántos clientes tuviera, un romano arruinaba su prestigio si se quedaba en cama por la mañana, porque era indicativo de que apenas tenía nadie a quien atender. Tal relajación era posible en provincias, pero en Roma era preciso atender a las quejas, demandas y saludos de todos. En ocasiones, sin embargo, el patrón se quejaba de la ingratitud de un cliente, y llegaba a escabullirse por otra puerta para evitar a algún pesado que aguardaba en el atrio.


Patronos y clientes debían observar determinadas obligaciones. El patrón no podía defraudar la confianza de su cliente, pues pasaría a considerarse maldito por los dioses. Virgilio menciona un lugar en el inframundo reservado para el castigo de aquellos que incurren en dicha falta. Además unos y otros no podían llevarse ante los tribunales o prestar testimonio en contra. En tiempos de guerra el cliente debía acompañar al patrón, y si este era hecho prisionero, estaba obligado a contribuir a su rescate. Además debía apoyarlo durante los actos públicos y escoltarlo al foro. La ley prohibía incluso que un cliente tuviera distinta opinión a la de su patrón. Este debía a cambio protegerlo, ayudarlo económicamente o de cualquier otro modo y buscarle alojamiento si lo perdía. Tenía también la obligación de buscarle una esposa adecuada y prestarle asistencia legal

Las visitas eran reguladas por una estricta etiqueta. En primer lugar, aunque el cliente era libre de acudir a pie en lugar de en litera, no era concebible que se presentara sin la toga, que, por supuesto, debía de aparecer siempre limpia. Mantener el guardarropa podría haber consumido prácticamente todo el subsidio si no se hubiera convertido en costumbre que el patrón tuviera el detalle de regalar una toga en alguna ocasión solemne, además de cinco o seis libras de plata cada diciembre, como obsequio de Saturnalia.

Los clientes debían aguardar pacientemente su turno, pero ello no dependía del orden de llegada, sino de su rango. El pretor iba antes que el tribuno, el eques antes que el ciudadano común y el hombre libre antes que el esclavo. Por último, debían dirigirse al patrón llamándolo dominus, y nunca por su nombre. Dejar de hacerlo significaba volver a casa con las manos vacías. Sin embargo, era una señal de distinción hacia el cliente que el patrón le devolviera el saludo llamándolo por su nombre.


La relación clientelar era hereditaria. Hacía que un hombre perteneciera a la familia de su patrón, por lo que podía ser enterrado junto a él y llevaba como segundo nombre el de su gens.

Las mujeres estaban exentas de estas obligaciones. Ni eran clientes ni ejercían patrocinium. Las únicas excepciones eran viudas que representaban a su difunto esposo o bien alguna esposa que acudían en el lugar de su marido, al que una indisposición impedía acudir personalmente. La sportula solía ser en este caso más generosa, lo que originó cierta picaresca.



Disculpen si no me muestro muy activa estos días publicando o respondiendo a sus comentarios. Estoy inmersa en la redacción del prólogo de la nueva antología de Mujeres en la historia y en la revisión de los relatos, a punto de ser maquetados. Muchas gracias.


miércoles, 28 de octubre de 2015

La huida del rey de Polonia


El rey de Polonia recibía noticias de París, unas noticias que le detallaban la fatal evolución de la enfermedad de su hermano, Carlos IX. No tenía en mente otra cosa que la de escapar de allí a tiempo de hacerse con el trono de Francia antes de que su hermano menor se le adelantara, pero, naturalmente, se guardó mucho de manifestar abiertamente sus intenciones. Por el contrario, disimuló cuanto pudo, vistiéndose a la polaca y organizando un sinfín de fiestas y banquetes con los que entretener a sus nobles, a quienes dio buena muestra de su prodigalidad. 

En junio de 1574 Enrique tuvo conocimiento de la muerte de Carlos IX por el embajador del Imperio, apenas una hora antes de que llegara el mensajero de Catalina de Médicis con la noticia. El jinete había cubierto 900 leguas en 17 días, despistando a espías y evitando emboscadas. El joven rey de Francia había sucumbido a la tuberculosis, pero en la corte circulaban todo tipo de rumores: para unos habría sido un veneno; para otros, la cólera divina, que caía sobre él por haber ordenado la masacre de la noche de San Bartolomé. 

El rey de Polonia no siente pena cuando el mismo día anuncia oficialmente la muerte de su hermano y ordena el luto oficial de la corte. En la sala del trono, cubierto de telas en colores fúnebres, recibe las condolencias de la nobleza. Los polacos sospechan que la nueva situación suponga la partida del rey, pero él les ofrece toda clase de seguridades.

Cuando Bellièvre, el embajador de Francia, acude a saludarlo, Enrique lo despide, pues la muerte de Carlos IX ponía fin a su misión. Al partir, el embajador se lleva consigo a muchos de los franceses del entorno del rey de Polonia, entre ellos a Bellegarde, portador de las joyas de su amo y de los documentos más importantes.

Esa noche Enrique se reúne con sus amigos y se toma una decisión: había llegado el momento de dejar de ser el Henryk IV de los polacos para convertirse en el Enrique III de los franceses.


A la noche siguiente ofreció un suntuoso banquete en palacio, pródigo en vino. Antes de la medianoche los polacos roncaban sobre la mesa, completamente ebrios. 

El rey se dirige a sus apartamentos y se acuesta siguiendo el ceremonial de costumbre. El mariscal de palacio cierra las cortinas y sale. Apenas lo hace, el primer valet introduce a algunos amigos de Enrique, entre ellos Villequier y Le Guast. Todo es silencio. Con el camino despejado, da comienzo una fuga que había sido cuidadosamente preparada. 

Unos caballos aguardan junto a una pequeña capilla abandonada mientras el rey se viste con unos ropajes similares a los del valet, para propiciar la confusión. Villequier y Le Guast se apoderan de los diamantes de la corona y los ocultan entre sus ropas. El rey, llegados a ese punto, muestra ciertos escrúpulos, pero sus amigos se ocupan de persuadirlo de que debe considerar esas joyas como una de sus propiedades.

Se había abierto un boquete en la pared de la habitación para evitar a los guardias polacos apostados a su puerta. Los fugitivos llegan hasta una de las poternas de la muralla, pero el jefe de cocina los había visto cuando se dirigían hacia allá. Dio la alarma, lo que hizo que el conde de Tenczinski, gran chambelán, sintiera cómo se disipaban los últimos vapores del vino con el que se había atiborrado esa noche. Los polacos, furiosos, celebran un rápido consejo de guerra y encargan al chambelán que se lance en pos del rey con unos cuantos hombres. 

Al cabo de seis leguas, los franceses llegan al Vístula. Sin conocer cuál era el camino a seguir, Enrique desmonta y arroja una vara al río para averiguar la dirección de la corriente, sabiendo que debían dirigirse siempre en sentido contrario a esta. Así orientados, se adentran en un bosque hasta llegar a una cabaña. El propietario despierta sobresaltado con un puñal apuntando a su cuello mientras unos caballeros le exigen que les sirva de guía.


Al alcanzar Oswiecim, Enrique se ve obligado a continuar sin dos de sus amigos, puesto que sus caballos desfallecen. Los franceses, perseguidos por un centenar de tártaros, cruzan el puente de madera y luego le prenden fuego. El estarosta de Oswiecim, incapaz de seguirles, se arroja al agua gritando mientras nada hacia ellos: “Serenissima Majestas, cur fugis?” (Serenísima Majestad, ¿por qué huyes?). El uso del latín en esas circunstancias les resultaba tan insólito a Enrique y sus hombres que de pronto la escena se les antoja muy cómica y estallan en carcajadas. 

Sus perseguidores, mejor montados, van acortando distancias. Los fugitivos los divisan dramáticamente cerca cuando faltan solo unas cuantas leguas para alcanzar la frontera. La carrera se hace frenética: Enrique sabe que si lo atrapan en territorio polaco, ya no podrá regresar a Francia.

El conde Tenczynski le da alcance cuando ya han llegado a una aldea de soberanía austriaca. Enrique había tenido que detenerse allí, porque su montura, exhausta, se desplomaba sin vida, y era preciso conseguir caballos de refresco. Con la seguridad que le da verse escoltado por su guardia, permite que el chambelán se acerque. 

—¿Venís como amigo o como enemigo? —le preguntan.

—Como humilde servidor del rey.

—En ese caso, haced que se retiren vuestros tártaros.

Allí mismo el polaco, arrojándose a los pies del rey, intenta convencerle para que regrese, mas todo en vano. 

—Conde, amigo mío —responde Enrique—, tomando lo que Dios me da por sucesión, no dejo lo que me ha dado por elección, puesto que, gracias a Dios, mis hombros son suficientemente anchos para sostener una y otra corona. 

Como el conde insiste, él se muestra aún más firme: 

—Señor conde, he hecho demasiado camino para volver atrás. Aunque todas las fuerzas de Polonia estuvieran aquí, no lo haría, y antes clavaría mi daga en el cuerpo del primero que tuviera la osadía de hablarme. 


Con lágrimas en los ojos, el gran chambelán se abre una vena con la punta del puñal, recoge la sangre en la palma de la mano y la bebe. En Polonia aquel gesto simbolizaba una fidelidad indestructible. Luego ofrece su brazalete al rey, a cambio del cual recibe un diamante. 

Enrique volvía a casa tan solo unos meses después de haber llegado. Por el camino escribía a su madre: “Francia y vos valéis más que Polonia”.


lunes, 26 de octubre de 2015

Enrique IV de Polonia


La muerte del rey Segismundo Augusto ponía fin a la dinastía de los Jagellon, que había ocupado el trono de Polonia durante dos siglos. Era preciso encontrar un nuevo monarca, y la nobleza del país se disponía a elegirlo. Los soberanos europeos tomaban posiciones para hacerse con la ambicionada corona. El emperador proponía a su hijo mientras el rey de Suecia aguardaba su momento. Hasta el mismísimo zar de Rusia, el detestado Iván el Terrible, “tuvo el descaro de presentarse”, si bien no contaba con muchas posibilidades: lo único que podía ofrecer era dejar de atacar al fin a Polonia.

En Francia Catalina de Médicis no se mostraba menos ávida por hacerse con el trofeo. Era la ocasión perfecta para procurarle un trono a su hijo favorito, Enrique de Anjou. No era la primera vez que hacía sus cálculos para verlo coronado, pero hasta ahora todos sus proyectos habían terminado en fracaso. Ahora, en cambio, se abrían oportunidades inesperadas. 

Los franceses consideraban Polonia como “un país perdido entre los hielos del norte” y habitado por bárbaros. Sin embargo, esto distaba de ser así. El país, mayoritariamente católico, contaba también con importantes minorías protestante, ortodoxa y judía. Todas ellas vivían en armonía, tolerancia y libertad de culto, al contrario de lo que sucedía en Francia. Por esas fechas el suelo francés se cubría de sangre la noche de San Bartolomé, culminación de varias guerras de religión que habían enfrentado a católicos y protestantes. 

Enrique era muy joven, pero ya había acumulado amplia experiencia en la batalla. Para los católicos era el héroe que había aplastado a las tropas protestantes en Jarnac y Moncontour; para el resto encarnaba al demonio. Además, junto con su madre había sido el instigador y uno de los protagonistas de la matanza de aquella noche trágica. 


Catalina eligió cuidadosamente al hombre que enviaría a Polonia para defender su causa. Se decidió por Monluc, obispo de Valence, y resultó ser una magnífica elección. El obispo realizó una gran labor elaborando un relato muy suavizado de la masacre, que según él había sido una simple revuelta del populacho en la que Anjou no había tomado parte alguna. También negó categóricamente los rumores que circulaban acerca de la pasión de su candidato por los perfumes, las joyas y otras cosas que contrastaban vivamente con el concepto de virilidad de la nobleza polaca. 

El obispo hacía sus discursos en latín, que hablaba admirablemente. En dicha lengua terminó por alzarse un grito entre los cuarenta mil electores reunidos: “¡Gallum! ¡Gallum!" (¡El francés! ¡El francés!). 

Anjou se hallaba sitiando La Rochelle cuando le llegó la noticia de que para los polacos se había convertido en Henryk IV Walezy (Enrique IV de Valois), un logro que recibió sin ningún entusiasmo. Hubo de dirigirse hacia París, donde le aguardaba una delegación polaca. Allí hizo de tripas corazón y trató de componer su mejor gesto, pero lo cierto es que no podía compartir la ilusión de su madre ni veía ningún motivo de regocijo en tener que partir rumbo a Polonia. No le atraían las costumbres ni la idea preconcebida que tenía acerca del lugar al que debería dirigirse, pero tampoco los límites que sus súbditos habían puesto a su poder, uno de los cuales era la supresión de la sucesión hereditaria. También exigían libertad de culto, algo que Enrique se negó a jurar. Entonces uno de aquellos rudos polacos dio un paso al frente y exclamó con voz potente: 

—Jurabis aut non regnabis!

Es decir, “o juras, o no reinarás”. Y, como no bromeaba, Anjou juró, dando así comienzo a la que él mismo afirmó que fue la época más triste de su vida. 


Aquel viaje le resultaba de lo más inoportuno. No le convenía alejarse de Francia ahora que la salud de su hermano, Carlos IX, se había deteriorado gravemente. Se temía que no viviría mucho tiempo, y no tenía heredero varón. Eso convertía a Enrique en su sucesor, pero la aceptación de la corona polaca lo ponía en una situación que su hermano menor, Alençon, sin duda sabría aprovechar en su beneficio. Catalina comenzaba a lamentar haberse embarcado en esa empresa que alejaba a su hijo de un trono más importante que el de Polonia. 

Él también lo lamentaba, y no sólo por esos motivos. Anjou ocultaba una razón mucho más personal: en esos momentos no deseaba separarse de su amada María de Clèves. Aunque la habían casado con el Príncipe de Condé, el nuevo rey de Polonia alentaba la esperanza de anular ese matrimonio y desposarla él mismo. Pero su hermano Carlos, ansioso por deshacerse de él, le dio un ultimátum. Enrique debía abandonar la corte del diablo. 

La coronación tuvo lugar el 21 de febrero de 1574 en Cracovia. Cuatro días después se produjo una pelea que se saldó con un muerto. Un caballero polaco resultó mortalmente herido al pretender impedir un duelo entre dos clanes. Y es que en Polonia aquellos asuntos movilizaban a clanes enteros y podían desembocar en guerras particulares. Enrique no tuvo éxito a la hora de resolver el asunto, puesto que pronunció una sentencia salomónica que no contentó a ninguna de las partes. El senado buscaba un castigo ejemplar, pero el rey se limitó a condenar al autor al exilio. Además tuvo el poco tacto de conceder a su hermano la dignidad de palatino de Cracovia, en agradecimiento al papel que su familia había representado en su elección.


El asunto dio lugar al comienzo de los muchos libelos que circularon sobre Enrique. La mala suerte parecía perseguirlo con saña implacable: antes de que se aplacaran los ánimos, un terrible incendio destruía una parte de Cracovia, y se culpó a los franceses. El rey acudía decidido a imponer la concordia y la justicia en su reino, pero todo se aliaba para entorpecer sus intenciones y envenenar las relaciones con su pueblo. “No encontraba más que miserias, disputas, calumnias”.

Enrique se aburría. No podía recaudar impuestos, legislar ni declarar la guerra, y estaba sometido a un consejo que debía ratificar cualquiera de sus decisiones. Los caballeros franceses no se mezclaban con los polacos; las camas les parecían muy duras y no les gustaba la cerveza del país. Algunos de sus nobles le hablaban con tal rudeza que sus ojos se empañaban con lágrimas de rabia e impotencia. Pero lo peor de todo era que pretendieran casarlo con Ana Jagellón, hermana del difunto rey de Polonia, soltera a sus 48 años, monjil y sumamente fea. Ella, en cambio, estaba entusiasmada desde que vio el retrato de Enrique.

Él la había visitado el día de su llegada y cumplió con otras visitas sucesivas que imponía el protocolo y la conveniencia. Digno hijo de su madre y consumado maestro en el arte de la duplicidad, llegó a fingir que cortejaba a Ana Jagellon. En una ocasión tomó su mano, y la pobre princesa experimentó tal conmoción que después fue incapaz de ingerir alimento alguno ese día. Pero a lo único a lo que Enrique estaba dispuesto era a disimular, no a casarse.

Como cuenta un contemporáneo, “llevaba aquella corona como una roca sobre su cabeza. En el languidecer de su exilio, Enrique no encontraba más consuelo que el de escribir a Francia”. Esas misivas eran enviadas en paquetes que contenían cuarenta o cincuenta, y algunas de las que dirigía a María estaban escritas con su propia sangre...

Continuará


Muchas gracias, Lady Allirya Dondarrion.



domingo, 18 de octubre de 2015

William Cecil, Lord Burghley

William Cecil retratado en 1571

Cuando recibió la noticia de la muerte de su hermanastra, Isabel se encontraba en Hatfield, leyendo a la sombra de una famosa encina que aún existía tres siglos después. Once días atrás María Tudor había firmado el documento en el que la designaba como su sucesora, y desde entonces los cortesanos no dejaban de afluir a Hatfield, ávidos por señalarse a la atención quien estaba a punto de convertirse en la nueva reina de Inglaterra.

Entre aquellos que acudieron a visitarla se encontraba un hombre de 38 años que se distinguía por su seriedad. El caballero de mirada penetrante y rasgos acusados era Sir William Cecil, nieto de un terrateniente galés de oscuro linaje que había llegado a Londres con Enrique VII, fundador de la dinastía Tudor y abuelo de Isabel. Cecil se ocupó de elaborar un árbol genealógico que le hacía remontarse a los tiempos del rey Harold, pero no sabemos hasta qué punto era veraz. El primer antepasado cuya autenticidad puede ser comprobada fue ese abuelo, David, del que sus enemigos decían que había regentado la mejor posada de Stamford. David fue distinguido con el favor real por su participación en la batalla de Bosworth contra Ricardo III; fue sheriff de Northamptonshire en 1532, y su hijo, Richard, ya tuvo una presencia destacada en la corte de Enrique VIII como maestro de ceremonias. Richard aumentó la fortuna familiar realizando un matrimonio ventajoso y acompañó al rey durante las famosas fiestas del Campo del Paño de Oro.

William Cecil no había cumplido quince años cuando comenzó sus estudios en la Universidad de Cambridge. Allí destacó en el aprendizaje del griego clásico y fue alumno de John Cheeke, uno de los grandes humanistas de la época, con cuya hermana contrajo un primer matrimonio. El padre de Cecil trató de impedir esta unión que consideraba poco brillante para sus ambiciones, ya que la novia contaba con escasos recursos. Para ello hizo que su hijo abandonara la universidad y se trasladara a Grays Inn. Sus esfuerzos resultaron vanos, puesto que él, en uno de los pocos actos impulsivos que cometió en toda su vida, se casó en secreto a pesar de la prohibición paterna.


Su esposa murió al cabo de dos años, meses después de dar a luz un hijo al que llamó Thomas. Siempre fiel e irreprochable en su vida conyugal, más adelante Cecil se casará de nuevo con Mildred Cooke, una protestante sumamente culta y tía de Francis Bacon. Esta nueva unión le granjeará la amistad de influyentes personajes, entre ellos Catalina Parr y el duque de Somerset. Cuando este cae en desgracia, Cecil es encerrado en la Torre de Londres, pero logrará salir gracias a su prudencia y tras pagar una fianza.

En 1543 ingresó en el Parlamento y fue miembro de la Cámara de los Comunes. Llegó a ser secretario del Consejo Privado de Eduardo VI antes de cumplir 30 años, convirtiéndose después en el principal secretario real, cargo que después se denominaría “secretario de Estado”. 

El advenimiento de María Tudor lo alejó un tanto de la corte. Partidario de la Reforma, aunque sin pertenecer plenamente a ninguna confesión religiosa, se salvó de la prisión fingiendo aceptar el catolicismo. No tuvo empacho en asistir a misa y confesarse. Como además no había tomado parte en el divorcio de Catalina de Aragón ni en las humillaciones que sufrió María durante el reinado de su padre, ella, que reconocía sus méritos, estaba dispuesta a contar con sus servicios. Sin embargo, Cecil siempre rechazó cortésmente las propuestas de formar parte del gobierno.

Cuando Isabel sube al trono, hacía tiempo que Cecil mantenía correspondencia con ella. La nueva reina lo apreciaba mucho. Estimaba su inteligencia, sus conocimientos, su prudencia y lucidez y su extrema sutileza, no exenta de socarronería a pesar de su seriedad. De hecho, el primer acto de Isabel como soberana fue nombrarlo su secretario principal.

Isabel I

“Os confío estas funciones y las de consejero privado, pensando que no ahorraréis ningún esfuerzo para servirme y servir a mi reino. Segura estoy de que no os dejaréis corromper por agasajo alguno, seréis siempre fiel al Estado y, sin tratar de adivinar mis secretos deseos, me daréis siempre el consejo que juzguéis mejor. Si llega a vuestros oídos algo que no debáis explicar más que a mí y en secreto, podéis estar seguro de mi discreción.”

William Cecil reforzó la autoridad real en el Parlamento, así como el ejército y la armada; fomentó las exportaciones y consiguió dar un impulso económico a Inglaterra, adoptando un sistema monetario nuevo que sustituyó las monedas de plata, cuyo valor había ido disminuyendo durante los últimos reinados. Con él se inauguró también la Bolsa Real de Londres y la Cámara de Comercio. En lo social y religioso, puso fin a la guerra con Francia, que estaba arruinando al reino, y fue el impulsor de la creación de la Iglesia anglicana con el monarca a la cabeza de la misma. Para él era esencial terminar con la división religiosa, porque decía que “el Estado nunca podría estar seguro donde se toleraran dos religiones… Aquellos que difieren en el servicio a su Dios, nunca podrán ponerse de acuerdo al servir a su país”. Toleraba a los católicos siempre que fueran leales a la Corona, pero aquellos que traicionaran a la reina se enfrentaban a las consecuencias más severas. Por esa razón se convirtió en el principal inductor del proceso contra María Estuardo, cuya existencia constituía un enorme peligro para Isabel al ser el centro en torno al que se congregaban los católicos desleales. Él se mostró dispuesto a asumir la responsabilidad que la reina se negaba repetidamente a afrontar.

Su política fue hostil hacia España, a la que consideraba el principal enemigo de Inglaterra. Fue él también el impulsor de la tupida red de espionaje a cuyo frente se situaba Sir Francis Walsingham su principal colaborador. Pero de Cecil se ha criticado los pocos escrúpulos que mostraba a la hora de extraer una confesión, puesto que no dudaba en autorizar el empleo de la tortura aunque fuera ilegal.


En 1571 fue nombrado Par del reino, recibiendo el título de barón de Burghley (o Burleigh, como aparece escrito algunas veces) en premio a los servicios prestados a la Corona. Al año siguiente sería ministro del Tesoro.

Lord Burghley fue un amante de los libros y de las antigüedades, interesado especialmente por la heráldica y la genealogía. Trabajador infatigable, cauto, maquiavélico e incorruptible, escribió interminables informes y memorandos. Se negó a aceptar beneficio alguno por actos o decisiones derivados de su cargo. Nunca se dejó sobornar por Catalina de Médicis y rechazó incluso la parte que Drake le ofreció del oro capturado a los españoles. 

Con lealtad inquebrantable, continuó siendo el primer consejero de la reina durante 40 años, hasta el momento de su muerte, a pesar de todas las cábalas que sus enemigos organizaron contra él y aunque se había quedado sordo en 1590. Algunas veces, sin embargo, Isabel y él se distanciaron por disensiones temporales que nunca enturbiaron el respeto y la amistad que ambos se profesaban. Buena parte de estos desacuerdos eran motivados por la aversión de Cecil hacia Robert Dudley, conde de Leicester, cuyo favor ante la reina era tan alto que lo convertían en un poderoso rival a batir a la hora de imponer su criterio. Pero Lord Burghley sabía ser paciente, y no olvidaba que siempre debía permitir que Isabel tuviera la última palabra. Fue un hombre contradictorio: implacable cuando lo consideraba necesario, a veces mostraba una ternura que nunca se le hubiera supuesto. 

Robert Dudley, conde de Leicester

Cecil fallecía en su casa de Londres el 4 de agosto de 1598, un mes antes de cumplir 78 años. Era sucedido por su hijo Robert, el único que le sobrevivió junto con Thomas. Robert Cecil se mantuvo en el poder con la llegada al trono de Jacobo Estuardo, cuya ascensión había favorecido. 

Lord Burghley había tenido otros dos hijos, ambos llamados William, que no superaron la infancia, y dos hijas. La mayor, Francisca, siguió el mismo triste destino, mientras que su hermana Anne contrajo un matrimonio desdichado con Edward de Vere, conde de Oxford, a quien algunos se empeñan en atribuir la autoría de las obras de Shakespeare y que mantuvo unas deplorables relaciones con su suegro. Lord Burghley se negó a obtener el perdón para el primo de Oxford, el duque de Norfolk, ejecutado por traición en 1572 por participar en el complot de Ridolfi, cuyo objetivo era liberar a María Estuardo y sentarla en el trono inglés. En venganza, su yerno juró convertir la vida de Anne en un infierno, y lo cumplió. El hecho de que Cecil empleara a los propios servidores del conde para espiarlo en su casa no contribuyó a disminuir el rigor con el que trató a su esposa.

La reina recibió con gran pesar la noticia de la muerte de su inestimable colaborador. Dicen que durante su enfermedad, ella misma lo había alimentado con su propia mano.


“Cor Unum Via Una” (Un corazón, un camino)


jueves, 15 de octubre de 2015

El mosaico romano


El arte de trabajar el mosaico se había practicado en oriente desde tiempos muy remotos. Al principio los mosaicos decoraban solo techos o paredes, pero los romanos no se atrevían a decorar con ellos los suelos por temor a que se estropearan al pisar sobre ellos. Con el tiempo, sin embargo, no solo cubrieron suelos, sino también simples objetos y pequeños paneles. 

En un principio los suelos de las habitaciones de la antigua Roma eran de arcilla. Esta se golpeaba con mazos para alisarla y se mezclaba con cascotes para añadir firmeza. Dicho método dio pronto paso a otra clase de pavimento consistente en losas más bien grandes de mármol blanco o parcialmente coloreado que se colocaban en figuras geométricas, con formas variadas de tres, cuatro o seis ángulos. Era el pavimentum sectile, que producía un dibujo ornamental. Pero a veces los suelos estaban compuestos por piezas más pequeñas, teselas cuadradas de igual tamaño, de colores variadas o blancas y negras. Este tipo de mosaico se llama opus tessellatum. Dicho estilo se aplicó por primera vez a gran escala en el templo del Júpiter Capitolino, tras dar comienzo la tercera guerra púnica.

A partir del opus tessellatum se desarrolló el mosaico propiamente dicho, cambiándose las tablillas por piezas de mármol más pequeñas, piedras valiosas como el ónice y la ágata, y cristal. Las piezas, teselas, se colocaban formando dibujos. Cuando las teselas son aún más pequeñas, el procedimiento permite la elaboración de un dibujo muy minucioso con formas onduladas o curvas para representar objetos y animales con gran precisión. Este tipo de mosaico se llama opus vermiculatum


Antes de colocarse el mosaico, se afirmaba el suelo o se ponía una base de losas de piedra a la que se añadía una capa de yeso que secaba lentamente y era muy adhesiva. En ella se insertaban las teselas de modo que formara todo una masa compacta en la que no podía entrar ni el polvo ni la lluvia. El suelo tenía que quedar perfectamente llano y horizontal, pero con una ligera inclinación que permitiese que el agua se deslizara hacia los sumideros.

Para elaborar las teselas se cortaba el material en láminas finas que a su vez se cortaban en tiras y finalmente se reducían a cubos. Las de vidrio podían teñirse añadiendo diferentes óxidos de metal, y se hacían vertiendo el vidrio fundido sobre una superficie lisa. Luego se cortaba del mismo modo con una herramienta afilada.

Las composiciones son de lo más variadas. Hay motivos geométricos, máscaras y representaciones escénicas, laberintos con la escena de Teseo y el Minotauro, carreras en el circo, representaciones mitológicas, juegos, cacerías y escenas eróticas, batallas e instrumentos musicales. En Bizancio se caracterizaban por el uso de oro en grandes cantidades.


El arte del mosaico era conocido en toda Grecia ya en torno al 400 a. C. Su fabricación tenía por centro principal la ciudad de Alejandría. Uno de los más célebres es el del pavimento del comedor del palacio real de Pérgamo, que imitaba un suelo con los restos de una cena sobre él. Debido a ello, el nombre con el que se conocía esta sala era “el sin barrer”, nombre que se extendió después a los mosaicos de clase similar. En el mismo palacio había otro mosaico con una paloma apoyada sobre el borde de una fuente, con el reflejo de su cabeza sobre el agua. Y en el Museo Real de Nápoles se conserva una escena bélica encontrada en la Casa del Fauno de Pompeya y que probablemente representa la victoria final de Alejandro sobre Darío en Issos. Alejandro avanza desde la izquierda y atraviesa a un jinete persa con su lanza mientras Darío permanece en pie sobre su carro, rodeado de sus seguidores. Su auriga levanta el látigo para fustigar a los caballos y emprender una veloz huida. Mientras tanto la caballería griega ataca a los persas. Se ha dicho que el cuadro podría ser obra de una de las mujeres artistas de la época: Helena, hija de Timón el Egipcio, si bien Plinio lo atribuye a Filoxeno de Eretría. Vespasiano lo llevó a Roma, y el mosaico de Nápoles parece haber sido una copia de dicha obra. Está ejecutado en una gama limitada a cuatro colores: negro, blanco, rojo y amarillo, con sus tonalidades intermedias, y contiene todos los recursos pictóricos al alcance en aquel tiempo: sombreado, expresión de la luz mediante reflejos y destellos, dominio de la perspectiva. La precisión de los detalles es tal que cada pulgada cuadrada se componía de 150 piezas de cristal o mármol.

Los fabricantes de mosaicos se llamaban mosaistas. Este arte llegó a ser tan apreciado por los romanos que Diocleciano promulgó una ley fijando el precio que cada artista podía poner según una calificación previa por grados. Se fabricaban en talleres especiales en los que se diseñaba primero el cuadro y después se dividía según el colorido. De cada parcela se sacaba una plantilla en tela o papiro, y sobre ella colocaban las teselas invertidas. Finalizado este proceso, lo llevaban al lugar en el que debería instalarse el mosaico, para que el artista lo colocara.