miércoles, 29 de octubre de 2014

Cuernos fuera


Cornudo eres, Fulano, hasta los codos,
Y puedes rastrillar con las dos sienes;
Tan largos y tendidos cuernos tienes,
Que, si no los enfaldas, harás lodos.

(Francisco de Quevedo)


Hubo un tiempo en el que las infidelidades conyugales casi podían considerarse un deporte de riesgo. O sin casi.

Es bien conocido lo mal que encajaban estos asuntos los caballeros medievales y la facilidad con la que podían obtener del rey el permiso para lavar su honra quemando a la esposa infiel en una hoguera. Parecería que, al disiparse las tinieblas de esos siglos oscuros, el modo en que los maridos afrontaban su propia desgracia iba a adecuarse a la tímida apertura que traían consigo los nuevos tiempos, mas no fue así. Algunos, ciertamente, se lo tomaban con filosofía; otros, en cambio, no veían otra alternativa que retar a duelo a su rival como forma de reparar su honor agraviado. En cualquier caso, el desenlace dependía en gran medida de quién fuera el ofensor. Cuando se trataba de una testa coronada, no eran pocos los esposos que se consideraban premiados en lugar de ofendidos.

No fue éste el caso del marqués de Montespan cuando el Rey Sol fue a fijarse en su esposa para convertirla en su favorita. Monsieur de Montespan fue, como ocurre tantas veces, el último en enterarse, pero cuando por fin comprendió la magnitud de su desdicha, no reaccionó mansamente.

De creer ciertas memorias, como las de Saint-Simon, el marqués tramó un plan maquiavélico a modo de venganza. Para ello parece haberse inspirado en una antigua historia que se contaba sobre los tiempos del rey Francisco I. En aquella época el marido engañado de la Bella Ferronière, con un refinamiento casi florentino, decidió contraer una enfermedad venérea y transmitírsela a su mujer para que ésta, a su vez, contagiara al rey. Monsieur de Montespan, supuestamente, habría decidido imitarlo, frecuentando toda clase de tugurios de mala muerte con tal de acabar saliéndose con la suya. 


Tan sólo había un problema: si quería que el plan prosperase, era imprescindible que después se dirigiera al encuentro de la esposa y procediera con la segunda fase, algo que no resultaría tan sencillo, porque para entonces Madame de Montespan, que temía su furia, se guardaba mucho de encontrarse a solas con él. Al marqués le fue preciso burlar todas las vigilancias y forzar puertas de aposentos hasta que, tras amenazar a un lacayo con su bastón, consiguió presentarse ante ella. La encontró en compañía de Madame de Montausier.

“En cuanto la marquesa lo vio, lanzó grandes gritos y fue a refugiarse en brazos de su amiga, y él corrió en su persecución. Allí se produjo una escena terrible. No ahorró palabras. No hubo injurias, por sucias o atroces que fuesen, que no vomitase a la cara de madame de Montausier, con los reproches más violentos. Como quiso ir más allá, en su presencia, para la ejecución por la fuerza de lo que había proyectado, recurrieron una y otra a los gritos más penetrantes, que hicieron acudir a la servidumbre, en presencia de la cual, como no podía hacer nada mejor, las mismas injurias fueron repetidas, y él fue llevado por la fuerza, no sin haber blandido el bastón y terminado de hundir a las dos damas en el pavor más espantoso.” 

Apenas dos días después de aquella escena, según nos cuenta Voltaire, se dirigió a Saint-Germain, donde se hallaba la corte, todo vestido de negro, en una carroza cubierta de crespones de luto tirada por caballos de hermoso color de ébano.

El rey se sorprendió al ver todo aquello y le preguntó:

—Pero ¿por quién lleváis luto?

—Por mi esposa, Sire, por mi esposa. ¡No volveré a verla!

Después de lo cual hizo una reverencia, salió dignamente y regresó a París, donde se dedicó a proclamar por todas partes que su esposa estaba muerta.


Como no cesaba de dar escándalo y exhibir sus cuernos por todo París de forma bastante embarazosa para Luis XIV, éste dio orden de que fuera conducido a Fort l’Evêque, en la calle Saint-Germain l’Auxerrois. Allí lo hizo permenecer dos semanas, hasta calcular que el caballero habría reflexionado y se encontraría ya más tranquilo. Para asegurarse de que no seguiría poniéndolo en evidencia, Monsieur de Montespan fue desterrado de la corte. Debía viajar a las tierras de su padre, que no podría abandonar sin expreso permiso del rey.

Una vez allí, fiel a su estilo, reúne a sus familiares, amigos y servidores y les anuncia la muerte de su esposa. Después solicita al sacerdote celebrar exequias por ella. 

Al día siguiente un extraño cortejo desfiló por los patios del castillo. Los niños del coro llevaban cirios y entonaban el De Profundis rodeando un ataúd negro forrado de tela. El féretro viajaba en una carroza cubierta de crespón de luto y extrañamente adornada con unos cuernos de ciervo. Detrás iba monsieur de Montespan acompañado por sus dos hijos, Louis-Antoine y Marie-Christine. 

Cuando llegó el momento de entrar en la capilla, ordenó abrir los portalones grandes. Como todos se sorprendieron ante esta nueva extravagancia, él explicó: 

—¡Mis cuernos son tan grandes que no pueden pasar por la portezuela pequeña! 

Ante las caras de circunstancias de los presentes, por fin el ataúd fue enterrado, grabándose sobre la piedra que lo cubría el nombre de madame de Montespan. 


El marqués se había tomado a la francesa el asunto. Cuando se tomaba a la española, las reacciones solían ser muy drásticas y llevaban su sello personalísimo. Fue en el mismo siglo, el jueves santo de 1637, cuando un escribano real, de nombre Miguel Pérez de las Navas, sospechando que su esposa a lo mejor le era infiel, decidió ejecutarla él mismo en su propia casa sin necesidad de más comprobación. Para ello aguardó piadosamente a que la desdichada se confesara y comulgara, dándole así la oportunidad de poner en paz su alma, y luego le dio garrote. 

Más dramático aún fue el caso de otro caballero que más o menos por entonces sorprendió a su mujer en flagrante adulterio, los entregó a ambos a la justicia y el juez se los devolvió para que se tomara el castigo por su mano. Los asistentes solicitaron clemencia, pero el marido no estaba por hacer concesiones: los degolló a los dos. Después empapó su sombrero en la sangre derramada y lo lanzó a la muchedumbre mientras les gritaba:

—¡Cuernos fuera!


miércoles, 22 de octubre de 2014

Zoe de Bizancio


Zoe era la segunda de las tres hijas de Constantino VIII, emperador de Bizancio. Había nacido en torno al año 978, cuando su padre ya ceñía la corona imperial. El Sacro Imperio Romano Germánico volvió sus ojos hacia ella al buscar una esposa para Otón III. Resultó elegida entre las tres hijas de Constantino debido a que era muy hermosa, mientras que la mayor tenía el rostro desfigurado por la viruela y la menor, Teodora, era muy fea. Tenía 23 años cuando emprendió el viaje para reunirse con su prometido, pero desafortunadamente, por el camino llegaron noticias de la muerte de Otón y Zoe hubo de regresar al hogar paterno.

No parecía que hubiera muchos más candidatos a su mano, así que ella y Teodora languidecían año tras año recluidas en el gineceo y detestándose mutuamente, a la espera de una nueva propuesta que nunca llegaba. Seguramente la princesa había abandonado ya toda esperanza cuando, cumplidos los 50, llegó una nueva embajada del Imperio en busca de esposa para el hijo del emperador, pero la edad del novio, un niño de solo diez años, hizo que tanto Constantino como su hija rechazaran la proposición. 

El emperador de Bizancio sentía próximo su fin y estaba preocupado por el asunto de la sucesión, de modo que ese mismo año mandó llamar a Romano Argiros, prefecto de Constantinopla, y le ordenó casarse con Zoe, de quien era primo tercero. Romano estaba casado ya, pero eso no importaba: también por orden del emperador, se divorció de su esposa.

Romano y Zoe se casaron el 10 de noviembre de 1028 en la capilla de palacio. Al día siguiente moría Constantino y los recién casados alcanzaban el trono.

La edad de los contrayentes era avanzada: si ella, aunque bien conservada, tenía 50, él contaba diez más. Pese a este inconveniente, ambos estaban empeñados en tener descendencia. El pobre Romano III se atiborraba de brebajes que le recetaban los médicos para favorecer sus propósitos, y Zoe, obsesionada por dar continuidad a su dinastía, se procuraba toda clase de amuletos mientras se sometía a extraños rituales mágicos que se suponían muy eficaces y milagrosos. Como nada dio resultado, Romano se rindió y se apartó de ella. 

Pero tras tan prolongada reclusión en el gineceo, la emperatriz había salido con todo el entusiasmo y la chispeante energía del champán al descorchar la botella; se sentía desatada y, en lugar de conformarse con la indiferencia de su marido, optó por buscarle un sustituto.

El elegido fue Miguel, hermano del eunuco mayor de palacio y nacido en el seno de una familia de campesinos, si bien no era el único galán con el que se la había relacionado. La situación era pública y notoria, aunque no se trataba de algo que molestara particularmente al esposo. Su resignación cristiana era tan grande que tal parecía ser uno de esos casos en los que el marido es el último en enterarse, hasta que su hermana acabó por ponerlo en antecedentes. 

Romano no se inquietó demasiado. Una noche, mientras estaba acostado con su esposa, hizo llamar a su rival para que le hiciera cosquillas en las plantas de los pies, algo que, al parecer, tenía por costumbre. Entonces le preguntó de sopetón si era el amante de Zoe. Naturalmente Miguel lo negó, y eso fue suficiente para zanjar la cuestión. Romano decidió creerlo.

El 11 de abril del año 1034 el emperador era encontrado muerto en su baño. Había sido asesinado a instigación de la esposa, que había conspirado con su amante para deshacerse de él. Ese mismo día, dicen que antes incluso de que el cadáver fuera retirado, ambos contraían matrimonio. Miguel se convertía en emperador y reinaba como Miguel IV.


Pero el nuevo emperador temía a su mujer. Pensaba que él podría correr la misma suerte que su antecesor, y para evitar riesgos procuraba excluirla de los asuntos políticos.

Miguel padecía de epilepsia, una enfermedad que había ido empeorando progresivamente. Minado por ella y por los remordimientos, se retiró a un convento y se hizo monje. Allí falleció el 10 de diciembre de 1041, mientras Zoe suplicaba a las puertas que la dejasen verlo por última vez. No quiso recibirla.

El hermano del emperador, que no deseaba perder su influencia y su poder, al percatarse de que a Miguel no le quedaba mucho tiempo de vida, hizo que Zoe adoptara a su sobrino, que se convertía así en el sucesor, Miguel V. Este, apenas subido al trono, tomó la precaución de desterrar a la emperatriz. Fue un error, porque la medida causó un levantamiento popular. A la gente no le gustó ver cómo se trataba a la última representante de la dinastía Macedónica, y al poco tiempo era destronado. El pueblo decidió entonces que Zoe y su hermana Teodora debían ser coronadas juntas.

Zoe contaba 64 años en ese momento, pero su ardor era incombustible. Resolvió que necesitaba un nuevo esposo y su elección recayó sobre un antiguo amante: Constantino Monomacos, 22 años más joven y del que se decía que era “hermoso como Aquiles”. El problema es que él tenía otra amante llamada María Skleraina y, como se resistía a abandonarla, la emperatriz no vio inconveniente en que la conservara a su lado después del matrimonio. Así que Constantino se instaló en sus aposentos imperiales teniendo a su derecha los de la emperatriz y a la izquierda los de María, que participaba junto a Zoe y Teodora incluso en ceremonias oficiales, con gran escándalo entre el pueblo. 


Zoe alcanzó la edad de 72 años. Su tercer esposo la sobrevivió aún por cuatro. A pesar de haber iniciado su vida pública cuando ya había dejado atrás su juventud, las crónicas describen la asombrosa belleza de la emperatriz, que ella procuró conservar haciendo preparar ungüentos y pociones en sus propios apartamentos de palacio.


martes, 14 de octubre de 2014

Juliano el Apóstata


Flavio Claudio Juliano, que reinó como Juliano II, nació en Constantinopla hacia el año 331, hijo de uno de los hermanos de Constantino el Grande. Solo contaba alrededor de seis años cuando, a la muerte de su tío el emperador, estuvo a punto de ser asesinado con toda su familia. Logró salvarse junto con su hermano Galo, aunque este perecería de todos modos años más tarde a manos de sus enemigos. Juliano pasó su infancia exiliado en Capadocia, privado de compañía adecuada a su edad y sin nadie en quien pudiera depositar su confianza.

Al cumplir doce años, se traslada a Nicomedia y se dedica al estudio. Desde un principio mostraba una marcada inclinación por la filosofía pagana. Deseaba convertirse en discípulo de Libanio, pero el nuevo emperador, su primo Constancio II, instigador del complot que había acabado con su familia, le prohibió asistir a sus clases. De poco sirvió la prohibición, porque Juliano estudiaba los apuntes que tomaban los alumnos del filósofo.

Tenía 23 años cuando su hermano fue asesinado. Su propia vida pendió de un hilo por espacio de seis meses, hasta que finalmente consiguió que le permitiesen viajar a Atenas para continuar sus estudios.

Sin embargo poco después era reclamado en Milán. Cuando acude recibe el nombramiento de César y el gobierno de las Galias, junto con una esposa: Helena, la hermana del emperador. De ese modo Juliano se instala en la ciudad que él siempre llamó su “querida Lutetia”, el núcleo de lo que un día llegaría a ser París, y se ocupa de las incursiones de los bárbaros. 

Juliano gozaba de gran popularidad entre el ejército, algo que alienta su imprudencia y despierta al mismo tiempo los recelos del emperador. Cuando Constancio prepara una expedición contra los persas, le ordena que le envíe un tercio de sus legiones, pero estas se sublevan; afirman que no irán si no es con Juliano al mando y lo proclaman Augusto. Este, sin embargo, se niega a rebelarse abiertamente contra el emperador y le envía testimonios de adhesión, algo insuficiente para detener un conflicto que tal vez hubiera desembocado en guerra de no ser porque el 3 de noviembre del 361 moría Constancio. 


Juliano se convertía así en su heredero y vestía la púrpura tras asistir a los funerales. Apenas proclamado emperador, restauró el paganismo, mandó abrir los viejos templos y hacer sacrificios a los antiguos dioses. Como en Constantinopla ya no había ningún templo pagano que revistiera suficiente importancia, decidió hacer un sacrificio en palacio, ante una estatua de la diosa Fortuna.

Pero Juliano no solo quería reinstaurar la antigua religión, sino renovarla según sus propios criterios. A tal fin reorganizó el clero para que pudiera competir con el cristiano, y enviaba a sus sacerdotes a predicar como hacían los cristianos. Su clero debía dedicarse con exclusividad al culto, sin poder realizar ninguna otra actividad remunerada. Faltar a los deberes religiosos era castigado severamente. En teoría había libertad religiosa, pero al mismo tiempo se ocupó con un edicto de que “todos los que se consagren a la enseñanza deben ser de buena conducta y no tener en su corazón opiniones contrarias a las del Estado”. Esto, desde luego, alejaba de la docencia a los cristianos. “Ahora que los dioses nos han devuelto la libertad es absurdo, a mi parecer, enseñar aquello en lo que no se cree”. La mayoría de cuantos profesaban el cristianismo se negaron a enviar a sus hijos a escuelas paganas, lo cual los situaba en un plano de desventaja cultural. Tampoco podían aspirar a ningún cargo en palacio, porque todos los servidores de Juliano estaban obligados a honrar a los dioses, medidas que en su conjunto fueron causa de muchas apostasías.

“Por lo que a mí concierne, por los dioses, no quiero que los galileos sean condenados a muerte, ni castigados injustamente, ni que deban sufrir ningún tipo de mal; pero, ciertamente, se ha de preferir a los adoradores de los dioses, y ello, declaro, es un deber absoluto”. Estos deseos de convivencia pacífica con los cristianos, sin embargo, no siempre pudieron verse cumplidos, y en ocasiones optó por las ejecuciones que hubiera deseado evitar. Además, sus medidas anticristianas fueron endureciéndose progresivamente, llegando a promover motines contra los galileos y a gravarlos con impuestos especiales.


El emperador continuó con la vieja tradición de celebrar hecatombes, es decir, ceremonias en las que se sacrificaban cien bueyes en cuyas entrañas leían los arúspices la voluntad de los dioses. Así se hizo cuando en 363 Juliano emprendió una campaña contra los persas. Reunió a los augures, que vaticinaron lo nefasto de una acción bélica. Curiosamente el emperador no tuvo demasiado en cuenta esta opinión, y acabó envuelto en una escaramuza con el enemigo. Durante el enfrentamiento que se produjo, una lanza entró por uno de sus costados y lo hería de extrema gravedad. Aunque pudo ser trasladado a su tienda aún con vida, nada se pudo hacer por conservársela.

No hay acuerdo con respecto a la procedencia de esa lanza que acabó con el emperador. Muchos afirmaron que partió de entre sus propias filas, fruto de un complot de uno de sus generales. Según otras opiniones, fue un cristiano quien la arrojó, y cuenta la leyenda que Juliano, al caer del caballo, alzó sus manos al cielo y exclamó: “¡Venciste, galileo!”. Otros, en cambio, afirman que sus palabras fueron: “¡Helios, tú me has perdido!”, algo mucho más acorde con sus propias creencias, que le hacían proclamarse descendiente del dios Sol.



domingo, 5 de octubre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (V)



La policía volvía a perseguir al fugitivo. En mayo de 1809 el ruido le despierta cuando irrumpen en su casa. Tiene el tiempo justo de escapar y vuelve a disfrazarse para pasar desapercibido. Acude a casa de un curtidor del que pretende que le consiga un pasaporte falso, pero a su amigo no le interesa dar cobijo a un hombre que estaba siendo buscado por todo Paris. A las tres de la mañana se presentan los gendarmes a prenderlo. Vidocq corre en camisa hacia el granero, y desde allí trepar al tejado, pero ya no irá más lejos. Es obligado a bajar para ser conducido a prisión. Es entonces, cuando todo parece que se le ha puesto en contra, cuando va a alcanzar un gran logro. 

Vidocq dirige una carta a Dubois en la que vuelve a proponerle un trato, y esta vez es escuchado. El prefecto de policía de París consintió en ponerlo a prueba, y gracias a su colaboración pudieron prender a algunos malhechores peligrosos. Satisfechos con su labor, lo envían a prisión, donde permanece año y medio como agente secreto con apariencia de simple prisionero. Al cabo de ese tiempo, impresionados por sus éxitos, el nuevo prefecto de policía llega a la conclusión de que Vidocq les será de mucha más utilidad aún si lo ponen en libertad.

Una vez libre, comenzó trabajando solo, pero después tuvo otros agentes a sus órdenes, hasta un total de doce, y con ellos ejerció como policía en París. Era excepcional en el desarrollo de su trabajo: descubría pistas en las que ningún otro especialista de la época había pensado hasta entonces; tenía un olfato especial para rastrear el crimen e iba a revolucionar las técnicas policiales sentando las bases de la moderna investigación criminalística. 


Vidocq fundó la primera agencia de detectives privados, y además llegó a ser el primer director de la Sûreté Nationale. No se conformó con eso: fue editor, y novelista; continuó viviendo una vida agitada, al compás de los tiempos revueltos que le tocó vivir. 

El resto de sus aventuras dan para mucho, pero por el momento nos conformamos con ver cómo ha llegado a pasar de ladrón a policía. Detendremos aquí el relato de su vida, porque la próxima semana se hará preciso pasar a otros asuntos.