sábado, 27 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (IV)


«Después de mi última fuga, en el año VII [1799], me trasladé a Lyon, donde tuve que codearme con muchos evadidos y liberados que quisieron arrastrarme al mal. Pero, llevado de mis deseos de poner fin a sus presiones, me dirigí al señor Dubois, prefecto del Ródano. Le expliqué mi posición y le propuse detener a un buen número de los evadidos. Él comenzó por preguntarme qué garantías podía darle respecto a la sinceridad de mis promesas, y yo le contesté que sólo podía darle mi palabra de honor. Entonces el señor Dubois me dijo que no tenía más remedio que ordenar mi detención, pero que si yo conseguía evadirme de manos de los agentes que me condujeran, aceptaría mi propuesta. Y, en efecto, apenas salí de la prefectura, dejé en una esquina a los agentes que me llevaban.

»Pocos días después, más de veinte criminales fueron detenidos, incautándoseles objetos robados y una enorme cantidad de herramientas, de las usadas por los ladrones; varios encubridores famosos sufrieron la misma suerte. Poco más tarde, los dos hermanos Quinay asesinaron a una mujer en la calle Belle-Cordelière de Lyon, donde hacía dos meses que los buscaban inútilmente; pero yo los puse en manos de la autoridad en pocos días. Todos estos hechos son ciertos y pueden ser confirmados por el señor Garnier, antiguo comisario de la policía de París, que entonces era secretario general de la prefectura del Ródano.

»Después de otras operaciones muy importantes, conseguí un pasaporte y me puse al servicio de Holanda. Alcancé el grado de oficial de marina, pero descubrieron mis antecedentes y me vi obligado a dejar ese país y el cargo bastante alto que supe ganarme allí.»

En Lyon se había convertido en agente secreto. Tenía dos sueños: uno era contribuir a una reforma de la justicia, cuyas deficiencias había sufrido en propia carne; el otro era ayudar a llevar una nueva vida a aquellos reclusos que salían de prisión, para que no se vieran obligados a seguir aquel círculo vicioso en el que él mismo había caído. Pero primero tenía que lograrlo él, y no iba a ser un camino fácil. Oficialmente aún era un proscrito, condenado a ocho años de trabajos forzados y buscado por haberse evadido. Su colaboración temporal y clandestina con la policía no había solucionado sus problemas.


Decide viajar a Arras, donde espera llevar una existencia tranquila junto a su madre. Era mucho esperar. Es reconocido durante el transcurso de un baile al que acude disfrazado de marqués. Nuevamente se escapa, consigue un pasaporte falso que le proporciona un amigo y va a París. Allí encuentra trabajo junto a una mujer que vende mercancías en ferias y mercados. El problema es que ella se siente muy atraída por Vidocq y pretende convertirlo en su amante, mientras que él, aunque con gustos muy amplios en cuestión de mujeres, encuentra que su patrona no entra en ellos. Termina sucumbiendo cuando no ve mejor alternativa, pero no podía pedírsele que además le fuera fiel, y pronto la engaña con una de las chicas que trabajan en el taller. Ella se entera y se enfurece tanto que Vidocq decide poner pies en polvorosa para evitar cualquier idea de venganza. No tiene más remedio que regresar a Arras.

Durante unas semanas lleva en Arras una vida relativamente tranquila, entregado a diversiones inofensivas. Hace una nueva conquista, y esta vez se trata precisamente en la hija de un gendarme. Según Vidocq, la joven reunía el doble mérito de ser “una amante exquisita y un magnífico agente de información”, al proporcionarle todo tipo de detalles sobre cuanto se tramaba contra él en la comisaría.

La inconstancia de sus afectos volvía a procurarle la desgracia al poco tiempo, porque la novia, al saberse engañada, lo denuncia. Vidocq tiene el tiempo justo de arrojarse al río para escapar a los ocho guardias que venían a por él. 

Un año más tarde se encuentra en Rouen, donde regenta una mercería. El negocio marcha bien, y Vidocq, que ha encontrado una pareja estable, goza de buena reputación. Pero entonces, una fatídica noche, encuentra a su amada en brazos de otro hombre. Es el fin de la relación; ambos dividen los bienes que habían compartido y él se marcha de la ciudad para instalarse en Versalles. Allí abre una tienda, un negocio que también funciona debidamente y que parecía señalar el fin de sus calamidades, pero eso era demasiado esperar. En la feria de Nantes se encuentra con un viejo conocido que le guarda rencor, y pronto se ve denunciado y detenido. Lo llevan a Saint-Denis. Protagoniza un nuevo intento de evasión que no culmina con éxito debido a que se lesiona un pie. Conducido a la ciudadela de Bapaume, se escabulle aprovechando un tumulto de prisioneros y guardias en el patio, y abandona el lugar escondido debajo de un carruaje.


En una taberna conoce a un corsario, el capitán Paulet, que está celebrando una captura reciente. Seducido por los relatos del capitán, Vidocq decide enrolarse, pero su expedición no tendrá la misma suerte: terminará con un encuentro con un barco inglés, y un abordaje que causará doce víctimas. Es suficiente para que se dé cuenta de que no está hecho para ser un pirata, así que se apodera del pasaporte de uno de los fallecidos y se enrola en una compañía de cañoneros con el nombre de Lebel. Desde un principio destaca por su valentía, algo que le vale ser admitido en una sociedad secreta militar que era una especie de masonería cuyo objetivo era extender su influencia entre los mandos del ejército y del Estado. 

Pero también pretende reclutarlo el llamado Ejército de la Luna, una asociación criminal mucho más peligrosa cuyo jefe era un estafador, antiguo recluso de Tolón. Vidocq rechaza las invitaciones del tal Fessard para participar en sus fechorías, algo que lo conducirá nuevamente a la perdición. Fessard lo denuncia; lo acusa de una minucia a modo de advertencia, y Vidocq para 24 horas en arresto preventivo. El castigo era leve, pero durante ese tiempo los gendarmes averiguan su verdadera identidad. Las cosas se habían puesto lo bastante feas como para que deba tomar la determinación de huir.

La suerte seguía sin estar de su parte, y durante un alto del camino es detenido durante un registro rutinario. Al ser trasladado a prisión vuelve a encontrarse con el procurador general Ranson, responsable de su vieja condena a ocho años de trabajos forzados.

Vidocq decide solicitar un indulto, pero la respuesta no termina de llegar. Él se desespera y el 28 de noviembre de 1805 se arroja al río y logra cruzar a la otra orilla. La policía le persigue mientras huye disfrazado de militar.

Llega a París, y allí toma el traspaso de una tienda de sastrería. Sin embargo, no puede desprenderse de su pasado. Aparecen de nuevo dos viejos conocidos que pretenden que participe en sus planes delictivos. O los ayuda, o lo denuncian. Vidocq se libra de ellos dándoles 50 francos, pero sabe que es sólo un respiro momentáneo, y que volverán. No se equivoca. Sus antiguos camaradas pretenden que les compre la mercancía que roban y que luego él la venda en las ferias. Además se llevan su carro para realizar sus oscuros manejos. Un día Vidocq observa que hay sangre cuando se lo devuelven. Se entera de que han asesinado a un carretero y han transportado el cadáver en su carruaje. Para que el vehículo no se convierta en una prueba de peso contra él, lo lleva a un lugar apartado y allí le prende fuego.

Pero no logra deshacerse con igual facilidad de los dos criminales, cuyas exigencias cada vez son mayores. Vidocq no ve otra salida que recurrir por segunda vez a aquella acción audaz y presentarse ante el jefe de la División de Seguridad. Se entrevista con él y le propone que le firme un salvoconducto con el que pueda permanecer a salvo en París a cambio de información sobre los muchos bandidos que infestan la ciudad, pero el policía no acepta. Quiere primero la información, y calibrar su relevancia antes de hacer un trato que le repugna.

Sin obtener un acuerdo, Vidocq regresa con las manos vacías, obligado a continuar bajo el chantaje de los bandidos con los que se cruza.


Continuará


jueves, 18 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (III)


Naturalmente Vidocq no podía llegar muy lejos. Era imposible librarse tan fácilmente de la acción de la justicia, y pronto era puesto a buen recaudo en un calabozo del que logrará evadirse tan sólo para terminar regresando a él. Su condena se agrava y se le ponen grilletes en manos y pies. Pero Eugène era irreductible; no dejaba de pensar en el modo de alcanzar de nuevo la libertad. Lo consiguió durante un interrogatorio, apoderándose de una capa y un sombrero de gendarme con los que salió sin ser molestado por la puerta de la prisión.

Francine vuelve a acogerlo, pero él la engaña con un nuevo amor, una traición que pagará muy caro. Se hallaba en brazos de su nueva conquista cuando aparece un grupo de gendarmes. Francine, despechada, se vengaba de él acusándolo de haber intentado asesinarla. 

Vidocq lucha por demostrar su inocencia, aunque, dado su historial carcelario, teme que no lo crean. Convencido de tener las probabilidades en su contra, decide evadirse nuevamente. Sueña de nuevo con viajar a América; quiere enrolarse en alguno de los buques a punto de zarpar, pero no es admitido. Necesita dinero para sobrevivir, y no encuentra otra salida más inmediata que dedicarse al contrabando. Obtiene poco provecho de ello y decide regresar a Lille, aunque nunca llegará: es detenido a las puertas de la ciudad.

La imaginación estaba siempre de parte de Vidocq, junto con una extraordinaria habilidad para disfrazarse. Los métodos que llegó a idear para evadirse son asombrosos, y no le costó esta vez volver a obtener el éxito con ellos. Desde allí fue a enrolarse en un regimiento de húsares adoptando el apellido Lannoy. Lamentablemente para él, había llegado a hacerse demasiado conocido para los gendarmes. Uno de ellos le reconoce y Vidocq ha de volver a prisión. Lo encierran en la cárcel de Douai, y allí se entera de que sus antiguos compañeros falsificadores lo acusan a él de ser el único responsable. El 27 de diciembre de 1796 comparece ante el tribunal y contempla cómo sus cómplices, a excepción de uno, son absueltos, mientras que él es condenado a ocho años de trabajos forzados. Él sólo tiene 21.


Esta vez parece imposible evadirse, incluso para él. Los presos van en cadena, sujetos de dos en dos por un brazalete de hierro y arrastrando cada uno una pesada bola. Pero Eugène es hombre de recursos: uno de sus compañeros, Desfosseux, esconde en el recto una provisión de limas y sierras con las que logran desprenderse de sus cadenas al entrar en el bosque de Compiègne. A una señal de Vidocq, los reclusos se vuelven contra los gendarmes. Dos de los presos mueren en la refriega, otros cinco resultan heridos y el resto se ve obligado a rendirse.

Vidocq llega a la prisión que le estaba destinada entre severísimas medidas de seguridad. Pero él no quiere resignarse a cumplir tan dura condena, de modo que, con las últimas monedas que le quedan, consigue un uniforme de marinero y se disfraza con su habilidad habitual. Así sale nuevamente por la puerta de la prisión, no sin antes permitirse la osadía de pedirle al portero fuego para encender su pipa.

En su huida atraviesa una región que le resulta desconocida, lo que no facilita sus propósitos. Se encuentra con unos gendarmes y, aunque afirma llamarse Augusto Duval, acaba en prisión mientras la policía investiga acerca de su identidad. Entonces se inventa una dolencia capaz de hacer que los médicos decidan trasladarlo al hospital. Allí le será más fácil fugarse. Lo hace disfrazado de monja, con los hábitos de una de las religiosas que atendían a los enfermos en el hospital. “Sor Francisca”, como elige llamarse, se va sin despertar sospechas.

Aún con su disfraz de monja, encuentra empleo por un tiempo como ama de llaves en la casa de un cura de aldea. Los hábitos le resultaban muy útiles, pero al mismo tiempo le obligaban a una castidad que encontraba difícil de sobrellevar. Una vez, alojado con una familia de labradores, al llegar la hora de acostarse se le ofreció a la supuesta religiosa compartir el lecho con dos de las hijas, ambas muy bonitas. Vidocq resiste estoicamente la tentación, pero cuando amanece decide que resulta imperativo recuperar su identidad masculina, para lo cual debe alejarse de la zona del presidio y acercarse a París.


Por fin, durante el camino, se siente lo bastante seguro para cambiar los hábitos de monja por un disfraz de campesino con el que encuentra ocupación como pastor que ayuda a conducir unos bueyes hasta París. Una vez allí, sin embargo, se da cuenta de que no está seguro, y que sería más prudente regresar a su Arras natal. Como necesita un trabajo, se le ocurre que le iría bien el de sacristán. Además desempeña también la tarea de maestro de escuela, algo que le resulta muy satisfactorio, porque tiene algunas alumnas que son lindas jovencitas y acogen favorablemente sus avances. Pero una noche es sorprendido con una de ellas por unos mozos de la comarca que se lo toman muy a mal y la emprenden a golpes con él. Vidocq se ve obligado a marcharse.

Se traslada a Holanda, donde se enrola en barcos piratas de poca monta. Así iba sobreviviendo hasta que un control policial le puso de nuevo en apuros. Es detenido y, descubierta su verdadera identidad, lo envían a prisión. Las medidas de seguridad son impresionantes esta vez: se ordena que sea puesto el primero de la cadena de reclusos, acoplado a un célebre bandido mediante esposas y doble collar.

Tras un penoso y largo viaje, llegan a Tolón. Las condiciones en esa prisión eran peores que nunca, insportables; y la fuga también era más difícil. Vidocq se dedica a ganarse las simpatías del tío Mathieu, jefe de los guardias, hasta convertirse en su protegido y conseguir que lo envíen al hospital. Allí recurre nuevamente a su arte con los disfraces para hacerse pasar por el médico, pero cuando intenta abandonar la prisión es descubierta la fuga; suena la alarma y se escuchan voces gritando que se ha escapado un preso. Vidocq, reuniendo toda su sangre fría, se suma a esas voces, como si fuera uno de los perseguidores en lugar del perseguido.

—¡Corred, corred, que se escapa un preso del hospital! ¡Venid, por aquí, rápido!

De nada sirvió su argucia, porque era descubierto y devuelto a su celda.


Ni las dobles cadenas lograban doblegar su espíritu. Totalmente resuelto a evadirse a cualquier precio, consigue que lo liberen de los grilletes que lo encadenaban a su celda para realizar los trabajos forzados. Esto le permitía encontrarse en el exterior de la prisión, y de ese modo le sería más fácil la fuga.

Una vez más lo consigue, y huye a través de Tolón. No había franqueado las puertas de la ciudad cuando unos cañonazos advertían de su huida, pero aún no está todo perdido: Vidocq recurre a una mujer que lo alberga en su casa y le ofrece ayuda para salir de allí.

Por el camino, ambos se cruzan con un entierro, y Vidocq se mezcla con el cortejo, fingiendo profundísimo dolor por aquel difunto al que no había visto en su vida. Acompaña al féretro hasta el cementerio, situado convenientemente fuera de la ciudad, y entonces desaparece.

Va camino de Lyon, pero durante la noche se refugia en un lugar de mala reputación donde es reconocido por unos antiguos reclusos que le proponen participar en algunos golpes que planean. Él no quiere; no desea ser un criminal ni continuar con aquella vida a la que se ve encadenado. Sus colegas se toman muy a mal el desaire de su negativa. Lo denuncian, y ello provoca que sea detenido y encarcelado de nuevo.

Vidocq se desespera. Ve claramente que se verá siempre sometido a este chantaje a menos que se pase al otro bando. Aunque, naturalmente, es una locura pensar siquiera que sería admitido en él…



Continuará.


jueves, 11 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (II)


En aquel tiempo el feroz Lebon gobernaba Arras. La madre de Vidocq recurre a su adjunto, Chevalier, para que interceda ante él, pero sin demasiado resultado. La salvación vendría para Eugène de la mano de una mujer: Ana María Luisa, la hermana de Chevalier, que se muestra más que sensible a los encantos del prisionero y logra convencer a su hermano.

Vidocq regresa al ejército, donde sus muchas cualidades para la vida militar le valen el grado de oficial. Vuelve a combatir a los austriacos y se enamora de una joven llamada Delfina. Está a punto de comprometerse con ella cuando se entera de que, lejos de ser el dechado de virtudes que él imaginaba, había mantenido relaciones con otros militares.

Más tarde se entera de que Ana María espera un hijo suyo. No cabía esperar que Chevalier tolerase que su hermana fuera abandonada en tal estado, de modo que Eugène no tiene otra alternativa que casarse con ella. Acaba de cumplir 19 años cuando se ve obligado a pasar por el altar el 8 de agosto de 1794.

Puesto que Ana María ha logrado su propósito, ya no ve la necesidad de seguir fingiendo algo que no tardaría en descubrirse, y le confiesa toda la verdad: no viene ningún niño en camino; todo fue una treta suya para conseguirlo por marido.

Con semejantes comienzos, el matrimonio estaba destinado a salir mal. Las desavenencias no tardan en surgir. Ella, que lleva una mercería, es derrochadora y frívola, y él vuelve a alistarse en el ejército para huir de su realidad cotidiana.


Pocos días después, aprovechando que lo envían a Arras con una misión, va a hacer una visita a su esposa, pero se lleva una desagradable sorpresa. Nota que tardan mucho en abrirle; se oye ruido en una ventana, seguido del que hace alguien al saltar a la calle. Eugène persigue al militar intruso, lo alcanza y lo reta para el día siguiente, pero interviene el poderoso Chevalier y Vidocq se ve obligado a retirarse discretamente y regresar con el ejército a Tournai.

Cuando llega, el general al que debe dar cuenta de su misión ha partido hacia Bruselas. Vidocq va a buscarlo, pero no lo encuentra; ha emprendido ya el camino a París. Ahora Eugène es un oficial sin regimiento, dedicado al juego y al amor. Acaba por ser detenido, y para evitar nuevos problemas adopta el apellido Rousseau. Después regresa a Bruselas con la falsa documentación que han fabricado para él, gracias a la cual aparece como soltero.

Como no tiene dinero, unos compañeros de juego le sugieren la solución. ¿Por qué no seguir con las falsificaciones para resolver también sus problemas económicos? Podría elaborarse una hoja de ruta a nombre de Rousseau, teniente de Cazadores “que viaja en su caballo y tiene derecho a alojamientos y a suministros”. Eugène acepta el plan y respira tranquilo, sin saber que aquello no iba a salirle gratis.

En Bruselas se aloja en casa de una rica baronesa viuda que cae rendida ante sus encantos, y sus amigos ven en ello su fortuna. Pretenden casarlo con su anfitriona, y de ese modo, cuando Eugène entrara en posesión de las riquezas de su esposa, ellos sacarían su buena tajada. Vidocq se resiste cuanto puede; no le apetece nada, pero finalmente debe claudicar. Todo estaba ya dispuesto para la boda cuando una serie de incidentes obligan a sus malas compañías a abandonar la ciudad. Es entonces cuando Eugène se sincera con la viuda y le confiesa que es un desertor que ha dejado una esposa en Arras. Debió de explicarse con suma maestría, porque su enamorada baronesa no se lo toma a mal. Por el contrario, en el momento de separarse le regala un cofrecillo con quince mil libras. Por fin, con esa suma, puede hacer lo que siempre ha querido: irse a París.


Llega a comienzos de marzo de 1796, pero no tarda en arruinarse debido a su marcada tendencia hacia cierto tipo de mujer. Se convierte en amante de Rosina, quien no sólo lo engaña con todo aquel que puede, sino que le saca todo el dinero que Eugène ha obtenido de la baronesa.

Vidocq viaja entonces a Lille. Allí desempeña algunos trabajos temporales para subsistir y comienza una relación con Francine, la cual, por supuesto, lo simultanea con otros amantes a pesar de todas sus promesas de fidelidad. Una noche Vidocq la sorprende cenando en público con un capitán de ingenieros y, furioso, le propina una paliza al militar. Su arrebato le valió una condena a tres meses de cárcel. 

Sus condiciones en el llamado “tragaluz” de la prisión eran bastante buenas, y hasta podía recibir las visitas de Francine. Allí, además, conoce a bandidos de todas clases, de los que aprende a despojar al prójimo, engañar a la policía y escaparse cuando las cosas se ponen feas. Dos de los prisioneros maquinan un plan de fuga para un tercero, que a cambio los recompensaría generosamente. La idea era falsificar una orden de puesta en libertad. A Eugène le faltaban pocos días para terminar de cumplir su condena. No le convenía involucrarse, pero lo hace porque la pena que le ha sido impuesta a aquel hombre, sentenciado por robar cereales para alimentar a sus hijos, le parece injusta. Vidocq es un bribón, un aventurero, pero no un desalmado. Llevado por ese impulso, permite que todo ello se redacte en su habitación, y, para dar autenticidad al documento, les presta un sello militar que conserva. Desde el exterior, otro cómplice, disfrazado de oficial, muestra el documento al conserje, y al poco tiempo el preso logra abandonar su celda.

Al día siguiente un inspector descubre el engaño. El prisionero es detenido de nuevo en su casa e incomunicado en la prisión. Al ser interrogado, delata a todos sus cómplices, entre ellos Eugène. Las cosas pintan muy mal para él, y comprende que lo único que cabe hacer en tales circunstancias es evadirse. 

Encuentra una estupenda colaboradora en Francine, que cuando le visita le lleva en pequeños paquetes disimulados las prendas que componían el traje que vestían los inspectores de prisiones. Así, el día fijado, se disfraza y abandona de esa guisa la prisión mientras el verdadero inspector procedía a la revisión semanal de la torre.

Lo primero que hace es ocultarse en casa de una amiga de Francine, pero no aguanta mucho tiempo recluido. Cuando abandona su escondite, tiene la mala fortuna de ir a topar con un agente al que había conodido en la cárcel. Con mucha astucia, consigue que le acompañe a casa de Francine con el pretexto de que desea despedirse de ella antes de volver a prisión. Allí se sientan a la mesa para obsequiarse con la última copa en libertad. Francine, que comprende bien la treta y las disimuladas instrucciones de su amante, aprovecha el abrazo de despedida para deslizar en su bolsillo un paquete que contiene ceniza. Vidocq acompaña entonces al agente, pero antes de llegar a la prisión, en una calle solitaria, arroja la ceniza a los ojos del policía y se escabulle hacia el lugar en el que había permanecido refugiado los primeros días.


La policía lo busca sin tregua. El propio comisario Jacquard ha convertido en una prioridad su captura y dirige personalmente los registros. Vidocq se divierte de lo lindo viendo este halagador despliegue. Una vez más, se disfraza y se mezcla entre la gente, llegando al extremo de presentarse ante el comisario para proponerle atrapar a Vidocq cuando regrese al escondite que suele utilizar. Les advierte que el fugitivo es un tipo muy peligroso, por lo que sería conveniente tenderle una emboscada en un gabinete que constituía, según él, un inmejorable puesto de observación.

Jacquard y sus agentes muerden el anzuelo y van a instalarse allí. Cuando se encuentran en el interior, Eugène los encierra con doble llave y se despide gritándoles:

—¿No buscabais a Vidocq? ¡Pues es Vidocq quien os mete en la jaula!


Continuará


sábado, 6 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía


“Nací en Arras. Como mis continuos disfraces, la movilidad de mis acciones y una habilidad especial para caracterizarme, dejan alguna duda sobre mi edad, no será ocioso declarar aquí que vine al mundo el 23 de julio de 1775, en una casa vecina a aquella en que, 16 años antes, nació Robespierre. Era de noche…, llovía…, retumbaban los truenos y una parienta que acumulaba las funciones de comadrona y de sibila vaticinó que mi vida sería muy tormentosa.”

No se equivocaba la mujer: pronto comenzó a manifestarse que la vida de Eugène François Vidocq iba a ser una aventura interminable. Hijo de un panadero, sus padres no eran capaces de enderezar los pasos de este niño que, ya desde su más tierna infancia, era el terror del barrio. No le gusta el oficio de panadero que su padre trata de inculcarle; él prefiere los juegos, los deportes violentos, y pronto se apasionará también por las chicas. A los trece aprende a manejar el florete y la espada con los militares de la guarnición cuya compañía busca con asiduidad. No es buen estudiante; en cambio aprovecha maravillosamente las lecciones de esgrima que recibe de ellos. 

Eugène sigue el penoso ejemplo de su hermano mayor y comienza a hurtar dinero del cajón de su padre. Éste había sorprendido las fechorías de su primogénito y decidió enviarlo a Lille para ponerlo a trabajar con un jefe que fuera capaz de quitarle las ganas de volver a hacerlo. Luego, para evitar que el menor cayera también en la tentación, cerró con dos vueltas el cajón donde guardaba sus ganancias. Lamentablemente de nada sirvieron sus precauciones, porque Eugène utilizaba un palito embreado para hacerse con las monedas que pasaban por el hueco. Cuando no lograba bastante de ese modo, recurría a una llave falsa de fabricación propia. Si faltaba el dinero, se apoderaba de las mercancías para revenderlas, hasta que un día fue descubierto por su madre cuando dos pollitos que había escondido en el pantalón lo delataron al piar.

Para Eugène había llegado el momento de dar un gran golpe, y así lo planea con sus amigos. Se apodera de los cubiertos de plata y con lo que obtienen por ellos se dedican a divertirse en la taberna. Pero el dinero se terminó, y como no se atrevía a regresar a casa, emprende una vida de vagabundo que dura tres días. El final de la aventura llegó cuando dieron con él los gendarmes a los que su padre había alertado. Los guardias lo conducen a la prisión de Les Baudets, donde el panadero pidió que lo encerraran una semana para darle una lección. Tratándose de Eugène, tan corto periodo era un evidente error de cálculo, pero el pobre hombre aún no lo sabía.


Su estancia en la cárcel lo convirtió en una especie de héroe para sus malas compañías, y ello hará que lo empujen a llegar más lejos y urdir un plan para conseguir más dinero de su padre. Tenía quince años cuando un día uno de sus amigos se presentó ante su madre para representar la comedia ideada: la convenció de que su marido estaba en peligro en esos momentos, amenazado por unos malhechores al otro lado de la ciudad. Era preciso entregarles lo que pedían a cambio de su vida. La mujer, terriblemente desazonada, va en busca de su hijo, y ambos se ocupan de entregar las dos mil libras supuestamente exigidas por los bandidos ficticios. 

Pero esta vez hay algo diferente: Eugène siente remordimientos. Considera que ha llegado demasiado lejos, y además sabe que esta vez su acción tendrá consecuencias cuando se descubra la trama. Huye y busca en Calais un barco que zarpe hacia América, donde quiere hacer fortuna, pero no puede pagar el pasaje y se desplaza a Ostende esperando encontrar algo más asequible.

Una vez en Ostende, hace amistad con un individuo de costumbres igual de penosas. Ambos se dirigen a la taberna y buscan la compañía de algunas mujeres. Saciado de placeres, Eugène se durmió sin saber que le aguardaba un despertar mucho menos agradable: cuando abrió los ojos se encontró medio desnudo en un mal rincón del puerto, y además sin apenas dinero. Con las escasas monedas que le quedan alcanza a duras penas a pagar al posadero y poder así vestirse con las ropas que éste le retenía, puesto que le habían robado el traje que llevaba puesto la noche anterior. 

Era el fin de su sueño de embarcarse rumbo a otro continente. La única solución que se le presenta ahora es conseguir ganar suficiente dinero para devolver lo sustraído a su padre. Con esa idea en mente se enroló con una compañía de saltimbanquis. Su tarea consistía en limpiar las jaulas, pero pronto le proponen convertirse en acróbata. Aunque Eugène lo intenta, el entrenamiento era tan duro que prefiere volver a dedicarse a los animales.


Su aventura con los saltimbanquis termina cuando pretenden que interprete el papel de negro antropófago, embadurnado con hojas de nogal, comiendo carne cruda y bebiendo sangre para convencer al público. Eugène se marcha y encuentra empleo como ayudante de una pareja que tiene un teatro de marionetas. La mujer, Elisa, sólo cuenta 16 años, y surge el romance; pero, ¡ay!, el marido no era ciego. Un día los descubrió a ambos y al jovenzuelo no le quedó otra opción que emprender la huida.

Eugène decide regresar a su ciudad natal. Para subsistir por el camino, trabaja como mozo de carga con un médico bastante extravagante. Así pudo llegar a Arras y reencontrarse con sus padres, que le perdonaron.

Para las jovencitas de la localidad, su regreso fue todo un acontecimiento. Se lo disputaban, y al final fue una actriz quien se hizo con el trofeo. Ambos se fugan a Lille, pero cuando ella se queda sin recursos, Eugène se ve obligado a volver a casa. Tiene 16 años y ya sabe lo que quiere ser en la vida: ingresará en el ejército.

Vidocq se incorpora al regimiento de Borbón en marzo de 1791. Pronto iba a ganarse una reputación temible, a base de desafiar a todo aquel con el que reñía. En cuestión de seis meses mantuvo quince duelos y dio muerte a dos hombres.

En el campo de batalla mostraba un valor singular, lo cual le valió ser ascendido a cabo de granaderos; pero, por desgracia, su carácter volvía a jugarle una mala pasada: Eugène está a punto de comparecer ante un consejo de guerra por haberse peleado con un sargento, de modo que deserta y se enrola en el 11º de los Cazadores. Participa gloriosamente en la batalla de Jemmapes cuando se entera de que le están buscando por desertor. No cabe más que la huida de nuevo, ni ve otra opción que pasarse temporalmente a los austriacos, pero pronto regresa con la caballería ligera francesa. Por fortuna puede beneficiarse de una amnistía, y así reunirse con sus antiguos Cazadores.


Resulta herido en combate y es trasladado a Arras mientras permanece convaleciente, una época que dedica a conquistar mujeres. Debido a uno de estos lances galantes reta a un rival y eso hace que sea arrestado y conducido a la prisión de los Baudets. Era una época en la que resultaba sumamente fácil terminar en la guillotina, y en especial desde esa cárcel. Vidocq tenía muchas probabilidades, puesto que su rival lo había denunciado como enemigo del Régimen.



Continuará