domingo, 25 de mayo de 2014

Juana II de Nápoles


Juana II de Anjou-Durazzo era hija de Carlos III de Nápoles, también llamado Carlos el Breve. Nació en Dalmacia entre 1371 y 1373, antes de que su padre conquistara el trono con la ayuda del rey de Hungría, y pasó sus primeros años en Nápoles, al cuidado de la entonces reina Juana I.

Era apenas una niña de ocho o diez años cuando hubo de emprender viaje para reunirse con su padre, a punto de invadir aquel reino. El 16 de julio de 1381, Carlos se hacía con el control de Nápoles. La reina era hecha prisionera y meses más tarde sería ajusticiada junto con su esposo.

Juana se convertía en hija del nuevo rey, uno de los pocos atractivos que cualquier candidato a su mano hubiera podido encontrar en ella. En realidad no era bonita ni tenía especiales talentos, excepto para la danza, su gran pasión.

Su padre no duró mucho en el trono que había usurpado. A la muerte del rey de Hungría fue elegido como su sucesor. Carlos se desplazó hasta allí dejando en Nápoles a su mujer y a sus dos hijos: Juana y Ladislao; pero una conspiración promovida por los partidarios de la reina viuda de Hungría y del candidato rival acabó con su vida al cabo de unos meses. Una noche fue atacado por el copero real, que actuaba por orden de uno de los más íntimos colaboradores de la reina. Resultó gravemente herido y moría poco después.

La madre de Juana, Margarita de Durazzo, hizo coronar a su hijo Ladislao y ejercía como regente cuando los partidarios del difunto Carlos lograban hacerse con el control y le enviaban la cabeza del asesino. La reina viuda de Hungría no correría mejor suerte: iba a ser estrangulada por uno de sus carceleros en la celda donde la retenían prisionera, y ante los ojos de su propia hija.

En Nápoles Ladislao hubo de hacer frente a un periodo agitado en el que continuaban las conspiraciones de la facción rival húngara, algo que llenó de vicisitudes la propia vida de Juana. La joven tan pronto era asediada en una fortaleza como se veía obligada a buscar refugio en un convento; se la veía en los campamentos militares, entre los soldados, y también en la corte disipada de su hermano. Así alcanzó la edad de 32 años antes de que le encontraran un esposo capaz de representar una alianza adecuada. Este era Guillermo, hijo del duque Leopoldo III de Austria.

Tres años después de la boda, Juana enviudaba y regresaba a Nápoles, donde en 1414, a la muerte de su hermano Ladislao sin descendencia, heredaba la corona. Corrió el rumor de que el rey había sido envenenado, pero nunca pudo probarse.

La conducta de la nueva reina no fue más ejemplar de lo que había sido la anterior corte. Uno de sus favoritos en aquel tiempo era Pandolfo Alopo, al que por sus muchos atractivos había ascendido de simple copero a gran senescal. Su influencia sobre ella era tan grande que prácticamente gobernaba en su nombre, y tal acumulación de poder suscitaba toda clase de odios y rivalidades.

El senescal pronto iba a medir fuerzas con el condotiero Sforza, cuyo verdadero nombre era Jacopo Attendolo, un miembro de la pequeña nobleza rural de faenza que se había alistado en una de las compañías de aventureros siempre dispuestos a luchar bajo cualquier bandera si se les pagaba bien. Por su habilidad, su tenacidad y su gran valor en combate se ganó el sobrenombre de “Sforza”, que después llevaría todo su linaje.

La rivalidad entre ambos favoritos causaba tantos disturbios y disensiones que los nobles napolitanos estimaron conveniente que Juana contrajera un segundo matrimonio con algún príncipe extranjero capaz de ofrecerles suficiente protección contra las ambiciones de estos y otros caballeros. El elegido fue Jaime de Borbón, conde de La Marche, emparentado con el rey de Francia. Jaime llegó entre un brillante séquito de caballeros franceses y se celebró la boda con toda magnificencia.


No es que el esposo desconociera la reputación de la mujer con la que se casaba, pero aun así, lo que encontró superó con creces sus peores expectativas. Su indignación aumentó cuando ella le negó el título real que había esperado obtener, y finalmente optó por recluirla en sus apartamentos, haciéndose cargo personalmente del gobierno. Alopo fue ejecutado y Sforza enviado a prisión mientras Jaime se proclamaba rey.

Su decisión no agradó a los napolitanos. Ellos no podían ver con agrado cómo un extranjero se hacía el amo, y cuando cometió el nuevo error de colmar de honores y situar en los puestos clave a sus seguidores franceses, se urdió una conspiración contra él. Era el año 1416. Al frente se situaba un hombre sumamente resuelto y capaz: Giovanni Caracciolo, que asedió a Jaime en Castel del Ovo hasta obligarlo a claudicar. El rey presentó su renuncia y envió a sus colaboradores de regreso a Francia. En adelante debería contentarse con el título de Príncipe de Tarento mientras dejaba la soberanía en manos de la reina.

Su posición en palacio a partir de ese momento resultaba sumamente humillante. Era insultado por los favoritos, y él no ocultaba su malestar. Fue por entonces cuando Juana comenzaba una relación con Caracciolo, quien adquiría total control sobre la corte.


Una noche, durante la cena, hubo una disputa en la que se empleó un lenguaje tal que el esposo abandonó la mesa hecho una furia y se retiró a sus aposentos. Por orden de la reina, Caracciolo lo hizo encerrar en ellos, y allí permaneció retenido hasta que la intervención del Papa Martín V logró su liberación al cabo de un par de años. Enfermo y abatido, Jaime regresó a Francia y luchó con Carlos VII contra los franceses en la Guerra de los Cien Años. Al final de su vida experimentó un “súbito impulso de entusiasmo religioso” e ingresó en la orden franciscana.

Al partir Jaime, Caracciolo quedaba como dueño absoluto del gobierno, con el título de senescal. Con gran habilidad iba deshaciéndose de sus rivales, ofreciéndoles puestos de importancia en la corte y procurando satisfacer sus ambiciones. Sforza fue enviado en una expedición a Roma, pero el condotiero renunciaba a su causa y se unía a la del rival Luis de Anjou.

Juana recurrió a Alfonso, el joven rey de Aragón y Sicilia. Le ofreció adoptarlo y nombrarlo su heredero si la ayudaba a defender su reino, ya que ella no tenía descendencia. El joven príncipe se mostró encantado de poder ayudar a una dama en apuros, de modo que no perdió tiempo en enviarle una flota que desembarcó triunfal en Nápoles en julio de 1421.

Los asuntos de Nápoles se convirtieron en un amasijo de intrigas. Sforza volvía a mostrarse dispuesto a combatir bajo la bandera de Nápoles, y Caracciolo estaba celoso de la influencia de Alfonso. Día tras día se dedicaba a envenenar la mente de la reina e indisponerla contra él. Le recordaba la suerte que había corrido la anterior Juana y la hacía desconfiar, temer que el aragonés se propusiera deshacerse de ella para apoderarse del trono de inmediato.


En mayo de 1423 Alfonso hace arrestar a Caracciolo. Juana, aterrada, acude a encerrarse en la fortaleza de Castel Capuana y pide ayuda a Sforza. Se entabla combate entre las tropas del condotiero y las del rey de Aragón, y finalmente Alfonso es derrotado, se revoca su nombramiento como heredero y se ve obligado a regresar a sus reinos.

El joven Luis de Anjou, cuyo padre y abuelo habían luchado en vano por el premio durante los últimos cuarenta años, de pronto conseguía aquello a lo que habían aspirado, convirtiéndose en el hijo adoptivo y heredero de su enemiga.

La reina Juana firmó el tratado en la ciudad de Nola, una decisión desastrosa que llevaría a la invasión de Italia por parte de los franceses y desencadenaría una guerra en Europa. Sin embargo, en lo personal no tuvo motivos para lamentarla, puesto que Luis siempre le permaneció leal.

Mientras tanto Caraccioli había sido liberado a cambio de varios prisioneros españoles, y recuperaba su posición de absoluta autoridad. Volvió a haber algunos combates, esta vez contra el condotiero Braccio, que se había apoderado de Capua y puesto cerco a Aquila. En pleno invierno Sforza marchó contra él, pero al vadear el río Pescara la corriente arrastró a uno de sus pajes. El gran general intentó salvarlo, pero pagó su gesto con su propia vida.

Los astrólogos habían predicho que ninguno de los dos condotieros sobreviviría al otro, y posiblemente la superstición tuviera algo que ver con la derrota de Braccio y su propia muerte poco después.


Este resultado debería haber traído la paz a Nápoles, pero esto no era posible por culpa del senescal, que ahora estaba celoso de Luis, intrigaba contra él e intentaba llamar de nuevo a Alfonso. Había acaparado los cargos más importantes y amasado una fortuna indecente, pero nada satisfacía su ambición. Pretendía ser también el Príncipe de Salerno, un título reservado a los príncipes de la sangre. Para su sorpresa, por una vez Juana se negó. Enfurecido por esta respuesta que no esperaba, llegó a maltratarla de palabra y obra. La reina era encontrada deshecha en llanto por una de sus damas, la duquesa de Sessa, enemiga de Caracciolo y que veía así su oportunidad de acabar con él.

La duquesa consiguió que Juana firmara una orden de arresto contra él, pero la hizo acompañar de otras más secretas que decían que Caracciolo debía morir. Así se hizo: el senescal era apuñalado al finalizar el baile con el que se celebraba la boda de su hijo.

Poco después, en 1434, también Luis de Anjou moría a consecuencia de unas fiebres. En adelante el sucesor sería su hermano René.

Juana no le sobrevivió mucho tiempo. El 2 de febrero de 1435 también ella fallecía. Se extinguía así el linaje de Anjou-Durazzo y terminaba un deplorable reinado de veinte años.

René de Anjou no pudo sentarse en el trono, porque Alfonso se apoderó de él y pasó en Nápoles el resto de su vida, dejando como gobernante de Aragón a su hermano Juan, padre de Fernando el Católico. 




lunes, 19 de mayo de 2014

María Estuardo y Chastelard


María Estuardo era aún muy joven cuando enviudó de su primer esposo, el rey Francisco II de Francia. Con gran pesar abandonó aquellas tierras en las que había sido feliz para regresar a Escocia. Dejaba todo atrás, excepto su extraordinario don para cautivar al sexo opuesto, un atractivo que resultó una maldición en su vida.

Desde su regreso la soberana trataba de observar un comportamiento discreto y honorable con la asistencia y consejo de John Knox y sus seguidores, de modo que se había ganado la aprobación de sus súbditos. La tarea no era fácil, teniendo en cuenta la lucha de intereses que se había desencadenado entre sus nobles. María trataba de los asuntos de Estado con su Consejo, se sentaba a bordar, practicaba la caza o la cetrería y por la noche se entretenía con música y danza. Irreprochable en su conducta, trataba de mantener a raya esa peligrosa tendencia suya a la galantería. Algunas veces se reunía de forma privada con su círculo más íntimo de amistades, pero siempre con la honorable presencia de sus damas, y accesible para los embajadores que residían en su corte.

Pero la reina cometió un error. Aunque había tenido el buen juicio de despedir a la mayoría de los franceses que la habían acompañado hasta Edimburgo, no quiso desprenderse también del poeta Chastelard, un atractivo joven imbuido de romanticismo y cuyo talento había sido muy apreciado en Francia. Pierre de Bocosel de Chastelard formaba parte de aquel círculo de jóvenes alegres que se reunían en torno a la consorte de Francisco II para rendirle más homenaje como mujer hermosa que como soberana. 


El poeta despertaba tanta admiración entre las damas como ella misma entre los caballeros, y enamorarse de él se había convertido casi en una moda. Oriundo del Delfinado, era un hombre de noble cuna, nieto del caballero Bayardo, o, según otras fuentes, sobrino nieto. Era el tercero de cinco hermanos, lo cual significaba que no heredaría nada. Se esperaba de él que hiciera carrera en la corte, o bien en el ejército. Pierre eligió la primera de las dos opciones. A una edad muy temprana entró como paje al servicio del condestable de Montmorency, en la corte de Enrique II. 

Poseía las virtudes y defectos típicos de un hombre de su tiempo. Escribía tanto en francés como en italiano y era, además, imaginativo, ingenioso, intelectual, valiente, duelista, cortés, tibio en cuestiones religiosas y poeta por vocación. Se había visto envuelto en varios lances de honor, y los barqueros del río Sena lo conocían bien, porque más de dos o tres veces lo habían llevado desde la orilla del Louvre hasta el Prè-aux-Clerks, en la orilla opuesta, lugar en el que los caballeros solían darse cita para batirse. De hecho, debía buena parte de su éxito entre las damas a la reputación adquirida por su valor y su destreza en el manejo de la espada.

Al ver que María Estuardo leía y admiraba su obra allá en Francia, la convirtió en su único tema. Pero entonces, cuando su pasión por la reina se hallaba en su cúspide, llegó el momento en que ella hubo de abandonar esos reinos para regresar a Escocia. El poeta era por entonces secretario del mariscal D’Anville, que ignoraba cuáles eran los sentimientos de su joven servidor. El mariscal aspiraba él mismo a conquistar a la reina viuda, y por eso la acompañó hasta Escocia llevando entre su séquito a Chastelard, a quien, sin saber que tenía en él a un rival, había confiado sus sentimientos. 

Cuando el mariscal abandonó Escocia, dejó allí al poeta con la misión de mantener vivo su recuerdo en el corazón de María. Este oficio de confidente propició un mayor acercamiento a ella. De hecho, la reina llegó a tratarlo con tan inusual favor que Chastelard se volvió osado.

Hizo algún viaje entre Edimburgo y París, con mensajes de la reina tanto para el mariscal como para sus tíos Guisa y otros importantes personajes. A su regreso le traía a María Estuardo en homenaje del enamorado D’ Anville, los versos de Ronsard y del resto de sus admiradores en la corte de Carlos IX.

El favoritismo que mostraba en ocasiones la reina de Escocia, y no solo con Chastelard, daban pie a la calumnia y la difamación, algo de lo que solo ella era responsable: los caballeros solían olvidar el respeto debido a la reina a causa de la gran libertad que permitía la mujer. El capitán Hepburn hizo ciertos avances hacia ella, con tal falta de delicadeza que hubo de emprender la huida para no pagar la afrenta con su vida. Y sin embargo, su ejemplo no sirvió de advertencia a Chastelard. Él continuaba dirigiendo a María versos apasionados que revelaban demasiado claramente su pasión.

Menos que nadie podía ignorarlo la reina. A pesar de todo, y de lo que ya había pasado con otro caballero, admitía al poeta en sus apartamentos privados, a los que nobles muy encumbrados les costaba acceder, y tenía la poca sensatez de responderle con otros versos ciertamente alentadores, avivando así la calenturienta imaginación del joven. Fuentes tan dispares como el embajador inglés en Escocia, el francés Brantôme o John Knox veían en la relación entre la reina y el poeta mucho más que una amistad inocente. Se decía que la habían visto apoyarse en su hombro, y que a veces lo besaba en el cuello.

Si tenemos en cuenta que por entonces María se afanaba por buscar nuevo esposo entre las potencias católicas, era mucho lo que se jugaba al arriesgar de ese modo su honor, aunque ésta es una consideración que parece no haberla detenido nunca.

En cuanto al galán, se ha sugerido que en realidad podría haber sido un espía de los ingleses, y más concretamente de Sir Francis Walsingham y Sir William Cecil, pero no hay la menor evidencia al respecto. Por otra parte Maitland, secretario de Estado de María Estuardo, le había dicho al embajador español que Chastelard había confesado que lo enviaban los hugonotes franceses para arruinar la reputación de la reina y estropear sus planes matrimoniales con el príncipe Don Carlos, todo lo cual no parece más que mera fantasía. Lo único que sabemos es que Chastelard abandonó Escocia durante algún tiempo, entre septiembre de 1561 y el otoño de 1562, y que durante esos meses pasó por Londres y se mostró poco discreto acerca de la enamorada que aguardaba en Edimburgo su regreso. 


Cuando Pierre volvió a Escocia, María se alegró mucho de verlo. Le regaló un caballo que su hermano le había dado previamente a ella, una buena cantidad de dinero para que se comprara un nuevo guardarropa y además le hizo el honor especial de bailar con él durante las celebraciones de Año Nuevo. No era el único caballero apuesto al que distinguía de modo especial, pero sí seguramente aquel con el que cometía más excesos.

Quiso la mala fortuna que Chastelard fuera sorprendido en la alcoba de la reina en el palacio de Holyrood, y no una, sino dos veces. La primera vez se ocultó bajo el lecho, pero fue descubierto por las damas de María durante un registro rutinario de los que se hacían por razones de seguridad. Ella, para salvar su propia imagen y convencer a todo el mundo de que aquella presencia no era ni esperada ni deseada por ella, se vio obligada a desterrarlo.

Poco después Chastelard cometía la estupidez de seguirla hasta Fife, entrar furtivamente en el castillo de Rossend, en Burntisland y sorprenderla mientras se desvestía. María, asustada, gritó al ver que entraba alguien armado, y sus gritos alertaron a su hermanastro, el conde de Moray, que ocupaba un aposento contiguo. Ella ordenó a Moray que lo matara allí mismo, algo que le hubiera resultado muy ventajoso, al evitar que un tribunal pudiera escuchar lo que el joven tenía que decir; pero al conde no le pareció lo más adecuado, y optó por el procedimiento de rigor.


El destino del poeta quedaba así sellado. El honor de la reina no permitía otra salida que la de hacerlo ejecutar bajo el cargo de intento de asesinato. Tras rechazar varias peticiones de clemencia, María permitía que Chastelard muriera en la horca el 20 de febrero de 1563. La despedida del poeta no pudo ser más dramática: recitó los versos de Ronsard, Himno a la Muerte. Luego elevó sus ojos hacia el palacio para, según Brantôme, dedicarle a la reina estas palabras:

“Adiós, vos, tan bella y tan cruel, que me matáis y que no puedo dejar de amar”.

Todos los hombres que amaron alguna vez a la reina de Escocia estaban destinados a terminar sus vidas de forma trágica. Chastelard fue condenado a muerte; Rizzio, su secretario italiano, fue asesinado ante sus ojos por una conspiración de la que formaba parte Darnley, el primer marido de María. Este fue asesinado a su vez para que otro ocupara su lugar, y el que lo ocupó, el conde de Bothwell, murió loco en una prisión. Ella aún tuvo tiempo de atraer la desgracia sobre Thomas Howard, ejecutado por traición debido, precisamente, a sus pretensiones de desposarla y sentarla en el trono de Inglaterra.


domingo, 18 de mayo de 2014

Crónica de una presentación anunciada

Curto y yo terminando de atender a la prensa

Estas son las únicas imágenes que se verán aquí de la Dame Démasquée. En adelante volverá a aparecer Masquée. Consideré la posibilidad de pixelar la imagen, pero me pareció excesivo incluso para mí. Bueno, pues aquí me tienen junto a Pedro Antonio Curto, que tuvo la amabilidad de acompañarme en esta presentación.


Al fondo, Curto y yo antes de comenzar. Ya había ido llegando bastante gente no solo de Gijón, sino que también se desplazaban desde Oviedo y Avilés. Aunque otros, por razones laborales, no lo lograron hasta cerca de las siete y media, fue suficiente para que pudieran presenciar buena parte del acto y llevarse a casa su ejemplar dedicado. No saben cómo agradezco su esfuerzo por conseguir estar. Me dieron una gran alegría.

Firmando un ejemplar al gran violinista y amigo Miguel Cañas, de Oviedo Filarmonía

Me llevo un montón de buenos recuerdos e incontables achuchones, abrazos de oso, besos a destajo y efusiones varias, todo ello reflejo del auténtico entusiasmo con el que fuimos acogidos. 

Es que la antología está teniendo tanto éxito que vamos por la segunda edición. ¡Y eso que aún no ha llegado a todas partes!

Librería Central

Muchísimas gracias a nuestro editor, Miguel Ángel de Rus, por haber confiado en mí, tanto para éste como para otros proyectos de la editorial; a la librería La Central de Gijón, por facilitar nuestra labor con una organización perfecta; a Curto, por haber tenido la generosidad de presentar conmigo la obra, y, por supuesto, a todos aquellos que asistieron a un momento precioso. Mi mayor recompensa fue ver en sus rostros cómo también ellos estaban disfrutando de la fiesta. Y luego algunos optaron por continuarla con una sidrina en la vecina plaza del ayuntamiento.



domingo, 11 de mayo de 2014

Curiosidades de la Historia


Dicen las malas lenguas que Sir William Paterson, fundador del Banco de Inglaterra, fue un pirata en sus años mozos. ¿A alguien le sorprende?

Hablando de lenguas, Allan Pinkerton, el fundador de la famosa agencia de detectives, murió por morderse la suya, al sobrevenirle una gangrena a consecuencia de ello.

En la Italia medieval, si un hombre era sorprendido besando a una mujer, se le obligaba a casarse con ella.

En el año 74 el emperador romano Vespasiano gravó los urinarios públicos con un impuesto sobre la orina. Cuando su hijo Tito criticó lo desagradable de esta medida, Vespasiano replicó: “pecunia non olet”, es decir que el dinero no huele.

La orina no solo sirvió a Vespasiano para obtener una fuente de ingresos. Los romanos también la utilizaban para blanquear los dientes, y debía de dar resultado, porque muchos siglos después la reina Isabel de Inglaterra aún recurría a ese remedio. 

Carlos II, durante la noche de bodas de su sobrino y futuro rey de Inglaterra, Guillermo de Orange, asistió a la consumación del matrimonio y se ocupaba de animar al novio a voces. Eso sí: al menos había cerrado las cortinas del lecho.


Uno de los libros de más éxito durante el siglo XV fue Historia de dos amantes, de carácter erótico. El autor es Eneas Silvio Piccolomini, es decir, el Papa Pío II. Lo había escrito catorce años antes de alcanzar el pontificado, inspirándose, al parecer, en una joven de la que se había enamorado durante su época de estudiante en la Universidad de Siena. Eneas no entró en religión hasta después de cumplir 40 años, y había tenido una juventud bastante agitada. Su obra fue un auténtico best seller de su tiempo: antes del año 1500 se habían hecho más de 35 ediciones y más de 100 copias manuscritas.

Para los lectores más curiosos y los cazadores de rarezas, aquí les dejo el link en el que podrán leer la historia en inglés.


Muchas gracias a monsieur Xibeliuss, que acaba de proporcionarme el enlace para leerlo en español:

http://goo.gl/nZsGfM