lunes, 24 de marzo de 2014

Madame Récamier (III)


Chateaubriand se había casado el 29 de marzo de 1792, pero su mujer ocupaba poco lugar en su vida y ninguno en su corazón. El caballero acumulaba una larga lista de amantes, algo que en absoluto era desconocido para la esposa. Ella lo llamaba “le chat”, por su egoísmo y su inconstancia, pero se mostraba indulgente. Todo ello hacía que los amigos de Madame Récamier se inquietaran al ver cómo ambos se aproximaban en exceso. En pocos meses Juliette, que tan bien había sabido manejar hasta entonces las pasiones que inspiraba, caía totalmente subyugada.

Ella había perdido una fuerte suma a consecuencia de los negocios de su marido, y en lo sucesivo tendría que sufragar los gastos de Monsieur Récamier mediante su fortuna personal. Juliette aceptó la carga, pero renunció a vivir con él y alquiló un apartamento en la Abbaye-au-Bois, una abadía del siglo XVII que había servido de cárcel durante la Revolución. Había tomado su decisión y comenzaba abiertamente su relación sentimental con Chateaubriand.

Apenas instalada en la Abbaye-au-Bois, Juliette reemprendió la dirección de su salón y volvió a reunir a sus asiduos, a los que se sumaban algunos nuevos personajes que se convertían igualmente en sus admiradores. Chateaubriend le enviaba una nota cada mañana, y diariamente acudía a verla a las tres.

Chateaubriand

El 30 de noviembre de 1820 aceptaba la embajada en Berlín. Ambos debían separarse, aunque la ausencia del nuevo embajador no duraría más que unos meses. Iba a regresar a París poco después para ser nombrado ministro de Estado.

Cuando más adelante dimite de su cargo, se le envía como embajador a Londres, y desde allí acude al congreso que se reúne en Verona. “No os entristezcáis, mi bello ángel”, le escribe a Juliette. “Os amo. Siempre os amaré. Nunca cambiaré. Regresaré pronto. Todo esto durará poco. Y luego seré vuestro para siempre”.

Pero al parecer eso no resultó ser rigurosamente cierto. Madame Récamier, disgustada con él y celosa de Madame de Castellane, parte hacia Italia en compañía de dos amigos y de su sobrina, con el pretexto de buscar una mejoría en la salud de esta última. Él la acusa de “obcecación y de injusticia”. Le escribe: “Debéis reconocer que os habéis equivocado. Creedme, nada ha cambiado, y algún día lo comprenderéis”. Era noviembre de 1823. El galán no cesaba de escribir cartas melancólicas que encontraban respuestas bastante secas y cortas.

En Roma Juliette alquiló un apartamento cerca de la plaza de España y allí retomaba sus costumbres parisinas mientras hallaba consuelo en la compañía de su fiel Ampère. A fines de febrero de 1824 llegaba la reina Hortensia con sus dos hijos. Ambas se vieron con frecuencia y paseaban juntas. Madame Récamier continuaba decepcionada, y no muy dispuesta a emprender un pronto regreso, como escribe a un amigo:

“Temo encontrar en la abadía agitaciones que me son odiosas. Se me pide que regrese, pero con una persona que carece de sinceridad no es posible vivir, y estoy completamente decidida a no volver a caer en esas agitaciones”.

Chateaubriand sufría un revés político: el 6 de junio de 1824 era fulminantemente destituido. Dos horas después de serle notificada la orden real, dejaba el ministerio con sus dos gatas. Solo le quedaba consolarse con su nueva pasión, Madame de Castellane.

Juliette se encontraba de visita en Nápoles cuando conoció la desgracia de su amigo. Poco después llegaban noticias de la muerte de Luis XVIII. 

En la primavera de 1825 abandonaba Italia para regresar a París. A su llegada, Chateaubriand se encontraba en Reims para asistir a la consagración de Carlos X. Cuando finalmente ambos pudieron reunirse, fue ella quien dio el primer paso para la reconciliación. No hubo reproches ni explicaciones; la prolongada ausencia había apaciguado su ánimo y le había perdonado sus infidelidades. 

Poco después el siempre enamorado Ampère hacía un audaz intento de conquista y le ofrecía matrimonio, puesto que Monsieur Récamier ya era anciano y no podía durar mucho tiempo más. El pretendiente fue rechazado.

Juliette continuaba con sus recepciones, en las que se hacía música, lecturas y se declamaban versos, pero también se hablaba de política. Nunca había estado más animado su salón, en el que continuaba reinando Chateaubriand. Ella organizaba perfectamente sus reuniones: hacía formar con sillas cinco o seis círculos bastante separados los unos de los otros. Las mujeres permanecían sentadas mientras los hombres circulaban entre las filas. Juliette conducía a los que llegaban junto a sus amigos, agrupando a personas unidas por gustos comunes. No podía ofrecer fiestas como las que su amiga Madame de Staël daba en su día, porque no disponía de los mismos recursos económicos, pero a sus invitados les bastaba con el placer de encontrarse en su casa.

El amor no alejaba a Chateaubriand de la política. En 1827 el restablecimiento de la censura fue el pretexto para escribir artículos extremadamente violentos. Juliette trataba de calmarlo, pero los liberales del salón aplaudían estos arrebatos. Al año siguiente era nombrado embajador en Roma, y el 14 de septiembre partía a tomar posesión de su cargo.

Su partida resultó amarga para Madame Récamier. Para ella significaba la constatación de que Chateaubriend anteponía la política, a pesar de todas las muestras de ternura que recibía con sus cartas.


En mayo de 1829 se encuentran de nuevo en París. Seguramente él hubo de responder a algunas preguntas, como por ejemplo qué había significado para él aquella Hortense Allart a quien iba a visitar en la Vía delle quattro Fontane, o esa condesa del Drago, a quien hacía que sus jóvenes ayudantes llevasen flores. Probablemente fue también interrogado acerca de la romántica correspondencia que mantenía con la marquesa de Vichet, o con Madame de Cottens. Y es que el afecto de Chateaubrieand hacia Juliette era sincero, pero no exclusivo.

El 29 de marzo de 1830 moría Monsieur Récamier. Al cabo de un par de meses ella se traslada a Dieppe, donde Chateaubriand fue a reunírsele. Allí les llega la noticia de la revolución de julio. Él regresa de inmediato a París y ella le sigue pocos días después.

Chateaubriand no podía unirse al nuevo régimen. Rechazó los ofrecimientos, renunció a su pensión de Par de Francia y con ello se vio inmerso en graves problemas económicos. Después de vender sus muebles partió hacia Suiza en compañía de su esposa. Allí permanecería una temporada, aunque no dejaba de escribir a Juliette.

A su regreso, Chateaubriand recuperaba su reinado en el salón de Madame Récamier, pero pronto aparecerían nuevas preocupaciones. La duquesa de Berry lo había nombrado miembro de su gobierno secreto, y él había aceptado. En abril de 1832 fue detenido un emisario que llevaba un correo suyo a la duquesa. Chateaubriand fue arrestado bajo la acusación de conspiración contra la seguridad del Estado. Cuando fueron a detenerlo, a las seis de la mañana, lo encontraron acostado entre dos jovencitas.


Juliette fue a visitarlo, se ocupó de tranquilizar a la esposa y movió los hilos para obtener su libertad. La obtuvo con la condición de que el acusado abandonase París, de modo que Chateaubriand parte de nuevo hacia Suiza. Poco después una epidemia de cólera hace que también Juliette huya de la ciudad, y en agosto ambos se reúnen en Constanza.

La turbulencia política permite la vuelta de Chateaubriand a París, y poco después la duquesa lo llama a Venecia. Mientras tanto escribía magníficas páginas en sus memorias, y a su regreso trae el manuscrito envuelto en un chal de seda. Se organizan entonces lecturas en el salón de Madame Récamier.

En 1835 ella cumple 58 años y su salud es mala. Tal vez lo más difícil de sobrellevar es el modo en que se debilita su vista. Chateaubriand también está enfermo, duerme mal y sufre trastornos nerviosos, aunque aún viviría diez años más. “No habléis nunca de lo que yo sería sin vos; si me lo preguntaseis, no lo sabría. No he hecho suficiente daño al cielo para que no me llame antes que a vos. Veo con placer que estoy enfermo, que ayer me he vuelto a encontrar mal, que no recupero fuerzas. Para lo único que ahora sirvo es para amaros”. 

Juliette se adentra en una etapa melancólica, la última de su vida. Enterarse de fallecimiento del príncipe de Prusia, su amor de juventud, acentúa su estado de ánimo. Poco a poco la muerte le iba arrebatando a todos sus viejos amigos, y en su salón se vivía más en el pasado que en el presente.

Cuando estalló la Revolución de 1848, Madame Récamier estaba ciega. Se había sometido a dos operaciones de cataratas que no lograron devolverle la vista. Aun así, estaba junto a Chateaubriand cuando él murió el 8 de julio de ese año. Ella solo iba a sobrevivirle unos meses: instalada en casa de su sobrina, una repentina indisposición la obligó a guardar cama y terminaba con su vida el 11 de mayo de 1849. Había sido presa de un violento ataque de cólera que la fulminó en doce horas.


viernes, 14 de marzo de 2014

Madame Récamier (II)


Juliette Récamier tenía 30 años cuando su esposo se arruinó. Después de tantas penalidades sufridas, los médicos le recomendaron un cambio de aires. Se dirigió a Coppet, al château de Madame de Staël, quien por entonces preparaba su libro De l’Allemagne. Juliette pasó allí cinco meses, en compañía de otros ilustres huéspedes de su amiga. La comedia era la principal distracción, y también se representaba un drama de Madame de Staël: Genoveva de Brabante. Gaudot nos dejó la siguiente descripción de Juliette durante aquellas jornadas:

“Conmueve sin deslumbrar, atrae, retiene porque habla poco y sus movimientos son escasos y naturales… Sabe conducirse tan bien que agrada incluso a las mujeres. Nunca se le oye monopolizar la conversación, y aun menos criticar o interrumpir”, y añade la siguiente curiosidad: “Me gustan en ella hasta ciertos defectos, como por ejemplo el más gracioso bigotito del mundo.”

Uno de los huéspedes de Coppet era el príncipe Augusto de Prusia, sobrino de Federico el Grande. Era joven, muy arrogante, “atolondrado, ligero y un poco fatuo”. El príncipe se enamora de Juliette; quiere que se divorcie para casarse con ella, algo a lo que se compromete en una nota escrita de su puño y letra:

“Juro por el honor y el amor conservar en toda su pureza el sentimiento que me ata a Juliette Récamier, dar todos los pasos autorizados por el deber, para ligarme a ella con las ataduras del matrimonio, y no poseer a ninguna mujer en tanto que tenga la esperanza de unir mi destino al de ella…”.

Augusto de Prusia

Además ofrece a Juliette un brazalete de oro y una cadena con un corazón de rubíes. Ella le correspondía. Deseaba el divorcio, pero vacilaba y le faltaba el valor para tomar una decisión de esa envergadura. El príncipe se inquieta y le reprocha que no quiera causar “algunos momentos desagradables a una persona a la que no amáis y que os ha hecho perder ya doce de los más hermosos años de vuestra vida”.

Según nuestras cuentas eran catorce los que llevaba casada, lo que parece sugerir que tal vez Juliette declaraba un par de años menos de los que en realidad tenía.

De regreso en París, Augusto la apremia y ella se decide a plantear la cuestión a su esposo. Monsieur Récamier no acoge con agrado la solicitud de un divorcio que le colocaría en una posición incómoda, y Juliette se echa atrás. Augusto protesta apasionadamente. “He quedado como fulminado por un rayo al recibir vuestra carta. ¿Sois vos en realidad la que me escribís? Después del juramento que me habíais hecho, yo no podía dudar de vuestros sentimientos. Acabáis de destruir todas mis ilusiones y de convertirme en el más desdichado de los hombres. Ni siquiera os dignáis darme una razón, una mentira que explique un cambio tan súbito. No puedo comprender una conducta tan extraña. No me reduzcáis a la desesperación. No sabéis lo que sería capaz de hacer”.

No hizo nada, y continuaron escribiéndose durante un año más.

Madame de Staël

Augusto de Prusia fue relevado en el corazón de Juliette por otro Augusto: el hijo de Madame de Staël. Para entonces la posición de Madame Récamier era muy comprometida, debido a que mantenía estrechas amistades con personas no gratas a Napoleón. Se encontraba en Dijon cuando su marido le confirmó la orden de permanecer desde aquel momento a cuarenta leguas de la capital. La decisión del gobierno había sido tomada el 30 de agosto de 1811. Juliette eligió como residencia Châlons-sur-Marne, y allí se reunieron con ella su padre y su esposo. Al cabo de ocho meses se decidía a marchar a Lyon, donde la reclamaba la familia de Monsieur Récamier.

En Lyon iba a encontrar la amistad de la hermana menor de su marido y la de algunos exiliados. Allí conoció a Ballanche, filósofo e impresor que nos es descrito como “feo, silencioso y torpe”. También Ballanche se enamoró de ella, y Juliette se dejó amar.

La duquesa de Abrantes la muestra en sus memorias bordando en su pequeña habitación, donde tenía su piano y sus libros. Aparecía a veces en el balcón, sin sombrero, con su vestido blanco. Monsieur Récamier le recomendaba que evitase ser pródiga en sus caridades, porque su generosidad tenía mal freno. Juliette hacía educar a su costa a una niña inglesa que quitó a unos saltimbanquis.

Manuela Téllez y Girón Pimentel, duquesa de Abrantes, retratada por Goya

En Lyon se sentía muy vigilada. En parte por escapar al control y en parte por distraerse, planeó un viaje a Italia. Partió en la primavera de 1813 en compañía de su sobrina y de una sirvienta. Al llegar a Turín cayó enferma y sufrió dos crisis nerviosas.

Una vez en Roma, se instaló en la Plaza de España. Al cabo de un mes alquilaba el primer piso del palacio Fiano, donde recibía a los franceses residentes en la ciudad. Ballanche, siempre enamorado, acude desde Lyon a visitarla y pasa una semana en Roma. El viejo arqueólogo Seroux d’Agincourt le sirve de guía a Juliette. A sus 83 años aún es sensible a la belleza femenina, y galantemente le envía flores a diario. 

Después Madame Récamier partió hacia Nápoles, invitada por el rey Joaquín y la reina Carolina. Ambos la recibieron en palacio con la más exquisita cortesía y la condujeron a Pompeya para que asistiera a una excavación. Finalizada su estancia en Nápoles, regresaba a Roma.

Los acontecimientos políticos daban un giro completo, y en mayo de 1814 entraba en París Luis XVIII. Era la señal para el regreso de los exiliados. Juliette llegaba procedente de Roma el 1 de junio y volvía a abrir su salón, al que acude la élite de toda Europa. Wellington era uno de sus múltiples admiradores.

Luis XVIII

Uno de los asiduos era Benjamin Constant, antiguo amor de Madame de Staël. Constant no se conforma con la amistad de Juliette, pero ella desconfiaba porque sabía que el caballero era voluble en sus afectos. En septiembre de 1814 él escribe: “Ciertamente no bromeo, puesto que sufro. Me mantengo en una pendiente muy inclinada. ¡Os es tan indiferente causar sufrimiento! Los ángeles también tienen su crueldad”. 

Su situación económica había mejorado considerablemente. El esposo volvía a ser afortunado con sus negocios y ella había heredado de su madre un capital nada desdeñable, lo que le permitía volver a tener caballos y coches. Alquiló un palco en la Ópera y recibía en su casa después del espectáculo, pero fue un breve paréntesis en sus desdichas, porque poco después Monsieur Récamier volvía a arruinarse.

El 20 de marzo de 1815 Napoleón está de regreso en las Tullerías, hace llamar a Constant y este acepta redactar una constitución mientras sigue persiguiendo a Juliette. Fue por entonces cuando tuvo lugar en casa de Madame Récamier una lectura de Adolfo, en el curso de la cual Constant estalló en sollozos. Esos Cien Días no fueron los más hermosos de su vida: el caballero había perdido una doble partida, en política y en el amor. 

Madame de Staël

La salud de Madame de Staël comenzaba a declinar poco después. Ella luchaba contra la muerte, aparentando que estaba mejor, y no renunciaba a seguir ofreciendo cenas a sus amigos. Durante el transcurso de una de ellas, en febrero de 1817, Juliette se encontró sentada junto a Chateaubriand. Aquel encuentro iba a marcar profundamente a Madame Récamier.

Cuatro meses más tarde recibe la trágica noticia de la muerte de su amiga. Juliette tenía 39 años y estaba a punto de vivir su gran amor.


Continuará

domingo, 9 de marzo de 2014

Madame Récamier


“Jeanne Françoise Julie Adélaïde, hija legítima de M. Jean Bernard, consejero del rey y notario de Lyon, y de Marie Julie Matton, nacida ayer en la calle La Cage, fue bautizada por mí, el abajo firmante, sacerdote, el 4 de diciembre de 1777…”.

La niña, a la que llamarían Juliette, permaneció al cuidado de una de sus tías maternas cuando su padre obtuvo el cargo de recaudador de finanzas en París en 1784. Allá en Villefranche, Juliette estableció profundos lazos de afecto con su prima, Mademoiselle Blachette, que un día se convertiría en la baronesa de Dalmassy. Sin embargo, su estancia en el hogar de sus tíos solo duró cuatro meses, tras lo cual fue enviada para su educación al convento de la Déserte, donde otra de sus tías maternas había profesado como religiosa.

“Aquella época regresa a veces a mí como un sueño vago y dulce, con sus nubes de incienso, sus eternas ceremonias, la procesión por los jardines, los cánticos y las flores.”

En París los Bernard llevaban una existencia casi lujosa. Cuando Juliette abandonó el convento y se reunió con ellos, aprendía a tocar el piano, el arpa y a cantar; su madre la llevaba a los espectáculos, le enseñaba el arte de engalanarse y la acompañaba a Versalles.

La familia recibía a mucha gente, entre ellos a un banquero llamado Jacques-Rose Récamier, célebre ya por su riqueza. Los Bernard y los Récamier se conocían desde hacía mucho tiempo, y sus relaciones eran tan íntimas que algunos rumoreaban que Juliette podría ser en realidad hija del banquero, “un hombre sin principios y que solo se gobernaba por el placer”. Sin embargo, él fue precisamente el esposo elegido para la jovencísima Juliette, que solo contaba quince años cuando se casaba en París el miércoles 24 de abril de 1793. El novio tenía 42. Se trataba de un matrimonio de conveniencia que nunca podría ser consumado, debido a una particularidad fisiológica, un defecto de constitución que aseguraba a Juliette una virginidad infranqueable.

Monsieur Récamier

La gracia y la belleza de la joven la hacen destacar muy pronto en el París del Directorio. Era muy hermosa; seducía por la esbeltez de su cintura, la elegancia del cuello y los hombros, la blancura de su tez y una expresión de inequívoca bondad. Ella acoge su éxito con tacto y no se mezcla en las intrigas políticas. Siempre se mantiene un poco aparte, con una reserva de buen tono. Sencilla en sus gustos, no lleva ostentosos diamantes, sino que se contenta con perlas. Sin embargo, la belleza es un concepto tan subjetivo que ni siquiera ella se libró de alguna crítica, como la que hizo el barón de Tremont, quien le reconoce el más bonito de los rostros pero añadiendo que “por encantador que fuese, estaba más cercano a la modistilla que a la gran señora”. Le reprocha sus cabellos castaños, no lo bastante abundantes, aunque reconoce que son sedosos. Le ve “los pies vulgares, la silueta sin elegancia, el brazo delgado y el pecho llano”, un detalle este último que contradice Brillat-Savarin al decir que Juliette tenía el busto muy hermoso.

Récamier se sentía orgulloso de los éxitos cosechados por su esposa. A finales de 1798 el matrimonio se instala en una villa de la rue du Mont-Blanc, y es por entonces cuando Juliette conoce a Madame de Staël, nueve años mayor que ella y una gran influencia para la joven. Germaine la introdujo en la sociedad literaria de aquel tiempo, y con ella hizo Juliette su aprendizaje en el manejo de un salón. 

Madame Récamier levanta muchas pasiones. Ella no las rechaza, sino que “las desvía y las amortigua”, convirtiéndolas en amistad. Sabemos que amó, aunque, debido a defecto de constitución, nunca sabremos exactamente cómo.

Luciano Bonaparte
El primer asalto a su virtud lo llevó a cabo Luciano Bonaparte. Ambos se habían conocido durante una cena en Bagatelle. Subyugado por la belleza de Juliette, le escribió una carta con su declaración. Nada obtuvo, por supuesto, excepto una puerta abierta a la amistad.

De 1800 a 1802 la popularidad de Madame Récamier continúa en ascenso. Su aparición en el paseo de Longchamp o el simple hecho de que pasase la bandeja en la misa de Saint-Roch constituía todo un acontecimiento, y los diarios hablaban de ella. En esa época se encuentra con Chateaubriand en casa de Madame de Staël, pero por entonces aún no sabía que acababa de conocer a quien sería la pasión de su madurez.

La paz de Amiens abría Inglaterra para los franceses, y Madame Récamier acude a Londres en compañía de su madre. Durante su estancia allí, en mayo y junio de 1802, recogió un brillante tributo de admiraciones. También los diarios ingleses alababan su belleza. La duquesa de Devonshire la hace dama de compañía, y el príncipe de Gales la abruma con su amabilidad. Después regresó a Francia pasando por Holanda, y una vez en París reanuda sus recepciones.

Madame de Staël era una amiga muy comprometedora que se relacionaba con los opositores al régimen. El padre de Juliette también prestaba su apoyo a una hoja periódica hostil al Primer Cónsul y a su familia, y facilitaba la circulación de escritos y propaganda monárquica. Fue detenido por ello y conducido a la prisión del Temple, aunque gracias a Bernadotte, gran amigo de Juliette, se libró de una acusación y fue puesto en libertad. Napoleón se contentaba con su destitución.

Madame Récamier albergaba rencor contra el Primer Cónsul a consecuencia de este incidente, pero procura no dejarlo traslucir. La gente continuaba aglomerándose en sus salones, y sus bailes eran muy populares. Su mansión rezuma el gusto exquisito que la caracteriza: la escalinata está recubierta de alfombras turcas y por todas partes hay flores y arbustos raros; a la izquierda del vestíbulo está el tocador, el baño y el dormitorio en el que Juliette recibe a las señoras, una enorme habitación recubierta de espejos y con puertas de marquetería. El lecho está cubierto por los más finos tejidos de la India y flanqueado por dos candelabros muy altos. 


A las recepciones que daba en su casa de París se añadían las que ofrecía en su casa de campo de Clichy-la-Garenne, donde los invitados disfrutaban de un paseo después de comer, y más tarde a un recital de versos. Luego se escuchaba música, y Juliette cantaba acompañándose con el arpa.

Madame de Staël, una vez viuda, busca distracción en la literatura y publica su novela Delphine. La obra obtuvo un éxito considerable, pero la autora estuvo a punto de ser encarcelada. Se libró con una orden de exilio que le fue comunicada en otoño de 1803. Madame Récamier le ofreció hospitalidad durante ese tiempo en su castillo de Saint-Brice.

Desde febrero de ese año, el salón de Juliette había permanecido cerrado. Su esposo se encontraba en mala posición y corrían rumores desagradables respecto a su banco, y ella eligió mal momento para cometer imprudencias mostrando sus simpatías por algunos opositores, como su amigo Montmorency, Moreau o la propia Madame de Staël. Sin embargo, se presentaba una ocasión de recuperar la gracia de Napoleón. En el momento de la Consagración, el emperador trató de atraerla a su corte. Hubo negociaciones al respecto, pero sin resultado. Madame Récamier fue sometida a vigilancia, aunque sin ser molestada.

La situación financiera del marido iba de mal en peor. El Ministro del Tesoro le negó un préstamo, y eso precipitó la quiebra. Arruinada, Juliette mostró resignación. Liquidó su dote y puso en venta las joyas y la mansión, que abandona para alquilar el apartamento del príncipe de Pignatelli. Una nueva desdicha caía para ella como un mazazo: la muerte de su madre en enero de 1807.

Bonaparte por Meynier

Madame de Staël, de regreso gracias a las gestiones de Juliette, estrecha aún más su amistad con ella, y de todas partes llegan testimonios de afecto entre los enemigos del régimen. Junot trató de intervenir ante el emperador en favor del banquero, pero solo obtuvo esta desabrida respuesta del emperador:

—Yo no soy el amante de Madame Récamier, y no salgo en auxilio de los negociantes que sostienen una casa de seiscientos mil francos anuales, Monsieur Junot.


(Continuará)

miércoles, 5 de marzo de 2014

La conspiración de Ridolfi

Isabel I de Inglaterra

María Estuardo, recluida en Inglaterra, no abandonó nunca sus esperanzas de recuperar el trono de Escocia y conquistar el inglés. En torno a su persona se urdían numerosos complots que tenían por objetivo su liberación. Uno de ellos fue el instigado por Roberto Ridolfi contra la reina Isabel en 1571. Ridolfi era un banquero florentino y agente secreto de la Santa Sede. Moviéndose entre Bruselas, Roma y Madrid, mantenía contacto con el embajador de España, el duque de Alba y el duque de Norfolk, y de ese entendimiento surgió un plan que preveía un desembarco de tropas españolas en Harwich o en Portsmouth, con una insurrección simultánea de los amigos de Norfolk. Éste se convertiría al catolicismo y se casaría con María Estuardo, que sería proclamada reina de Inglaterra.

Norfolk aprobaba el plan, al menos en términos generales. Tras una fracasada rebelión había sido encarcelado en la Torre por sus planes de desposar a María, pero fue liberado al cabo de nueve meses, después de hacer una confesión y solicitar clemencia. Desde entonces permanecía bajo arresto domiciliario en su propiedad de Howard House.

El Papa Pío V prestó su apoyo anulando el matrimonio de María Estuardo con Bothwell, quien por entonces languidecía en una prisión danesa. Además emitió una bula excomulgando a Isabel, y alentaba a los católicos ingleses a destronarla.

María, segura del éxito del complot, mandó decir al embajador de España:

—Si vuestro señor quiere ayudarme, seré reina de Inglaterra dentro de tres meses y se dirá misa en todo el país.

María Estuardo

Pero el rey de España tenía sus dudas acerca de la conveniencia del plan de Ridolfi. A Felipe II no le gustaba la idea de asesinar a Isabel, porque necesitaba una Inglaterra que ofreciera un equilibrio de poder con Francia, la eterna enemiga de los Austrias. María Estuardo tenía fuertes lazos con Francia: su madre había sido una Guisa, y ella se había criado en aquellas tierras, donde permaneció hasta enviudar de Francisco II. Si alcanzaba el trono, Francia e Inglaterra serían aliadas, y por tanto un rival formidable. El rey de España tampoco estaba seguro de contar dentro de aquel reino con suficiente población católica dispuesta a secundar la revuelta.

Cuando se encontró que había navíos españoles que transportaban grandes sumas de dinero destinadas a sus ejércitos en los Países Bajos, las relaciones entre España e Inglaterra se tensaron. Fue el detonante para que Felipe II, alentado por las peticiones de los católicos ingleses para liberar a María, se decidiera a continuar.

Pero los espías de Isabel hacían bien su trabajo y lograron averiguar suficiente para poder actuar deteniendo a uno de los mensajeros en Dover. Era el 12 de abril de 1571.

Ridolfi era demasiado amigo de escribir, y cometió una imprudencia. Al mensajero, al ser registrado, se le incautaron comprometedores documentos que fueron a parar a manos del poderoso William Cecil, a quien la reina Isabel acababa de distinguir con su favor nombrándolo barón de Burghley y Lord Tesorero de Inglaterra. El detenido confesó bajo tortura.

Thomas Howard, Duque de Norfolk

Isabel reacciona con todo su vigor. Ridolfi ha logrado escapar, pero la reina ordena al embajador de España que abandone su reino, dispone que se redoble la vigilancia en torno a María Estuardo y encarcela a Norfolk. La escocesa reconocía haber mantenido tratos con Ridolfi, aunque negaba formar parte de la conspiración.

En enero de 1572 el duque comparece ante el tribunal de los Pares. Tras un debate que comenzó a las ocho de la mañana y terminó a las ocho de la noche, Norfolk fue declarado culpable de alta traición y condenado a ser decapitado.

Isabel debía firmar la orden para que se ejecutara la sentencia, pero vacila. Norfolk es su pariente. Durante varios días se resiste a estampar su firma, hasta que, apremiada por sus consejeros, resuelve hacerlo. Horas más tarde anula la orden. Dos veces vuelve a firmarla y dos a revocarla. La reina está tan alterada que los nervios la hacen enfermar. Pero, dadas las circunstancias y el ambiente enrarecido que dominaba la corte tras descubrirse una conspiración contra su vida, comenzó a rumorearse que aquellos dolores que padecía Isabel podrían deberse a un intento de envenenamiento.

Norfolk conserva aún la cabeza sobre los hombros cuando en el mes de mayo entra en acción un nuevo Parlamento con una fuerte mayoría de fervientes protestantes a quienes la intriga y las recientes rebeliones han puesto fuera de sí. No solo exigen con vehemencia la muerte de Norfolk, “ese león rugidor”, sino que piden que se acuse de crimen capital a la reina de Escocia, “el monstruoso dragón”.

Isabel I

Isabel veta la ley que condenaba a María y trata de aplacar los ánimos pronunciando ante una diputación de las dos Cámaras un discurso lleno de indulgencia y suavidad, pero nada logra con ello. La insistencia adquiere más virulencia.

Finalmente accede a ejecutar a Norfolk, pero no a María. Por esta vez la reina de Escocia se había salvado.

Puesto que desde que Isabel había ascendido al trono no se había ejecutado en Tower Hill ninguna sentencia, se hizo levantar un cadalso nuevo. Allí rodaba el 2 de junio la cabeza del primer señor de Inglaterra, no sin que previamente se mostrara arrepentido de sus errores exclamando:

—¡Dios guarde a la reina!



Bibliografía:
Isabel I - Jacques Chastenet