miércoles, 29 de enero de 2014

La Inglaterra de Enrique VIII


Cuando Enrique VIII alcanza el trono, Inglaterra era, según la descripción de William Morris, “un país pequeño, demasiado encerrado entre mares estrechos para poder expandirse según sus deseos. No había ni grandes desiertos capaces de abrumar con su tristeza, ni grandes bosques solitarios, ni montañas infranqueables. Todo era mesurado, ordenado, variado; se pasaba fácilmente de una cosa a otra: había riachuelos, pequeñas llanuras onduladas, todo ello rodeado de árboles perfectamente distribuidos; pequeñas colinas y montañas cortadas por laderas ricas en pastos. En resumen, no era ni una cárcel ni un palacio, sino una casa agradable”.

Hasta los más pequeños poblados tenían su iglesia. Los conventos, de maravillosa arquitectura, salpicaban todo el país. El clero detentaba una parte considerable de las riquezas del reino. Los obispos tenían poder y a veces ocupaban puestos en el Consejo. El pueblo, duramente oprimido, en palabras de Morris era “un pueblo rústico, de espíritu estrecho pero serio, digno de confianza y de costumbres sencillas”. La mitad de la población contaba con lo justo para sobrevivir, mientras que aproximadamente un tercio vivía en la más absoluta pobreza, y subsistían gracias a la caridad de los ricos y poderosos. 


Algunos recurrían a la picaresca, y se fingían locos o tullidos para mendigar. Y es que las leyes Tudor solo toleraban la mendicidad en dichos casos o en el de los ancianos. Con los desempleados, en cambio, eran duras: aquellos que abandonaban su lugar de residencia en busca de trabajo, recibían la consideración de vagabundos y podían ser castigados con sumo rigor. El vagabundo era atado a un carro y azotado hasta hacerle sangre, tras lo cual se le obligaba a regresar a su lugar de origen, o a aquel en el que hubiera residido los últimos tres años. En 1547 una nueva ley decretó que podían ser esclavizados por un periodo de dos años, y si alguno intentaba escapar, la esclavitud se prolongaría de por vida. Afortunadamente el nuevo castigo solo se mantuvo en vigor hasta 1550.

La religión regulaba cada momento de la vida cotidiana. Sin embargo se habían multiplicado las herejías y había crecido el número de brujas y hechiceros, que los Lancaster persiguieron implacablemente. Los ingleses eran un pueblo muy supersticioso. Pensaban que la causa de la pérdida de Francia y el desastroso final de la Guerra de los Cien Años había sido precisamente una de estas “enviadas del demonio” llamada Juana de Arco, una bruja quemada en Rouen. Ya tan solo poseían Calais en suelo francés. Pocas veces un reino, que una generación antes se extendía hasta los confines de Aquitania, se había visto tan brutalmente reducido.

La sociedad se fue volviendo más sofisticada con los Tudor en algunos aspectos de la vida cotidiana, pero otros, como la higiene o la medicina, seguían siendo esencialmente medievales. No había alcantarillado, y la basura se abandonaba en la calle. Se suponía que cada ciudadano debía limpiar la calle una vez a la semana, pero eso era una vana pretensión frecuentemente ignorada. Las ratas invadían las ciudades; las epidemias mortales como la peste bubónica diezmaban periódicamente a sus habitantes: viruela, sarampión, tifus, malaria o difteria caían sobre las grandes poblaciones sin que la gente contase con apenas medios para defenderse de ellas. Las pestes de 1535 y 1543 causaron gran mortandad. Sin embargo, a lo largo de ese siglo la capital experimentó un gran crecimiento: si en 1500 tenía entre 60.000 y 70.000 habitantes, cien años después contaba con 250.000.

Londres, cuya belleza admiraba, era el centro de una intensa actividad comercial, pero las calles, normalmente sin pavimentar, eran oscuras y peligrosas de noche. El transeúnte no solo se arriesgaba a ser víctima de un robo, sino también a sufrir un accidente. Una forma de sortear los peligros era contratar a uno de los niños cuyo trabajo era alumbrar el camino con una antorcha.

Las comunicaciones habían mejorado poco desde la Edad Media. Los caminos fuera de las ciudades seguían siendo poco más que sendas polvorientas en verano, mientras que en invierno llegaban a ser prácticamente intransitables. El único medio de transporte era el caballo o una barca que recorría el río.

Se trataba de una sociedad eminentemente rural: la mayoría de sus habitantes no vivían en ciudades, sino en pueblos pequeños, dedicados a sus granjas. La vida era dura para ellos: cuando la cosecha se arruinaba, a veces se veían obligados a robar. Si los atrapaban, el castigo oscilaba entre ser azotados públicamente o colgados. Comían pan de centeno o de cebada; la carne era un lujo fuera de su alcance, pero muchos tenían animales para al menos obtener de ellos huevos, leche y queso. 

No disponían de demasiadas comodidades en su vida diaria, desde luego. Las sillas eran caras, por lo que solían sentarse en banquetas o taburetes. Incluso entre las clases altas, niños y servidores no solían aspirar a una silla. El excusado se llamaba “privy, pero carecía por completo de la privacidad que sugiere su nombre. Consistían en una tabla de madera con un agujero en el centro, a través del cual los excrementos caían en un cubo situado debajo. Otras veces era un simple agujero en el suelo. Para limpiarse empleaban hojas, musgo o lana de cordero.


Durante ese siglo comenzó a extenderse el uso de cristal en las ventanas, aunque era tan caro que cuando se mudaban de casa llevaban los cristales consigo. Las chimeneas eran un lujo, pero también se fueron haciendo más comunes. Los más ricos utilizaban velas hechas de cera de abeja, mientras los pobres tenían que conformarse con otras a base de grasa animal que desprendían un olor desagradable.

La mayoría de los niños no tenía acceso a la educación. Los que asistían a la escuela solían ser hijos de familias acaudaladas, que comenzaban su educación a la edad de cuatro años. En la escuela aprendían latín, griego, catecismo y aritmética. Asistían seis días por semana, y la jornada comenzaba muy temprano: a las siete de la mañana en invierno y a las seis en verano, prolongándose hasta las cinco de la tarde. Las escuelas para los menores de siete años tenían un horario menos exhaustivo, en especial para permitir a los menos favorecidos por la fortuna que pudieran aprovechar el tiempo para trabajar. La disciplina, por supuesto, era esencial, y para conseguirla no se vacilaba en recurrir al castigo corporal.

Una alternativa, solo al alcance de unos cuantos, era contratar a un preceptor que enseñara a los niños en el propio hogar paterno. Pero había muchas poblaciones que contaban con una escuela parroquial en la que era el vicario quien se encargaba de enseñar a leer y escribir a los chicos, y luego ellos podían ocuparse de enseñar a sus hermanas, aunque generalmente se creía que enseñar esas cosas a las niñas era una pérdida de tiempo. De hecho, dos de las esposas de Enrique, Juana Seymour y Catalina Howard, a pesar de su elevada posición apenas sabían leer y escribir.

La práctica de la escritura consistía en copiar el alfabeto y alguna oración. Como había pocos libros, los alumnos utilizaban los llamados hornbooks, que llevaban colgando del cinturón. Estos consistían en una hoja montada sobre madera, recubierta de una capa transparente de mica o cuerno de vaca para protegerla, enmarcada y provista de un mango. Los hornbooks llevaban escrito el alfabeto, las oraciones o cualquier cosa que se deseaba que el alumno aprendiera.

La situación de la mujer no varió con respecto a siglos anteriores. Se les enseñaba que eran inferiores a los hombres, ya que así había sido ordenado por Dios. Ni siquiera la Reforma cambió ni un ápice su posición de absoluto sometimiento, si tenemos en cuenta que un líder como John Knox escribía perlas como esta: “La mujer en su más grandiosa perfección fue hecha para servir y obedecer al hombre”. No solo el padre, sino cualquier varón de la familia, esperaba ciega obediencia inmediata. A ellas se les inculcaba que su única función en la vida era casarse y tener hijos. La ley otorgaba al esposo poder absoluto sobre la mujer, que se convertía en una de sus propiedades. El adulterio femenino podía conllevar pena de muerte, tal como descubrió más de una esposa del soberano. Si el rey daba su aquiescencia, cualquier par del reino tenía facultad para quemar a su mujer en una hoguera. Azotarla o golpearla era práctica común y aceptada.

Entre las familias de rango elevado, el matrimonio era impuesto a la mujer por cuestiones de interés. Ella rara vez podía elegir esposo, o casarse por amor. En los hogares pobres no era infrecuente que los padres casaran a las niñas cuando alcanzaban la edad de 14 años, antes de que fueran consideradas demasiado viejas para el matrimonio. Además, así tenían una boca menos que alimentar.


Muchas mujeres morían al dar a luz, y por eso la futura madre solía hacer provisiones para el bebé en el caso de que ella no sobreviviera. En el acontecimiento no eran asistidas por un médico, sino por una comadrona que solía ser una mujer de la familia.

Se controlaba estrictamente el modo en que una mujer debería vestir. Las solteras podían llevar el cabello suelto, pero las casadas debían ocultarlo bajo un velo o una cofia. Las reinas quedaban exceptuadas solo durante las ceremonias, puesto que en tales ocasiones debían llevar corona. La cabellera de Ana Bolena era tan larga que llegaba más abajo de sus caderas, pero incluso ella debía someterse a las normas.


sábado, 25 de enero de 2014

La mujer romana


Es cierto que las mujeres romanas no eran exactamente mansos corderitos, si hacemos caso a Catón cuando afirmaba que “Todas las naciones tienen autoridad sobre sus mujeres; nosotros gobernamos todas las naciones, pero nuestras mujeres nos dominan a nosotros”. Pero en general no eran especialmente bien tratadas por sus esposos, como bien refleja el comentario de Tácito acerca de que “el verdadero romano se casa sin amor y ama sin delicadeza”.

Cicerón se casó por segunda vez a los 63 años con una virgen de 17, y sin embargo no era ni su juventud ni su belleza lo que lo había encandilado, sino su enorme fortuna. El día de la boda, uno de sus amigos le preguntó, por qué a su edad no había preferido casarse con una viuda antes que con una jovencita inexperta, y Cicerón respondió con el habitual cinismo que los romanos empleaban en estos casos:

—No te preocupes: mañana ya será una mujer experta.

A veces era la esposa la que tenía al casarse una edad respetable, como fue precisamente el caso de Terencia, la primera esposa de Cicerón, quien, después de haber estado casada con él durante más de 30 años, aún tuvo moral para contraer otros dos matrimonios después del divorcio.


Un ejemplo del trato poco refinado que podía recibir la mujer lo encontramos en Juvenal: 

“No es de la esposa de quien está enamorado, sino del rostro. Basta que aparezcan un par de arrugas en el rostro de Bibula, que su piel se torne flácida, los dientes negros o los ojos más pequeños, y su marido, Sertorio, huirá de inmediato en busca de nuevos amoríos. Y no es el propio amo, sino un liberto quien lleva este mensaje a la esposa olvidada: “Haz tu equipaje y lárgate. Te suenas la nariz con demasiada frecuencia. Viene otra que no tiene la nariz tan húmeda”.

Juvenal dedicó el más largo de sus poemas precisamente a los horrores del matrimonio, y muestra una desagradable colección de mujeres casadas cuyos vicios incluyen el adulterio con hombres, mujeres o incluso asnos. En palabras de María Teresa López de la Vieja, “no hay ningún tipo de degeneración femenina imaginable que Juvenal deje fuera de su invectiva misógina: nos las presenta introduciendo en su propia casa a un amigo supuestamente homosexual que en realidad es en la cama el más potente; o relacionándose con eunucos para no tener que recurrir a abortivos; o en el caso de las mujeres ricas que se niegan a cumplir con su función reproductora, nos las muestra engañando al marido con hijos supuestos que aquel ingenuamente acoge con júbilo”.


Y es que mientras el hombre gozaba de gran permisividad, la mujer, en cambio, debía ser casta y fértil. Se consideraba apta para el matrimonio cuando cumplía doce años, y era su deber dar hijos al Estado. Las leyes de Augusto, mientras premiaban a las mujeres que fueran madres de tres o más hijos, castigaban a las que hubieran alcanzado los 21 solteras y sin descendencia, así que la familia se ocupaba pronto de elegirles un esposo adecuado, sin que se considerara necesario que ambos se conocieran apenas. A este respecto Séneca hizo esta curiosa observación, considerada exclusivamente desde el punto de vista masculino: 

“Sometemos a nuestros animales, esclavos, ropa y utensilios de cocina a una cuidadosa inspección antes de comprarlos. Únicamente la novia no es examinada, de modo que no se sabrá si no complace al novio antes de que este la haya llevado a su casa. Solo después de la boda sabrá si es una arpía, estúpida o deforme, o si tiene mal aliento o cualquier imperfección que pueda tener”.

Afortunadamente durante el Imperio las costumbres se modernizaron un poco, y encontramos en Salvio Juliano que “en caso de matrimonio, se requiere el acuerdo de ambas partes, y el consentimiento de la novia”.


En tiempos de la República se seguía un sistema patriarcal en virtud del cual el esposo tenía autoridad absoluta sobre su mujer e hijos. Durante el Imperio las mujeres fueron adquiriendo algunas libertades, esencialmente financieras. La esposa tenía control sobre su propia fortuna, y el marido no podía disponer siquiera de la dote. La mujer cuyos bienes eran considerables recurría a un administrador que solía ser uno de los libertos de la familia. A él confiaba, según Marcial, incluso su virtud en ocasiones:

“¿Quién es el hombrecillo de cabello rizado que está siempre al lado de tu esposa y susurra incesantemente cosas en su oído, con el brazo derecho sobre el respaldo de su silla? ¿Dices que se ocupa de los asuntos de tu esposa? ¡Oh, sí! Es ciertamente un hombre recto y digno de confianza, cuyo rostro delata al administrador. ¿De modo que se ocupa de los asuntos de tu esposa? ¡Ay, tonto!, es de tus asuntos de lo que se está ocupando.”

Curiosamente Séneca también menciona al administrador de pelo rizado bajo cuyo disfraz se oculta un amante, y Jerónimo advierte a las mujeres cristianas para que no sean vistas en compañía de administradores de cabellera rizada.


El divorcio, que a comienzos de la República era poco frecuente, terminó estando a la orden del día. No era infrecuente que una mujer tuviera sucesivamente cinco esposos. Sin embargo, una dama de alto rango no podía deshonrarse casándose con alguien inferior. En estos casos se solía optar por el concubinato, aceptado socialmente a pesar de las críticas que conllevaba. La palabra concubinato deriva de concubinus, nombre dado al joven a quien su amo elegía como amante. El hombre podía tomar también como concubina a una esclava o a mujeres cuya condición se consideraba inferior. Entre los romanos el concubinato estaba reconocido por la ley; era parecido al matrimonio, y una concubina era prácticamente una esposa legítima, si bien carecía de su dignidad. Los hijos de estas uniones tenían la consideración de naturales, y en el reparto de la herencia salían perjudicados, pues no podían aspirar más que a la sexta parte de los bienes paternos.

A finales de la República, las mujeres que hubieran contraído matrimonio sine manu podían repudiar a sus esposos. Esta clase de matrimonio, menos pleno, determinaba que la mujer continuaba perteneciendo a la familia paterna después de casarse y conservaba sus derechos sucesorios. En el matrimonio cum manu, en cambio, quedaba plenamente sometida al marido.

Otro dato que avanza hacia la igualdad o equiparación entre ambos sexos durante el Imperio es que el estoico Musonio Rufo, que enseñó filosofía en Roma en tiempos de Nerón, declaró la igualdad intelectual de hombres y mujeres. Sin embargo, ellas no podían votar y estaban excluidas de toda función pública.


Hubo un tiempo, antes del Imperio, en el que tampoco se les permitía beber vino. Para asegurarse que no lo habían hecho, el esposo besaba a su mujer en la boca, y si comprobaba que había infringido la prohibición, tenía la facultad de castigarla severamente, tanto que no se excluía matarla a golpes. La razón principal de esta prevención contra el vino es que se creía que facilitaba la proliferación de relaciones adúlteras, un crimen que podía conllevar la muerte. Según Juvenal, “¿qué escrúpulos tiene una Venus ebria?”. Opinaba que las mujeres, desinhibidas por el vino, mantenían relaciones entre sí cuando de vuelta a casa pasaban ante el altar de Pudicitia, la personificación de la modestia y la castidad: “De noche hacen detener sus literas y se orinan en él y cubren de largas chorreadas la estatua de la diosa y se montan la una a la otra a la luz de la luna”. 

Eran las mujeres quienes se ocupaban del cuidado de la casa y dirigían la educación de los niños, aunque solo el esposo tenía potestad para imponer castigos. Ellas trabajaban la lana, algo considerado símbolo de la femineidad y la honestidad. Aquellas cuyos recursos económicos lo permitían, evitaban la mayor parte de las tareas domésticas, que dejaban en manos de esclavos. El fuego y el aceite para las lámparas eran también responsabilidad suya. Debían asegurarse de contar con provisiones suficientes para poder calentar el hogar durante los meses fríos. En el campo las mujeres trabajaban la tierra y recogían las cosechas, mientras en la ciudad a menudo ayudaban a sus esposos a llevar las tiendas.


Disfrutaban de mucha más libertad que las griegas, pues los romanos no consideraban que tuvieran que permanecer encerradas en una parte especial de la casa, ni que debiera prohibírseles comer con los hombres o salir a la calle. Podían aspirar a un cierto grado de educación, estudiar griego, literatura, cantar, acompañarse con la lira y bailar. Las bailarinas hispanas conocidas como puellae gaditanae danzaban al son de los crótalos y llegaron a alcanzar gran fama. Pero la filosofía y la retórica estaban reservadas a las familias patricias. No había muchas analfabetas; de hecho algunas mujeres escribieron poesía y fueron excelentes conversadoras. Podían ejercer la medicina —normalmente en el campo de la ginecología—, la farmacología o la docencia; se les permitía asistir a festivales religiosos, a fiestas y a espectáculos en el anfiteatro o en el circo, unas ocasiones que Ovidio, en su Ars Amandi, encuentra ideales para conocer mujeres. Existen evidencias de que incluso luchaban en la arena como gladiatrices, aunque no podían aparecer sobre un escenario.



Bibliografía:
Glimpses of Roman Culture - Frederik Poulsen
Feminismo: del pasado al presente - María Teresa López de la Vieja


lunes, 20 de enero de 2014

Aelia Verina, Emperatriz de Bizancio (II)


Verina continuaba viviendo en palacio y ganándose a los oficiales a base de sobornos y demás corruptelas. Tenía un amante llamado Patricio, y albergaba grandes ambiciones para él: anhelaba verlo coronado emperador en lugar de su yerno, Zenón. Una vez elevado al rango imperial, ambos podrían casarse. Su hija Ariadna, por su parte, apoyaba a su esposo, así que pronto el palacio se vio dividido de nuevo en dos facciones.

Como Zenón no era popular, no resultaba tarea difícil poner a tropas y senadores en su contra. Verina conspiró con su hermano Basilisco, aún exiliado en Tracia a consecuencia de su clamorosa derrota frente a los vándalos. En el año 475 una revuelta instigada por ambos obligaba a huir a Zenón por mar. Siempre había barcos dispuestos al pie de los jardines para el caso de que se produjera una emergencia, de modo que el emperador, sintiendo su vida amenazada por los servidores de su suegra, emprendió una rápida huida y dejó a su esposa en manos de Verina. Ariadna se convertía así en prisionera de su propia madre, pero pronto logró escapar y reunirse con su marido. Desde la costa viajaron en un carro y consiguieron llegar a Isauria, donde aguardarían a que la fortuna volviera a girar para ellos.

Mientras tanto Verina se llevaba un buen chasco al constatar que su hermano la había engañado: él quería librarse de Zenón, pero no precisamente para ver a Patricio coronado emperador. En lugar de eso, fue a Basilisco a quien llamaron los senadores, y Verina, para más amargura, tuvo que afrontar el trance de ser ella misma quien lo coronara, al ser la única persona de rango imperial presente en la capital. Una vez vistió la púrpura, Basilisco hizo ejecutar a Patricio, atrayéndose así la enemistad de Verina. 

Pero el nuevo emperador pronto iba a toparse con serios problemas, en su mayor parte causados por su esposa. La bella Zenonis era monofisista, es decir, sostenía que Cristo solo tenía naturaleza divina. Ella atrajo al nuevo emperador a su fe y logró que permitiera el regreso de los miembros de su secta, que hasta entonces habían sido perseguidos como herejes. Sin saberlo, estaba empujando a su esposo a la perdición.

Basilisco tenía un sobrino muy apuesto y con reputación de galante en toda Constantinopla. Lo había nombrado prefecto de la ciudad, y el deber lo llevaba frecuentemente a palacio. Sus muchos encantos no tardaron en conquistar a Zenonia, para escándalo del pueblo. 

Verina, mientras tanto, buscaba vengarse de su hermano y empleaba su influencia y sus riquezas para granjearse voluntades que apoyaran de nuevo al depuesto Zenón. No iba a dejar de aprovechar el desagrado del pueblo por la doctrina monofisista, de modo que pronto hubo una multitud agitada de hombres, mujeres y niños cantando himnos ortodoxos en las calles. Basilisco comenzaba a inquietarse.

Pronto llegó a Constantinopla la noticia de que Zenón había salido de Isauria al frente de un ejército. El emperador envió contra él a dos de sus generales, pero ambos lo traicionaron y se pasaron al bando enemigo.

Basilisco descubrió el complot que había en marcha contra él y comenzó a castigar a los conspiradores. Antes de que la prendieran, Verina huyó y buscó refugio en Santa Sofía. Seguramente hubiera acabado por caer de todos modos en manos del emperador de no ser porque su sobrino Armato, el amante de Zenonia, la ayudó a escapar.

El propio Armato fue enviado contra los rebeldes. Había jurado lealtad a Basilisco, pero se pasó también al bando de Zenón, quien le prometió a cambio el mando de sus ejércitos.

Cuando las tropas de Zenón se acercaron a Constantinopla, la pareja imperial, viéndolo todo perdido, se dirigió a Santa Sofía y, para conseguir que el clero les concediera asilo, hicieron toda clase de promesas de terminar con la herejía que habían estado favoreciendo. Al cabo de un tiempo llegó un oficial y los despojó de todos los símbolos imperiales, que debían ser entregados a Zenón y Ariadna. Al mismo tiempo se les dio toda clase de seguridades de que su sangre no sería derramada ni sufrirían violencia alguna si abandonaban el santuario. Confiados en la palabra imperial, así lo hicieron, y a continuación fueron embarcados rumbo a una oscura población de Capadocia, donde serían recluidos en una torre. Hay una versión que afirma que fueron asesinados durante el viaje, pero parece que en realidad llegaron a ser encerrados, y que la puerta fue sellada. Abandonados en el interior, no recibieron agua ni comida, y tuvieron así una horrible muerte por inanición. El emperador no faltaba a la letra de su promesa, aunque sí a su espíritu.


Zenón procedió entonces contra Armato, persuadido de que aquel que había sido desleal a un emperador, podría serlo también a dos. En una escena tan digna del argumento de una ópera como el resto de esta historia, lo hizo asesinar mientras subía la escalera espiral que unía el palacio con el hipódromo.

Pronto una nueva amenaza surgiría en la corte cuando Leoncia, la hija menor de Verina, se unía a las intrigas y ambiciones que se tejían cada día. Leoncia estaba casada con Marciano, hijo de Antemio, emperador de Occidente. Ella había nacido cuando su padre ya era emperador, por lo que reclamaba preferencia sobre su hermana Ariadna. En base a esto, su esposo, pretendía el Imperio bizantino para sí y marchaba sobre Constantinopla al frente de un ejército. Zenón y su esposa huyeron alarmados al saber que se acercaba.

Marciano cometió un error: retrasó la toma del palacio hasta el día siguiente, lo que dio tiempo al enemigo para que llegaran las tropas de refresco que venían de Asia y dieran la vuelta a la situación. El ambicioso esposo de Leoncia fue tonsurado, una forma muy bizantina de deshacerse de un enemigo, que de ese modo ya no podría aspirar a la púrpura.

Zenón y Ariadna regresaron a palacio, pero para entonces el emperador miraba a su suegra con desconfianza, y aguardaba su oportunidad para librarse de ella. 

En 478 un soldado intentó asesinar a Illo, su general de confianza, un atentado del que salió ileso gracias a la intervención de un esclavo. El asesino, interrogado, confesó haber recibido instrucciones de un servidor de Verina. 

Zenón no se atrevía a actuar abiertamente contra ella, pues había llegado a adquirir demasiado poder, de modo que urdió un complot: Illo iba a ir a Isauria haciendo creer a la emperatriz que temía a Zenón, cuyo favor había perdido. El emperador pediría entonces a su suegra que acudiera a entregarle en propia mano una carta ofreciéndole seguridad, pero todo sería solamente un cebo para atraerla a Isauria. En cuanto llegara, sería hecha prisionera.

El plan se llevó a cabo. Verina fue recluida, aunque pronto encontró el modo de comunicarse con su hija. Ariadna intercedía en su favor; con lágrimas en los ojos imploró ante Illo que liberara a su madre, pero no solo no obtuvo satisfacción a sus ruegos, sino que Illo le mostró abierta hostilidad y la acusó de pretender deshacerse de su marido para casarse con otro.

Comprendiendo que tenía en el general a su más mortal enemigo, Ariadna planeó su asesinato. Illo se salvó de nuevo gracias a la intervención de su guardia, aunque perdió una oreja en la refriega. Ante tanto peligro como le rodeaba últimamente, decidió que Constantinopla era perjudicial para su salud y solicitó del emperador un nuevo destino. Fue nombrado comandante de las tropas estacionadas en oriente, partió en compañía del patricio Leoncio y al llegar a Antioquía se rebeló contra Zenón y proclamó emperador a su compañero de viaje.

Verina tuvo así su oportunidad cuando llegó para ella un mensaje en el que se solicitaba su apoyo para coronar a Leoncio y unir sus fuerzas a las de Illo contra Zenón. Ella no vaciló; aceptó la oferta, abandonó la prisión y coronó al nuevo emperador en Tarso. La corte se estableció en Antioquía mientras la emperatriz se preparaba para enfrentarse a las tropas de Zenón, pero este actuó tan vigorosamente que en cuestión de pocos días sus enemigos se encontraban huyendo hacia Isauria y se encerraron en una fortaleza dispuestos a soportar un largo asedio. 

Verina, ya anciana, no vivió suficiente para asistir a la derrota final. Cuando el asedio terminó, su cuerpo fue recuperado y enviado a Ariadna, quien le dio un entierro digno en Constantinopla.


sábado, 18 de enero de 2014

Aelia Verina, Emperatriz de Bizancio (I)


El emperador Marciano fallecía en enero del año 457, posiblemente a consecuencia de una gangrena, aunque circularon rumores de envenenamiento. No dejaba hijos varones. Había tenido una hija de su primera esposa, pero la segunda, Pulqueria, hizo un voto de castidad al que se atuvo incluso durante el matrimonio, una unión que nunca fue consumada y que obedecía a meras conveniencias políticas. 

El destino del Imperio quedaba así en manos del alano Aspar, comandante de la guardia imperial, pero este profesaba la fe arriana, una circunstancia que lo apartaba del trono.

Aspar anunció entonces que sería su hombre de confianza, un tracio analfabeto llamado Flavio Valerio León, quien vestiría la púrpura.

León había hecho carrera en el ejército, unos servicios que le valieron el rango de tribuno y la confianza del comandante, y ahora Aspar calculaba que el oficial bárbaro siempre le estaría agradecido y sería fácil de moldear a su antojo. Aunque otro ciñera la corona, el poder sería suyo.

La esposa de León I, la emperatriz Verina, comparte con él los oscuros orígenes desde los que fue elevada a tan gran esplendor. Nada es lo que se sabe acerca de su extracción o procedencia, pero todo parece indicar que fue una mujer de humilde cuna. No cabe imaginar que un simple soldado como había sido entonces León pudiera aspirar a algo más.


La nueva emperatriz tenía una fuerte personalidad y una inteligencia notable. Carente de escrúpulos, era, además, ambiciosa y tenaz. Aunque se ignora su fecha de nacimiento, parece haber sido mucho más joven que su esposo, quien se aproximaba ya a los sesenta cuando recibió la corona imperial. 

El 7 de febrero León se convertía en el primer emperador bizantino que era coronado por el Patriarca de Constantinopla, adquiriendo así la ceremonia un carácter religioso del que carecía con anterioridad. En otro tiempo la tarea recaía sobre un funcionario o un oficial del ejército, en una ceremonia en la que el nuevo emperador era izado sobre su escudo y aclamado por el pueblo, el senado y el ejército.

Es probable que la coronación tuviera lugar en la iglesia de San Esteban, dentro del palacio. Verina y su esposo cruzarían los jardines para recibir el homenaje de los senadores y los nobles en el Magnaura. Este palacio era una maravilla de su tiempo: había sido construido con mármoles de colores procedentes de las mejores canteras del mundo; sus suelos estaban tapizados de rosas, y 14 enormes lámparas colgaban del techo mediante gruesas cadenas de bronce plateado. Había gorriones de oro posados en árboles igualmente dorados, dotados de un mecanismo que permitía escuchar sus trinos, y ante el trono podían verse unos leones de oro que rugían y movían la cola.

Desde Magnaura la procesión emprendería el regreso a los aposentos reales, que daban al hipódromo. Allí los hombres de Constantinopla lanzarían sus gritos de aclamación al nuevo soberano, y la jornada sería celebrada con carreras de carros. El día de la coronación terminaría, como era costumbre, con un gran banquete al que estaban invitados unos doscientos entre los más altos nobles y dignatarios del Imperio, después de lo cual la emperatriz se retiraba a su lecho.

Ariadna

Durante los primeros años de reinado de su esposo, Verina aparece siempre en un segundo plano, casi en silencio. Las mujeres vivían prácticamente recluidas en la corte bizantina, entre eunucos y doncellas. Ni siquiera precisaban acudir al hipódromo para ver las carreras, ya que podían observarlas cómodamente desde alguna ventana. Nada de eso, sin embargo, impedía que tomaran parte en la vida pública, y de hecho Verina lo hizo posteriormente, lo que hace parecer extraña la oscuridad que la Historia arroja sobre ella en esa época.

La rapidez con la que encontró consuelo después de la muerte de su esposo indica que no debía de haber un fuerte lazo sentimental que la uniera a él. Antes de su elevación al trono, el matrimonio había tenido una hija llamada Ariadna. Unos años después Verina volvía a ser madre. La tradición requería que la emperatriz diera a luz en la sala Pórfida al deseado primogénito, pero la decepción fue grande al ver que Verina traía al mundo a otra niña que llevó el nombre de Leoncia.

Un cronista nos cuenta que en el año 462 las oraciones del matrimonio inscritas en una columna habían sido escuchadas y la emperatriz daba a luz a un varón. Sin embargo, no vuelve a hallarse rastro de ese niño. Para entonces la edad del emperador era suficientemente avanzada como para que la sucesión se convirtiera de nuevo en motivo de gran preocupación. 

A partir de ese momento Verina comienza a dejar traslucir su personalidad. Por esas fechas Aspar y su hijo aún tenían el control de Constantinopla, pero poco a poco lo iban perdiendo en favor de algunos compatriotas de León que habían comenzado a adquirir una enorme influencia. De ese modo se habían ido formando dos bandos, y estaba a punto de estallar el conflicto entre Aspar y sus seguidores ostrogodos por un lado, y el emperador y sus aliados isaurios por otro.

Entre los isaurios había un joven cacique llamado Tarasicodissa que se había ganado las simpatías de León. Las crónicas ortodoxas lo describen como un hombre moreno, feo, peludo, torpe, desgarbado e ignorante, pero el emperador pensaba que era el más adecuado para sucederle en el trono. Fueran o no exageradas las opiniones, parece haberse tratado de un joven inculto e intrigante cuyas gracias, si es que tenía alguna, debían de estar muy ocultas. León, sin embargo, quería casarlo con su hija Ariadna para asegurar así la posición del isaurio junto al trono.

Verina tenía otros designios: ella quería que fuera su hermano Basilisco quien ocupara el trono a la muerte de su esposo. Por entonces iba a enviarse una flota de más de mil navíos a África contra los vándalos, y la emperatriz obtuvo el mando para Basilisco, en la esperanza de que una gran victoria lo convirtiera automáticamente en el sucesor. Pero al cabo de unas semanas regresó uno de los navíos con la terrible noticia del fracaso de la expedición. Los barcos habían sido incendiados, hundidos o dispersados por Genserico. Basilisco había huido vergonzosamente al primer encontronazo, y se había retirado a ocultar su desgracia en Heraclea.

El camino quedaba así despejado para Tarasicodissa, que cambió su nombre por el de Zenón y se casó con Ariadna. A Verina ya tan solo le quedaba la esperanza de compartir el poder con su hija y su yerno, pero primero había que terminar con la pugna entre godos e isaurios. Estos últimos resultaron victoriosos al cabo de menos de dos años, una victoria que le valió al emperador ser llamado en las crónicas León el Carnicero. Un día del año 471 resonó un terrible entrechocar de aceros en palacio. Por orden del emperador, los eunucos asesinaban a Aspar y a su primogénito. Cuando la jornada terminó, hachas y espadas habían dejado los suelos de mármol cubiertos de cadáveres godos, y los isaurios eran los amos del Imperio.

León murió al cabo de tres años. Se cree que quería coronar a Zenón antes de morir, pero que el pueblo se opuso. Por tanto, asoció al trono a su nieto León, un niño de corta edad, frágil y enfermizo. Ello no era más que un subterfugio para que Zenón alcanzara el poder: cuando este se presentó a rendir homenaje a su hijo como nuevo emperador, el niño, aleccionado por Ariadna y Verina, puso la corona sobre la cabeza de su padre. 

Al cabo de solo nueve meses el niño moría y dejaba al isaurio como único emperador. Es a partir de ese momento cuando la emperatriz Verina adquiere un papel verdaderamente relevante y se da a conocer...


Continuará


viernes, 10 de enero de 2014

El dios celta de la elocuencia

Ogmios por Durero

Según Luciano, los galos representaban al dios de la elocuencia como un anciano al que él identifica con Hércules. Durante el tiempo que residió en la Galia Narbonense vio una imagen del dios que describe del modo siguiente:

« Los celtas llaman Ogmios a Heracles en su lengua materna, y lo representan de una forma muy peculiar. Para ellos es un anciano de edad muy avanzada, calvo por delante y blancos los cabellos que le restan y caen sobre su espalda; la piel es rugosa, quemada al punto de parecer bronceada como la de los viejos marineros; se le tomaría por un Caronte o un Jápeto de las moradas subterráneas del Tártaro, por cualquier cosa antes que por Heracles; y sin embargo, va equipado como Heracles: se cubre con una piel de león y sujeta la maza en su mano derecha; el carcaj a un costado, la mano izquierda presenta un arco, y es Heracles de pies a cabeza. Por tanto pensé que los celtas habían cometido esta ofensa contra la belleza de Heracles para injuriar a los dioses griegos… Pero aún no he mencionado lo más sorprendente de la imagen: aquel Heracles anciano suyo arrastra tras de sí a un gran número de hombres atados por las orejas mediante finas cadenas de oro y ámbar semejantes a hermosos collares. A pesar de lo débiles que son sus ataduras, no intentan escapar, aunque les hubiera resultado fácil; lejos de resistir… todos siguen a su guía alegres y contentos, cubriéndolo de alabanzas… Pero dejad que os cuente sin más dilación lo que me pareció más extraño de todo: puesto que el pintor no había dejado ningún lugar al que pudiera atar los extremos de las cadenas, ya que la mano derecha del dios sujetaba la maza y la izquierda el arco, perforó la punta de su lengua y lo representó arrastrando así a los hombres. Es más: tiene el rostro vuelto hacia sus cautivos y está sonriendo.

»Llevaba allí mucho tiempo mirando desconcertado y dando vueltas a la cabeza cuando un celta a mi lado, conocedor de la cultura griega, como demostró con el excelente uso de nuestra lengua, y que parecía haber estudiado las tradiciones locales, dijo:

»Te revelaré el enigma de la imagen, extranjero, pues parece que te inquieta mucho. Nosotros los celtas no estamos de acuerdo con vosotros los griegos en la idea de que Hermes es Elocuencia. Identificamos con ella a Heracles, porque es mucho más poderoso que Hermes. Y no te sorprenda que lo representemos como un anciano, pues la elocuencia y solo la elocuencia suele mostrar todo su vigor en la vejez. Vuestros poetas tienen razón al decir que el juicio de los jóvenes es errático, y que la vejez tiene palabras más sabias que decir que la juventud… Por tanto, si este viejo Heracles, el poder de la palabra, arrastra a los hombres que están atados a su lengua por las orejas, no te sorprendas tampoco, pues debes conocer la estrecha relación entre orejas y lengua. En una palabra, nosotros los celtas somos de la opinión de que el propio Heracles llevó a cabo todo mediante el poder de la elocuencia, pues era sabio, y que la mayor parte de su fuerza procedía de la persuasión. Su discurso es su arma, afilada y certera, ligera para penetrar la mente. Y también vosotros decís que las palabras tienen alas.»

Esas cadenas que atan a los cautivos por las orejas salen de la boca del dios para simbolizar la elocuencia, a la que los celtas consideraban más poderosa que la fuerza. Ellos admiraban especialmente la proverbial elocuencia de los bardos. 

Ogmios atrae a sus fieles sirviéndose de la magia de las palabras, por lo que es en su nombre en el que se profieren tanto las bendiciones como las maldiciones contra los enemigos. Estas aparecen a veces escritas en las llamadas defixiones o tablillas de la maldición, dos de las cuales se han hallado en Bregenz, Austria (Brigantia en tiempos de los romanos). 


La descripción que Luciano hace de los cabellos del dios sugiere una tonsura druídica, pero no se han encontrado demasiadas representaciones de Ogmios, por lo que no es posible discernir hasta que punto es veraz el retrato que de él hace Luciano. Contamos con unas monedas galas que parecen mostrar una figura central cuyos labios se unen con tres cabezas más pequeñas, lo que podría ser igualmente una imagen del dios, pero también puede estar relacionado con el rito de las cabezas cortadas y representar a un guerrero con sus trofeos. Existe una inscripción donde se le invoca como Hércules Ogmios, y otra en la que aparece con el nombre latinizado como Ogmius.

Derrotaba mediante la palabra, pero no es este su único atributo: junto con otras divinidades, aparece al mismo tiempo como dios de la fecundidad, de la riqueza y de la vida de ultratumba. Aunque puede ser solemne, la mayoría de las veces Ogmios es risueño y sonriente. Según la concepción celta, la fiesta y la alegría están estrechamente unidas a la idea de la muerte, y algunos autores han creído encontrar en los ritos asociados a Ogmios los orígenes de la danza macabra, en la que los bailarines, felices, siguen a la Muerte que dirige la danza. El dios utilizaba sus poderes de persuasión para atraer a los hombres y conducirlos al más allá.

Los irlandeses cuentan con un equivalente llamado Oghma, dios de la poesía y el conocimiento. A él se atribuye la invención del alfabeto ogham, utilizado fundamentalmente para inscripciones y cuya aparición se sitúa en torno al siglo V. Oghma no solo sería el dios de la elocuencia y la escritura, sino también del arte en general. Relaciona la palabra con el impulso creativo y con la acción. En la mitología celta la magia, la artesanía y la elocuencia siempre van unidas. Además Oghma aparece como el campeón de los dioses, algo que podría derivar de la primitiva costumbre de arengar a los guerreros con discursos elocuentes antes de una batalla. 

Ambas divinidades tienen tanto en común que no se sabe a ciencia cierta si en realidad son uno solo. Los estudios apuntan a que Ogmios era más antiguo que su equivalente irlandés, pero a medida que fue desapareciendo en la Galia, Oghma tomó su lugar.