lunes, 29 de diciembre de 2014

Entrevista sobre La Corte del Diablo



El blog de Ediciones Áltera se ocupa hoy de la novela y publica una entrevista con la autora:


Les recuerdo que está prevista su salida para el 27 de enero.

Muchas gracias, y aprovecho para desearles un feliz Año Nuevo. Nos veremos después de las fiestas.


Montserrat Suáñez


domingo, 14 de diciembre de 2014

Fernando VI


Fernando fue el cuarto hijo del rey Felipe V y su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya. Nació el 23 de septiembre de 1713 tras un parto que ofreció la peculiaridad de haber intervenido hombres en la atención debida a la reina, algo que en aquel tiempo era aún muy poco corriente.

El recién nacido fue puesto bajo los cuidados del doctor Legendre, que había llegado a España entre el séquito de Felipe. De su crianza se ocuparon sucesivamente ocho nodrizas, ninguna de las cuales parece haber durado mucho en su puesto. Cuando cumplió siete años, su educación pasó a estar en manos exclusivamente masculinas, siendo nombrado el conde de Salazar como gobernador de su casa.

María Luisa Gabriela fallecía al cabo de tan sólo cinco meses del nacimiento de su hijo, y al poco tiempo el rey volvía a casarse. La nueva reina, Isabel de Farnesio, velaba por los intereses de sus propios retoños, por lo que el niño no pudo encontrar en ella una segunda madre.

En 1724 Felipe V abdicó en su hijo mayor, Luis, que fallecía sin descendencia meses después, a consecuencia de la viruela. Lo lógico era que el sucesor hubiera sido entonces Fernando, pero Isabel Farnesio maniobró para que su esposo recuperara el trono, logrando imponer su voluntad sobre aquel amplio sector que consideraba que una abdicación era irrevocable. Poco después Fernando era proclamado Príncipe de Asturias.

Bárbara de Braganza

Tenía tan sólo once años cuando comenzaron a buscarle esposa. La elegida fue Bárbara de Braganza, hija del rey de Portugal y dos años mayor que él, pero pronto surgió el primer problema al procederse al habitual intercambio de retratos entre los prometidos. Cuando el enviado español quiso obtener el de Bárbara, se le ofrecieron toda clase de pretextos para no entregarlo. El embajador, intrigado por unas evasivas y demoras que no resultaban naturales, indagó la causa, y no tardó en escribir a Madrid contando la resolución del misterio: “La cara de la señora infanta ha quedado muy maltratada después de unas viruelas, y tanto que afírmase haber dicho su padre que sólo sentía hubiese de salir del reino cosa tan fea”. Más adelante ofrece detalles mucho más demoledores: “He sabido que desde hace algún tiempo se le vienen aplicando a su alteza ciertos remedios por si fuera posible igualar los hoyos de la cara y hacer remitir el humor que destila por los ojos a causa de la cruel enfermedad, con lo que hasta concluida la curación no quieren los reyes permitir la vista de su hija”.

Finalmente el embajador se hizo con un retrato, pero, al parecer, muy poco realista, según advierte él mismo: “No está nada semejante, porque además de encubrir las señales de la viruela se han favorecido considerablemente los ojos, la nariz y la boca, facciones harto defectuosas”.

Fernando debió de encontrar decepcionante incluso el retrato que había pretendido ser halagador, porque cuando lo recibió, lo guardó en sus aposentos y nunca quiso mostrárselo a nadie en los tres años que tardaría en celebrarse la boda.

La primera entrevista entre los prometidos tuvo lugar en Caya. Fernando iba preparado para encontrar una jovencita fea, pero no tanto. Según el embajador inglés, “la infanta, aunque estaba cubierta de perlas y diamantes, desagradó al príncipe, que pese a sus prevenciones la miraba como no dando crédito a lo que veía. Claro que si bien la desposada es un verdadero adefesio, este defecto se halla compensado por su conocimiento de seis lenguas”.

Fernando VI

Y, ciertamente, una de las virtudes de la novia era su esmerada cultura. Bárbara era, además, muy aficionada a la música, pasión que compartiría con su esposo, y estaba dotada de un carácter tan agradable que no le costaba esfuerzo hacerse querer por quienes la rodeaban. Fernando, a pesar de esta primera impresión penosa, no iba a ser precisamente la excepción. Como escribió un contemporáneo, “era tal la bondad de la reina, que la hacía resplandecer como hermosísima”. Aunque, eso sí, también hay que anotar que era muy avara, y que la obsesión por quedarse en la miseria si perdía a su marido la impulsaba a acumular dinero sin medida.

Ambos contrajeron matrimonio en la catedral de Badajoz. Isabel de Farnesio no estaba inquieta por las consecuencias que este enlace pudiera traer para su propio hijo, puesto que sabía perfectamente que no saldría de allí descendencia alguna que pudiera hacerle sombra. Se conserva un informe enviado a París en el que se lee lo siguiente acerca del novio:

“Aunque por su gran juventud se encuentran en él los movimientos necesarios para contentar a una mujer, sin embargo le falta naturalmente lo que por artificio se quita en Italia a los que se quiere hacer entrar en la música, de manera que el príncipe tenía muchos fuegos, pero no producía ninguna llama ni resultado alguno propio de la generación”.

En 1746, a la muerte de su padre, Fernando alcanza la corona. Mantuvo buenas relaciones con sus hermanastros y permitió que su madrastra se quedara en la corte, pese a lo mal que Isabel se había portado con él y con su esposa mientras vivió el rey Felipe. Continuar teniéndola cerca era una fuente de continua perturbación, dado que Isabel aspiraba a manejarlo todo. 

Isabel de Farnesio

Bárbara, mientras tanto, era feliz al lado de su esposo, y su única pena era la de no poder darle un heredero. Sabía que por ello no podría ser enterrada en El Escorial, de modo que fundó el convento de las salesas reales para que sus restos descansaran allí junto a los de Fernando. No fue, sin embargo, una buena idea, porque, a pesar de ser muy querida por el pueblo, en esta ocasión apareció un pasquín en la puerta de la iglesia:

Bárbaro edificio.
Bárbara renta.
Bárbaro gasto.
Bárbara reina.

Bárbara de Braganza moría el 27 de agosto de 1758, una pérdida que causó profunda depresión en su esposo, ya de por sí muy inclinado a la melancolía. 

Cuentan que Fernando no mudó de ropa durante un año, y que no se acostó en una cama, limitándose a dormir en su butaca. Se encerró en el castillo de Villaviciosa; se negaba a hablar o a ocuparse de los asuntos de Estado. Le daban ataques de locura que lo impulsaban a arrojar vasos y platos a la cabeza de sus servidores y a tratar de estrangularse con sus sábanas o servilletas. Perdía la memoria, gritaba y suplicaba a los presentes que le dieran ideas, porque “decía que no tenía pensamientos y que era forzoso morir por falta de ellos”. Además se esforzaba por no evacuar, y para ello utilizaba como tapón los pomos puntiagudos de las sillas de su cuarto, sobre los cuales se sentaba. En esa posición podía pasar hasta 18 horas. Como mordía los vasos, fue preciso sustituir los de cristal por otros de plata, que también mordisqueaba. Había que vigilar que no se lesionara, porque quería suicidarse y pedía que le dieran veneno. Cuando cayó agotado en cama, se hacía encima sus necesidades y las arrojaba a cualquier servidor que se acercara. 

Al cabo de un año, también él descansaba al fin en paz.


domingo, 7 de diciembre de 2014

La cocina romana


Los romanos no tenían una hora determinada para el desayuno (iantaculum o ientaculum); dependía de la hora a la que se levantaran. Comían entonces pan empapado en vino o con sal, además de uvas, aceitunas, queso, leche y huevos.

El almuerzo o prandium se tomaba a mediodía, y consistía en platos tanto calientes como fríos. No era el prandium, sin embargo, la comida principal, sino que este puesto le correspondía a la cena.

El alimento básico de las clases humildes eran las gachas (puls), y los vegetales como la col, nabos, rábanos, cebollas, ajo, legumbres, pepino y calabazas. Solamente comían carne los días de fiesta.

En los primeros tiempos todo era muy sencillo, y amos y esclavos tomaban la misma comida. Para las ocasiones especiales podían alquilarse cocineros que ofrecían sus servicios en el mercado. Pero después de las conquistas de Roma, la dieta de las clases acomodadas fue adquiriendo más variedad y complicación. El número de platos, así como su elaboración, pasó a requerir toda una plantilla de cocineros con sus ayudantes. Cuando se trataba de profesionales expertos, recibían una excelente paga. Los hogares contaban también con un esclavo cuya misión era cocer al horno los pasteles, cuando al principio esta tarea la habían llevado a cabo las mujeres de la familia. 

Los pobres comían las clases más pequeñas de pescado, mientras que los mújoles de gran tamaño eran uno de los bocados más apreciados y caros. Otros peces que satisfacían el paladar romano eran el lucio, que mantenían en estanques, la platija que solían importar de Ravena, y la morena, recogida principalmente en Sicilia y Tartessos. Gustaban de condimentarlos con salsas y contaban además con pescados en conserva, importados de Cerdeña y España. Entre los mariscos y moluscos, mostraban preferencia por la ostra.



Para disponer siempre de pescado construyeron viveros con agua salada o dulce y que se comunicaban con canales para renovar el agua. Durante la época de la República, Lucio Licinio Lúculo hizo excavar un canal que atravesaba una cadena montañosa hasta llegar al mar, con tal de suministrar agua salada a su vivero. Lúculo fue un victorioso militar que, una vez retirado del ejército, se dedicó a disfrutar del botín y a llevar una vida de lujo y refinamiento. Los banquetes que ofrecía a sus amistades fueron famosos, y hay al respecto una anécdota que cuenta que una noche se quejó a sus servidores de lo escasa que le parecía la cena para lo que él acostumbraba. Ellos le respondieron que, al no haber invitados en esa ocasión, lo habían estimado suficiente. Indignado, el viejo militar replicó:

—¿Acaso no sabíais que hoy Lúculo cena con Lúculo?

La expresión “Lúculo cena con Lúculo” o “Lúculo come en casa de Lúculo” ha pasado al idioma castellano para designar a aquellos que se obsequian a sí mismos con banquetes suculentos.

Además de viveros, los romanos tenían reservas de pájaros o aviaria. Allí podían encontrarse aves de corral, tordos, faisanes o pavos reales. Los zorzales y los huevos de faisán estaban considerados bocados exquisitos.

En ocasiones viveros y pajareras se convertían en una fuente de ingresos considerable, porque destinaban los ejemplares a la venta además de al consumo propio.


Liebres y conejos eran también muy apreciados, junto con los cabritos importados de Ambracia, los cerdos y verracos. El cerdo era sumamente aprovechado, y los romanos gustaban mucho del jamón (perna) y las salchichas, que los vendedores llevaban por las calles en hornos portátiles mientras voceaban la mercancía.

Contaban con magníficas ensaladas a base de ruda, lechuga, berro o malva, a las cuales se añadían otras traídas de provincias. Además, la península era rica en árboles frutales, por lo que contaban con manzanas, peras, ciruelas, membrillos, cerezas, melocotones, granadas, higos, nueces, castañas y un sinfín de frutas. Sin embargo, algunas de las más comunes hoy, no crecían en la antigua Italia. Los melones comenzaron a cultivarse en el siglo I, mientras que limones y pomelos no llegaron hasta la época de las Cruzadas. La naranja amarga fue introducida en Europa por los árabes desde España y Sicilia, pero la dulce que conocemos hoy habría de esperar aún más: la importaron los portugueses desde China en el siglo XVI. Eran las “naranjas de la China” o “mandarinas”. En cuanto a los cereales, los romanos sólo conocían el trigo y la cebada.

Los romanos empleaban cuchara, pero no tenedor. Comían con la mano derecha, mientras que con la izquierda sujetaban la vajilla.

Se bebía mulsum con los entrantes (gustatio o promulsis) de la cena, una mezcla de un quinto de miel y cuatro de vino o mosto. Con esta mezcla se preparaba el estómago para los vinos más fuertes. Después venía la cena propiamente dicha o prima mensa, que consistía en tres platos llamados prima, altera y tertia. Todos se traían sobre una bandeja o repositorium. El postre, secunda mensa, era a base de dulces, confituras y frutos secos y frescos.


Al igual que los griegos, los romanos solían mezclar el vino con agua. Beberlo sin mezcla o utilizando muy poca cantidad de agua estaba mal visto, por considerarse señal de intemperancia. Los esclavos jóvenes eran los encargados de preparar la mezcla, añadiendo agua caliente o nieve, según el gusto del comensal. La bebida caliente se llamaba calda. Se preparaba en vasijas con asas y tapadera, con una caja cilíndrica para el carbón caliente, un receptáculo en el fondo para las cenizas y un grifo en el centro.

Durante la cena se bebía con moderación, pero cuando esta terminaba y se daba paso a la comissatio o velada, era frecuente continuar hasta embriagarse. Se elegía al rey de la fiesta tirando los dados, se brindaba por los presentes con las palabras “bene tibi, vivas”, o bien a la salud de los amigos ausentes. En tiempos posteriores se incluyó el brindis a la salud del emperador y del ejército. Cuando el objeto del brindis era una mujer, el número de vasos que debía apurar cada invitado era igual al número de letras del nombre de ella.

Sin embargo, no todo el mundo en Roma podía disfrutar de estos lujos y refinamientos. Allí residía también la masa de gente llamada plebs frumentaria, pobres entre los que el Estado debía distribuir raciones de grano para alimentarlos. Su número no era pequeño: desde que la ley de Clodio del año 58 a. C. había establecido que la distribución fuera completamente gratis, el volumen de esta plebs había crecido de modo alarmante. Los intentos de Pompeyo por reducirla fracasaron a causa del incendio del templo de las Ninfas, donde se custodiaba la lista de beneficiarios. Habría que esperar a que César fijara nuevos criterios para el reparto, logrando rebajar la cifra de 320.000 a 170.000 beneficiarios.



lunes, 1 de diciembre de 2014

LA CORTE DEL DIABLO: PORTADA Y SINOPSIS



En Francia reina Carlos IX. Apenas dos años antes de la masacre de la Noche de San Bartolomé, las intrigas proliferan en el palacio del Louvre, donde es la reina madre, la formidable y astuta Catalina de Médicis, quien lleva las riendas del gobierno. En esta época concurren las guerras entre católicos y hugonotes, los desdichados amores entre el duque de Guisa y la hermana del rey, los disturbios en las calles, el cautiverio de María Estuardo, la batalla de Lepanto y los planes para arrebatar Flandes a España. En medio de este ambiente enrarecido, un polaco de origen francés viaja a Francia con motivo de la boda de Carlos IX. Al llegar se enamora de la amante del duque de Anjou y su destino se complicará hasta lo inimaginable…

Ediciones Áltera publica hoy en su blog una reseña de mi novela, cuya salida al mercado les recuerdo que está prevista para finales de enero.

Encontrarán la reseña en este enlace, donde pueden dejar también sus comentarios si lo desean:


Muchas gracias a todos,


Montserrat Suáñez


jueves, 27 de noviembre de 2014

La educación de Fernando VII


Fernando, nacido el 14 de octubre de 1784, fue el noveno de los catorce hijos del rey Carlos IV. A pesar de ello, acabaría heredando la corona al no superar la infancia sus hermanos mayores.

Aunque pueda parecer lo contrario, Fernando VII había recibido una educación esmerada en comparación con la de sus padres. Tuvo preceptores cultos que lograron inculcarle amor por las artes: primero fue Scio, religioso de la Orden de San José de Calasanz; después el obispo de Orihuela y, cuando el príncipe tenía once años, el canónigo Juan Escoiquiz, hombre intrigante y ambicioso que fue seguramente quien más influyó en su carácter.

Durante su infancia su rutina diaria transcurría de un modo asfixiante que resulta poco adecuado para un niño. Todo estaba tan severamente controlado y el horario era tan rígido que por fuerza debía de imperar una tristeza abrumadora entre tanta monotonía. Según Michael J. Quinn, “Al plantear el curso de educación del príncipe de Asturias, Godoy adoptó principios semejantes a los que habían seguido en otros países Mortimer, Richelieu y Bute. Su interés exigía que el heredero de la corona no saliese de la dependencia, de la sumisión y si posible era, de la nulidad: porque su permanencia en el poder era incompatible con las ideas que el príncipe debía naturalmente adquirir; así que no olvidó ninguno de los medios propios para llegar al fin que se proponía. Los preceptores de Fernando veíanse obligados a seguir la línea de conducta que les había trazado el príncipe de la Paz, y había formado su corte con los hombres más ignorantes que no tenían otro destino que perpetuar su infancia y alejarle de los negocios públicos del reino”.

Cuando tenía once años, su jornada, recogida por Voltes, se desarrollaba del modo siguiente:

Se levantaba a las seis de la mañana desde septiembre hasta abril, mientras que durante los restantes meses del año se despertaba a las cinco. Una vez vestido, se reunía con su preceptor y ambos rezaban un tedéum, “dando gracias a Dios por haberle sacado de las tinieblas de la noche y suplicándole le preserve de ofenderle en el día”. El preceptor podía entonces proponerle algún asunto a meditar, tras lo cual lo instruía “en algún punto de gobierno y política cristiana”.



De siete a ocho tenía clase de latín. Cuando esta terminaba, el príncipe desayunaba, y después el maestro le explicaba una nueva lección y hacían un repaso de lo anterior hasta las 9. Finalizado el repaso, se peinaba y acudía a misa, y luego asistía a una clase de historia.

De diez y cuarto a once menos cuarto recibía su lección de baile. A las once menos cuarto “pasará su alteza al cuarto de sus majestades a darles cuenta de su salud y aprovechamiento, y saber cómo han pasado la noche, manifestando a sus augustos padres el afecto y cariño que les profesa y los deseos de complacerles y servirles”. Concluida la visita, regresa a su habitación, donde aguarda el maestro de historia. Con él permanecía el príncipe hasta las doce y cuarto, hora de comer.

Después de comer disponía de algún tiempo libre para divertirse “en lo que guste o hará la siesta hasta las dos”. Tras los cortos momentos de asueto venía una hora de estudio del latín, pues debía aprender la lección que le habían señalado por la mañana.

A las tres salía de paseo con su hermano el infante don Carlos, y a su regreso, dos horas más tarde, volvía a saludar a sus padres. Después de la merienda venía la lección de gramática hasta las siete, hora en la que pasaba a buscarlo el preceptor para rezar el rosario. “Acabado que sea, se recogerá un poco de tiempo a hacer examen de las obras del día y pedir a Dios le perdone sus defectos. Después podrá leer en el Año cristiano el santo del día.”

La cena era a las nueve. Cuando terminaba de cenar disponía de unos pocos minutos para entretenerse hasta que se fuera a acostar, que era a las diez.

No sirvió toda esta disciplina para convertirlo en un intelectual. No se rodeaba de ellos, sino que prefería la compañía de gente con menos formación que él, tal vez porque se le había acostumbrado a ello desde la más tierna edad. Sus aficiones más conocidas tampoco eran de carácter intelectual: le gustaban los toros y el billar, y se divertía con las mismas cosas con las que disfrutaba el pueblo. Sin embargo, y aunque sea uno de sus rasgos menos divulgados, Fernando VII sí que fue aficionado a la lectura, y, de hecho, reunió una importante biblioteca personal. Además era melómano y amante de la pintura; tocaba la guitarra, dibujaba bastante bien y se atrevía a traducir alguna obra del francés, además de ser mecenas de grandes artistas, como Goya o Madrazo. Todo ello sin olvidar que es a él y a su esposa Isabel de Braganza a quien se debe el museo del Prado. Tampoco la ciencia escapaba por completo a su curiosidad, puesto que algunas veces se entretuvo haciendo experimentos de física y química, creó el museo de ciencias naturales, patrocinó el jardín botánico y ordenó restaurar el observatorio astronómico, que había resultado gravemente dañado durante la guerra contra Napoleón.

Tampoco sirvió la educación religiosa recibida para convertirlo en un hombre devoto. Sin duda abrumado aún por el pesado recuerdo de aquellos años de infancia y por la excesiva devoción de su tercera esposa, cuando se le buscaba una cuarta reina y se le propuso como candidata a otra princesa de la Casa de Sajonia, exclamó (y disculpen el exabrupto):

-¡No más rosarios ni versitos, coño!




miércoles, 19 de noviembre de 2014

El primer reinado de Estanislao I de Polonia


Polonia ofrecía una característica muy peculiar: a pesar de ser gobernada por un rey, en realidad, y aunque de modo atípico, era una república. Cuando fallecía un rey, toda la nobleza se reunía en un barrio de Varsovia para elegir sucesor, una gran asamblea que era presidida por el cardenal primado. Además, el poder del soberano nunca era absoluto, sino que estaba sometido a la fiscalización de la Dieta y el Senado, que eran quienes votaban las leyes. 

A finales del siglo XVII fallecía Juan III Sobieski. Su muerte trajo consigo el desencadenamiento de una dura pugna entre las familias que aspiraban a sucederle, y para atajarla el cardenal primado decidió que la elección quedara reducida a dos candidatos que no fueran polacos. Estos eran el elector de Sajonia, Federico Augusto, y el francés príncipe de Conti, pariente de Luis XIV y que fue el que se alzó con la victoria por un estrecho margen. Pero el perdedor no se conformó y, aprovechando que su rival estaba lejos, hizo que la asamblea se reuniera de nuevo para rectificar su decisión. Conti iba de camino cuando se entera de que Federico Augusto ha sido consagrado ya en la catedral de Cracovia y, ante los hechos consumados, no encuentra otra opción que regresar a Francia.

El rey de Sajonia se había convertido en Augusto II de Polonia, pero pronto los polacos tendrán razones para arrepentirse de su decisión, porque el nuevo soberano entra a sangre y fuego, arrasando los lugares por donde pasa. Todo aquello que no resultaba destruido, era entregado al pillaje. No satisfecho con estos desmanes, lanza a Polonia a una guerra contra Suecia infravalorando a su joven monarca, Carlos XII. Todavía no sabía que había ido a topar con un magnífico militar y estratega. Carlos avanzó hasta entrar en Polonia y llegar a una legua de Varsovia, obligando a Augusto a huir precipitadamente hacia Cracovia. Mientras tanto la Dieta envía una delegación ante el rey de Suecia. Al frente de la misma iba Estanislao Leczinski.

Augusto II de Polonia

Estanislao aún era joven entonces. Había nacido en 1677, en el seno de una familia que había dado leales servidores a los reyes de Polonia y, aunque mucho fue lo que viajó por toda Europa, eligió como esposa a una rica heredera polaca: Catalina Opalinska Benz. De su unión nacieron dos hijas: Ana y María Leczinska, aquella que un día se convertiría en reina de Francia al casarse con Luis XV.

El rey de Suecia quedó gratamente impresionado por Estanislao. Carlos quiere destronar a su enemigo, Augusto II, y poner a otro en su lugar. En esos momentos resuelve que aquel joven polaco que comparece ante él podría ser muy indicado, de modo que convoca una nueva asamblea y se asegura de que sea elegido rey. Era el 12 de julio de 1704.

Pero esta proclamación no resolvía el conflicto, puesto que Augusto no se mostraba nada dispuesto a ceder la corona. Cuando el rey de Suecia se ve obligado a poner rumbo al norte para combatir a los rusos en compañía de Estanislao, Augusto aprovecha para emprender el camino a Varsovia y ponerle cerco. Aunque logra momentáneamente su objetivo, cuando regresa Carlos XII es expulsado de nuevo. Tras haberse hecho con el control del Estado, Estanislao y Catalina eran consagrados en la catedral de San Juan de Varsovia.

Como Augusto continuaba la guerra desde sus dominios de Sajonia. Carlos decide invadirlo para poner fin a su resistencia y, cuando llega a las puertas de Dresde, el rey se rinde y acepta abdicar en Estanislao.

Carlos XII de Suecia

A pesar de todo, la posición de este último era tan precaria que encuentra más seguro alejar de Polonia a su esposa y sus hijas y buscarles asilo en la Pomerania sueca. Consciente de la fragilidad de su trono, no quiere acompañar a su aliado Carlos XII cuando éste emprende una loca campaña contra el zar. Fue una decisión afortunada, porque esta vez Carlos midió mal sus fuerzas y no tuvo en cuenta los estragos del invierno ruso, todo lo cual lo condujo a una contundente derrota que contribuirá a que su enemigo ganase el nombre de Pedro el Grande.

Son malas noticias para Estanislao, que sabe que si se ha sostenido hasta entonces es gracias al rey de Suecia. Ahora Augusto, envalentonado, afirma que ha sido obligado a abdicar y empuña de nuevo las armas. Cuando avanza sobre Varsovia, Estanislao lo ve todo perdido y decide abandonar Polonia para reunirse con su familia. No desea luchar por su corona, pero Carlos XII se resiste a abandonar la causa y le invita a reunirse con él en la Turquía europea, donde se encontraba desde la derrota en Rusia.

Estanislao se disfraza de oficial francés para viajar hasta allí, pero cuando llega se entera de que el rey de Suecia ha partido ya. Cansado de tanta lucha que apenas le ha proporcionado alguna satisfacción, le pide a Carlos que le conceda una posición en Europa, y con eso se dará por satisfecho. Así fue nombrado duque de Zweibrücken, y de rey de Polonia pasaba a gobernar una pequeña ciudad situada en un valle. Sin embargo, él está contento: en aquel hermoso lugar de no más de cinco mil habitantes podrá al fin ser feliz junto a su familia y entregarse a la vida hogareña mientras aguarda el momento en que pueda recuperar su corona.

El momento llegaría, pero seguramente no imaginaba lo lejos que estaba: habría de esperar 24 años, y tampoco entonces lograría retener su corona mucho tiempo.


martes, 11 de noviembre de 2014

La Corte del Diablo




Me complace anunciar que Ediciones Áltera publicará próximamente mi primera novela, que llevará por título La Corte del Diablo. La acción transcurre en tiempos de Catalina de Médicis, durante el reinado de Carlos IX, una época convulsa y propicia para la intriga, la conspiración y la aventura.

La fecha de lanzamiento estimada es el 27 de enero, dato que confirmaré más adelante, a la vez que revelaré otros nuevos. Ya iré informando mejor a medida que se acerque el día. Por el momento sólo quería adelantarles la noticia.

Saldrá tanto en papel como en formato ebook, de modo que la lectura estará también al alcance de aquellos que no residen en España. 

Vaya, voy a tener que dejar de ser La Dame Masquée.

Muchísimas gracias a todos.



sábado, 8 de noviembre de 2014

El Imperio Sasánida: Shapur II el Grande


La dinastía sasánida gobernó Irán desde el año 224 hasta el 641. Su origen es oscuro. Parece ser que se remonta a un sacerdote del templo de Istar llamado Sasán, cuyo nieto Ardacher se hizo con el trono tras una revuelta de los terratenientes contra la dinastía arsácida, considerada extranjera.

Shapur II, décimo de sus gobernantes, tuvo un larguísimo reinado de 70 años, entre el 309 y el 379. Su nombre significa “hijo de rey” y, en efecto, lo fue. Sin embargo, era el menor de toda la progenie del soberano. De hecho ni siquiera había nacido aún cuando su padre falleció dejando el trono en manos del primogénito, Adarnases. Pero Adarnases mostró tal crueldad apenas suceder a su padre que fue asesinado por sus propios nobles. Como estos tampoco deseaban por rey a ninguno de sus hermanos, acordaron aguardar a que naciera Shapur, colocando simbólicamente la corona sobre el vientre de su madre encinta. Su confianza en que sería un varón no resultó defraudada, y de ese modo los grandes señores de la corte sasánida pudieron ostentar todo el poder y gobernar en su nombre hasta que el niño alcanzó la edad adecuada, lo que sucedió al cumplir 16 años.

Shapur se reveló como el más brillante de cuantos gobernantes había tenido la dinastía hasta entonces. Sabía usar la diplomacia cuando resultaba conveniente, pero solía mostrarse intransigente en sus reivindicaciones. “Astutum”, llamaban los romanos a aquel que ostentó el título de “Rey de Reyes, partícipe de las estrellas, hermano del Sol y de la Luna”. Hábil tanto en el terreno de la política como en el militar, gran administrador y dotado de una fuerte personalidad, todo en él era impresionante, incluso su elevada estatura. Amiano Marcelino, que lo llama el Gran Rey, al conocerlo quedó deslumbrado por su imagen.

Poco antes de la muerte del emperador Constantino, Shapur rompió la paz que había sido concertada con Roma en tiempos de Diocleciano, más de cuarenta años atrás. Dirigía personalmente sus ejércitos y logró reconquistar buena parte de los territorios que habían sido arrebatados a su Imperio, hasta hacerse de nuevo con Mesopotamia, Armenia y el Cáucaso. Luego fundaba ciudades que repoblaba con prisioneros de guerra que capturaba en las fortalezas que tomaba a los romanos. 

Investidura de un rey sasánida (Shapur II o Ardacher II), entre Mithra y Ahura Mazda

Hombre supersticioso y profundamente religioso, hacía sacrificios en el puente de Anzaba antes de cruzar el río y fue el último de los gobernantes sasánidas en proclamarse imagen de la divinidad. Además de ordenar unificar la doctrina de Zoroastro, practicó una política de persecución de la herejía y, muy especialmente, del cristianismo, rompiendo así la tradicional tolerancia de la dinastía. Su inquina contra los cristianos se debía a que, al haber sido ampliamente cristianizado el Imperio Romano, él los identificaba con el enemigo, con el que temía que pudieran colaborar. Aquellos que vivían en sus dominios eran considerados espías y traidores en potencia.

Su ejército era numéricamente muy superior al de los romanos. Contaba con los peligrosos arqueros sasánidas y con los elefantes. Sin embargo, la táctica favorita de Shapur era no presentar batalla directamente. Él prefería la incursión rápida y el ataque por sorpresa, siempre de día, cuando el calor hacía más mella en el enemigo que entre sus propias filas. Pero una de sus debilidades era precisamente que no sabía combatir de noche, y por eso sufrió una derrota a manos de los ejércitos de Constancio II en la batalla de Singara en el 344, la única que el emperador pudo anotarse frente a él. Tampoco sabían sus soldados manejarse bien bajo la lluvia.

Shapur no sólo logró mantener a raya a los romanos, sino que también fue capaz de sofocar las invasiones de kushanitas y otros pueblos del norte con quienes supo aliarse para luego utilizarlos contra Roma.

Shapur II

A su muerte no fue sucedido inmediatamente por su hijo, que llevaba su nombre. Durante cuatro años, y hasta ser destronado, reinó su hermanastro Ardacher II, quien tuvo la misma madre que Shapur.


martes, 4 de noviembre de 2014

Isabel de Aragón, Reina de Portugal


Isabel fue hija del rey Pedro III, nieta de Jaime I el Conquistador y del emperador Federico II. Su madre fue Constanza de Sicilia, hija del rey Manfredo de Nápoles. Según algunas fuentes nació en Barcelona, aunque la mayoría de ellas apunta a que vino al mundo en Zaragoza, en el palacio de La Aljafería en 1271.

La princesa se educó en la corte de su padre, el rey de Aragón, dando muestras de ser muy inclinada a la religión desde su más tierna infancia. Contaba apenas diez años cuando se concertó su matrimonio con Dionís de Portugal, aunque había alcanzado ya los 17 cuando se celebraron los esponsales por poderes en Barcelona en febrero de 1288. Isabel emprendía así el viaje al encuentro de su esposo y era recibida por él en Trancoso junto con toda la corte portuguesa. Allí se celebró la ceremonia el 24 de junio, seguida de grandes festejos con los que celebrar el acontecimiento.

La nueva reina continuó con sus devociones y su especial atención a los pobres. Allá donde se establecía la corte, ella los hacía acudir a su lado, les servía de comer, curaba sus llagas y les lavaba los pies. Después los despedía con limosnas, de modo que su generosidad y los extremos a los que llevaba la práctica de la caridad pronto se convirtió en un asunto conocido por todo su pueblo.

Lamentablemente el carácter de su esposo era opuesto al suyo. Dionís, diez años mayor, era hombre violento y mostraba un comportamiento libertino que el matrimonio no cambió en absoluto. La relación con su hermano Alfonso era desastrosa, e Isabel se veía obligada a mediar frecuentemente entre ambos. Ella sobrellevaba con paciencia y resignación las constantes infidelidades del esposo, llegando a acoger en palacio a los hijos habidos de esas relaciones con otras mujeres. Isabel tuvo dos: Alfonso, que un día reinaría como Alfonso IV, y Constanza, quien se casaría con el rey Fernando IV de Castilla.

Su hijo había heredado el carácter turbulento del padre. Le disgustaba ver cómo éste manifestaba sus preferencias sin ningún disimulo hacia uno de sus bastardos, dos años mayor que él y también de nombre Alfonso. Temía que el rey se propusiera excluirlo de la sucesión para poner en su lugar al bastardo, y así lo denunció públicamente. Estaba convencido, aunque sin ninguna razón, de que Dionís se había puesto de acuerdo con el Papa Juan XXII para que su hermanastro fuera legitimado para poder así heredar el trono. 

A partir de ese momento se lanzó a conspirar contra su padre, al que exigió que le entregara la corona. El monarca rechaza de plano las pretensiones de su hijo y en 1320 publica un manifiesto en el que le demuestra su ingratitud y le recuerda los beneficios que le debía. Pero mientras tanto el infante arrasaba el reino, recorriendo con su ejército el norte del país para aplastar a cuantos se declaraban partidarios del rey. Luego marchó sobre Coimbra y Leiría y tomó el castillo de aquella localidad, propiedad de su madre. Dionís se dirigió hacia allá con sus tropas y Alfonso se retiró a Santarem para evitar empuñar las armas directamente contra la persona de su padre, aunque no depuso su actitud, sino que aún sostendría la pugna durante dos años.

El rey estaba convencido de que su esposa alentaba secretamente la rebelión de su hijo, unas sospechas que lo impulsaron a enviarla custodiada a Alemquer y privarla de las rentas que le procuraban su señorío de Leiría. Ella, sin embargo, no hacía más que intentar mediar entre ambos, igual que en su día había hecho cuando surgían los conflictos entre Dionís y su hermano. En una ocasión abandonó Alemquer para entrevistarse con su hijo en el campamento que éste levantaba entonces ante Guimaraes y persuadirlo para que depusiera las armas, si bien la obstinación de Alfonso hizo fracasar su intento.

Ambos se encontraban aún en el campamento cuando el infante supo que su padre marchaba sobre Coimbra. Alfonso se puso al frente de sus tropas para acudir en auxilio de los partidarios que allí tenía, e Isabel lo siguió. Los dos ejércitos estaban a punto de entablar el combate abierto y decisivo que hasta entonces habían evitado, pero la reina, resuelta a impedirlo, se dirigió al real de su esposo, que no quiso escucharla. Entonces regresó al de su hijo y esta vez logró persuadirlo de que sus derechos sucesorios estaban bien asegurados y no había razón para que continuara el enfrentamiento. Alfonso, convencido, pidió al fin la paz.

Isabel contaba con la inestimable colaboración de otro de los bastardos de Dionís, el conde de Barcelos, que militaba en las filas del infante. El conde logró que su padre los recibiera a él y a la reina y obtuvieron una tregua de cuatro días. Lamentablemente terminado el plazo se desencadenó una sangrienta batalla que, sin embargo, no hizo que ambos desistieran de su papel de mediadores en aquel conflicto. No cejaron en su empeño hasta que finalmente el rey accedió a entablar negociaciones de paz. El tratado se firmó en mayo de 1322.

A pesar de tanto esfuerzo, pronto se desencadenó de nuevo la guerra. Algunos consejeros de Alfonso no cesaban de envenenarlo, animándolo a rebelarse contra su padre. El infante volvió a ponerse al frente de las tropas y marchó con ellas en dirección a Lisboa, con intención de tomar la ciudad. Dionís despachó a sus mensajeros, portadores de órdenes de detener su avance. Al ser ignoradas las órdenes, el rey, furioso, le salió al encuentro en persona con sus hombres.

Ambos ejércitos estaban a punto de entablar combate cuando apareció de pronto la reina cabalgando sobre una mula y se interpuso entre ellos. Con su decidida actitud evitó el enfrentamiento y logró una nueva reconciliación entre padre e hijo. El primero regresó a Lisboa, y el segundo a Santarem. Para conmemorar el acontecimiento, Isabel hizo levantar un sencillo monumento en el Campo Grande de la capital portuguesa.

Dionís fallecía poco después. Isabel se retiraba al convento de Santa Clara de Coimbra, que ella misma había ampliado además de fundar junto a él un hospital para pobres. Su deseo era tomar los hábitos, pero sus allegados le desaconsejaron tal proceder, por lo que se contentó con llevar una vida retirada sin hacer los votos.

Isabel de Portugal sentía gran devoción por el apóstol Santiago. Peregrinó a Santiago en dos ocasiones, con el hábito tradicional y dos de sus damas por única compañía. A su regreso del segundo viaje supo que su hijo, ahora Alfonso IV, andaba en malas relaciones con el rey de Castilla, Alfonso XI. Éste era nieto de Isabel, por ser hijo de su hija Constanza. Castilla y Portugal se hallaban al borde de la guerra, y la reina se dirigió al encuentro del castellano con la intención de impedir la lucha.


Isabel no sabía que vivía sus últimos días. Estando en el castillo de Estremoz, se sintió indispuesta y falleció de modo repentino el 4 de julio de 1336. Junto a ella se encontraban sus nietos y su nuera, Beatriz de Castilla.

El féretro fue llevado a Coimbra con toda la ceremonia para ser depositado en un túmulo de la iglesia del convento de Santa Clara, según constaba como voluntad en su testamento.

Desde un principio el pueblo rindió culto a su memoria. La llamaban la Rainha Santa, y comenzaron a surgir numerosas leyendas acerca de hechos milagrosos que se le atribuían. Isabel fue beatificada por León X en 1516. Cuarenta años más tarde Paulo IV concedió que el aniversario de su muerte fuera declarado festivo en todo el reino, y en 1612, siendo rey de Portugal Felipe III de España, se abrió el sepulcro para dar comienzo el proceso de su canonización, que concluyó el 25 de mayo de 1625. A partir de ese momento, los aragoneses le dedicaron un templo con su nombre en Zaragoza, y antes de que se extendiera la devoción por la Virgen del Pilar fue Santa Isabel de Portugal, junto con San Jorge, quien era tenida por patrona de Aragón.



Bibliografía:
A Rainha Santa, Isabel de Portugal - Joseph M. Walker


miércoles, 29 de octubre de 2014

Cuernos fuera


Cornudo eres, Fulano, hasta los codos,
Y puedes rastrillar con las dos sienes;
Tan largos y tendidos cuernos tienes,
Que, si no los enfaldas, harás lodos.

(Francisco de Quevedo)


Hubo un tiempo en el que las infidelidades conyugales casi podían considerarse un deporte de riesgo. O sin casi.

Es bien conocido lo mal que encajaban estos asuntos los caballeros medievales y la facilidad con la que podían obtener del rey el permiso para lavar su honra quemando a la esposa infiel en una hoguera. Parecería que, al disiparse las tinieblas de esos siglos oscuros, el modo en que los maridos afrontaban su propia desgracia iba a adecuarse a la tímida apertura que traían consigo los nuevos tiempos, mas no fue así. Algunos, ciertamente, se lo tomaban con filosofía; otros, en cambio, no veían otra alternativa que retar a duelo a su rival como forma de reparar su honor agraviado. En cualquier caso, el desenlace dependía en gran medida de quién fuera el ofensor. Cuando se trataba de una testa coronada, no eran pocos los esposos que se consideraban premiados en lugar de ofendidos.

No fue éste el caso del marqués de Montespan cuando el Rey Sol fue a fijarse en su esposa para convertirla en su favorita. Monsieur de Montespan fue, como ocurre tantas veces, el último en enterarse, pero cuando por fin comprendió la magnitud de su desdicha, no reaccionó mansamente.

De creer ciertas memorias, como las de Saint-Simon, el marqués tramó un plan maquiavélico a modo de venganza. Para ello parece haberse inspirado en una antigua historia que se contaba sobre los tiempos del rey Francisco I. En aquella época el marido engañado de la Bella Ferronière, con un refinamiento casi florentino, decidió contraer una enfermedad venérea y transmitírsela a su mujer para que ésta, a su vez, contagiara al rey. Monsieur de Montespan, supuestamente, habría decidido imitarlo, frecuentando toda clase de tugurios de mala muerte con tal de acabar saliéndose con la suya. 


Tan sólo había un problema: si quería que el plan prosperase, era imprescindible que después se dirigiera al encuentro de la esposa y procediera con la segunda fase, algo que no resultaría tan sencillo, porque para entonces Madame de Montespan, que temía su furia, se guardaba mucho de encontrarse a solas con él. Al marqués le fue preciso burlar todas las vigilancias y forzar puertas de aposentos hasta que, tras amenazar a un lacayo con su bastón, consiguió presentarse ante ella. La encontró en compañía de Madame de Montausier.

“En cuanto la marquesa lo vio, lanzó grandes gritos y fue a refugiarse en brazos de su amiga, y él corrió en su persecución. Allí se produjo una escena terrible. No ahorró palabras. No hubo injurias, por sucias o atroces que fuesen, que no vomitase a la cara de madame de Montausier, con los reproches más violentos. Como quiso ir más allá, en su presencia, para la ejecución por la fuerza de lo que había proyectado, recurrieron una y otra a los gritos más penetrantes, que hicieron acudir a la servidumbre, en presencia de la cual, como no podía hacer nada mejor, las mismas injurias fueron repetidas, y él fue llevado por la fuerza, no sin haber blandido el bastón y terminado de hundir a las dos damas en el pavor más espantoso.” 

Apenas dos días después de aquella escena, según nos cuenta Voltaire, se dirigió a Saint-Germain, donde se hallaba la corte, todo vestido de negro, en una carroza cubierta de crespones de luto tirada por caballos de hermoso color de ébano.

El rey se sorprendió al ver todo aquello y le preguntó:

—Pero ¿por quién lleváis luto?

—Por mi esposa, Sire, por mi esposa. ¡No volveré a verla!

Después de lo cual hizo una reverencia, salió dignamente y regresó a París, donde se dedicó a proclamar por todas partes que su esposa estaba muerta.


Como no cesaba de dar escándalo y exhibir sus cuernos por todo París de forma bastante embarazosa para Luis XIV, éste dio orden de que fuera conducido a Fort l’Evêque, en la calle Saint-Germain l’Auxerrois. Allí lo hizo permenecer dos semanas, hasta calcular que el caballero habría reflexionado y se encontraría ya más tranquilo. Para asegurarse de que no seguiría poniéndolo en evidencia, Monsieur de Montespan fue desterrado de la corte. Debía viajar a las tierras de su padre, que no podría abandonar sin expreso permiso del rey.

Una vez allí, fiel a su estilo, reúne a sus familiares, amigos y servidores y les anuncia la muerte de su esposa. Después solicita al sacerdote celebrar exequias por ella. 

Al día siguiente un extraño cortejo desfiló por los patios del castillo. Los niños del coro llevaban cirios y entonaban el De Profundis rodeando un ataúd negro forrado de tela. El féretro viajaba en una carroza cubierta de crespón de luto y extrañamente adornada con unos cuernos de ciervo. Detrás iba monsieur de Montespan acompañado por sus dos hijos, Louis-Antoine y Marie-Christine. 

Cuando llegó el momento de entrar en la capilla, ordenó abrir los portalones grandes. Como todos se sorprendieron ante esta nueva extravagancia, él explicó: 

—¡Mis cuernos son tan grandes que no pueden pasar por la portezuela pequeña! 

Ante las caras de circunstancias de los presentes, por fin el ataúd fue enterrado, grabándose sobre la piedra que lo cubría el nombre de madame de Montespan. 


El marqués se había tomado a la francesa el asunto. Cuando se tomaba a la española, las reacciones solían ser muy drásticas y llevaban su sello personalísimo. Fue en el mismo siglo, el jueves santo de 1637, cuando un escribano real, de nombre Miguel Pérez de las Navas, sospechando que su esposa a lo mejor le era infiel, decidió ejecutarla él mismo en su propia casa sin necesidad de más comprobación. Para ello aguardó piadosamente a que la desdichada se confesara y comulgara, dándole así la oportunidad de poner en paz su alma, y luego le dio garrote. 

Más dramático aún fue el caso de otro caballero que más o menos por entonces sorprendió a su mujer en flagrante adulterio, los entregó a ambos a la justicia y el juez se los devolvió para que se tomara el castigo por su mano. Los asistentes solicitaron clemencia, pero el marido no estaba por hacer concesiones: los degolló a los dos. Después empapó su sombrero en la sangre derramada y lo lanzó a la muchedumbre mientras les gritaba:

—¡Cuernos fuera!


miércoles, 22 de octubre de 2014

Zoe de Bizancio


Zoe era la segunda de las tres hijas de Constantino VIII, emperador de Bizancio. Había nacido en torno al año 978, cuando su padre ya ceñía la corona imperial. El Sacro Imperio Romano Germánico volvió sus ojos hacia ella al buscar una esposa para Otón III. Resultó elegida entre las tres hijas de Constantino debido a que era muy hermosa, mientras que la mayor tenía el rostro desfigurado por la viruela y la menor, Teodora, era muy fea. Tenía 23 años cuando emprendió el viaje para reunirse con su prometido, pero desafortunadamente, por el camino llegaron noticias de la muerte de Otón y Zoe hubo de regresar al hogar paterno.

No parecía que hubiera muchos más candidatos a su mano, así que ella y Teodora languidecían año tras año recluidas en el gineceo y detestándose mutuamente, a la espera de una nueva propuesta que nunca llegaba. Seguramente la princesa había abandonado ya toda esperanza cuando, cumplidos los 50, llegó una nueva embajada del Imperio en busca de esposa para el hijo del emperador, pero la edad del novio, un niño de solo diez años, hizo que tanto Constantino como su hija rechazaran la proposición. 

El emperador de Bizancio sentía próximo su fin y estaba preocupado por el asunto de la sucesión, de modo que ese mismo año mandó llamar a Romano Argiros, prefecto de Constantinopla, y le ordenó casarse con Zoe, de quien era primo tercero. Romano estaba casado ya, pero eso no importaba: también por orden del emperador, se divorció de su esposa.

Romano y Zoe se casaron el 10 de noviembre de 1028 en la capilla de palacio. Al día siguiente moría Constantino y los recién casados alcanzaban el trono.

La edad de los contrayentes era avanzada: si ella, aunque bien conservada, tenía 50, él contaba diez más. Pese a este inconveniente, ambos estaban empeñados en tener descendencia. El pobre Romano III se atiborraba de brebajes que le recetaban los médicos para favorecer sus propósitos, y Zoe, obsesionada por dar continuidad a su dinastía, se procuraba toda clase de amuletos mientras se sometía a extraños rituales mágicos que se suponían muy eficaces y milagrosos. Como nada dio resultado, Romano se rindió y se apartó de ella. 

Pero tras tan prolongada reclusión en el gineceo, la emperatriz había salido con todo el entusiasmo y la chispeante energía del champán al descorchar la botella; se sentía desatada y, en lugar de conformarse con la indiferencia de su marido, optó por buscarle un sustituto.

El elegido fue Miguel, hermano del eunuco mayor de palacio y nacido en el seno de una familia de campesinos, si bien no era el único galán con el que se la había relacionado. La situación era pública y notoria, aunque no se trataba de algo que molestara particularmente al esposo. Su resignación cristiana era tan grande que tal parecía ser uno de esos casos en los que el marido es el último en enterarse, hasta que su hermana acabó por ponerlo en antecedentes. 

Romano no se inquietó demasiado. Una noche, mientras estaba acostado con su esposa, hizo llamar a su rival para que le hiciera cosquillas en las plantas de los pies, algo que, al parecer, tenía por costumbre. Entonces le preguntó de sopetón si era el amante de Zoe. Naturalmente Miguel lo negó, y eso fue suficiente para zanjar la cuestión. Romano decidió creerlo.

El 11 de abril del año 1034 el emperador era encontrado muerto en su baño. Había sido asesinado a instigación de la esposa, que había conspirado con su amante para deshacerse de él. Ese mismo día, dicen que antes incluso de que el cadáver fuera retirado, ambos contraían matrimonio. Miguel se convertía en emperador y reinaba como Miguel IV.


Pero el nuevo emperador temía a su mujer. Pensaba que él podría correr la misma suerte que su antecesor, y para evitar riesgos procuraba excluirla de los asuntos políticos.

Miguel padecía de epilepsia, una enfermedad que había ido empeorando progresivamente. Minado por ella y por los remordimientos, se retiró a un convento y se hizo monje. Allí falleció el 10 de diciembre de 1041, mientras Zoe suplicaba a las puertas que la dejasen verlo por última vez. No quiso recibirla.

El hermano del emperador, que no deseaba perder su influencia y su poder, al percatarse de que a Miguel no le quedaba mucho tiempo de vida, hizo que Zoe adoptara a su sobrino, que se convertía así en el sucesor, Miguel V. Este, apenas subido al trono, tomó la precaución de desterrar a la emperatriz. Fue un error, porque la medida causó un levantamiento popular. A la gente no le gustó ver cómo se trataba a la última representante de la dinastía Macedónica, y al poco tiempo era destronado. El pueblo decidió entonces que Zoe y su hermana Teodora debían ser coronadas juntas.

Zoe contaba 64 años en ese momento, pero su ardor era incombustible. Resolvió que necesitaba un nuevo esposo y su elección recayó sobre un antiguo amante: Constantino Monomacos, 22 años más joven y del que se decía que era “hermoso como Aquiles”. El problema es que él tenía otra amante llamada María Skleraina y, como se resistía a abandonarla, la emperatriz no vio inconveniente en que la conservara a su lado después del matrimonio. Así que Constantino se instaló en sus aposentos imperiales teniendo a su derecha los de la emperatriz y a la izquierda los de María, que participaba junto a Zoe y Teodora incluso en ceremonias oficiales, con gran escándalo entre el pueblo. 


Zoe alcanzó la edad de 72 años. Su tercer esposo la sobrevivió aún por cuatro. A pesar de haber iniciado su vida pública cuando ya había dejado atrás su juventud, las crónicas describen la asombrosa belleza de la emperatriz, que ella procuró conservar haciendo preparar ungüentos y pociones en sus propios apartamentos de palacio.


martes, 14 de octubre de 2014

Juliano el Apóstata


Flavio Claudio Juliano, que reinó como Juliano II, nació en Constantinopla hacia el año 331, hijo de uno de los hermanos de Constantino el Grande. Solo contaba alrededor de seis años cuando, a la muerte de su tío el emperador, estuvo a punto de ser asesinado con toda su familia. Logró salvarse junto con su hermano Galo, aunque este perecería de todos modos años más tarde a manos de sus enemigos. Juliano pasó su infancia exiliado en Capadocia, privado de compañía adecuada a su edad y sin nadie en quien pudiera depositar su confianza.

Al cumplir doce años, se traslada a Nicomedia y se dedica al estudio. Desde un principio mostraba una marcada inclinación por la filosofía pagana. Deseaba convertirse en discípulo de Libanio, pero el nuevo emperador, su primo Constancio II, instigador del complot que había acabado con su familia, le prohibió asistir a sus clases. De poco sirvió la prohibición, porque Juliano estudiaba los apuntes que tomaban los alumnos del filósofo.

Tenía 23 años cuando su hermano fue asesinado. Su propia vida pendió de un hilo por espacio de seis meses, hasta que finalmente consiguió que le permitiesen viajar a Atenas para continuar sus estudios.

Sin embargo poco después era reclamado en Milán. Cuando acude recibe el nombramiento de César y el gobierno de las Galias, junto con una esposa: Helena, la hermana del emperador. De ese modo Juliano se instala en la ciudad que él siempre llamó su “querida Lutetia”, el núcleo de lo que un día llegaría a ser París, y se ocupa de las incursiones de los bárbaros. 

Juliano gozaba de gran popularidad entre el ejército, algo que alienta su imprudencia y despierta al mismo tiempo los recelos del emperador. Cuando Constancio prepara una expedición contra los persas, le ordena que le envíe un tercio de sus legiones, pero estas se sublevan; afirman que no irán si no es con Juliano al mando y lo proclaman Augusto. Este, sin embargo, se niega a rebelarse abiertamente contra el emperador y le envía testimonios de adhesión, algo insuficiente para detener un conflicto que tal vez hubiera desembocado en guerra de no ser porque el 3 de noviembre del 361 moría Constancio. 


Juliano se convertía así en su heredero y vestía la púrpura tras asistir a los funerales. Apenas proclamado emperador, restauró el paganismo, mandó abrir los viejos templos y hacer sacrificios a los antiguos dioses. Como en Constantinopla ya no había ningún templo pagano que revistiera suficiente importancia, decidió hacer un sacrificio en palacio, ante una estatua de la diosa Fortuna.

Pero Juliano no solo quería reinstaurar la antigua religión, sino renovarla según sus propios criterios. A tal fin reorganizó el clero para que pudiera competir con el cristiano, y enviaba a sus sacerdotes a predicar como hacían los cristianos. Su clero debía dedicarse con exclusividad al culto, sin poder realizar ninguna otra actividad remunerada. Faltar a los deberes religiosos era castigado severamente. En teoría había libertad religiosa, pero al mismo tiempo se ocupó con un edicto de que “todos los que se consagren a la enseñanza deben ser de buena conducta y no tener en su corazón opiniones contrarias a las del Estado”. Esto, desde luego, alejaba de la docencia a los cristianos. “Ahora que los dioses nos han devuelto la libertad es absurdo, a mi parecer, enseñar aquello en lo que no se cree”. La mayoría de cuantos profesaban el cristianismo se negaron a enviar a sus hijos a escuelas paganas, lo cual los situaba en un plano de desventaja cultural. Tampoco podían aspirar a ningún cargo en palacio, porque todos los servidores de Juliano estaban obligados a honrar a los dioses, medidas que en su conjunto fueron causa de muchas apostasías.

“Por lo que a mí concierne, por los dioses, no quiero que los galileos sean condenados a muerte, ni castigados injustamente, ni que deban sufrir ningún tipo de mal; pero, ciertamente, se ha de preferir a los adoradores de los dioses, y ello, declaro, es un deber absoluto”. Estos deseos de convivencia pacífica con los cristianos, sin embargo, no siempre pudieron verse cumplidos, y en ocasiones optó por las ejecuciones que hubiera deseado evitar. Además, sus medidas anticristianas fueron endureciéndose progresivamente, llegando a promover motines contra los galileos y a gravarlos con impuestos especiales.


El emperador continuó con la vieja tradición de celebrar hecatombes, es decir, ceremonias en las que se sacrificaban cien bueyes en cuyas entrañas leían los arúspices la voluntad de los dioses. Así se hizo cuando en 363 Juliano emprendió una campaña contra los persas. Reunió a los augures, que vaticinaron lo nefasto de una acción bélica. Curiosamente el emperador no tuvo demasiado en cuenta esta opinión, y acabó envuelto en una escaramuza con el enemigo. Durante el enfrentamiento que se produjo, una lanza entró por uno de sus costados y lo hería de extrema gravedad. Aunque pudo ser trasladado a su tienda aún con vida, nada se pudo hacer por conservársela.

No hay acuerdo con respecto a la procedencia de esa lanza que acabó con el emperador. Muchos afirmaron que partió de entre sus propias filas, fruto de un complot de uno de sus generales. Según otras opiniones, fue un cristiano quien la arrojó, y cuenta la leyenda que Juliano, al caer del caballo, alzó sus manos al cielo y exclamó: “¡Venciste, galileo!”. Otros, en cambio, afirman que sus palabras fueron: “¡Helios, tú me has perdido!”, algo mucho más acorde con sus propias creencias, que le hacían proclamarse descendiente del dios Sol.



domingo, 5 de octubre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (V)



La policía volvía a perseguir al fugitivo. En mayo de 1809 el ruido le despierta cuando irrumpen en su casa. Tiene el tiempo justo de escapar y vuelve a disfrazarse para pasar desapercibido. Acude a casa de un curtidor del que pretende que le consiga un pasaporte falso, pero a su amigo no le interesa dar cobijo a un hombre que estaba siendo buscado por todo Paris. A las tres de la mañana se presentan los gendarmes a prenderlo. Vidocq corre en camisa hacia el granero, y desde allí trepar al tejado, pero ya no irá más lejos. Es obligado a bajar para ser conducido a prisión. Es entonces, cuando todo parece que se le ha puesto en contra, cuando va a alcanzar un gran logro. 

Vidocq dirige una carta a Dubois en la que vuelve a proponerle un trato, y esta vez es escuchado. El prefecto de policía de París consintió en ponerlo a prueba, y gracias a su colaboración pudieron prender a algunos malhechores peligrosos. Satisfechos con su labor, lo envían a prisión, donde permanece año y medio como agente secreto con apariencia de simple prisionero. Al cabo de ese tiempo, impresionados por sus éxitos, el nuevo prefecto de policía llega a la conclusión de que Vidocq les será de mucha más utilidad aún si lo ponen en libertad.

Una vez libre, comenzó trabajando solo, pero después tuvo otros agentes a sus órdenes, hasta un total de doce, y con ellos ejerció como policía en París. Era excepcional en el desarrollo de su trabajo: descubría pistas en las que ningún otro especialista de la época había pensado hasta entonces; tenía un olfato especial para rastrear el crimen e iba a revolucionar las técnicas policiales sentando las bases de la moderna investigación criminalística. 


Vidocq fundó la primera agencia de detectives privados, y además llegó a ser el primer director de la Sûreté Nationale. No se conformó con eso: fue editor, y novelista; continuó viviendo una vida agitada, al compás de los tiempos revueltos que le tocó vivir. 

El resto de sus aventuras dan para mucho, pero por el momento nos conformamos con ver cómo ha llegado a pasar de ladrón a policía. Detendremos aquí el relato de su vida, porque la próxima semana se hará preciso pasar a otros asuntos.



sábado, 27 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (IV)


«Después de mi última fuga, en el año VII [1799], me trasladé a Lyon, donde tuve que codearme con muchos evadidos y liberados que quisieron arrastrarme al mal. Pero, llevado de mis deseos de poner fin a sus presiones, me dirigí al señor Dubois, prefecto del Ródano. Le expliqué mi posición y le propuse detener a un buen número de los evadidos. Él comenzó por preguntarme qué garantías podía darle respecto a la sinceridad de mis promesas, y yo le contesté que sólo podía darle mi palabra de honor. Entonces el señor Dubois me dijo que no tenía más remedio que ordenar mi detención, pero que si yo conseguía evadirme de manos de los agentes que me condujeran, aceptaría mi propuesta. Y, en efecto, apenas salí de la prefectura, dejé en una esquina a los agentes que me llevaban.

»Pocos días después, más de veinte criminales fueron detenidos, incautándoseles objetos robados y una enorme cantidad de herramientas, de las usadas por los ladrones; varios encubridores famosos sufrieron la misma suerte. Poco más tarde, los dos hermanos Quinay asesinaron a una mujer en la calle Belle-Cordelière de Lyon, donde hacía dos meses que los buscaban inútilmente; pero yo los puse en manos de la autoridad en pocos días. Todos estos hechos son ciertos y pueden ser confirmados por el señor Garnier, antiguo comisario de la policía de París, que entonces era secretario general de la prefectura del Ródano.

»Después de otras operaciones muy importantes, conseguí un pasaporte y me puse al servicio de Holanda. Alcancé el grado de oficial de marina, pero descubrieron mis antecedentes y me vi obligado a dejar ese país y el cargo bastante alto que supe ganarme allí.»

En Lyon se había convertido en agente secreto. Tenía dos sueños: uno era contribuir a una reforma de la justicia, cuyas deficiencias había sufrido en propia carne; el otro era ayudar a llevar una nueva vida a aquellos reclusos que salían de prisión, para que no se vieran obligados a seguir aquel círculo vicioso en el que él mismo había caído. Pero primero tenía que lograrlo él, y no iba a ser un camino fácil. Oficialmente aún era un proscrito, condenado a ocho años de trabajos forzados y buscado por haberse evadido. Su colaboración temporal y clandestina con la policía no había solucionado sus problemas.


Decide viajar a Arras, donde espera llevar una existencia tranquila junto a su madre. Era mucho esperar. Es reconocido durante el transcurso de un baile al que acude disfrazado de marqués. Nuevamente se escapa, consigue un pasaporte falso que le proporciona un amigo y va a París. Allí encuentra trabajo junto a una mujer que vende mercancías en ferias y mercados. El problema es que ella se siente muy atraída por Vidocq y pretende convertirlo en su amante, mientras que él, aunque con gustos muy amplios en cuestión de mujeres, encuentra que su patrona no entra en ellos. Termina sucumbiendo cuando no ve mejor alternativa, pero no podía pedírsele que además le fuera fiel, y pronto la engaña con una de las chicas que trabajan en el taller. Ella se entera y se enfurece tanto que Vidocq decide poner pies en polvorosa para evitar cualquier idea de venganza. No tiene más remedio que regresar a Arras.

Durante unas semanas lleva en Arras una vida relativamente tranquila, entregado a diversiones inofensivas. Hace una nueva conquista, y esta vez se trata precisamente en la hija de un gendarme. Según Vidocq, la joven reunía el doble mérito de ser “una amante exquisita y un magnífico agente de información”, al proporcionarle todo tipo de detalles sobre cuanto se tramaba contra él en la comisaría.

La inconstancia de sus afectos volvía a procurarle la desgracia al poco tiempo, porque la novia, al saberse engañada, lo denuncia. Vidocq tiene el tiempo justo de arrojarse al río para escapar a los ocho guardias que venían a por él. 

Un año más tarde se encuentra en Rouen, donde regenta una mercería. El negocio marcha bien, y Vidocq, que ha encontrado una pareja estable, goza de buena reputación. Pero entonces, una fatídica noche, encuentra a su amada en brazos de otro hombre. Es el fin de la relación; ambos dividen los bienes que habían compartido y él se marcha de la ciudad para instalarse en Versalles. Allí abre una tienda, un negocio que también funciona debidamente y que parecía señalar el fin de sus calamidades, pero eso era demasiado esperar. En la feria de Nantes se encuentra con un viejo conocido que le guarda rencor, y pronto se ve denunciado y detenido. Lo llevan a Saint-Denis. Protagoniza un nuevo intento de evasión que no culmina con éxito debido a que se lesiona un pie. Conducido a la ciudadela de Bapaume, se escabulle aprovechando un tumulto de prisioneros y guardias en el patio, y abandona el lugar escondido debajo de un carruaje.


En una taberna conoce a un corsario, el capitán Paulet, que está celebrando una captura reciente. Seducido por los relatos del capitán, Vidocq decide enrolarse, pero su expedición no tendrá la misma suerte: terminará con un encuentro con un barco inglés, y un abordaje que causará doce víctimas. Es suficiente para que se dé cuenta de que no está hecho para ser un pirata, así que se apodera del pasaporte de uno de los fallecidos y se enrola en una compañía de cañoneros con el nombre de Lebel. Desde un principio destaca por su valentía, algo que le vale ser admitido en una sociedad secreta militar que era una especie de masonería cuyo objetivo era extender su influencia entre los mandos del ejército y del Estado. 

Pero también pretende reclutarlo el llamado Ejército de la Luna, una asociación criminal mucho más peligrosa cuyo jefe era un estafador, antiguo recluso de Tolón. Vidocq rechaza las invitaciones del tal Fessard para participar en sus fechorías, algo que lo conducirá nuevamente a la perdición. Fessard lo denuncia; lo acusa de una minucia a modo de advertencia, y Vidocq para 24 horas en arresto preventivo. El castigo era leve, pero durante ese tiempo los gendarmes averiguan su verdadera identidad. Las cosas se habían puesto lo bastante feas como para que deba tomar la determinación de huir.

La suerte seguía sin estar de su parte, y durante un alto del camino es detenido durante un registro rutinario. Al ser trasladado a prisión vuelve a encontrarse con el procurador general Ranson, responsable de su vieja condena a ocho años de trabajos forzados.

Vidocq decide solicitar un indulto, pero la respuesta no termina de llegar. Él se desespera y el 28 de noviembre de 1805 se arroja al río y logra cruzar a la otra orilla. La policía le persigue mientras huye disfrazado de militar.

Llega a París, y allí toma el traspaso de una tienda de sastrería. Sin embargo, no puede desprenderse de su pasado. Aparecen de nuevo dos viejos conocidos que pretenden que participe en sus planes delictivos. O los ayuda, o lo denuncian. Vidocq se libra de ellos dándoles 50 francos, pero sabe que es sólo un respiro momentáneo, y que volverán. No se equivoca. Sus antiguos camaradas pretenden que les compre la mercancía que roban y que luego él la venda en las ferias. Además se llevan su carro para realizar sus oscuros manejos. Un día Vidocq observa que hay sangre cuando se lo devuelven. Se entera de que han asesinado a un carretero y han transportado el cadáver en su carruaje. Para que el vehículo no se convierta en una prueba de peso contra él, lo lleva a un lugar apartado y allí le prende fuego.

Pero no logra deshacerse con igual facilidad de los dos criminales, cuyas exigencias cada vez son mayores. Vidocq no ve otra salida que recurrir por segunda vez a aquella acción audaz y presentarse ante el jefe de la División de Seguridad. Se entrevista con él y le propone que le firme un salvoconducto con el que pueda permanecer a salvo en París a cambio de información sobre los muchos bandidos que infestan la ciudad, pero el policía no acepta. Quiere primero la información, y calibrar su relevancia antes de hacer un trato que le repugna.

Sin obtener un acuerdo, Vidocq regresa con las manos vacías, obligado a continuar bajo el chantaje de los bandidos con los que se cruza.


Continuará