domingo, 3 de noviembre de 2013

Los médicos en la antigua Roma


El cirujano debe ser más o menos joven, con una mano fuerte y firme que no tiemble, listo para usar la izquierda igual que la derecha, con visión aguda y clara, y con espíritu imperturbable. Lleno de piedad y de deseos de curar a su paciente, pero sin conmoverse por sus quejas o sus exigencias para que vaya más deprisa o corte menos de lo necesario; debe hacer todo como si los gritos de dolor no le importaran. (Aulo Cornelio Celso – De Medicina)


Durante los tiempos de la República, los romanos no consideraban la medicina como una ciencia. Por el contrario, sus prácticas se mezclaban con las artes adivinatorias y estaban influidas por los auspicios, confiando más en la voluntad de los dioses, cuyo favor se procuraban atraer con ofrendas, que en la eficacia de los remedios. Lo habitual era dejar esta tarea en manos de sus servidores, y los patricios contaban con su propio servus medicus.

Esclavos y libertos solían tratar a sus pacientes con arreglo a viejas recetas y panaceas. No había exámenes ni prueba alguna de aptitud, y si el esclavo se emancipaba —a veces como consecuencia de la gratitud de un amo al que había curado de alguna dolencia— podía abrir su propia consulta. 

El panorama comenzó a cambiar cuando en el año 219 a. C. un cirujano griego, de nombre Archagathus del Peloponeso, se instaló en Roma y enseñó su arte a los romanos tras erigir, a expensas públicas, un puesto o taberna médica en el cruce de Acilio. A pesar de haber obtenido la ciudadanía romana y cobrar un sueldo que le pagaba el Estado, se granjeó numerosos enemigos. Lo apodaron el Carnicero, lo que da una medida de la fama de la que gozaba, y finalmente fue expulsado de Roma.

Niño enfermo en el templo de Esculapio

Archagathus desacreditó a los doctores griegos, considerados meros charlatanes ignorantes que llenaban sus bolsas y ponían en peligro las vidas de sus pacientes impunemente, pues no había ley alguna que los castigara o pusiera límites a sus prácticas. 

Tras él llegó Asclepíades de Bitinia en el siglo II a. C. Había comenzado una carrera como retórico, actividad en la que no logró triunfar. En cambio, pronto alcanzó gran fama como médico, y contaba con numerosos alumnos. Su popularidad entre los pacientes se debía, en parte, a que recomendaba en consumo de vino, si bien no de forma inmoderada. De él se decía que había hecho una apuesta con la diosa Fortuna, y que abandonaría la profesión médica si él mismo padecía alguna vez una enfermedad. Plinio, que es quien relata la anécdota, añade que ganó la apuesta, puesto que alcanzó una edad muy avanzada sin haber padecido el menor mal hasta que por fin falleció de modo accidental. Asclepíades era partidario del tratamiento médico de las enfermedades mentales, y puede ser considerado un pionero de la psicoterapia.

Archagathus, Asclepíades y otros médicos griegos dieron origen a la profesión médica dentro de Roma. El problema es que los criterios no estaban unificados, y cada cual entendía de una forma el modo correcto de abordar la enfermedad. Por eso Plinio habla de “esas desagradables riñas en las camas de los enfermos, cuando todos los médicos no se ponen de acuerdo… De ahí la horrible inscripción sobre tumbas: “Sus doctores le han matado”. 

Al no haber farmacias, los médicos vendían también sus medicinas, a menudo a base de ingredientes caros. Los beneficios, junto con los que les procuraban los alumnos a los que adiestraban, eran considerables.


En tiempos de Julio César todos los médicos de Roma obtuvieron la ciudadanía, y fueron precisamente los médicos los únicos extranjeros, junto con los preceptores, a los que Augusto no expulsó durante una grave carestía. Todo ello hacía que su prestigio social fuera aumentando. Los nombres de los oculistas de la emperatriz Livia se encuentran incluso en su columbario.

Bajo el reinado de Nerón, la profesión sufrió una organización: se creó una clase superior de médicos, los archiatri, dentro de los cuales había a su vez diferentes categorías. Los médicos del emperador eran los archiatri palatini, mientras que los del pueblo eran los archiatri populares. Los primeros figuraban entre los personajes más importantes de la corte, y ostentaban el título de spectabiles.

Antonino Pío nombró a un cierto número de archiatri populares para que residieran en cada ciudad. Se determinó que debían ser elegidos por los ciudadanos y examinados por el colegio de archiatri. Recibían un sueldo a cargo de la ciudad, no pagaban impuestos y estaban exentos del servicio militar, pero a cambio estaban obligados a atender a los pobres de forma gratuita.

Los médicos se dividían en médicos generales o Medici, cirujanos o chirurgi y oculistas (ocularii o Medici ab oculis). Pero también había dentistas, especialistas en enfermedades del oído o en dolencias típicamente femeninas. Existían, además, comadronas y ayudantes (intraliptae), cuya principal ocupación era untar a los pacientes con ungüentos. Merecen mención junto a ellos los vendedores de bálsamos orientales.


Se han descubierto instrumentos quirúrgicos y cajas de medicinas que estaban hechas de bronce con incrustaciones de plata. También se guardaban en cajas pesos pequeños para determinar con exactitud las dosis de medicamento empleadas. En Pompeya se han encontrado dos tiendas de medicinas. Sus letreros muestran la serpiente de Esculapio.

Otro hallazgo, especialmente en las provincias occidentales del Imperio, son gran número de pequeñas tablillas con los nombres de oculistas, sus recetas y la forma de aplicarlas. Las tablillas constituían, en realidad, anuncios.

Roma contaba con un templo dedicado a Esculapio (el Asclepio de los griegos), dios de la medicina, y que había sido erigido en el año 293 a. C. en la isla Tiberina, para invocar la protección de la divinidad ante la terrible peste que azotaba la urbe. El templo, que puede considerarse el primer hospital de Roma, se había enviado una delegación a Delfos para comparecer ante el dios Apolo y pedirle que los librara de la plaga, pero este les dijo que no sería él, sino su hijo Asclepio quien los ayudara. La delegación regresaba con una estatua de Esculapio cuando, al bordear el río Tíber, una serpiente salió de la barca para nadar en dirección a la isla, lo cual se interpretó como una señal de que el dios la elegía como emplazamiento del que sería su templo.

Los heridos en batalla eran atendidos al principio en las casas de los patricios, pero los romanos fundaron también valetudinaria, es decir, hospitales militares. Estos llegaron a ser muy necesarios a medida que el Imperio se expandía y las batallas se libraban cada vez más lejos de Roma, lo que imposibilitaba su traslado a la urbe.


12 comentarios:

  1. Veo que Julio César se portó mejor con los galenos que nuestros amados políticos de hoy. A ver si aprenden algo.
    Muy buena la cita de Cornelio Celso. El médico debe hacer lo que estime oportuno sin implicarse emocionalmente con el paciente. Conocí hace tiempo a una doctora que sufría cuando el paciente empeoraba. Un grado así de implicación emotiva te puede llevara a dejar la profesión.
    Un saludo.

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  2. No cabe duda que era un pueblo práctico de hecho adopto a los que le interesaba y se quedaba con lo mejor o con lo más util.Otro griego que aun en nuestros días tiene mucha relevancia su Farmacia fué Galeno :pero es que Galeno tiene muchas teorias demostrables que aun en los tiempos que estamos y con todo lo que ha llovido siguen siendo un ej.

    Madame: nunca se sale de su ventanita sin aprender algo nuevo:muchísimas gracias por compartirlas.

    Bisous.

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  3. Genial madame. Como a día de hoy "Sus doctores le han matado" A pesar de que la ciencia ha avanzado lo suyo, queda camino por recorrer. Tampoco hoy se ponen de acuerdo peo al menos no lo hacen delante del paciente.
    Bisous y buena semana

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  4. Interesante saber que ya había especialistas en la Antigua Roma. ¿Existía también el desprecio por el cirujano que duraría hasta el siglo XIX?
    Bisous

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  5. curiosa la manera en la que la medicina ha ido ganando espacios de respetabilidad. y cómo todavía hoy hay especialidades o técnicas médicas que tienen que luchar por un reconocimiento legal.
    no estaban tan locos esos romanos.
    buen lunes, madame.
    bisous!

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  6. Buenos días, Madame:

    Es interesante ver lo supersticiosos que eran en gran parte en la Antigua Roma y que algunos médicos pudieron abrirse paso y ascender socialmente. Me pregunto cuándo se produjo la escisión entre estos médicos y los farmacéuticos.

    Por otra parte, creo que su posición social no se estabilizó hasta bien entrado el siglo XIX. Todavía en los Caprichos de Goya se señala al médico como el "matasanos".

    Muy interesante entrada, Madame. Disfrute del día.

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  7. La ciencia de hoy está apoyada en los sillares de entonces, aunque no tuviera en el pasado romano tal consideración. Mi vida actual es fruto de los muchos pases somnolientos por el quirófano, así que hablo por las llagas.
    Bisous.

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  8. Me ha gustado mucho, en lo que me toca ;D
    Había estado leyendo sobre los médicos en Roma. Sabía sobre las supersticiones y las especialidades.

    Emocionalmente no me involucro con los pacientes. Solo hasta cierto punto. Si estoy involucrado con su enfermedad y me preocupo por eso. Intento ser agradable y que no me tiemble la mano. Eso si, con la derecha soy inútil ;D

    Besos Madame

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  9. Cuando veo esas películas en que le dicen a nuestro héroe, " tómate este trago y muerde el paño mientras te saco la bala" doy gracias por haber nacido ahora. Aunque espero que nunca ligue una bala de todas formas.Besitos Claudia.

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  10. Tengo entendido que los médicos romanos eran bastante carniceros, como aquel griego al que acabaron de expulsar de Roma, y que les aventajaban en mucho los egipcios, capaces de hacer trepanaciones y operaciones de cataratas.
    Un beso

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  11. La salud siempre ha sido una preocupación vital en todas las sociedades, por ello los médicos han llegado a alcanzar mucha importancia en la escala social; y no Roma no fue una excepción, sin contar con los médicos militares que acompañaban a las legiones, tan necesarios en muchos casos.
    Un saludo.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)