domingo, 10 de noviembre de 2013

Librarii y plagiarii

Escriba romano - Alma-Tadema

En Roma había numerosas tabernae que estaban calificadas de librerías (tabernae librariae) por los anuncios que lucían sobre las jambas de las puertas o los pórticos de las casas, y que contenían listas con los libros a la venta. Estas tiendas, espaciosas y con asientos para mayor comodidad de los clientes, se encontraban en el Foro, cerca de la Curia, en el Vicus Sandalarius y en otras zonas especialmente frecuentadas. En el interior, el lector encontraba los rollos colocados en casillas (armaria, nidi), sujetos con ataduras más o menos costosas. Pero al mismo tiempo estos locales se convertían en centros de reunión para literatos y aficionados a la lectura, de tertulias en las que se leían las obras en voz alta y se debatía sobre su contenido. 

Hacia finales de la República se puso de moda tener una librería en casa como parte del mobiliario. Según Vitrubio, estas bibliotecas tenían que dar al este para recibir la luz de la mañana y evitar que los libros se enmohecieran. En Herculano se descubrió una biblioteca con cajas de libros que contenían 1.700 rollos; nada comparado con la colección de Sammanicus Serenus, capaz de albergar 62.000 libros. Tan de moda se puso, que incluso los menos cultos querían presumir de tener una biblioteca simplemente por hacer ostentación. Séneca ridiculiza esta costumbre de adornar las paredes con miles de libros que el propietario nunca leería sin bostezar.


Los libreros se llamaban librarii o bibliopola. Los más famosos de la antigua Roma fueron probablemente los hermanos Sosii, que tenían su librería al lado del templo de Jano, en lavía Argiletum. Hubo, sin embargo, muchos otros nombres famosos, algunos de los cuales revelan un origen griego. Era un negocio próspero: Marcial dice que podía adquirirse un ejemplar de su primer libro de epigramas por cinco denarios, aunque la mayor parte de los beneficios se la llevaba el librero. Como escribió Marcial, uno de los que se quejaba de los escasos beneficios que una obra reportaba a su autor, “Se dice que Britania entona mis versos. ¿De qué me sirve? Mi bolsa no da cuenta de ello”.

Otra forma que tenía Roma de aumentar su colección de libros era mediante el botín de guerra. Había, además, libreros itinerantes que venían su mercancía en la calle sin disponer de ningún local, pero aun así, abastecer de libros a todo el Imperio era una tarea ardua, puesto que no había imprenta. Eran los esclavos quienes se ocupaban de la labor de copistas. Se trataba de los literati, esclavos cultos, generalmente de origen griego, que copiaban textos o bien escribían al dictado. La celeridad que mostraban era sorprendente, gracias al empleo de abreviaturas llamadas notas tironianas. Las notas recibían este nombre en honor a su inventor, Tiro, un liberto de Cicerón. Estas copias, a veces llenas de errores, iban a parar a las librerías, a menos que estas contaran con sus propios copistas y con agnostae o correctores que subsanaban los errores de los escribas. Pomponio Ático, amigo y editor de Cicerón, disponía de un gran número de esclavos dedicados a la fabricación de material de escritura, así como de copiar y corregir los manuscritos. 


Los libros se reproducían a una velocidad asombrosa, y a veces representaban un peligro que inquietaba al poder, especialmente los de carácter profético. En tiempos de la República los romanos otorgaban una gran importancia a los libros de la sibila de Cumas, que, según la tradición, se remontaban a los tiempos de Tarquinio el Soberbio. Los romanos los guardaban en un colegio formado por diez sacerdotes menores, y recurrían a ellos en busca de orientación en los momentos de mayor crisis. En el año 83 a. C. los libros sibilinos resultaron destruidos por un calamitoso incendio, de modo que fue preciso recoger otros que habían quedado repartidos por diversos puntos de la geografía. Eso dio lugar a numerosos fraudes. Augusto confiscó en Roma abundantes copias de libros pseudosibilinos puestas en circulación por sus enemigos políticos con profecías inventadas para perjudicarle.

La forma habitual de leer de un romano era en voz alta, puesto que se le educaba para saber hablar en público. En tiempos de Augusto, Ansinio Polio introdujo la costumbre de que los autores leyeran sus producciones inéditas a sus amigos, para así, tras escuchar su opinión, proceder a cuantas mejoras estimaran necesarias antes de hacer un anuncio para que la gente acudiera a una recitatio en el foro, en teatros, las termas, etc. Esto, naturalmente, servía para publicitar la obra y vender mejor el libro. Era raro que en Roma transcurriera un solo día sin un acontecimiento de esta clase. Tenemos al respecto una queja de Plinio en una de sus cartas, acerca de lo difícil que era atraer, y más aún retener, las audiencias de la metrópoli. A la recitatio acudía el editor, que podía leer algunos pasajes o bien hacer que los leyera un especialista, puesto que era una tarea de gran responsabilidad, y de la que dependía en buena medida que el libro se convirtiera en un éxito de ventas. 

En cuanto al material, se empleaban tablillas de madera cubiertas de cera llamadas tabullae. En ellas se escribían cartas, notas, primeros borradores, tareas contables o ejercicios de la escuela. Un borde de madera sobresalía lo suficiente para proteger la escritura cuando se juntaban dos tablillas. La superficie exterior se podía recubrir con piel y estaba adornada generalmente con incrustaciones de marfil, joyas o metales preciosos. Un segundo tipo de tablillas eran las de madera lisas, para escribir con tinta sobre ellas. Se escribía con el cálamo.

Otros esclavos o libertos se empleaban algunas veces como librarii ab epistulis, es decir que se ocupaban de las cartas. Para enviarlas, las tablillas se sujetaban con un hilo atado con un nudo sobre el cual se imprimía el sello de cera, y en la parte exterior de la misiva iba la dirección.

En cuanto a los papiros, el rollo variaba en tamaño. Para asegurarlos contra las polillas y el polvo, se metían en una caja a la que se ataba el título del libro. Varios rollos juntos se ponían en una caja cilíndrica con una tapa sobre ella, y de ese modo libros y documentos podían transportarse adecuadamente.

Roma llegó a contar con 29 bibliotecas públicas, la primera de las cuales fue abierta por Asinio Polio en el patio del Templo de la Paz. Otras dos se fundaron en tiempos de Augusto: las bibliotecas Octaviana y Palatina. Tiberio, Vespasiano, Domiciano y Trajano aumentaron el número. La más importante de todas era la biblioteca Ulpiana, fundada por Trajano. Las bibliotecas eran regentadas por esclavos del emperador, y posteriormente por esclavos, libertos y funcionarios, en su mayoría griegos. Al frente de las de Roma se situaba el procurator bibliothecarum, y por debajo de él estaban los bibliothecari, esclavos o libertos que habían comenzado como escribas. También había empleados cuya misión era ampliar el catálogo o revisar y restaurar las copias cuando estaban en mal estado.

Los imitadores, y sobre todo los plagiarii, eran un auténtico quebradero de cabeza, y los autores estaban indefensos contra aquellos que se apropiaban de sus obras. Horacio llamaba a sus imitadores “rebaño de siervos”. Sobre Virgilio se cuenta una anécdota según la cual retó al poeta Batilo, un plagiario de sus versos a completar el siguiente: “Sic vos, non vobis”. Su rival, por supuesto, no logró hacerlo, y Virgilio presentó entonces su versión: 

Hos ego versiculos feci; tulit alter honores/ sic vos non vobis nidificatis aves.

(Yo hice estos versos y otro se llevó los honores/ así hacéis vosotras, aves, los nidos para otros).

El epigrama XXX de Marcial, a Fidentino el plagiario, dice lo siguiente: “Corre el rumor, Fidentino, de que recitas en público mis versos, como si fueras tú su autor. Si quieres que pasen por míos, te los mando gratis. Si quieres que los tenga por tuyos, cómpralos, para que dejen de pertenecerme.”

Y en el epigrama LXVII: “… El que desea adquirir la gloria recitando versos de otro, debe comprar, no el libro, sino el silencio del autor.”

Es a Marcial precisamente a quien se suele atribuir la acuñación del término “plagio” para algo que hasta entonces estaba encuadrado dentro del hurto o robo en general. El vocablo deriva del verbo plagiare, es decir secuestrar a hombres libres o esclavos, o venderlos fraudulentamente como si fueran de su propiedad, un delito condenado a la pena de azotes de acuerdo con la Ley Flavia o plagiaria. Sin embargo, hasta el siglo XVI no se impuso la denominación de plagio para este tipo de fraude intelectual. Pero incluso entonces, y aún en el Romanticismo, el plagio solía entenderse como “una imitación deliberada de modelos antiguos en tanto que modelos dignos de imitación”.

Plinio el Viejo cita a los autores y textos de los que se ha servido para su Historia Natural, aunque advierte que muchos de ellos han copiado literalmente a otros sin admitirlo. “Sin lugar a dudas es propio de un espíritu mezquino y de una perversa naturaleza preferir ser descubierto como ladrón antes que pagar las deudas, especialmente cuando el interés acrecienta la suma.”

En ocasiones el problema no era que copiaran el trabajo ajeno, sino que utilizaran el nombre de un autor reputado para firmar con él sus propias obras y asegurar la venta. Galeno padeció este atropello, como narra él mismo en sus Scripta Minora:

“Hallándome en el Sandalario, donde se localizan la mayoría de las tiendas de libros de Roma, me llamó la atención ver a algunos hombres discutiendo sobre si el libro que habían adquirido era una obra mía o no. En dicho libro se podía leer lo siguiente: “Galeno, médico”. Al haber adquirido un libro que pasaba por ser obra mía, una de esas personas que se llaman filólogos quiso conocer su contenido, extrañado por la rareza del título. Tan pronto como leyó sus dos primeras líneas tiró el libro diciendo lo siguiente: “Este no es el estilo de Galeno, de modo que se trata de un libro falsificado”.

Otro tipo de fraude consistía en hacer ediciones piratas. Era frecuente que algunos editores novatos consiguieran un ejemplar de una obra que acababa de editarse o que estaba a punto de hacerlo, y entonces se apresuraban a copiarlo con la penosa calidad a la que obligaban las prisas y la sacaban al mercado a precios de competencia desleal. Eso sí, al menos el autor podía llevar ante los tribunales a estos editores por haber publicado su obra sin su pertinente consentimiento previo.


Bibliografía:
El plagio en las literaturas hispánicas: historia, teoría y práctica – Kevin Perromat Augustin
Los romanos, su vida y costumbres – E. Guhl y W. Koner
Falsificaciones y falsarios de la literatura clásica – Javier Martínez
El libro en Roma – Ibor Blázquez Robledo


14 comentarios:

  1. Madame, se sabe que Galeno fue tan plagiado que el pobre hombre se las veía y deseaba para publicar artículos en los que enmendaba los errores de sus plagiadores -para seguridad de sus pacientes- .
    Quedaba aún mucho para que copiar y atribuirse obras ajenas fuera considerado delito. Incluso ahora, hay que soportar que "autores" plagien alegremente de otros con menos fama.

    Bisous y buena semana

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  2. Muy interesante ese mundillo de libros, libreros y autores.
    Una plaga la de los aprovechados del esfuerzo ajeno. Poco hemos cambiado en eso desde tiempos de los romanos.
    Un saludo.

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  3. De nuevo un interesante aporte para seguir ilustrándonos :)
    Saludos!

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  4. Si nos fijamos, Madame, qué poco han cambiado las cosas desde tiempos tan remotos: el deseo de acaparar libros y junto a eso la banalidad de ser más un elemento de ostentación que el afán por el conocimiento.
    Le doy una primicia, Madame. Ayer, unos jóvenes poetas sevillanos hacían por convencerme para que participe con ellos en una lectura poética, lo que enlazo con esa costumbre que vos relatáis y que sigue vigente en pequeños reductos.
    ¡Ah, si nuestros políticos prestaran un poco de mayor atención a la oratoria!
    Os deseo un feliz descanso.
    Bisous.

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  5. Veo que ya estaba extendida, como dice Marcial, al mezquina costumbre de copiar lo que otros han hecho.
    Comprendo perfectamente, señora, la publicación de este artículo. ¿Quién está hoy en día a salvo de estos mezquinos?
    Beso su mano.

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  6. Tenian razón los pobres autores que bien poco beneficios tenian y si encima los plagiaban aun serían más mermadas las pocas ganancias.

    Una entrada muy interesante !

    Feliz lunes madame.

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  7. Asi que de aquella época viene la obsesión por los derechos de autor. Que tristeza pensar que tras la caída del Imperio, Europa se sumergiría en la incultura y el analfabetismo. Los libros y bibliotecas desaparecerían. Pero hoy que hay tan poco interés por la lectura y ta poco cuidado por los libros que muchos ven ya como formato obsoleto, es una lección saber como una nación realmente civilizada privilegiaba el arte de escribir y el de leer.
    Gracias, Madame

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  8. ay madame, si ahora es difícil controlar qué hace qué, y de quién es... como para controlarlo entonces.
    qué buena entrada la de hoy, madame.

    buena semana.
    bisous!

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  9. Maravillosa entrada, como siempre querida madame.

    Perdonar si no me paso con la misma asiduidad que antes por vuestro blog, pero es que últimamente no dispongo de mucho tiempo con mi nuevo trabajo. Pero que sepáis que siempre que tengo un ratito libre, ando por vuestro maravilloso riconcito histórico con el que cada día, aprendo algo nuevo ;)

    Bisous y feliz semana cargada de sueños cumplidos, madame

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  10. Buenas tardes, Madame:

    Decía Leopoldo Alas 'Clarín' sobre Menéndez Pelayo; "si hay tantos ciudadanos que no leen un libro, aquí tenemos un joven que los lee todos". No me parece extraño que siempre haya habido decoradores de estanterías. Lo que no esperaba eran estos recintos al estilo de los cafés-librerías de hoy en día en las cercanías del foro de Roma.

    En cuanto al plagio, con término o castigo, el apropiarse de lo que hacen los demás siempre se ha dado. Hay mucha mediocridad en todas las sociedades humanas.

    Soberbio artículo, Madame. Disfrute de la tarde. Un saludo.

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  11. Hola Madame:
    Desde la ciudad eterna ya había quienes querían ganar indulgencias con escapulario ajeno.

    Pensaba en Galeno mientras leía su entrada,pero la primera comentarista lo hizo también.

    Besos

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  12. Recuerdo que las primeras escenas de Trajano y a su padre en la novela de Santiago Posteguillo "Los asesinos del emperador" hacen referencia a la compra de unos rollos de papiro. Paseando por el Foro Romano llegan hasta una de estas librerías y charlan con un buen copista. Era importante para las familias adineradas leer en buena letra los manuscritos de los grandes, ya para ellos, clásicos de la literatura romana y griega.
    Un beso

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  13. En algunas aspectos no hemos cambiado: los plagios, la ostentación de libros aunque no se lean... Considero importante la lectura en voz alta porque favorece hablar en público, algo que los romanos si hacían y que nosotros hemos perdido.
    Un abrazo.

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  14. El plagio ha existido siempre, es inherente al ser humano como la envidia o el rencor. He disfrutado leyendo su entrada.

    Saludos

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)