jueves, 28 de noviembre de 2013

El juego en la corte de Luis XIV


“Todas las pasiones, como suspendidas, ceden ante una sola: el cortesano ya no es suave, ni adulador, ni complaciente, ni siquiera devoto.” (La Bruyère – Des biens de la Fortune) 


Desde el Renacimiento hasta el final del Antiguo Régimen, el juego se practicaba masivamente en la corte de Francia. Los apartamentos de Luis XIV en Versalles se abrían tres veces por semana para que los cortesanos se sumergieran en un frenesí lúdico. La reina María Teresa era la anfitriona en un juego nocturno, y Monsieur era otro de los grandes jugadores. El propio Mazarino había sido durante toda su vida un apasionado de los juegos de azar, en los que fue muy afortunado. Se dice que fue él quien introdujo tan desmedida pasión en una corte en la que no se jugaba en el momento en que él llegó, pues Luis XIII, a diferencia de otros monarcas anteriores, no había sido aficionado. El cardenal, en cambio, transmitió su inclinación a Ana de Austria.

Encontramos en las crónicas fragmentos que nos hablan de las desorbitadas cantidades de dinero que se movían. El cardenal de Retz nos cuenta en sus memorias cómo en 1650 el magistrado más antiguo del Parlamento de Burdeos, y uno de los que pasaban por más sensatos, no se avergonzó por jugarse una noche todas sus propiedades y sin arriesgar por ello su reputación. 

Las deudas de juego de Madame de Montespan eran considerables. El rey casi siempre las pagaba sin rechistar. Se trataba de desembolsos grandes para el Tesoro real, porque Athénaïs era una jugadora empedernida y perdía con mucha frecuencia. La marquesa organizaba loterías con elevados premios, y también se dedicaba al revesino, el sacanete o la bassette (también llamada hocca), un juego de azar italiano que a veces se ha dicho que fue introducido en Francia por Mazarino. Para jugarlo se empleaba una tabla dividida en treinta casillas y treinta billetes numerados mezclados en un saco. Si el billete extraído correspondía a la casilla elegida, se cobraba veintiocho veces lo apostado. 

Madame de Montespan

El bisbís era muy parecido, pero con 70 compartimentos. Se ganaba 68 veces lo apostado. 

Uno de los placeres de Madame de Sévigné cuando iba a la corte era admirar a Dangeau mientras jugaba. Se decía que el marqués de Dangeau había amasado buena parte de su fortuna con los naipes. En una carta del 29 de julio de 1676, Madame de Sévigné cuenta lo siguiente: 

“El sábado fui con Villars a Versalles. No hace falta que os cuente la toilette de la reina, la misa, la cena; todo eso ya lo conocéis. Pero a las tres el rey se levantó de la mesa, y él, la reina, Monsieur, Madame, Mademoiselle, todos los príncipes y princesas, Madame de Montespan, todo su séquito, todos los cortesanos, todas las damas y, en suma, lo que llamamos la corte de Francia, se reunieron en ese bonito apartamento que ya conocéis. Está divinamente amueblado; todo es magnífico… ¡Vi jugar a Dangeau! Qué tontos parecemos todos comparados con él… Gana cuando todos los demás pierden; no olvida nada, saca partido a todo, nunca se distrae; en una palabra, su habilidad desafía a la suerte…” 

Aunque, naturalmente, la mayoría de los cortesanos, menos hábiles que Dangeau, necesitaban recurrir de vez en cuando a las trampas. En una ocasión la duquesa de la Ferté le confesó sin sonrojo a Mademoiselle Dalaunay:

—Les hago trampas, pero solo para resarcirme por lo que ellos me roban a mí.

Philippe de Courcillon, marqués de Dangeau

Solían pagarse las deudas en luises de oro. Rohan, en una ocasión en la que no disponía de suficientes para satisfacer su deuda, ofreció al joven rey doscientas pistolas, pero Luis las rechazó.

—Puesto que Vuestra Majestad no las quiere, no sirven para nada —exclamó Rohan, y a continuación arrojó las monedas por la ventana.

En cualquier caso, se suponía que un cortesano tenía que saber “jugar como hombre de honor”, en palabras del Caballero de Méré, preparado para ganar o perder sin mostrar nada en su expresión ni en su comportamiento. Es decir que debía poner cara de póker, lo cual no siempre era fácil. No debió de serlo, desde luego, para el duque de Mortemart, sobrino nieto de Madame de Montespan, que perdió en el juego cien mil libras en una época de su vida en la que ya se hallaba endeudado con diversos mercaderes. Pagar cuanto antes las deudas de juego, por supuesto, era una cuestión de honor, tanto que en alguna ocasión condujo al suicidio del jugador desafortunado. No fue el caso de Mortemart, pero cuando su desgracia se hizo pública, su esposa sufrió un aborto que se achacó al enorme disgusto que le había causado enterarse.

Triste fue también el caso de Reineville, teniente de la guardia, un oficial muy destacado en combate, apreciado por su capitán y a quien el rey distinguía particularmente. Un día Reineville desapareció sin dejar rastro, por mucho que se buscó. El teniente adoraba el juego y había perdido una suma que no podía pagar. Era hombre de honor, y eso no le permitía afrontar la deshonra que tal fatalidad suponía. Al cabo de doce o quince años fue reconocido entre las tropas bávaras en las que se había alistado para ganarse la vida y permanecer en el anonimato.


La mayoría de estos juegos eran tremendamente simples. Para jugar al sacanete, a la baceta o al revesino, solo hacían falta naipes y buena suerte. El revesino, de origen español, según la Princesa Palatina gozaba de la preferencia del rey. Era parecido al póker, y se jugaba entre cuatro. La figura más sólida era el cestillo, formado por tres ases y la sota de corazones. Esta última era el naipe más fuerte. Se pueden consultar las reglas en este link.

El sacanete era en realidad un enorme revesino que se disputaba con seis juegos de 52 naipes. El tric-trac era un juego de dados en el que se avanzaba a través de un tablero, y el lansquenete un juego de cartas introducido por mercenarios alemanes. Este último alcanzó una enorme popularidad, y hacía furor en 1695, pero acabó causando el disgusto del rey debido a que, en el calor del juego, los cortesanos golpeaban la mesa con el puño y daban rienda suelta a un lenguaje sumamente inapropiado. Luis tuvo que conformarse con prohibir las blasfemias, pero le fue imposible desterrar el juego de las mesas de Versalles.

La baceta, de origen veneciano, causaba serios estragos en las arcas reales. La reina María Teresa, también jugadora empedernida, dejó a su muerte una deuda de 100.000 coronas debido a este juego, una suma que el rey hubo de pagar. Más tarde Luis hubo de saldar también las deudas del Delfín e incluso de su nieto, el duque de Borgoña.


Según el teniente general de policía, La Reynie, la baceta era el más peligroso de todos los juegos. “La prueba es que los italianos, que son capaces de juzgar los refinamientos de los juegos de azar, han reconocido en este tantos medios distintos de hacer trampa, que se vieron obligados a prohibirlo en su país. Incluso dos Papas, después de haber conocido las bribonadas que se habían cometido en Roma, lo prohibieron bajo penas rigurosas. En París causa tales desórdenes que habría que conseguir su prohibición”. 

Jugando a la baceta se podía ganar o perder más de cincuenta veces en un cuarto de hora. Una noche de febrero de 1679 la marquesa de Montespan organizó en sus propios apartamentos un juego que duró toda la noche. Perdió 400.000 pistolas contra la banca —y una pistola valía diez libras—, suma que recuperó de madrugada. A las ocho de la mañana Bouyn, el acaudalado financiero que dirigía la banca, quiso detener el juego, pero Madame de Montespan no se dio por satisfecha y declaró que no se iría a la cama hasta haber ganado otras cien mil pistolas. Continuó jugando, con lo que contrajo nuevas deudas. El rey perdió la paciencia y no pudo refrenar un estallido de cólera. 

—¡Madame, las mujeres que aman el juego, solo aman el juego! —exclamó. 

Ello no frenó la afición de la marquesa por los juegos de azar. Athénaïs continuó aprovechando la generosidad del rey para perder pequeñas fortunas en las partidas de tresillo o de boliche.


En París se jugaba en las ferias, en las embajadas y en las casas de juego, además de en un gran número de garitos clandestinos. Los burgueses copiaban las modas de la corte, y los predicadores eran conscientes de la gravedad de este mal que invadía el reino. Bourdaloue, en sus sermones, no cesaba de arremeter contra los jugadores. “Amáis el juego… que no es para vosotros una diversión, sino una ocupación, sino una profesión, …sino, me atrevería a decir, una rabia y un furor”.


martes, 26 de noviembre de 2013

Las cenas de Felipe de Orleáns

Madame de Parabère

Acerca de las cenas que organizaba Felipe de Orleáns, el que fuera regente de Francia durante la menor edad de Luis XV, han corrido ríos de tinta. A menudo se las ha descrito como orgías con las que concluía sus jornadas de arduo trabajo.

Felipe comenzaba a trabajar aún en la cama. Durante la ceremonia de su lever, recibía a algunas personas. A esto seguía una serie de audiencias que consumía buena parte de su tiempo, y después los consejeros lo mantenían ocupado hasta las dos de la tarde. Entonces, en lugar de comer, como hacía antes de encargarse del gobierno de Francia, tomaba una taza de chocolate. Al terminar, dedicaba media hora a su esposa y otra media a su madre cuando esta vivía en el Palais Royal.

Por la tarde los jefes del servicio secreto tenían una audiencia, seguida de otra con Torcy, en cuya compañía tenía la costumbre de abrir su correspondencia. Una vez por semana recibía a los ministros extranjeros y a veces presidía el consejo, y de ese modo su jornada laboral continuaba hasta las siete de la tarde.

El rey siempre aguardaba impaciente sus visitas, porque Felipe le llevaba juguetes y le contaba historias divertidas. Jean Bouvat, en su Journal de la Régence, afirma lo siguiente:

“El regente sentía un cariño verdadero por el pequeño rey, incluso por encima del que le inspiraba su propio hijo, el duque de Chartres, de quien tenía tan mala opinión que a veces le reprendía por reunir en su persona todos los defectos del resto de príncipes de la sangre: la joroba del príncipe de Conti, la voz tan áspera del duque de Borbón y la brutalidad de Monsieur de Charolais”.

Luis XV

Y d’Argenson cuenta que una vez lo oyó decir: 

—¿Cómo iba yo a preferir que reinara mi hijo en lugar de este chiquillo adorable que es mi señor natural?

Cuando terminaba su jornada, el regente tenía dos modos frecuentes de divertirse: iba a la ópera o bien al campo. Según Saint-Simon, “tan pronto como llegaba la hora de la cena, todo se cerraba a cal y canto de tal forma que fuera cual fuese el asunto que surgiera inesperadamente, era inútil intentar acceder al regente. No me refiero simplemente a asuntos privados, sino a aquellos que podrían interesar peligrosamente al Estado o a su propia persona”.

A esas cenas solo eran admitidos los amigos del regente, o, como expresó Agustín Challamel en La Regencia Galante, “asistían mezclados los amigos y amantes del regente, las amantes de sus amigos y los amigos de las amantes”. Pero los demás, incluidos los sirvientes, quedaban excluidos, así que los invitados tenían que servirse ellos mismos. Sobre lo que verdaderamente ocurría durante esas veladas, ninguno de ellos dejó un testimonio escrito. Es cierto que lo hizo ampliamente Saint-Simon, pero él nunca estuvo presente. Existe, además, una obra titulada Las Filípicas, firmada por Chancel de la Grange. Se trata de un libro cuyas salaces descripciones de esas “augustas saturnales", como el autor las llama, sirvieron de inspiración a muchos escritores posteriores. Y, además, encontramos evidencias en algunos comentarios que los contemporáneos del duque dejaron en sus memorias, aunque se trate de cosas que no vieron con sus propios ojos.

Felipe II de Orleáns, el Regente

A los invitados se unía en ocasiones un grupo de chicas de la Ópera, cómicos y otros personajes que, sin ser distinguidos por su nacimiento, aportaban una buena dosis de ingenio y diversión a la fiesta. Según Laurence, “cortesanas perdidas llegaban acompañadas de actores y libertinos de toda clase, introduciendo, con el hábito de la lengua suelta, mordaz y perversa, los refinamientos del libertinaje y los secretos del vicio”. Lo más llamativo es que una de las hijas del regente, la duquesa de Berry, también tomaba parte en estas cenas. Madame de Caylus nos dice lo siguiente:

“Desde su nacimiento tuvo especial debilidad por ella, y al crecer la convirtió en su confidente respecto a sus gustos, y le permitía ser testigo de todos sus actos. Ella lo veía cuando estaba con sus amantes: él le pedía a menudo que lo visitara cuando se encontraba con Madame d’Argenton”.

Todos entraban al Palais Royal por la pequeña puerta de la rue Richelieu. El portero los observaba en silencio, pero un día Felipe lo invitó a participar en la fiesta, algo que el hombre rechazó de plano.

—Mi señor, el servicio que os debo acaba aquí. Yo no voy con tan mala compañía, y me preocupa veros ahí.

María Luisa Isabel de Orleáns, duquesa de Berry, hija del Regente

Una de las damas más famosas que participaban en las cenas del regente era Madame de Parabère. Esta mujer, grácil y esbelta, comía y bebía como un cosaco, y, como expresa el conde de Soissons, “gracias a estas cualidades, y a otras que uno se debe callar, tenía dominado al regente”. Pero además amaba a Felipe por sí mismo, y no por cuanto pudiera obtener de él.

Tampoco era un cariño interesado el de Émilie Souris, una bailarina de la ópera. Fue una de las mujeres a las que el voluble regente amó durante más tiempo, pero ella solo aceptó un regalo suyo, según nos cuenta el duque de Richelieu en sus memorias:

“Cuando el duque de Orleáns conoció a Émilie, le regaló unos pendientes que valían 15.000 libras, pero ella los rechazó, diciéndole a su príncipe encantador que no eran para ella, pues eran demasiado bellos. Le rogó que le diera en cambio 10.000 libras para poder comprar una casa en Pantin, donde deseaba morir cuando ya no tuviera la dicha de ser amada por él, pues después de conocer la bondad de tan gran príncipe, no habría nadie digno de sucederle. El regente la besó tiernamente y le envió 25.000 libras. Sin embargo ella le devolvió 15.000, diciendo que se había equivocado, y que nunca volvería a aceptar nada suyo”.

Otro de los amores de Felipe fue Madame d’Averne, de la que se decía que tenía el cabello más hermoso del mundo, y una cintura tan fina que podía abarcarse con una liga. Al duque de Orleáns le agradaba tanto que no le importaba que todo París la viera en su compañía. Buvat escribió que “Madame d’Averne siempre está con el regente, que se pasea públicamente con ella por las Tullerías”.

Madame de Parabère

Otra de las favoritas, Madame Sabran, era muy joven, pero ya había adquirido cierta reputación. Se había liberado de la férrea tutela de su madre casándose con un caballero que poseía un buen nombre, aunque ninguna fortuna. Era muy bella, ingeniosa y lo suficientemente libertina para resultar del agrado del regente.

Entre las amantes se cuenta también Madame de Phalaris, una mujer alta y de aspecto serio, siempre cubierta de plumas y abalorios, orgullosa de su influencia en la corte. Muy diferente a ella era una actriz llamada Charlotte Desmares, que engañaba al regente con diversos actores. Esto, desde luego, no era algo que importara lo más mínimo a Felipe, que no era celoso. Charlotte tuvo una hija de Felipe, pero cuando quiso hacerle reconocer la paternidad de un segundo niño, no lo encontró nada dispuesto.

—¡No, es demasiado arlequinesco! —exclamó él.

—¿Qué queréis decir?

—Que está hecho de demasiadas piezas diferentes.

Parecía que el regente cambiaba de amante cada semana, algo que no dejaba de sorprender a su madre, la Princesa Palatina, que una vez escribió:

Mi hijo no es ni guapo ni feo, pero carece de maneras adecuadas para hacerse amar. Es incapaz de sentirse apasionado o unido por largo tiempo a una misma persona. Por otro lado, sus gestos carecen de la gentileza o seducción que atrae en el amor. Indiscreto, cuenta todo lo que le ocurre. Yo le he repetido cien veces que me sorprende que las mujeres le rodeen locamente enamoradas: deberían huir. Él ríe y me dice:

—No conocéis a las mujeres disolutas de hoy día. Decir que me acuesto con ellas es producirles placer.

La Princesa Palatina, madre del Regente

Pero Felipe no se arruinó por ninguna de ellas, ni tampoco les permitió inmiscuirse en asuntos de Estado.

Hay pinturas y grabados que representan estas famosas cenas del regente. Lancret pintó a Felipe sentado a la mesa en alegre compañía. La obra, titulada Partie de Plaisirs, colgaba sobre una chimenea en el comedor del château de Champlatreux, situado a orillas del Sena, no lejos de París. Era propiedad del duque de Orleáns, y a menudo recibía allí a sus invitados, especialmente a Madame de Parabère. El parque de ocho hectáreas estaba rodeado por un muro en el cual, en la parte trasera de la casa, había una puertecita por la que entraba Felipe cuando no quería ser visto.

La única mujer representada en el cuadro es Madame de Parabère, que ocupó el château en un tiempo. Aparece de pie tras su marido, con dos dedos de la mano izquierda formando cuernos sobre su cabeza mientras le acaricia la barbilla con la otra mano. El duque y sus invitados se ríen de ese chiste del que el esposo no es consciente.


lunes, 25 de noviembre de 2013

Historias que no son cuentos


Tengo el placer de presentarles una nueva propuesta de lectura para estas Navidades. El libro se titula “Historias que no son cuentos”, y lo firma nuestro amigo Cayetano Gea. Los que ya lo conocen, saben que uno de sus rasgos más característicos es ese sentido del humor que impregna sus textos. Y los que aún no lo conocen, deberían conocerlo. A veces se visita una página, simplemente, porque ofrece un contenido interesante. Otras, en cambio, ofrecen mucho más que eso, y tal es el caso de La Tinaja de Diógenes, el blog de Cayetano: además de una forma sumamente amena de explicar la historia, su autor es un caballero tan majo que es imposible no tomarle cariño y desearle todo lo mejor.

La diversión está garantizada. En Historias que no son cuentos, Cayetano se ocupa de cuestiones como estas:

-¿Desde cuándo existe España?
- ¿Quiénes eran los "hidalgos de bragueta"?
. ¿Tuvo Hitler luna de miel? ¿Qué mujeres influyeron en su vida?
. ¿Por qué a Carlos II le llamaban "El Hechizado"?
. ¿De dónde proviene el término estraperlo?
. ¿A quién llamaban "Miss Islas Canarias 1936"?

Como verán, la cosa promete. Yo, desde luego, ya he encargado mi ejemplar. Los que deseen adquirirlo, pueden visitar su blog, donde Cayetano indica el modo de contactar con él.

Muchísima suerte, querido Cayetano. Y que este libro sea el primero de una larga serie.

Ah, y muchas gracias a quienes acudieron en Madrid a la presentación de "Mujeres en la historia". Les comunico que el local estaba tan abarrotado que hubo gente que tuvo que quedarse fuera.


sábado, 23 de noviembre de 2013

Enrique I y la traición de Juliana de Breteuil


Enrique I de Inglaterra no fue muy prolífico en sus matrimonios. Es cierto que de su primera esposa tuvo cuatro hijos, nacidos entre 1101 y 1104, aunque no pudo resolver con ello el problema de la sucesión. La mayor, Eufemia, falleció al poco de nacer. La segunda fue la emperatriz Matilde, quien, por su matrimonio con Godofredo de Anjou, sería origen de la dinastía Plantagenet. El tercero fue Guillermo Atheling, trágicamente desaparecido durante el naufragio del Barco Blanco, y la menor, Isabel, no superó la infancia.

Llama la atención que, después del nacimiento de cuatro hijos en años consecutivos, el matrimonio no tuviera más descendencia en los catorce siguientes, hasta el fallecimiento de Matilde. Más aún si se tiene en cuenta que la reina solo tenía 38 años cuando murió.

Poco después Enrique volvía a casarse, pero no lograría descendencia de su segunda esposa. El caso es sumamente llamativo, porque resulta que al rey se le atribuye la paternidad de más de veinte bastardos, en su mayoría hijas. Sin embargo, la mayor parte fue engendrada durante los tiempos de su juventud, cuando aún permanecía soltero. Enrique contaba ya 32 años al casarse por primera vez, una edad respetable para un caballero medieval. Resulta obvio que no había practicado la castidad hasta entonces. De hecho, los matrimonios de unas cuantas de sus hijas se sitúan entre 1103 y 1107, lo que indica que nacieron siendo él muy joven, y que tuvo unos años mozos muy agitados. 

Una de sus hijas mayores fue Juliana, a quien en 1103 encontramos casada con Eustaquio de Pacy, Señor de Breteuil e hijo ilegítimo del conde de Hereford. Era hija de Ansfride, quien también dio a Enrique otro hijo que se ahogó en el naufragio del Barco Blanco: Ricardo de Lincoln. Probablemente fuera también hermano de ambos Fulco, un monje de Abingdon.

Juliana no debía de contarse entre las favoritas de su padre, puesto que en 1119 se rebeló contra él. El enfrentamiento entre ambos fue muy dramático, y la furia de la dama fácil de comprender. 

El padre de su esposo había muerto sin herederos legítimos, y Eustaquio aspiró al señorío vacante de Breteuil, uno de los mayores honores de Normandía. A pesar de su nacimiento ilegítimo, era el preferido por los normandos frente a los otros oponentes, pues uno de ellos era un bretón y otro un borgoñón, mientras que Eustaquio era de origen normando. Con eso y el apoyo del rey, se había hecho con el señorío quince años antes.

Pero por las fechas que nos ocupan Eustaquio de Pacy solicitó también el castillo de Ivry como parte de su herencia, ya que había pertenecido a sus antepasados. Enrique no tenía verdadera intención de entregarlo: se trataba de una plaza de suma importancia estratégica, destinada a proteger la frontera de Normandía, y quería que estuviera en manos de alguien en quien pudiera confiar plenamente. Al parecer no era el caso de Eustaquio, pero el monarca no quería denegar abiertamente su petición por temor a que su yerno se uniera a la rebelión normanda que había en marcha contra él. El objetivo era destronar a Enrique y sentar el trono a Guillermo Clito, hijo de Roberto Curthose y sobrino, por tanto, del monarca. La revuelta se había extendido, y cada vez eran más los nobles caballeros que se aliaban en ese bando en la esperanza de obtener más tierras y castillos a cambio de deponer su actitud. Para evitar que Eustaquio pasara a engrosar sus filas, aparentó concedérselo, aunque demoraba la entrega.


Mientras tanto era Raúl de Harenc el gobernador de la plaza. Durante el conflicto, por deseo del rey y para garantizar la buena fe de ambos, Harenc entregó a su hijo como rehén a Eustaquio, y al mismo tiempo este hacía entrega de sus dos hijas, que quedaron bajo la custodia de Enrique. 

El rey creía así haber obtenido suficiente garantía de la fidelidad de ambos como para esperar que se mantuviera la paz. Sin embargo Eustaquio, hombre violento, calculó que jugaba con ventaja. Pensó que sus hijas no corrían peligro estando junto a su abuelo, o que nunca sufrirían ningún daño por tratarse de niñas y no de varones, de modo que, creyéndose seguro e impune, se presentó ante Raúl y exigió la entrega de la fortaleza. Amenazó con aplicar a su hijo los más terribles tormentos si no se plegaba a su voluntad, y, para persuadirlo de lo firme de su intención, hizo que le mostraran al niño con varias espadas sobre su cabeza, dispuestas a abatirse sobre él en cualquier momento. 

Harenc hizo como Guzmán el Bueno y se negó a entregar la plaza, con el dramático resultado de que Eustaquio, aconsejado por el feroz Amaury de Monfort, hizo sacar los ojos a su rehén y se los envió al padre metidos en un cofre.


Raúl acudió presuroso a postrarse a los pies del rey y solicitar justicia por el ultraje que le había sido hecho, una infamia con la que el yerno de Enrique violaba, además, el juramento hecho al soberano. Obedeciendo al sentido de la justicia imperante hace mil años, el rey permitió que Harenc tomara represalias sobre sus propias nietas, demostrando así que en su reino la ley era igual para todos, incluso para quienes llevaban su sangre. Uno de los sobrenombres con el que el monarca pasó a la historia fue el de León de Justicia. Esto se debe no solo a su imparcialidad, sino también a que supo mantener el orden, terminó con la anarquía de los tiempos de su hermano, Guillermo Rufo; puso en marcha algunas leyes de carácter más progresista e introdujo importantes refinamientos además de mejoras para las mujeres, novedades que aún chocaban con la mentalidad de buena parte de sus súbditos.

Lamentablemente sus desdichadas nietas no pudieron beneficiarse de ninguno de esos avances. Raúl hizo que también a ellas les sacaran los ojos y les cortaran la punta de la nariz. Después envió a Eustaquio un mensaje para comunicarle que su barbarie había recaído sobre sus propias niñas. En cuanto a la torre, no debía soñar con que le sería entregada.

Al recibir la noticia de esta espantosa venganza, Eustaquio rompió el juramento de lealtad que le mantenía vinculado a su suegro, se puso bajo el estandarte de Francia y se unió a la rebelión. 


Mientras fortificaba sus castillos de Lire, de Glos, de Pont Saint-Pierre y de Pacy, envió a su esposa a Breteuil con las tropas necesarias para defender la plaza. Pero los habitantes de la villa, contentos con su rey, no quisieron secundar la revuelta y, mientras su señor estaba lejos ocupado en defender Pacy, mandaron aviso a Enrique de la llegada de Juliana y le pidieron que acudiera a toda prisa. Así lo hizo, y tan pronto como llegó le abrieron las puertas. El rey agradeció a sus habitantes la fidelidad que le mostraban y prohibió a sus hombres que saquearan el lugar.

Juliana tuvo el tiempo justo de correr a refugiarse en la ciudadela, donde fue sitiada por las tropas de su padre. Su dolor y el resentimiento contra Enrique eran inmensos. Trató de resistir el asedio cuanto le fue posible, pero los víveres escaseaban. Fingiendo capitular, Juliana tendió una emboscada a su padre: solicitó un encuentro con él para negociar las condiciones de la rendición, y cuando Enrique entró en el castillo, trató de matarlo disparando una ballesta con sus propias manos. La flecha rozó el pecho del rey, pero no alcanzó su objetivo.

El rey ordenó destruir el puente levadizo que unía la ciudadela con la villa, dejando así a la gente atrapada en el interior del castillo. Juliana tuvo que escapar descolgándose por las murallas con una cuerda hasta el foso lleno de agua helada, soportando el frío de febrero con las faldas indecorosamente recogidas hasta la cintura y a la vista de todo el ejército. Una vez en el foso, entre las risas e insultos de los soldados, su padre la hizo prender.


Juliana se reunió con su esposo en Pacy. Eustaquio, ardiendo de indignación por el ultraje hecho a su mujer, y furioso por la pérdida de Breteuil, permaneció aliado con Amaury de Monfort y otros caballeros rebeldes, saqueando el reino y cometiendo desmanes por doquier.

Enrique, mientras tanto, para disolver la liga que se había formado contra él alternaba el uso de las armas con el de la diplomacia y la negociación, las amenazas con las concesiones. Finalmente, aplastada la rebelión, el matrimonio solicitaba y obtenía el perdón del rey. 

En señal de humildad y arrepentimiento, ambos comparecieron descalzos ante él y se postraron de rodillas.

—¿Cómo osáis presentaros ante mí sin un salvoconducto —les reprochó Enrique—, vosotros que me habéis causado tan graves ofensas?

—Sois mi señor soberano —respondió Eustaquio—. Por tanto, me presento seguro ante vos, dispuesto como estoy a serviros fielmente y a satisfaceros en todo aquello que por mis faltas decida vuestra bondad.

Algunos amigos intercedieron por él, y Ricardo, el hermano de Juliana, suplicó al rey por ella. 

—Que Juliana regrese a Pacy —concedió finalmente Enrique—. Vos vendréis conmigo a Ruan, y allí oiréis mi decisión.


Eustaquio pudo retener Pacy, pero, aunque se produjo la reconciliación, hubo de renunciar a Breteuil, a cambio de lo cual percibió una generosa renta de Enrique, más que suficiente para que él y su esposa vivieran cómodamente el resto de sus vidas. 

El matrimonio tuvo también dos hijos: Guillermo y Rogelio, y otras dos hijas nacidas con posterioridad a los hechos. En cuanto a Juliana, se sabe que años después tomó los hábitos en la abadía de Fontevrault, donde terminó sus días.


Bibliografía:
Histoire des français - Jean Charles Léonard Simonde de Sismondi
Orderic Vitalis, Lib XII
Histoire de France depuis les temps les plus reculés jusqu'en 1789 - Henri Martin
Histoire nationale de France, d'après les documents originaux - Amédée Gouët
Collection des mémoires relatifs à l'histoire de France - Volumen 28 - editado por M. Guizot 
Histoire de la Normandie sous le règne de Guillaume-le-Conquérant, Volumen 1 - Georg Bernhard Depping
Henry I - Charles Warren Hollister



miércoles, 20 de noviembre de 2013

La Hermosa Doncella de Brabante


Adelaida de Lovaina, también llamada Adela o Adelicia, fue la segunda esposa del rey Enrique I de Inglaterra. Por su belleza recibió el apelativo de “La Hermosa Doncella de Brabante”, pero no era este, ni mucho menos, su único atributo: Adelaida era tan hábil con la pluma como con la aguja, y había recibido una esmerada educación para los estándares medievales. Fueron sus manos las que bordaron el estandarte de seda y oro capturado en la batalla que se libró en 1129 junto al castillo de Duras y que se hizo célebre en toda Europa por la belleza de su diseño y lo perfecto de su ejecución. Tal fue la fama que alcanzó que la llanura donde fue encontrado recibió en adelante el nombre de “Llanura del Estandarte”, y los vencedores depositaron su trofeo en la iglesia de San Lamberto en Lieja, donde durante siglos fue sacado en procesión en las grandes ocasiones.

Por las venas de Adelaida corría sangre real, puesto que sus ancestros descendían de Carlos, hermano del rey Lotario. Su padre Godofredo, Gran Duque de Brabante, duque de la Baja Lotaringia y conde de Lovaina y Bruselas, era un príncipe muy poderoso, de modo que todo en ella la hacía digna de aspirar a una boda regia. Sin embargo, a pesar de tantos dones como reunía la hermosa Adelaida, el rey de Inglaterra estaba demasiado apenado por la pérdida de su primera esposa y de su hijo, trágicamente fallecido durante el naufragio del Barco Blanco. Enrique solo tenía una hija en esos momentos: la emperatriz Matilde, y con su segundo matrimonio tan solo pensaba en conseguir un heredero varón y dejar resuelto el asunto de la sucesión. Aunque eso no significa que el maduro monarca, que ya había cumplido 52 años, no fuera capaz de apreciar las muchas cualidades de la novia, una joven doncella que rondaba los 18.

La boda se celebró en Windsor, y la ceremonia de coronación de la nueva reina tuvo lugar al día siguiente, domingo 30 de enero de 1121. Todos cuantos tuvieron ocasión de contemplar a Adelaida se hacían lenguas de la belleza de esta “reina de los ángeles”, como la llamó el obispo de Rennes. Pero este no solo repara en su físico agraciado, sino que habla con entusiasmo de sus modales encantadores y la dulzura de sus palabras.

Durante algún tiempo la reina residió en Woodstock, donde Enrique tenía un zoo y un aviario. A pesar de la enorme diferencia de edad, el rey encontró en esta segunda esposa una agradable compañía que participaba en sus diversiones. Adelaida no solo compartía su interés por la historia natural y su amor por los animales, sino que animaba a los escritores de su época a difundir el conocimiento acerca de estos temas, con el resultado de que Felipe de Thaon escribió para ella su Bestiarius en lengua anglo-normanda. La reina, en cambio, nunca intervino en asuntos políticos, hacia los que no se sentía inclinada.

La afición de Adelaida por las letras y su labor de mecenazgo fue un ejemplo que animó a muchas damas de la corte a patrocinar a los escritores de su tiempo. Además Adelaida tenía especial interés por perpetuar la reputación de hombre especialmente instruido que acompañaba a su esposo. Para ello se dice que encargó una biografía en verso del rey, una obra que, lamentablemente, no se conserva.

Pero mientras el tiempo transcurría para el matrimonio entre tan gratas ocupaciones, el problema de la sucesión seguía sin resolverse. Al cabo de cinco años, a pesar de que ambos cónyuges viajaban juntos y apenas se separaban, no habían conseguido descendencia. Enrique, desesperado de tener un varón a esas alturas de su vida, manifestó su deseo de que su hija Matilde, viuda del emperador Enrique V, fuera reconocida como sucesora.

Matilde fue constante compañera de Adelaida durante doce meses. El carácter de la Emperatriz no era fácil, pero la reina, mucho más dulce, hacía lo posible por suavizar las relaciones y alcanzar la paz doméstica. Finalmente Enrique prometió a su hija a Godofredo Plantagenet, conde de Anjou, en contra de los deseos de la rebelde Matilde. El rey obligó a sus nobles a renovar el juramento de fidelidad a su hija, pero durante un tiempo pareció que no terminaba de atar todos los cabos que dejarían resuelto el asunto de la sucesión: el matrimonio de la Emperatriz, celebrado en 1227, fue un desastre desde un principio; ambos cónyuges se llevaban tan mal que durante los seis primeros años fue imposible lograr descendencia. Al cabo de ese tiempo, para alegría del rey, Matilde dio a luz un varón. El último Parlamento del reinado de Enrique I se reunió expresamente en 1133 a fin de asegurar la Corona para su nieto, que fue incluido, junto con la Emperatriz, en el juramento de fidelidad.

Poco después el rey se embarcaba rumbo a Normandía, donde fallecía el 1 de diciembre de 1135 en el castillo de Lyons. Sus restos fueron embalsamados y enviados a Inglaterra para ser enterrados en la abadía de Reading.

Adelaida cedió la mansión de Eton a la abadía para que se rezara por el alma de su esposo, y fundó un hospital para leprosos para conmemorar la fecha del aniversario. Ella misma colocó un palio sobre el altar y asignó una cantidad de dinero destinada a asegurar que siempre ardiera una lámpara sobre la tumba de Enrique.

A partir de entonces se retiró a la abadía benedictina de Wilton, pero al cabo de un tiempo abandonó el claustro y se trasladó al castillo de Arundel. En 1138 se casó en Norfolk por amor con Guillermo d’Aubigny (también llamado de Albini), Lord Buckenham, uno de los consejeros de su difunto esposo. Se trataba de un noble caballero cuyo padre había figurado entre los normandos que acompañaron a Inglaterra a Guillermo el Conquistador. Lo hizo en su calidad de copero de los duques de Normandía, un cargo hereditario que le fue confirmado para sus descendientes. Adelaida, que no había dado hijos a Enrique, tuvo cuatro varones y tres hijas en su segundo matrimonio.

Guillermo d’Aubigny recibió el sobrenombre de Mano Fuerte debido a una leyenda relacionada con su amor por la reina. Ambos estaban prometidos cuando tuvo lugar un torneo con ocasión de la boda de Luis VII y Leonor de Aquitania. Guillermo era uno de los competidores, y superaba en destreza a todos los demás. Brilló tanto en el torneo que cuentan que Adela, la reina viuda de Francia, también se enamoró de él. Ella lo invitó después a un banquete y le presentó ricas joyas como recompensa de sus muchos méritos. Entonces le ofreció su mano sin ningún disimulo, un honor que él declinó en los términos más respetuosos, alegando como motivo su compromiso con la reina de Inglaterra. Adela, que no esperaba ser rechazada, decidió vengarse. Lo condujo al jardín, donde había un león dentro de una cueva. Por el camino le iba hablando del animal y de su fiereza, a lo cual Guillermo, como caballero medieval que era, replicó lo que replicaban todos: que “el miedo no era una cualidad propia de hombres, sino de mujeres”. Llegados a la cueva, la reina lo animó a entrar. Lejos de echarse atrás, Guillermo envolvió el brazo con su capa, metió la mano en la boca del león y le arrancó la lengua o, como dicen los viejos cronistas, el corazón. Después, al volver a palacio, hizo que una doncella se lo llevara como regalo a la reina.

Cuentan que por este episodio de leyenda el blasón de sus descendientes, los Howard, lució siempre el león rampante en plata sobre gules. 

A su regreso a Inglaterra se casó con Adelaida, y el usurpador Esteban le concedió el título de conde de Arundel. Adelaida continuó viviendo en Arundel después de su matrimonio. A pesar de la lealtad de su esposo hacia el nuevo rey, ella se negó a desamparar a su hijastra la Emperatriz cuando al año siguiente de la boda la recibió en el castillo. Al aproximarse Esteban con su ejército, Adelaida se excusó por haber recibido a Matilde, y se justificó con los lazos de amistad que desde antiguo habían unido a ambas. Solicitó un salvoconducto hasta Bristol para la hija del difunto Enrique, y declaró que, en caso de que le fuera denegado, estaba completamente resuelta a defender el castillo hasta las últimas consecuencias.


Adelaida falleció en 1151, contando aproximadamente 48 años. No existe acuerdo con respecto al lugar de su muerte, pero parece que tuvo lugar en la abadía de Affligham, en Flandes, y que permaneció enterrada allí junto a su padre hasta los tiempos de la Revolución. Otros, en cambio, seguramente con menos acierto, proponen que murió en Inglaterra y que fue enterrada por su esposo con los honores habituales en la capilla de San Juan, en Boxgrove, donde reposaban los restos de algunos de sus hijos.

Protectora de los pobres y de los huérfanos, aún perduran muchos monumentos erigidos a la memoria de esta reina en torno al castillo de Arundel. En Lyminster fundó un convento de monjas según las reglas de San Agustín, y además contribuyó enormemente a la construcción de la catedral de Chichester.

El hecho de que su matrimonio con Guillermo d’Aubigny fuera el origen de la familia Howard significa que tanto Ana Bolena como Catalina Howard, ambas esposas de Enrique VIII, descendían de Adelaida de Lovaina. El propio Enrique VIII también era su descendiente, así como Enrique V y Juana Seymour.


lunes, 18 de noviembre de 2013

Próxima presentación del libro Mujeres en la historia


Llega por fin el acto de presentación del libro de relatos históricos “Mujeres en la historia”, en el que les recuerdo que participo con un relato sobre la infancia de George Sand. 

La cita será en el Café Cósmico, C. Juan de Austria, 25 (Junto a Plaza de Olavide y Metro Iglesia) Madrid, el viernes 22 de noviembre a las 20h. 

“Relatos sobre mujeres, escritos por mujeres; la visión de una nueva generación de autoras que entran con fuerza en el panorama literario, unido a la visión de escritoras clásicas. En Mujeres en la historia, M.A.R. Editor reúne las experiencias de protagonistas de la historia, algunas famosas, otras desconocidas, que vivieron el cambio político, económico y social producido desde la Revolución Francesa hasta el comienzo de la segunda Guerra Mundial.”

"Toda la información sobre el libro en:
http://www.mareditor.com/narrativa/MujeresenlaHistoria.html
Y si no puedes estar en este fantástico acto, te lo enviamos a cualquier parte del mundo."

Los que vivan en Madrid, a ver si hacen un hueco en su agenda y se acercan la tarde del viernes por el Café Cósmico. Se agradecerá su presencia.

Quiero dar las gracias muy especialmente a monsieur dlt, que desde su terraza escribió hace unos días una deliciosa reseña titulada Cuando Amandina aún no era George. Resulta todo un lujo contar con lectores como él.


sábado, 16 de noviembre de 2013

Las Floralia

Flora y Céfiro - Bouguereau


“Madre de las flores, ven, que has de ser festejada con juegos y regocijos”. (Ovidio)


Las Floralia eran un festival que los romanos celebraban en honor a Flora, diosa de la vegetación, la fertilidad y la primavera, de todo cuanto florece. Los ritos, que simbolizaban la renovación del ciclo de la vida, tenían lugar entre el 28 de abril y el 3 de mayo. Según la tradición, se organizaron por primera vez siguiendo las indicaciones de un oráculo de los libros Sibilinos, que fue preciso consultar tras una grave sequía. De acuerdo con el oráculo, era preciso erigir un templo a la diosa, y así se hizo cerca del circo Máximo, al pie de la ladera del Aventino. Los juegos fueron instituidos para conmemorar su inauguración.

Flora era una divinidad muy antigua, tanto que se atribuye su introducción al rey sabino Tito Tacio, que compartió el trono de Roma con Rómulo. Los sabinos dieron a un mes el nombre de la diosa, y los samnitas la adoraban junto con Ceres, con quien tenía mucho en común. En Roma contaba con su propio sacerdote, el flamen floralis. Ovidio la identifica con la ninfa griega Cloris, que fue raptada por Céfiro, dios del viento. En compensación, Céfiro le permitió reinar sobre las flores y los campos. Más tarde Cloris regalaría a los hombres la miel que las abejas elaboraban con sus flores.


“Gozo de una primavera eterna: el año está siempre sonriente, los árboles tienen siempre hojas, la tierra siempre pastizales. Tengo en los campos que constituyen mi dote un jardín exuberante: el viento lo respeta, una fuente de agua cristalina lo riega. Mi marido cubrió este jardín de flores generosas y me dijo: “Tú, diosa, ostenta la soberanía de las flores”. Yo quise muchas veces contar la serie de colores y no pude; su cantidad sobrepasaba la cuenta. … Mi poder divino afecta también a los campos de labranza. Si las mieses cuajan bien las flores, habrá era rica; si cuaja bien la flor de la viña, habrá vino; si cuajan bien las flores del olivo, el año será muy fértil. La miel es regalo mío, yo soy la que convoco a los insectos que producirán la miel a las violetas, los codesos y los tomillos blanqueantes.” (Ovidio)

Este festival perdió popularidad y fue decayendo. Se celebraba tan solo de modo ocasional hasta que en el año 173 a. C. el senado, preocupado por un invierno de granizadas, lluvias constantes y fuertes vientos que resultaron desastrosos para vegetación y cosechas, ordenó que se reinstauraran los juegos con carácter anual a fin de invocar la protección de la diosa. Durante el Imperio las Floralia habían llegado a ser tan populares como las Saturnalia y se habían extendido por todos los confines de Roma, puesto que su carácter licencioso aumentaba su capacidad de atracción entre los pueblos conquistados.


Para celebrar la ocasión había juegos y representaciones teatrales. Eran los llamados ludi florales. Durante el Imperio el último día de las Floralias estaba dedicado a los juegos en el circo. Estos ludi estaban financiados por magistrados menores llamados ediles curules, que los utilizaban para atraerse las simpatías y el voto de la gente. Para ellos se trataba de un modo de procurarse un ascenso cuando terminara su año como ediles.

Eran fechas de gran alegría, había cánticos, bailes, banquetes en mesas que se preparaban en la calle; se ofrecía a la diosa leche y miel, y se bebía vino sin moderación. Las casas y los templos aparecían hermosamente decorados con flores; la gente se regalaba fruta y se entregaba a juegos lascivos. Y es que los ludi florales no solo celebraban el florecimiento de las plantas, sino también el deseo sexual, de ahí que prostitutas y cortesanas consideraran a las Floralia sus fiestas.

Los participantes en la fiesta, vestidos con ropa muy colorida, llevaban guirnaldas, cintas de colores, coronas de flores en el cabello o ramilletes en la mano, y después de asistir a las representaciones teatrales continuaban celebrando en el circo. La gente se arrojaba habas y guisantes como símbolo de fertilidad. Se consideraba que la primera persona en depositar una guirnalda ante la estatua de Flora tendría buena suerte durante los meses sucesivos. Los niños también tenían su parte de diversión, puesto que en su origen se hacían pequeñas imágenes de la diosa que ellos decoraban con flores.

Durante la noche Roma se iluminaba con antorchas, ya que las celebraciones se prolongaban hasta tarde. Pero las horas intempestivas a las que las gentes regresaban a sus casas entrañaban un peligro, porque eran también ocasión de malhechores al acecho. Sejano, favorito de Tiberio, se hizo popular entre los ciudadanos que habían estado disfrutando de las Floralia hasta altas horas movilizando a cinco mil esclavos con antorchas para que los condujeran sanos y salvos hasta sus hogares.

La danza romana más notable fue tal vez la instituida en honor a Flora. En su origen era una danza sencilla e inocente que las jóvenes ejecutaban sobre las calles tapizadas de flores y que simplemente expresaba la alegría que producía la llegada de la primavera. En el campo siguió conservando su carácter moderado, pero no así en la ciudad, donde pronto degeneró en un baile desenfrenado al que se entregaban las prostitutas. Era costumbre que en las representaciones teatrales mímicas que formaban la parte principal de estas diversiones, el público les pidiera que se desnudaran sobre el escenario y divirtieran a la muchedumbre con sus bailes y gestos obscenos hasta que los espectadores se desinhibían, comenzaban a despojarse también de sus ropas y se unían a ellas. Estos espectáculos tenían lugar ante los ojos de ciudadanos de todas las clases sociales, fueran ediles, senadores, simples plebeyos o las matronas más rígidas. Además las prostitutas participaban en combates simulados de gladiadores y asistían a carreras de carros donde se arrojaba garbanzos sobre la gente. 


Estos juegos resultaban tan licenciosos que durante el Renacimiento algunos autores, siguiendo la versión de Lactancio, pensaron que Flora había sido en su origen una prostituta que había legado todos sus bienes al Estado. Y, de hecho, parece que Flora era un nombre muy común entre las prostitutas de la antigua Roma.

En una ocasión en que Catón el Joven estaba presente, el pueblo, cohibido, no se atrevía a solicitar en su presencia que comparecieran las prostitutas. Al comunicarle su amigo lo que estaba ocurriendo, Catón optó por abandonar el lugar para dejar al pueblo en libertad de disfrutar de un espectáculo que él prefería no presenciar. El alborozo de la gente al ver que se marchaba fue inmenso, y la espantada de Catón fue objeto de sátira por parte de Marcial en uno de sus epigramas:


Si conocías el dulce rito de la divertida Flora,
los festivos juegos y la licencia del vulgo,
¿por qué, severo Catón, viniste al teatro?
¿Acaso habías venido solo para marcharte?



miércoles, 13 de noviembre de 2013

Clarice Orsini, esposa de Lorenzo de Médicis

Clarice Orsini retratada por Botticelli

Clarice nació en Monterotondo, Roma, en fecha incierta que se suele situar en torno a 1453. Era hija de Jacobo Orsini, perteneciente a una noble y poderosa familia romana cuyas extensas posesiones abarcaban media provincia. La familia de su madre, Magdalena, eran los no menos importantes Bracciano, que contaban con grandes capitanes y cardenales entre los miembros más influyentes de la Curia.

Esta unión era la primera que los Médicis concertaban fuera de su Florencia natal. La alianza con los Orsini tenía muchas ventajas, por tratarse de enemigos de la República de Siena, su gran rival. Ellos podían reunir un gran ejército con el que defender su causa, y contaban con numerosas plazas fuertes sumamente valiosas en caso de sufrir un ataque. Además pertenecían a la nobleza, lo que suponía un buen ascenso para los Médicis. Sin embargo, el matrimonio no resultó del agrado de los florentinos, que pensaron que Piero les hacía un desprecio al buscar esposa para su hijo en otra parte. 

Fue la madre de Lorenzo quien se encargó de concertar para él ese matrimonio. Lucrezia Tornabuoni se desplazó a Roma en la primavera de 1467 con el pretexto de hacer una visita de incógnito a su hermano. Su verdadera intención era examinar de cerca de Clarice y asegurarse de que era la novia más adecuada para su hijo. Desde allí escribió a su esposo para ofrecerle una descripción de la joven:

“Es bastante alta y de tez clara, y tiene modales agradables, aunque no es tan dulce como nuestras hijas. Es muy modesta y pronto aprenderá nuestras costumbres… Su rostro es redondo, aunque no me disgusta… No pudimos ver su busto, pues es la costumbre de aquí llevarlo completamente cubierto, pero parece prometedor."

Lucrezia Tornabuoni. Retrato atribuido a Ghirlandaio

Se suele describir a Clarice, en efecto, como una joven de buena figura con un delicado cuello blanco, si bien su porte carecía de gracia y tenía la poco favorecedora costumbre de inclinar la cabeza hacia delante. A pesar de ese rostro demasiado redondo para ser considerada una belleza clásica, su tez era clara y contaba, para su realce, con una abundante mata de cabello rojizo. Las manos, con largos dedos bien formados, eran muy alabadas.

El matrimonio quedó acordado en diciembre de 1468, sin que Lorenzo tuviera mucho que decir al respecto, excepto dar su consentimiento. Hay una curiosa nota suya en sus Ricordi: “Yo, Lorenzo, tomé por esposa a Clarice, hija del señor Jacobo, o mejor dicho, me fue entregada”.

En marzo del año siguiente Florencia la Piazza Santa Croce se cubrió de arena y se rodeó de gradas con asientos para los espectadores. Lorenzo había organizado un torneo para celebrar su compromiso, una competición en la que se proclamó vencedor a pesar de haber sido desmontado por uno de sus oponentes.

Conservamos una de las primeras cartas que Clarice le escribió, conmovedora por su juvenil simpleza, y en la que se hace alusión a la fiesta:

He recibido vuestra carta, que me ha proporcionado gran placer, y en la que me habláis del torneo donde ganasteis el premio. Me alegra que tengáis éxito en aquello que es de vuestro agrado, y que mis oraciones sean escuchadas, pues no tengo otro deseo que veros feliz. Dadle recuerdos a mi padre Piero y a mi madre Lucrezia, y a todos cuantos están junto a vos. Al mismo tiempo también os envío recuerdos a vos. No tengo nada más que decir.

Vuestra,

Clarice de Ursinis

Hasta el mes de mayo Clarice no se trasladó a Florencia. La ceremonia de la boda se celebró el domingo 4 de junio, y las festividades duraron varios días. La novia aparecía impresionante en su atuendo de brocado blanco y oro, montada sobre un espléndido caballo blanco. Clarice desfilaba entre un brillante séquito, con música de trompetas y acompañada de multitud de doncellas y jóvenes caballeros. 

En el palacio de la Vía Larga se había preparado un inmenso salón de baile para recibir formalmente a la novia después de la ceremonia. El recinto se había decorado con tapices que mostraban las armas y divisas de los Orsini y los Médicis, y los suelos se cubrían con costosísimas alfombras orientales. Clarice y 50 de las damas más jóvenes comieron en la habitación con un gran balcón que daba al jardín, mientras el resto acompañaba a la madre del novio en una habitación interior. En torno al patio se dispusieron lugares para 70 de los ciudadanos más distinguidos, mientras los jóvenes caballeros ocupaban el salón.

Lorenzo ideó los más variados espectáculos para entretener a sus invitados. Se representaron batallas en las que los caballeros, vestidos con sus armaduras, cargaban unos contra otros, y se construyó un fuerte para simular un ataque. Hubo música y baile, y, por supuesto, suntuosos banquetes en los que se consumieron 300 barriles de vino.

Fue, indudablemente, uno de esos matrimonios hechos por razones de Estado. Aunque del estudio de su correspondencia se desprende que posteriormente surgió el cariño entre ambos, fue otra mujer, Lucrezia Donati, la que conquistó el corazón de Lorenzo y recibió sus versos. 


Al año siguiente de la boda, el novio partía en un viaje a Milán, desde donde le escribe a su esposa:

“He llegado sano y salvo y me encuentro bien. Esto, creo, os complacerá más que cualquier otra noticia, a juzgar por lo que yo mismo os extraño a vos y a nuestro hogar. Tendréis una buena compañía en Piero, Mona Contessina y Mona Lucrezia, y pronto estaré de nuevo junto a vos. A mí me parece como si fueran mil años los que habrán de transcurrir hasta veros de nuevo. Rogad a Dios por mí, y si hay algo que deseéis, hacédmelo saber antes de mi partida”.

En diciembre de ese año fallece Piero de Médicis. Al día siguiente, Lorenzo y su hermano reciben la petición de los ciudadanos de asumir el puesto que su padre dejaba vacante. Clarice se convertía así en la primera dama de Florencia.

En marzo de 1471 recibía al duque de Milán, Galeazzo Sforza, y a la duquesa Bona, que en una ostentación de lujo y riqueza traían un séquito de dos mil personas, además de quinientas parejas de perros y gran número de halcones. El problema era que todo ese enorme séquito tenía que ser entretenido por los anfitriones a expensas del dinero público. Maquiavelo comenta escandalizado que “fue la primera vez que Florencia ignoró abiertamente la prohibición de comer carne durante la Cuaresma”.

Se organizaron muchos espectáculos con ocasión de la visita. Uno de ellos, escenificado en la basílica del Santo Spirito, concluyó en desastre cuando las antorchas provocaron un incendio que causó la destrucción del edificio. La gente comenzó a decir que había sido destruido por la ira divina ante tanta impiedad.


Para entonces Lucrecia ya había sido madre dos veces. Su hija mayor, de su mismo nombre, había nacido en agosto del año anterior, y cuando llegó el duque de Milán hacía apenas un mes que había dado a luz gemelos, aunque lamentablemente ambos niños morían poco después del parto. Otros siete nacimientos seguirían durante los próximos años, una maternidad que absorberá por completo a Clarice. Uno de sus hijos sería el Papa León X. Lorenzo, por su parte, los amaba mucho, jugaba con ellos y nunca se lo veía tan feliz como cuando se encontraba en su compañía. Incluso escribió una pequeña obra de teatro para que los niños la representaran.

Clarice no se ganó las simpatías del pueblo. No contaba con ninguna cualidad por la que ser especialmente admirada: no era una belleza notable, ni tampoco extremadamente inteligente; además tenía un carácter altivo: jamás olvidaba que llevaba el apellido Orsini, y estaba convencida de que eso le otorgaba una superioridad sobre todos cuantos la rodeaban. Mujer muy devota y alejada del humanismo que practicaba Lorenzo, tenía ideas diferentes de las de su esposo con respecto a la educación de sus hijos, lo cual parece haber sido el único motivo de discordia entre ambos. Él nombró al poeta Agnolo Poliziano como preceptor de los niños. Para disgusto de Clarice, Poliziano los acompañó a ella y a sus hijos cuando, tras la conspiración de los Pazzi, se encontró más seguro enviarlos a Pistoia, y después a Cafaggiolo. Desde allí el mayor, Piero, escribía a su padre cartas en latín. En una de ellas da cuenta de las andanzas de sus hermanos:

“Giuliano solo piensa en reírse; Lucrezia cose, canta y lee; Maddelena se golpea la cabeza contra la pared, pero no se hace daño; Luisa ya sabe decir unas cuantas cosas; Contessina hace mucho ruido por toda la casa”.

Una vez pidió a su padre un pony, pero no lo recibió. Volvió a tomar la pluma para plasmar su protesta:

“Para darles tono a mis cartas, siempre las he escrito en latín, y sin embargo no he recibido el caballito que me prometisteis, así que todos se ríen de mí”.


Clarice mimaba a sus hijos y apenas se preocupaba de otra cosa que no fuera inculcarles una educación religiosa, por lo que las relaciones con el tutor eran frecuentemente tirantes. Percibía claramente que Poliziano la despreciaba por su ignorancia, y no se engañaba, pues el preceptor, en sus cartas a Lorenzo, se quejaba por sus continuas intromisiones en la educación de los niños, “siendo inculta y una mujer” —dos defectos igual de imperdonables, al parecer.

Las relaciones entre ambos empeoraron durante el largo invierno de 1478 en la villa de Cafaggiolo. Finalmente Clarice, incapaz de soportar las provocaciones de Poliziano, lo expulsó de su hogar. El esposo se conformó con sudecisión, pero ofreció al preceptor una villa en Fiesole como compensación, y su amistad no se resintió.

Maddelena parece haber sido la hija favorita de Clarice. Cuando se propuso para ella un matrimonio con Francisco Cybo, hijo del Papa Inocencio VIII, Lorenzo escribió conmovedoras cartas rogando que se le permitiera a la niña quedarse un poco más de tiempo con su madre, que se encontraba enferma. Decía en esas cartas que Maddelena era la niña de los ojos de Clarice.

Clarice Orsini fallecía al año siguiente en Florencia, sin haber llegado a cumplir 40 años. Había perdido la batalla contra la tuberculosis. Aunque llevaba algún tiempo enferma, el fatal desenlace fue tan súbito e inesperado que su esposo no se encontraba con ella; aquel 30 de julio de 1488 Lorenzo estaba tomando los baños para aliviar su gota.


domingo, 10 de noviembre de 2013

Librarii y plagiarii

Escriba romano - Alma-Tadema

En Roma había numerosas tabernae que estaban calificadas de librerías (tabernae librariae) por los anuncios que lucían sobre las jambas de las puertas o los pórticos de las casas, y que contenían listas con los libros a la venta. Estas tiendas, espaciosas y con asientos para mayor comodidad de los clientes, se encontraban en el Foro, cerca de la Curia, en el Vicus Sandalarius y en otras zonas especialmente frecuentadas. En el interior, el lector encontraba los rollos colocados en casillas (armaria, nidi), sujetos con ataduras más o menos costosas. Pero al mismo tiempo estos locales se convertían en centros de reunión para literatos y aficionados a la lectura, de tertulias en las que se leían las obras en voz alta y se debatía sobre su contenido. 

Hacia finales de la República se puso de moda tener una librería en casa como parte del mobiliario. Según Vitrubio, estas bibliotecas tenían que dar al este para recibir la luz de la mañana y evitar que los libros se enmohecieran. En Herculano se descubrió una biblioteca con cajas de libros que contenían 1.700 rollos; nada comparado con la colección de Sammanicus Serenus, capaz de albergar 62.000 libros. Tan de moda se puso, que incluso los menos cultos querían presumir de tener una biblioteca simplemente por hacer ostentación. Séneca ridiculiza esta costumbre de adornar las paredes con miles de libros que el propietario nunca leería sin bostezar.


Los libreros se llamaban librarii o bibliopola. Los más famosos de la antigua Roma fueron probablemente los hermanos Sosii, que tenían su librería al lado del templo de Jano, en lavía Argiletum. Hubo, sin embargo, muchos otros nombres famosos, algunos de los cuales revelan un origen griego. Era un negocio próspero: Marcial dice que podía adquirirse un ejemplar de su primer libro de epigramas por cinco denarios, aunque la mayor parte de los beneficios se la llevaba el librero. Como escribió Marcial, uno de los que se quejaba de los escasos beneficios que una obra reportaba a su autor, “Se dice que Britania entona mis versos. ¿De qué me sirve? Mi bolsa no da cuenta de ello”.

Otra forma que tenía Roma de aumentar su colección de libros era mediante el botín de guerra. Había, además, libreros itinerantes que venían su mercancía en la calle sin disponer de ningún local, pero aun así, abastecer de libros a todo el Imperio era una tarea ardua, puesto que no había imprenta. Eran los esclavos quienes se ocupaban de la labor de copistas. Se trataba de los literati, esclavos cultos, generalmente de origen griego, que copiaban textos o bien escribían al dictado. La celeridad que mostraban era sorprendente, gracias al empleo de abreviaturas llamadas notas tironianas. Las notas recibían este nombre en honor a su inventor, Tiro, un liberto de Cicerón. Estas copias, a veces llenas de errores, iban a parar a las librerías, a menos que estas contaran con sus propios copistas y con agnostae o correctores que subsanaban los errores de los escribas. Pomponio Ático, amigo y editor de Cicerón, disponía de un gran número de esclavos dedicados a la fabricación de material de escritura, así como de copiar y corregir los manuscritos. 


Los libros se reproducían a una velocidad asombrosa, y a veces representaban un peligro que inquietaba al poder, especialmente los de carácter profético. En tiempos de la República los romanos otorgaban una gran importancia a los libros de la sibila de Cumas, que, según la tradición, se remontaban a los tiempos de Tarquinio el Soberbio. Los romanos los guardaban en un colegio formado por diez sacerdotes menores, y recurrían a ellos en busca de orientación en los momentos de mayor crisis. En el año 83 a. C. los libros sibilinos resultaron destruidos por un calamitoso incendio, de modo que fue preciso recoger otros que habían quedado repartidos por diversos puntos de la geografía. Eso dio lugar a numerosos fraudes. Augusto confiscó en Roma abundantes copias de libros pseudosibilinos puestas en circulación por sus enemigos políticos con profecías inventadas para perjudicarle.

La forma habitual de leer de un romano era en voz alta, puesto que se le educaba para saber hablar en público. En tiempos de Augusto, Ansinio Polio introdujo la costumbre de que los autores leyeran sus producciones inéditas a sus amigos, para así, tras escuchar su opinión, proceder a cuantas mejoras estimaran necesarias antes de hacer un anuncio para que la gente acudiera a una recitatio en el foro, en teatros, las termas, etc. Esto, naturalmente, servía para publicitar la obra y vender mejor el libro. Era raro que en Roma transcurriera un solo día sin un acontecimiento de esta clase. Tenemos al respecto una queja de Plinio en una de sus cartas, acerca de lo difícil que era atraer, y más aún retener, las audiencias de la metrópoli. A la recitatio acudía el editor, que podía leer algunos pasajes o bien hacer que los leyera un especialista, puesto que era una tarea de gran responsabilidad, y de la que dependía en buena medida que el libro se convirtiera en un éxito de ventas. 

En cuanto al material, se empleaban tablillas de madera cubiertas de cera llamadas tabullae. En ellas se escribían cartas, notas, primeros borradores, tareas contables o ejercicios de la escuela. Un borde de madera sobresalía lo suficiente para proteger la escritura cuando se juntaban dos tablillas. La superficie exterior se podía recubrir con piel y estaba adornada generalmente con incrustaciones de marfil, joyas o metales preciosos. Un segundo tipo de tablillas eran las de madera lisas, para escribir con tinta sobre ellas. Se escribía con el cálamo.

Otros esclavos o libertos se empleaban algunas veces como librarii ab epistulis, es decir que se ocupaban de las cartas. Para enviarlas, las tablillas se sujetaban con un hilo atado con un nudo sobre el cual se imprimía el sello de cera, y en la parte exterior de la misiva iba la dirección.

En cuanto a los papiros, el rollo variaba en tamaño. Para asegurarlos contra las polillas y el polvo, se metían en una caja a la que se ataba el título del libro. Varios rollos juntos se ponían en una caja cilíndrica con una tapa sobre ella, y de ese modo libros y documentos podían transportarse adecuadamente.

Roma llegó a contar con 29 bibliotecas públicas, la primera de las cuales fue abierta por Asinio Polio en el patio del Templo de la Paz. Otras dos se fundaron en tiempos de Augusto: las bibliotecas Octaviana y Palatina. Tiberio, Vespasiano, Domiciano y Trajano aumentaron el número. La más importante de todas era la biblioteca Ulpiana, fundada por Trajano. Las bibliotecas eran regentadas por esclavos del emperador, y posteriormente por esclavos, libertos y funcionarios, en su mayoría griegos. Al frente de las de Roma se situaba el procurator bibliothecarum, y por debajo de él estaban los bibliothecari, esclavos o libertos que habían comenzado como escribas. También había empleados cuya misión era ampliar el catálogo o revisar y restaurar las copias cuando estaban en mal estado.

Los imitadores, y sobre todo los plagiarii, eran un auténtico quebradero de cabeza, y los autores estaban indefensos contra aquellos que se apropiaban de sus obras. Horacio llamaba a sus imitadores “rebaño de siervos”. Sobre Virgilio se cuenta una anécdota según la cual retó al poeta Batilo, un plagiario de sus versos a completar el siguiente: “Sic vos, non vobis”. Su rival, por supuesto, no logró hacerlo, y Virgilio presentó entonces su versión: 

Hos ego versiculos feci; tulit alter honores/ sic vos non vobis nidificatis aves.

(Yo hice estos versos y otro se llevó los honores/ así hacéis vosotras, aves, los nidos para otros).

El epigrama XXX de Marcial, a Fidentino el plagiario, dice lo siguiente: “Corre el rumor, Fidentino, de que recitas en público mis versos, como si fueras tú su autor. Si quieres que pasen por míos, te los mando gratis. Si quieres que los tenga por tuyos, cómpralos, para que dejen de pertenecerme.”

Y en el epigrama LXVII: “… El que desea adquirir la gloria recitando versos de otro, debe comprar, no el libro, sino el silencio del autor.”

Es a Marcial precisamente a quien se suele atribuir la acuñación del término “plagio” para algo que hasta entonces estaba encuadrado dentro del hurto o robo en general. El vocablo deriva del verbo plagiare, es decir secuestrar a hombres libres o esclavos, o venderlos fraudulentamente como si fueran de su propiedad, un delito condenado a la pena de azotes de acuerdo con la Ley Flavia o plagiaria. Sin embargo, hasta el siglo XVI no se impuso la denominación de plagio para este tipo de fraude intelectual. Pero incluso entonces, y aún en el Romanticismo, el plagio solía entenderse como “una imitación deliberada de modelos antiguos en tanto que modelos dignos de imitación”.

Plinio el Viejo cita a los autores y textos de los que se ha servido para su Historia Natural, aunque advierte que muchos de ellos han copiado literalmente a otros sin admitirlo. “Sin lugar a dudas es propio de un espíritu mezquino y de una perversa naturaleza preferir ser descubierto como ladrón antes que pagar las deudas, especialmente cuando el interés acrecienta la suma.”

En ocasiones el problema no era que copiaran el trabajo ajeno, sino que utilizaran el nombre de un autor reputado para firmar con él sus propias obras y asegurar la venta. Galeno padeció este atropello, como narra él mismo en sus Scripta Minora:

“Hallándome en el Sandalario, donde se localizan la mayoría de las tiendas de libros de Roma, me llamó la atención ver a algunos hombres discutiendo sobre si el libro que habían adquirido era una obra mía o no. En dicho libro se podía leer lo siguiente: “Galeno, médico”. Al haber adquirido un libro que pasaba por ser obra mía, una de esas personas que se llaman filólogos quiso conocer su contenido, extrañado por la rareza del título. Tan pronto como leyó sus dos primeras líneas tiró el libro diciendo lo siguiente: “Este no es el estilo de Galeno, de modo que se trata de un libro falsificado”.

Otro tipo de fraude consistía en hacer ediciones piratas. Era frecuente que algunos editores novatos consiguieran un ejemplar de una obra que acababa de editarse o que estaba a punto de hacerlo, y entonces se apresuraban a copiarlo con la penosa calidad a la que obligaban las prisas y la sacaban al mercado a precios de competencia desleal. Eso sí, al menos el autor podía llevar ante los tribunales a estos editores por haber publicado su obra sin su pertinente consentimiento previo.


Bibliografía:
El plagio en las literaturas hispánicas: historia, teoría y práctica – Kevin Perromat Augustin
Los romanos, su vida y costumbres – E. Guhl y W. Koner
Falsificaciones y falsarios de la literatura clásica – Javier Martínez
El libro en Roma – Ibor Blázquez Robledo