jueves, 5 de septiembre de 2013

El Colegio de Pontífices en la antigua Roma


Los actos religiosos que los romanos realizaban en lugares sagrados o locus sacer se denominaban sacra. Si eran realizados por individuos o cabezas de familia en honor a los dioses domésticos, o bien por un sacerdote en nombre de la familia, se llamaban sacra privata, mientras que los sacra publica, sufragados con dinero público, corrían a cargo de sacerdotes populi romani, o de ciertas sociedades llamadas sodalitates a las que el Estado encargaba venerar a determinadas divinidades. Un ejemplo de estas últimas fueron los sodales Augustales, creados durante la época del Imperio con la misión de perpetuar el culto de la gens Julia.

Los sacerdotes populi romani formaban parte del gran colegio de pontífices. Disfrutaban de muchos privilegios, como por ejemplo el de llevar la toga praetexta, estar exentos del servicio militar y ocupar asientos de honor en los banquetes y en los juegos. Además poseían tierra pública, cuyas rentas cubrían los gastos de la sacra. 

El Estado mantenía un número de funcionarios, en parte esclavos (servi publici) y en parte libertos, cuya misión era servir a los sacerdotes. Entre ellos se encontraban los lictores, que precedían a sacerdotes y sacerdotisas abriéndoles paso; los músicos, los mensajeros para anunciar reuniones y los camilli y camillae, chicos y chicas que tomaban parte en las ceremonias y aspiraban a la dignidad sacerdotal.

En tiempos de los reyes, los pontífices eran un colegio formado por cuatro miembros, siendo el propio rey el sumo sacerdote (pontifex maximus), pero Sila incrementó el número hasta quince. En el año 300 a. C. los plebeyos ganaron su admisión dentro del sacerdocio, tradicionalmente reservado a los patricios. El sumo pontífice desempeñaba su labor en el Regia, cerca del templo de Vesta en el Foro, un edificio que había sido la antigua residencia de los reyes. El cargo pasó a ser electivo, si bien posteriormente, durante el Imperio, recayó sobre el emperador. 

El colegio de pontífices era el centro del culto romano público, y a ellos les eran confiados los anales religiosos que eran escritos por el propio sumo sacerdote, así como las leges regiae, los libri pontificii y las actas y decisiones de las reuniones. 

Cada año el colegio pronunciaba el solemmnis votorum nuncupatio, es decir, los juramentos del Estado, y los magistrados les pedían consejo con respecto a las ceremonias religiosas, puesto que solo los pontífices eran conocedores de qué sacrificios resultarían del agrado de los dioses. Antes de dedicarles cualquier cosa, era preciso, pues, solicitar la aprobación de los pontífices. Estos realizaban una consecratio antes de proceder al ritual. También se les consultaba acerca del modo de expiar las faltas, o con respecto a los entierros.

Formaban parte del colegio las vestales y el rey del sacrificio (rex sacrorum o rex sacrificulus). Era esta última una dignidad que al principio recaía sobre los reyes. Aun sin desempeñar funciones importantes, el cargo era un alto honor, de modo que en los banquetes ocupaba un lugar preferencial. Su esposa, la regina sacrorum, compartía el honor del sacerdocio y era una especie de suma sacerdotisa encargada de realizar determinados rituales. Por ejemplo, durante las calendas de cada mes la regina sacrorum tenía como misión presidir el rito del sacrificio de una cerda o una cordera que se hacía a Juno.

Los otros miembros integrantes del colegio durante la República eran los sacerdotes llamados flamines. Se remontaban a los tiempos de Numa Pompilio, y eran ellos quienes encendían el fuego sagrado del altar. Su número llegó a ser de quince, uno por cada una de las deidades que se veneraban. Durante el Imperio había también uno en representación del carácter divino del emperador. 

Los tres principales eran los flamines mayores: flamen Dialis (sacerdote de Júpiter), Martialis y Quirinalis. Se elegían siempre entre familias patricias, y estaban exentos de todo deber civil. 

El flamen Dialis era consagrado por el pontifex Maximus. Con su esposa (flamínica) e hijos, estaba exclusivamente dedicado al servicio de la divinidad a la que representaba y vivía en la colina Palatina. Su casa era la domus flaminia. 

Tenía muchos privilegios, como por ejemplo asistir a las reuniones del senado o sentarse en la silla curul, algo que en un tiempo había estado reservado exclusivamente a los reyes. Pero también eran numerosos los deberes y prohibiciones que se le imponían. No se le permitía tomar juramento, montar a caballo; ni siquiera tocar a estos animales. La misma prohibición se extendía a los perros y las cabras, cuyos nombres no le estaba permitido pronunciar. Puesto que no debía tocar nada sucio, le estaba vedado acercarse a un cadáver. En realidad no podía relacionarse con nada que representara la muerte, razón por la cual debía evitar mirar al ejército. Igualmente debía abstenerse de acercarse a una vid o tocar hiedra, por ser plantas nudosas, ni podía estar en contacto con harina, levadura, hierro, habas o carne cruda, que, por supuesto, tampoco se le permitía comer. No debía pasar una noche fuera de la ciudad (si bien Augusto autorizó una ausencia de dos noches), ni acostarse tres noches consecutivas en otro lecho que no fuera el suyo, en el cual, por cierto, no podía dormir nadie más. 

Siempre aparecía con su traje oficial, la toga praetexta y una capa de lana gruesa. No debía atar la prenda mediante un nudo, sino sujetarla mediante fíbulas, y le estaba igualmente vedado despojarse de sus ropas mientras se encontrara en un espacio abierto. El anillo que llevaba tenía que ser abierto, sin abarcar todo el dedo, y carecer de adornos de pedrería. Por la misma razón por la que evitaba los nudos y ataduras, tampoco podía mirar grilletes, de modo que cuando un prisionero entraba en su casa era liberado de ellos y se arrojaban a la calle por el impluvium. Si se encontraba en su camino con un criminal y este se postraba ante él suplicante, quedaba perdonado.

El tocado con el que cubría la cabeza se llamaba albogalerus, y la parte superior culminaba en una rama de olivo sujeta mediante un hilo de lana blanca. Durante el día se le prohibía despojarse de su tocado, y si tenía la desgracia de que se le cayese accidentalmente, debía dimitir. Solamente los hombres libres estaban autorizados a cortar su cabello. Los mechones, así como las uñas, debían enterrarse bajo un árbol que produjera frutos.

El cinturón sujetaba el cuchillo, y en la mano llevaba una vara que servía para apartar a la gente en su camino al sacrificio. Lo ayudaba en esta tarea el lictor que le precedía. Este iba obligando a todo aquel que encontrara a dejar su trabajo, porque al flamen no le estaba permitido contemplar la labor. 

Su matrimonio era indisoluble. La flamínica también debía someterse a una estricta regulación: debía ser virgen en el momento del matrimonio, vestir ropas largas de lana y atar el pelo, trenzado en alto, con una cinta de lana de color púrpura sobre la que llevaba un pañuelo con la rama de una encina verde. Se cubría con un velo púrpura y sus zapatos debían estar hechos con la piel de animales sacrificados. También ella portaba el cuchillo del sacrificio. Entre las curiosas prohibiciones que debía acatar, se encuentra la de no poder subir una escalera con más de tres escalones. Curiosamente, a su muerte el flamen debía dimitir, pero el propio sacerdocio de la flamínica terminaba también con la muerte de su marido.

Tal vez el más famoso de todos los flamines Dialis fue Julio César, nombrado sacerdote de Júpiter cuando contaba tan solo 16 años.



24 comentarios:

  1. Curiosas costumbres en torno en torno al sacerdocio. Me ha llamado la atención la prohibición de no poder subir escaleras de más de tres escalones. O sea que en su vida visitaría una "insulae", sólo "domus" de gente acomodada.
    Eso de dimitir si se le caía el tocado estaba bien. Hoy aquí no dimiten ni aunque les pillen metiendo mano a la caja.
    Un saludo.

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    1. Así es, se ve que en eso no lograron los romanos ejercer su influencia. Ahora se pegan a las sillas con pegamento.
      Sobre la prohibición de subir más de tres escalones, se cree que podría ser para no exponer los tobillos a la vista pública. Vaya usted a saber.

      Feliz día, monsieur

      Bisous

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  2. "solo los pontífices eran conocedores de qué sacrificios resultarían del agrado de los dioses". Esto visto ahora con lo que sabemos es bastante chocante.
    Y es todo un tratado de lo que podían hacer y las prohibiciones. Me ha llamadla atención lo enterrar las uñas. ¿Y si se las comían?
    Muy curioso, lleva Razón Cayetano en lo de dimitir jajaja, y Ud. con que se pegan con locktite.
    Bisous y buenas tardes madame

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    1. Sí, con lo romanos que somos, para eso nada de nada. Deberían imitar a los antiguos.

      Feliz día, madame

      Bisous

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  3. vaya follón de normas. lo de dimitir por el tocado caído... debe ser por que igual era muestra de inutilidad. si no puedes ni llevar el tocado... qué quieres hacer en la vida.
    y lo de no poder mirar al ejército... entonces julio cesar?
    ya me ha dejado con la duda.
    bisous madame!

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    1. Muy buena observación, monsieur. Pero quien hizo la ley, hizo la trampa. Posteriormente se recurrió a una argucia para exonerarlo de su cargo como flamen Dialis, alegando que había algún error de forma en la investidura y que por tanto todo era nulo.

      Feliz día

      Bisous

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  4. Buenas tardes, querida Dame, ya estamos de vuelta.

    Me ha parecido muy curiosa la entrada de hoy. No me imaginaba que la vida sacerdotal estuviese tan regulada en tiempos de los romanos. Sinceramente, no me cambiaría por un sacerdote de Júpiter.

    Que pase una buena tarde. Un saludo.

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    1. Y cuantas supersticiones mezcladas en la vida cotidiana. Casi eran esclavos de ellas.

      Feliz día

      Bisous

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  5. Es curioso como la sociedad va copiando una y otra vez los viejos vicios para hacer de las castas reservas de privilegios para una élite de la sociedad, algo que se repite una y otra vez en todas las esferas de poder. Muchas gracias, Madame.
    Bisous.

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    1. Sí, así como no copiamos lo de las dimisiones, sí lo de las castas y los privilegios, que se perpetúan con escasas variantes.

      Gracias a usted, monsieur.

      Feliz día

      Bisous

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  6. Hola Madame:

    Me ha gustado y mucho la entrada de hoy. Regulaciones van y vienen. La del tocado y dimitir...Quizás era la que había que copiar...Pero ya sabe.

    Lo de los escalones...No sé que pensar...

    Besos

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    1. Sí, era la que había que copiar, pero me parece que nadie está por la labor. Resulta insólito, pero así es.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  7. Unas prohibiciones que parecen arbitrarias a la vista actual. Igual entonces no. Claro que de alguna forma debían distinguirse del resto.
    Beso su mano.

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    1. Todas tenían un significado simbólico para ellos, algo que se adentraba en la superstición. Hoy día también quedan curiosas supersticiones, como la de pasar bajo una escalera, derramar la sal y cosas así.

      Buenas noches, monsieur

      Bisous

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  8. Jjejeje Me apunto al comentario de Cayetano: ¿tendrá algo que ver la dimisión por el tocado con el dicho de "se te ha caído el pelo"? Ahí lo dejo, Madame.
    Feliz noche

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    1. No sé, pero más bien debería ser "se te ha caído el sombrero". Menuda angustia tener que andar pendiente de las ráfagas de aire todo el día, por si en una de estas uno pierde su puesto.

      Buenas noches, monsieur.

      Bisous

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  9. Que cantidad de prohibiciones pero les compensaría porqué sino esto es un sin vivir...

    Es, chocante lo de Julio Cesar : incurrión en todos los pecados capitales habidos y por haber pero me supongo que se tuvo que salir de flamen...Estos romanos se inventaban cualquier pretexto para llenar su tiempo libre: nos han dejado unas cuantas superticiones.

    Buenas noche madame.

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    1. Julio César fue exonerado de su cargo con el pretexto de que había habido defectos de forma en la investidura.

      Las supersticiones, en efecto, siguen muy presentes aunque no sean las mismas.

      Feliz día, madame.

      Bisous

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  10. En algunos comportamientos poco hemos cambiado.
    Saludos, madame

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    1. Así es. En otros, en cambio, sí que hemos cambiado, por desgracia.

      Feliz fin de semana.

      Bisous

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  11. Sólo tengo una duda: saber si estas normas tan estrictas fueron seguidas por los sacerdotes, o como sucedió con los papas y sacerdotes cristianos, las costumbres se fueron relajando.
    Un saludo.

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    1. Más bien da la impresión de ir acumulándose una serie de prevenciones y supersticiones, con lo que al final tenía que ser para morirse. Yo solo con estar pendiente todo el día del tocado ya hubiera tenido bastante.

      Feliz fin de semana

      Bisous

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  12. Magnífico post, madame. Eran tradiciones antiquísimas cuyo origen no parece fácil rastrear. Se nos antojan rarísimas pero estaban llenas de simbolismos cuyo valor mágico y simbólico se nos escapan, obviamente. Hya que pensar en qué extraordiaria aventura para el pensamiento humano debió ser pasar de las cavernas y los gruñidos, quizá, a crear una lenguaje articulado y tratar de comprender el mundo a su alrededor. Quizá lo que nosotros consideramos supersticiones se correspondía entonces con la experiencia, los temores, el contacto con la enfermedad y la muerte, con el mundo de los espíritus, el de las divinidades... Me pregunto cuántas cosas estaremos repitiendo aún, sin conocer su orígen ni su razón de ser primera. Admirada, beso su mano.

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    1. Seguro que sí, madame. Hacemos curiosas asociaciones mentales que a veces nos llevan a comportamientos igualmente curiosos y supersticiosos. En eso no hemos cambiado tanto.

      Buenas noches

      Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)