sábado, 14 de septiembre de 2013

sábado, 7 de septiembre de 2013

Las Valkirias


"Odín les envía valquirias a todas las batallas. Ellas asignan la muerte a los hombres y gobiernan la victoria.” (Gylfaginning)


En la antigua mitología nórdica, las valkirias se consideraban diosas de los muertos, y a veces se representaban como cuervos que se alimentan de carroña. Las primitivas valkirias que aparecen en el campo de batalla tan pronto como finaliza el combate, tejían tapices con los intestinos de los guerreros caídos y alimentaban con los cadáveres a los lobos horribles que las acompañaban. 

La percepción de las valkirias fue cambiando. Durante la Edad Media aparecen pequeños amuletos y grabados en piedra en los que pasan a ser descritas de un modo mucho más bello, convirtiéndose en hermosas jóvenes armadas con cascos y lanzas que cabalgaban sobre caballos alados y dan la bienvenida al guerrero con un cuerno de hidromiel. 

Las valkirias recorrían los campos de batalla en busca de guerreros caídos en combate para conducirlos hasta el Valhalla, la morada de Odín. Allí se ocupaban de atenderlos hasta la llegada del Ragnarok, la batalla final entre los dioses y los gigantes. El mito podría tener su origen en sacerdotisas de Odín encargadas de sacrificar a los enemigos capturados.

Esta imagen ha llevado a creer erróneamente que as valkirias eran guerreras. No hay en realidad ningún relato en el que aparezcan combatiendo. La representación de valkirias ataviadas para el combate es posible que proceda del descubrimiento de enterramientos prehistóricos de antiguas mujeres guerreras que eran enterradas con sus armas.


Freya, la diosa nórdica del amor y la belleza, las lideraba, y por ello es representada a menudo como valkiria, armada con un corselete, casco, escudo y lanza. Ella viaja en un carro arrastrado por gatos y se lleva a la mitad de los muertos a Folkvangr, su morada celestial, mientras las valkirias conducen a la otra mitad al Valhalla. Freya poseía una capa mágica hecha de plumas de halcón, y podía adoptar la forma de esa ave si lo deseaba. Como primera de las valkirias, la diosa recibía el nombre de Valfreya (señora de los caídos en batalla). Aquellos a los que ni Freya ni las valkirias elegían, eran condenados a ser recibidos por la diosa Hel en el inframundo, lugar sombrío de eterno tormento.

Vivían en el Vingólf, el palacio de la amistad que acogía a la asamblea de los Ases. Generalmente las valkirias eran inmortales, pero las doncellas mortales o las princesas podían convertirse en valkirias en vida. A veces se denomina a las valkirias “doncellas-cisne”, y en algunos mitos visten plumas de cisne que les permiten volar. Según una leyenda, algunas podían adoptar la forma de hermosos cisnes blancos, animales asociados a augurios y premoniciones; pero si una de ellas era vista por un humano sin su disfraz, se convertía en mortal y no se les permitía regresar nunca al Valhalla. El mortal que fuera capaz de capturar a una doncella-cisne o bien su capa de plumas, podía pedirle un deseo. Por eso a veces las valkirias también son conocidas como “doncellas de los deseos”. En otro caso, cualquier doncella que se convertía en valkiria permanecía invulnerable e inmortal a condición de que obedecieran a los dioses y conservaran su virginidad.


El nombre de valkiria significa “la que elige a los caídos”. Ello se debe a que eran ellas quienes decidían qué guerreros vivían y cuáles morían. Luego recogían las almas de los guerreros más valientes para convertirlos en Einherjar, soldados que combatirían por Odín durante el Ragnarok. Las valkirias escoltaban al nuevo Einherjar a través de Bifröst, el puente de arco iris que une el mundo de los mortales con el de los dioses, y llegaban con él al Valhalla. Una vez allí, las valkirias se cambiaban de ropa y, vestidas con simples túnicas blancas, le curaban las heridas, le servían alimentos y vino sagrado elaborado con miel. Luego permanecían como sus servidoras hasta el Ragnarok en la morada de las 540 puertas, cada una de las cuales se abría a una habitación que podía albergar a 800 guerreros. El techo estaba recubierto con los escudos, y allí se ejercitaban y festejaban alegres cada día los valientes vikingos.

Las valkirias aparecían generalmente en grupos de nueve, aunque su número fluctuó y llegó a ser de 16. Una de las más famosas fue Brunilda, castigada por Odín por haberle engañado decidiendo la suerte de una batalla en sentido contrario al deseado por él. 

En el folklore danés se creía que las valkirias podían predecir el resultado de una batalla desplegando el Estandarte del Cuervo, tejido por ellas en seda blanca. El estandarte no llevaba bordada ninguna imagen, pero cuando se desplegaba durante un enfrentamiento, aparecía un cuervo en el centro, como si hubiese sido bordado en él. Si tenía el pico abierto y las alas desplegadas, significaba que los daneses resultarían victoriosos, mientras que un cuervo inmóvil significaba la derrota. En cualquier caso, era de mal agüero ver a una valkiria antes de la batalla, porque solía considerarse una señal de que el guerrero iba a morir.


Las valkirias eran también guardas y mensajeras de Odín. Cuando el dios las enviaba, los mortales veían los destellos de sus armaduras y de sus lanzas en forma de relámpagos. Durante la Edad Media los escandinavos creían que la aurora boreal eran las valkirias volando por el cielo de la noche enviadas por Odín. También creían que de las crines de sus caballos caía un rocío capaz de dar la vida.

Luego brilló un rayo 
desde Logafiöll, 
y de ese rayo 
salieron relámpagos. 
Altas, con cascos, 
desde su hogar celestial, 
sus corseletes estaban 
salpicados de sangre, 
y sus lanzas
emitían rayos de luz

(Helgakviða Hundingsbana)




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jueves, 5 de septiembre de 2013

El Colegio de Pontífices en la antigua Roma


Los actos religiosos que los romanos realizaban en lugares sagrados o locus sacer se denominaban sacra. Si eran realizados por individuos o cabezas de familia en honor a los dioses domésticos, o bien por un sacerdote en nombre de la familia, se llamaban sacra privata, mientras que los sacra publica, sufragados con dinero público, corrían a cargo de sacerdotes populi romani, o de ciertas sociedades llamadas sodalitates a las que el Estado encargaba venerar a determinadas divinidades. Un ejemplo de estas últimas fueron los sodales Augustales, creados durante la época del Imperio con la misión de perpetuar el culto de la gens Julia.

Los sacerdotes populi romani formaban parte del gran colegio de pontífices. Disfrutaban de muchos privilegios, como por ejemplo el de llevar la toga praetexta, estar exentos del servicio militar y ocupar asientos de honor en los banquetes y en los juegos. Además poseían tierra pública, cuyas rentas cubrían los gastos de la sacra. 

El Estado mantenía un número de funcionarios, en parte esclavos (servi publici) y en parte libertos, cuya misión era servir a los sacerdotes. Entre ellos se encontraban los lictores, que precedían a sacerdotes y sacerdotisas abriéndoles paso; los músicos, los mensajeros para anunciar reuniones y los camilli y camillae, chicos y chicas que tomaban parte en las ceremonias y aspiraban a la dignidad sacerdotal.

En tiempos de los reyes, los pontífices eran un colegio formado por cuatro miembros, siendo el propio rey el sumo sacerdote (pontifex maximus), pero Sila incrementó el número hasta quince. En el año 300 a. C. los plebeyos ganaron su admisión dentro del sacerdocio, tradicionalmente reservado a los patricios. El sumo pontífice desempeñaba su labor en el Regia, cerca del templo de Vesta en el Foro, un edificio que había sido la antigua residencia de los reyes. El cargo pasó a ser electivo, si bien posteriormente, durante el Imperio, recayó sobre el emperador. 

El colegio de pontífices era el centro del culto romano público, y a ellos les eran confiados los anales religiosos que eran escritos por el propio sumo sacerdote, así como las leges regiae, los libri pontificii y las actas y decisiones de las reuniones. 

Cada año el colegio pronunciaba el solemmnis votorum nuncupatio, es decir, los juramentos del Estado, y los magistrados les pedían consejo con respecto a las ceremonias religiosas, puesto que solo los pontífices eran conocedores de qué sacrificios resultarían del agrado de los dioses. Antes de dedicarles cualquier cosa, era preciso, pues, solicitar la aprobación de los pontífices. Estos realizaban una consecratio antes de proceder al ritual. También se les consultaba acerca del modo de expiar las faltas, o con respecto a los entierros.

Formaban parte del colegio las vestales y el rey del sacrificio (rex sacrorum o rex sacrificulus). Era esta última una dignidad que al principio recaía sobre los reyes. Aun sin desempeñar funciones importantes, el cargo era un alto honor, de modo que en los banquetes ocupaba un lugar preferencial. Su esposa, la regina sacrorum, compartía el honor del sacerdocio y era una especie de suma sacerdotisa encargada de realizar determinados rituales. Por ejemplo, durante las calendas de cada mes la regina sacrorum tenía como misión presidir el rito del sacrificio de una cerda o una cordera que se hacía a Juno.

Los otros miembros integrantes del colegio durante la República eran los sacerdotes llamados flamines. Se remontaban a los tiempos de Numa Pompilio, y eran ellos quienes encendían el fuego sagrado del altar. Su número llegó a ser de quince, uno por cada una de las deidades que se veneraban. Durante el Imperio había también uno en representación del carácter divino del emperador. 

Los tres principales eran los flamines mayores: flamen Dialis (sacerdote de Júpiter), Martialis y Quirinalis. Se elegían siempre entre familias patricias, y estaban exentos de todo deber civil. 

El flamen Dialis era consagrado por el pontifex Maximus. Con su esposa (flamínica) e hijos, estaba exclusivamente dedicado al servicio de la divinidad a la que representaba y vivía en la colina Palatina. Su casa era la domus flaminia. 

Tenía muchos privilegios, como por ejemplo asistir a las reuniones del senado o sentarse en la silla curul, algo que en un tiempo había estado reservado exclusivamente a los reyes. Pero también eran numerosos los deberes y prohibiciones que se le imponían. No se le permitía tomar juramento, montar a caballo; ni siquiera tocar a estos animales. La misma prohibición se extendía a los perros y las cabras, cuyos nombres no le estaba permitido pronunciar. Puesto que no debía tocar nada sucio, le estaba vedado acercarse a un cadáver. En realidad no podía relacionarse con nada que representara la muerte, razón por la cual debía evitar mirar al ejército. Igualmente debía abstenerse de acercarse a una vid o tocar hiedra, por ser plantas nudosas, ni podía estar en contacto con harina, levadura, hierro, habas o carne cruda, que, por supuesto, tampoco se le permitía comer. No debía pasar una noche fuera de la ciudad (si bien Augusto autorizó una ausencia de dos noches), ni acostarse tres noches consecutivas en otro lecho que no fuera el suyo, en el cual, por cierto, no podía dormir nadie más. 

Siempre aparecía con su traje oficial, la toga praetexta y una capa de lana gruesa. No debía atar la prenda mediante un nudo, sino sujetarla mediante fíbulas, y le estaba igualmente vedado despojarse de sus ropas mientras se encontrara en un espacio abierto. El anillo que llevaba tenía que ser abierto, sin abarcar todo el dedo, y carecer de adornos de pedrería. Por la misma razón por la que evitaba los nudos y ataduras, tampoco podía mirar grilletes, de modo que cuando un prisionero entraba en su casa era liberado de ellos y se arrojaban a la calle por el impluvium. Si se encontraba en su camino con un criminal y este se postraba ante él suplicante, quedaba perdonado.

El tocado con el que cubría la cabeza se llamaba albogalerus, y la parte superior culminaba en una rama de olivo sujeta mediante un hilo de lana blanca. Durante el día se le prohibía despojarse de su tocado, y si tenía la desgracia de que se le cayese accidentalmente, debía dimitir. Solamente los hombres libres estaban autorizados a cortar su cabello. Los mechones, así como las uñas, debían enterrarse bajo un árbol que produjera frutos.

El cinturón sujetaba el cuchillo, y en la mano llevaba una vara que servía para apartar a la gente en su camino al sacrificio. Lo ayudaba en esta tarea el lictor que le precedía. Este iba obligando a todo aquel que encontrara a dejar su trabajo, porque al flamen no le estaba permitido contemplar la labor. 

Su matrimonio era indisoluble. La flamínica también debía someterse a una estricta regulación: debía ser virgen en el momento del matrimonio, vestir ropas largas de lana y atar el pelo, trenzado en alto, con una cinta de lana de color púrpura sobre la que llevaba un pañuelo con la rama de una encina verde. Se cubría con un velo púrpura y sus zapatos debían estar hechos con la piel de animales sacrificados. También ella portaba el cuchillo del sacrificio. Entre las curiosas prohibiciones que debía acatar, se encuentra la de no poder subir una escalera con más de tres escalones. Curiosamente, a su muerte el flamen debía dimitir, pero el propio sacerdocio de la flamínica terminaba también con la muerte de su marido.

Tal vez el más famoso de todos los flamines Dialis fue Julio César, nombrado sacerdote de Júpiter cuando contaba tan solo 16 años.



lunes, 2 de septiembre de 2013

Enrique II de Guisa (V)


“Es culto, inteligente, tiene una forma muy agradable de decir las cosas, no es mala persona, es generoso, tiene buen corazón y es sumamente cortés. Lástima que esté loco.” (Madame de Chevreuse)

Cuando llegaron a la corte las cartas que el duque de Guisa dirigía a la reina y a Mazarino para solicitar la libertad de su amante, la suerte, siempre tornadiza, le había dado la espalda dejándolo en un verdadero atolladero. 

La mañana del 2 de abril de 1648, mientras Guisa aún estaba en la cama, recibió la visita de Cocurullo, un famoso astrólogo que venía a solicitar salvoconductos para salir de Nápoles, pues, según explicó, la Fortuna estaba a punto de abandonar su bando. El astrólogo informó a Guisa de que las estrellas anunciaban amenaza de prisión para él, aunque no de muerte. Estaba tan convencido de sus propias predicciones que se ofreció a pagar la suma que se le pidiera si en el plazo de ocho días no se cumplía cuanto había dicho.

Estaba previsto un ataque a la isla de Nisita para el día 4. Guisa, desoyendo las palabras del astrólogo, se dirigió hacia allá a la hora señalada y, ganando alguna ventaja momentánea, decidió demorar su regreso a Nápoles. Mientras tanto, el 5 de abril los españoles derribaban una parte de la muralla, consiguiendo abrir un hueco suficiente para que pasaran tres mil soldados de infantería y un pequeño cuerpo de caballería. Tomados por sorpresa, los soldados del duque ofrecieron escasa resistencia. Antes del amanecer, los españoles se habían apoderado de toda la ciudad entre los vítores y aclamaciones del pueblo, que parecía estar siempre con el vencedor.


El palacio de Enrique de Guisa fue atacado y saqueado; pero el conde de Oñate, al mando, en esos momentos de confusión retuvo el control suficiente para lograr apoderarse de los papeles del duque. Tan pronto como este recibió las desastrosas noticias, partió hacia Nápoles con la esperanza de que sus asuntos no estuvieran tan irremediablemente perdidos como le aseguraban. No tardó en convencerse, sin embargo, de que ya no le quedaba nada que perder excepto su propia seguridad. 

Con la intención de reunir a sus partidarios y continuar la guerra en los Abruzos, se dirigió hacia Capua, pero ya a escasa distancia del lugar fue reconocido por las tropas enemigas de Luigi Poderico. Enrique se encontró así perseguido por los españoles poco después, y tras una gallarda resistencia muy de su estilo se vio obligado a rendirse.

Así pues, tras arrostrar los mil peligros que afirmaba y exhibir su valor, ahí terminaba su sueño de conquistar un reino. Durante el breve tiempo en el que había tenido el gobierno de algunas provincias, se había revelado, por cierto, como un hombre capaz. Ahora era, simplemente, prisionero de España. 

Ana de Austria escribió a su hermano el rey Felipe apoyando al duque y solicitando que fuera tratado como prisionero de guerra. Falta le hacía todo ese apoyo, porque realmente lo pasó muy mal durante los comienzos de su cautiverio, que él mismo relata en sus memorias. Al principio se le había tratado con todo respeto y cortesía, pero en un consejo reunido en Nápoles el conde de Oñate llegó a proponer ejecutarlo para evitar mayores problemas en un futuro, y como escarmiento para otros aventureros que pretendieran seguir su ejemplo. Guisa salvó su vida gracias a la decisiva oposición de Juan José de Austria, hijo bastardo del rey de España y enviado en representación del soberano.

Juan José de Austria
Después de permanecer por un tiempo en Gaeta sin comodidades de ninguna clase, Enrique fue trasladado a Segovia, donde continuó siendo prisionero. La propuesta de su ejecución volvió a surgir entonces. Había motivo según la ley, pues había hecho la guerra a otro reino a la cabeza de unos súbditos insurgentes y sin el mandato de un príncipe soberano, como hubiera sido preceptivo para reclamar la consideración de prisionero de guerra. Su situación era muy irregular, dado que no actuaba por orden de su rey, sino que, por el contrario, era él quien había tomado la iniciativa implicando a Francia. De ahí la petición de Ana de Austria, que finalmente prevaleció en el Consejo. Se tomó la decisión de conservarle la vida, e incluso de suavizar sus condiciones en prisión.

Por si la situación a la que se veía reducido Enrique fuera poco calamitosa, el archiduque escribió una carta a Felipe IV trasladándole una súplica de la amante esposa de Guisa, que pedía que no se le concediese la libertad a su marido “sin dar palabra de que volverá al cumplimiento de su obligación en conformidad de la ley divina y humana”. Estaba furiosa porque él, en Roma, por mejor argumentar a fin de obtener la nulidad, parece que dijo que Honorine no podía tener hijos. Ella protestaba y aseguraba que era capaz, y que en tan poco tiempo como habían estado juntos no se podía afirmar que era estéril. Reclamaba la protección del rey de España, lo cual, según sus palabras, sería “digna obra de la piedad y grandeza de Vuestra Majestad, que lamentará la afrentosa situación de una mujer tan injustamente acusada”.

El Consejo de Estado deliberó sobre este asunto y concluyó que Enrique no sería puesto en libertad hasta que, entre otras condiciones, regresara con su esposa.

La flamenca complicaba así aún más las cosas a su marido, que hubo de recurrir a Condé —¡el hermano de la ofendida con el asunto de las cartas!— para que lo ayudara a obtener la libertad, a cambio de lo cual le prometió eterna lealtad. De ese modo consiguió, en efecto, ser liberado al cabo de cuatro años, pero, lejos de cumplir lo pactado con él, abandonó a su salvador y tomó parte en cuanto complot se oponía a sus intereses. 
El Gran Condé
A su regreso, los sentimientos que le inspiraba mademoiselle de Pons permanecían intactos a pesar del tiempo y la distancia que los había separado. La pasión que Suzanne despertaba en Enrique no tenía límite. Se encontraba esclavo, la imaginación atormentada, el ánimo agitado, a la vez celoso y confiado, sumiso y dominador, hasta acabar por poner a sus pies su fortuna y su rango, su libertad y su vida, que ella aceptaba como si le concediera una gracia al duque, sin gran emoción y sin apenas gratitud.

Durante los años de cautiverio de Guisa, Suzanne se había desencantado de aquella loca quimera y, tras abandonar el convento, aportó a la historia una bella página llena de justicia poética: la dama comenzó a vivir públicamente con Malicorne, escudero del duque de Guisa que él mismo había puesto a su lado. 

Fue, pues, la más descerebrada de todas las amantes del duque quien tuvo el honor de ponerlo en ridículo y adornarle la cabeza de modo tan particularmente hiriente. Y él, que al parecer no sabía eso de que quien a hierro mata a hierro muere, no encajó bien esta traición. Su enfado fue tan grande que llegó al extremo de demandar a la propia Mademoiselle de Pons, a la que poco antes había querido hacer reina de Nápoles, con la intención de recuperar los muebles y joyas que le había dado. Él argumentaba que le había cedido tales propiedades porque iba a convertirse en la duquesa de Guisa, pero, puesto que ya no sería así, estimaba que debía devolverlo todo. Como ella se negó, Enrique la acusó de haberle robado unos pendientes valorados en cincuenta mil escudos. Su demanda no prosperó.

Suzanne de Pons, a su vez, sería después abandonada por Malicorne. Pero esta dama, a la que Madame de Motteville describe como “ávida de placeres”, viviría otras muchas aventuras hasta que fue obligada a retirarse a Bruselas.

Felipe IV
La resolución sobre la validez del matrimonio flamenco tardaría aún largos años en llegar. El problema era que a Honorine, al ser de Flandes, la protegía España. Felipe IV, furioso, tenía verdaderas ganas de amargarle la vida al aventurero que había pretendido arrebatarle Nápoles, y con ese asunto se le presentaba una buena ocasión de meterle el dedo en el ojo. Así las cosas, el Papa no se atrevía a contrariar a los españoles por asunto tan nimio. El proceso habría de prolongarse durante largos años. La decisión, que llegaría después de la muerte del duque, declaraba válido el matrimonio. Pero el rey de Francia, el Parlamento y la Casa de Guisa se negaron a acatar la sentencia del tribunal de La Rota, pues no era su intención que la viuda, que no era francesa, recibiera ninguna parte de la vasta fortuna para que ésta pudiera acabar sirviendo a los enemigos del reino.

El ardor guerrero de Enrique de Guisa nunca se enfrió. En 1654 hizo un nuevo e infructuoso intento por apoderarse de Nápoles, pero los españoles, con ayuda de la flota inglesa que acudía al mando de Robert Blake, lo derrotaron definitivamente. 

Establecido en París, fue Gran Chambelán de Francia. Como tal recibió a la reina Cristina de Suecia a su llegada. 

El duque llevó una vida desenfrenada, repleta de placeres y diversiones que terminaron por arruinarlo. Pero entre las aficiones del duque se contaba su pasión por las letras, una inclinación que le llevó a proteger a Pierre Corneille, a quien desde 1662 alojaba en el Hôtel de Guise, en el corazón del Marais. 

Enrique de Lorena, duque de Guisa, moría en París el 2 de junio de 1664, contando 50 años. No había tenido hijos, por lo que fue sucedido por su sobrino Luis José de Lorena.


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