sábado, 31 de agosto de 2013

Enrique II de Guisa (IV)


Raymond de Mormoiron, conde de Módena, amigo y confidente de Enrique de Guisa, paseando por la orilla del Tíber se encontró con unos marineros que, procedentes de la isla de Procida, traían a Roma un barco cargado de fruta, y hablando con ellos se enteró de que Nápoles acababa de sublevarse contra los españoles. Al escuchar esta noticia, lo primero que se le pasó por el magín fue que sería posible sacar a Enrique de la posición crítica en la que se hallaba ofreciéndole el cebo de una gran empresa. Les dijo a los marineros napolitanos que precisamente se encontraba en Roma el duque de Guisa, príncipe francés que descendía de sus antiguos reyes de la Casa de Anjou —Enrique, en efecto, remontaba a ellos su linaje a través de Yolanda de Anjou, hija del rey Renato de Nápoles y de Sicilia—. Ellos expresaron el deseo de verlo, y Módena les sugirió que acudieran con el pretexto de llevarle fruta, asegurándoles que se les pagaría muy generosamente.

Luego fue a contárselo todo a su amigo, que no cabía en sí de gozo ante las perspectivas de vivir la gran aventura de su vida y conseguir un reino para mademoiselle de Pons. Él lo veía muy claro: iba a arrebatar Nápoles a los españoles, coronarse como rey y sentar a Suzanne junto a él en el trono. Solo entonces sería digno de la dama que él veía como un dechado de perfecciones jamás antes reunidas en mujer alguna.

Los napolitanos no tardaron en presentarse. Al entrar se encontraron con nuestro caballero, a quien el Duque de Rivas describió una vez con gran acierto al afirmar de él que era “joven príncipe, de ánimo osado y bullicioso, de poco maduro juicio, de gallarda presencia, de condición liberal, de corazón valiente, de modales muy atractivos”. Gratamente impresionados al topar con quien se ajustaba a esta descripción, se arrojaron a sus pies declarando que hallaban gran consuelo al ver en él la figura de los reyes de Anjou, a los que tanto había amado su gente; que parecía que Dios lo había conducido a Roma con el propósito de salvar a Nápoles, y que cuando regresaran allá se lo harían saber a sus compatriotas, los cuales sin duda compartirían su alegría. 


Enrique los abrazó a todos, uno por uno, y se dirigió a ellos en su lengua, que hablaba con soltura. Los agasajó, los engatusó, y ni corto ni perezoso se lanzó de cabeza, según su costumbre, diciéndoles que estaba dispuesto a sacrificar su vida y fortuna por los napolitanos. Y como su elocuencia y persuasión eran tan grandes, este encantador de serpientes los sedujo de tal modo que los marineros se marcharon más dispuestos a servirle y dar su sangre por él que si hubieran recibido de su mano una gran suma de oro.

La espada siempre le pesaba cuando permanecía mucho tiempo enfundada en su vaina, así que, ante la oportunidad de tener un poco de acción y cegado por las brillantes perspectivas de conseguir una corona que poner a los pies su amada, no se le ocurrió otra cosa que situarse al frente de la insurrección que por aquel entonces tenía lugar en Nápoles. 

Tomada impulsivamente la decisión, Guisa se apresura a comunicarle a Mademoiselle de Pons sus intenciones, y ella se muestra encantada. Suzanne procedía de una importante familia y era pariente de la duquesa de Aiguillon, que era precisamente quien la había colocado junto a la reina; pero a fin de cuentas, al ser la sexta entre nueve hermanos, su apellido, por otra parte digno de grandes honores, no podía asegurarle una fortuna suficiente. Lo que Guisa le ofrecía superaba sus mejores expectativas, de modo que Mademoiselle de Pons, cabeza de chorlito donde las hubiera, desde ese instante pasó a considerarse reina de Nápoles y a comportarse en consecuencia. Abusando de la libertad de la que gozaba en el convento de la Visitación, mantenía allí una especie de corte, y no se paseaba más que seguida de un séquito de adoradores entre los cuales distribuía por adelantado las altas dignidades de su reino. El escándalo que esta borrachera de altanera megalomanía desató en París fue tan grande que Ana de Austria la hizo encerrar en el convento de las Hijas de Santa María, cuyas reglas eran mucho más severas. 

Antigua iglesia del convento de la Visitación, el Marais

Mazarino veía con muy buenos ojos la posibilidad de arrebatar Nápoles a los españoles para convertirlo en un reino dependiente de la corona francesa. Ahora bien, no estaba dispuesto a invertir demasiado en una empresa que veía poco segura: no confiaba en las revueltas populares, y menos aún en una a cuyo frente se hallaba un hombre sobre el que tenía la siguiente desfavorable opinión: “El duque de Guisa sólo busca sus propios fines, basados en la confusión y el desorden, y algún día labrará su propia ruina”.

Súmese a todo esto que el cardenal no deseaba engrandecer aún más a la demasiado poderosa Casa de Lorena. Él hubiera preferido asegurar el trono para el Príncipe de Condé, de modo que todo quedara en manos de un Borbón; pero, para consternación suya, los napolitanos habían ofrecido ya su liderazgo a Guisa. Por otra parte, eran demasiados los frentes abiertos y las dificultadas internas por las que atravesaba Francia, así que sólo quedaba ver hasta dónde podía llegar el aventurero aquel por sus propios medios, y qué beneficios podrían recogerse de su arrojo. En ese sentido se expresó en su respuesta a las solicitudes de Enrique, diciéndole que, viendo tanto peligro en la empresa que proponía, no se atrevía a aconsejarle que aceptara; aunque si elegía arriesgarse, el rey daba su licencia, y Guisa sería asistido con todo lo necesario. Esto último, por supuesto, era un decir, pero Mazarino remitió las mismas alegres promesas de auxilio a los napolitanos, para animarlos en su rebelión.

Mientras tanto el duque de Guisa, desde Nápoles e inmerso en la campaña bélica, olvidaba sus propios peligros por ocuparse de encontrar la manera de que Mademoiselle de Pons recuperara su libertad. A tal fin dirige una carta a Ana de Austria y otra a Mazarino. Les traduzco esta última, donde se explaya aún más y nos deja fielmente retratado su carácter:

Mazarino
Señor,

Si la pasión que siempre he sentido y que conservo más violenta y más fiel que nunca hacia Mademoiselle de Pons no fuera sobradamente conocida por Vuestra Eminencia, podría causar extrañeza que en el estado en que me hallo me remita a lo que podrá informaros el marqués de Fontenay sobre los asuntos de aquí, y que yo no os comunique más que mis desdichas. Ello es producto de la desesperación en que me encuentro. Os confieso que no es la ambición, ni el afán de alcanzar la inmortalidad a través de mis actos lo que me ha embarcado en una empresa tan peligrosa como esta, sino solamente el pensamiento de que al realizar una hazaña gloriosa sería más merecedor del favor de Mademoiselle de Pons, y el obtener de la reina, por la importancia de mis servicios, tras tantos peligros y penalidades, poder pasar dulcemente con ella el resto de mis días. 

Mis esperanzas se han visto truncadas, y me lamento, con razón, de verme privado de la protección de Vuestra Eminencia cuando más necesidad tengo de ella. He arriesgado mi vida durante la travesía, he sometido a casi todas las provincias de este reino, he mantenido la guerra durante cuatro meses sin pólvora y sin dinero, y reducido a la obediencia a un pueblo sublevado; cien veces he evitado la muerte por el veneno y por las revueltas. Todo el mundo me ha traicionado: mis propios servidores han sido los primeros… Y entre todos esos obstáculos, sin que me sostenga otra cosa que mi corazón, en lugar de infundirme el ánimo para continuar lo que tan felizmente he comenzado y donde puedo decir sin vanidad que cualquier otro hubiera fracasado, se me persigue en aquello que precisamente me es más querido. Se saca con violencia a una persona que amo de un convento al que yo le había rogado que se retirara; y mientras yo arriesgo mi vida, se me arrebata la única recompensa que pretendía a cambio de todos mis trabajos; se la encierra, se la maltrata, ofreciéndome así el mayor testimonio de inquina contra mi persona que se me pudiera dar. 

¡Ah, señor!, si Vuestra Eminencia tiene algún sentimiento de la amistad que me ha prometido, poned remedio a este disgusto; hacedme conocer en ese punto vuestra estima… Sin ello, ni fortuna, ni honores, ni siquiera la vida me es querida. Me abandono a la desesperación; y si veo que no me queda esperanza de ser feliz algún día, renunciando a todo sentimiento de honor y de ambición no tendría otro pensamiento en el mundo que el de perecer, y no seguir así en tal aflicción que me hace perder el reposo y la razón. Me atrevo a esperar que mi conservación sea tan cara a Vuestra Eminencia como para no contemplar con placer la pérdida de aquel que, a pesar de sus justas quejas, no deja de ser vuestro más humilde y más obediente servidor.

El duque de Guisa.



Dominios europeos de los Habsburgo en 1547

Es decir, que le escribe al Primer Ministro para hablarle de su pasión por mademoiselle de Pons y pedir su libertad, y le dice que de los asuntos de Nápoles ya le hablará otro.


Continuará próximamente con la quinta y última parte.


miércoles, 28 de agosto de 2013

Enrique II de Guisa (III)

Anne Geneviève de Borbón-Condé, duquesa de Longueville

Maurice de Coligny, hijo mayor del mariscal de Châtillon, había nacido el 16 de octubre de 1618. Era un joven apuesto, con un físico que recordaba más a un alemán que a un francés. Tenía grandes proyectos, pero se decía de él que su valor no igualaba a su ambición. En este caso, sin embargo, no era cuestión de echarse atrás, pues amaba con pasión a madame de Longueville, y era la admiración de su amada lo que estaba en juego. Debía erigirse en su defensor; de ninguna manera podía defraudarla. Y como Enrique de Guisa había mantenido un idilio con madame de Montbazon por esas fechas, Coligny supuso que tendría algo que ver con el tema de las cartas. No precisó más para lanzarse a por él.

El ofendido Coligny envió a d’Estrades a hablar con el duque de Guisa para requerir su presencia en la Place Royale —actual Place des Vosges—, en compañía de un solo amigo. D’Estrades aceptó el encargo, pero hizo notar que Enrique ya había negado públicamente su participación en la maniobra que puso en entredicho el honor de la duquesa, y que, de repetir la negativa, no se le podría exigir ninguna otra satisfacción.

—Eso no tiene nada que ver con el asunto —dijo Coligny—. He hecho solemne promesa a madame de Longueville de batirme con él en la Place Royale, y lo haré.

Place Royale
El duque de Guisa, cuya fama de duelista hacía honor al carácter sanguinario de los miembros de su Casa, aceptó el desafío y se acordó que el duelo tuviera lugar el mismo día sin avisar a nadie, para que no pudiera impedirse. 

El sábado 12 de diciembre de 1643, hacia las 3 de la tarde, Guisa salió en un carruaje y se dirigió a la place Royale. Su rival llegó casi al mismo tiempo en compañía de Bridieu, su segundo. 

Cuentan que la propia madame de Longueville, en un ataque de morbo, quiso contemplar el espectáculo, para lo cual se dirigió a la casa de la anciana duquesa de Rohan y desde allí, oculta discretamente tras las cortinas, presenció el duelo.

Guisa desenvainó su espada y se dirigió hacia Coligny. Cruzaron algunos golpes en los que Coligny, como era de esperar, se mostró más débil y fue desarmado con relativa facilidad. En ese momento sus segundos continuaban batiéndose, pero el duque los separó y dio por finalizada la riña. 

El vencedor se dirigió a su casa y se metió en cama, donde recibió cuidados a causa de una leve herida en el costado derecho. El amante de madame de Longueville se llevó la peor parte, pues resultó herido en un brazo que hubo de serle amputado. Lamentablemente la herida se gangrenó y el caballero falleció en Vincennes cinco meses más tarde. Solo tenía 25 años.

La reina se encolerizó al conocer lo sucedido, pero por consejo del cardenal contuvo su ira y se limitó a alejar de París a ambos después de hacer que se justificaran ante el Parlamento, pues los duelos estaban prohibidos.

Ana de Austria

Fue poco después de ese episodio cuando Guisa se enamoraba de Suzanne de Pons con una pasión como nunca antes había experimentado, pero si quería casarse con ella, le era preciso deshacerse primero de su esposa flamenca, cuya fortuna, tras haberle sido confiscada la suya, ya había dilapidado.

Enrique de Guisa tomó la pluma y le escribió a Honorine para comunicarle, en los términos más corteses, que cuando se casaron pensaba que todo estaba en orden, y que era legalmente su marido, pero que a su regreso a Francia eran muchas las autoridades competentes que le aseguraban que ella no era en realidad su esposa. Concluía que había tenido que acabar por reconocer el hecho ante tan abrumadores argumentos. 

Dispuso entonces lo necesario para conseguir la anulación. Esto no iba a ser tarea fácil, porque la esposa se resistía y acudió varias veces a París para defender sus derechos. Honorine, bella y desdichada, inspiraba un vivo interés y simpatía en cuantos la veían.

La madre de Guisa, Henriette Catherine de Joyeuse, se hallaba muy contrariada con todo ello. En realidad ella nunca estaba conforme con ninguno de los amoríos de su hijo: si bien no aprobaba sus relaciones con mademoiselle de Pons, tampoco era más partidaria de la condesa, con la cual se había casado Enrique sin su consentimiento y que estaba poniendo a toda la familia en una situación muy embarazosa. La anciana señora consiguió de la reina que Honorine recibiera orden de abandonar Francia, lo que pudo hacer solamente gracias a la ayuda económica de quienes se compadecieron de sus tribulaciones.
Henriette Catherine de Joyeuse
Mientras tanto Guisa permanecía ausente, participando en dos campañas en Flandes, batallas en las que combatió con singular bravura, incluso con temeridad, afrontando los mayores peligros. A su regreso Suzanne le mostraba toda su frialdad, pues se había cansado de esperar a que se resolviera el asunto del divorcio. El duque, espoleado por sus reproches y con la impresión de que los agentes que había enviado a Roma no se mostraban demasiado diligentes, resolvió ir él mismo para apresurar su conclusión. Pero, hombre celoso, solicitó y obtuvo como condición que mademoiselle de Pons se retirara mientras tanto a un convento. Este sacrificio resultaba muy fastidioso para la damisela, acostumbrada a los jolgorios de la corte desde su puesto junto a la reina, de modo que eligió a tal fin el de la Visitación, cuyas normas eran poco severas.

La madre de Enrique de Guisa, mientras tanto, ya había enviado a un emisario a Roma para ocuparse de obtener la disolución del matrimonio de su hijo. Sin embargo, cuando se enteró de que él pretendía casarse con mademoiselle de Pons, dio marcha atrás horrorizada ante la idea y se apresuró a instruir a su agente en el sentido de no seguir adelante. 

Enrique partió presto con la intención de conseguir cuanto antes el divorcio de su esposa flamenca, cuestión sobre la que no se muestra muy explícito en sus memorias: “Un desdichado asunto, que a mi pesar se había propagado por toda Europa, me había obligado a solicitar el permiso de la reina madre, por entonces regente, para marcharme a Roma y salir así de la embarazosa situación en la que me encontraba, tan perjudicial para mi reputación como para mi porvenir”.

Tras una travesía complicada, llegó a Florencia y allí presionó al gran duque para que escribiera en su favor a Inocencio X, que acababa de alcanzar el pontificado. De ese modo se trasladó a Roma para entrevistarse con el Papa, por quien fue bien recibido. A petición suya, Inocencio acordó conceder ciertos beneficios eclesiásticos al hermano del cardenal Mazarino. Guisa pensaba que de este modo así se ganaría la voluntad del Primer Ministro, aunque no fue así.

Inocencio X
Las cosas no iban a ser tan sencillas como había imaginado, por lo que las cartas que recibía su amada siempre hablaban de nuevos imprevistos y obstáculos que ella no podía explicarse. Todo era de lo más sospechoso, y como Suzanne conocía bien al galán, sabía que no era conveniente perderlo de vista mucho tiempo. ¿Tanta demora serían sólo excusas? ¿Acaso se habría reconciliado con su esposa? ¿Tal vez habría conocido en Roma a alguna otra mujer que hubiera acaparado su interés? Tratándose de él, las probabilidades de semejante catástrofe eran siempre elevadas —de hecho, no es que él estuviera llevando una imposible vida de castidad, aunque hacía lo que podía—, y ello la mantenía en una continua desazón.

Desde el convento de la Visitación, en el Marais, fastidiada, aburrida y recelosa, Mademoiselle de Pons le respondía con misivas apremiantes, exigentes. Él redoblaba inútilmente sus esfuerzos por complacer a su amante, hasta que en julio de 1647 llegó el ultimátum de la bella: ya estaba bien; o se presentaba en París de inmediato o podía dar por rota la relación.

Enrique, completamente loco por una mujer por primera vez en su vida, era capaz de abandonarlo todo, salir corriendo y atravesar media Europa a un simple chasquido de sus dedos. De modo que hizo circular el rumor de que un asunto de la máxima importancia reclamaba su presencia en París y fijó el día para su partida. Pero acontecimientos imprevistos le iban a apartar de su rumbo impulsándolo a forjar otros proyectos…


Continuará.

lunes, 26 de agosto de 2013

Enrique II de Guisa (II)

Enrique II de Lorena, duque de Guisa

La segunda mujer que reclamaba el honor de ser la esposa del duque de Guisa era una viuda, Honorine de Glimes, Condesa de Bossut. Se trataba de una flamenca que afirmaba haberse casado con él en Bruselas el 11 de noviembre de 1641, en una ceremonia secreta oficiada por un arzobispo emparentado con la dama. Por ella Enrique habría abandonado a Ana Gonzaga.

Quien le presentó a Honorine fue la intrigante Madame de Chevreuse, a la sazón en Bruselas. Marie de Rohan, duquesa de Chevreuse, también había tenido que huir de Francia tras descubrirse su participación en el asunto de la correspondencia secreta que Ana de Austria mantenía con España. Marie nunca dejaba de intrigar y conspirar. Estuvo implicada en la trama de Soissons para asesinar a Richelieu, y eran tantos los quebraderos de cabeza que daba a la Corona que Luis XIII se vio obligado a incluir una cláusula en su testamento prohibiendo expresamente su regreso a Francia, siendo necesaria una decisión del Parlamento para derogar esta medida. Sin embargo, también ella acabaría por obtener el perdón, y de regreso en París no tardaría nada en sumarse alegremente a la Fronda. 

Honorine decidió que quería para ella al duque de Guisa. Desde ese instante hizo toda clase de maniobras y avances a fin de cobrar la pieza. Él, por supuesto, como no podemos decir que fuera hombre difícil, acabó cayendo en sus redes. Ella le habló de matrimonio, y Enrique le respondió vagamente que nada deseaba más que unir su vida a la suya, aunque en un tono que evidenciaba que en realidad solo pretendía divertirse durante el exilio. En aquel tiempo amaba aún a Ana Gonzaga, pero ella no se encontraba en Bruselas y Enrique, considerando que podía darse un homenaje y disfrutar de la vida de un modo poco trascendente, le siguió el juego galante a la condesa. 

Madame de Chevreuse
Un día Honorine lo llevó a una hermosa casa que tenía a una legua de Bruselas y allí le proporcionó todas las diversiones que cabía desear. El duque, con la euforia de la fiesta y entre copitas de más, no se refrenó a la hora de mostrarle su gratitud, y mucho menos a la de hablarle de amor, según su costumbre. La condesa le dijo que si pretendía convencerla de que estaba en realidad tan enamorado, debería mostrar más prisas por casarse. Él, por supuesto, le aseguró que no deseaba nada con tanta pasión, y que pronto tendría pruebas de su sinceridad; todo ello las típicas frases que marcaba la tradición galante como adecuadas a estos casos, repetidas de un modo más alegre de lo habitual debido al vino. Ella, tomándolo por la palabra, le dijo que precisamente había en la casa un notario y un sacerdote, y que todo estaba dispuesto para casarlos.

Enrique debió de atragantarse con el vino. Lo habían puesto entre la espada y la pared, y una salida airosa era difícil en tales circunstancias. Pero pronto se repuso: creyó que podía prestarse al juego sin peligro, pues una ceremonia celebrada en aquellas condiciones, desprovista de las formalidades al uso, sin el consentimiento del rey y obviando la promesa formal que había hecho a otra mujer con la que en ningún momento había roto su relación, no podría tener validez. Así que mantuvo el tipo y accedió a las pretensiones de la dama.

Pasó la noche con ella en aquella casa y a la mañana siguiente, disipados los vapores del alcohol y saciado de fiesta, regresó a su hogar con la única preocupación de que Ana no llegara a enterarse nunca de lo sucedido allí. Por ello, y para darse tiempo a pensar en cómo iba a salir del embrollo, le rogó a Honorine que su matrimonio permaneciera secreto, pretextando que debía obtener antes el beneplácito de la corte y de su familia. Pero, por más oculta que trató de mantener su aventura, no tardó mucho en llegar a oídos del marqués de Elbeuf y de la duquesa de Chevreuse, que cubrieron de reproches al duque de Guisa. Esto le llevó a una discusión con el marqués que hubiera terminado en duelo de no haber sido por la mediación del archiduque.
Honorine 
Descubierto el secreto, Ana Gonzaga regresó a París con el corazón roto. Enrique, puesto que ya había saltado el escándalo, llevó a la condesa a vivir con él y la trataba públicamente como su esposa.

En 1644, fallecidos Richelieu y Luis XIII, Enrique de Guisa obtiene el perdón por haberse unido al complot para acabar con la vida del cardenal y puede al fin regresar a París. Se escapa casi furtivamente de Bruselas, donde deja a su esposa, y vuelve a la corte. No se despidió de ella; Honorine, simplemente, un buen día se encontró con una carta en la que él le explicaba que se marchaba a Francia, pero que había querido ahorrarle el dolor de la despedida. Le aseguraba, además, que en cuanto hubiera encontrado un acomodo digno de ella en París, le escribiría para que se reuniera con él de inmediato.

Pero ahora, de regreso en la corte de Francia, las damas más notables comenzaron a disputárselo como siempre habían hecho, y Enrique pronto se lanzó a una aventura galante con madame de Montbazon. Este affaire hubiera sido totalmente intrascendente para él de no ser porque, a causa de su amante, resultó involucrado en un delicado asunto que culminó en un duelo.

Todo comenzó por la rivalidad entre la duquesa de Longueville y Madame de Montbazon, dos de las damas más bellas de la corte. Anne Geneviève de Borbón-Condé, duquesa de Longueville, era una rubia de ojos azules y aspecto angelical. Marie d’Avaugour, segunda esposa del duque de Montbazon, una exuberante morena que hablaba y reía de modo altisonante. La primera era hermana del príncipe de Condé, que llegaría a ser conocido como el Gran Condé. Este era el héroe del momento a consecuencia de su victoria en la batalla de Rocroi sobre los tercios españoles, por lo que la joven y su familia gozaban de toda la distinción de la reina y del cardenal. Por el contrario, Madame de Montbazon pertenecía al llamado grupo de los Importantes, nombre con el que se conocía a los cabecillas de los descontentos a causa de los aires de grandeza que se daban todos ellos. Los Importantes pretendían acabar con el cardenal Mazarino, bien fuera de modo político… o físicamente. La reina, lógicamente, desconfiaba de ellos.


Pero las dos damas se hallaban también enfrentadas por motivos galantes. Anne-Geneviève, después de haberse negado a ser la esposa del duque de Beaufort, perteneciente a los Importantes, había tenido que casarse por orden de su padre con el viejo duque de Longueville, casi 30 años mayor que ella. Y resulta que la Montbazon, mujer volcánica, tenía por amantes al mismo tiempo al rechazado Beaufort, que seguía amando sin esperanza a la rubia, y al mismísimo duque de Longueville.

Las dos se detestaban. Y una tarde se desencadenó todo el conflicto durante una recepción en casa de Madame de Montbazon. Uno de los invitados dejó caer dos cartas por descuido sobre la alfombra, y una dama las recogió. Al examinarlas se dio cuenta de que eran cartas de amor escritas por una mujer, y, un poco turbada, decidió entregárselas a la anfitriona para que fuera ella quien se ocupara del asunto. Esta, en lugar de mostrar discreción, se divirtió leyéndolas en voz alta. Todo el mundo rió y empezó a especular acerca de a quién pertenecería la pluma que había trazado aquellas líneas comprometedoras. En un instante, la Montbazon tuvo la brillante idea de acabar con la reputación de su rubia rival y dañar así a la familia Condé y al bando opuesto a los Importantes. Fuera o no cierto, convenció a los presentes de que las cartas se habían caído del bolsillo de Coligny, que acababa de salir. Y todos sabían que él estaba apasionado por madame de Longueville. 

Madame de Montbazon
Al día siguiente todo París estaba al tanto de que Anne-Geneviève era la amante de Coligny. La princesa de Condé, madre de la Longueville —y, por cierto, en su juventud famosa amante de Enrique IV—, conoció los hechos con gran desagrado, y fue a quejarse a la regente de las calumnias de las que estaba siendo objeto su hija. La corte se dividió en dos bandos: los Importantes, apoyando a la Montbazon, y los amigos de Mazarino a su rival. Ana de Austria ordenó una investigación mientras los Condé conseguían que exigiera una excusa pública a la calumniadora. 

Coligny, el amante de madame de Longueville, había permanecido en silencio hasta entonces. Sin embargo, en diciembre de 1643 la situación llegó a ser insostenible y el joven expresó su deseo de defender el honor de la duquesa por el motivo de aquella calumnia. En consecuencia, decidió batirse en duelo con el único de los Importantes que permanecía aún en París: el duque de Guisa...


Continuará.

domingo, 25 de agosto de 2013

Enrique II de Guisa

Enrique II de Lorena, duque de Guisa, nació en París el 4 de abril de 1614. Era el cuarto de los hijos de Carlos de Guisa y Henriette Catherine de Joyeuse, por lo que, al no ser el primogénito, en un principio se lo había destinado a la Iglesia. Con solo quince años se vio convertido en arzobispo de Reims. 

Dos de sus hermanos, gemelos, habían fallecido antes de venir él al mundo, y el mayor moría posteriormente, en 1639. Al año siguiente Enrique perdía también a su padre y, ya como único heredero, se convirtió en duque de Guisa y pudo abandonar la carrera eclesiástica con el mayor de los placeres y gran alivio, puesto que nada encontraba tan odioso como ese destino que le había sido impuesto. De hecho, siempre se negó a ser retratado con las vestiduras propias del cargo; se empeñaba en posar con trajes de cortesano y llevaba los cabellos largos según la moda. 

Liberado de la Iglesia, se dedicó entonces a conspirar contra Richelieu con Luis de Borbón, conde de Soissons. El conflicto entre Soissons y el cardenal era antiguo; no era la primera vez que el conde se arrojaba de lleno a la conspiración. El cardenal trató de atraerlo ofreciéndole la mano de su sobrina, Madame de Combalet, pero Soissons rehusó. 

Marie Madeleine de Vignerot du Pont de Courlay, viuda del marqués de Combalet, era sobrina del cardenal. Y decían las malas lenguas que también algo más, cosa difícil de creer con lo mucho que atraían a esta mujer los conventos y la vida piadosa. Siempre mostró una conducta irreprochable. Si por ella hubiese sido, tras enviudar al cabo de sólo dos años de matrimonio y al no tener hijos, habría terminado sus días en el convento de las Carmelitas de París, pero entonces su tío llegó a ser Primer Ministro de Luis XIII y ella hubo de seguirlo, obligada a hacer los honores en el palacio del cardenal en la rue de Vaugirard. Mujer culta, hablaba cuatro idiomas y fue la protectora de Corneille. Richelieu consiguió para ella un puesto entre las damas de María de Médicis, madre del rey, y buscaba volver a casarla, bien fuera con Gastón de Orleáns o con el conde de Soissons. No logró, sin embargo, ninguna de las dos cosas, y ahora el conde temía las represalias. Para impedirlas, trató de hacer asesinar al desairado cardenal. 

Luis de Borbón, conde de Soissons

La participación de Enrique de Guisa en estos planes le valió ser condenado a muerte. Si bien logró salvarse huyendo a Flandes en 1641, fue acusado del crimen de lesa majestad y despojado de todas sus posesiones. Se trataba de un delito que solía estar reservado para el caso de atentar contra el rey o su familia, pero Luis XIII había firmado un decreto por el cual se incluía a la persona del cardenal. Dos años después, sin embargo, se producía la reconciliación y a su regreso le eran devueltas a Enrique sus propiedades. 

Guisa era uno de los grandes seductores de la corte; perseguir mujeres ocupaba gran parte de su tiempo. Mantuvo un breve idilio con Madame de Montbazon, y después fijó sus fluctuantes ojos y su voluble afecto en Mademoiselle de Pons, dama de honor de Ana de Austria y miembro de la distinguida familia de los Albret. Pero esta joven, coqueta y vanidosa, se mostró inaccesible a toda clase de atención por parte del duque si no era para conducirla al altar. 

Él hubiera aceptado el precio, pero la vida sentimental de este Don Juan era tan ajetreada que hacía que su situación personal en esos momentos se hubiera complicado enormemente, pues había dos mujeres que afirmaban ser ya su esposa. 

Ana Gonzaga

Una de ellas era su prima Ana Gonzaga, hija del duque de Mantua. Ana y su hermana Benedicta estaban destinadas en principio al convento, porque su padre deseaba hacer la fortuna de la mayor de sus hijas, María, y no estimaba conveniente repartir la herencia. Pero al fallecer el caballero, contando ella 20 años, la joven aprovechó para cambiar unos planes que no le agradaban en absoluto y se apresuró a renunciar al claustro.

Resultó claro desde el comienzo que prefería la vida aventurera y que había nacido para conocer un amor más profano. El elegido por su corazón fue Enrique de Guisa, de quien se enamoró apasionadamente, dando lugar a un buen escándalo que en su momento fue la comidilla de toda la corte.

En las memorias de Ana Gonzaga, aunque apócrifas, encontramos unas líneas que describen muy bien al duque:

"Monsieur de Guisa tenía la figura, el aire y los modales de un héroe de novela, y toda su vida llevó la marca de este carácter. La magnificencia reinaba en toda su persona y en cuanto le rodeaba; su conversación era especialmente encantadora. Todo lo que decía, todo cuanto hacía, proclamaba que era un hombre extraordinario. La ambición y el amor dominaron sus proyectos, tan grandes que resultaban casi homéricos; pero con un nombre tan ilustre, valor heroico y un poco de buena fortuna, nada rebasaba sus esperanzas. Tenía una habilidad especial para hacerse amar por aquellos a los que deseaba agradar, lo que parece frecuente entre los miembros de la Casa de Lorena. Era voluble en sus afectos, inconstante en sus proyectos, precipitado a la hora de llevarlos a cabo."

De él nos dicen también sus contemporáneos que era hermoso, bien formado, que tenía un aire marcial, nobles modales, gustos caballerescos. Madame de Motteville añade: “Era el auténtico retrato de nuestros antiguos paladines”. Y en cuanto a Mademoiselle de Montpensier, nos deja el siguiente recuerdo del duque: “Enamoraba a las damas como en las novelas”.

Ana Gonzaga

La relación entre Ana y Guisa era complicada, porque Enrique, aunque por poco tiempo ya, al principio aún era arzobispo, y además ambos eran parientes. El escándalo estaba servido, pero nada fue capaz de contener la pasión de Ana.

El mayor obstáculo que se interponía entre ambos era la oposición de la madre del duque, Henriette Catherine de Joyeuse, que había acogido con disgusto la decisión de su hijo de colgar los hábitos y realizar un matrimonio más que mediocre, en su opinión. No cesaba de entorpecer la relación y buscar toda clase de impedimentos, para lo cual encontró el perfecto aliado en Richelieu. 

Ana y Enrique se hicieron solemne promesa de matrimonio. El duque, en uno de esos arranques novelescos que le eran tan característicos, le envió después la suya escrita con su propia sangre. Al poco tiempo solicitaba y obtenía las dispensas necesarias para desposar a Ana.

Guisa detestaba a Richelieu a causa de los obstáculos que ponía a su felicidad, y ello fue la razón por la que se unió a los planes de Soissons para acabar con su vida, debido a lo cual se vio obligado a huir. Ana no solo temía que nunca pudiera regresar, sino que el cardenal decidiera arrestarla a ella, como cebo para tratar de hacer volver a Enrique. Esta consideración fue suficiente para impulsarla a arrostrar mil peligros tratando de escapar a la vigilancia de Richelieu. Ana llegó a cometer la locura de disfrazarse de hombre para reunirse con él. La aventura fue descubierta por el astuto cardenal, siempre bien informado, pero, sopesando en profundidad el asunto, por fortuna para ella llegó a la conclusión de que era más conveniente permitir que ambos se reunieran.

Durante el tiempo que permaneció cerca de Enrique, se hizo llamar Madame de Guisa, y siempre se refería a él como su marido. Mas al voluble duque no le duró mucho la pasión, y poco después Ana supo que había otra mujer.

Al principio no podía creerlo. Él no había roto previamente con ella, no le había dado a entender de ningún modo que sus sentimientos hubieran cambiado.

Desengañada al fin al tener prueba de la traición de Enrique de Guisa, que había llegado al extremo de contraer matrimonio con la otra dama, Ana Gonzaga regresó a París y le demandó, pretendiendo ser reconocida como su esposa en virtud de la ceremonia secreta que afirmaba haber celebrado 1639. Ésta no se trató, sin embargo, de una verdadera boda, sino que todo había quedado reducido a aquella promesa solemne ante el altar, en un momento en el que aún no contaban con las dispensas necesarias para ir más allá; aquella misma promesa que después él había escrito con su propia sangre. Ana consideraba que eso le obligaba a desposarla, por lo que no podía contraer matrimonio con otra. Vano empeño: los tribunales fallaron en su contra.

Al cabo de unos años, desalentada, acabó casándose sin entusiasmo con Eduardo de Baviera, hijo de Federico del Palatinado, refugiado en Francia a consecuencia de las desdichas por las que atravesaba su Casa. Eduardo, casi diez años más joven que ella, era protestante, pero renunció a su fe por casarse con Ana. Este matrimonio, celebrado sin el conocimiento de Ana de Austria, no agradó en la corte, aunque la dama fue perdonada gracias a la intervención de la reina de Inglaterra.


Continuará


domingo, 18 de agosto de 2013

Elisa Bonaparte (IV)


Al emperador no le gustaba que se discutiesen sus órdenes, pero sabía que en Elisa no iba a encontrar docilidad, de modo que apenas mantenía correspondencia con ella y la dejaba administrar a su antojo el principado. Ello motivó que Talleyrand la llamara con ironía “la Semíramis de Lucca”

La princesa convirtió a su esposo en su general en jefe y mantenía una corte con gran boato y esplendor, a imitación de la de su hermano: damas de honor, chambelanes, escuderos, pajes, limosneros, capellanes, nada faltaba en ella. Montada a caballo y afectando poses soldadescas, pasaba revista a su ejército en miniatura y destituía y nombraba generales a su capricho. Contaba incluso con un escuadrón de guardias de honor. 

Nombrado el personal de su corte, a la que acudía toda la nobleza toscana y la alta burguesía, fue preciso determinar la etiqueta, tema que fue objeto de interminables discusiones. Había que ordenar cómo serían las recepciones, ceremonias, desfiles e incluso los bailes.

Ella hacía cuanto estaba en su mano por resultar popular; repartía dinero a manos llenas sin reparar en gastos, procuraba ser amable y hablaba italiano cuando se dirigía a los miembros de su corte que no eran franceses. Además dispuso que las actas públicas fueran redactadas en ambas lenguas y se ocupó de la redacción de una constitución y algunos códigos.


Pero menosprecia a su pueblo. Elisa dejó plasmada esta poco afectuosa opinión en una carta de 9 de julio de 1806, a punto de abandonar Lucca para tomar los baños:

“No regresaré a Lucca más que para celebrar allí la fiesta de Vuestra Majestad; ese día espero mandar bendecir las banderas de la guardia nacional y distribuirlas a los 17 regimientos; querría infundirles el espíritu militar, pero este pueblo ha nacido agricultor y, como todos los italianos, tienen el carácter degenerado…”

Ella, que se las daba de protectora de las letras, no concedió en Lucca su protección más que a “los farsantes, a los bufones y a los tocadores de laúd”. No fue capaz de estimular el comercio, y dedicaba demasiado tiempo a su gusto por el fasto y la galantería. Tuvo problemas con el clero dentro de su principado; intentó poner límites a su poder y se ocupó de los concordatos de Francia e Italia. Según escribe ella misma al emperador, “ya es tiempo de que el poder laico ocupe los límites de su autoridad y deje de manejar el incensario”. En otra carta a su hermano, dice: “Los religiosos están sometidos, pero estoy muy descontenta del clero secular. El pueblo es supersticioso, tranquilo y cobarde. He mandado venir 60 carabineros de Piombino para aumentar la guardia de palacio, que era nula; sin embargo, estoy tranquila.”

En esa misma carta escribe algo que indica que había una conspiración en marcha contra su autoridad: 

“El proyecto era desorganizar toda la administración; los principales funcionarios y los administradores presentaban ya su dimisión, el secretario de Estado se había atrevido a negarse a refrendar los decretos del príncipe, y los sacerdotes prometían a esos fanáticos las palmas del martirio.

»El exilio y la prisión hubieran sido suficientes para calmar su fervor exaltado, mas yo había informado a Vuestra Majestad… de su arrepentimiento y del perdón que he concedido; he hecho bastante para que sirva de ejemplo.”

Madame Avrillon, doncella de la emperatriz Josefina, refiere en sus memorias que Elisa “era más hombre que muchos hombres”, y que tenía una excelente cabeza, opinión no compartida en absoluto por Napoleón. Otro testimonio que nos habla de Elisa durante sus tiempos de gran duquesa de Toscana es el de Pasquier, quien dijo que “el recuerdo que se tiene de ella en Toscana es bueno, a pesar de los desórdenes de su conducta privada, en la que las apariencias no estaban suficientemente salvaguardadas”. Pero Fouché no tiene una opinión tan favorable y dice: “Ella era temida, y en absoluto amada”.

Además de Fontanes, Elisa tuvo otros amantes. En ese tiempo mantenía una relación con Lespérut, el colaborador que la ayudaba a redactar la constitución de su Estado, pero no duró mucho, porque el emperador lo reclamó pronto para enviarlo a Silesia como administrador. Cuando él se fue, como Elisa necesitaba un suplente, el agraciado con el puesto fue Capelle, prefecto de Livorno.

Napoleón hubiese mirado hacia otra parte si el asunto no hubiera producido cierto escándalo, pero, dadas las circunstancias, optó por enviar a Capelle como prefecto a Leman, lo cual constituía un ascenso. El galán fue entonces sustituido en el espacioso corazón de la dama por un natural de Ginebra llamado Eynard, comerciante en Florencia, un asunto que resultó muy lucrativo para él.

El marido, mientras tanto, seguía sin incordiar y disfrutando de la vida, sin apenas ninguna ocupación. También él se había cambiado el nombre que le impusieron al nacer. Si Elisa había nacido María Ana, él había llevado el nombre de Pascual, algo muy mortificante para la pareja, porque resultaba demasiado vulgar. Elisa decidió que Félix sería mucho más apropiado, y él, como siempre, acató su gusto. En palabras de Joseph Turquan, “en ese singular matrimonio, los papeles estaban invertidos, y como en tantos otros, la mujer llevaba los pantalones y el marido llevaba… lo que podía”.

Félix, desde luego, también tenía amantes, con las que se mostraba muy generoso. No cohabitaba con su esposa, algo muy mal visto en Florencia. Él residía en un hermoso palacete donde tenía también su pequeño séquito, compuesto casi exclusivamente por militares. Una cronista de la época nos ha dejado un retrato de esa corte: “Allí reinaba aún más libertinaje que en la corte oficial de la gran duquesa; una mezcolanza del tono militar del Imperio y de la galantería ligera y fácil de otra época y el carácter guerrero y alegre del tiempo ponían en práctica allí las licencias y los recuerdos del Parque de los Ciervos”.

Todas las tardes los esposos se reunían para ir al teatro y mostrar a Florencia la imagen del matrimonio bien avenido que eran a pesar de todo. Su hijita, Elisa Napoleona, la segunda de los cuatro que tuvo la pareja, se sentaba entre ambos para completar la hermosa estampa.


Terminada la representación, el príncipe conducía a su esposa hasta su coche. Allí le besaba galantemente la mano, le daba las buenas noches y se retiraba. Elisa regresaba entonces a su palacio y se disponía a disfrutar de la buena noche que le había deseado su marido, quien a su vez hacía lo propio.

La princesa paseaba a caballo con el barón de Cerami, hombre apuesto, brillante, instruido y refinado. El caballero sentía afecto por el príncipe, pero aún más por Elisa, según se decía, y ella lo colmaba de favores. Cuando iban al campo a veces se tumbaban sobre la hierba o al pie de un matorral. Pero, ¡oh, desdicha!, resulta que al otro lado del matorral había quien buscaba igualmente el refugio de su sombra, y sorprendieron a ambos amantes en plena demostración. Lamentablemente para ella “tales personas no fueron tan discretas como la hierba, los matorrales o los caballos y las Memorias de la época han recogido esos detalles totalmente íntimos”.

Baciocchi
Como no sabía si podría contar siempre con el favor de Napoleón, Elisa no olvidaba congraciarse con los altos dignatarios del Imperio, a los que escribía y hacía regalos; pero confió a Fouché sus inquietudes sobre la solidez del edificio construido por su hermano. Y cuando la situación empeoró, no se inmutó cuando Fouché pronunció en su presencia estas palabras:

—No hay más que un modo de salvarnos, y es matar al emperador sin demora.

Su cuñado Murat, rey de Nápoles y ahora aliado de los austriacos, envió tropas a Toscana para apoderarse de sus Estados, y el pueblo prorrumpió en aclamaciones al paso del ejército. Elisa, desde Florencia, se retira hacia Lucca mientras envía a su esposo la orden de preparar la evacuación militar del país. El príncipe se aprestó para la defensa de Florencia, pero hubo de capitular y abandonar la población entre las burlas de la gente.

Cuando lord Bentick desembarcó el Livorno al frente de una unidad de tropas inglesas, comunicó a la gran duquesa que no reconocía su autoridad, y que en adelante Toscana debía obedecer las órdenes de Inglaterra hasta que se decidiese su suerte.

Elisa, encinta de nueve meses, se vio obligada a huir, pero, dado su estado, no podía viajar más que en etapas muy cortas mientras llegaban noticias de todas partes de que se aproximaban las tropas austriacas. Dio a luz a su hijo en una mala posada, y después los austriacos la detenían en Bolonia y la conducían bajo escolta a Brünn como prisionera de guerra. Desde allí escribe esta carta el 15 de abril de 1814. 

“Ya ha llegado esa catástrofe horrorosa. Todo está perdido. Me decido a salir para Nápoles, pues jamás residiré en la isla de Elba. Quiero fijar mi residencia en Roma, si el gobierno francés no ve en ello obstáculo alguno y si el Papa quiere… Interceded por mí ante el príncipe de Benevento, pues estamos proscritos y todo el mundo nos persigue”.

Sería liberada al cabo de poco tiempo y autorizada a residir en Trieste. Allí adquirió una casa y se dedicó a financiar varias expediciones arqueológicas en la zona. Pero su salud era delicada para entonces, y en junio de 1820 contrajo una enfermedad fatal, probablemente en una de las excavaciones. Elisa fallecía el 7 de agosto, a la edad de 42 años. A su lado se hallaba su hermana Carolina, que le cerró los ojos.

El esposo mostró gran duelo y compró una de las capillas de la basílica de San Petronio, en Bolonia, que hizo restaurar y decorar con grandes gastos para depositar allí los restos de Elisa.


jueves, 15 de agosto de 2013

Elisa Bonaparte (III)


En verano Elisa iba a Plessis-Chamant, una de las propiedades de su hermano Luciano. Allí recibían numerosas visitas y se divertían según las inclinaciones propias de la época, lo que muchas veces consistía en gastar bromas a los invitados, y no siempre del mejor gusto:

“Como el matrimonio Desportes no se llevaba bien, Luciano había encontrado divertido asignar al marido y a la joven mujer una sola habitación con una cama pequeña, lo que obligaba a su antiguo secretario a dormir en una silla.”

Otras veces se divertían entrando por la noche disfrazados de fantasmas en la habitación de un niño muy miedoso, cubiertos con grandes sábanas y sujetando farolillos en las manos. Además, les gustaba representar tragedias.

La vida transcurría allí plácidamente. Los militares hacían la corte a Elisa, que recibía los cumplidos de políticos y diplomáticos y los versos de los poetas. Un día Casti le compuso un madrigal que fue encontrado al día siguiente pegado sobre el cristal de la chimenea del salón. “El poeta hubiera sido más discreto pegando esas rimas indiscretas en el espejo del dormitorio de aquella que los había inspirado; pero como la señora Baciocchi quizá hubiera guardado para ella sola su madrigal, el poeta prefirió, porque no era egoísta, que se aprovecharan de él todos los habitantes de Plessis”.

Cristina Boyer Bonaparte

Pero no siempre había invitados. A veces Elisa y su hermano permanecían solos en la propiedad. Allí había enterrado Luciano a su joven esposa, y solía acudir a llorar ante su tumba. Al principio fue mucho lo que lloró su muerte, pero no tardó demasiado en encontrar consuelo.

Como las maledicencias de sus contemporáneos no conocían freno, comenzaron a circular rumores sin fundamento sobre una relación culpable entre Elisa y Luciano. Los aristócratas que abandonaron Francia durante la Revolución arrojaron despiadadas calumnias contra los Bonaparte, y esta fue una de ellas.

Elisa ponía todo su interés en relacionarse tanto con gente de letras como con los mejor posicionados política y financieramente, pero, fría como era, no sabía encontrar el camino para hacerse querer. Un día quiso conocer a Harpe, por lo que pidió sin más cortesía a Madame Récamier que la invitase a comer en su casa con él. Asombrada de la familiaridad que se atribuía Elisa en su trato con ella, accedió gentilmente, pero no se privó de dejar por escrito sus impresiones: “las personas de la familia del primer cónsul comenzaban ya entonces a tomar unas actitudes principescas y parecían creer que honraban a quienes les recibían en su casa”.

Ese día había ocho invitados: Madame Récamier y su madre, Madame de Staël, Elisa, Monsieur de la Harpe, el conde Luis de Narbonne y Mateo de Montmorency. En medio de la velada entregaron una nota a la madre de Madame Récamier, y esta, al leerla a hurtadillas, lanzó un grito y cayó desvanecida. Los presentes la rodearon de inmediato. Su hija arrancó de sus manos la fatídica nota y leyó cómo su padre acababa de ser detenido y conducido al Temple. 

Madame Récamier

Todos se mostraron consternados, a excepción de Elisa, que no sentía más que fastidio y enojo: para ella el dolor de los presentes era una especie de reproche hacia el gobierno de Napoleón, y por extensión hacia ella misma. Madame Récamier, entre sollozos, le dirigió una desesperada súplica:

—Madame, la Providencia, que la hace testigo de la desgracia que nos aflige, quiere, sin duda, hacer de usted mi salvadora. Necesito ver hoy mismo al primer cónsul; me es absolutamente necesario y cuento con usted, Madame, para obtener esa entrevista.

Asombrosamente, Elisa le respondió con tono poco amable:

—Creo que haría usted mejor en ir en primer lugar a ver a Fouché para saber exactamente el estado de las cosas. Después, si es necesario ver a mi hermano, venga a decírmelo y veremos qué puede hacerse.

Y al despedirse, en lugar de dejarle unas palabras de ánimo a la mujer que pretendía convertir en su amiga, le dijo:

—Me voy al teatro; usted haga las gestiones con Fouché y venga a comunicarme el resultado.

Fouché

La pobre Madame Récamier hizo como se le indicó y se entrevistó con el ministro de la Policía. Fouché le respondió:

—Todo eso es muy grave, pero vaya a ver al primer cónsul esta misma tarde y consiga que no se celebre la acusación. De lo contrario, Bernard estará irremisiblemente perdido.

Madame Récamier, sumamente angustiada, corrió hacia el Teatro Francés y alcanzó el palco donde se encontraba Elisa en compañía de Paulina. 

—Vengo, madame, a solicitar la ejecución de su promesa. Necesito hablar esta misma tarde con el primer cónsul o, de lo contrario, mi padre estará perdido.

Elisa no fue capaz de disimular su mal humor al ser interrumpida en su diversión.

—Bueno —respondió fríamente—, espere a que termine la tragedia. Cuando termine, la atenderé.

Por si fuera poco Paulina, que no prestaba atención más que al actor Lafon, su amante, dijo de pronto:

—¿Ha visto usted a Lafon en su papel de Aquiles? ¡Vea qué graciosamente está colocado su casco! ¡Pardiez, está totalmente al revés! ¡Qué insensato!

Es inevitable preguntarse cómo podían ser hijas de María Letizia Ramolino.

Pero en el palco se encontraba también el general Bernadotte, que se incorporó entonces y le dijo a Elisa:

—Madame Récamier parece que sufre. Si me lo permite, iré con ella a hablar con el primer cónsul.

—Sí, claro —accedió Elisa, aliviada porque le habían quitado el trabajo—. Además, eso es una suerte para usted, señora. Confíe en el general Bernadotte: nadie está en mejor situación para ayudarla.

General Bernadotte

En marzo de 1804 Elisa se entera de que el duque de Enghien ha sido fusilado en Vincennes a pesar de todo el empeño puesto por Josefina en conseguirle el perdón de Napoleón. Después del proceso del general Moreau y la condena de Polignac, de Rivière y otros cómplices de la conspiración realista, se conocieron las gestiones de la emperatriz por salvar la vida de los condenados. Las hermanas del emperador, celosas del favor público que esta actitud bondadosa había valido a Josefina, quisieron ganar también popularidad intercediendo para la concesión de varios indultos. Fue una campaña dirigida por la propia Elisa, que ya en su momento se había atrevido a protestar ante Napoleón por la ejecución del duque de Enghien. Lo cierto es que estas intervenciones salvaron la vida a un número de personas.

Proclamado el Imperio, los celos de las hermanas del emperador hacia Josefina aumentaron. No soportaban escuchar cómo todos se dirigían a ella llamándola “Majestad”, ni “Alteza” a su hija Hortensia. Elisa y Carolina se lo tomaban a humillación. Elisa reaccionaba mostrándose “brusca, mordaz, y trataba a las damas de palacio con una altivez descarada”. Ambas se presentaron ante el emperador para quejarse de que no hacía nada por ellas, y que las dejaba en una penosa posición de inferioridad. Napoleón respondió con dureza.

—En verdad, al ver vuestras pretensiones, señoras mías, se creería que hemos recibido la corona de nuestro difunto padre.

No obstante, por la paz familiar concedió a sus hermanas el título de princesas, con el título de Altezas Imperiales. Ni siquiera eso bastó para contentarlas. Ahora querían una corona cada una y no dejaban de importunar a su hermano para que se las regalara. Napoleón, como siempre, terminó por ceder, y Elisa fue la primera en ser dotada con un Estado. Él tenía sus motivos personales para enviar a su hermana lejos de París: quería cortar de raíz ciertas intrigas amorosas causa de escándalo. El 18 de marzo de 1805 el emperador se dirigía al Senado con gran ceremonial para anunciar que la Consulta de Estado de la República italiana acababa de ofrecerle la corona de hierro y que él la había aceptado. En la misma sesión anunció que otorgaba Piombino a la Elisa, y la hizo reconocer como princesa heredera de Piombino. Sus hijos habrían de sucederla, y el emperador de los franceses, sin cuyo consentimiento no podrían contraer matrimonio, les daría la investidura. El bueno de Baciocchi recibía el título de príncipe de Piombino, así como el mando de las tropas encargadas de defender las costas y las comunicaciones entre Elba y Córcega.

Pronto esa corona no fue suficiente para la desmedida ambición de Elisa. La encontraba “muy pequeña para su cabeza”, y no tardó en quejarse a su hermano. Cuando una representación del principado de Lucca acudió a ver al emperador en Bolonia y le pidió que tomase ese país bajo su protección, Napoleón les dio una constitución “y a la princesa Elisa para que vigilase su aplicación”. Como todo ello seguía sin ser suficiente para su hermana, en 1808 recibirá el gran ducado de Toscana.


Continuará


lunes, 12 de agosto de 2013

Elisa Bonaparte (II)


Elisa tenía un carácter áspero y desagradable que mostró tanto en la adversidad como en los buenos tiempos. La duquesa de Abrantes se hace eco de ello en sus memorias, y dice que “no se llevaba bien con su madre, pero, ¿con quién se llevaba bien? Yo no he conocido nunca a nadie más desagradablemente quisquilloso que ella”.

Letizia temía que, debido a ello, esa hija iba a ser la más difícil de casar, por lo que se apresura a dejar solucionado ese problema entregándola a Baciocchi, un antiguo oficial corso que acaba de pedir su mano. No parecían unas perspectivas muy brillantes, pero era mejor que nada, y temía que no surgiera un candidato mejor si lo rechazaba. No consultó con Napoleón: las relaciones entre ambos no atravesaban un buen momento debido a que él acababa de casarse con Josefina en contra de la voluntad de su madre y de sus hermanos Luciano y José.

Elisa contraía matrimonio en Marsella el 1 de mayo de 1797, en una ceremonia civil. Luciano lamenta esa boda de tan poco lustre con ese “bueno y requetebueno de Baciocchi, quien, a pesar del exceso de su bondad, no ama en el fondo más que a su violín, que toca aceptablemente, es verdad, pero con tanta frecuencia que acaba por contagiar la gripe a su inocente instrumento y a todos sus vecinos”. Sin embargo Luciano no estaba en la posición más adecuada para presentar demasiadas objeciones, habida cuenta de que él mismo se había casado con Cristina Boyer, la hija de su casero, una buena mujer pero analfabeta.

Félix Baciocchi

Félix Baciocchi era, en efecto, un marido bueno y complaciente, pero insignificante. En palabras de Metternich, Napoleón hubiese preferido por cuñado “a un hombre menos carente de facultades intelectuales”.

Tras la campaña de Italia el joven general Napoleón estableció sus cuarteles de verano en el castillo de Montebello, donde se reunió con su familia. Se esperaban momentos de tensión cuando los Bonaparte se encontraran en presencia de Josefina, pero todo se resolvió a entera satisfacción del general, que nos cuenta lo siguiente:

“Josefina se comportó como debía con la madre de su marido, la colmó de atenciones y de agasajos, asimismo trató bien a mis hermanas, sin olvidar a Baciocchi. El viaje de mi familia tenía como fin principal arreglar una reconciliación entre Elisa y yo; ella acababa de casarse muy recientemente y, por las preocupaciones de su afectuosidad, se había olvidado consultarme.”

Allá en Montebello tuvo lugar la ceremonia religiosa de la boda de Elisa. Napoleón exigió que un sacerdote bendijera esa unión, algo que Elisa y su esposo ni siquiera se habían planteado.

Los días se deslizaban dulcemente en Montebello. Viajaban frecuentemente a Milán, donde había querido residir Letizia; hacían excursiones y cada tarde celebraban una comida con invitados. Elisa disfrutaba de todas esas fiestas que la posición de su hermano les permitía ahora, después de haber pasado tantas estrecheces.

Montebello

Llegado el momento de abandonar Montebello, Elisa viajó a Marsella en compañía de su madre, y después volvería a Ajaccio. Baciocchi hacía sus preparativos para acompañar a su cuñado Luciano en el transcurso de una misión oficial en España. Su esposa, a pesar de que solo llevaba unos meses casada, deseaba ya librarse de él.

Elisa se aburría mortalmente en Ajaccio. Ella deseaba vivir en París y compartir allí toda la gloria y honores que recibía su hermano. Ello fue posible cuando Luciano también prosperó al ser elegido miembro del Consejo de los Quinientos y ofreció hospitalidad a su madre y a su hermana. Los Baciocchi pasaron así a residir en casa de Luciano, en la rue Saint-Dominique. Napoleón, mientras tanto, se encontraba en Egipto, y Josefina se consolaba de su ausencia con Hipólito Charles, su antiguo amante.

En el salón de Luciano, Elisa hacía las veces de anfitriona, pero nunca llegó a ser una mujer distinguida. Físicamente no se la consideraba hermosa. Era de estatura media y tenía la tez muy blanca, aunque estaba demasiado delgada y su figura era poco agraciada. En cuanto a su carácter, era demasiado rígido, autoritario y dominante; se la notaba forzada y poco espontánea, era testaruda, no tenía sentimientos nobles y carecía de esa delicadeza que la hubiera hecho más atractiva. No era comprensiva, ni le gustaba dar si no obtenía ningún beneficio de su gesto. Según la duquesa de Abrantes, “nunca mujer alguna renegó como ella de la gracia de su sexo: hacía pensar que llevaba un disfraz”. En cuanto a Fouché, nos ha dejado este retrato de ella: “Elisa, mujer altiva, nerviosa, apasionada, disoluta y devorada por el doble aguijón del amor y de la ambición”. Y según su biógrafo Joseph Turquan, parecía “que hubiera nacido para sargento instructor; tenía el tono de voz alto, hablaba muy deprisa y con un deje amargo; sus modales eran bruscos. Se hubiera jurado que era un muchacho, y no de los mejores, vestido de mujer”.


Como había estudiado en Saint-Cyr, se daba aires de mujer instruida, aunque en realidad había presentado una capa impermeable sobre la que resbaló cuanto trataron de inculcarle allí, y ni siquiera era capaz de escribir sin cometer faltas de ortografía. A pesar de todo ello estaba obsesionada por convertirse en una literata. Se complacía en recibir a intelectuales que se sometían a su pobre juicio sin atreverse a replicar a la hermana de Napoleón. Elisa siempre debía tener la última palabra. Incluso pensó en crear una sociedad literaria compuesta solo por mujeres. Se fijó la fecha de la primera sesión, y la orden del día era: “Constitución de la Sociedad. Discusión sobre la forma y el color del traje que se debe adoptar para los miembros de la sociedad”.

Uno de los asiduos en su salón fue el poeta Fontanes, cuya amistad con Elisa dio mucho que hablar. Se rumoreaba que eran amantes, y según la duquesa de Abrantes “el único que dudó de ello durante mucho tiempo fue Luciano, que era un poco corto de vista”. La duquesa pensaba que Elisa y el poeta formaban una extraña pareja: “Me asombra que el señor Fontanes, con su carácter encantador, siendo sus modales elegantes y él mismo la quintaesencia de la sociabilidad, haya podido prendarse de la señora Baciocchi del modo en que lo ha hecho.”

Y el esposo era tan bueno y complaciente que no se le hubiera ocurrido inmiscuirse. Él se limitaba a tocar el violín. “Sufría sin quejarse, o mejor, buscaba consuelo por su parte y el matrimonio, en conjunto, no marchaba demasiado mal; era incluso lo que se llama generalmente en la calle un buen matrimonio”.

Cuando Napoleón regresa de Egipto, constata que las noticias que le habían estado llegando durante su ausencia con respecto a la infidelidad de Josefina eran ciertas, y una de las personas que más empeño tenía en difundirlas, curiosamente, era Elisa. Detestaba a su cuñada, y no pudo comprender que su hermano la perdonara. El sentimiento de aversión, en todo caso, era mutuo.

Josefina

Elisa comienza a padecer una dolencia estomacal que no le permitía retener alimento alguno. Sobrevivía a base de leche y reposo, pero se veía muy enferma. Los médicos le recomendaron pasar una temporada en el campo y tomar las aguas de Barèges, así que se puso en camino hacia los Pirineos. Sin embargo, aquel ambiente de balneario no resultaba de su agrado, por lo que no permaneció muchos días en el lugar. A su regreso se detuvo en Carcasona para consultar al eminente doctor Barthez. Un testigo que se entrevistó con ella durante aquel viaje nos ha dejado un relato al respecto:

“La señora Baciocchi me recibió muy cariñosamente. Las hermanas del primer cónsul eran entonces personas muy sencillas. Viajaban sin séquito alguno, y la visité en una mala pensión, acostada sobre un colchón en el suelo para escapar de las chinches…”

De regreso a París comienza a recuperarse, según cuenta ella misma en una carta a un amigo:

“He regresado a París enferma; tenía informes de los médicos más afamados de la Facultad y he estado bastante delicada los primeros días. Tras muchas idas y venidas, y después de muchos sufrimientos, he llegado a sentir una notable mejoría. He tomado solamente leche de cabra, sin pan y sin agua, y no se me permitía más que seis tazas por día. Ahora me encuentro bastante bien, aunque un poco débil. ¡He estado buscando el remedio tan lejos, cuando lo tenía tan cerca!"



Continuará


sábado, 10 de agosto de 2013

Elisa Bonaparte


Elisa Bonaparte nació en Ajaccio el 3 de enero de 1777. Fue bautizada como María-Ana, pero posteriormente decidió cambiarse un nombre que consideraba vulgar, poco adecuado para la elevada posición a la que la había conducido su hermano Napoleón.

Su infancia fue como la de cualquier otro niño corso, salpicada de travesuras que resultaron merecedoras de algún que otro azote, como la anécdota de la cesta de higos. Elisa se encontraba en la casa en compañía de una amiga cuando su madre, Letizia, recibió una cesta de su tío el canónigo. Puesto que los higos del canónigo eran sumamente apreciados en toda la isla, era de esperar que resultaran demasiada tentación para unas niñas de corta edad. Ambas dieron buena cuenta de ellos hasta dejar el cesto vacío, y después se fueron a pasear. Napoleón entró entonces en la habitación y contemplaba el cesto preguntándose qué habría podido contener cuando llegó su madre y comenzó a pedirle cuentas por los higos desaparecidos, creyéndolo culpable. Sus protestas de inocencia de nada sirvieron, y hubo de enfrentarse a la seria reprimenda de Letizia, que lo agarró por el cabello, le desabrochó el calzón y le propinó unos buenos azotes que iban a ser tan solo el comienzo de una penitencia más larga: Napoleón fue castigado a pan y agua durante tres días.

Elisa, mientras tanto, no decía nada. Le resultaba conveniente que su hermano sufriera el castigo en su lugar, un feo rasgo de su carácter que no mejoró con los años. Lamentablemente para ella, al cabo de unos días su amiga volvió a visitarlos y preguntó por los higos del canónigo, seguramente esperando que le fuera ofrecido alguno más. Sin querer reveló más de lo debido acerca de aquella travesura y dejó a Elisa al descubierto, con lo cual al final su castigo fue más severo y, desde luego, más merecido.

El 15 de diciembre de 1782 los Bonaparte reciben la noticia de que la niña había tenido la suerte de ser admitida en la escuela de Saint-Cyr, un internado fundado por Luis XIV a petición de su segunda esposa, Madame de Maintenon, y destinado a las hijas de familias pobres, para que pudieran recibir la mejor educación. Cada alumna recibía un ajuar y una dote de tres mil libras al abandonar el centro, lo cual era un alivio muy grande para las dificultades económicas que atravesaba Carlo Bonaparte. Además se pagaba muy bien el viaje de regreso a casa, a razón de una libra por legua. El de ida debía costearlo la propia familia, algo que no se ajustaba a las posibilidades de Carlo en aquel momento. De hecho, tuvo que pedir prestado el dinero.

Teófilo Lavallée, en su Historia de la casa real de Saint-Cyr, describe cómo era la vida en el centro:

“Las señoritas entraban… a la edad de entre siete y doce años; allí permanecían hasta los 20, sin salir más que con permisos especiales, no pudiendo ser visitadas por sus padres más que en las octavas de las cuatro principales fiestas del año. Se levantaban a las seis de la mañana, oían misa a las ocho, estudiaban hasta mediodía, a esa hora comían y luego tenían recreo hasta las dos; de nuevo estudiaban hasta las seis y se acostaban a las nueve. Estaban repartidas, según su edad, en cuatro clases, y cada clase, según su instrucción, en cinco o seis bandas de ocho o diez alumnas, ocupando cada una de ellas una mesa de trabajo. Hasta la edad de los diez años estaban en la clase roja y allí aprendían a leer, escribir, contar, los elementos de gramática, el catecismo y nociones de historia sagrada. A los once años pasaban a la clase verde, y allí aprendían las mismas materias, juntamente con la música y nociones de historia, geografía y mitología. A los catorce años pasaban a la clase amarilla, en la que la instrucción se centraba principalmente sobre la lengua francesa, música y religión; se les daba igualmente algunas lecciones de dibujo y se les enseñaba a danzar. A la edad de diecisiete años pasaban a la clase azul, donde la instrucción no versaba ya más que sobre la lengua y la música, pero la educación moral era desarrollada hasta la perfección.”

Las mejores alumnas entre las mayores hacían las veces de ayudantes: “Se elegían diez de las azules o de las amarillas, a las que se adornaba con una cinta color de fuego, y que ayudaban a las maestras en las clases de las rojas y de las verdes; se elegía también a otras veinte a las que se adornaba con una cinta negra, y que eran conocidas como las hijas de Madame de Maintenon; estas ayudaban bien a las maestras en las clases, bien a la superiora o al servicio de la casa.”


Elisa no se reveló como una buena estudiante. Su ortografía era horrorosa, y además era una alumna muy indisciplinada. El 1 de septiembre de 1792 dirigía una petición al Directorio del distrito de Versalles solicitando su salida del centro, aunque, naturalmente, no le sirvió de nada su rebeldía.

Napoleón la quería mucho e iba a visitarla los días en que se abría el locutorio para las familias de las alumnas. A veces acudía en compañía de la señora Permon, perteneciente a la colonia corsa en París. 

El 16 de agosto de 1792 la Asamblea nacional decretaba la próxima evacuación de la escuela real de Saint-Cyr. Días más tarde Napoleón, ya capitán y a punto de regresar a Córcega, decide ir a buscar a su hermana para llevarla consigo y alejarla del peligro. Llegó en la mañana del 1 de septiembre, pero le dijeron que Elisa no podía irse sin la autorización de la municipalidad y la del Directorio del distrito. Tras obtener los documentos pertinentes, pudo al fin llevarse a su hermana. 

“El directorio considera que ha lugar a entregar en beneficio de la señorita Bonaparte una autorización de cobro de la cantidad de 352 libras, para regresar a Ajaccio, lugar de su nacimiento y residencia de su familia, distante 352 leguas; y que, por consiguiente, el señor Bonaparte está autorizado a retirar de la escuela de Saint-Cyr a la señorita, su hermana, con los vestidos y la ropa interior de su uso.”

Napoleón acudió a recogerla y ambos se dirigieron a París en un modesto carruaje. Una vez allí, se dirigieron al hotel Los Patriotas Holandeses, donde él tenía habitación, y días más tarde emprendían el camino a Córcega.

Elisa estuvo a punto de casarse ese mismo año, contando solo 15. El almirante Truguet, al mando de la escuadra de observación del Mediterráneo, permaneció 25 días en Ajaccio y tuvo ocasión de conocer a la joven. La diferencia de edad era considerable, pero Letizia estaba encantada con la idea de ver a su hija casada con el almirante. Él resultaba un hombre atractivo, aunque su carácter era opuesto al de Elisa, mucho más serio e introvertido que ella. Con todo, el matrimonio seguramente se hubiera celebrado de no haber sido por ciertos acontecimientos políticos que lo obligaron a abandonar Córcega.

Poco después se desencadenaba la guerra civil en la isla y Letizia, viuda desde 1785, tenía que huir con sus hijos. En Calvi encontró un barco mercante que los trasladó a Francia sanos y salvos.

Elisa vivió entonces en Toulon y en Marsella. Llevó una vida de privaciones para la que su esmerada educación no la había preparado y que obligó a su familia a inscribirse como indigentes en la oficina de beneficencia y hacer cola cada mañana para conseguir un pan del suministro de la tropa. Napoleón enviaba lo que podía, pero no era suficiente, hasta que finalmente el gobierno concedió una pequeña pensión a Letizia en calidad de patriota corsa refugiada en Francia.

La suerte de Napoleón mejora y ahora ya puede enviar a su familia cantidades mucho mayores. Ello les permite mudarse a otra casa mucho más cómoda donde entablan nuevas amistades y relaciones. Las jóvenes Bonaparte abren un salón bastante frecuentado...


Continuará