domingo, 28 de julio de 2013

MUJERES EN LA HISTORIA


Ya está a la venta la antología que lleva por título Mujeres en la historia, y en la que participo con "El viaje de Amandina", un relato de ficción sobre la infancia de George Sand.

Tengo el inmenso honor de figurar en este libro no solo al lado de escritoras clásicas de la talla de Josefina Aldecoa, Edith Wharton y Marie d’Agoult (Daniel Stern), sino también junto a un magnífico elenco de autoras contemporáneas de España e Hispanoamérica que la editorial ha logrado reunir para la ocasión.

La antología estará en las librerías españolas a partir de septiembre, pasado el periodo vacacional. M.A.R Editor tiene la intención de presentarla este otoño en la próxima feria del libro de Guadalajara (México), y a partir de ahí distribuirla también por el continente americano. Espero que pueda llegar a todas las personas interesadas. Por el momento pueden adquirirla a través de la página de la editorial en este link:

http://www.edicionesirreverenteslibreria.com/Mujeres-en-la-historia1800-1940-Antologia

El plazo de entrega suele ser de tres a cinco días.


viernes, 26 de julio de 2013

Carlos II y Lucy Walter


Cuando Carlos II contaba 18 años y era tan solo el Príncipe de Gales en el exilio, se encontró en La Haya con una joven aristócrata galesa llamada Lucy Walter (a veces escrito Walters). La joven había nacido en el seno de una familia que combatió del lado del rey durante la guerra civil. Cuando las fuerzas parlamentarias ocuparon su hogar de Roch Castle, se refugiaron en Londres, pero al cabo de poco tiempo el maltrecho matrimonio de sus padres se rompía definitivamente tras una relación tempestuosa en la que ambos cónyuges se habían arrojado mutuamente acusaciones de infidelidad. El padre los abandonaba, y Lucy, con su madre y sus hermanos, era recogida en casa de su abuela. 

Más tarde, siendo aún una adolescente, Lucy se trasladó a La Haya. El canciller Hyde insinúa en sus memorias que en realidad Lucy había acudido con el deliberado propósito de seducir al futuro rey, y se muestra convencido de que tras ella se ocultaban los enemigos de los Estuardo, decididos a socavar su prestigio. No era cierto. Lucy, simplemente, era una especie de Madame Dubarry que trataba de asegurar su porvenir.

Se trataba de una extraordinaria belleza de cabello oscuro y ojos azules. “Criatura morena, hermosa y atrevida, pero insípida”, la describe uno de sus enemigos. El duque de York también reconoce su hermosura, aunque señala igualmente su escasa inteligencia. La condesa de Dunois nos dice lo siguiente de ella:

“Era de una belleza tan perfecta que cuando el rey la vio, quedó prendado de ella hasta el extremo de que, entre todas las contrariedades y desdichas que amargaron los primeros años de su vida y de su reinado, no halló más placer que el de amar y hacerse amar por tan encantadora criatura. Fue su primera pasión”.

Pronto se hizo popular en Holanda, especialmente entre los jóvenes galantes y libertinos, que la conocían como “Señora Barlow”. Carlos cayó cautivo de sus encantos y comenzó a rodearla de un lujo y unas atenciones que hicieron sospechar a todo el mundo que se proponía casarse con ella. Esto inquietó enormemente a sus consejeros. 

Más tarde, Algernon Sidney contó al hermano de Carlos, el duque de York, que en el pasado había conocido a Lucy, pero que su relación quedó pronto interrumpida debido a que tuvo que partir con su regimiento, y añade que “ella decidió emprender su viaje a Holanda para probar fortuna, y allí conoció a mi hermano Robert, que la mantuvo algún tiempo.”

Cuando el rey se enamoró de ella, Robert Sidney, ayuda de cámara de Carlos y coronel de un regimiento de soldados ingleses en el ejército holandés, hubo de retirarse.

—¡Que la tenga ahora quien quiera —exclamó—, tras haber poseído yo las primicias!

El 9 de abril de 1649, poco después de comenzar su relación con el rey, Lucy daba a luz a su hijo, futuro duque de Monmouth. Carlos nunca tuvo la menor duda de que era suyo, una seguridad que distaba de tener su hermano Jacobo, duque de York. Jacobo declaró que tenía “muchas razones convincentes para pensar que no era el hijo del rey, sino de Robert Sidney”.

En junio de ese año Carlos se desplazó a París y Lucy lo acompañó. Luego regresó a Holanda, y posteriormente viajó a Escocia mientras ella permanecía en el Louvre. Durante el verano de 1650, en París, se dijo que ella mantuvo una relación con Henry Bennet, conde de Arlington, mientras que otros le atribuían un romance con el vizconde Taafe. Al año siguiente daba a luz una hija cuyo padre se cree que fue Bennet. Lucy y Taafe vivían en el Louvre, para indignación de la reina Enriqueta María, madre de Carlos. El vizconde mantenía a Lucy y a sus hijos, y Carlos, allá en Escocia, prefería no darse por enterado.

Carlos II

En octubre regresó a Holanda, y Lucy se reunió con él. Al año siguiente ella viajaba a Londres con su hermano, a bordo de un barco fletado especialmente para la ocasión. En apariencia iba para recibir la herencia de su madre, aunque se sospechó que en realidad lo hacía como espía de los realistas. Fue arrestada por los hombres de Cromwell y enviada a la Torre junto con su doncella, pero al poco tiempo era puesta en libertad y obligada a abandonar Inglaterra. 

Para entonces Carlos estaba decidido a romper completamente la relación, pero continuaba prometiéndole dinero y apoyo en sus mensajes. Se ha afirmado que esto se debía a que Lucy estaba en posesión de algunos comprometedores documentos que amenazaba con hacer públicos. Acerca del contenido de los mismos, mucho se ha discutido. Algunos proponen que los papeles demostrarían que el matrimonio se había llevado a cabo. Lucy siempre insistió en que se había hecho, si bien la mayoría de los estudiosos es de la opinión de que nunca llegaron a casarse. 

A pesar de sus pretensiones, por esas fechas consideró la idea de un matrimonio con Sir Henry de Vic, representante del rey en Bruselas, con quien mantenía una relación. Ambos habrían viajado a Colonia para solicitar formalmente el permiso de Carlos, el cual les fue denegado. 

El rey pasaba muchas estrecheces mientras se ocupaba en intentar recuperar el trono que había sido de su padre. Aunque vivía rodeado de una “corte famélica” y no disponía de medios con los que satisfacer los caprichos de Lucy, en enero de 1655 le concedió una pensión de 400 libras al año que sería fraccionada en cuatro pagos. A cambio, la madre de su hijo debía portarse bien y no dar escándalos.

Naturalmente esto era pretender demasiado. Apenas recibir el primer pago, Lucy se lanzó a una relación con un hombre casado: Thomas Howard, hermano del conde de Suffolk. Mientras tanto descuidaba la educación del niño y no cesaba de dar motivos de escándalo público. 

Los consejeros del rey estaban desesperados: la consideraban un obstáculo insalvable para la restauración de la monarquía. Pero Lucy no quería romper por completo con Carlos, aún en la esperanza de que su empresa se viera coronada por el éxito y a la vista de los grandes beneficios que se derivarían para ella.

Carlos había encargado a uno de sus agentes, llamado Daniel O’Neill, la misión de espiarla. Este le informó de su relación con Howard y del intento de chantaje que sufría por parte de una de sus servidoras. El 8 de febrero de 1656 escribe lo siguiente: 

“…Me hallo doblemente consternado ante la perturbación que pudiera producir a Vuestra Majestad la presencia de esta mujer aquí, pues todas sus locuras sacan a escena vuestro augusto nombre a cada instante, y me avergüenza el haber insistido tan reiteradamente ante Vuestra Majestad creyéndola digna de su atención. Cuando tenga el honor de hallarme en presencia de Vuestra Majestad, me permitiré informaros de cuanto he sabido por boca de una partera de esta ciudad y de una de las criadas de la señora Barlow, a quien ha tenido el desacierto de maltratar de obra pese a que no ignoraba que se hallaba al corriente de casi todos sus secretos”.

Jacobo Estuardo, duque de Monmouth

Seis días más tarde hay un nuevo comunicado:

He conseguido, al menos, librarla del escándalo público. Su criada, a quien por poco asesina clavándole un punzón en el oído mientras dormía, iba a acusarla de haberse provocado dos abortos, y de vivir en forma indigna con el señor de Howard; mas yo he logrado impedir la ejecución de este peligroso proyecto, por medio de amenazas y de un regalo de cien gilders que voy a entregar a la doncella. La partera ha declarado que el último aborto tuvo lugar después de la partida del señor de Howard. El doctor Rusuf la asistió después del aborto y, aunque es lógico que esté enterado de todo, no sería prudente el preguntárselo.

Aunque por el momento he logrado sacarla del mal paso en que se hallaba, no será difícil que vuelva a comprometerse de nuevo en cuando yo haya salido de aquí; solo por consideración a Vuestra Majestad los señores Heenuleit y Nertwick se han abstenido de expulsarla de la ciudad y del país al son del tambor, como a una mujer de indigna conducta. Sería, pues, conveniente, si tiene intención Vuestra Majestad de reconocer al niño, que enviarais órdenes explícitas para que sea entregado a la persona que Vuestra Majestad designe.

Carlos estaba decidido a apoderarse de Monmouth a pesar de la oposición de Lucy, quien se resistía a perder su mejor baza. El rey dispuso las cosas para que madre e hijo se alojaran en casa de Slingsby, otro de sus agentes. Este tenía órdenes de arrebatarle a la criatura con el mayor secreto y discreción. Todo ello seguía siendo bastante incompatible con Lucy, que volvió a protagonizar un escándalo cuando Slingsby trató de hacerla arrestar por impago del alojamiento. Ella salió corriendo a la calle, llorando y gritando aferrada a su hijo, proclamando sus quejas ante todo aquel transeúnte que se detenía con intención de ayudarla. 

El escándalo alcanzó proporciones mucho mayores cuando Slingsby, para defenderse, declaró que actuaba en nombre del rey de Inglaterra. La conmoción fue tan grande que tuvo que intervenir el gobernador de Bruselas, y Carlos se vio obligado a buscarle a Lucy otra casa. Después envió a uno de sus hombres a explicar que no quería tener nada más que ver con la señora, y que cualquiera que se posicionara de su lado le causaría una ofensa a él. 

Lucy, furiosa al enterarse, amenazó con publicar todas las cartas que el rey le había escrito. Llegados a ese punto, O’Neill propuso que Slingsby se apoderara cuanto antes de esas cartas y de cualquier otro documento comprometedor que obrara en su poder, y al mismo tiempo era despachado otro agente a Bruselas para llevarse al niño, lo que motivó otra escena de escándalo público por parte de Lucy. Esta vez todo fue en vano, y finalmente hubo de claudicar cuando se le dijo que Carlos dejaría de reconocer a Monmouth como suyo si se negaba a entregarlo o intentaba recuperarlo.

En diciembre de 1657 el niño era entregado a su abuela, la reina Enriqueta María. Lucy Walters ya estaba enferma entonces. Expulsada de Bruselas, se dirigió a París, donde falleció meses más tarde. En cuanto a la causa de su muerte, el duque de York, futuro Jacobo II, afirma en sus memorias que falleció a consecuencia de una “enfermedad propia de su profesión”. No había llegado a cumplir 30 años.


miércoles, 17 de julio de 2013

Las marginalia y el humor medieval


Marginalia es una voz latina que sirve para designar las notas, glosas o comentarios hechos al margen de un libro. Pero el término no se aplica tan solo al texto, sino también a los dibujos, como en el caso de los manuscritos ilustrados medievales. Los monjes pasaban entonces largas horas sentados ante su escritorio, aplicados a la importante tarea de copiar códices para preservar el conocimiento en sus bibliotecas. Seguramente esto habría terminado por resultarles demasiado aburrido si no fuera porque parecen haber encontrado un modo de combatir el tedio. Ellos nos han dejado en las marginalia curiosas imágenes que han sido objeto de diversas interpretaciones. De lo que no cabe duda es que el humor está presente en muchas de ellas, a veces no exento de crítica o sátira. Aparecen caballeros combatiendo contra caracoles, monos leyendo, frailes y monjas en situaciones delicadas y toda clase de actos irreverentes. Las hay, incluso, que se adentran en lo grosero, lo escabroso o lo sacrílego. 


En cuanto a las notas al margen, en ocasiones plasmaron en ellas sus críticas o su cansancio, y nos legaron alguna que otra travesura.

Estos son algunos ejemplos:

“Pergamino nuevo, tinta mala. No digo más.”

“Ya he terminado de escribirlo todo. Por Dios, necesito beber algo”.

“San Patricio de Armagh, líbrame de la escritura”.


“Con tanto frío no puedo estudiar esto”.

“Que termine ya la tarde.”

“Quiero comer”.

“Tengo mucho frío”.

“Esta es una página difícil y cuesta leerla”.


El mono recibe sus armas y armadura de la dama. La imagen pertenenece a las Horas de Engelberto de Nassau, y fue elaborada en Flandes hacia finales del siglo XV.

“Que la voz del lector honre la pluma del escritor”.

“Esta página no ha sido escrita muy despacio”.

“Gracias a Dios, pronto oscurecerá”.

“¡Ay, mi mano!”

“Mientras escribía me quedé helado, y lo que no pude escribir a la luz del sol, lo terminé a la luz de las velas”.


Marginalia con el más antiguo ejemplo conocido de bruja montada en una escoba. Pertenece a un manuscrito de 1451.

“Como el marinero recibe el puerto al que arriba, así el escriba recibe la última línea”.

“La escritura es excesivamente monótona. Curva la espalda, oscurece la vista, retuerce el estómago y los costados”.

“¡Qué triste, librito! Llegará el día en que alguien dirá al leer tus páginas: “ya no está la mano que las escribió”.

Imagen del salterio Gorleston

La presencia de los gatos en las bibliotecas de los monasterios era habitual, puesto que estos animales se encargaban de ahuyentar a los ratones que de otro modo destruirían los preciosos manuscritos. A veces eran los gatos los que dejaban su huella en ellos. 

En torno a 1420 un amanuense de los Países Bajos encontró que durante la noche un gato había arruinado su manuscrito al orinar sobre él y dejar una mancha sumamente perceptible. Ello lo obligó a dejar en blanco el resto de la página, y dibujó un gato con la siguiente maldición: 

“Aquí no falta nada, pero una noche un gato orinó encima. Maldito sea el condenado gato que se meó en este libro durante la noche en Deventer… Y mucho cuidado con dejar libros abiertos de noche en sitios donde pueden venir los gatos.”

Este es el manuscrito con la maldición. Colonia, Historisches Archiv

Pero a veces la amenaza que suponían los ratones se convertía también en objeto de inspiración, como refleja Hildeberto, un amanuense checo del siglo XII. En la imagen un ratón ha trepado a su mesa y está comiendo el queso. Hildeberto levanta una piedra con intención de arrojarla al ratón y escribe la siguiente maldición: 

“Maldito ratón, siempre me estás enfadando. ¡Que Dios te destruya!”

Hildeberto y el ratón. Praga, Biblioteca Capitular


domingo, 14 de julio de 2013

El paje de la reina María Teresa


Es creencia generalizada que cuando María Teresa llegó a Francia como esposa de Luis XIV, llevó consigo a sus enanas, causando con ello gran escándalo y desagrado en la corte. Nada más lejos de la realidad. Durante ese siglo se encuentra también en Francia un buen número de enanos junto a los reyes: Enrique IV tenía tres. María de Médicis tenía como ujier de su gabinete a un enano, posiblemente uno de los muchos que en su día habían pertenecido a Catalina de Médicis, y fue famoso el de Enriqueta de Francia, un auténtico conquistador. Antes de que llegara María Teresa, también Ana de Austria tenía un enano llamado Baltasar Pinson. 

Tanto los príncipes de la sangre como el resto de los cortesanos y hasta los eclesiásticos seguían esta costumbre. El hermano del rey tenía a la vieja Hébert, a quien llamaban “la loca de Monsieur”. El Gran Condé tenía a su servicio un enano que respondía al nombre de l’Angéli y que empleaba como mozo de cuadras. L’Angéli lo acompañaba en sus campañas militares. El bufón se hizo célebre por sus epigramas, de modo que en 1660 el joven rey, a pesar de que no le gustaban los enanos, quiso conocerlo. Encantado por el ingenio y la malicia con las que le respondía, solicitó de Condé que se lo cediera. 

L’Angéli, que a veces figura equivocadamente en algunas fuentes al servicio de Luis XIII, fue el último en recibir una pensión del rey. Al morir Baltasar Pinson dos años después, en 1662, Luis XIV suprimía el cargo de enano real, existente desde los tiempos de Francisco I. Pero durante su reinado enanos y bufones estuvieron presentes en la corte, e incluso se afirma que él mismo había hecho venir desde Bretaña a un hombre del que se decía que no sobrepasaba los 40 centímetros. 

Maribárbola y Nicolasito Pertusato

Los enanos mantenían la conversación a la mesa y asumían diversas funciones. Los hemos visto como ujieres y mozos de cuadra, e incluso podían ser ayuda de cámara o hacer las veces de intérpretes. Cuando la marquesa de Villars acudió a reunirse con su esposo, el embajador de Francia en España, dejó testimonio en su correspondencia de algunos detalles interesantes: “Tiene el rey un enano flamenco que habla y entiende muy bien el francés. No ayudaba poco a la conversación. Se llamó a una dama de honor con su guardainfante para que viera yo ese artilugio. El rey me preguntó por medio del enano qué me parecía, y yo le contesté que no creía que se hubiera inventado para un cuerpo humano. Presumo que también él era de mi opinión.”

María Teresa llevó una enana entre cierto número de damas a las que tenía especial aprecio, según cuenta Mlle de Montpensier en sus memorias: “La reina había traído también una enana que era una criatura monstruosa. A veces las hay bellas: yo he tenido varias que lo son mucho.”

El duque de Beaufort regaló a María Teresa “como juguete y mascota” un niño africano considerado una rareza por su tamaño diminuto. Tenía unos 10 años y medía 68 centímetros, pero además se estimaba que su estatura nunca rebasaría 90. 

Luisa de Kéroualle

Las memorias de Madame de Montespan, que aunque con toda probabilidad sean apócrifas arrojan mucha luz sobre la época, nos revelan este significativo dato: “Siguiendo la moda impuesta por Su Majestad, todas las damas de la corte querían tener pequeños moritos negros que las acompañaran… Así fue que Mignard, Bourdon y otros pintores de la aristocracia, solían introducir NIÑOS negros en todos sus retratos”. 

Como se aprecia en muchas pinturas, estos niños aparecen en casi todas las cortes europeas, aunque en Francia se extendía ahora la costumbre entre las damas de la aristocracia. Era muy difícil conseguir enanos africanos, pero se buscaban niños que al menos fueran de escasa estatura, para que resultaran más graciosos. Al alcanzar la pubertad, perdían su gracia como pajes-mascota y se los apartaba para emplearlos en otros menesteres. 

El de María Teresa, Nabo, no llevaba mucho tiempo en Francia. Comenzaba apenas a chapurrear algo del idioma, tan mal que provocaba la hilaridad de la reina, y ello pese a que el francés de María Teresa era bastante deficiente.

El pobre Nabo fue objeto de una leyenda negra muy extendida, obviamente originada tiempo después y fuera del entorno de la corte, por parte de personas que no estaban enteradas ni de la edad de Nabo ni de otros particulares que deberían haber sido tomados en cuenta. 

Enriqueta María de Francia

En 1664 María Teresa daba a luz prematuramente a una niña que fallecía al poco tiempo, un parto complicado que casi acaba también con la vida de la madre. El nacimiento no estaba previsto hasta Navidad, pero a comienzos del mes de noviembre había empezado a encontrarse mal y tuvo contracciones prematuras. Los médicos decidieron practicarle una sangría, tras lo cual la reina dio a luz el día 16. Pero algo más salió terriblemente mal: la niña, María Ana, era monstruosa, velluda y de aspecto negruzco. 

El hermano del rey, al verla tan pequeña y con ese aspecto, hizo alarde de un cuestionable sentido del humor al comentar que se parecía a la mascota, según recoge Mlle de Montpensier en sus memorias: 

“Monsieur me dijo que la niña que había dado a luz la reina se parecía a un morito que había traído monsieur de Beaufort, que era muy bonito, el que siempre estaba con la reina, que cuando se comentó que el bebé se le parecía, fue apartado; que la pequeña era horrible y no iba a vivir…” 

Mademoiselle de Blois y Mademoiselle de Nantes, hijas de Luis XIV

Es comprensible que a los padres de la niña no les hiciera gracia que comenzaran las burlas comparando su físico con el del pequeño bufón que llevaba la cola del vestido de la reina y la entretenía con sus saltos y piruetas. A ello se unía la superstición de la época, que hacía creer que el morito podría haber aojado a María Teresa cuando estaba embarazada, siendo responsable del mal parto. Por tanto no resulta sorprendente que les hiciera sentir incómodos y decidieran llegado el momento de apartarlo. Pero el desafortunado comentario de Monsieur fue suficiente para que décadas después se le quisiera dar otra interpretación. Alguien que no había conocido a Nabo y que sin duda imaginó que se trataba de un servidor adulto, comenzó a pergeñar la historia de una relación entre el paje y la reina. 

La historia, como toda leyenda, se fue engrosando. Hay relatos delirantes, como el que cuenta que Nabo falleció repentinamente algunos días después del anuncio del embarazo de María Teresa, con lo cual pretenden significar que fue eliminado para silenciarlo. Esto, evidentemente, es falso: bastaría con ese párrafo de las memorias de Mademoiselle para demostrar que seguía vivo después de nacer la niña. Pero la desfachatez va mucho más allá. Hay una bifurcación, redactada seguramente bajo el influjo de alguna sustancia psicotrópica, que afirma que Nabo no murió, sino que se convirtió en El Hombre de la Máscara de Hierro. No explican de qué podría servirle a alguien de sus peculiares características físicas que le taparan la cara, como no fuera para llamar aún más la atención. Tampoco parece importar que no cuadren las fechas. Da la sensación de que el autor, siguiendo aquella máxima de “nunca dejes que la realidad te estropee una buena historia”, no estuvo interesado en revisarlas. 


La madre de María Teresa había imbuido en la mente de su hija la idea de que solo podría ser reina de Francia o monja. Ella, plenamente convencida, amó mucho a su esposo, en parte porque estaba predispuesta a amarlo desde la infancia. No concebía que una princesa pudiera enamorarse de un hombre cuyo rango fuera inferior. Una anécdota que refleja perfectamente su carácter es la cándida respuesta que dio un día en que le preguntaron si cuando aún estaba en España no se había sentido atraída por algún caballero. 

—¡Claro que no! ¡Pero si allí solo había un rey, y era mi padre! 

La reina mantuvo durante toda su vida la reputación de mujer sumamente virtuosa e ingenua, lo cual sería muy incongruente si realmente hubiera dado a luz a una niña de raza negra que en modo alguno podía ser del rey. Doblemente extraño sería esto si la criatura hubiera sido engendrada por un niño impúber de 68 centímetros de estatura y que, lamentablemente, según la mentalidad de aquel tiempo, apenas tenía consideración humana y se ofrecía como regalo igual que un monito o un gatito. 

La Princesa Palatina, segunda esposa de Monsieur

Puesto que Nabo no había alcanzado la edad que lo convertía en apto para la reproducción, la imposibilidad física es obvia y por sí misma es suficiente para zanjar el tema; pero es que en el caso de que hubiera sido posible, María Teresa no habría sido simplemente una mujer infiel, sino una depravada, una auténtica degenerada. Sería inaudito que no hubiera variado un ápice el concepto en que la tenían los cortesanos que nos legaron sus memorias y su abundante correspondencia. 

Este es un grave escollo con el que toparon quienes trataban de defender la teoría de la hija negra de María Teresa. Viendo que semejante infidelidad por parte de la reina resultaba inverosímil, los mejor intencionados trataron de alegar que había sido violada. Es una lástima que en sus conclusiones no incluyan para nuestro deleite una descripción detallada de cómo una reina de Francia, además siempre rodeada de guardias y servidores, puede ser forzada por un niño de 68 centímetros que de pronto no logra contener su desmedida lujuria. Tampoco explican cómo sería posible que la reina mantuviera al niño a su servicio durante todos esos meses después de algo así, y que siguiera tratándolo de igual modo, mostrándole el mismo afecto y riendo sus gracias. 

Retrato de Elizabeth Risby en Suffolk, Inglaterra. Como se puede apreciar, también allí contaban las damas con enanos y pajes negros entre sus servidores

En vista de que el argumento no resultaba convincente, algunos hicieron una aportación a este vodevil basándose en la psicología de la reina: como ella era tan inocente, el asunto seguramente había tenido lugar jugando, sin que ella fuera consciente de lo que hacía. Claro que para entonces María Teresa ya tenía 25 años y había sido madre dos veces, con lo que no se puede alegar ignorancia. Más que ingenuidad, hubiera sido un espeluznante grado de oligofrenia que la reina, desde luego, no tenía. 

Sabemos que Luis apenas se separa de su esposa durante los días en los que ella entra en agonía. Era la época de la relación del rey con Luisa de La Vallière, y María Teresa aprovecha para arrancarle la promesa de que olvidará a la favorita, a la que pide que case con algún caballero. El rey le promete todo lo que desea oír en ese momento; cualquier cosa con tal de aliviar su sufrimiento y darle un poco de sosiego. Hubiera sido ciertamente curioso por parte de Luis mostrarse tan cariñoso y solícito a la vista de una niña que no podía ser suya, y que encontrara más que razonable la petición de la esposa en tales circunstancias. ¡Pero lo verdaderamente insólito hubiera sido que la reina eligiera justo el momento en que da a luz a una hija cuyo físico proclamaba ante el mundo su ilegitimidad para pedirle al esposo que deje de serle infiel! No, hombre, no; hay que escribir guiones más sólidos. 

Condesa de Dysart

El nacimiento, al igual que el de los restantes hijos de la reina, fue público. Pero no saltó el escándalo entre los cortesanos; al menos no de esa clase. El asombro y desconcierto que produjo la niña era, simplemente, del tipo que puede producir un ser que nace con tres piernas. La corte se espantó porque la desdichada criatura era monstruosa. 

Solo cabe concluir que no resulta verosímil que María Teresa diera a luz a una niña de raza negra. Los cortesanos no mencionan exactamente eso. La Princesa Palatina, segunda esposa de Monsieur, dice que la hija de María Teresa era horrorosa, pero no negra. La Princesa de Conti, hija bastarda del rey, sostenía que la coloración de la niña se debía a las dificultades del parto. Al nacer le faltaría oxígeno, produciéndole convulsiones que le habrían dado ese color negro-violáceo momentáneo. Una de las teorías actuales más consistentes acerca de la pigmentación oscura en su piel es que esta había sido causada por una cianosis. 

Juana de Austria, Princesa de Portugal
Sea cual fuera la causa, la sobradamente probada virtud de María Teresa la protegió contra las maledicencias, aunque no logró impedir que años después surgiera la leyenda, y que se quisiera convertir a esa niña, que en realidad murió el 26 de diciembre de 1664, en la Monja Negra de Moret. Pero eso es otra historia que ya contamos en su momento en otro lugar.















Pedro el Grande

martes, 9 de julio de 2013

El robo del salero de Cellini

Kunsthistorisches Museum, Viena

En 1543 Cellini hacía el famoso salero para el rey Francisco I de Francia, en cuya corte se hallaba refugiado. Décadas más tarde Carlos IX regalaba el precioso objeto al archiduque Fernando cuando este le representó en su boda por poderes con la hija del emperador, y de ese modo la obra de arte iba a terminar en el Kunsthistorisches Museum de Viena. 

El domingo 11 de mayo de 2003, para estupefacción de todo el mundo, el salero desaparecía del museo. Hacia las cuatro de la madrugada la alarma había sonado en el piso superior, pero el vigilante, al comprobar que ningún otro sensor se había disparado, se limitó a desconectarla tomándola por uno de los frecuentes falsos avisos. Si el guardia hubiera seguido el procedimiento normal, habría encendido las luces en el interior del edificio para que las cámaras grabaran lo que estaba ocurriendo, pero su despreocupación favoreció el éxito del ladrón. 

Cuatro o cinco horas más tarde, durante la ronda rutinaria, se descubre que hay una ventana rota y que la vitrina de grueso vidrio que contiene el salero no solo se ha quebrado, sino que también está dramáticamente vacía.

El salero, llamado la Mona Lisa de las esculturas, estaba valorado en 65 millones de dólares, por lo que se trataba del mayor robo de la historia de Austria. Era un escándalo. Parlamento, prensa y ciudadanos, todos andaba de cabeza con la noticia; nadie hablaba de otra cosa, y la policía se veía obligada a trabajar bajo una tremenda presión. Dada la importancia del caso, se hizo un despliegue de medios sin precedentes y llegó a haber 115 agentes trabajando a las órdenes de Ernst Geiger. 


La policía descubrió que el ladrón había aprovechado que la fachada posterior estaba en obras para escalar un andamio y entrar por una ventana. Lamentablemente el camino desde la ventana al salero no contaba con ningún sensor de movimiento que pudiera delatar su presencia.

Los primeros sospechosos fueron los trabajadores del museo, pero pronto fueron descartados. No había ninguna pista, y las investigaciones no avanzaron hasta que al cabo de tres meses la compañía aseguradora del salero recibió una nota exigiendo un rescate de cinco millones de euros. El ladrón amenazaba con fundir la pieza si se avisaba a la policía, y como prueba de que tenía la obra de arte en su poder, adjuntaba unas raspaduras de esmalte azul oscuro que mediante técnicas como la microespectografía pudo comprobarse que pertenecían al salero. Si la compañía aceptaba el precio, debía poner un anuncio en el periódico con el siguiente texto:

“Recibido tu mensaje pero tengo pequeños problemas con tu pedido. Sara, por favor, vuelve”.

Mientras tanto el museo, que ofrecía una recompensa de 75.000 dólares a quien encontrara la pieza, había contratado por su cuenta a un investigador privado de Londres, experto en la recuperación de cuadros robados. Se trataba de Charles Hill, antiguo miembro del escuadrón Arts and Antiques de Scotland Yard y célebre por haber logrado recuperar El grito de Munch en 1996. Hill estudió la nota enviada a la aseguradora y lo primero de lo que se percató fue de que estaba escrita en un inglés macarrónico, por lo que el asunto le recordó a otro caso protagonizado por una banda criminal conocida como los Bandidos de los Balcanes. La complicada estructura de esta banda, la mayor de Europa en robos de este tipo, se compone de grupos de serbios, croatas, albano-kosovares, macedonios y montenegrinos. Hill viajó a Serbia y Croacia e hizo uso de sus contactos en los bajos fondos, pero no consiguió ningún avance.

Charles Hill

Al mismo tiempo que el museo contrataba los servicios del detective, la empresa aseguradora había recurrido a la policía a pesar de la advertencia contenida en aquella nota. Se decidió que lo mejor era seguirle la corriente al ladrón y poner el anuncio tal como les indicaba, pero algo salió mal: días después la noticia se filtraba a la prensa, por lo que el autor del robo se espantó e interrumpió toda comunicación . Nuevamente se perdía rastro.

Dos años después hacía un nuevo intento por rentabilizar su rapiña y enviaba una segunda nota a la compañía de seguros en octubre de 2005. Pero esta vez ya no pedía 5 millones de euros, sino diez, y previa inserción de un anuncio por palabras con el número de un teléfono móvil al que enviar instrucciones por SMS. Como prueba adjuntaba una foto del salero junto a un ejemplar del diario La República con fecha reciente, y firmaba con una curiosa palabra escrita en español: “Cerveza”.

Esta vez pudieron llevarse a cabo las instrucciones, y entonces el ladrón reveló dónde encontrar un trozo del salero. La policía acudió al lugar indicado y pudo rescatar el tridente desmontable, oculto en una calle tras una caja de fusibles.

El 7 de noviembre, a las 10 de la mañana, debía procederse a la entrega del rescate. Para ello un hombre acudiría en bicicleta, con ropas llamativas para ser fácilmente avistado y el dinero dentro de una mochila. Se siguieron al pie de la letra las instrucciones, pero el hombre de la bicicleta, en lugar de ser de la aseguradora era en realidad un agente de policía. No fue una trampa demasiado astuta, de modo que el ladrón receló y durante más de cinco horas iba enviando al ciclista mensajes le tuvieron circulando por las calles de Viena y deteniéndose de vez en cuando en algún punto. Al cabo de ese tiempo comprobó que la policía le seguía, de modo que no llegó a recoger el paquete. Irritado por la maniobra, al día siguiente les envió un SMS en el que denunciaba el incumplimiento. Fue una imprudencia de la que habría de arrepentirse.

Robert Mang

Durante todo ese tiempo había enviado los mensajes desde diferentes teléfonos para evitar ser localizado. Usaba cada uno solo una vez, y todos los había comprado meses antes de utilizarlos, pero en esta ocasión, agotados todos, el mensaje procedía de uno que había adquirido el día anterior para enviar su protesta. Cuando iba a realizar la compra, había mirado a su alrededor para asegurarse de que no había cámaras, pero no advirtió una pequeña y oculta con la que la tienda grababa todas las compras. Ahora solo había que cuadrar la hora de la venta con la que señalaba la cinta de video.

La policía se encontró con un hombre atractivo de mediana edad con una abundante mata de cabello negro y una amplia sonrisa que descubría una dentadura de anuncio de dentífrico. Se difundieron las imágenes de su rostro y  se solicitó la colaboración ciudadana. Naturalmente todos sus amigos le reconocieron.

El primero en llamar fue precisamente él. Decía haberse reconocido en las imágenes, pero negaba cualquier vinculación con el robo y se mostraba preocupado por la confusión, de modo que rogaba que no difundieran más su imagen. Dio el nombre de Robert Mang. Era un hombre divorciado que vivía solo. No tenía antecedentes ni problemas económicos; no había en él nada sospechoso excepto dos detalles: en su juventud había coleccionado esculturas, por las que sentía gran inclinación, y además era un ingeniero que tenía un negocio dedicado precisamente a la instalación de alarmas. Eso lo convertía en idóneo para detectar fallos de seguridad en el museo.

Mang vivía a algo más de una hora al norte de Viena. Cuando la policía lo visitó en su casa, él, nervioso, insistía en que, a pesar de que la grabación lo acusaba, no tenía nada que ver con el robo. Ponía tanta convicción que estuvo a punto de persuadir a los agentes de que se habían equivocado de hombre. Pero al registrar la casa hallaron una evidencia que era imposible refutar: había diversas notas con detalles acerca de las operaciones para la entrega del rescate. 


Fue suficiente para que fuera arrestado, y poco después hacía una confesión. El salero de Cellini había estado guardado en una maleta bajo su cama, hasta que unos días antes de ser detenido lo había metido en una caja que ocultó en un bosque cercano. El propio Mang colaboró con la policía y los ayudó a desenterrar la caja. Había marcado cuatro árboles para poder encontrar el punto exacto después. Los agentes cavaron durante una hora bajo la nieve de enero, hasta que finalmente dieron con lo que buscaban. El salero estaba en el interior, cubierto por un envoltorio impermeable de tela y plástico. No había recibido apenas daño. Mang incluso se fotografió con los agentes en el momento del descubrimiento, y en la imagen lucía una enorme y desconcertante sonrisa.

Durante el juicio hizo la más extraña de las declaraciones. El señor Mang era, al parecer, un Don Juan empedernido que había llegado al museo siguiendo a una turista que había llamado su atención. Allí, sin más, de pronto reparó en lo fácil que sería robar el precioso salero, y una semana después, tras haberse tomado unas copas, decidió emprender la aventura. Al principio solo buscaba la emoción, pero cuando leyó en los periódicos cuál era el valor del salero, no pudo resistir la tentación de sacarle provecho a su hazaña.

Robert Mang fue hallado culpable del robo y condenado a cuatro años de prisión. Su aventura no le había salido tan mal: súbitamente adquiría una extraordinaria notoriedad y se convertía en un icono sexual para las austriacas. En prisión recibía cartas de amor y mensajes de tono sumamente subido que, en ocasiones, incluían ropa interior de la remitente, las llaves de la casa o una petición de cita para cuando saliera en libertad.

Eso sucedió pronto: debido a su buen comportamiento, al cabo de solo dos años y nueve meses abandonó la prisión. Desde entonces ha optado por mantenerse en el más absoluto anonimato y ha rechazado cuantas entrevistas le han propuesto. Al menos hasta ahora.


Fuentes:
Por un salero – Rafael Bladé – Revista Historia y vida, junio 2009
Strange case of the £35m saltcellar – Luke Harding, The Guardian, lunes 23 de enero 2006
For Stolen Saltcellar, a Cellphone Is Golden – Richard Bernstein

domingo, 7 de julio de 2013

Las mascotas en la Historia


Los personajes que pueblan la historia no siempre mostraron inclinaciones comunes a la hora de elegir a sus mascotas. En ocasiones depositaron su afecto en animales que no encajan con el concepto de animal de compañía. Tal es el caso de Ramsés II, que tenía un león cuyo nombre ha sido traducido a veces como “El que repele al enemigo”, o, simplemente, “Invencible”. El león era para él un inestimable ayudante en las batallas. Cuentan que lo tuvo a su lado durante la famosa batalla de Kadesh contra los hititas. En los relieves que describen el combate, su león aparece junto a él cargando contra el enemigo.

En realidad Kadesh no fue la primera batalla en la que los egipcios se sirvieron de estos animales. Se dice que a menudo llevaban leones hambrientos metidos en jaulas, y los soltaban con la intención de provocar el caos en las filas enemigas. En las tumbas egipcias han aparecido leones momificados, lo que parece sugerir que no era un caso único tener uno por mascota.

Las otras mascotas del faraón eran más comunes: era amante de los gatos, y parece que los importaba en grandes cantidades. Estos animales, junto con perros y monos, eran los favoritos del pueblo egipcio, que llegaban a ser momificados a su muerte y enterrados con sus amos.

Aunque el elefante, por su tamaño, no parece el más indicado como mascota, a lo largo de la historia hubo algunos que tuvieron esta consideración. Abul-Abbas era un elefante asiático que el Emperador Carlomagno recibió como regalo de parte del califa de Baghdad, Harun al-Rashid, en el año 798. Parece ser que se trataba de un elefante albino. Era en Aquisgrán (Aachen) donde Carlomagno lo mantenía. Lo había alojado en la corte como huésped de honor, lo lavaba personalmente y hablaba con él. Además, fue exhibido en varias ocasiones ante la corte. Finalmente fue conducido a Augsburgo, donde pasó a residir. Se sabe que falleció en el 810, estando Abul en los cuarenta años. Su muerte pudo deberse a una pulmonía tras haber nadado en el río, pero según otra versión, un día el pobre elefante cogió una indigestión que lo llevó a la tumba. Carlomagno lloró mucho su pérdida y decretó un día de luto nacional.

Luis XIV también tenía como mascota un elefante africano que le regaló el rey de Portugal en 1668. Vivió en el zoo del palacio de Versalles hasta su muerte en 1681. El esqueleto se conserva en la galería de anatomía del museo del Jardin des Plantes, y hace menos de dos meses un joven irrumpió en el museo y le arrancó un colmillo valiéndose de una motosierra. Los vecinos, alertados por el ruido, avisaron a la policía. Como además habían sonado las alarmas, el ladrón de marfil, con el tobillo fracturado, fue fácilmente detenido minutos más tarde, cuando aún cargaba el colmillo al hombro. 

Luis XI era un gran amante de los animales, bien fueran perros, aves o mascotas exóticas. Adoraba a los galgos, pero sin duda su animal favorito era una leona. La única vez que lo vieron llorar fue cuando murió su mascota.

Lorenzo de Médicis tenía una jirafa, seguramente regalo del sultán de Egipto. El animal causó sensación a su llegada a Florencia. En un principio Lorenzo había decidido enviar a la jirafa a Ana de Francia, pero ya nunca pudo ser. Alojada magníficamente en unos establos especialmente construidos para ella en la villa familiar, y al abrigo de los húmedos inviernos florentinos, lamentablemente la jirafa moría poco después de su llegada: se fracturó el cuello al chocar contra las vigas de los establos.

A Catalina de Aragón le gustaban los monos, y tenía uno que le habían traído de las colonias españolas en América. La afición fue compartida por Eduardo VI y la reina Isabel. Sin embargo, los monos no solo estaban de moda por razones afectivas, sino también porque se empleaban para adiestrar perros de cara a las peleas con osos, un espectáculo que apasionaba a los Tudor. Isabel I tenía, además, una civeta.


Tycho Brahe, astrónomo del siglo XVI, tenía un alce al que dejaba en libertad durante las fiestas y del que dicen que consumía más alcohol que los humanos. Una noche el pobre animal bebió demasiada cerveza durante la cena, se cayó por las escaleras y murió.

Iván el terrible tenía dos o más osos en su Castillo, deliberadamente mal alimentados. A veces les arrojaba prisioneros para que los devoraran, o los soltaba contra inocentes transeúntes solo por divertirse. 

Otros personajes también tuvieron osos: el presidente Thomas Jefferson tenía dos oseznos, y el rey Ptolomeo II de Egipto amaba a un “oso blanco” que tenía en su colección particular, y siempre lo ponía al frente de todos los desfiles. Los expertos opinan que no se trataba de un oso polar, sino de un oso pardo sirio, que a menudo tiene un color muy claro y vivía en Egipto y en los países circundantes en la antigüedad.

Mozart tuvo durante tres años un estornino que había comprado en una pajarería. Lo quería muchísimo, y admiraba su habilidad para imitar nuevos sonidos, incluidas las propias melodías del genial músico. Cuando el estornino murió, Mozart lo lamentó como si hubiera perdido a un miembro de su familia, le organizó un funeral y compuso un epitafio para el pájaro.


En el siglo XVIII los loros se popularizaron como mascotas, de lo que dan testimonio numerosas pinturas. A la gente le divertía la capacidad del loro para memorizar conversaciones y repetirlas después, en momentos no siempre oportunos y que producían situaciones jocosas.

A la emperatriz Josefina le gustaban las mascotas exóticas. Su favorita era un orangután al que le permitía sentarse con ella a la mesa (el plato favorito del orangután eran los nabos). Vestía al animal con una camisa de algodón blanco, y estaba amaestrado para mostrar buenos modales ante los invitados. En la Malmaison, la emperatriz Josefina vivía rodeada de canguros, avestruces, cebras, antílopes, gacelas y cisnes negros, importados de Australia para que nadaran en su lago. Enviaba a un explorador, Nicolas Baudin, en busca de plantas y animales raros por todo el mundo, sin olvidar su Martinica natal, para que adornaran los que pretendía que fueran los jardines más hermosos de Europa. Además Josefina amaba a los perros, y utilizaba a uno de ellos, llamado Fortuna, para enviar mensajes secretos a su familia mientras estuvo prisionera en Les Carnes. Cuentan que Napoleón tuvo que aceptar que el perro se acostara en su cama, porque Josefina le dijo que si Fortuna no podía dormir allí, tampoco lo haría ella.

El marqués de Lafayette tenía un caimán que le regalaron durante un viaje por Estados Unidos en 1825. Cuando visitó la Casa Blanca, el marqués llevaba su mascota consigo y lo alojó en una bañera. Este caimán no fue el único que residió en la Casa Blanca: el segundo de los hijos del presidente Hoover tenía dos, y vagaban libres por los terrenos de la residencia.