viernes, 28 de junio de 2013

Las Vestales Romanas


Vesta, hija de Saturno y de Ops, era la diosa del hogar, venerada en Roma desde la antigüedad más remota y versión romana de la griega Hestia. Al principio se le rendía culto con carácter privado, dentro de la casa. Por ejemplo, cada comida comenzaba y terminaba con una ofrenda a Vesta consistente normalmente en el primero y el último sorbo de vino; pero con el tiempo fue adorada a nivel estatal, una transformación que se atribuye a Numa Pompilio.

A pesar de haber sido cortejada por Apolo y Neptuno, Vesta era célebre por su castidad. Príapo trató de violarla una noche mientras dormía, pero el rebuzno del asno de Sileno la despertó en esos momentos, y pudo así preservar su virginidad. A partir de entonces el animal permaneció asociado a la diosa. El asno aludía al trabajo en el molino, y por tanto al pan, símbolo hogareño. 

Vesta era representada en forma de hermosa mujer que porta una antorcha en una mano y un cuenco votivo en la otra. Lleva un velo, y a veces una diadema. También puede sostener el Paladio, una primitiva estatua de Atenea (Minerva) que Eneas había traído de Troya y se conservaba en el santuario. A veces aparece en compañía de otros dioses, principalmente los Lares protectores del hogar, que empezaron a representarse en el siglo II a. C.


Sus sacerdotisas eran las vírgenes vestales, encargadas de mantener encendido el fuego sagrado en el foro, símbolo de la seguridad y la prosperidad de Roma. Horacio decía que mientras subiera al Capitolio el Pontifex Maximus acompañado de “la Vestal silenciosa”, Roma mantendría su gloria, de modo que cada primero de marzo, con el comienzo del año, se renovaba la ceremonia hasta que el emperador Teodosio clausuró el templo a finales del siglo IV. 

Las vestales llevaban a cabo los rituales relacionados con la diosa y cocían el sagrado pastel de harina, miel y sal (mola salsa), que no era comestible, sino que formaba parte de las ceremonias. Curiosamente, a pesar de representar la virginidad y la castidad, las vestales participaban también en ritos agrícolas y de fertilidad. Ponían espigas de almidonero en los cestos de los campesinos encargados de la recolección, y ellas mismas las trituraban y molían para elaborar la mola salsa. Con esa misma harina se uncía a los animales destinados a ser sacrificados a los dioses. Otra de sus tareas era la purificación de la tierra del templo, que regaban con agua extraída de la fuente de la ninfa Egeria. El agua se transportaba en una vasija llamada futile, cuya forma de boca ancha y base puntiaguda impedía que se depositase en el suelo. Además las vestales custodiaban las reliquias y documentos privados cuyo secreto era importante preservar, como era el caso de testamentos o cartas. Entre las reliquias a custodiar estaba la estatua de Minerva, de cuya integridad se suponía que dependía la continuidad del Imperio; el alfiler de la madre de los dioses, el velo de Iliona, las cenizas de Orestes o el cetro de Príamo.


Desde el siglo VI a. C. hasta finales del siglo IV, las sacerdotisas de Vesta vivían juntas en la Casa de las Vírgenes Vestales (Atrium Vestae), situada detrás del templo de Vesta, entre la colina Palatina y la residencia de los reyes de Roma. 

La más importante de las vestales era la mayor de todas ellas, llamada Virgo Vestalis Maxima. Se cree que en un principio la esposa y las hijas del rey se ocupaban del culto a la diosa, hasta que Roma se convirtió en una república. Durante la época del Imperio, la diosa Vesta adquirió una gran importancia como diosa nacional. Augusto le erigió un templo e incluía a las vestales en las ceremonias más importantes, y Calígula acuñó monedas con la efigie de la diosa mientras hacía entrar a sus propias hermanas a su servicio. Vesta del Palatino también aparecerá en las monedas de Trajano. En Hispania, sin embargo, su culto tuvo escasa difusión.

Las vestales eran las únicas sacerdotisas de la religión romana. Según la leyenda, fue Eneas quien designó personalmente a las primeras. Su número osciló: en un principio fueron dos, según Plutarco; luego cuatro en tiempos de Servio Tulio y finalmente seis, si bien parece que hubo un tiempo en el que podrían haber llegado a siete. El Pontifex Maximus las elegía entre las veinte niñas más perfectas de Roma. No podían ser sordas o tartamudas; debían estar libres de defectos físicos y mentales, ser hijas de familias patricias y de una edad comprendida entre los seis y los diez años. Posteriormente se amplió la posibilidad de elección hacia niñas cuyo padre ejerciera una profesión honrada. No se tenía en cuenta la opinión de la familia a la hora de elegir una vestal, y la ceremonia podía llevarse a cabo incluso con la oposición paterna, aunque muchas veces los personajes importantes procuraban utilizar su influencia para que sus hijas no fueran elegidas. En otras ocasiones, por el contrario, lo consideraban un gran honor.


La elección se producía cuando había una vacante. El Pontifex Maximus pronunciaba las palabras “Te tomo a ti, amada, para que seas una sacerdotisa de Vesta, a fin de celebrar los ritos sagrados que la regla prescribe a las vestales en nombre del pueblo romano y los Quirites, como candidata elegida según la más pura de las leyes”. Entonces la niña era conducida de la mano hasta la que sería su residencia en adelante.

Pero cuando una vestal moría, el proceso de selección no era igual. No tenían que ser niñas, ni siquiera vírgenes. Podían ser viudas jóvenes, o incluso divorciadas, aunque no era esta una circunstancia considerada ideal, y solía considerarse que traía mala suerte. Las candidatas se presentaban en el alojamiento de la Vestal Maxima para selección de las más virtuosas.

Una vestal servía a la diosa durante un periodo de treinta años, de los cuales los diez primeros eran de noviciado, los diez siguientes eran propiamente una virgen vestal y durante los últimos años tutelaba a las más jóvenes. Al cabo de ese tiempo eran liberadas de su voto de castidad, recibían dote y se les permitía casarse. El Pontifex Maximus se encargaba de encontrarles esposo entre los nobles romanos, y para el hombre era un honor extraordinario casarse con una antigua vestal, un acontecimiento que, además, se consideraba que traía buena suerte. Pero no era esta una opción, sin embargo, preferida por la mayoría de ellas, que optaban, en cambio por seguir disfrutando de sus lujos y comodidades como hasta entonces. 

Vestales decidiendo la suerte de un gladiador

Las vestales eran muy influyentes dentro de la sociedad romana, y disfrutaban de privilegios que no tenían las demás mujeres. No estaban sujetas a la patria potestad; podían ser propietarias, disponer de sus bienes y redactar testamento; participaban en sacrificios rituales, caminaban escoltadas por lictores y los magistrados les cedían el paso; se las invitaba a banquetes y tenían asientos especiales en primera fila para ver los juegos. Además su veredicto era decisivo a la hora de resolver acerca de la salvación o condena de los gladiadores caídos. Se las respetaba y reverenciaba de tal modo que bastaba que un condenado se encontrara con una de ellas de camino a su ejecución para que le fuera perdonado su crimen. Se les atribuían, incluso, poderes mágicos. Plinio el Viejo, en su Historia Natural, nos habla de ello al tratar el tema de la magia:

“En la actualidad es comúnmente aceptado que nuestras vírgenes vestales tienen el poder de detener la huida de un esclavo con solo pronunciar cierta oración”.

Pero si una de ellas infringía sus votos, el castigo era durísimo. En tiempos de Numa Pompilio la vestal era condenada a la pena de lapidación. Más adelante, con Tarquinio, el suplicio fue mucho más cruel: después de despojarla de sus símbolos y vestiduras, la maniataban y la cubrían con un sudario para colocarla en una litera y llevarla en procesión por el Foro simulando una ceremonia fúnebre. Al llegar al Campus Sceleratus, el Pontifex Maximus pronunciaba una plegaria. Entonces se abría una lápida, se hacía a la vestal descender por una escalera y, una vez en el interior, la cripta se sellaba y se cubría de tierra, quedando así la mujer enterrada viva. Para que su muerte fuera más lenta, le dejaban agua y comida, además de una lámpara y un lecho. Se suponía que, de ese modo, Vesta podría rescatar a la vestal en el caso de que fuera inocente. Afortunadamente estas ejecuciones eran infrecuentes: solo hubo 22 casos en más de mil años.


El templo era de forma circular, como las antiguas cabañas del Lacio; y blanco, igual que sus túnicas de fino lino, símbolo de la pureza y la virginidad. La vestimenta completa consistía en una tunica interior o subucula, en contacto con la piel y que cubría hasta las rodillas. Sobre la túnica las vestales vestían una stola, prenda plisada y larga hasta los pies. Adornaba sus ropas un borde púrpura, y un cordón, strophium, sujetaba el busto por fuera del vestido. Cuando salían, llevaban una especie de manto o chal llamado palla. El cabello, recogido en seis trenzas alrededor de la cabeza, era adornado con una cinta llamada vitta, uno de sus distintivos, y de la que eran despojadas cuando incumplían sus votos.

Entre los días 7 y 15 de junio se celebraban las fiestas llamadas Vestalias, y en ese día se coronaba a un asno con flores y se le eximía del trabajo. Las madres romanas tenían acceso al templo durante esas fechas. Las matronas seguían, descalzas, a las vestales, cantando alabanzas a la diosa.


miércoles, 26 de junio de 2013

M.A.R. Editor publicará mi primer relato de ficción


M.A.R. Editor publicará mi primer relato de ficción, uno de los que integrarán la antología que, según lo previsto, estará en las librerías en septiembre.

Hace unos meses el escritor, periodista y editor Miguel Ángel de Rus —uno de los primeros seguidores tanto de este tablero como de mi otro blog— lanzó un reto dirigido a mujeres escritoras de todo el ámbito de habla hispana. La convocatoria invitaba a enviar un relato de ficción sobre un personaje real femenino que hubiera vivido entre 1800 y 1940. Los elegidos se incluirían en una antología que sería publicada próximamente, una obra sobre mujeres y escrita exclusivamente por mujeres. Decidí participar con un relato sobre George Sand y tuve la fortuna de resultar seleccionada. 

En principio está previsto que la antología se publique en España en septiembre y sea presentada posteriormente también en América. El libro está ya maquetado y hemos elegido el diseño de las cubiertas, aunque aún no lo mostraré ni daré más detalles de los que la propia editorial ha hecho públicos en su convocatoria. Soy curiosa, pero no indiscreta. Más adelante, a medida que se acerque la fecha, les iré informando mejor.

Aprovecho la ocasión para comunicarles que durante julio y agosto reduciré mi presencia por aquí a uno o dos días por semana.

Muchas gracias a todos los que nos siguen acompañando. Gracias por su aliento y su entusiasmo. Nada tendría sentido sin ustedes.


lunes, 24 de junio de 2013

Las mujeres en la Corte de los Austrias

Las Meninas - Velázquez

Las Casas Reales eran las encargadas del cumplimiento del ceremonial y de la etiqueta, así como de mantener el boato y la magnificencia de las que se rodeaban los Austrias, símbolo del poder monárquico. En tiempos de Felipe II, la Casa de la Reina se separó de la del Rey. Apenas diferían en estructura y funciones, pero la de la Reina carecía de guardias reales y acemilería, y los actos religiosos eran compartidos con los empleados del rey.

Las damas, cuyo número osciló entre 30 y 150 dependiendo del reinado y del momento, cobraban por el puesto que ocupaban, que era susceptible de ascensos. Por tanto, existía una jerarquía, siendo el cargo más importante el de Camarera Mayor, seguido del de Dueñas de Honor. Después iban las damas, azafatas y las criadas de cámara y mozas de retrete; lavanderas, guardadamas mayores y menores, etc. Por último estaban las enanas.

La camarera debía dormir en el cuarto contiguo al de la reina. Generalmente era viuda, muy ducha en protocolo y, desde luego, de noble cuna. Su atención a la reina era constante, la asistía durante el aseo y la acompañaba en sus salidas. Además, velaba para que el comportamiento de las damas se ajustara al decoro. En cuanto a las Dueñas de Honor, eran viudas pobres de buen linaje, cuya principal misión consistía en acompañar a las solteras y responsabilizarse de ellas.

Margarita de Austria, reina de Felipe III

Mención aparte merecen las nodrizas, que gozaban de especial protección durante el tiempo que duraban sus servicios. Una agresión sexual a una nodriza podía ser constitutiva de delito de traición, por la posibilidad de que afectara a su labor. Es de destacar que en tiempos de Carlos II se empleó a 31, junto con otras 62 suplentes por si eran necesarias. 

Terminado el plazo para el que se las había empleado, la nodriza recibía una pensión, o bien empleos para sus esposos e hijos. A veces, incluso, permanecía en la corte y ejercía mucha influencia, como doña Ana de Guevara, nodriza de Felipe IV, quien tuvo un papel relevante en las conspiraciones contra Olivares.

Aparte de la nodriza, el aya de los infantes cuidaba de la crianza y alimentación de los hijos del rey. Los acompañaba, se ocupaba de que sus aposentos estuvieran en perfecto estado y de que se les sirviera con todos los honores. Además, dormía en su misma cámara.

Doña Margarita de Austria, madre de Felipe IV, aparte las cuatro Damas titulares de cargos, solía tener a su servicio otras cuatro más. Pero el personal femenino iba a multiplicarse tanto que al bautizo de Carlos II asisten ya 5 meninas, que son las futuras damas, menores de quince años; 18 damas; la Guarda mayor del Palacio de la Reina, 5 señoras de honor, el Aya del Príncipe y la Camarera de la Infanta. Se calcula que la reina doña Mariana tenía más de 300 mujeres a su servicio.

Se llegaba a alcanzar uno de esos codiciados puestos entre las damas de la reina como recompensa hacia algún miembro de la familia cuyos servicios merecían ser distinguido con algún honor, o bien por mera tradición familiar. A pesar de la escasa libertad de la que gozaban, tenían permiso para visitar a sus parientes. A veces llegaban a palacio siendo aún unas niñas, y era una buena oportunidad para aprender los usos cortesanos y hacer una buena boda, con un matrimonio que debía ser autorizado por la reina. 

Mariana de Austria, reina de Felipe IV

Durante el siglo XVII las damas de palacio residían en los pisos altos, disponiendo cada una de habitaciones particulares para sí mismas y para las dos sirvientas que permite la etiqueta, además de las suplementarias que procediera tener. 

El Alcázar, suntuosísimo, está lleno de lujo y elegancia, un lugar que las damas de la reina animan con su juventud, belleza y alegría. “No han de vivir confinadas en harén, como sus predecesoras musulmanas, ni siquiera en clausura de gineceo, sino que circulan, aunque jamás solas, por cámaras y salones, corredores, patios y jardines; decoran las fiestas de la corte, las procesiones y otros desfiles, salen en público acompañando a los reyes; tienen, pues, innumerables oportunidades de ver y de ser vistas. No es extraño que procuren atraer hacia su gentileza natural o sus adquiridas pero bien compuestas galas, la atención masculina… Corresponden, lógica y cortésmente, los varones con miradas, sonrisas, piropos, pláticas y valiosos obsequios”.

Había pocos solteros jóvenes, porque la mayoría o bien se encontraban sirviendo lejos de la corte o su juventud no les había dado aún rango suficiente para ser allí recibidos. La mayoría de las parejas que “se anudan, divorcian, entrecruzan o intercambian” suelen ser entre un hombre casado y una mujer soltera. Esto es moderadamente tolerado, aunque cuando la dama se case ya no gozará de tal permisividad y habrá de guardar la mayor circunspección, porque “el hombre reputa baldón imborrable consentir que llegue a ser depositaria de su honor y madre de sus hijos doncella o viuda con mácula de liviandad presunta, cuanto más notoria y divulgada en la corte”.

Ana de Austria, reina de Felipe II

Existe separación de sexos en estrados, carrozas, templos, teatros, plazas de toros y demás lugares de reunión. En los desfiles, procesiones y demás ceremonias llevan los lados de cada dama dos gentileshombres, y la cola un mayordomo. No se puede mantener conversaciones particulares mientras se danza, porque la conversación no se considera adecuada a los movimientos majestuosos de la danza ni al rígido protocolo o “la indefectible e indiscreta proximidad de ojos y oídos, benévolos u hostiles, pero invariablemente curiosos, avizores, expertos y agudísimos. El único diálogo sutil permitido se mantiene a distancia, con el lenguaje pueril de los dedos, y el hábito imprime a este habla por señas ritmo vertiginoso, que solo, muy atentos, pueden seguir los iniciados”.

La religiosidad de Margarita de Austria llegaba al extremo de incitar obsesivamente a sus damas para que entraran en un convento. Llevaba su misticismo a tal grado que cuando estaba en la capilla tenía visiones y creía oír voces. Sobre estas premisas, el rigor debía de ser asfixiante para cualquiera de sus damas, y marcaría la pauta de lo que habría de ser la vida en la corte a lo largo de ese siglo. Ciertamente la disciplina se burlaba de continuo, pero los amores clandestinos se enfrentaban a las posibles denuncias, y las consecuencias podían ser muy graves. Ello no consiguió impedir que durante la regencia de Mariana de Austria los galanteos estuvieran tan a la orden del día que fue imposible acabar con ellos. Los galanes eran demasiado osados, y su alcurnia los protegía. El Mayordomo Mayor, desesperado y escandalizado por tanta inmoralidad, en 1666 insta a la reina a hacer algo al respecto. Era aún la época del donjuanismo. Hacía unas décadas que Tirso de Molina había recogido en su Burlador de Sevilla el mito de Don Juan. 


Bibliografía:
Vida y reinado de Carlos II – Duque de Maura
Mariana de Austria en la encrucijada política del siglo XVII – Laura Oliván Santaliestra
elartedelahistoria.wordpress.com/2008/01/04/las-nodrizas-en-la-corte-de-los-austrias/
mujeresdelacorte.blogspot.com.es/2009/03/damas-de-la-corte.html


viernes, 21 de junio de 2013

Los vehículos en la antigua Roma


Roma era una ciudad bulliciosa que, como toda gran urbe, sorportaba un gran flujo de vehículos. A finales de la República la litera (lectica) se había convertido en un medio de transporte habitual. Se trataba de una estructura con correas para sujetar un colchón y almohada, protegida con dosel y cortinas y especialmente utilizada por las mujeres. En el caso de los hombres, a menos que tuvieran algún impedimento físico o fueran ancianos, desplazarse en litera le atraía las censuras de sus conciudadanos, que lo consideraban afeminado.

En su interior se podía incluso leer y escribir cómodamente, y cuando se posaba sobre el suelo descansaba sobre cuatro patas, generalmente de madera. Esclavos fuertes, con ricas libreas rojas, llevaban la litera sobre sus hombros por medio de palos que podían retirarse en cualquier momento, pues no estaban fijos. Eran los lectiarii, y su número oscilaba entre dos y ocho, dependiendo de las necesidades de cada caso y de la ostentación que cada romano quisiera hacer. Por delante iba otro esclavo llamado anteambulo, encargado de abrir camino a la litera al grito de “¡paso a mi señor!”. Cuando esto no daba resultado, siempre quedaba como recurso los codazos y empujones sin ninguna contemplación. Los sirios, germanos, celtas y posteriormente capadocios eran solían ser empleados como transportistas, variando su número según el tamaño de la litera. Cada buena casa romana contaba con una o varias, profusamente adornadas, además de los esclavos para transportarlas, pero también había en Roma literas de alquiler cuya parada estaba en el XIV regio trans Tiberim. 

Al principio, cuando este vehículo se introdujo en Roma, probablemente en el siglo III a. C., se empleaba casi exclusivamente para viajes, y rara vez para desplazarse por el interior de la ciudad, con excepción de la lectica funebris. Estas tenían por misión transporte de los muertos hasta su lugar de enterramiento. Claro que no estaban al alcance de todo el mundo, y los difuntos más pobres tenían que conformarse con ser transportados en un féretro modesto llamado sandapila y que iba a hombros de vespae o vespillones, así denominados porque trasladaban el cuerpo al anochecer (vespertino tempore). El material de la lectica funebris dependía del rango del difunto. La de Augusto, por ejemplo, era de marfil y oro, cubierta con dosel púrpura y dorado. En estos casos en los que el difunto podía permitirse un funeral más pomposo, el cuerpo solía ser transportado por los parientes más próximos. Julio César lo fue por los magistrados, y Augusto por los senadores.


Similares a esta clase de vehículos eran los destinados a las personas enfermas o inválidas. Con el tiempo llegó a haber tantas literas de todas clases en Roma que Julio César se vio obligado a limitar su uso. En tiempos de Claudio, el privilegio de usar una litera por el interior de la ciudad era aún un gran honor que el emperador distribuía entre sus favoritos, pero poco a poco fueron imponiéndose de nuevo entre la clase acomodada.

Durante la época del Imperio se estimó que las cortinas no eran suficiente protección, y comienzan a encontrarse lecticae cerradas por los lados y con ventanas hechas de la piedra transparente llamada espejuelo (lapis specularis). 

Similar a la litera era la basterna, con cama o colchón, cubiertas y ventanas laterales, pero se diferenciaba en que solía ser transportada por mulas, una delante y otra detrás, en lugar de por esclavos. El encargado de conducir las mulas se llamaba basternario.

La silla portátil (sella gestatoria o portatoria), frecuente durante el Imperio, era utilizada principalmente los emperadores y los cónsules. El viajero iba sentado, y era transportado también por cuatro esclavos mientras el quinto, con un bastón en la mano como distintivo de su cargo, guiaba al vehículo y abría paso. La parte superior de la silla podía estar cubierta y cerrarse con cortinas, aunque también había sillas descubiertas.

Para los viajes se empleaban carruajes, pero su uso estaba restringido por ley. En tiempos de la República se permitía su uso a las mujeres respetables de la ciudad, pero Julio César, ante los problemas de tráfico que causaban, lo restringió. Se permitía ir en carruaje a las vestales, y al soberano en ciertas procesiones sagradas, así como al general triunfador y a los magistrados en la procesión que precedía a los juegos del circo.


El essedum era un carro muy ligero, de solo dos ruedas y pensado para transportar únicamente al conductor. Era muy habitual verlos circular por Roma, y sus propietarios hacían ostentación adornándolo con materiales preciosos según sus posibilidades. Se utilizaba principalmente para recorridos cortos, o bien cuando se necesitaba acudir con rapidez a algún lugar.

El cissium era un carro muy ligero tirado por dos caballos en el que, a diferencia del essedum, podían viajar hasta tres personas. Además podía alquilarse, con o sin conductor.

El carpentum era un carro de dos ruedas cubierto por una lona, pero la palabra iba a pasar a designar de modo genérico cualquier tipo de carro. Sus constructores eran los carpentarii, de donde deriva la palabra carpinteros.

La carruca, también tirada por mulas, era un coche de lujo, un carro más grande, de cuatro ruedas y cubierto, con capacidad para albergar a toda la familia y para que sus ocupantes pudieran acomodarse para dormir. Formaban parte del séquito de los emperadores durante sus desplazamientos. Según Suetonio, Nerón nunca viajaba con menos de mil carrucas. Con los siglos, la carruca se transformó en la carroza. 

El reda, otro de los de cuatro ruedas, menos elegante y no tan cómodo, es el primero de los carros que aparece mencionado para viajes en los que un romano se desplazaba con su familia y su equipaje. Los sirvientes viajaban en el petorritum, descubierto y también con cuatro ruedas.

Por último el plaustrum, una carreta de dos ruedas tirada por dos bueyes, no servía para el transporte de pasajeros, sino de mercancías. Pero había también carros de mercado de cuatro ruedas que protegían la mercancía de la lluvia con una manta, y contaban con un escalón para subir. En el arco de Severo y la columna de Antonio se aprecian algunos carros de equipaje, todos cargados con piezas de armamento y provisiones en sacos y barriles.


La Lex Julia, aprobada en el 45 a. C., prohibía a los carros con mercancías circular por las calles de Roma durante las diez horas desde el amanecer hasta la puesta de sol, con excepción de los destinados a transportar los materiales para los grandes edificios.

A comienzos del siglo III los carruajes se hicieron más frecuentes en las ciudades, aunque su uso permanecía como privilegio de los oficiales imperiales más elevados. Eran generalmente pesados, de ruedas con radios.

Numerosos esclavos seguían al carro de viaje o litera de los romanos ricos. Los miembros de la familia imperial y los ciudadanos más acaudalados llevaban lo mejor de su equipaje, platos preciosos y alfombras en una caravana de caballos de carga que iba tras ellos. Jinetes númidas, anunciadores, caballos de silla, mozos y esclavos domésticos precedían la caravana o cerraban la marcha.


martes, 18 de junio de 2013

El teatro en la época isabelina

William Shakespeare

En tiempos de la reina Isabel el teatro era aún un arte popular, aunque ni las más encumbradas damas ni los caballeros desdeñan asistir a una representación. Los aristócratas protegen a los actores, y la propia reina hace representar una obra en la corte de vez en cuando. Generalmente pagaba diez libras esterlinas por una representación. Sin embargo, dramas y comedias se consideraban simplemente como una diversión, igual que pantomimas y mascaradas, y no se contemplaba su dimensión cultural. Pasarían aún años antes de que se estimasen dignas de ser publicadas.

En Inglaterra, igual que en el continente, el teatro tenía por origen los misterios, las obrillas jocosas y los apólogos morales que antes se ejecutaban en las explanadas de las iglesias por grupos de comediantes aficionados. Hacia mediados de siglo se representan obras traducidas del latín, del griego y del italiano, y muchos autores ingleses comienzan a escribir adaptaciones, además de piezas originales. Se forman compañías de autores profesionales que ofrecen sus funciones en los palacios y los jardines de los grandes señores, a los patios de las universidades, granjas y posadas.

El público, habituado a las baladas de los juglares, prefiere el verso a la prosa y gusta de coplas cantadas con métrica antigua. No quieren alegorías, sino mucha acción, intriga, chanzas y horribles asesinatos. En el campo y en las pequeñas poblaciones que no cuentan con compañías fijas de comediantes, el gusto por el teatro también está muy difundido.

The Globe. Imagen: bilikids.blogspot.com.es/2013/01/the-globe.html

En 1576 surge una gran innovación: un carpintero emprendedor, James Burbage, construye un teatro permanente en el Arrabal de Shoreditch, un lugar de mala reputación al este de Londres. Al año siguiente se erige otro teatro en las inmediaciones, y entre 1587 y 1599 otros tres en Southwark, uno de los cuales fue the Swan, el mayor de todos, con una capacidad para 3000 espectadores. El siguiente será el famoso Globe.

Los teatros imitaban el estilo de las posadas: patio rectangular, poligonal, ovoide o circular y rodeado por una estructura de dos pisos, cada uno con una galería. Al fondo y en el centro del patio se instalaba una plataforma que servía de escenario. Por detrás, tres puertas daban a una sala utilizada para el juego de los bastidores. Los músicos se acomodaban en la galería, mientras que los espectadores ocupaban las de alrededor del tablado, excepto algunos privilegiados que eran admitidos en el escenario. Los decorados eran muy simples: algunas sillas, a veces una mesa, una cama, un lienzo en el muro o un telón pintado. Cuando durante la obra cambiaba el lugar en el que transcurría la acción, se exhibía un cartel pintado mencionándolo.

Las representaciones tenían lugar durante el día, y a veces no se permitía que el local se llenara demasiado. En una ocasión en que había una epidemia, las autoridades no autorizaron que se reunieran demasiadas personas en el teatro, por temor al contagio y la propagación incontrolada de la enfermedad.

Los primeros teatros estaban frecuentemente bajo la protección de algún señor. Esta protección llegaba al extremo de que, si el actor o autor vestía su librea, no podía ser arrestado, algo que iba a salvar a Shakespeare y otros dramaturgos de las iras del sector más puritano. Los actores no eran despreciados, si bien una ley de 1572 suprimió las compañías que no tenían un patrocinador oficial entre estos señores, cuyos miembros pasaron a ser considerados como vagabundos. Pero los demás eran aceptados, estaban bien pagados y frecuentemente recibían una buena instrucción. Después de la función, los nobles caballeros alternaban con ellos en las tabernas vecinas sin ningún sonrojo. Pero no hay actrices; los papeles femeninos son interpretados por muchachos. En muchas ocasiones los nombres de los teatros hacían alusión precisamente a sus patrocinadores: The admiral’s men, The King’s men

Christopher Marlowe

Los autores suelen ser antiguos estudiantes expertos en los temas latinos e italianos, así como en las viejas crónicas inglesas. Aún son más adaptadores que creadores. El primero de los grandes dramaturgos isabelinos, Christopher Marlowe, había sido alumno de Cambridge, y además era actor. Hombre erudito y gran artista, desarrolló una técnica delicada. Solo tenía 23 años en 1587, cuando presentó su Tamerlan con extraordinario éxito. Durante los tres años siguientes escribió tres grandes dramas: La vida y la muerte del doctor Fausto, El judío de Malta y Eduardo II, al tiempo que entraba a formar parte de la policía secreta de Walsingham. En 1593, contando 29 años, recibió una puñalada en una pelea de taberna que acabó con su vida. 

Cuando Marlowe desaparecía, William Shakespeare, un año menor, apenas comenzaba a ser conocido. Había nacido en Stratford-on-Avon el 23 de abril de 1564, hijo de un comerciante en lanas que fue alcalde durante un tiempo. Shakespeare tenía buen conocimiento del latín, además de nociones de griego y francés.

No se sabe cuándo llegó a Londres, y todo cuanto se refiere a sus comienzos aparece envuelto en la leyenda. En 1592 aparece como actor y autor en la compañía teatral que se encuentra bajo la protección del conde de Derby, descendiente por línea materna de la casa de Lancaster y uno de los pretendientes al trono inglés.

Su éxito y las alabanzas de la crítica pronto comienzan a suscitar envidias, pero él se muestra como un buen compañero, de agradable trato. Los jóvenes aristócratas lo reciben y tiene el honor de tratar al deslumbrante Essex, el niño mimado de la reina.

Ben Jonson
Era inevitable que comenzaran a surgir muchos émulos, entre los cuales el más dotado es Ben Jonson, “un sabio letrado y un satírico ingenioso”. Sus comedias están repletas de acción y de ingeniosas sátiras.

A finales de ese siglo comenzó a haber teatros con el patio cubierto por un techo, y a comienzos del siguiente Londres contaba con seis: tres públicos y tres privados, de modo que a partir de 1610 la capacidad teatral de la ciudad era de más de 10.000 espectadores. Estos teatros privados se alumbraban con candelas y lámparas de aceite, contaban con asientos para todos los espectadores y, a diferencia de los públicos, que solo funcionaban de día, ofrecían unos horarios más compatibles con la jornada laboral

En cuanto a las entradas, estaban al alcance de todo el mundo: según un testimonio de 1599, el que se quedaba de pie abajo solo pagaba un penique, y el que quería sentarse accedía a través de otra puerta, para lo que pagaba otro penique. “Si desea sentarse sobre un cojín en el mejor sitio, desde donde no sólo se ve todo, sino que también pueden verle, tiene que pagar en una tercera puerta otro penique”.

Y, desde luego, tan antigua como el propio teatro fue la censura. El funcionario que llevaba el curioso título de Master of the Revels (el Señor de los Festejos), era el encargado de supervisar las diversiones de la corte y aprobar las obras teatrales antes de ser presentadas al público. Estaba prohibido tratar temas religiosos, políticos o sexuales.


sábado, 15 de junio de 2013

El humor en el antiguo Egipto

Imagen: universalbuilders.ning.com/photo/wallpaper-ancient-egypt-photo

Tal vez el aspecto más conocido de la antigua civilización egipcia sean los ritos funerarios. Sin embargo, la importancia que concedían al más allá no debe llevarnos a pensar que se trataba de un pueblo triste y fúnebre; por el contrario, los antiguos egipcios eran alegres y sentían gran pasión por la vida. Podemos atisbar, incluso, un sentido del humor que se manifiesta de diversas formas, aunque no dispongamos de un material demasiado abundante. 

Los egipcios tenían un dios del humor llamado Bes, un enano gordo y con barba, sacando la lengua y feo hasta el extremo de resultar cómico. Se asociaba con la risa, la felicidad, la buena suerte y la alegría de vivir. A pesar de su apariencia demoniaca, representaba el bien. Además de proteger al faraón, Bes protegía también a mujeres y niños, era patrón de los nacimientos, de la sexualidad, el humor, la música y la danza. Por esa razón algunas bailarinas llevaban su efigie tatuada en las nalgas.

Bes tenía su oráculo en Abydos, y se sabe que fue una divinidad principal en Khemenu durante el Imperio Medio. Solo se conoce un templo a él dedicado, a pesar de lo cual era uno de los dioses más populares, y aparecía a menudo en artículos domésticos, en muebles, espejos, cuchillos o amuletos. Cuando un bebé sonreía o reía sin razón aparente, los padres suponían que Bes le estaba haciendo muecas.

Por cierto que uno de los nombres más antiguos de Ibiza fue Ibosim, que traducido del púnico significa Isla de Bes. Este dios llegó a la isla en el 1500 a. C., y su imagen como guardián del sueño aparece allí en cabeceros de las camas, además de mostrarse en las monedas luchando con una serpiente como “Bes, temor de todas las criaturas malvadas”. Y es que, además de proteger contra las pesadillas, también velaba para alejar a las serpientes y animales peligrosos. Originalmente fue conocido como Aha (luchador), porque podía estrangular a osos, leones y serpientes solo con sus manos.

Imagen: ibicasa.com/es/art/ed_13/Articulo-ibosim.html

Una muestra del sentido del humor de los antiguos egipcios la encontramos en el templo de Hatshepsut en Deir el-Bahri, donde aparece representada la voluminosa figura de la reina de Punt seguida por un pequeño asno. La inscripción dice: “el burro que tuvo que transportar a la reina”. Prueba de que los egipcios encontraban graciosa la escena es que la copiaron muchas veces.

En un buen número de textos los escribas bromean acerca de los demás oficios, que contemplan con superioridad. Incluso en tumbas privadas aparecen burlas sobre algunos de los trabajadores.

Imagen: www.touregypt.net/featurestories/humor.htm


Una característica que se repite es la de representar animales como ratones o gatos realizando tareas humanas. Aparecen azotando a cautivos o conduciendo carros. Hay un papiro en el que un león y un antílope juegan ante un tablero mientras un gato cuida de los gansos. Se ha sugerido que podría tratarse de ilustraciones para fábulas de animales, pero, si es así, no ha sobrevivido ningún texto. Hay también una ratoncita sentada ante un tocador mientras es atendida por sus servidoras gatas, mientras otra de ellas lleva a su bebé ratón. Un rey ratón, montado en un carro, ataca una fortaleza defendida por gatos. En Tell el Amarna un grupo de monos va en un carro, y el conductor guarda un asombroso parecido con Akhenaton, por lo que cabe imaginar una intención satírica. 

En la mitología egipcia también pueden encontrarse ejemplos de su sentido del humor. Muchas de las confrontaciones entre Horus y Seth rozan lo burlesco, como la vez en la que ambos acuerdan un combate naval y Seth es engañado para que construya su barco de piedra, con lo cual se hunde.

Los antiguos egipcios encontraban graciosa, la embriaguez, las bufonadas y la sátira política. También ellos contaban chistes. Se ha querido ver uno de ellos en un relato que aparece recogido en el papiro de Westcar, que data de 1600 a. C., en tiempos de los hicsos. Sería el segundo más antiguo, después de uno sumerio sobre flatulencias y que se remonta al 1900 a. C.

Imagen: www.touregypt.net/featurestories/humor.htm

El supuesto chiste egipcio, que circula por ahí hasta la saciedad, dice que para entretener a un faraón que está aburrido se le hace navegar en una barca repleta de muchachas vestidas solo con redes de pescar y se anima al faraón a salir de pesca. Ignoro por qué se ha tomado eso por un chiste, pero no parece que en realidad se trate de tal cosa, si uno se toma la molestia de leer el relato del que está extraído. El papiro narra unos cuentos ambientados en la corte del faraón Keops. Cada uno de los hijos del faraón cuenta uno de ellos. El que nos ocupa es el tercero, y a él pertenece este fragmento:

“Entonces Baufra se levantó para hablar y dijo:

—Contaré a Vuestra Majestad una maravilla que ocurrió en tiempos de vuestro antepasado Seneferu, y es algo que hizo el sumo sacerdote.

Entonces contó la historia de la joya verde.

…[Senefru recorría] cada habitación del palacio en busca de distracciones, pero no encontraba ninguna. Entonces dijo:

—Ve en busca del sumo sacerdote y escriba Djadjamankh.

Y de inmediato fue llevado ante él. Entonces el rey le dijo:

—He recorrido cada habitación de palacio en busca de diversiones, pero no encuentro ninguna.

Entonces Djadjamankh le dijo:

—Oh, podéis ir al lago de palacio, y cargar una barca con todas las mujeres hermosas de vuestro palacio. Vuestro corazón se alegrará al verlas remar, y al ver los hermosos juncos del lado y los hermosos prados a la orilla del agua. Vuestro corazón se animará con esto, así que prepararé una barca…”

Seneferu reúne veinte jóvenes vírgenes y les da las redes para que se las pongan. Cuando salen en la barca, una de ellas pierde un amuleto muy querido, un pez de turquesa que es insustituible para ella, y no quiere seguir adelante, de modo que el sumo sacerdote hace que las aguas se separen para recuperarlo. Creo que, contrariamente a lo que se afirma, no hay ninguna intención de chiste en todo el relato.


En otro papiro, del año 1200 a. C., aparece el siguiente:

Tres hombres de Adab tenían sed por el camino. Uno poseía el buey, otro la vaca y el tercero el cargamento del carro. El dueño del buey se negaba a ir a por agua porque temía que mientras tanto un león le comiera al animal; el dueño de la vaca tampoco quería porque pensaba que la vaca podría escapársele y perderse en el desierto; el dueño del cargamento no se decidía porque pensaba que, si iba, le robarían el cargamento. Así que fueron los tres juntos.

En su ausencia el buey copuló con la vaca, que parió un ternero que se comió el cargamento. Pregunta: ¿A quién pertenece el ternero?

En el 1114 a. C. un personaje de nombre Tjaroy allude en una carta a su reputación contando chistes. Uno de ellos ha ofendido a su amigo, y Tjaroy no comprende que de pronto reaccione así, si lo conoce desde hace tiempo y sabe cómo es: 

“He oído que estás enfadado y que me has vilipendiado por culpa del chiste de aquella carta, aunque fue Henuttawy [su esposa] quien me hizo poner algunos chistes. Eres como la mujer que es ciega de un ojo y lleva veinte años casada. Cuando el marido decide abandonarla por otra, le dice: “me divorciaré de ti porque dicen que no ves de un ojo”, y ella le responde: “¿Y has necesitado veinte años para descubrirlo?”. Igual ocurre conmigo y con mis chistes."

Y esta máxima data de entre el 304 a. C. y el 30 a. C:

“El hombre está aún más ansioso que el burro por tener sexo. Lo único que lo detiene es la billetera.”


Bibliografía:
Red Land, Black Land: Daily Life in Ancient Egypt - Barbara Mertz
Cracking Codes: The Rosetta Stone and Decipherment - Richard B. Parkinson
www.touregypt.net/featurestories/humor.htm

www.ancientegyptonline.co.uk/westcar-turquoise-pendant.html

jueves, 13 de junio de 2013

Los barberos romanos

Imagen: http://arteume.livejournal.com/299837.html

El cuidado de la barba y el cabello de un romano corría a cargo del tonsor. Se trataba de un asunto al que se concedía suma importancia, hasta el punto de que un hombre con el cabello mal cortado caía en el más espantoso ridículo y era objeto de mofa. 

El romano que era lo bastante rico como para tener estos barberos-peluqueros entre el personal de servicio doméstico, se ponía en sus manos cada mañana y después nuevamente a lo largo del día en caso de que fuera necesario. Los que no podían costear los servicios de uno privado, acudían a diversas horas, con la frecuencia precisa, a una de las innumerables barberías o tonstrinae. Muchas de estas tiendas, abiertas desde el amanecer hasta la octava hora (más o menos la una de la tarde), estaban localizadas en las inmediaciones del Circo Máximo. Otra alternativa eran los barberos ambulantes que ofrecían sus servicios en la calle para los clientes más humildes. 

Llevar el rostro rasurado distinguía al hombre libre, pero hubo un tiempo en que incluso los esclavos se afeitaban. Para el adolescente, su primera primera visita al tonsor era una especie de rito de iniciación en la edad adulta, y a veces tenía lugar al mismo tiempo que la toma de la toga virilis. La ceremonia, celebrada normalmente al cumplir los 20 años, recibía el nombre de depositio barbae, e iba acompañada de una gran fiesta a la que se invitaba a todos los amigos. En la casa, el joven se sentaba en un taburete rodeado por sus servidores masculinos, le ataban un trapo al cuello y mojaban su rostro con agua. El tonsor lo afeitaba mientras uno de los sirvientes sujetaba un recipiente que contenía telarañas empapadas en aceite y vinagre para aplicar rápidamente a cualquier corte que pudiera producirse. Los pelos de la barba eran colocados en una arqueta especial para la ocasión. Después el tonsor la cerraba y la entregaba al orgulloso padre entre los vítores y aplausos de los invitados. 


Las fechas en las que los emperadores y sus parientes llevaban a cabo esta ceremonia, quedaban registradas. Augusto, por ejemplo, la celebró en septiembre del año 39 a. C. La primera barba era consagrada a algún dios o a un antepasado. Los más pobres la guardaban en un cofrecillo de vidrio o cualquier material asequible, pero Nerón utilizó un cofrecillo de oro que ofreció a Júpiter Capitolino. Para celebrar este aniversario de su mayoría de edad, el emperador instituyó las Juvenalia, en honor a Juventas, la diosa de la juventud

Claro que esto no siempre fue así. En tiempos remotos los romanos lucían barbas. Fue en el siglo III a. C. cuando algunos comenzaron a afeitarse, aunque la práctica no se generalizó hasta que Escipión el Africano lo puso de moda a comienzos del siglo II a. C. Más tarde el emperador Adriano volvía a imponer la barba, pues él la llevaba para ocultar las marcas de su cara. En realidad nunca habían desaparecido del todo: solían ser señal distintiva de los filósofos, y también de luto

La gente que se reunía en la tonstrina a lo largo del día era tan numerosa que estas tiendas eran al mismo tiempo un centro de cotilleo y de información, e incluso para medrar. Los clientes solían quedarse aún un buen rato después de que el tonsor hubiera terminado de atenderlos, simplemente por el placer de la conversación o por alguno de los intereses que allí se movían. 

El trabajo estaba tan bien remunerado que frecuentemente encontramos alusiones en las sátiras de Juvenal y los Epigramas de Marcial sobre el barbero que se ha convertido en eques o en rico propietario de tierras. No era un oficio reservado en exclusiva a los hombres; por el contrario, había también tonstrices en el foro. El propio Marcial menciona a una mujer que ejercía el oficio de barbero, aunque no tenía buena reputación. 


Las barberías estaban rodeadas de bancos en los que se sentaban los clientes, que a veces se entretenían jugando a los dados. Había espejos en las paredes. En el centro, el taburete en el que se acomodaban para recibir el servicio deseado, con la ropa protegida por un simple paño. El barbero, rodeado por sus asistentes (circitores), cortaba el cabello, o si este no había crecido demasiado desde la última vez, simplemente lo peinaba según la última moda. 

En el siglo I a. C. los jóvenes comenzaron a lucir barbas complicadas con curiosas ornamentaciones, y en ocasiones aparecían trenzadas, para escándalo y diversión de los mayores. Para moldear el cabello y conseguir bucles se utilizaba un tubo de metal llamado calmistro, que se calentaba sobre brasas.

Durante el Imperio era el soberano quien imponía la moda, pero, a excepción de Nerón, que gustaba de peinados artísticos, la mayoría no parece haberse complicado mucho la existencia con los cuidados capilares. Augusto nunca concedía más que unos cuantos minutos apresurados a sus tonsores, y, a juzgar por las monedas y bustos, casi todos los demás siguieron su ejemplo. Por tanto, a comienzos del siglo II los romanos se contentaban con un corte de pelo sencillo.

Fue en tiempos de Adriano cuando se puso de moda que los hombres tiñeran de rubio su cabello, a veces para tapar las canas, algo que posteriormente el emperador Cómodo seguiría hasta el extremo. De él se cuenta que espolvoreaba la cabellera con oro molido.

Pero los barberos romanos no se ocupaban solo de barbas y cabellos, sino que también arreglaban las uñas, quitaban las verrugas y la cera de los oídos, depilaban cejas, practicaban masajes capilares y ofrecían servicios de pedicuro. A veces, incluso, el tonsor practicaba extracciones dentales —en un emplazamiento dentro del foro se excavaron más de cien dientes podridos—. Otras funciones eran aplicar tintes, echar perfumes, maquillar las mejillas y cubrir con lunares postizos (splenia lunata) pequeñas marcas de la piel

Los tonsores utilizaban navajas, o bien cuchillos bastante toscos y que afilaban con piedras. Después del afeitado solo se aplicaba agua, servida en aguamaniles de plata. Había multitud de demandas judiciales contra los barberos a causa de accidentes causados en el ejercicio de su profesión. Marcial recuerda a los transeúntes el peligro que un tensor puede entrañar: 

“Aquel que aún no quiera descender al mundo de los muertos, que evite al barbero Antíoco, si es inteligente… Estas cicatrices que podéis contar en mi barbilla, tantas como se ven en la cara de un púgil, no se produjeron boxeando, ni tampoco por las uñas de una esposa enfurecida, sino por la navaja y la mano asesina de Antíoco. La cabra es el único animal sensato: al conservar su barba, consigue vivir escapando a Antíoco”. 

Por esta razón muchos romanos preferían utilizar cremas depilatorias, o a veces pinzas, pero esto se consideraba afeminado.

Un asunto que preocupaba mucho a los romanos era la detestada calvicie, que percibían como un drama tremendo. Trataban de disimularla por todos los medios a su alcance con tintes oscuros o cruzándose el cabello de un lado a otro para tapar la calva central, creando con la filigrana peinados imposibles, como nos describe despiadadamente Marcial:

“Recoges tus escasos cabellos de aquí y de allí, Marino, y cubres el extenso campo de tu nítida calva con los pelos de tus sienes, pero, agitados por el viento, se levantan y vuelven y ciñen la cabeza desnuda con grandes rizos… Sería más sencillo que te confesaras viejo que aparecer así. No hay nada más feo que un calvo con pelo.”


Bibliografía:
Daily life in ancient Rome: the people and the city at the height of the Empire - Jérôme Carcopino
Conxa Pont – Revista Saguntina 2006
Life in Ancient Rome - Frank Richard Cowell
Greek and Roman Barbers - Frank W. Nicolson
ieslagunatollon.blogspot.com.es/2012/12/los-peinados-en-la-antigua-roma.html
clasicascheste.blogspot.com.es/2006/10/iuvenalia.html
The Ides: Caesar's Murder and the War for Rome - Stephen Dando-Collins
Histoire de la coquetterie masculine - Jean Claude Bologne


martes, 11 de junio de 2013

Temistocle Solera: músico, aventurero y amante de Isabel II


"Va, pensiero, sull'ali dorate"

La vida del compositor italiano Temistocle Solera fue intensa y aventurera. Nació en Ferrara el día de Navidad de 1815 —o 1817, según otras fuentes—, en el seno de una familia de clase media. Solera nos es descrito como “un hombre gigantesco, de espaldas hercúleas y cuello de toro, cabeza enorme, ojos penetrantes y voz potente”. Amaba la vida, la belleza, la música y la aventura. A favor de la independencia italiana, tomó parte activa en la propaganda anti-austriaca, siguiendo la tradición familiar: su propio padre, un abogado, había sido encarcelado por esa causa en 1821. Las autoridades austriacas asumieron entonces la responsabilidad de ocuparse de la educación del pequeño Temistocle, enviándolo al colegio imperial de Viena. Allí estudió literatura, música y artes marciales, pero detestaba la disciplina y también a los austriacos que tenían prisionero a su padre, de modo que se fugó del colegio para unirse a una compañía circense. La policía lo encontró en la frontera húngara, y allí terminó su primera aventura. Su familia lo envió a un internado en Milán y posteriormente a la Universidad de Pavía. El conservatorio de Milán fue el responsable de su formación musical.

Temistocle Solera se inició como poeta y novelista romántico siendo aún muy joven. Solo tenía 18 años cuando publicó su primer libro de poemas, y entre 1840 y 1845 escribió cuatro óperas aceptadas por La Escala y una novela, Michelino, que no tuvo éxito. Este llegaría para él a raíz de su encuentro con Verdi, para el que escribió algunos libretos. 


Hasta entonces vivía acosado por las deudas y haciendo malabarismos imposibles para librarse de sus acreedores. Una vez, en una población próxima a Milán, actuaba una compañía de ópera. El último día de carnaval, que era precisamente el que más entradas podían venderse, tuvieron la mala fortuna de que enfermara el barítono, y Solera se presentó para el papel. Cantó con desenvoltura la ópera de Verdi, I due foscari, y hasta tuvo que repetir un aria, pero cuando regresa triunfal al camerino su entusiasmo se enfría considerablemente al toparse con uno de sus acreedores. Solera le pide que aguarde un instante para cobrar la deuda, que asegura le abonará sin tardanza el empresario. Mientras tanto, aún con su indumentaria de Dux puesta, abandona rápidamente el teatro, se introduce en el carruaje que debía recoger a la prima donna y da instrucciones al cochero para que lo lleve a toda prisa a Milán.

Amanecía cuando el carruaje atravesaba una aldea. Los campesinos aguardaban en la plaza a que comenzara la primera misa. Temistocle asomó la cabeza y cuando lo vieron con la barba blanca —que creyeron auténtica—, la corona ducal y una túnica tan vistosa, lo tomaron por un obispo. Solera, lejos de desengañarlos, al ver las reverencias de las que era objeto comenzó a impartir bendiciones con la mano a través de la ventanilla.


Solera trabajó con Verdi en Nabucco, ópera para la que escribió aquel Va, pensiero que se convirtió en la canción más emblemática del Risorgimento italiano. Posteriormente la cuarta ópera de Verdi, I Lombardi, se estrenó en La Scala de Milán el 11 de febrero de 1843. Con libreto también de Temistocle, fue todo un éxito a pesar de las dificultades surgidas durante los ensayos, cuando el obispo prohibió la representación porque encontraba que el bautismo en aguas del Jordán era blasfemo. Afortunadamente Verdi no hizo ningún caso de la prohibición.

En 1846 viajó a España siguiendo a su esposa, la cantante Teresa Rosmini, con la que había fundado una compañía de ópera. Allí iba a permanecer algunos años, durante el transcurso de los cuales desarrolló su actividad como empresario y director de orquesta en varios teatros, sin abandonar la poesía y la práctica de la esgrima. Una noche, estando en Madrid, Temistocle escucha desde su atril de director cómo un oficial del ejército que se sentaba en la primera fila de butacas hablaba mal de la reina Isabel II. El italiano soltó bruscamente la batuta para reconvenir con dureza al atrevido militar.

—¡El oficial que insulta a su reina es un traidor; el hombre que ofende a una dama es un cobarde!

El militar responde airadamente; llueven los insultos en medio de un tremendo escándalo en el que se llega a las bofetadas. La reina, que ocupa su palco en el teatro, quiere conocer al hombre que se había erigido en paladín de su causa de modo tan vistoso. Lo invita a palacio, y parece que le agradó en grado sumo. Temistocle sería en adelante uno de los protegidos de Isabel, que lo nombra director del incipiente teatro de palacio. La reina le autorizó a usar como uniforme “un pintoresco traje de cortesano de ópera”: tricornio, casaca de terciopelo sobre la que resaltaban los botones de oro y diamantes que ella le había regalado, y un inútil espadín.

Temistocle fue para la reina su amante, su consejero y posiblemente su espía. Gozar de tales privilegios con la soberana tenía que despertar necesariamente los celos entre los aristócratas españoles, que lo consideraban un advenedizo. Esto condujo inevitablemente a una serie de duelos y desafíos.

Pero entonces sucedió un incidente que ocasionó su alejamiento de la corte: durante el transcurso de una pelea con uno de sus enemigos, Temistocle casi mata a su adversario de un puñetazo. Le fue preciso alejarse de la corte, y para ello recibe el cargo de embajador en Lisboa.

Solera era inquieto, y pronto comenzó a anhelar regresar a Italia, de modo que se embarcó en Barcelona. Como su vida siempre tenía que estar repleta de emociones y sobresaltos, el barco naufragó. El italiano salvó la vida, pero perdió todo el dinero.

Se establece en Milán en 1859, pero viaja mucho, sobre todo entre Turín y París, convirtiéndose en correo secreto entre Napoleón III y Víctor Manuel. El emperador lo consideraba su hombre de confianza, y Solera desempeñó arriesgadas misiones a su servicio.
Víctor Manuel II

Después del armisticio de Villafranca, el 11 de julio de 1859, decepcionado por la política de Napoleón III, Temistocle abandona su servicio y regresa a Milán, donde comienza a trabajar en la oficina de la administración para la seguridad pública, asignándosele la tarea de combatir el tremendo problema que constituían entonces los bandoleros italianos, que proliferaban como hongos en Basilicata, en el sur del país. Solera obtuvo un éxito tan enorme que fue nombrado jefe de policía, primero en Florencia y después en Palermo y Bolonia, una dura tarea en la que varias veces peligró su vida. 

Gozaba de la protección de Víctor Manuel, pero él desdeñaba aquella vida cortesana que no saciaba su sed de aventuras. Más tarde se establece en Egipto. Allí el jedive le encomienda la organización de la policía del país, así como la dirección de las fiestas con las que se celebrará la inauguración del canal de Suez. En ellas destacó el estreno de la ópera Aida.

Al cabo de un tiempo se aburre ya en Egipto y se establece en París enriquecido de nuevo. Abre una tienda de antigüedades, pero no ha nacido para el mundo de los negocios. La tienda resulta una ruina en la que vuelve a perder toda su fortuna. 

Eso fue para él el comienzo del fin. A partir de entonces se hundirá en la miseria y llevará una triste existencia hasta su regreso a Milán, pobre y enfermo. Temistocle Solera fallecía olvidado por todos el 21 de abril, domingo de Pascua de 1878.


domingo, 9 de junio de 2013

20 curiosidades sobre la antigüedad


1- El faraón Pepi II, para evitar que las moscas se posaran sobre él, siempre tenía a su alrededor varios esclavos desnudos con el cuerpo untado de miel.

2- Los antiguos egipcios adiestraban a los mandriles para que sirvieran las mesas.

3- El anticonceptivo más antiguo del mundo, según el papiro de Petri, fueron los excrementos de cocodrilo, que la mujer egipcia se untaba mezclados con miel. Al parecer la mezcla no generaba las condiciones ideales para que sobrevivieran los espermatozoides.

4- Afortunadamente llegaron los griegos, y con ellos grandes avances. Ya no fue necesario que la mujer se sometiera a semejante tormento, porque aquellos sabios varones llegaron a la conclusión de que, para evitar concebir, bastaba con que la mujer se agachara y estornudara tras el acto sexual. Eso debió de simplificar mucho las cosas.

5- El papiro de Berlín, en torno al 1800 a. C., contiene instrucciones para hacer un test de embarazo en el que los antiguos egipcios empleaban cereales humedecidos con orina. Si la cebada crecía, significaba que la mujer esperaba un hijo varón; si crecía el trigo, esperaba una niña. Y si no crecía nada, no estaba embarazada.


6- Según Herodoto, las mujeres egipcias orinaban de pie, mientras que los hombres lo hacían sentados. 

7- Para mantener la forma curvada de la nariz de Ramsés II, los embalsamadores la rellenaron con pimienta en grano.

8- Algunas tumbas del antiguo Egipto incluían retretes. Incluso se encontró junto a uno de ellos una caja de adobe que se supone que contenía arena para echarla por encima de las deposiciones de los muertos.

9- Los antiguos egipcios se afeitaban las cejas en señal de luto cuando fallecía su gato. Amaban tanto a estos animales sagrados que matar a uno estaba castigado con la muerte.

10- Los sumerios hacían publicidad de la cerveza. El primer cartel publicitario conocido data del año 4000 a. C. Consiste en una tablilla hallada en la actual Siria y que muestra a una mujer con dos copas. La inscripción dice “Bebe cerveza con corazón de león”

11- Según Plinio el Viejo, Esquilo murió cuando un águila que sujetaba una tortuga entre sus garras voló sobre su cabeza calva y, tomándola por una roca contra la que romper el caparazón de su presa, arrojó la tortuga contra el cráneo pelado del pobre Esquilo y lo mató en el acto. Se decía que un oráculo había pronosticado su muerte ese día por el derrumbe de un edificio, debido a lo cual tomó la precaución de pasear al aire libre. Aunque Esquilo nunca hubiera escrito nada, se habría ganado a pulso igualmente su sobrenombre de “padre de la tragedia”.

12- Las prostitutas de la antigua Grecia llevaban unas sandalias con suelas claveteadas para que al caminar dejaran marcada en el suelo la palabra AKOLOUTHEI (sígueme).


13- Para los antiguos griegos, arrojarle una manzana a una mujer equivalía a una propuesta de matrimonio. Dicha tradición encuentra sus raíces en la mitología: la diosa de la discordia estaba enojada por no haber sido invitada a la boda de Peleo y Tetis, de modo que, como venganza, deslizó en la fiesta una manzana de oro con la inscripción “para la más hermosa”. Hera, Atenea y Afrodita se disputaban el trofeo, y Paris era el encargado de emitir el veredicto. Eligió a Afrodita, que le prometió a cambio la más hermosa mujer de la tierra. Desde entonces la manzana se consideraba consagrada a la diosa, y arrojar una era un modo simbólico de declararse. Por tanto, recogerla significaba que la propuesta era aceptada.

14- En Esparta, las mujeres que morían al dar a luz eran tratadas como guerreros caídos en combate.

15- Como los griegos no tenían servilletas, para limpiarse los dedos usaban bolitas de miga de pan que luego arrojaban a los perros.

16- Los pitagóricos no solo se abstenían de comer carne, sino que también evitaban las alubias. Parece ser que esto se debía a sus creencias de que si se enterraba una alubia durante 40 días y se la cubría con estiércol, adoptaría forma humana. Por tanto, comerlas era prácticamente canibalismo, porque eran aptas para alojar un alma entre encarnación y encarnación. Claro que Cicerón opinaba que los pitagóricos no comían alubias simplemente porque producían molestos gases.

En cualquier caso, Pitágoras llevó hasta tal extremo su convicción que, según la leyenda, cuando sus enemigos prendieron fuego a su casa y lo obligaron a huir, se detuvo al llegar ante un campo de judías y declaró que prefería morir antes que tocarlas. Aquel fue su fin.

Pitagóricos celebrando el amanecer - Bronnikov

17- Aparte de abstenerse de las alubias, los pitagóricos tenían algunas extrañas normas, como por ejemplo:

No recoger lo que se ha caído 
No tocar un gallo blanco 
No partir el pan 
No pasar sobre un travesaño 
No remover la lumbre con hierro 
No comer de una hogaza de pan entera 
No coger una guirnalda 
No comer corazón 
No dejar que las golondrinas aniden en el tejado de la propia casa 
Cuando el puchero se quita de la lumbre, no dejar su marca en la ceniza. 
No mirar un espejo al lado de una luz 
Al levantarse de la cama, enrollar las sábanas y hacer desaparecer la huella del cuerpo.

Pero la más sorprendente de todas (estamos en la antigua Grecia) era la que establecía la igualdad entre hombres y mujeres dentro de la orden pitagórica.

18- El cartaginés Aníbal guardaba serpientes venenosas en recipientes de arcilla e instruyó a sus soldados para catapultarlas sobre el enemigo y repeler el ataque de los barcos romanos. 

19- En la antigua Roma los plebeyos utilizaban todos los dedos de la mano para comer, de modo que para saber a qué clase social pertenecía a un individuo solo había que observar cómo tomaban el alimento. Si usaban tres dedos, procedían de una buena familia.


20- En Pompeya se hallaron numerosos graffiti recogidos en el Corpus Inscriptionum Latinarum. Estos, que aparecen en el volumen IV con los números 8442 y 7716 respectivamente, son algunos de los más curiosos:

Inscripción a la derecha de la puerta del bar de Athictus: “Me zumbé a la camarera”.

Casa de Pascius Hermes, a la izquierda de la puerta: “Al que cague aquí, cuidado con la maldición. Si la desdeñas, puedes tener a un furioso Júpiter por enemigo”.


sábado, 8 de junio de 2013

Catalina I de Rusia


“Sin ti no gozo de alegría verdadera en la vida; todo es soledad y tristeza”. (Pedro el Grande)


En 1712 Pedro el Grande se casaba oficialmente con Catalina, la mujer que fuera primero su amante y luego su esposa secreta. Era el segundo matrimonio del zar. Acerca de los orígenes de la nueva zarina circulan numerosas hipótesis. Los primeros años de su vida permanecen envueltos en la bruma del misterio, debido a que los zares posteriores consideraron que su origen humilde era una cuestión embarazosa y un asunto de Estado que debía permanecer oculto. 

Catalina nació el 5 de abril de 1684 (15 de abril según el calendario gregoriano) con el nombre de Marta Elena Skavronska, y la versión más comúnmente aceptada es que era hija de campesinos lituanos de origen polaco, en una época en la que Lituania era una provincia de Suecia. Otros la suponen hija de un oficial del ejército sueco, o de un comerciante lituano establecido en Dorpat. Se ha apuntado, incluso, que su padre podría haber sido un siervo fugado, o hasta un enterrador.

Según Voltaire, su vida fue casi tan extraordinaria como la del propio Pedro el Grande. Catalina no recibió ninguna clase de instrucción y ni siquiera aprendió a leer y escribir. Había nacido en el seno de una familia católica, pero, al morir sus padres durante una epidemia de peste cuando aún era muy niña, fue recogida por un pastor luterano en cuyo hogar trabajaba como sirvienta. Al crecer, el pastor temía que su hijo pudiera sucumbir a sus encantos, de modo que consideró más prudente ocuparse de su matrimonio y conjurar así el peligro. En 1702 la casaron con un oficial de dragones sueco junto al que solo pudo permanecer ocho días. Al cabo de ese tiempo Marienburg, la ciudad donde residía, era conquistada por los rusos. El pastor se ofreció como traductor y se trasladó a Moscú llevándose consigo a la joven, si bien otras versiones afirman que los rusos la llevaron cautiva, como parte del botín de guerra.


Algún tiempo después, el general Menchikov se enamoró de ella y la hizo su amante, instalándola en su casa. Él era el mejor amigo de Pedro el Grande, y fue allí donde Catalina tuvo el primer encuentro con el zar. Pedro también se enamoró de ella, y ambos se casaron en secreto en 1707, después de que ella se convirtiera a la fe ortodoxa y adoptara el nombre de Catalina. Por entonces aún vivía Eudoxia, la primera esposa del zar, a la que había enviado a un convento por oponerse a sus reformas. Eudoxia había educado a su hijo Alexis en el odio a su padre. Las relaciones entre Pedro y el zarevich eran tan deplorables y estaban tan tensas y enrarecidas por intrigas y complots, que acabaron con la ejecución de Alexis en 1718.

Pedro y Catalina tuvieron dos hijas, llamadas Ana e Isabel, antes de oficializar su matrimonio. En realidad de su unión nacieron un total de doce hijos, pero solo Ana e Isabel alcanzaron la edad adulta. El zar construía San Petersburgo, y mientras tanto vivía con Catalina en una casa de solo tres habitaciones. Ella cocinaba y se ocupaba de los niños, y él cuidaba el jardín como si fueran cualquier matrimonio del pueblo.

Fue durante ese tiempo cuando aprendió a leer y escribir en ruso, pero nunca se refinó lo suficiente para ser aceptada por los aristócratas extranjeros. La margravesa de Bayreuth la describe de este modo tan poco halagador en sus memorias:

“La zarina es pequeñita, regordeta, muy morena, sin gracia ni donaire, y bastaba verla para adivinar su bajo origen. Por su tocado, se la hubiera creído una cómica alemana. Su traje, cortado a la moda antigua, cargado de plata y de suciedad, había sido comprado sin duda a algún judío. Llevaba pedrerías en el pecho, donde un dibujo extravagante representaba un águila doble, cuyas plumas eran de un oro muy bajo y mal montado. Una docena de condecoraciones con otros tantos retratos de santos y de reliquias pendían de sus ropas y sonaban al moverse, lo que la hacía parecerse a un mulo.”


De ella se dice que su personalidad era enérgica, compasiva, encantadora y siempre alegre. Se interesaba por todas las tareas de su esposo, compartía la alegría de sus victorias y la tristeza de sus fracasos. A menudo lo acompañaba en sus viajes. Durante las inevitables separaciones, el zar no cesaba de recordar a su mujer, como queda reflejado en sus numerosas cartas, remitidas desde los más diversos lugares. A pesar de las múltiples ocupaciones que lo agobiaban, siempre encontraba tiempo para escribir a Katinka, “la amada de su corazón”, a la que siempre regresaba a pesar de sus aventuras extraconyugales. Bassevich, escribió que él “quería ver a Catalina en todas partes. No había un solo desfile militar, inauguración de un buque u otra fiesta en la que ella no estuviera presente. Catalina estaba segura de tener el corazón de su esposo, se reía de sus frecuentes aventuras amorosas. El zar, cuando le contaba sus aventuras, siempre decía: nadie puede compararse contigo”.

Cuando Pedro era presa de uno de sus arrebatos de cólera, Catalina era la única persona capaz de aplacarlo. Una vez el zar se abalanzó furioso sobre Menchikov, le golpeó el rostro hasta hacerle sangre, desgarró su jubón; le arrancó una peluca que Pedro le había regalado en señal de amistad, confeccionada con los propios cabellos del zar; luego sacó el puñal gritando que iba a matar a aquel miserable. Catalina se interpuso entre ambos para impedirlo mientras su esposo exigía a gritos que lo soltara. Fue suficiente escuchar la voz amada de la zarina para volver en sí y calmarse.

La zarina salvó a muchos rusos del castigo del látigo, de la horca o del hacha; pero no desdeñaba recibir a cambio alguna recompensa, pues le gustaba el dinero. Sin embargo, cuando en 1711 Rusia atravesó momentos complicados frente a los turcos, ella ofreció inesperadamente ayuda al país poniendo a su disposición todas las riquezas que había logrado acumular hasta entonces. “En aquel momento la sangre fría y la resolución de la zarina fueron decisivas para salvar al zar y al ejército ruso de una catástrofe segura”. Ella misma se ofreció como embajadora para negociar la paz con el visir, del que consiguió unas condiciones muy ventajosas. Fue la gratitud y la admiración por el brillante papel que había representado en momentos tan difíciles lo que impulsó a Pedro a hacer oficial su matrimonio con ella.


El buen entendimiento entre el matrimonio tan solo atravesó un bache cuando ella apoyó a su secretario Mons al caer en desgracia. Pedro se había esforzado durante todos sus años de gobierno por eliminar la corrupción de Rusia, pero Mons y su hermana Matrena, que era una de las damas de Catalina, se dedicaban a cobrar por poner a la gente en contacto con Catalina, y a través de ella acceder al propio zar. A Pedro no le gustó enterarse; hizo ejecutar a Mons y exilió a su hermana. Su decisión causó profundo disgusto en la zarina, que los apreciaba mucho a ambos. Se rumoreaba que ella y el secretario habían mantenido una relación, y que en realidad el zar había ejecutado al secretario por ello, ordenando después que la cabeza fuera metida en un frasco de cristal que colocó en el dormitorio de la zarina. A raíz de la ejecución, ambos dejaron de dirigirse la palabra durante meses. 

En 1724 Pedro, muy enfermo, la llama a su lado y el 7 de mayo la hace coronar como emperatriz. A partir de ese momento ambos gobernaron conjuntamente, a pesar de la oposición del clero, de los boyardos e incluso del pueblo llano. Pero con la ayuda de Menchikov y de la burguesía, Catalina fue proclamada sucesora por la guardia a la muerte del zar.

La emperatriz continuó la obra de su esposo, fundó la academia rusa de las ciencias, construyó los primeros puentes de la nueva capital y llevó a cabo una política en la que la sensatez y el sentido común suplían su falta de formación. Aunque durante la mayor parte de su reinado permaneció controlada por sus consejeros, en una cosa logró imponerse a ellos: fue capaz de reducir el gasto militar, que estaba arruinando al país. Tampoco olvidó a su familia: buscó a sus parientes, los llevó a Rusia y repartió títulos entre ellos. 


La joven analfabeta de origen humilde se había convertido en la primera mujer que gobernaba Rusia, pero solo iba a sobrevivir dos años a Pedro el Grande. Falleció en San Petersburgo contando 43, y fue enterrada en la catedral.