martes, 30 de abril de 2013

Cartouche: historia de un bandolero (III)


Marie-Jeanne Roger, a quien llamaban la Venus, o la Grande Jeanneton, era una bonita joven, vendedora generalmente de frutas, a veces de flores y siempre de favores. Era, además, una ladrona experta, y tal vez la mujer que más amó a Cartouche, aunque no su única conquista. El bandido también había logrado el amor de Marie-Antoinette Neron, con la que alguno de los biógrafos afirma que contrajo un “matrimonio casi legítimo” celebrado con una orgía en la taberna de El Pequeño Sello. Otra de las amantes de Cartouche fue Marion Le Roy, que vendía hierbas en las calles, y una cuarta fue la dueña de una taberna cerca del Temple. Pero, aparte de sus cuatro amantes titulares, fueron innumerables las mujeres que pasaron por la cama de Cartouche. Entre ellas había algunas colocadas como sirvientas en casas importantes y preparaban el terreno a la banda. 

El bandolero se sentía tan poderoso que no temía a nada ni a nadie, y para demostrarlo, uno de los primeros caballeros asaltados fue el príncipe de Soubise. La osadía hizo que el hermano de Cartouche perpetrara el robo en el mismísimo Palace Royal, en una pieza contigua a la Cámara de Regentes. Louison, mezclado entre la masa de cortesanos, se apoderó hábilmente de la espada del príncipe y de su manguito. 

En septiembre de 1720 Cartouche, al frente de un escogido puñado de los suyos, irrumpe en la casa del embajador español y consigue un buen botín. Pero los robos que debieron de causarle mayor satisfacción fueron aquellos que tuvieron por víctima nada menos que al Regente, Felipe de Orleáns. 

Uno de los hombres de Cartouche era guardia de palacio, y una noche tuvo por misión acompañar al duque de Orleáns hasta su carroza. Después de eso el hombre se marchó con los dos candelabros de plata dorada que había utilizado para iluminar el camino del Regente. Más adelante desapareció también la vajilla de plata del duque. Y después le robaron la empuñadura de la espada, que era de plata incrustada de nácar. Felipe la sustituye por otra de acero cincelado, pero vuelven a robársela a la salida de la Opera. Cuando Cartouche comprueba que esta vez era tan solo acero, tiene la desfachatez de devolvérsela a su dueño junto con una nota ciertamente insolente: en ella reprochaba “al mayor ladrón de Francia” haberles quitado el pan de la boca a sus colegas menos favorecidos al usar una empuñadura de pacotilla y sin ningún valor. Todo París aullaba de risa cuando se conoció la noticia. 


Mientras tanto Cartouche continuó haciendo de las suyas. Uno de los episodios más famosos fue aquel que se refiere a la noche en que irrumpió en la casa de la mariscala de Boufflers. La señora, viuda de un par de Francia, estaba haciendo su toilette nocturna. Era una calurosa noche de verano, por lo que la ventana de su alcoba estaba abierta. Louis-Dominique apareció ante ella, tan elegantemente vestido que más parecía un caballero que un salteador de caminos. Todo ello desconcierta a la mariscala, más sorprendida que asustada. Él saluda con una profunda reverencia y se presenta, lo cual es suficiente para que la mujer comprenda la conveniencia de pedir auxilio. Pero Cartouche le aconseja que no lo haga: la casa está rodeada por sus hombres, y él, aunque con gran pesar, se vería obligado a hacerla callar. Además le explica que no hay ninguna necesidad de dar un escándalo, puesto que no tiene intención de hacerle ningún daño a ella ni a su caja fuerte. La cuestión es que le persiguen y están a punto de prenderle; lo único que necesita es un refugio hasta que pase el peligro. A continuación abre su chaqueta y muestra seis pistolones ingleses que, según afirma, hubiese deplorado tener que emplear. 

Cartouche expone su plan a la mariscala: él se esconde tras unas cortinas mientras la mariscala pide a sus servidores que traigan una cena abundante. Luego deberá deshacerse de ellos durante el resto de la noche. Después de comer algo, el bandido decide dormir en la cama de la doncella

La tal doncella, de nombre Justine, era la amante de uno de sus hombres. Esa noche, invitada por la señora a disponer de su tiempo a su antojo, se apresura a abandonar la casa para acudir a su encuentro. Cartouche, mientras tanto, cena y cumplimenta a la señora por la buena comida de su casa, pero expresa sus reservas con respecto al champán. 

Después de cenar, Louis se acostó en la cama vacía de la doncella. Y sí, lo hizo solo: es preciso tener en cuenta que la mariscala rebasaba entonces los sesenta años. 


Cartouche se marchó al amanecer. Horas más tarde llamaban a la puerta de Madame de Boufflers: eran dos hombres que venían a dejar cien botellas de champán. 

Su gratitud hacia la dama que le había dado refugio sería eterna. Una noche la carroza de la mariscala fue detenida en la rue de Cherche-Midi. Cartouche estaba presente y reconoció a la víctima, y entonces corrió hacia ella. 

—Dejad pasar, hoy y siempre, a Madame de Boufflers —ordenó. 

Y luego se acercó a la portezuela y colocó en su dedo un anillo de diamantes robado días antes. 

Ella tampoco olvidaría al galante bandido. Cuando más tarde fuera arrestado, la dama lo visitaría en su celda y le daría dinero para aliviar su situación. 

Entre esos gestos que le hicieron tan popular, se cuenta también el que tuvo aquella noche de 1719 en que, al acecho de alguna víctima en el Pont-Neuf, ve a un hombre que quiere tirarse al río y actúa con rapidez para agarrarlo antes de que pueda consumar su propósito. El desdichado era un ropavejero comido por las deudas. Sus acreedores le reclamaban 25.000 libras, y no tenía manera de hacer frente al pago. 

—Yo me encargo de librarle de toda esa gente —se ofrece Cartouche—. Tome estas tres mil y convoque mañana por la noche a todos sus acreedores. Yo estaré allí con el dinero necesario. 

Louis acompaña al hombre hasta su domicilio para asegurarse de que llegará sano y salvo, y al día siguiente se presentaban los acreedores. El bandido les paga íntegramente hasta el último céntimo haciéndose pasar por el delegado de una asociación anónima de beneficencia. Pero cuando ya han cobrado la deuda y se marchan en su compañía, apenas llegados al final de la calle los hombres de Cartouche los emboscan y vuelven a llevarse el dinero. Louis hace la comedia y finge lamentarse más que ninguno, pero en su interior brincaba de gozo: recuperaba hasta la última moneda y además ya no podrían reclamarle nada a aquel pobre diablo. 


Cartouche fue arrestado en alguna ocasión. Una vez era ya tan famoso que el guardia supo de inmediato quién era su prisionero. 

—Le reconozco. Usted es Cartouche. 

—¿Está seguro? 

—Absolutamente. 

—¿Tanto le interesa a usted que yo sea ese? 

—Sí, hasta 24 libras, que es el precio prometido a quien le entregue. 

Louis le entregó una cartera diciendo: 

—Ahí van doscientas. Y tome usted estas dos tabaqueras. 

Cartouche se presentó ante el juez con una identidad ficticia sin ser delatado y viendo corroborada su suave versión acerca del altercado que había organizado en una taberna. Al final quedó en libertad con solo una amonestación. 

En otra ocasión fue atrapado con las manos en la masa y conducido a la prisión de Fort-L’Evêque. Iban a colgarlo, pero logró evadirse de su celda. 

Hubo una nueva orden judicial contra el fugitivo. Se colocaron grandes anuncios y un pregonero iba haciendo sonar su trompeta entre redobles de tambores para publicar el bando. El 28 de marzo de 1721, el pregonero, en compañía de unos 80 arqueros de a caballo y a pie, había llegado a una plaza y lanzó la fórmula tradicional: 

—En nombre de Su Majestad el rey y de todos nuestros señores del Parlamento, se ordena al llamado Louis-Dominique Cartouche… 

Pero una voz que surgió de entre la multitud le impidió continuar. 

—¿Cartouche? Aquí estoy. ¿Quién pregunta por mí? 

Inmediatamente se produce una desbandada general. Cartouche y una veintena de sus hombres se quedan solos riendo de buena gana.


Continuará

lunes, 29 de abril de 2013

Cartouche: historia de un bandolero (II)


El padre de Cartouche comenzó a darse cuenta de que los gastos de su hijo no se correspondían con sus ingresos. Al principio, como era conocedor de su relación con la lavandera, supuso que el dinero procedía de ella, pero al cabo de un tiempo dejaron de cuadrarle las cuentas: aquella mujer seguramente no podía disponer de tanto. Dispuesto a averiguar toda la verdad, un día el tonelero decide seguir a Cartouche hasta las proximidades del Palais Royal. Fue suficiente para ver confirmadas sus peores sospechas. 

El disgusto del hombre al ver que Luis había vuelto a las andadas fue tremendo. Puesto que él no había sido capaz de corregirlo, lo único que podía hacer a esas alturas era dejar que lo intentaran en un reformatorio. El tonelero guardó el secreto de su descubrimiento y solicitó una lettre de cachet con la que presentarse en el asilo de San Lázaro, antigua leprosería que se había convertido en una institución en la que la congregación de la Misión de San Vicente de Paul trataba de devolver al camino a ovejas descarriadas como Cartouche. 

Una vez ajustado el precio por la manutención, regresó a casa y propuso a su hijo que lo acompañara con el pretexto de entregar unos toneles de vino. Pero Cartouche es inteligente y recela la argucia. Sobre lo que ocurre a continuación hay dos versiones. Según una de ellas, la más verosímil, al ver que su destino es San Lázaro, teme que su padre se proponga encerrarlo, de modo que le da una excusa, va en busca de sus cosas y las empaqueta con rapidez antes de darse a la fuga. La segunda afirma que llegó a entrar en San Lázaro, pero mientras su padre iba en busca del procurador, Cartouche se despojó de chaqueta y sombrero y se puso el pañuelo en la cabeza para salir disfrazado. 

San Lázaro, que se convertiría en prisión en tiempos de la Revolución

Louis-Dominique cruza el Sena y se refugia en una sucia taberna. A partir de entonces comienza a salir cada día en busca de botín, una actividad en la que cada vez se muestra más diestro. Sabe que abundan los soplones, y que son el principal peligro, pero es listo, los reconoce y es capaz de eludirlos. Pero un día otro hombre se acercó a él y le pidió la bolsa. Cartouche desenvainó su acero. 

—Mi bolsa —replicó— está al final de mi espada. 

El otro se echó a reír. Dijo que solo había querido ponerlo a prueba, porque lo había visto trabajar y admiraba su habilidad. Buscaba un socio, porque al suyo acababan de colgarlo en la plaza de Grève. Pero antes quería ver más. Louis le hizo una buena exhibición esa noche, y antes del amanecer se habían convertido en socios y amigos. Galichon lo condujo a su alojamiento, donde se encuentran con dos hermosas jóvenes, una de las cuales es la pareja de Galichon y la otra su cuñada. Afortunadamente para Luis, la cuñada estaba libre. 

Un día Galichon y las dos mujeres son arrestados. El hombre es condenado a galeras, mientras que ellas son enviadas al Gran Hospital. Cartouche había logrado escapar de milagro, pero volvía a encontrarse solo. La suerte corrida por su amigo le hace temer por la suya, y por un tiempo considera la idea de ganarse la vida de otro modo. Fue entonces cuando sirvió como lacayo en casa del marqués de Saint-Abre. Al mismo tiempo frecuentaba los garitos y tenía suerte con las cartas y con las mujeres. Pero es un tramposo, y no se cuida de disimularlo perdiendo de vez en cuando, por lo que acaba por ser descubierto y se le invita a marcharse. Todo aquel feo asunto condujo, a la postre, a la pérdida de su empleo junto al marqués. 


Sin oficio ni beneficio, Louis ofrece sus servicios al conde de Argenson, lugarteniente general de la policía, para “agarrarle todos los bribones de París”. Por entonces se pagaba un escudo por día por las denuncias, pero ser soplón era un oficio peligroso, porque siempre había otro que lo vigilaba para el bando contrario. Era demasiado riesgo para tan poco beneficio. Cartouche opta entonces por ayudar a los reclutadores a conseguir hombres para el ejército. Su tarea era emborracharlos y enviarlos al sargento para que el contrato quedara listo antes de que se pasara el efecto del vino y reconsideraran la cuestión. 

En esa tarea le iba bien hasta que un día solo fue capaz de reclutar tres soldados en lugar de los cuatro prometidos. El sargento lo invita a comer y Cartouche acepta ayudarlo con el traslado de los tres enrolados. Durante el almuerzo el vino corre sin medida, Louis se emborracha y se queda dormido. Cuando despierta al día siguiente, está maniatado, y el sargento le comunica que está alistado en su compañía. 

Pero Francia firmaba el tratado de Utrecht y ya no necesitaba tantas tropas. Cartouche, de nuevo un civil sin empleo, regresa a París. Es entonces cuando organiza su banda con los veteranos que recluta por el camino y que, una vez en París, continúan acudiendo a centenares. Así comienza su reinado sobre los bajos fondos. Partía con doscientos hombres, pero en sus mejores tiempos llegaría a tener dos mil miembros de ambos sexos que se repartían por toda Francia, pero el nombre de Cartouche solo era conocido por su veintena de lugartenientes; para el resto él era, simplemente, El Niño. 

En aquella tropa de malhechores no solo había soldados, hijos de familias arruinadas, niños sin techo o servidores desleales, sino que también Louison, el hermano de Cartouche, había decidido enrolarse. A él seguiría más tarde otro hermano y también la hermana. Cada afiliado debía, bajo pena de muerte, respetar un código. Se reconocían unos a otros mediante palabras clave y estaban obligados a ayudarse en cualquier circunstancia. Además, juraban estar dispuestos a morir por salvar al jefe. En cuanto al botín, se repartía según el grado de participación en su conquista. A cada miembro se le permitía retirarse solo con un preaviso y con prometer ser discreto en un futuro. Si no guardaba discreción y los delataba, pagaba con su vida. 


Cartouche obtenía, además, otra fuente de ingresos cobrando tributo a los mendigos y malhechores de París que no pertenecían a su banda. Contaba con encubridores y también tenía en nómina a médicos y cirujanos. Una buena atención médica era importante, porque frecuentemente había heridos en los choques con la policía, y no podían cometer la imprudencia de llevarlos al hospital. Los cerrajeros también hacían buen negocio trabajando para la banda, por no hablar de los fundidores de oro y plata. 

Uno de los procedimientos que empleaban los hombres de Cartouche era el de formar una pirámide humana que se sustentaba sobre el forzudo Auvergnat, y así encaramados llegaban a los pisos altos amparados en la noche. Esto llegó a ser tan frecuente que las gentes comenzaron a instalar rejas en las ventanas. La medida fue eficaz durante un tiempo, pero pronto los bandidos encontraron el modo de burlarla usando largos palos terminados en ganchos con los que agarraban las ropas y objetos de valor. Según su biógrafo Barthélemy Maurice, “algunas veces, incluso, se pinchaba en la carne de algún durmiente que empezaba a lanzar gritos de Melusine, a los cuales las gentes de fuera mezclaban carcajadas y risotadas descaradas. ¡Cuántas hermosas escenas conyugales, o casi, no sorprendieron los cartouchianos!” 

Más peligrosas eran las agresiones en la vía pública. El que se resistía o llamaba a los guardias recibía un golpe en la nuca con un bastón terminado en una punta de plomo. La banda está tan bien organizada y controla hasta tal punto las calles que ya no era extraño encontrarlos operando a plena luz del mediodía. 

Pero Cartouche no solo era un bandido despiadado, sino también un hombre que demostraba tener sentimientos. Trataba de no derramar sangre de los policías, aunque no siempre fuera posible, y algunas veces se detenía a consolar extrañamente a las personas desvalijadas. En ocasiones intercambiaba su ropa con los asaltados. Le gustaban “las modas cursis, los lazos, los colores rabiosos”. Y en más de una ocasión, encontrando en los bolsillos del asaltado una miniatura con un retrato de mujer, corría tras la víctima para devolvérselo. Además, como deferencia para con las personas a las que desvalijaban, la banda les transmitía una palabra clave que solo tendrían que pronunciar si eran atacados de nuevo ese día, y entonces serían respetados, a menos que se tratara de bandidos ajenos a Cartouche...


Continuará


domingo, 28 de abril de 2013

Cartouche: historia de un bandolero (I)


En la época de Cartouche, muerto ya Luis XIV, la corte se encontraba en torno al barrio del Palais Royal, sede del gobierno. A su alrededor se situaba la próspera burguesía comerciante, y en la periferia vivía el pueblo trabajador entre sórdidos tugurios, garitos y gentes sin empleo dispuestas a todo que encontraban refugio en escondrijos “en los cuales ningún cristiano se arriesgaría a entrar”. Había hambre, había miseria, había motines, había crímenes; pero aún no se soñaba con una revolución. Los más audaces se conformaban con salir en cuadrilla por las noches a atacar a transeúntes solitarios en los barrios elegantes. 

Louis-Dominique Garthausen, apodado Cartouche, fue un famoso bandolero de ese París de comienzos del siglo XVIII, jefe de una de las bandas de la Corte de los Milagros durante la época de la Regencia. En solo 28 años logró labrarse una reputación como enemigo público número uno. Él mismo no era capaz de recordar a cuántos policías y soldados había matado, y como ladrón fue un “jefe de banda cínico, capaz de sacudir París —ese París del que era el terror y del cual se proclamaba rey— con una gran carcajada”. Pero, a pesar de sus fechorías, sus contemporáneos no podían evitar sentir admiración por él. Y es que Cartouche no despreciaba solamente a la policía, sino también al propio Regente, Felipe de Orleáns, un hombre que, con sus vicios, su gobierno corrupto y sus sucios negocios, era aborrecido por la mayoría del país. 

Cartouche nació en octubre de 1693 en el barrio de La Courtille, rue Pont-aux-Choux. Fue el mayor de los hijos de un humilde tonelero y, al no poder su padre darle apenas educación, era analfabeto, como la mayoría de sus contemporáneos. Firmaba poniendo una cruz, pero sus modales fueron exquisitos, y su comportamiento abiertamente galante, incluso caballeresco con las damas 

Su única escuela fueron las calles en las que jugaba con otros niños de su edad hasta que al cumplir los doce llegó el momento de comenzar a aprender los rudimentos del oficio de tonelero. Las condiciones laborales de los niños eran penosas, y Louis no se resignaba a la pérdida de su libertad; cada vez que podía se escapaba con sus amigos y juntos merodeaban por los lugares donde se agolpaban los espectadores para contemplar algún espectáculo callejero. 

Un día provocaron un escándalo que causó las iras de comerciantes y burgueses. Los pequeños pícaros se dispersaron llevándose como botín algunas chucherías de las que se habían apoderado. Luis corrió tan veloz como le permitieron sus piernas hasta encontrarse fuera de las murallas, pero sabía que de nada serviría en realidad, porque había sido reconocido. Poco después los soldados se presentaban en casa de su padre e invitaban al tonelero a corregir severamente el comportamiento de su hijo. 


Cartouche no se atreve a regresar a su hogar. Teme que los soldados estén esperándolo allí, y anticipa el castigo y la paliza que con toda seguridad recibirá de su padre si se le ocurre aparecer en esos momentos, de modo que aplaza el regreso hasta el día siguiente, cuando espera que el enojo del honrado tonelero ya se habrá calmado un poco. Esa noche Luis se quedó dormido bajo un árbol, pero quiso el destino que entonces pasara por la carretera una troupe de gitanos, a medias saltimbanquis y a medias ladrones. Sea que los gitanos lo hicieran prisionero, como afirma la leyenda, o sea que se fue con ellos voluntariamente, a partir de ese momento lo encontramos alojado en uno de sus carros y aceptando aprender el oficio de artista y timador. 

Luis era bajito, esbelto, ágil y vigoroso, y tenía un rostro muy lindo. Al hacerse adulto siguió conservando un aspecto juvenil que hizo que los miembros de su banda lo apodaran El Niño. Esos rasgos le vinieron muy bien en sus comienzos delictivos, al conferirle un aspecto angelical que no despertaba recelos. Ello, unido a su buena disposición para el aprendizaje del oficio criminal, constituyó la mejor garantía de éxito. 

Iba a pasar con los gitanos de tres a cinco años en los que se sintió muy cómodo cortando bolsas y robando joyas y tabaqueras entre el gentío que se apretujaba al pie de las barracas. Le habían enseñado, seguramente, con la “escuela del maniquí”, que él mismo implantó después en su banda. Este método de aprendizaje consistía en desvalijar los bolsillos de un maniquí sujeto por unas cuerdas y lleno de campanillas que sonaban a la menor torpeza. 


Cuando la troupe de gitanos llegó a Ruan, no le quedaba nada por aprender. Allí permanecieron varios meses durante los cuales Louis contrajo una enfermedad de la piel que motivó su ingreso en un hospital. En aquel tiempo eso significaba estar prácticamente desahuciado: lo normal era que, cuando se entraba en un hospital, era para morir. Cartouche era fuerte y logró salir adelante, pero cuando recuperó su salud se encontró con que sus compañeros ya habían abandonado la ciudad. La causa había sido un mandato judicial que los expulsaba de la provincia en vista del aumento de latrocinios que estaban teniendo lugar desde su llegada. De no haber obedecido, los gitanos se hubieran enfrentado al látigo e incluso a la horca. 

Luis se encontraba solo, convertido en un vagabundo hambriento. Fue entonces cuando providencialmente se encuentra con su tío Tanton, hermano o tal vez cuñado de su madre. Tanton había venido de París, oficialmente para tratar un asunto sobre unos cerdos, pero en realidad para dedicarse a sus turbios negocios, ocultos bajo la tapadera que le proporcionaba su oficio de candelero. Alojado en una posada, después de cenar salió a fumar su pipa mientras contemplaba los barcos. Fue entonces cuando reparó en un jovencito muy flaco que se arrojaba sobre cualquier resto de alimento. Ambos se reconocen, lloran y se abrazan. El tío lo lleva a la posada, donde procede en primer lugar a disponer un baño para el chico, algo que parecía ser incluso más primordial que alimentarlo. Tanton tuvo que hacer que le raparan el pelo, de tantos piojos como tenía. Mientras tanto entró en una tienda y volvió con ropa nueva para él, porque los andrajos con los que se cubría no podrían tener ya otro destino que ser pasto de las llamas. 

Tío y sobrino deciden volver juntos a París, donde el tonelero ha estado más inquieto y afligido que enojado, y lo único que quiere es abrazar de nuevo a su hijo. La acogida es calurosa, y el encuentro con sus hermanos menores, que ya casi habían olvidado sus rasgos, muy emocionante. Para ellos aquel joven aventurero es un ídolo. Tiene tantas historias que contar y ha aprendido tantas cosas capaces de hechizar sus oídos… Luis es ya un consumado espadachín, maneja con gran destreza el pistolón y los palos; su elasticidad y agilidad no tienen rival, y además hace juegos de manos y ha aprendido el arte del mimo y el funambulismo. Sabe colarse por las chimeneas, ejecuta saltos imposibles, e incluso, hasta que el abuso inmoderado del alcohol no se lo impidió, era capaz de huir de la justicia saltando de tejado en tejado

Pero Cartouche parecía dispuesto a reformarse, y al día siguiente de su llegada se presenta muy serio en el taller paterno. Quiere ser un buen artesano como él, y se aplica a trabajar la madera y el metal. 


Durante año y medio Luis fue un hijo ejemplar y un trabajador modelo, y seguramente hubiera seguido siendo así de no haber surgido el amor en su camino complicándolo todo. El joven se enamora de una lavandera mucho mayor que él. De hecho, sorprendentemente la mujer tenía alrededor de cuarenta años, lo que en aquella época era “casi una edad canónica”. Su experiencia con los hombre era, además, muy amplia, por lo que no le costó ningún esfuerzo llevar al jovencito de la nariz. Cuando él la pretende, la lavandera le advierte sin rodeos “que sus encantos se compran”. Luis no tiene ni un escudo, pero decide que tiene que encontrar el dinero como sea. 

Después de registrar desesperadamente sus bolsillos y los cajones de su cuarto, comprueba consternado que están vacíos. El siguiente recurso es el calcetín de lana de su padre. El tonelero algo guardaba, pero no es suficiente, de modo que ya solo le queda poner en práctica alguna de las cosas aprendidas en su antigua vida. Cartouche abandona el taller para hacerse con las bolsas de los transeúntes…


Continuará

martes, 23 de abril de 2013

La Era del Libertinaje

John Wilmot, conde de Rochester

Después de la Restauración de los Estuardo en el trono de Inglaterra, la corte de Carlos II se entregaba al más absoluto libertinaje. El conde de Rochester y el duque de Buckingham eran tan famosos por su ingenio como por sus continuas borracheras, pero no eran, ni mucho menos, los únicos libertinos. Los jóvenes disolutos, miembros de la aristocracia o bien de la alta burguesía, parapetados tras sus privilegios, se unían en clubs que constituían auténticas tribus urbanas que en ocasiones se adentraban en lo criminal en su recorrido por los bajos fondos de Londres. Estos grupos tenían cada uno su propio nombre: Muns, Hectors, Scowrers, Nickers, Mohocks, y los tristemente célebres en tiempos de Carlos II: los Baller. Todos ellos actuaban con violencia y se entregaban a comportamientos sexuales sórdidos y desenfrenados sin respetar ningún código ético. 

Algunas damas, por cierto, también formaban parte de estos clubs. Pepys cuenta cómo “la sociedad conocida con el nombre de los Baller se había formado con algunos jóvenes calaveras, entre los cuales figuraba… Lady Banner, condesa de Arlington, con sus damas de compañía y sus doncellas. Allí se bailaba como Dios nos echó al mundo, entregándose a los mayores excesos. Todo está permitido a esta aristocracia abyecta. Es un carnaval de Venecia desenfrenado, aullando, sin el Consejo de los Diez y su terrible policía.” 

La condesa de Castlemaine se daba de puñetazos con la señorita Stewart en presencia de toda la corte, porque su rival había sido vista un día devorada a besos por el rey públicamente y por espacio de media hora. 

El conde de Oxford estaba enamorado de una actriz, y como ella no quería acceder a sus pretensiones sin matrimonio previo, el conde hizo que un trompeta de su regimiento se disfrazara de sacerdote y simuló una ceremonia. A la mañana siguiente abandonaba a la burlada “esposa”. Ella acudió ante el rey para quejarse del agravio, y obtuvo una pensión de mil escudos a modo de reparación mientras toda la corte, y el soberano el primero, reían a mandíbula batiente la ocurrencia de aquel sinvergüenza. Con tanta tolerancia por parte de las altas esferas, el asunto estaba abocado a alcanzar límites peligrosos. 

Carlos II

Buckingham, enamorado de la condesa de Shrewsbury, simplemente la tomó de la mano y la condujo a su hogar en pleno día. Una vez allí, metió a su esposa en un carruaje y la invitó a retirarse a casa de su padre. El marido de la condesa, nada complaciente con aquella irregularidad, perdió la vida a consecuencia de las heridas recibidas en el duelo que tuvo lugar para solventar el asunto. Cuentan que la propia condesa de Shrewsbury, disfrazada de paje, sujetaba las bridas del caballo de Buckingham mientras este se batía con su esposo, y que el vencedor se jactaba de haber recibido los favores de su amante antes de despojarse de las prendas cubiertas aún por la sangre del conde malherido. 

No fue, ni mucho menos, el único escándalo de Buckingham. En otra ocasión se disfrazó de hostelero y atrajo a su supuesta hostería a un puritano con reputación de ser avaro y celoso. Mientras él lo emborrachaba, su amigo Rochester, vistiendo ropas de aldeano, entró en la casa del hombre, adormeció con opio a su hermana y raptó a la esposa. La mujer lo acompañó llevándose consigo el dinero del marido. Cuando Rochester se hubo divertido lo suficiente, se la traspasó a Buckingham, y finalmente este la abandonó en las calles de Londres. Como despedida le dejó un consejo: que volviera a casarse. El hombre burlado, al volver a casa y ver que su mujer había huido dejando el cofre vacío, pasó la noche delirando y se ahorcó al amanecer. 

Rochester, poeta erótico y vividor, es precisamente el compendio de todos los vicios y locuras de esta que fue dada en llamar la Era del Libertinaje. El obispo Brunet, que escribió su vida para redención de pecadores, afirma que durante cinco años no hubo ni un solo día en el que se encontrara sobrio. Incluso el rey se hartaba de él de vez en cuando. Entonces lo desterraba, pero estas temporadas eran para Rochester como vacaciones en las que se entregaba a nuevos desenfrenos. “Se divertía disfrazándose de lacayo o mendigo, persiguiendo a mujerzuelas de baja estofa, que prefería a las de rango, por la variedad que aportaban a sus placeres. Otras veces, solo por gusto, se ponía disfraces raros, fingiendo tan perfectamente los personajes que aun los mismos que lo sabían, dudaban.” 

Rochester

Durante una de sus representaciones, haciéndose pasar por un charlatán extranjero y bajo el nombre de Alejandro Bendo, se puso a pregonar en plena calle. Repartía folletos que decían lo siguiente: 

“Curo, principalmente, esas enfermedades en las que tanto se recomienda la discreción. He visto recetas tan escandalosas como las del Aretino en sus famosos Diálogos. En las mías no hay nada de esto. Solo hallaréis remedios fáciles contra los sofocos, agitaciones nerviosas, los insomnios y otros accidentes que engañan a la mujer haciéndole creer que su corazón está en peligro, cuando, gracias a Dios, el mal no tiene relación alguna con aquel órgano.” 

Rochester, desde luego, hizo su agosto con esta farsa. Su consulta se llenó de gente durante tres meses. 

En 1663 Sedley y Buckhurst celebraron una noche de orgía que concluyó con ambos completamente ebrios; se desvistieron en el balcón de una taberna de Bow Street y, después de hacer un brindis ciertamente extravagante a la salud del rey, salieron desnudos a la calle. Los vecinos que aún dormían despertaron bruscamente de su sueño, aterrados por los gritos desaforados que iban profiriendo los juerguistas, amenazando a los transeúntes y atropellando a las mujeres. Consideraron divertido, incluso, colgar a una de ellas cabeza abajo. El asunto solo podía terminar de una manera: llegó el condestable y los metió en la cárcel. 

Pero fue entonces cuando se produjo el verdadero escándalo: el rey se ponía de parte de los caballeros libertinos; el condestable fue juzgado por haber tomado una medida tan drástica y condenado por abuso de autoridad. 

George Villiers, Segundo duque de Buckingham

Y es que Carlos II no se dedicaba precisamente a dar ejemplo de comportamiento sobrio a sus súbditos: un día se dedicó a escuchar canciones obscenas, y otro se hallaba tan embriagado que no pudo recibir al gran chambelán, quien solicitaba una audiencia con carácter urgente. Se encontraba en un estado tan deplorable que fue preciso trasladar al rey a su alcoba y acostarlo. 

Al no atajarse de raíz el problema de estas bandas, la situación se prolongaba aún en tiempos de la reina Ana, y los desmanes habían ido en aumento hasta convertirse en un grave peligro para la población. Los Mohocks fueron una de las últimas de estas bandas, y probablemente la peor. Fueron el terror de los londinenses a comienzos del siglo XVIII. Se dedicaban a mutilar a los hombres y violar a las mujeres. Según Lady Wentworth, “metieron a una anciana en un barril y la echaron a rodar colina abajo; a algunos les cortan la nariz, a otros las manos, y cometen barbaridades sin provocación previa. Dicen que son jóvenes caballeros; nunca roban el dinero a nadie.” 

El club tenía su propio presidente, que llevaba el título de Emperador de los Mohocks y se distinguía por una media luna tatuada en la frente. En 1712 la situación había llegado a tal punto que hubo de ser ofrecida una recompensa por su captura 

Otra de las bandas más temibles era la de los Hawkubites, activa entre 1711 y 1714. Cuando la oscuridad caía sobre Londres, estos desalmados salían en busca de sus presas. Golpeaban a mujeres, ancianos y niños, y, al igual que a los Mohocks, a veces se les iba la mano y llegaban a matar. 



Bibliografía:
Rakes, Highwaymen, and Pirates: The Making of the Modern Gentleman in the eighteenth century - Erin Mackie 
Mujeres en la corte inglesa – Tomas Murray y Leon Gozlan


sábado, 20 de abril de 2013

La cobardía de Gastón de Orleáns

El marqués de Cinq-Mars

Henri Coiffier de Ruzé, marqués de Cinq-Mars, era hijo de un buen amigo de Richelieu. Cuando contaba tan solo 12 años, Henri perdía a su padre, y el cardenal lo tomaba bajo su protección. Siete años más tarde Richelieu situaba al bello y brillante joven al lado del rey, como una estrategia para contrarrestar la excesiva influencia que Marie d’Hautefort ejercía sobre Luis XIII. Esperaba que Cinq-Mars se convirtiera en el favorito del monarca para así contar el cardenal con un instrumento más de poder. Totalmente sometido a sus directrices, la misión del marqués sería, principalmente, mantener entretenido al rey mientras el cardenal gobernaba Francia. 

Luis, desde luego, cayó de inmediato fascinado por el joven Henri, pero los cálculos de Richelieu resultaron errados, porque no iba a encontrar en el marqués al cortesano complaciente que esperaba. Cinq-Mars encontraba sumamente fastidioso permanecer al lado del rey, tan conocido por su austeridad, cuando él prefería entregarse a sus conquistas femeninas y los placeres de una vida disipada. En privado se burlaba de Luis XIII, y estando la corte en Saint-Germain se escapaba por las noches a París para ver a la famosa cortesana Marion Delorme, como cuenta Montglat en sus memorias: 

“A menudo hacía estas solitarias galopadas por miedo a que el rey se enterase; y así no tenía hora para dormir, porque era preciso que todo el día estuviese junto al monarca. Y este trabajo, unido al que le procuraban las noches junto a la damita, lo debilitó hasta tal punto que siempre estaba de mal humor; lo que hacía creer al rey que se aburría con él, y esto renovaba sus querellas, en las que el cardenal siempre era mediador”. 

María Luisa de Gonzaga-Nevers

Pero Cinq-Mars mostraba al mismo tiempo una gran ambición. Deseaba casarse con María Luisa de Gonzaga-Nevers, y para aspirar a su mano le era preciso conseguir un ducado, de modo que se aplicó a la tarea de agradar al soberano. Su carrera comenzó a ser meteórica. Al poco tiempo de su llegada era nombrado escudero mayor, y Richelieu se puso en guardia: al parecer la ambición no era incompatible con la juventud de su protegido, que se fijaba metas demasiado elevadas. El cardenal comprendió que en lugar de un aliado debía ver en él más bien a un rival, y se opuso a ese matrimonio, una unión que aumentaría alarmantemente su poder. 

— No creo que la princesa María olvide su alcurnia para seguir a un advenedizo —sentenció. 

Cinq-Mars jamás se lo perdonaría. 

El marqués comenzó a relacionarse con el duque de Bouillon y con Gastón de Orleáns, el hermano del rey, ambos enemigos declarados de Richelieu. Otro de los cortesanos con los que se relacionó por esas fechas fue un consejero de Estado llamado François Auguste de Thou. Cuando la duquesa de Chevreuse, amiga de Ana de Austria, partió al exilio, de Thou hizo las veces de intermediario en la correspondencia secreta que ambas mantuvieron. Richelieu se enteró, y aunque el consejero logró aplacarlo, ya nunca pudo recuperar la confianza que en otro tiempo había depositado el cardenal en él. Y como había llegado a ser imposible prosperar mientras Richelieu se mantuviera en el poder, de Thou entró en la liga que se había fijado como objetivo lograr su destitución. 

Varias veces estuvo Luis a punto de ceder y firmar la orden de destierro de Richelieu, pero entonces tomaba conciencia de que él solo no sería capaz de afrontar las tareas de gobierno, e invariablemente se volvía atrás. Viendo que el rey no se resolvía a apartar a su ministro, concibieron el proyecto de recurrir a España, que les proporcionaría tropas para apoyar la conspiración. 

Richelieu

El cardenal se hallaba por entonces en el Languedoc para reunirse con el ejército, pero, siempre bien informado, sus espías pusieron en su conocimiento el tratado. Richelieu lo presentó al rey, y con ello la suerte de los conjurados estaba echada. 

Luis XIII dio orden de prender a Cinq-Mars, pero no podía hacer lo mismo con su propio hermano, Gastón de Orleáns, que haciendo gala de su proverbial cobardía se apresura a renegar de sus amistades y escribirle a su enemigo el cardenal en los siguientes términos serviles: 

El rey, mi señor, me ha hecho el honor de escribirme cuál ha sido por último el efecto de la conducta de este ingrato Monsieur le Grand [título que se le daba a Cinq-Mars como escudero mayor]: es el hombre más culpable del mundo por haberos desagradado después de tanto como os debe. Los favores que recibía de Su Majestad me han hecho siempre guardarme de él y de todos sus artificios; pero bien habéis visto, y estoy seguro de ello, que si he tenido algunos miramientos con él ha sido solo superficialmente, reservando para vos mi estimación y mi amistad sinceras; y como sé que os estoy nuevamente obligado por el honor que me ha hecho Su Majestad al darme el mando de su ejército en la Champaña, os ruego creáis que jamás podréis tener un amigo más verdadero y fiel que yo, ni que sea con mayor sinceridad y ardor vuestro afectísimo 

Gastón.

Y no olvidó escribir a todos los amigos de Richelieu para que intercedieran por él ante el cardenal. Pero, consciente de que toda su mansedumbre en esos momentos no podría hacer olvidar las pruebas que había en su contra, se decidió a hacer una confesión traicionando a sus compañeros, tal como tenía por costumbre. Gastón tomó de nuevo la pluma y escribió lo siguiente: 

Gastón de Orleáns

Gastón, hijo de Francia, hermano único del rey, duque de Orleáns, penetrado de un verdadero sentimiento por haber faltado a la fidelidad que debo al rey mi señor después de tantos testimonios como he recibido de su extremada bondad, y deseando de todo corazón hacerme digno de la gracia y perdón que Su Majestad ha tenido a bien prometerme por medio del abate de la Rivière, le confieso sinceramente todas las cosas de las que soy culpable y de las que tengo conocimiento. 

Declaro y confieso a Su Majestad que desde el viaje de Amiens del año pasado fui solicitado y requerido muchas veces por M. le Grand para entablar inteligencias con él a fin de derribar al señor cardenal, a lo cual me resistí en un principio; pero habiéndome asegurado después en otra entrevista que poseía la entera confianza del rey, y viéndome apremiado para ir al viaje del Languedoc… entré en tratos con él con menos reparos desde que me aseguró la cooperación de M. de Bouillon y que me daría Sedan por retiro en caso necesario. 

Algunos días después, en una entrevista con M. le Grand y M. de Bouillon resolvimos, para poner en práctica nuestros designios, que M. le Grand permaneciese cerca de la persona del rey y yo me retiraría a Sedan con M. de Bouillon; que haríamos un tratado con España, cuya principal cláusula sería la paz general para atraer al pueblo a nuestro partido; que mientras el rey estuviese en Perpiñán entraríamos en Francia con las armas en la mano proponiendo la paz. Pero este proyecto no fue llevado a cabo por no haberlo juzgado necesario M. le Grand, persuadido de que podría igualmente lograr sus fines sin ese inconveniente. 

Sin embargo, como la proposición de hacer un trato con España quedó más bien aplazada que desechada, puse en manos de Fontrailles, en París, el pasado mes de enero, dos firmas en blanco con mi nombre solamente en un papel para hacer de él dos cartas, una dirigida al rey de España y la otra al conde-duque. Dichas firmas en blanco fueron llevadas por Fontrailles según este me ha dicho y lo creo cierto, puesto que recibí respuesta a dichas dos cartas de petición. 

En ellas se pedía un ejército de doce mil hombres de infantería, cuatro mil caballos y tropas veteranas de Alemania y dinero para armar gente en Francia. Había algunos otros artículos para mi subsistencia y para obtener cartas para mi retiro en todas sus plazas, en caso de que yo tuviese necesidad. Había también otro artículo para la subsistencia de dos grandes señores que no aparecían mencionados de otra manera, pero que efectivamente eran M. de Bouillon y M. le Grand. 

He hablado dos veces de este asunto en París a M. de Thou, a quien hallé enterado… Después Fontrailles vino a buscarme a Chambord para decirme que los negocios de M. le Grand iban mal, y que era preciso mirar por nuestra seguridad, en vista de lo cual envié al conde Ambijoux a Saboya a fin de pedir a M. de Bouillon una carta para que me recibieran en Sedan, carta que me envió. 

Después de esto me despachó M. le Grand un correo para decirme que se hallaba en malas relaciones con el rey, y me pedía opinión sobre lo que convenía hacer. Le respondí que estuviese en Molins en Gilbert el 4 de julio y se retirase conmigo al condado y desde allí a Sedan, pero el correo se encontró con que estaba ya preso. 

Si además de todo esto se encuentran algunas negociaciones directas o indirectas entre Montresor y M. de Thou, o entre otras personas, las he desaprobado como hechas sin mi conocimiento. 

Protesto ante Dios y suplico humildísimamente a Su Majestad que crea que la presente declaración que le hago es muy sincera y verdadera, y esto es todo aquello en lo que he tenido parte y ha llegado a mi conocimiento… por todo lo cual pido humildemente perdón a Su Majestad. En testimonio de lo cual escribo y firmo la presente de mi mano, mandando a mi secretario que la refrende. Hecha en Ayguepense a 7 de julio de 1642.

Bajo las firmas se lee “a la vuelta”, y en el dorso de la hoja hace un añadido: 

“Después de haber escrito lo anterior he recordado que había omitido la respuesta que me dieron de España, que fue que tendrían el ejército mencionado el 1 de julio, que me darían 400.000 escudos para armar gente en Francia… El tratado me lo trajeron a Blois firmado por el conde-duque, y no habiéndolo querido yo firmar, lo he conservado hasta que Monsieur le Grand fue arrestado. Entonces lo quemé. Yo debía haber enviado la ratificación a don Francisco de Mela, lo que no hice…” 


miércoles, 17 de abril de 2013

María de Brabante, Reina de Francia



Cuando el rey Luis IX partió por segunda vez a la Cruzada en 1269, lo hizo llevándose a su familia consigo. Lo acompañaba su hijo y heredero, Felipe, y también su nuera, Isabel de Aragón. Pero el rey ya no regresaría nunca a Francia. Moría en Túnez, y su hijo se convertía así en Felipe III. 

Felipe emprendió el regreso en medio de todas las penalidades que hubieron de sufrir quienes tomaron parte en la expedición de San Luis, tan espantosas que, según un cronista de la época, fueron “numerosos los que hubieran querido seguir al Paraíso al santo rey”. Hubo una terrible tempestad en la que naufragaron varios barcos, y poco después su esposa, encinta de seis meses, caía del caballo al cruzar un río y resultaba fatalmente herida. Al cabo de 16 días fallecía Isabel tras dar a luz prematuramente a un niño que no logró vivir más de unas horas. 

El horror no terminaba ahí: para poder trasladar su cuerpo a Francia, tuvo que ser sometido a un espantoso tratamiento que era costumbre realizar en Italia: su cadáver fue confiado a un especialista que lo hizo hervir, después de lo cual se enterraron las carnes y se depositó el esqueleto en un ataúd para ser conducido a París. Cuando llegó con los féretros de su padre, de su mujer y de su hijo, el pueblo lo contemplaba desencantado. “El rey no trajo de la Cruzada más que cofres vacíos y ataúdes llenos de huesos”, murmuraban. 

Tres años después Felipe se dispuso a buscar nueva esposa. La elegida fue finalmente María, hija del duque de Brabante y de María de Hohenstaufen. La nueva contrajo matrimonio con el rey en el bosque de Vincennes en agosto de 1274. Al año siguiente era coronada en la Sainte-Chapelle.


María estaba considerada una joven hermosa, elegante, instruida y amante de la historia. Su propio padre era poeta y había conseguido inculcarle la afición por las letras. Su pasión por la literatura era tan reconocida que la leyenda quiso atribuirle una parte en la redacción de ciertos cantares de gesta de Adenet. La joven, que disfrutaba con las fiestas y los bailes, parecía una heroína de las novelas de caballería; trajo consigo un toque de alegría a la corte y se convirtió pronto en musa y protectora de los trovadores. Pero, al contrario que Isabel de Aragón, la nueva reina se interesaba por los asuntos políticos y se puso al frente de un bando que se dio en llamar partido brabanzón y se oponía a la excesiva influencia de la reina madre, Margarita de Provenza. 

Felipe se mostraba enamorado de su esposa. Algunos de sus nobles estaban muy satisfechos con la nueva situación, porque pensaban que ella sería capaz de alejar el nefasto influjo que ejercía sobre el rey Pierre de la Broce, el hombre que había comenzado siendo cirujano y valet de su padre, pero que se había enaltecido tanto que ahora ocupaba el puesto de chambelán y primer ministro. De la Broce hundía sus manos en el tesoro real sin que el rey pareciera darse cuenta de nada. Las desmedidas mercedes con las que el soberano distinguía a su chambelán llegaron incluso a originar rumores de una relación amorosa entre ambos. 

La camarilla que había comenzado a reunirse en torno a la reina se propuso como uno de sus objetivos la caída del favorito, al que consideraban un advenedizo. Pero no era tarea fácil derribar a un hombre tan astuto. Guillermo de Nancis nos cuenta lo siguiente: “Como la reina gozaba cada vez más de los favores del rey y de su amor, Pierre de la Broce, chambelán de Felipe, que tenía tanta familiaridad con él que todos lo honraban más que a cualquier otro, empezó a inquietarse por este amor del rey por la reina; pues era un hombre envidioso que sufría ante la dicha de otro. Temió que aquella mujer, demasiado sutil, llegara a conocerlo y hacerle perder el favor del monarca. Desde entonces la iniquidad nació en su corazón y buscó sin cesar el medio de separar al rey de la reina”. 


Y de pronto ocurrió un extraño suceso que le ofreció en bandeja la ocasión de llevar a cabo sus propósitos. Una tarde el príncipe Luis, hijo del primer matrimonio del rey, abandonaba la habitación de María, donde había bebido un vaso de agua. El niño, que solo contaba doce o trece años, caía enfermo al poco tiempo y fallecía en cuestión de horas. Pierre de la Broce acusó a la reina de haberle suministrado un veneno, y expresó su convicción de que tenía la intención de hacer lo mismo con todos los hijos que el rey había tenido con su primera esposa, para así asegurar el trono de Francia para el suyo, que acababa de nacer. 

La acusación llegó a oídos del rey, que no dio crédito a las murmuraciones. Dio cuenta de ellas a María, quien a su vez señaló a de la Broce como el origen de las mismas. 

Felipe no sabía qué hacer, y para ayudarse a tomar una resolución pidió al obispo de Bayeux que consultara con una adivina que vivía en la ciudad de Nivelle y tenía reputación de recibir informaciones directamente del cielo. Pero el obispo era pariente del chambelán y, aconsejado por él, se presentó ante el rey y le dijo durante su conversación con la adivina había quedado de manifiesto que la muerte del príncipe se debía a una intriga de la camarilla que rodeaba a la reina. 

El rey no se conformó con esta versión, y posteriormente encargó al obispo de Lieja una nueva entrevista con la mujer de Nivelle para poder contrastar las palabras del de Bayeux. El encuentro tuvo lugar a pesar de todos los obstáculos que trató de poner de la Broce y, según consta en las Grandes Crónicas del año 1276, la mujer encargó al enviado que dijera al rey que “no debía creer nada de lo que se insinuaba contra su mujer porque esta era buena y fiel, y amaba de todo corazón a él y a los suyos”. 


La respuesta tranquilizó a Felipe y situó a la reina en posición de exigir la ejecución del chambelán, con el apoyo de los grandes barones del reino. Muchos pensaban que había sido el favorito el verdadero responsable de la muerte del príncipe, pero nada era suficiente para que el rey se decidiera a proceder contra él. No lo hizo hasta que poco después ocurrió un suceso crucial. Durante el verano de 1276 Felipe reunía un inmenso ejército con la intención de invadir Castilla, debido a las constantes ingerencias de Alfonso X en los asuntos del reino de Navarra. De pronto, y de modo inexplicable, el rey de Francia decide negociar con Alfonso. Los barones temen que el extraño cambio de actitud se deba a la traición de alguien que le ha hecho creer que el castellano deseaba esa negociación. Días más tarde un mensajero muere en un convento. Era portador de una caja que contenía unas cartas y llevaba el sello de Pierre de la Broce. Cuando el rey la vio con sus propios ojos, conoció el entendimiento que había entre su chambelán y el rey de Castilla. 

Nunca sabremos si se trató de una traición real o de un montaje de sus enemigos para darle el golpe de gracia. No es imposible que todo hubiera sido organizado por los barones de la corte, pero con tanto éxito que finalmente provocaron la caída del favorito. En enero de 1278 era arrestado en Vincennes y encerrado en Janville, lejos de la corte. Acusado de alta traición, se le condenó sin ser sometido a ningún proceso y se le impuso la más degradante de las muertes: el 30 de junio era colgado en Montfaucon. 

Su caída provocó la de todo su clan. El obispo de Bayeux hubo de huir a Roma para escapar a la venganza de la reina, y los descendientes del chambelán no recuperaron siquiera una parte de sus bienes hasta el reinado de Felipe IV. 

Entre buena parte del pueblo, sin embargo, continuó flotando la sospecha de que de la Broce era inocente, y la reina, en cambio, culpable de la muerte de su hijastro. 


En cuanto a los demás hijos del primer matrimonio del rey, vivieron lo bastante para que uno de ellos alcanzara el trono como Felipe IV y comenzara a quemar Templarios. A los hijos de María tampoco les fue tan mal: el primogénito, Luis, fue origen de la Casa de Évreux-Navarra, y de las dos hijas de la reina, Margarita casó con Eduardo I de Inglaterra y Blanca con Rodolfo III de Habsburgo. Pero María sufriría el dolor de verlos morir a los tres. 

María de Brabante se retiró de la corte a la muerte de su esposo en 1285 y se dedicó exclusivamente a la educación de sus hijos. Vivió durante 36 años olvidada por todos, hasta alcanzar casi la edad de 70. Fue enterrada en el convento de los Cordeliers, pero un incendio destruyó su tumba en 1580.



sábado, 13 de abril de 2013

¡Salvad a los perros y al Duque de Monmouth!

Van Dyck - Los tres hijos mayores de Carlos I : Carlos, María y Jacobo


He cannot be a gentleman who loveth not a dog (Proverbio ingles) 

Tan conocido como el amor del cardinal Richelieu por los gatos fue el de los Estuardo por los perros spaniel, en especial el del rey Carlos II y su hermano Jacobo II. Su pasión era tal que dio lugar a curiosas anécdotas. En 1682 Jacobo, siendo aún duque de York, navegaba en medio de una terrible tormenta en la que muchos de los marineros perecieron ahogados, y cuentan que en el momento más desesperado se lo oyó gritar: 

“¡Salvad a los perros y al duque de Monmouth!”. 

El duque de Monmouth era el hijo del rey. Obviamente Jacobo concedía a los perros la misma prioridad, e incluso los mencionaba antes. 

Se trataba en realidad de una afición común entre los reyes Estuardo: un pequeño spaniel acompañó a la reina María de Escocia hasta el cadalso oculto entre sus faldas; se negó a apartarse de ella y murió de pena unos cuantos días después de morir su ama. Otro spaniel acompañó también a Carlos I camino de su ejecución en 1649. Jacobo I amaba a sus podencos favoritos, Jowell y Jewell, el último de los cuales resultó muerto por un disparo de la propia reina, que lo confundió con un ciervo durante una cacería. En 1617 Jacobo I fue acusado de amar a sus perros más que a sus súbditos. 

Pero Carlos II superó a todos ellos en su amor por estos animales. Tenía un gran número de spaniels enanos que le seguían ladrando a todas partes, lo cual llegaba a resultar sumamente molesto y suscitaba las quejas de muchos de sus cortesanos. En una ocasión un caballero, al ser mordido por uno de los perritos, exclamó: 

“¡Dios bendiga a Vuestra Majestad! ¡Pero Dios maldiga a vuestros perros!” 


El rey los tenía en su propia alcoba, dejaba que se metieran en su cama y que las perritas parieran y amamantaran a sus cachorros allá o en cualquier parte, para desconsuelo de todo el mundo en la corte, pues consideraban ofensivos tales extremos y los efluvios que frecuentemente se derivaban de ellos. Además firmó un decreto que obligaba a aceptar a sus spaniels en todos los edificios públicos, incluido el Parlamento. Samuel Pepys cuenta cómo los perros circulaban libremente por el palacio de Whitehall, hasta en ocasiones en las que se trataban asuntos de Estado. En una entrada de su diario, con fecha de 1 de septiembre de 1666, Pepys describe una reunión del Consejo y anota: “Todo cuando observé allí era la necedad del rey, jugando con su perro todo el tiempo y sin preocuparse de los asuntos”. Pero hay que tener en cuenta que no eran los perros lo único capaz de distraer la atención del monarca: durante los servicios religiosos solía jugar al cucú-tras con Lady Castlemaine por entre las cortinas que separaban su palco del de las damas. 

Como a Carlos lo llamaban el Rey Caballero, su raza favorita fue bautizada en su honor como Cavalier King Charles. Un ejemplar de esta raza era carísimo, hasta el punto que solo los miembros de la realeza o las personas más acomodadas podían aspirar a tener uno. De hecho, era un regalo muy apreciado entre aristócratas. La consecuencia era que al rey le robaban los perros, por lo cual Carlos II se veía obligado a poner anuncios constantemente ofreciendo recompensas por su devolución. Algunos resultan curiosísimos, como este aparecido en el Mercurius Publicus de Londres en julio de 1660 y atestigua el sentido del humor del rey, a quien no en vano llamaban The Merry Monarch: 

"Debemos hacer un llamamiento otra vez por un perro negro, entre galgo y spaniel, sin nada blanco, solo una raya en el pecho y el rabo un poco corto. Es el perro de Su Majestad, y sin duda fue robado, pues el perro ni nació ni se crió en Inglaterra, y nunca abandonaría a su amo. Aquel que lo encuentre puede informar en Whitehall, pues el perro era más conocido en la corte que quienes lo robaron. ¿Es que nunca dejarán de robarle a Su Majestad? ¿Acaso no puede tener un perro?..."

Pierre Mignard - Retrato de Henrietta Anne, duquesa de Orleáns

Algunos piensan que el cartel de “Beware the dog” (cuidado con el perro) se originó en esta época, con la intención de advertir a la gente para que no pisaran a los pequeños spaniels. Es posible que durante el reinado de Carlos II la advertencia llevara, en efecto, esa intención, pero el cartel no era nuevo en absoluto: entre las ruinas de Pompeya encontramos ya el "cave canem".

La hermana del rey, Henrietta Anne, cuñada de Luis XIV al casarse con su hermano el duque de Orleáns, tenía su propio spaniel favorito, un ejemplar enano de color rojo y blanco con el que fue retratada por Pierre Mignard. Y su madre, Enriqueta María de Francia, compartía ese amor por los perros. Un testigo nos cuenta que cuando se entrevistó con ella en 1662 “me contó muchas historias curiosas acerca de la sagacidad de unos perros que había tenido”. 

Según queda reflejado en las cuentas reales, los perros del rey disfrutaban de muchos lujos: Carlos encargaba comprar cojines para ellos, y pasearlos  era un negocio lucrativo: en 1662 George Russell recibía una paga de 20 peniques diarios por ello, y 7 libras al año para sus libreas. 

En tiempos de los Estuardo la pasión de los aristócratas por sus perros rayaba en la locura, y los trataban con suma indulgencia. Según un testimonio, cuando volvían de una cacería “suelen preocuparse más por los animales que por sus servidores, y los hacen tenderse a sus pies, y a menudo golpean al sirviente en lugar de al perro…”. Eso sin contar, desde luego, que estaban mucho mejor alimentados que el personal a su servicio. Los spaniels, junto con los galgos, eran considerados “perros de caballero”. 


El spaniel se mantuvo como favorito de la aristocracia hasta el reinado de María y Guillermo, que manifestaron preferencia por el Pug que él había traído de Holanda. El pobre spaniel cayó un poco en desgracia, porque era de mal gusto que una corte protestante siguiera teniendo los mismos perros que el anterior monarca católico. A nadie le interesaba que lo asociaran con el depuesto Jacobo aunque solo fuera a través de sus perros. Sin embargo posteriormente la reina Ana compartió la afición de su padre Jacobo por los spaniels, y debido a ello estos animales consiguieron resistir durante el siglo XVIII como perritos falderos para señoras. Las damas aún aparecían en los retratos junto a spaniels enanos, que encontraron un último reducto en el palacio de los duques de Marlborough

Más adelante, ya en el siglo XIX, la reina Victoria tuvo durante los años de su infancia y adolescencia un Cavalier King Charles tricolor al que adoraba. Se llamaba Dash, y en su tumba puede leerse una inscripción con un mensaje escrito por la propia reina: 

“Aquí yace Dash, el spaniel favorito de Su Majestad la Reina Victoria, por cuyo encargo se erigió este monumento. Murió el 20 de diciembre de 1840, en su noveno año. Ofreció cariño sin egoísmo, alegría sin malicia, fidelidad sin engaño”. 

Otros personajes que amaron a los spaniels fueron María Tudor, su hermana la reina Isabel, Luis XIV y el príncipe Ruperto.


Fuentes:
King Charles II - Antonia Fraser
History of King Charles II of England - Jacob Abbott
Marketing: The Complete Awakening - Pando C. Papantoniou
Man and the Natural World: Changing Attitudes in England 1500-1800 - Keith Thomas
The Diary of Samuel Pepys
www.i-love-cavaliers.com/Famous_Cavaliers.html
www.petwave.com/Dogs/Dog-Breed-Center/Toy-Group/Cavalier-King-Charles-Spaniel/Overview.aspx


miércoles, 10 de abril de 2013

Los gatos del cardenal Richelieu


El cardenal Richelieu era un gran amante de los animales, y en especial de los gatos. Muchos se reían de este amor desmedido que reflejaba, además de una sensibilidad hacia la gracia y la belleza, un cierto desencanto hacia la compañía del hombre. Tenía catorce de raza angora turco y cuyos nombres han llegado hasta nosotros: 

Félimare, con su aspecto atigrado. 

Lucifer, de color negro azabache. 

Ludovico el Cruel, así llamado porque era implacable matando ratas. 

Ludoviska, una gata polaca, pareja de Ludovico. 

Mimi-Paillon, cuyo nombre recuerda mucho al del gato de Mademoiselle de Gournay, Ma Mie Paillon, por lo que puede que se trate del mismo animal, que haya pasado a manos del cardenal. 

Mounard-Le-Fougueux, el fogoso, caprichoso y muy pendenciero. 

Rubis-sur-l'ongle. “Payer rubis sur l’ongle” significa pagar a tocateja, al contado. Pero el cardenal hace un juego de palabras con “ongle” (uña). A Rubis le gustaba mucho la leche, y siempre apuraba hasta la última gota en el platito. 

Serpolet, tomillo. Le encantaba tomar el sol. 

Príamo y Tisbe, así llamados en honor de los dos amantes legendarios, porque les gustaba dormir enlazados. 

Racan, nombre de un poeta y académico. 

Perruque (peluca). 

Soumise (sumisa), la gata favorita del cardenal. 

Y, por último, Gazette, que recibió ese nombre por ser la más indiscreta. 


Perruque y Racan habían nacido en la peluca del académico. Se cuenta que el hombre no se había percatado y se puso la peluca para ir a ver a Richelieu, pero entonces comenzó a sentir molestias y, al quitársela, descubrió a los gatitos, que el cardenal adoptó. El despiste de Racan parece algo fuera de lo común, si tenemos en cuenta que las pelucas de la época aún no eran la masa frondosa del reinado de Luis XIV.

Su Eminencia había destinado a sus gatos una habitación especial en la corte. Les permitía subirse a su cama, y por la mañana jugaba con ellos. Su favorita, Soumise, solía dormir sobre sus rodillas. Los alimentaba a base de patés de pechugas de pollo, y tenían dos servidores a su disposición. En caso de que tuvieran algún problema de salud, se llamaba al médico personal del cardenal para atenderlos. Alexandre Landrin escribe: “En el caso de Richelieu la afición a los gatos era una manía; cuando se levantaba por la mañana y cuando se acostaba, siempre estaba rodeado por una docena de ellos con los cuales jugaba, y disfrutaba observando cómo saltaban y jugueteaban entre sí. Había adaptado una de sus cámaras para ellos… Abel y Teyssandier acudían por la mañana y por la tarde para alimentarlos con patés elaborados con carne de pollo. A su muerte dejó una pensión a sus gatos y a Abel y Teyssandier, para que pudieran continuar desempeñando su cargo”. 

Richelieu les encomendaba una misión muy especial: proteger los tesoros de la biblioteca real contra los roedores. Cuando trataba algún asunto de Estado, siempre tenía cerca uno de sus gatos. Gaston Percheron escribió al respecto que “la historia registra que Richelieu acariciaba con una mano a una familia de gatos que jugaban sobre sus rodillas, mientras con la otra firmaba la orden de ejecución de Cinq-Mars”. 

En aquel siglo las gentes solían preferir como mascotas a loros, canarios y perros, y la presencia de los gatos solía quedar reducida, en todo caso, a las cocinas. Richelieu contribuyó enormemente a la consideración del gato como animal de compañía en una época en la que La Iglesia los asociaba a las brujas. Es curioso que ya durante el siglo anterior otro de los personajes que mostró gran amor por estos animales fuese también un cardenal: el inglés Wolsey


Era una tradición sumamente popular quemar gatos en la hoguera durante la noche de San Juan, haciendo que los animales compartieran así destino con herejes, hechiceros y asesinos. En las grandes plazas de Francia se encendían hogueras a las que la gente arrojaba los gatos que habían capturado. Los parisinos hacían su celebración en la plaza de Grève, y luego recogían las cenizas y las llevaban a sus casas, convencidos de que traían buena suerte. 

No solo se quemaban gatos en Francia; en la Inglaterra de María Tudor también ardieron como símbolo de la herejía protestante, mientras que en la era isabelina continuaron ardiendo como símbolo de la herejía católica. 

Habría que esperar a Luis XV para ver a los gatos plenamente considerados animales de compañía. Este monarca, sin duda el que más los amó, tenía un gato blanco que acudía a su habitación cada mañana y que estaba autorizado a jugar sobre la mesa del consejo durante las reuniones. 

Desgraciadamente no pudieron cumplirse las disposiciones del cardenal Richelieu para que los gatos vivieran felices después de su muerte, porque la guardia suiza los quemó a todos. Los guardias sentían ese desagrado supersticioso de buena parte de la población hacia los gatos. 

La salvajada se quedó corta comparada con la fóbica reacción de Enrique III de Francia ante estos animales. El rey, tan valeroso en batalla contra los hugonotes, experimentaba tal pavor en presencia de un gato que llegaba a desmayarse cuando se cruzaba con uno. Se calcula que hizo matar a unos 30.000 durante su reinado. Era esta una fobia, por cierto, que más adelante compartiría Napoleón. El emperador no soportaba tener un gato cerca, y dicen que incluso podía subirse a un taburete hasta que el minino desaparecía de su vista. Otros personajes a los que se ha atribuido tradicionalmente idéntica fobia, más o menos acusada, son Alejandro Magno, Julio César, Gengis Khan, Luis XIV, Mussolini y Hitler.

domingo, 7 de abril de 2013

La Maupin: una espadachina en la Francia del Rey Sol (II)


Apenas se hubo recuperado Louis-Joseph de la estocada recibida durante el duelo, recibió órdenes del rey de incorporarse a su regimiento. Debía desplazarse a Alemania, pero antes se dirigiría a París, una ciudad a la que era demasiado peligroso que la Maupin regresara en esos momentos, puesto que pendía sobre ella una condena a muerte. 

Él y Julie se separaron con gran dolor, jurándose amor eterno y con la firme promesa de que volverían a encontrarse, no importaba dónde ni cuándo. Después Louis continuó su camino hacia París mientras ella emprendía otro hacia el norte, en dirección a Ruan. 

En aquella ciudad la Maupin conoció a un joven cantante, tan solo unos años mayor que ella. Se llamaba Gabriel-Vincent Thevenard, y era hijo de un abastecedor de Orleáns. Había dejado el trabajo en las cocinas de su padre para dedicarse a su carrera musical, y, con la intención de probar suerte en París, practicaba primero en provincias para ir ganando experiencia. Pronto Thevenard sucumbió a los encantos de Julie y se enamoró perdidamente de ella, dando comienzo una nueva relación

La Maupin seguía deseando ir a París, pero era demasiado peligroso aparecer en público mientras estuviera condenada, y de ese modo nunca podría triunfar en el teatro ni estar cerca de Louis. Tenía que conseguir de algún modo que la sentencia fuera anulada, y se le ocurrió que tal vez el conde de Armagnac, aquel que había sido su primer amante, podría ayudarla. 


Julie se presentó disfrazada en la casa del conde en el Marais. Él aún conservaba afecto por esta joven salvaje, a pesar de todos los quebraderos de cabeza que le había dado, así que accedió a ocuparse de ese asunto. Cumplió su palabra y habló con el rey. Tres días más tarde Luis XIV, quien dicen que se regocijaba secretamente con la osadía de la aventurera, le concedía el perdón. 

Julie contaba 21 años cuando regresó a París en 1691. Thevenard ya se encontraba allí, y había sido aceptado en la compañía de la Opera, donde, tal vez en parte gracias a su influencia, también ella fue admitida. 

Con el nombre de Mademoiselle Maupin debutó con éxito como Palas Atenea en Cadmo. Contribuía a la aceptación de la que gozaba su voz el hecho de que era la cantante más atractiva de la compañía, y una buena actriz que se desenvolvía muy bien con la danza. Pero la aventurera no podía contentarse con su carrera operística, de modo que se convirtió en duelista profesional al mismo tiempo. “Realmente era una duelista privilegiada, teniendo en cuenta que los edictos [que prohibían los duelos] no mencionaban a las mujeres”, explica el cardenal Dubois en sus memorias. 

Julie se vio envuelta en muchos escándalos, debido a que tan pronto iniciaba relaciones amorosas con los actores y actrices con los que compartía la escena como se batía con ellos. Fue sonada la violenta pasión que experimentó hacia la soprano Fanchon Moreau, cuyo rechazo la impulsó a un intento de suicidio

El cardenal Dubois dedica algunas interesantes páginas a Julia: 

“El duque de Chartres… pasó de Florencia a la Maupin, y no se cansaba de las chicas de la Opera. La Maupin tenía todo aquello de lo que carecía su antecesora; física y moralmente era un dragón; manejaba la espada como un maestro de esgrima; su lengua no era menos audaz. Su defecto más lamentable, en mi opinión, era su pasión por su propio sexo; esto incluso la llevó a excesos escandalosos. El duque de Chartres hizo lo posible por reformarla, y lo logró solo a medias…” 


La Maupin tuvo un duro enfrentamiento con Duménil, otro de los actores de la Opera. Este albergaba esperanzas de conquistarla y se tomó muy a mal que el duque de Chartres se interpusiera, de modo que, con la intención de apartarlo de ella fue en busca del cardenal Dubois y le contó el peculiar incidente en el convento que le había valido a Julie una condena a muerte. El cardenal aceptó colaborar en el plan divulgando la historia en el Palais Royal, “sazonado con mil ocurrencias que no honraban a la Maupin”, en palabras del propio Dubois. Ella, furiosa, envió una nota al cardenal jurándole que iba a matarlo. “Yo sabía que era perfectamente capaz de cumplir su palabra, y repliqué que los eclesiásticos, al igual que las mujeres, no combatían. Dada esta respuesta, me mantuve alerta, y ella desahogó su cólera con insultos que yo desprecié; por prudencia, sin embargo, me abstuve de viajar al extranjero durante dos semanas”. 

Julie decidió ocuparse también de Dumenil. Lo esperó en la Place des Victoires ocultando su identidad bajo un disfraz masculino. Allí lo retó, pero él se negó a batirse. Entonces ella lo golpeó con su bastón y se llevó su reloj y su cajita de rapé. 

Al día siguiente Dumenil contó a sus amigos de la Opera que había sido asaltado por tres ladrones, y que, aunque se defendió vigorosamente, habían logrado reducirlo entre todos llevándose esos objetos. Era lo que la Maupin estaba esperando para desenmascararlo públicamente. 

—Mientes —lo acusó—. No eres más que un cobarde. Fui yo sola quien te golpeó, y como prueba aquí está el reloj y la cajita, que ahora te devuelvo. 

Y a otro de sus compañeros, que también la había ofendido en úna ocasión, lo obligó a pedirle perdón de rodillas. 


Hubo veces en las que su atuendo masculino, más que anonimato, la envolvió en los escándalos a los que alude el cardenal. Durante un baile organizado por Monsieur, el hermano del rey, la Maupin asistió vestida de caballero y representó el papel hasta las últimas consecuencias. Sus atenciones se dirigieron hacia Mademoiselle de Sery, una hermosa joven cuyos bailes se propuso monopolizar, y luego Julie propuso una cita más discreta, lejos de las miradas de los cortesanos, sellando la propuesta con un apasionado beso en medio del salón de baile. 

Fue demasiado para el pretendiente con el que ya contaba Mademoiselle de Sery, y que de inmediato se dirigió hacia allá acompañado de dos de los guardias de Monsieur y protestando airadamente por el insensato comportamiento de la Maupin. 

—Monsieur, salgamos de aquí y me rendiréis cuentas por vuestra impertinencia —exigió el joven. 

—Con todo el placer del mundo. A vuestro servicio, caballero —respondió ella, lo que equivalía a un desafío según las fórmulas de la época. Su irritación era mayor debido a la frialdad con la que la bella había acogido su osado avance—. ¡Venid los tres, y más si lo deseáis! 

Los cuatro bajaron al patio y desenvainaron las espadas. Al poco tiempo los tres adversarios de la Maupin quedaban tendidos en el suelo

Julie estaba a punto de ser apresada cuando “Monsieur, informado de que el hermoso bailarín en el que se había fijado tan particularmente era una mujer disfrazada, impidió su arresto. Ella incluso volvió al baile entre la admiración general, y Mademoiselle de Sery se retiró desesperada; pero el duque de Chartres, para complacer a su amante titular, nunca volvió a ver a la Amazona. Se la cedió en cuerpo y alma a Monsieur, que se había enterado demasiado tarde de que era una mujer”, nos cuenta el cardenal Dubois. 


Al día siguiente esperaba que el rey, molesto por el incidente, decidiera ordenar finalmente su arresto, pero no fue así. Por fortuna para ella Luis XIV resolvió que, en efecto, su ley solo se aplicaba a los hombres, y que ella era libre de batirse si lo deseaba. 

Julie, mientras se apagaba el eco del terrible escándalo y por si el rey cambiaba de opinión, huía a Bruselas, donde se convertía por un tiempo en la amante de Maximiliano Manuel de Baviera, gobernador de los Países Bajos españoles. Pero el Príncipe Elector pronto se cansó de ella y la reemplazó por una condesa. Trató de deshacerse de la Maupin enviando al propio esposo de la condesa con 40.000 francos y órdenes de abandonar Bruselas, pero ella, ofendida, arrojó el dinero a la cara del conde, espetándole que era un regalo más adecuado para un cornudo como él

Pero abandonó Bruselas y regresó a París. Probablemente fue entonces cuando se reunió con su esposo, en busca de un poco de respetabilidad después de tanto escándalo. Ambos se reconciliaron y vivieron juntos hasta que él murió

A su regreso volvió a pisar los escenarios de la Opera, donde interpretó a Dido, la fundadora de Cartago, y a la diosa Minerva. En 1702 tuvo un gran éxito como Medea. Ese mismo año Campra compuso para ella la ópera Tancrède, la primera compuesta en París para una mujer que no fuera soprano. 


En 1705 se retiraba de la escena e ingresaba en un convento. En ese punto de su vida había tan solo un amor terrenal que había perdurado en su corazón durante todos esos años. Sus demás pasiones, por vivas e intensas que brotaran, se extinguían al poco tiempo; pero nunca pudo olvidar a Louis-Joseph d'Albert, ni tampoco él a ella. Aún se apoderaba de ambos "un deseo más tierno que les impedía romper". Él continuaba siendo, además, su amigo y confidente en los momentos difíciles; a él recurría Julie en busca de consejo. Ahora le escribió una carta en la que le confesaba la tristeza que inundaba su corazón, hastiada de los placeres de este mundo. En esas líneas estremecedoras le comunicaba su intención de retirarse a un convento y le pedía que la ayudara aceptando su resolución.

Louis se sumió en la desesperación. "Mirad a quién os dirigís. ¿Es mi religión, es mi corazón, es mi complacencia lo que deseáis poner a prueba? ¿Contáis, al consultarme, con que soy lo bastante dueño de mis sentimientos para fortalecer los vuestros?", comienza esa carta desgarradora y maravillosa con la que le responde, y en la que resulta patente lo que había aún entre ellos. "¿No es insultar a mi desdicha obligarme a aprobarlo?"

Poco es lo que sabemos sobre su vida a partir de entonces, excepto que en 1705 "antes de terminar el año, la amante del conde d'Albert se retiró a un convento, donde terminó sus días entregada a la más estricta penitencia". Julie moría dos años después, contando tan solo 37. 

En 1835 Théophile Gautier inmortalizaba a Julie d'Aubigny al publicar su novela Mademoiselle de Maupin, basada en el verdadero personaje. 



Fuentes:
http://home.wwdb.org/atkinsonk/public_html/La_Maupin.html 
http://www.eldacur.com/~brons/Maupin/LaMaupin.html 
Histoires des duels anciens et modernes - Fougeroux de Campigneulles 
http://historizo.cafeduweb.com/lire/11681-art-duel-en-jupons.html
http://www.corrieweb.nl/amazon/historica8.htm
Memoirs of Cardinal Dubois 
La Maupin: sa vie, ses duels, ses aventures - G. Lentainturier-Fradin