sábado, 30 de marzo de 2013

Holland's Leaguer: el gran burdel de Londres


Holland’s Leaguer era el más famoso de los burdeles de Londres durante el siglo XVII. Fue inaugurado en 1603 en unos terrenos situados en Southwark, en la orilla sur del Támesis, un lugar conocido como Liberty of Old Paris Gardens. Por su proximidad al Globe y otros teatros, el emplazamiento era el ideal para hacerse con clientela entre aquellos que acudían a ver las representaciones, por lo que no tardó en ser un negocio muy próspero. Al frente del local se situaba una mujer, Elizabeth Holland, nacida Baker, la más célebre prostituta de su época. Su esposo parece haber sido miembro de la familia que dirigía los bajos fondos londinenses en tiempos de la reina Isabel. 

La señora Holland, a la que llamaban Bess, cambió su nombre por el de Madame Britannica Hollandia, o Donna Hollandia, lo cual sonaba mucho más sofisticado en los oídos de sus contemporáneos. Seguía así una norma que se remontaba a tiempos de los romanos y según la cual las prostitutas adoptaban un nombre profesional para distinguirse, una costumbre que aún se mantenía. No hubiera sido, además, políticamente correcto ni diplomático conservar el verdadero, dado que coincidía con el de la anciana reina Isabel. “Este cambio de nombre permitió a Elizabeth seguir la vieja costumbre que decía que la “madam” de un burdel era o flamenca o francesa, y que las prostitutas deberían llevar curiosos nombres extranjeros, acordes con la creencia tradicional de que las prostitutas extranjeras conocían su oficio mejor que las británicas.” 

Bess había sido encarcelada en 1597 en la prisión de Newgate, acusada precisamente de regentar un burdel en Duke Street. Mientras otras mujeres eran deportadas a las colonias, ella tenía importantes contactos entre la aristocracia y suficiente dinero para comprar una cómoda existencia en Newgate, de modo que pagó una multa y escapó al castigo físico y a la humillación de ser azotada públicamente. Famosa por su fuerte carácter, a partir de ese momento puso todos los medios a su alcance para no volver a correr la misma suerte, lo que logró estableciendo su negocio en aquellos terrenos al sur del río, fuera de las murallas y de la jurisdicción de Londres. 


No era un burdel como los demás. A diferencia de otros establecimientos de la misma clase, que apenas se distinguían de una residencia común, el aspecto de Holland’s Leaguer era el de una ciudadela, una gran mansión fortificada con su foso y puente levadizo. Había un portero custodiando el lugar, un ex convicto de proporciones gigantescas que era enteramente devoto a Bess. Él protegía a las mujeres, se ocupaba de clientes desagradables e impedía que los intrusos se colaran sin pagar. La seguridad de las prostitutas que allí trabajaban era primordial: de ninguna manera podían ser maltratadas. Cualquier tipo de comportamiento no adecuado por parte de los clientes significaba que no podrían volver a pisar Holland’s Leaguer jamás. 

Se trataba, por supuesto, de un prostíbulo de lujo entre cuyos clientes se rumoreaba que se contaban el rey Jacobo I y su favorito, George Villiers, duque de Buckingham. Se servían magníficas comidas y se ofrecían placeres refinados; contaban con modistas y costureras, había inspecciones médicas, ropa siempre limpia y prostitutas de alto standing. Bess recibía personalmente a sus huéspedes y se ocupaba de atender sus deseos. Una visita al local que incluyera una cena con la prostituta más cara o con la propia madam, costaba en torno a 20 libras por cabeza, lo que, según estimaciones, podríamos traducir a alrededor de 1700 libras actuales. Probablemente cualquier actividad posterior a la cena no iba incluida en el precio, pero la cuestión es que todos se marchaban satisfechos. Y, desde luego, ningún caballero era admitido si no tenía dinero, aunque llevara uno de los nombres más importantes de Inglaterra. 

Bess mandaba hacer retratos de sus empleadas, de modo que los clientes podían observarlos mientras tomaban una copa y hacer su elección. En el local se utilizaban métodos anticonceptivos, los más habituales de los cuales eran pesarios a base de nueces moscadas empapadas en vinagre. 

Carlos I

Durante el reinado de Jacobo I Holland’s Leaguer no fue molestado por las autoridades y continuó siendo un negocio próspero, pero posteriormente, en tiempos de Carlos I, el Parlamento comenzó una especie de cruzada contra la prostitución, y los sobornos de Bess ya no servían de nada. Su local había alcanzado una notoriedad que causaba gran escándalo, de modo que en diciembre de 1631 las autoridades decidieron intervenir y clausurarlo. 

Holland’s Leaguer llegó a ser asediado por las tropas, pero cuando llegaron los soldados, cuentan que Bess los atrajo al puente levadizo, y cuando se encontraban allí lo dejó caer, haciendo que fueran a parar al foso. Las prostitutas que se encontraban en el interior les arrojaban toda clase de cosas a su alcance, entre otras el contenido de sus orinales, que a veces llenaban también con agua hirviendo. Los soldados retrocedieron apresuradamente ante el inesperado ataque. Un segundo intento se saldó con el mismo poco éxito, entre las burlas de los espectadores que asistían divertidos a la derrota de un pequeño ejército ante unas cuantas prostitutas. Las mofas y el escarnio que los militares hubieron de soportar fueron antológicas. 

Bess logró eludir la acción de la justicia y huir de la ciudad. Sin embargo pasaría nuevamente una temporada en prisión en tiempos de Cromwell, siendo ya anciana. Holland’s Leaguer estaba acabado, pero la Restauración de los Estuardo en el trono en 1660 supuso su renacimiento y el florecimiento de las prostitutas: se calcula que había unas cien mil en Inglaterra, es decir, aproximadamente una de cada diez mujeres en edad de ejercer el oficio. No trabajaban solamente en los burdeles, sino también en las calles, en los alrededores de las iglesias o en tiendas que montaban para recibir a los clientes, que hacían cola ante ellas. En las tabernas ofrecían actuaciones y strip tease para seducir a los clientes y persuadirlos para subir a las habitaciones. 

Nell Gwyn

Notorios libertinos como el duque de Albemarle dilapidaban fortunas en una sola noche, pagando vino, mujeres y música, y en medio de este clima, Holland’s Leaguer continuaba derrochando lujo y refinamiento. Pero Bess ya no aparecía en esas veladas. Durante esa década dejamos de tener noticias suyas. La vida de la anciana tocaba a su fin mientras otras estrellas ascendían en el firmamento. Una de ellas era la actriz Nell Gwyn, quien, en sus propias palabras, fue “lo bastante puta para ser duquesa”. 

Aunque Holland’s Leaguer se sostuvo algún tiempo sin Bess, finalmente echó el cierre y la propiedad se vendió hacia 1680. Pero el peculiar establecimiento quedó inmortalizado en una comedia que lleva su nombre, escrita por el dramaturgo británico Shackerley Marmion y estrenada con gran éxito en diciembre de 1631.



Bibliografía:
Encyclopedia of Prostitution and Sex Work, vol 1 - Melissa Ditmore
A Pepysian Garland: Black-Letter Broadside Ballads of the Years 1595-1639 ...
The Picara: From Hera to Fantas Heroine - Anne K. Kaler
Actors and Acting in Shakespeare's Time: The Art of Stage Playing - John Astington
Wrong Side of the River: London's disreputable South Bank in the sixteenth and seventeenth century, 'Essays in History' - Jessica A. Browner
Sexo de mujer - Alicia Misrahi
She Captains: Heroines and Hellions of the Sea - Joan Druett

jueves, 21 de marzo de 2013

Breve receso


El tablero permanecerá inactivo durante algunos días. Es momento de tomarse unas breves y necesarias vacaciones. Disculpen mi ausencia, que no será muy prolongada.

Hasta pronto.


lunes, 18 de marzo de 2013

La última Reina Normanda (II)


Luis VII y Leonor de Aquitania recibieron a la reina de Inglaterra y a su hijo mayor, Eustaquio, que se desplazaban a París con el objetivo de conseguir una alianza vital para sus intereses. Lo cierto es que Luis parecía receptivo a la propuesta de casar a su hermana Constanza con Eustaquio, pero Matilde pudo percibir que el proyecto no agradaba a casi nadie en París, puesto que no estaban seguros de que Esteban lograra mantenerse en el trono. Si lo perdía, Eustaquio no heredaría la corona, y Francia habría hecho muy mal negocio. Matilde logró que se anunciara el compromiso, por lo que su visita puede considerarse un éxito, pero regresó a Inglaterra pensando que la boda nunca se llevaría a cabo. 

El enemigo, mientras tanto, se había apoderado de los territorios del sur. Se producían rebeliones en todo el reino, de modo que a su regreso de París la reina se dirigió directamente a Bath en compañía del su amigo el arzobispo de Canterbury para negociar con el conde de Gloucester, hermanastro de la Emperatriz. La reina no pudo hacer gala de sus dotes diplomáticas en esta ocasión, porque su esposo se negó a hacer concesiones, cerrándole con su actitud toda posibilidad de alcanzar un acuerdo. 

Finalmente las tropas del rey se enfrentaron a las de la Emperatriz en la batalla de Lincoln, el mayor desastre en la carrera política y militar de Esteban. El rey luchó valerosamente, pero cayó inconsciente, golpeado en la cabeza por una piedra. Eso le dio al enemigo la oportunidad de capturarlo. 

Su esposa, aún en el sur, estaba desolada al escuchar que su amado esposo había sido hecho prisionero. Era una doble tragedia, personal y política: no podía ejercer el poder indefinidamente en ausencia de Esteban, ni tampoco sostener la causa sin la presencia de él. 


La Emperatriz se encontraba en Winchester cuando recibió el primer comunicado oficial de Matilde. Sus mensajeros hicieron una reverencia al entrar en la cámara de audiencias y, una vez autorizados a hablar, entregaron el mensaje: la reina rogaba “con oraciones, promesas y buenas palabras” la liberación de su esposo, aun sabiendo de antemano que su desesperado esfuerzo era inútil. Cuando los mensajeros terminaron de hablar, la Emperatriz se rió de ella. 

Las cosas se complicaban cada vez más para Matilde: uno de los principales apoyos de Esteban, el conde de Essex, se pasó al bando enemigo. Incluso el cuñado de la reina, obispo de Winchester, estaba íntimamente convencido de que la causa de su hermano estaba perdida, y que lo mejor que podía hacerse era alcanzar alguna clase de acuerdo con la Emperatriz. 

Matilde y sus hijos tuvieron que abandonar su palacio en la Torre de Londres y emprender una existencia nómada con los servidores que permanecían fieles y sin saber qué hacer. Lentamente tomaba la dirección del sur, con la idea de embarcarse y cruzar el canal hacia su hogar en Boulogne, donde podría esperar socorro. 

La Emperatriz recibió otro mensaje de su rival, que aún se encontraba en Kent. Como regresaba al continente, quería acomodar a su hijo Eustaquio en él. Esteban y su familia aún retenían algunos títulos anglo-normandos, y Matilde solicitaba garantías de que se le permitiría a su hijo heredarlos cuando llegara el momento. Su enemiga se negó en los términos más rudos posibles. Obviamente la Emperatriz carecía de las dotes diplomáticas de su enemiga, y parecía hallar un gran placer en humillar a cualquiera que se le hubiera opuesto alguna vez. Eso y las exorbitantes cantidades de dinero que exigió a la ciudad de Londres se convirtió en el detonante de una rebelión en su contra. La Emperatriz se vio obligada a huir, perdido el apoyo de la capital. 


La situación había dado un giro radical para Matilde de Boulogne. De pronto se abrían interesantes opciones y comenzó a desplegar su encanto y su estrategia política mientras trataba de volver a atraer a su causa a aquellos que un día la habían abandonado. Recuperó a muchos de ellos, y su éxito se vio coronado por el del conde de Warenne al lograr capturar a Gloucester, el indispensable valedor de la Emperatriz. Sin él, la causa de su enemiga estaba prácticamente perdida. 

Matilde viajó al encuentro de la esposa de Gloucester, la condesa Mabel, para negociar personalmente con ella un intercambio de prisioneros. La entrevista fue fructífera, y entre ambas damas acordaron los detalles. El intercambio tuvo lugar en Winchester poco después. 

La reina pudo al fin reunirse con su esposo. Era el año 1142, pero el respiro no fue largo. Al quedar Gloucester en libertad, la causa de la Emperatriz volvía a cobrar impulso. 

El nuevo Papa, Celestino II, matizó el apoyo que había recibido hasta entonces Esteban por parte de la Santa Sede. Dijo que la Curia lo reconocía como soberano de facto, pero no como heredero de Enrique I. Era un nuevo golpe para la causa, y en un momento delicado, porque el rey, abrumado por la situación, sufría una crisis nerviosa que desembocaba en una profunda depresión. Debido a ello, cada vez confiaba más asuntos a su esposa mientras ella se esforzaba por ocultar al mundo cualquier señal de que Esteban no se encontraba bien. Difícil tarea, porque la depresión llegó a tal punto que el ejército que estaba en York hubo de ser licenciado, siendo el rey era incapaz de decidir qué hacer con él. 


Matilde se desplazó a Boulogne para tratar de recabar apoyo económico y soldados que lucharan por la causa de su esposo, pero pronto estuvo de regreso en Inglaterra para ocuparse de los asuntos de gobierno mientras su esposo perseguía a la Emperatriz. Logró retener la capital, pero las condiciones eran desesperadas en el campo, donde la miseria hacía estragos. 

En octubre de 1147 moría Gloucester. Sin el apoyo de su hermanastro, la Emperatriz no podía sostenerse, de modo que meses después cruzaba el canal para buscar la protección de su esposo, Godofredo Plantagenet. 

Su partida dio un respiro de dos años a Esteban y a Matilde. La reina se refugió entonces en sus devociones. Ante la imposibilidad de realizar un peregrinaje a Jerusalén, como hubiera querido, disfrutaba de largos periodos de retiro en el monasterio de San Agustín en Canterbury. 

El peligro, sin embargo, no había pasado. Muchas de las personas que no habían querido por reina a la Emperatriz, pensaban que el próximo soberano debía de ser el hijo de esta, Enrique, en lugar del hijo de Esteban. Esto resultó descorazonador para Matilde, que veía cómo ni siquiera su tío el rey de Escocia apoyaba la candidatura de Eustaquio como heredero de la corona. Incluso su amigo, el arzobispo de Canterbury, consideraba indefendible la idea. La reina, inasequible al desaliento, viajó nuevamente a París a recabar apoyos para su hijo, pero en la corte de Francia tampoco encontró favorablemente dispuestos los ánimos. 


El joven Enrique Plantagenet, dispuesto a continuar la lucha de su madre, desembarcó en Inglaterra un par de años después de que ella hubiera abandonado el reino. En un intento por frenar su campaña, Esteban obligó a sus barones a prestar juramento de que defenderían la sucesión de Eustaquio. Frágil seguridad buscaba el rey, habida cuenta de lo que él mismo había hecho en su día con el juramento prestado al difunto Enrique I. 

Matilde, agotada y con la salud quebrantada, se tomaba entonces un respiro en el castillo de Hedingham, perteneciente a una de sus mejores amigas, la condesa de Oxford. Allí esperaba recuperar fuerzas para seguir luchando por los derechos de su hijo, pero no pudo ser. La reina fallecía el 3 de mayo de 1152, sin que conozcamos la causa de su muerte. Llamaron apresuradamente a su confesor, que llegó justo a tiempo de administrarle los últimos sacramentos. 

Su esposo y su hijo se mostraron desconsolados por su pérdida. Incluso aquellos que habían apoyado la causa de la Emperatriz lloraron la muerte de esta mujer que nunca dejó de derrochar dignidad, lealtad, inteligencia y encanto incluso en los momentos más complicados del reinado de su esposo. 


Para quien desee información sobre el tema de la guerra civil, recomiendo dos estupendos artículos que mi amigo Manuel López Paz escribió en su blog Ambos lados del Atlántico


Encontrarán también otros dos artículos míos sobre el tema aquí en el tablero: 



sábado, 16 de marzo de 2013

La última Reina Normanda


Sobrina de Godofredo de Bouillon y del rey Balduino de Jerusalén, nieta de Malcom III de Escocia y esposa del rey Esteban, Matilde de Boulogne, también llamada Maud, fue la última de las reinas Normandas, y tal vez la más injustamente olvidada por la historia. Tras su reinado una nueva dinastía, los Plantagenet, iba a sentarse en el trono de Inglaterra. 

Es muy poco lo que se sabe de los primeros años de Matilde. Se cree que durante su infancia fue educada en Inglaterra, y se señala la abadía de Bermondsey como el lugar en el que recibió instrucción, pero no hay ninguna evidencia al respecto. Era hija única del conde Eustaquio III de Boulogne, un caballero notable por sus hazañas en Tierra Santa y propietario de grandes territorios en Essex, además del condado de Boulogne, lo que la convertía en una riquísima heredera. Esto, junto con su esmerada educación y su linaje, hizo que el rey Enrique I decidiera casarla con su sobrino favorito, Esteban de Blois

Durante las negociaciones matrimoniales, Enrique alcanzó un acuerdo con el padre de Maud: el rey garantizaba la independencia política de Boulogne si Esteban se convertía en heredero del condado suo uxoris (en virtud de los derechos de su esposa). Eustaquio, en la convicción de que una mujer no podría sostenerse sin la protección de un esposo, accedió, e hizo algo más: siguiendo su vieja inclinación, se retiró a un monasterio cluniacense y abdicó la corona condal. 

Maud no era bonita, pero sí inteligente y dotada de gran encanto y habilidades diplomáticas. El matrimonio tuvo cinco hijos: Eustaquio, conde de Boulogne; Guillermo, conde de Surrey, María y otros dos que no superaron la infancia. El entendimiento entre ambos cónyuges era perfecto, y siempre permanecieron leales el uno al otro incluso en los peores momentos. Es cierto que Esteban reconoció un hijo ilegítimo, Gervasio de Blois, pero este había nacido cuando el rey era muy joven, al menos cinco años antes de su matrimonio con Matilde, y había sido fruto de una larga relación anterior con una mujer normanda. Después de su matrimonio, Esteban rompió con su amante, aunque continuó ocupándose de ella y de su hijo. No volvió a conocérsele ninguna otra relación. 


Tan pronto como murió el rey Enrique, Esteban viajó a Inglaterra con una precipitación que traicionaba sus ansias por usurpar el trono que debía heredar la hija del fallecido monarca. Esta también se llamaba Matilde, pero, por ser viuda del emperador Enrique V, se la conocía como “la Emperatriz”. 

Poco después Esteban desembarcaba en la costa de Kent, bajo la ominosa bienvenida de una tormenta con la que, según Malmsbury, “el mundo parecía a punto de desvanecerse”. Dover y Canterbury le cerraron las puertas, pero, confiando tanto en el desagrado de la nación por la idea de ser gobernados por una mujer como en su propio prestigio y la influencia de sus poderosos amigos, continuó osadamente hacia Londres. Allí los ciudadanos lo aclamaron como su rey, y no fue menos favorable la acogida que le fue dispensaba en Winchester, donde el obispo era su hermano Enrique. Esteban se apoderó del tesoro real, con lo cual podía disponer de medios para financiar la campaña con la que esperaba afianzar su posición. 

Sus partidarios afirmaron que el rey Enrique había desheredado a su hija en su lecho de muerte, designando como sucesor a su sobrino. La asamblea encontró así el motivo perfecto para romper el juramento de fidelidad hecho a la Emperatriz, y el arzobispo de Canterbury no tuvo inconveniente en declararlo nulo. El 26 de diciembre de 1135, día de San Esteban, el usurpador era coronado en Westminster. 

Matilde y Esteban llevaban diez años casados cuando él alcanzó el trono. Hasta entonces habían repartido su tiempo entre Inglaterra y sus tierras de Boulogne, en las que ella se encontraba cuando su esposo fue coronado. Meses después, en la primavera de 1136, llegaba a Londres y el domingo de Pascua tenía lugar la ceremonia de su propia coronación. 


El matrimonio pasó a residir en Oxford por esa época. Allí mantuvieron una magnífica corte de verano a la que invitaron a los más poderosos señores de Inglaterra y Normandía a rendir homenaje de fidelidad a Esteban. Sobre la corte Henry de Huntingdon, impresionado, dejó escrito que “nunca hubo una que excediera en cantidad y en calidad de oro, plata, piedras preciosas, ropas y todas las formas de diversiones”. Allí llegó la alegre noticia de que el Papa Inocencio II se declaraba a favor de Esteban. 

Tanto Esteban como Matilde eran muy piadosos. Ambos fundaron monasterios y conventos y se mostraron generosos con las órdenes cluniacense y cisterciense. La reina se retiraba de vez en cuando al convento que había fundado en Londres Matilde de Escocia, primera esposa del rey Enrique. Además favorecía a los caballeros Templarios financiando la fundación de templos de la Orden en Essex y Oxfordshire, un tiempo en el que estrechó su amistad con el Gran Maestre. 

Durante los dos primeros años de reinado se dedicaron a sus devociones y a mantener el esplendor de la vida en la corte. Pero no todo era felicidad: habían perdido al mayor de sus hijos, Balduino, poco antes de la coronación de Matilde. Ese mismo año, tras el nacimiento de María, también moría la mayor de las hijas. Los cuerpos de los niños fueron conducidos al convento al que la reina gustaba de retirarse. El duelo de los padres fue enorme: incapaces de contener su pena, ambos rompieron la etiqueta llorando públicamente. 

Pero la situación en el país iba a complicarse. A pesar de que el nuevo rey había firmado una carta confirmando los derechos y privilegios de la Iglesia y restaurando las leyes sajonas, una vez logrado su propósito hizo todo lo contrario: volvió a imponer las leyes normandas y se apoderó de los ingresos de la sede de Canterbury. Su incumplimiento ofendió tanto al clero y a los barones que estos se fortificaron y armaron a sus gentes. 


En 1137, poco después de haber celebrado las fiestas de Pascua en Westminster con gran esplendor, Esteban cayó en un letargo tan extraño que se llegó a rumorear que había muerto. Aquellos que apoyaban la causa de la Emperatriz aprovecharon el momento para alzarse en armas y entregar el país a la anarquía, una situación que se prolongó, de modo más o menos intermitente, durante quince años. 

Esteban, mientras tanto, recuperado de su estado de estupor trató de restablecer la paz en sus dominios y logró, con buenos sobornos, que el rey de Francia recibiera el homenaje de su hijo Eustaquio como duque de Normandía frente a los intentos de la Emperatriz y su esposo, Godofredo Plantagenet, por apoderarse del ducado. Compró también la paz con Godofredo antes de regresar a su reino. 

Matilde había permanecido allí mientras tanto, sosteniendo la causa de su esposo, aunque no queda registro de ese periodo. Sí sabemos que cuando el rey volvió en 1138, ella, “con el coraje de una amazona”, asedió a los rebeldes que habían tomado el castillo de Dover mientras el rey se dirigía hacia el norte para castigar a los escoceses, que habían invadido Northumberland. Asistida por un escuadrón de mercenarios y soldados procedente de su tierra natal, Maud bloqueó la fortaleza por tierra y por mar hasta lograr reducir a la obediencia a sus súbditos rebeldes. Pero la situación era cada vez más alarmante, porque día a día los barones iban abandonando su causa para pasarse a la de la Emperatriz. 


Más adelante Escocia sufría una contundente derrota. Esteban despachó a Matilde hacia Durham para negociar con su tío, el rey de los escoceses y persuadirlo para que firmara un tratado de paz más permanente con Inglaterra, lo que implicaba dejar de apoyar la causa de la Emperatriz. La reina desempeñó con éxito su misión y el 9 de abril de 1139 se firmaba un tratado que resultó muy ventajoso para ambos monarcas. 

Sin embargo, su enemiga aún aguardaba tras las murallas del castillo de Arundel y contaba con importantes aliados, entre ellos la viuda del rey Enrique. Esas navidades la corte, reunida en Salisbury, no celebró las fiestas como de costumbre. Se percibía la tristeza y la preocupación por el futuro...

Continuará

miércoles, 13 de marzo de 2013

Los enterramientos en la antigua Roma

Cipariso moribundo sobre el cuerpo de su ciervo - Norblin de la Gourdaine

En la antigua Roma, cuando la muerte era inminente, parientes y amigos rodeaban el lecho del moribundo para confortarle y dar rienda suelta a su propio dolor. El pariente más próximo le daba el beso y recibía su último aliento, con el que se creía que el alma abandonaba el cuerpo. Luego cerraba los ojos del difunto y depositaba la moneda para pagar el pasaje de la barca de Caronte. El ritual dictaba que se procediera a la conclamatio, consistente en pronunciar por tres veces el nombre de la persona fallecida. 

Después se colocaba el cadáver sobre el suelo para lavarlo y ungirlo con aceites. Enterradores profesionales lo preparaban para la ceremonia de enterramiento. Si el difunto había ostentado un alto cargo, se lo vestía con sus ropajes oficiales y se le coronaba con hojas de laurel que a veces eran de oro. Los ciudadanos corrientes se envolvían en su toga. 

El cuerpo, con los pies orientados hacia la puerta y rodeado de flores para simbolizar la fragilidad de la vida, se llevaba al atrio de la casa, donde era velado por plañideras alquiladas para la ocasión. Allí permanecía de tres a siete días mientras en el exterior ramas de ciprés advertían de la muerte a los transeúntes. La tradición se basaba en el mito de Cipariso, eromenos de Apolo. El joven amaba mucho a un ciervo que siempre le acompañaba, pero un día le dio muerte accidentalmente en el bosque al arrojar su jabalina. En la versión de Ovidio, el desconsuelo de Cipariso era tan grande que pidió a Apolo continuar llorándolo eternamente. El dios lo transformó en un ciprés, un árbol cuya savia forma en el tronco gotas semejantes a lágrimas. Desde entonces el ciprés estuvo presente en los ritos funerarios. 

El funeral de Británico - Giovanni Muzzioli

La procesión era suntuosa si el fallecido era un personaje importante o acaudalado. Ocho hombres transportaban la litera sobre la que iba el difunto en una caja abierta de madera. Si era joven, iban acompañados por flautistas; en caso contrario, se acompañaban de música de trompetas. Detrás iban todos los miembros de la familia. Durante la República algunos llevaban máscaras mortuorias de sus antepasados más ilustres, con lo que exhibían su linaje patricio. Según Polibio, “las sacan en el entierro y las colocan sobre el rostro de personas que se les parezcan en estatura y en el físico, y son transportados en carros precedidos de las hachas y las demás insignias que les solían acompañar en vida, según la categoría de cada uno y su actividad política". Colocaban la máscara con el rostro del difunto en una hornacina de madera en un lugar visible. De ese modo se iban acumulando las de los antepasados que luego se exhibían en el cortejo. También se guardaba en lugar preferente un busto del fallecido, que sacaban en procesión para conmemorar el aniversario de su muerte. 

El cortejo fúnebre se detenía en el foro, donde se hacía un panegírico alabando al difunto. Era la ceremonia llamada laudatio. A continuación se le conducía a la pira funeraria, fuera del recinto de la ciudad, y allí volvían a llamar al muerto por última vez. Diversos regalos y posesiones del difunto se colocaban a su lado en la pira: joyas, juguetes, retratos, objetos preciosos; a veces incluso sacrificaban a las mascotas para que los acompañaran al otro mundo. Después de que un pariente le prendiera fuego con una antorcha y las llamas consumieran el cuerpo, las cenizas eran enfriadas con vino o agua y recogidas en una urna. La ceremonia era precedida por un banquete, y otro más se celebraba en la tumba familiar tras ser depositada la urna. Después de un periodo de luto de nueve días, se procedía a un nuevo banquete ante la tumba, llamado novendalia. Los comensales no olvidaban dejar alimentos para el muerto. 

A lo largo del año los romanos celebraban otras comidas en la tumba con sus parientes y amigos, con ocasión de cumpleaños y festivales anuales. Los mausoleos de los más adinerados a menudo contaban con cámaras para este propósito, a veces equipadas con cocinas. También en estas ocasiones ofrecían comida a los difuntos, y de ahí que las tumbas tuvieran agujeros o conductos a través de los cuales podía suministrarse el alimento. 

Ido, pero no olvidado - Waterhouse

Tras el funeral, al volver a casa la familia procedía a la suffitio, un rito de purificación por fuego y agua. Se hacía rociando con agua a los participantes sirviéndose de una rama de laurel, después de lo cual tenían que pasar bajo el fuego. Además 

Tradicionalmente los funerales se celebraban de noche, a la luz de las antorchas, hasta finales del siglo I. Pero incluso entonces continuaron siendo nocturnos los de los niños, los pobres y los que habían cometido suicidio. 

Había normas que regulaban los enterramientos. Por ejemplo, solo cuando se había sacrificado un cerdo se consideraba legalmente la tumba como tal. Aunque las leyes trataban de restringir el gasto en las ceremonias fúnebres, a veces estos acontecimientos se llevaban a cabo con gran magnificencia, especialmente si el difunto había sido admirado por la multitud, como fue el caso de Julio César. Pero hombres menos ilustres podían comprar también esa última hora de gloria. Ha quedado registro de un hombre que dejó un millón de sestercios para gastos de su funeral en el año 8 a. C. Podía permitírselo, ya que su fortuna ascendía a 60 millones, más de cuatro mil esclavos e incontables cabezas de ganado. La mayor parte del dinero se gastó en espectáculos de gladiadores, juegos funerarios y banquete. 

Las cenizas de los romanos ilustres se depositaban en tumbas muy elaboradas a ambos lados de las principales carreteras que salían de la ciudad, y a menudo adornadas con jardines. Fueran inhumaciones o incineraciones, los enterramientos debían hacerse fuera de la ciudad, aunque había excepciones para determinadas personas, por ejemplo los emperadores. Se trataba de una medida sanitaria. 

Reconstrucción imaginaria de la Vía Apia (historiayarqueologia.com)

Los pobres, en cambio, no podían disfrutar de tales ceremonias, y con frecuencia ni siquiera tenían una tumba, sino que eran enterrados en fosas comunes en el cementerio público de la colina del Esquilino, la más alta de las siete. Para evitar tan triste destino se formaron algunas sociedades benéficas llamadas collegia funeraticia, cuyo objetivo era poder proporcionar unos funerales dignos a sus miembros. Estos se reunían una vez al mes para el pago de las contribuciones destinadas a sufragar su enterramiento. La mayoría de estos clubs tenían connotaciones religiosas y realizaban algunas actividades, tales como comer juntos en determinadas ocasiones. A veces los miembros de los collegia funeraticia practicaban todos el mismo oficio, o eran servidores y esclavos de una misma familia importante o de la Casa Imperial. Sus urnas encontraban un lugar en nichos abiertos en la pared de grandes tumbas o catacumbas, con espacio para varios miles. Eran los llamados columbaria (palomares). Perturbar el reposo de aquel que finalmente descansaba en su tumba estaba considerado un crimen. 

Los soldados caídos en batalla eran enterrados o cremados de forma colectiva. Los gastos del funeral corría a cargo de sus compañeros de armas, por lo que se apartaba una cantidad de la paga de los soldados para tal propósito. 

Si no se podía enterrar un cuerpo, por ejemplo porque hubiera desaparecido en la batalla o ahogado en el mar, se erigía un cenotafio para que el alma del difunto tuviera un lugar de residencia en el que le invitaban a entrar pronunciando su nombre tres veces. Era preciso que toda alma tuviera su morada, o de lo contrario vagarían eternamente por la tierra. Pero también podían erigirse cenotafios para personas que hubieran sido enterradas en otro lugar. 



Bibliografía:
Life in Ancient Rome - Frank Richard Cowell
Death and Disease in the Ancient City - Valerie M. Hope, Eireann Marshall
Death and burial in the Roman world - J.M.C. Toynbee

lunes, 11 de marzo de 2013

Philippe Charlier, el Indiana Jones de los cementerios


Confesor de los muertos, Indiana Jones de los cementerios, Sherlock Holmes de la ciencia forense, el médico de mirada azul… Podríamos formar una curiosa letanía con todos los nombres que se han aplicado ya a este joven antropólogo forense que ha buceado en la Historia y resuelto con éxito muchos casos que permanecían envueltos en el misterio. Su pasión, incluso podríamos decir su obsesión, son los restos de los personajes históricos. 

“Un esqueleto es la punta del iceberg de la historia de un individuo, una momia es la totalidad del iceberg de la vida de este individuo…, se puede llegar mucho más al fondo de las cosas.” 

Philippe Charlier nació en Meaux el 25 de junio de 1977, en el seno de una familia de clase media. Su padre era médico, y su madre farmacéutica. Solo tenía diez años cuando se interesó por la arqueología, a raíz de su presencia en las excavaciones de un cementerio merovingio próximo al hogar familiar, una emocionante experiencia en la que tuvo ocasión de vivir el hallazgo de un cráneo. Homero influyó también decisivamente en su pasión por el mundo antiguo. Su madre les leía fragmentos a él y a su hermana antes de dormir, algo que fascinó al niño y contribuyó a forjar su vocación. 

Cuando era adolescente se interesaba por el arte y soñaba con convertirse en arqueólogo, una idea que no era del agrado de sus padres, que preferían que siguiera la carrera de medicina. Philippe no veía problema en complacerlos a ellos al tiempo que a sí mismo, de modo que estudió medicina al mismo tiempo que historia del arte, sin renunciar a pasar los veranos en yacimientos arqueológicos. 


Por las mañanas el doctor Charlier trabaja como patólogo forense en el Hospital Raymond Poincaré, donde su labor consiste en realizar autopsias, y por la tarde da clases en la Universidad. Al mismo tiempo se dedica a investigar las enfermedades y las muertes de los personajes que forjaron la historia de Francia. 

El despacho de Philippe Charlier es uno de los lugares más curiosos que se pueden encontrar. Las paredes están adornadas con máscaras tribales, un frasco que contiene excrementos procedentes del retrete de un teatro galo-romano y un clavo de una crucifixión griega del siglo IV a. C., todo ello junto a un paquete de bolsas de té de jazmín y entre toneladas de papeles, carpetas y libros de historia del arte. 

En Francia es enormemente conocido por el gran público debido a sus participaciones en diversos programas de televisión de carácter histórico. Además de realizar documentales, el doctor colabora en programas de radio y escribe libros que popularizan aún más sus hallazgos. Una de sus últimas publicaciones trata sobre los grandes crímenes de la historia. 

Entre sus investigaciones cabe destacar el análisis en 2007 de unas presuntas reliquias de Juana de Arco. En 1867 se había encontrado en el ático de un boticario de París un recipiente con la inscripción “Restos hallados bajo la hoguera de Juana de Arco, Doncella de Orleáns”, por lo que fueron llevados a un museo en Chinon. El doctor Charlier descubrió que los supuestos restos eran en realidad mezcla de un gato y de una antigua momia egipcia. Concretamente había allí una costilla humana, trozos de madera aparentemente carbonizada, un fragmento de lino y un fémur de gato. La datación por carbono reveló que las “reliquias” eran de otra época que se remontaba a antes de Cristo. Charlier llegó a la conclusión de que habían sido falsificadas en el siglo XIX, tal vez para apoyar el proceso de beatificación de Juana. 


Uno de sus trabajos más famosos tuvo lugar en 2009, con el descubrimiento de veneno en los restos de Diana de Poitiers. Durante la Revolución Francesa su tumba fue profanada y sus huesos transportados a una fosa común, pero se recuperó un mechón de sus cabellos que se guardaba en el castillo de Anet, donde había pasado los últimos años de su vida. Charlier dirigió un equipo que comparó el ADN de su cabello con huesos de la fosa. El equipo descubrió que cuando Diana de Poitiers falleció a la edad de 66 años, tenía en su cuerpo unos niveles de oro 500 veces superiores a las normales. Se piensa que pudo haberse envenenado ella misma bebiendo regularmente un elixir que contenía partículas de oro, en la creencia de que ayudaba a mantener su juventud. Aunque habrá quien piense que ya es casualidad que la mujer más odiada por Catalina de Médicis, con la leyenda negra que esta arrastraba, muriera envenenada, y además de modo tan simbólico, con el oro que tanto había codiciado en vida. 

En 2010, tras nueve meses de avanzados tests forenses, el doctor y su equipo identificaron una cabeza parcialmente conservada como perteneciente al rey Enrique IV. Su tumba también había sido profanada durante el Terror, y su cabeza fue entonces robada y vendida como souvenir. Un anticuario la compró después por 300 francos en la casa de subastas de Drouot en 1919. En 2008, un francés que la había comprado a su vez hacía décadas, la ofreció para su examen forense. Charlier utilizó ordenadores para reconstruir el rostro del rey a partir de la calavera, y comparó el resultado con retratos contemporáneos y con una máscara mortuoria. Se identificaron algunas marcas características, como una puñalada recibida en el rostro, y se estudiaron los restos del cabello y la barba. 


Durante otra de sus investigaciones reconstruyó el rostro de Agnès Sorel, favorita de Carlos VII, a partir del cráneo bien conservado. El equipo determinó que había fallecido a la edad de 28 años a consecuencia de un envenenamiento por mercurio. Curiosamente en su día había circulado el rumor de que la favorita había sido envenenada por el Delfín, futuro Luis XI. 

Las investigaciones de Charlier nos acercan a dicha teoría, aunque distan de confirmarla: el mercurio era a veces utilizado para elaborar cosméticos, o como tratamiento para las lombrices. Sin embargo, un error tan grande en las dosis no parece muy verosímil, sobre todo si tenemos en cuenta que Agnès Sorel contaba con los servicios de Robert Poitevin, uno de los más prestigiosos médicos de la época. Por otra parte, se sabe que el mercurio era un método ampliamente utilizado como veneno durante la Edad Media. Razón de más para que, conociendo perfectamente el riesgo, resulte extraño excederse tanto en su uso. 

El Delfín temía la poderosa influencia que la favorita ejercía sobre su padre, con el que él mismo mantenía deplorables relaciones y constantes tensiones que a veces desembocaban en conflicto armado. Luis temía ser desheredado ahora que por fin su padre había conseguido otro hijo varón. Era una idea que cruzaba, en efecto, por la mente del rey, y Agnès probablemente lo animaba. Ella y el príncipe eran enemigos declarados, y el odio de Luis era inocultable. 

Sin embargo, el Delfín no se encontraba presente cuando tuvieron lugar los hechos, por lo que le hubiera sido preciso encargar el cometido a otra persona. ¿El propio médico, tal vez? Charlier lo considera probable, aunque no es posible pronunciarse al respecto. Uno de los indicios lo proporciona la propia declaración de Poitevin que después de la muerte de Agnès afirmó que había fallecido “de un flujo de vientre”, desmintiendo de manera tajante los rumores de envenenamiento. Resulta difícil que la verdadera causa de la muerte hubiera pasado desapercibida para él. 


Charlier fue capaz de determinar también que un corazón momificado que se guardaba en una urna de cristal pertenecía realmente al hijo de Luis XVI y María Antonieta. Cuando Luis XVII falleció en prisión, un médico se había llevado el corazón oculto en su pañuelo. Philippe Charlier encontró coincidencias con el ADN de unos mechones de cabello de María Antonieta y de otros parientes. 

Otra de sus investigaciones echa por tierra la teoría de que Napoleón fue envenenado con arsénico por los británicos. Por el contrario, una infección produjo úlceras estomacales que probablemente fueron las causantes de un posterior cáncer que lo llevó a la muerte. Su estómago estaba repleto de una materia cuyo aspecto era semejante a granos de café, algo indicativo de una hemorragia gastrointestinal que fue la causa final y determinante de su fallecimiento. 

Últimamente el doctor también ha examinado el corazón de Ricardo Corazón de León, conservado en el museo de antigüedades de Ruán, así como un pañuelo con la sangre de Luis XVI, que pudo comparar con la cabeza de Enrique IV. Estudiando la información aportada por el cromosoma Y, Charlier examina el linaje por línea directa masculina y da por bueno el árbol genealógico entre el primer rey Borbón y Luis XVI. Esto significaría, por ejemplo, que el padre de Luis XIV, cuya legitimidad se puso tantas veces en entredicho (sobre todo por parte de novelistas), también tuvo que ser un Borbón, desbaratando por completo algunas curiosas y rocambolescas hipótesis que habían sido formuladas al respecto.


El sueño de Philippe Charlier es obtener autorización para acceder a los restos de los reyes de Francia que en su día fueron sacados de sus tumbas de mármol en la basílica de Saint-Denis y guardados todos juntos en una única cripta que permanece sellada desde 1817.


Bibliografía:

The New York Times, 7 julio 2012


sábado, 9 de marzo de 2013

Los faraones negros


Los faraones negros fueron una serie de reyes nubios que gobernaron Egipto durante unos 75 años, formando la dinastía XXV o kushita. Procedían del reino nubio de Kush, una civilización africana que había florecido durante 2.500 años, remontándose a la primera dinastía egipcia. La saga de los nubios demuestra que esta civilización, nacida en las profundidades de África, no solo fue próspera, sino que ejerció un importante dominio en la antigüedad y estableció alianzas matrimoniales con Egipto. Por ejemplo, algunos afirman que la abuela del faraón Tutankamon era de ascendencia nubia. Sin embargo, la historia de los faraones negros era un capítulo de la historia casi desconocido hasta que en las últimas cuatro décadas los arqueólogos lo sacaron a la luz. 

Los egipcios dependían de las minas de oro nubias para mantener y extender su poderío, de modo que les inquietaba tener un vecino tan poderoso al sur. Los faraones de la XVIII dinastía enviaron ejércitos a conquistar el territorio y construyeron guarniciones a lo largo del Nilo. La élite sometida comenzó así a abrazar la cultura y costumbres de Egipto, venerando a sus dioses, y entre ellos especialmente a Amón. Además adoptaron su lengua y sus formas de enterramiento. 

Más adelante, cuando en el siglo VIII a. C. Egipto estaba desgarrado por la pugna entre diversas facciones, se estaba perdiendo el culto a Amón. Los sacerdotes de Karnak, preocupados, buscaron a alguien capaz de devolver al país a su anterior estado de poder y santidad. Lo encontraron en el sur, en un pueblo que, aun sin haber puesto el pie en Egipto, había conservado sus tradiciones espirituales. 

Cuando Piya (o Pianji) invadió Egipto en el 730 a. C.,  llevaba dos décadas gobernando su reino de Nubia, coincidente en su mayor parte con el actual Sudán. Sus soldados desembarcaron en Tebas. El rey les había ordenado purificarse antes del combate bañándose en el Nilo, vistiendo fino lino y rociando sus cuerpos con agua del templo de Karnak, lugar sagrado del dios Amón, al que el nubio identificaba con su propia divinidad personal. Piya hizo sacrificios al dios, y así, santificada la empresa, comenzó la guerra. 


Al cabo de un año todos los líderes egipcios habían capitulado. El vencedor cargó su botín de guerra y navegó con su ejército hacia su hogar en Nubia, para no regresar nunca a Egipto. Cuando murió en el año 715 a. C., sus súbditos cumplieron su última voluntad enterrándolo en una pirámide al estilo egipcio, junto a cuatro de sus caballos favoritos. Hacía más de 500 años que un faraón no recibía dicho enterramiento. 

No nos ha llegado ninguna imagen de Piya. En un relieve del templo en la capital nubia de Napata solo se conservan sus piernas, por lo que lo único que podemos conocer de él es el color de su piel. Él fue el primero de los llamados faraones negros que reunificaron el país y lo llenaron de monumentos. 

Bajo el gobierno nubio, Egipto recuperó su esencia. Cuando murió Piya en el 715 a. C., su hermano Shabaka consolidó la XXV dinastía al establecer su residencia en Menfis. En lugar de ejecutar a sus enemigos, Shabaka los ponía a trabajar en la construcción de diques que protegieran a las poblaciones de las crecidas del Nilo. Además enriqueció Tebas y el templo de Luxor con sus construcciones. 

En oriente los asirios, con su rey Senaquerib al frente, marcharon contra los territorios de Judá en el 701 a. C.. Tras duro combate con el ejército nubio en Eltekeh, los asirios obtuvieron la victoria, pero un joven príncipe nubio, hijo del faraón Piya, logró sobrevivir. 

Cuando el enemigo se presentó ante las puertas de Jerusalén, de pronto el ejército asirio se retiró,  probablemente porque el príncipe nubio marchaba al frente de sus tropas contra él. Sea como fuere, Senaquerib levantó el sitio y regresó a su reino, donde fue asesinado 18 años después, al parecer a manos de sus propios hijos. 


Los asirios se referían al príncipe superviviente en Eltekeh como “el maldito por todos los grandes dioses”. Su nombre era Taharqa, y su influencia en Egipto fue tan grande que sus enemigos no consiguieron borrarla. Erigió monumentos por todo el país, con bustos, estatuas y cartuchos que llevaban su nombre, muchos de los cuales se encuentran hoy en diversos museos por todo el mundo. Se le representa como suplicante, o en presencia de Amón, o bien como esfinge, en pose de guerrero. La mayor parte de las estatuas fueron mutiladas por sus rivales para impedir su regreso de entre los muertos. La nariz aparece frecuentemente arrancada; también aparece destrozada la corona uraeus en su frente, para rechazar su pretensión de ser Señor de las Dos Tierras. 

Su padre, Piya, y su tío Shakaba fueron pálidas figuras comparadas con la de este general de 31 años que recibía la corona en Menfis en 690 a. C. para regir los destinos de Egipto y Nubia durante los siguientes 26. Fue un próspero reinado: el país estaba en paz, y durante el sexto año las aguas del Nilo garantizaron una espectacular cosecha de grano sin llegar a inundar las poblaciones. Según consta en cuatro estelas, las aguas incluso exterminaron ratas y serpientes. Parecía que Taharqa era realmente el elegido de Amón. 

En el complejo del templo de Karnak hay una columna, parte de un conjunto de diez que formaban un kiosco gigantesco añadido por el faraón nubio al templo de Amón. También construyó capillas en torno a él y erigió estatuas de sí mismo y de su madre, Abar. La misma atención prestó a la ciudad nubia de Napata. Su montaña sagrada, Jebel Barkal, había cautivado a los faraones egipcios, que la consideraban el lugar de nacimiento de Amón. Buscando presentarse como heredero de los faraones del Imperio Nuevo, Taharqa erigió dos templos al pie de la montaña para honrar a las diosas consortes de Amón. 


Llevaba 15 años gobernando cuando el éxito que siempre le había acompañado parece haberle convertido en un personaje soberbio y megalómano

Los mercaderes de madera de la costa del Líbano habían estado suministrando al faraón material para sus construcciones. Cuando el rey asirio quiso acabar con esta arteria comercial, Taharqa envió tropas para apoyar una rebelión interna contra él. Las represalias desembocaron en un enfrentamiento en el que el ejército de Taharqa resultó vencedor. Los Estados rebeldes del Mediterráneo entraron en una alianza contra el asirio, y en 671 a. C. este se dirigió con sus tropas hacia el delta del Nilo. Durante dos semanas se libraron sangrientas batallas en las que los nubios fueron derrotados y hubieron de retroceder hasta Menfis. Herido cinco veces, Taharqa logró escapar y abandonó la ciudad. Esarhaddon, el rey de los asirios, dejaría escrito lo siguiente: 

“Su reina, su harén, su heredero Ushankhuru y el resto de sus hijos e hijas, sus propiedades y sus bienes, sus caballos, su ganado, sus ovejas en incontables cantidades, todo lo llevé a Asiria. Arranqué de Egipto la raíz de Kush”. 

Y para conmemorar la humillación del enemigo, Esarhaddon encargó una estela que mostraba al heredero nubio arrodillado ante él con una soga atada alrededor del cuello. 

El rey asirio fallecía en 669 a. C. camino de Egipto nuevamente, tras enterarse de que los nubios habían logrado retomar Menfis. Con el nuevo rey, el enemigo asaltó otra vez la ciudad, esta vez con un ejército incrementado con las tropas rebeldes capturadas. Taharqa no tenía la menor posibilidad, de modo que huyó hacia el sur, a Napata, y nunca regresó a Egipto. Cómo pasó sus últimos años es un misterio, pero eligió ser enterrado en una pirámide, al igual que su padre antes que él. Sin embargo, en lugar del cementerio real en el que los faraones kushitas descansaban, eligió un emplazamiento en Nuri, en la orilla opuesta del Nilo. 

Ruinas de Kush- Imagen por el fotógrafo sudanés Vit Hassan

Hoy las pirámides de Sudán, más numerosas que las de Egipto, constituyen un impresionante espectáculo en el desierto nubio. Los exploradores que llegaron al tramo central del río Nilo informaron del descubrimiento de elegantes templos y pirámides, ruinas de una antigua civilización llamada Kush. George Reisner, egiptólogo de Harvard, cuyos hallazgos tuvieron lugar entre 1916 y 1919, ofreció las primeras evidencias arqueológicas de que los reyes nubios habían gobernado Egipto. Pero él, al igual que otros estudiosos, pensaba que los africanos de raza negra no podían haber construido los monumentos que estaba excavando. Creía que los líderes nubios, incluso Piya, eran hombres de piel clara que habían gobernado a los primitivos africanos, y explicaba lo efímero de su grandeza como una probable consecuencia de que sus reyes concertaran matrimonios con “elementos negroides”. 



Bibliografía: 
The Black Pharaos – Robert Draper – National Geographic, febrero 2008

miércoles, 6 de marzo de 2013

El Cid Campeador (IV)


Tras derrotar al conde de Barcelona, el Cid se convertía en el más poderoso señor en todo el este de la península. Su protectorado se extendía sobre Valencia, Lérida, Tortosa, Denia, Albarracín y Sagunto, entre otros lugares. Se había convertido en un hombre inmensamente rico, y tenía un ejército muy importante. 

Alfonso VI se disponía a marchar nuevamente contra los almorávides. Los amigos que le quedaban al Cid en Castilla vieron en ello la ocasión de reconciliarlo con el rey y le escribieron pidiéndole que viniera cuanto antes para auxiliarlo en su expedición. Rodrigo partió a reunirse con Alfonso, y el monarca, enterado de que venía en camino, le salió al encuentro para recibirlo con todos los honores. 

Pero para entonces la relación entre ambos estaba demasiado maltrecha. Surgieron nuevos desacuerdos y enfrentamientos durante el transcurso de aquella campaña. Alfonso no soportaba la arrogancia del Cid, y le irritaba todo cuanto procedía de él. En una ocasión, al colocar el rey sus tiendas, Rodrigo situó las suyas más adelante. Fuera de modo inadvertido o intencionado, con su actitud parecía reclamar preferencia incluso sobre el monarca. 

Al llegar al castillo de Úbeda, Alfonso dio finalmente rienda suelta al enojo que había estado reprimiendo. Esta vez el Cid, teniendo que se propusiera arrestarlo, huyó con los suyos al caer la noche. Para entonces le quedaban pocos seguidores, pues muchos de los que antes lo habían acompañado en su infortunio lo abandonaron para quedarse con el rey. Rodrigo se retiró a tierras de Valencia, donde reconstruyó el castillo de Peña Cadiella y lo aprestó para una larga defensa. 


Alfonso VI, consciente de la importancia de Valencia, deseaba afirmar su dominio en la zona, para lo cual se alió con el conde de Barcelona y con el rey de Aragón. La empresa, sin embargo, hubo de quedar interrumpida debido al alto coste de mantener una larga campaña. 

Enterado Rodrigo del intento del rey por arrebatar el territorio a su control, decidió tomar represalias, y el elegido para ello fue aquel a quien consideraba su mayor enemigo, el hombre al que responsabilizaba de atizar el encono del rey contra él: García Ordóñez, el conde de Nájera. La enemistad entre ambos se remontaba a aquellos primeros años del reinado de Alfonso, cuando Rodrigo y el conde se habían enfrentado por apoyar el uno al rey moro de Sevilla y el otro al de Granada. García Ordóñez era ahora comandante en la Rioja por el rey de Castilla, además de ser el miembro más importante de la nobleza castellana, tanto por su linaje como por sus riquezas. El Cid entró en la Rioja como en tierra enemiga, arrasando campos y saqueando poblados. 

Satisfecha su ira tras hacerse con un rico botín, supo que mientras tanto los almorávides se habían apoderado de Valencia. Esta ciudad, situada a orillas del Mediterráneo, gozaba de un clima agradable y templado, y eran tantas sus bondades que los moros la llamaban su paraíso. Pero tal paraíso atravesaba por entonces un nuevo episodio dramático y sangriento. El reyezuelo tributario del Cid era odiado por sus súbditos debido a la buena acogida que daba a los cristianos, de modo que resolvieron llamar a los almorávides para expulsarlo. El moro huyó del alcázar disfrazado de mujer y se refugió en una alquería, pero el enemigo lo encontró, le cortó la cabeza y arrojó su cadáver a un muladar.

El Cid juró venganza y se dirigió hacia allá con la intención de conquistar Valencia, decidido a convertirla en un señorío hereditario independiente. 


Rodrigo ocupó el castillo de Cebolla, donde estableció su cuartel general. En verano puso cerco a la ciudad. Yusuf le había escrito una carta insolente intimándole a que no entrase en Valencia, y el Cid, después de devolverle insulto por insulto, publicó por todas partes que Yusuf no se atrevía a salir de África por miedo a medirse con él. 

El Cid estrechó el cerco. Se le rindieron los arrabales tras un terrible combate. Rodrigo, haciendo gala nuevamente de su magnanimidad, concedió a los vencidos su libertad y sus bienes. Pero la ciudad aún resistía tras las murallas, en penosas condiciones y falta de todo lo necesario. Obligados por las dificultades, sus moradores se ofrecieron al fin a expulsar a los almorávides y entregarse si no llegaban socorros de África en un plazo razonable. Hubo así una tregua de dos meses durante los cuales el Cid hizo algunas correrías, guardó el botín en Pinnacatel y atacó las tierras del señor de Albarracín, un moro que se le había rebelado negándose a pagar las parias.

El plazo acordado transcurrió sin que Valencia recibiera refuerzos de Yusuf. Rodrigo exigió a los valencianos el cumplimiento de lo pactado, pero ellos se negaron. Llegó por fin un ejército de almorávides cuando ya desesperaban, aunque no lograron nada frente a las tropas del Cid. Los sitiados continuaban resistiendo con tal empeño que llegaron a poner en serios apuros al Campeador: un día Rodrigo hubo de refugiarse en un baño contiguo a la muralla para defenderse de las piedras y flechas que le arrojaban. Allí lo cercaron y le hubieran dado muerte de no tomar la decisión el Cid y sus acompañantes de abrir una brecha en el muro para poder escapar. 


El hambre dentro de la ciudad estaba rebasando todos los límites. Agotados los alimentos, los habitantes caían muertos de debilidad por las calles; muchos se arrojaban desesperados desde las murallas, y los supervivientes encontraban la muerte a manos de las tropas del Cid, para que sirviera de escarmiento. Al fin, perdida toda esperanza, la plaza se rindió. 

¡Sí que son grandes los gozos que van por aquel lugar, 
cuando el Cid ganó en Valencia y entró por la ciudad! 
Los que iban a pie, los tienen como caballeros ya. 
y el oro y la plata suyos ¿quién los podría contar? 
Con esto quedaron ricos todos cuantos allí están. 
y nuestro Cid don Rodrigo su quinto mandó apartar: 
de riquezas en moneda, treinta mil marcos le dan, 
y de las otras riquezas ¿quién las podría contar? 
¡Qué alegre el Campeador y los que con él están 
viendo en lo alto del alcázar la enseña del capitán! 

Cuentan que el Cid no tuvo clemencia con el moro que tanto se resistió: apresado con toda su familia, fue conducido a la plaza pública enterrado hasta la cintura y quemado vivo.

Una de las primeras cosas que hizo el Cid fue establecer una buena policía en la ciudad, capaz de asegurar que moros y cristianos se llevasen bien entre sí. Ordenó un trato honroso y magnánimo para con los vencidos. Los gobernó respetando sus leyes y costumbres. Dos veces a la semana oía y juzgaba sus pleitos. A los cristianos, para que no se desmandasen, les prohibió salir de Valencia sin su permiso.

Yusuf intentó reconquistar la ciudad por dos veces. Los almorávides, acaudillados por su sobrino, fueron derrotados por las tropas aliadas de Rodrigo y del rey de Aragón. Esta victoria terminó de asegurar Valencia, que permaneció en poder del Campeador todo el tiempo que vivió. 


La muerte llegó cinco años después, en 1099, pero la ciudad aún se mantuvo otros 3 años bajo el gobierno de Doña Jimena. Al cabo de ese tiempo, los moros, libres ya del terror que les inspiraba el Campeador, le pusieron cerco. Jimena llamó en su auxilio al rey de Castilla, que acudió a socorrerla. 

Los almorávides huyeron al saber que se acercaba Alfonso. Éste, sin embargo, vista la situación de la ciudad, y ante la imposibilidad de conservarla entre sus dominios debido a la distancia, sacó de allí a los cristianos con todos sus bienes, se los llevó consigo a Castilla y abandonó la ciudad.

El Cid dejaba dos hijas, una de las cuales, Cristina, se casó con el infante Ramiro de Navarra y la otra, María, con el conde de Barcelona. Diego, el hijo varón de Rodrigo había muerto dos años antes que su padre, combatiendo contra los moros cerca de Consuegra. 

El cadáver de Rodrigo Díaz de Vivar fue sacado de Valencia por su familia al retirarse de allí y llevado solemnemente al monasterio de San Pedro de Cardeña, junto a Burgos. Desde 1921 sus restos y los de su esposa reposan en el crucero de la catedral de Burgos.

La leyenda del Campeador, mio Cid Roy Díaz, “el que en buena hora nasció”, “el que en buena hora cinxó espada”, inspiración de románticos, ha pasado de siglo en siglo hasta nosotros como una muestra del respeto que sus contemporáneos le tenían. 


Esa leyenda que siempre le acompañó le hizo ganar una batalla después de muerto, cuando, para infundir temor a los moros, cuentan que ataron el cadáver a su caballo Babieca, y el enemigo, persuadido de que era el Cid en persona quien venía al frente de las tropas, huyó en desbandada. 

Pero, incluso sin la leyenda, él fue invencible. 

Banderas antiguas, tristes,
de victoria un tiempo amadas,
tremolando están al viento
y lloran, aunque no hablan.
Sonaban las roncas voces
de las destempladas cajas,
y los pífanos, soberbios,
calles y plazas arrancan.
Estaba el Campeador
humilde y manso en la cama,
y sujeto a la inclemencia
de la vengativa Parca.
Hizo traer las reliquias
de las victorias pasadas,
y mandó que le truxesen
sus compaíieras espadas.
Y desque fueron traídas
levantábase en la cama;
tomándolas en sus manos
les dijo aquestas palabras:
"¡Colada y Tizona mías,
no colada, mas calada
por mil contrarios arneses
y por mil contrarias armas!
¿Cómo os hallaréis sin mí?
¿A quién os dejaré en guarda
que no manche vuestro honor,
pues que tan fácil se mancha?"
Y luego, en diciendo aquesto,
mandó que a "Babieca" traigan.
que quiere verle primero
que comience su jornada.
Entró el caballo más manso
que una corderilla mansa:
abriendo los anchos ojos,
como si sintiera, calla.
"Ya me parto, caro amigo;
quien os gobierna, ya falta.
Quisiera pagaros bien,
pero recibid por paga
que con los fechos que he fecho
será inmortal vuestra fama."
Y no diciendo más que eso,
la muerte tira una jara...

lunes, 4 de marzo de 2013

El Cid Campeador (III)


Al-Mutamid, el rey de Sevilla, concebía el proyecto de unificar bajo su corona cuantas provincias permanecían aún en poder de los árabes. Al mismo tiempo se sentía amenazado por el creciente poderío del rey de Castilla, cuyas conquistas parecían imparables. A Madrid había seguido Toledo, sembrando la alarma en el moro. Este pensaba que Alfonso tal vez terminaría por despojarlo si no se hacía fuerte él también. Buscando el modo de acrecentar su propio poder y terminar con el peligro que suponía el del monarca castellano, cometió el tremendo error de llamar en su auxilio a los almorávides de África para marchar contra los cristianos. 

La nueva invasión resultó fatal para todos: los almorávides no tenían nada que ver con el pueblo culto y refinado que había invadido la península en el siglo VIII. Eran nómadas bereberes, una especie de monjes guerreros que hacían una interpretación muy rigurosa de la religión. Estas tribus habían salido del desierto del Sahara para entrar en Mauritania y extender sus conquistas hasta el estrecho de Gibraltar. Fanáticos e intolerantes, los almorávides consideraban que los árabes trataban con excesiva benevolencia a judíos y cristianos; se volvieron contra los propios sevillanos e hicieron prisionero a Al-Mutamid, que moría años después en la ciudad bereber de Aghmat, en las inmediaciones de Marrakech. 

El emir Yusuf, que había declarado la yihad en el norte de África, se puso al frente de los almorávides y pasó a la península. Era un hombre brusco, con escasa cultura y hablaba muy mal la lengua árabe. Capaz de torturar y matar después de una recepción cortesana, su mejor baza eran sus capaces generales, que le obedecían fielmente. Con su desembarco en Algeciras llegaba la nueva y catastrófica invasión. Pronto Yusuf iba a afirmar su dominio sobre al-Andalus. Tras apoderarse de los dominios de Al-Mutamid, continuó intentando que el resto de los moros españoles obedecieran a su imperio. 


Alfonso recibió la noticia del desembarco mientras sitiaba Zaragoza. Rápidamente se dirigió al encuentro de los almorávides, cuyas tropas, unidas a las de los reinos de taifas, se enfrentaron a las cristianas en la batalla de Sagrajas, cerca de Badajoz. Era el 23 de octubre de 1086. Alfonso VI era derrotado y se veía obligado a refugiarse en Toledo. 

Mientras el rey se rehacía y aprestaba tropas para presentar de nuevo batalla a Yusuf, dio aviso a Rodrigo para que viniese a su encuentro con los suyos, ordenándole esperar en Beliana, hoy llamado Villena, por donde habría de pasar el ejército castellano. Rodrigo, por algún extraño error, se detuvo en un lugar distinto al acordado, y dejó que el rey fuera solo a enfrentarse contra los sarracenos. Alfonso los derrotó en Aledo, a pesar de contar con un número de fuerzas inferior al previsto. Pero ni siquiera la victoria pudo paliar la furia que sentía en esos momentos contra el Cid.

Verdaderamente resulta inverosímil que un ejército de miles de hombres como el que traía Rodrigo pudiera perderse por Castilla involuntariamente. Este es, tal vez, el episodio más oscuro en la vida del Campeador, y las razones de este desencuentro permanecen como un enigma que ningún estudioso ha sido capaz de descifrar. Se hace difícil encontrar una excusa válida para explicar la actitud del Cid, y la duda planeará siempre sobre su figura. 

El asunto era demasiado grave. Pudo haberse producido de nuevo para los cristianos el desastre de Guadalete. La furia de los castellanos contra el Cid no tenía límite, de modo que esta vez fue abandonado por muchos de los suyos. El rey se incautó de todos sus bienes y puso en prisión a su mujer y a sus hijos, medidas que solo se tomaban cuando la acusación que pesaba sobre el caballero era la de traición. 


Inmediatamente Rodrigo envió a uno de sus soldados ante la corte, con la misión de retar en su nombre a cualquiera que hubiera osado acusarlo de traidor. Alfonso no permitió ningún duelo, sino que, pasado ya su estallido de cólera, liberó a Doña Jimena y a sus hijos y les permitió que fueran a reunirse con el Cid. 

Don Rodrigo de Vivar está con doña Jimena 
de su destierro tratando, que sin culpa le destierra. 
El rey Alfonso lo manda, sus envidiosos se huelgan, 
llórale toda Castilla porque huérfana la deja. 
Gran parte de sus haberes ha gastado el Cid en guerra, 
no halla para el camino dinero sobre su hacienda. 
A dos judíos convida y sentados a la mesa, 
con amigables palabras mil florines les pidiera. 
Díceles que por seguro dos cofres de plata deja, 
y que si dentro de un año no les paga, que la vendan. 
y cobren la logrería como concertado queda. 
Dióles dos cofres cerrados, entrambos llenos de arena 
y confiados del Cid dos mil florines le prestan. 
—¡Oh necesidad infame a cuántos honrados fuerzas 
a que por salir de ti hagan mil cosas mal hechas! 
¡Rey Alfonso, señor mío, a traidores das orejas, 
y a los hidalgos leales palacios y oídos cierras! 
Mañana saldré de Burgos a ganar en las fronteras 
algún pequeño castillo adonde mis gentes quepan; 
y por conservar el nombre de tus reinos, que es mi tierra 
los lugares que ganare serán Castilla la Nueva. 

Rodrigo vive nuevamente en el destierro, obligado a valerse de sus propios recursos. Pero esta vez las cosas no son tan fáciles, porque se ha ido forjando numerosos enemigos a lo largo de su vida. Los dos principales eran el rey moro de Denia y el conde Berenguer de Barcelona, que no podían ni querían perdonarle pasadas afrentas.

El conde Berenguer guardaba rencor al Cid por los tiempos en los que éste había estado al servicio del rey moro de Zaragoza, impidiéndole así conquistar la ciudad. Rodrigo lo había hecho prisionero en la batalla de Almenar. Berenguer no renunciaba a la venganza, y pronto se le presentó la ocasión en tierras de Albarracín.


Financiado por el rey moro de Denia, y al frente de un numeroso ejército, el conde salió al encuentro de Rodrigo, que se había apostado en un valle. Berenguer cruzó las montañas y llegó cerca de donde estaba su adversario. Creyendo tenerlo ya a merced de su ejército, mucho más numeroso, le envió una carta de desafío.

“Si tanto desprecias a tus enemigos y tanta es la confianza en tu valor, ¿por qué no bajas al llano y dejas los cerros donde te guareces, más confiado en las cornejas y en las águilas que en el Dios verdadero? Desciende de la sierra, ven al campo, y entonces creeremos que eres digno del nombre de Campeador. Si no lo haces, eres un alevoso, a quien de todos modos vamos a castigar por tu insolencia, tus estragos y profanaciones.”

El Cid respondió en su mismo tono: era cierto que le despreciaba a él y a los suyos, y siempre los había comparado a mujeres, “largas en palabras y cortas en obrar”, a lo que añadió: “El lugar más llano de la comarca es éste donde estoy; aún tengo en mi poder los despojos que te quité en otro tiempo; aquí te espero, cumple tus amenazas, ven si te atreves, y no tardarás en recibir la soldada que ya en otra ocasión llevaste.”

El intercambio de insultos y ofensas solo podía terminar sobre el campo de batalla. Esa noche los hombres del conde ocuparon el monte desde el que se dominaba el campamento del Cid, y al amanecer lanzaron un furioso ataque. Rodrigo se arrojó sobre ellos, pero con tan mala fortuna que cayó del caballo y, herido, hubo de ser devuelto a su tienda por los suyos. Los castellanos, sin embargo, redoblaron sus esfuerzos y lograron la victoria a pesar de todo. Hicieron gran número de prisioneros durante esa jornada, uno de ellos el propio conde.


Berenguer fue llevado a la tienda de Rodrigo. Allí, ante un enemigo sentado majestuosamente en su silla, ofreció el prisionero las oportunas explicaciones. El Cid escuchaba sin responderle ni darle permiso para sentarse, pero ordenó a sus soldados que fuese bien tratado, y a los pocos días le concedió la libertad

Luego se negoció el rescate de los demás cautivos. Se acordó percibir una suma elevada, y partieron después a recogerla a sus tierras. Volvieron con una parte y traían a sus hijos y parientes como rehenes, a cuenta de lo que faltaba. Sin embargo, Rodrigo hizo gala de su magnanimidad, puesto que no solo les concedió la libertad, sino que les perdonó todo el rescate adeudado. Fue esta una acción sumamente generosa, porque en la situación a la que se veía reducido, su subsistencia y la de su ejército dependían enteramente de los rescates, despojos y correrías. 

Mientras tanto Fath al-Mamun, el hijo de Al-Mutamid, defendía Córdoba contra los invasores almorávides. Se enfrentó con valor a ellos, pero pedió la vida en la batalla: "Fath al-M'mun intentó abrirse camino con su espada a través de los enemigos y de los traidores pero sucumbió al número. Le cortaron la cabeza, que pusieron en la punta de una pica y pasearon en triunfo". 

Finalizaba el mes de marzo de 1091. Su esposa Zaida conseguía ponerse a salvo huyendo hacia territorio cristiano y acogiéndose a la protección de Alfonso VI. La princesa mora se convirtió en la amante del rey, y algunos sostienen que después abrazó el cristianismo, se bautizó con el nombre de Isabel y se casó con él. Fuera o no cierto este matrimonio, Zaida dio a Alfonso su heredero varón: el infante Don Sancho, que habría sido rey de Castilla si la muerte no se lo hubiera llevado de modo tan prematuro.

Continuará