lunes, 30 de julio de 2012

La Academia Platónica de Florencia

Villa Careggi

En la villa Médicis de Careggi, cerca de Florencia, existía una capilla con el busto de Platón. Ante él se celebraba una curiosa ceremonia consistente en coronarlo de laurel mientras ardía la llama de una lámpara votiva. Nueve humanistas celebraban su aniversario con fiestas y panegíricos; se reunían regularmente para leer sus obras y desentrañar su sentido oculto en la Academia fundada por Cosme de Médicis en 1459. 

Según la tradición, cuando veinte años antes Cosme escuchó al filósofo Gemisto Pletón e inspirado por su contacto con el mundo bizantino, decidió fundar la Academia Platónica en su propia ciudad, pero comprendiendo que el tiempo aún no estaba maduro para llevar a cabo el proyecto, lo demoró hasta reconocer en el joven Marsilio Ficino el instrumento a través del cual podría realizar su sueño. Durante su infancia Ficino fue seleccionado por Cosme para ser educado en las humanidades. Más tarde aprendió griego y tradujo al latín las obras de Platón, una tarea que completó en solo cinco años. 

Bajo el mecenazgo de Cosme, y continuando con el de Lorenzo el Magnífico, la Academia floreció y se convirtió en centro espiritual del Renacimiento florentino a finales del Quattrocento. Buscaba inspiración en los ideales de las civilizaciones griega y romana, especialmente a partir de fuentes literarias y filosóficas. Florencia era entonces el centro europeo del arte y la cultura, y muchos talentos de muchos campos diferentes resultaban atraídos por la Academia Platónica, entre ellos el propio Lorenzo de Médicis, el arquitecto Alberti, el poeta Poliziano o Pico della Mirandola, el primer erudito cristiano en enseñar la teología mística de la cábala judía. 

Marsilio Ficino, el alma de la Academia, mantenía además correspondencia con eruditos de toda Europa. Él mismo cuenta una de las reuniones en su Comentario al Simposio de Platón

Platón y Aristóteles

“Platón, el padre de los filósofos, murió a la edad de 81 años, el 7 de noviembre, día de su cumpleaños, reclinado en su triclinio después de que el almuerzo había sido retirado. Este banquete, en el cual estaban contenidos tanto el aniversario del nacimiento como el de la muerte de Platón, era celebrado cada año por los antiguos platonistas, incluidos Plotino y Porfirio. Después de Porfirio, estas solemnes fiestas fueron olvidadas durante mil doscientos años. Por fin, en nuestro tiempo, el famoso Lorenzo de Médicis, deseando renovar el banquete platónico, designó a Francesco Bandini como maestro de ceremonias. Bandini dispuso celebrar el 7 de noviembre y recibió con pompa real en Careggi, en el campo, a nueve huéspedes platónicos: Antonio degli Agli, obispo de Fiesole; Ficino el médico; Cristoforo Landino, poeta: Bernardo Nuzzi, retórico, Tommaso Benci; Giovanni Cavalcanti (nuestro amigo, a quien los invitados designaron como héroe a causa de las virtudes de su espíritu y su hermosa apariencia), y los dos hermanos Marsuppini, Cristoforo y Carlo. Finalmente, Bandini quiso que yo fuera el noveno, de modo que con Marsilio Ficino añadido a los ya mencionados se alcanzara el número de las musas. Cuando el banquete fue retirado, Bernardo Nuzzi tomó el libro de Platón que se titula Simposio sobre el amor y leyó todos los discursos de ese simposio. Cuando hubo terminado, pidió a cada uno de los huéspedes que comentara uno de los discursos. Todos estuvieron de acuerdo, se echaron suertes y el primer discurso de Fedro correspondió a Giovanni Cavalcanti para que lo explicara; el discurso de Pausanias correspondió a Antonio el teólogo; el de Erisímaco el médico a Ficino el médico; el del poeta Aristófanes al poeta Cristoforo; el del joven Agatón a Carlo Marsuppini. A Tommaso Benci se le asignaron las intervenciones de Sócrates, y el papel de Alcibíades correspondió a Cristoforo Marsuppini. Todos aprobaron este sorteo, pero el obispo y el médico tuvieron que irse, uno para cuidar las almas, otro los cuerpos, y dejaron los papeles a Giovanni Cavalcanti; los demás se volvieron hacia él dispuestos a escuchar, y enmudecieron.” 

El grupo se disolvió a la muerte de Lorenzo el Magnífico, fallecido precisamente en Careggi en 1492. Dos años después morían en Florencia Poliziano y Pico della Mirandola en circunstancias muy misteriosas. Sus cuerpos fueron exhumados, y con las actuales técnicas los científicos pudieron determinar que ambos habían sido envenenados con arsénico, probablemente por orden del sucesor de Lorenzo de Médicis. 

Marsilio Ficino

En el lugar de la antigua academia florentina surgieron los Fratres Lucis (Hermanos de la Luz), una inquietante hermandad mística fundada en Florencia en 1498 y que continuó existiendo hasta el siglo XVIII. Entre sus miembros se contaron personajes como Cagliostro y el conde de Saint Germain. 


lunes, 23 de julio de 2012

Un millón de visitas


El tablero tiene hoy algo que celebrar: según las estadísticas de Google, se ha sobrepasado el millón de páginas vistas. Muchas gracias a cuantos han contribuido a alcanzar esta cifra.

Seguiremos recorriendo el pasado casilla a casilla. Aún hay tanto por conocer...


¡Cuántas hermosas cosas! Los confines
de la aurora del Ganges, la secreta
alondra de la noche de Julieta.
El pasado está hecho de jardines.
Los amantes, las naves, la curiosa
enciclopedia que nos brinda ayeres,
Los ángeles del gnóstico, los seres
que soñó Blake, el ajedrez, la rosa…

(J. L. Borges)

Imagen:  The Virgin Queen - Alexia Sinclair

martes, 17 de julio de 2012

La Guardia del Cardenal


“los guardias representan una marca de soberanía, y por eso los Estados suplican a Vuestra Majestad que no permita, especialmente en tiempos de paz, que nadie en vuestro reino, sea cual sea su rango, tenga guardias”. (Asamblea de los Estados Generales de 1614) 


En el siglo XVII disponer de una guardia personal era signo de gran distinción y un honor extraordinario, puesto que se trataba de un privilegio que otorgaba un poder capaz de comprometer la seguridad del reino. Los reyes no concedían fácilmente este favor. De hecho, las ordenanzas de Enrique III habían prohibido a todo el mundo “de cualquier rango y condición, dignidad, título y cargo que tuviera en el reino, mantener gente de guerra, sea a caballo o a pie… bajo cualquier pretexto que se pudiera alegar.” 

Durante el reinado de Luis XIII su madre, María de Médicis, dispuso de guardias de corps. De igual privilegio gozó su hermano el duque de Orleáns, y también el condestable, jefe supremo de los ejércitos. Además los gobernadores de las provincias podían hacerse acompañar de caballeros armados siempre que fuera en el ejercicio de su cargo y para asegurar el mantenimiento del orden. Pero ningún ministro ni gran dignatario tenía autorización para rodearse de una guardia particular. 

En 1624 el cardenal Richelieu pasaba a formar parte del Consejo del Rey en calidad de simple consejero. En aquel momento su persona le resultaba bastante antipática a Luis XIII, que solo lo toleraba por la necesidad que tenía de él. Richelieu supo vencer las prevenciones del monarca haciéndole apreciar el valor de sus servicios, hasta trocar la aversión inicial en profunda estima. 


En 1626 Richelieu fue víctima de una conspiración, y las amenazas de muerte planeaban constantemente sobre su persona. El rey quiso protegerlo otorgándole una guardia personal. El 27 de septiembre firmaba la orden para que el cardenal tuviera “siempre a su lado 50 hombres a caballo con los jefes al mando por él elegidos”. Por entonces hacía tan solo cuatro años que Luis XIII había dotado de mosquetes a la compañía de caballería ligera de la guardia, convirtiéndolos en los mosqueteros. 

La idea de vivir rodeado de guardias no parece haber entusiasmado a Richelieu en un principio, como manifiesta en una carta a Bouthillier: “Os confieso que es un lamentable verse obligado a vivir custodiado, pues desde el instante en que uno se ve reducido a ello, se puede decir adiós a la libertad…” 

En 1631 Luis XIII decide aumentar los efectivos concediéndole el privilegio de tener una guardia reglamentada según el modelo de su propia guardia real. El 1 de agosto le da licencia para reclutar una compañía de caballería ligera de 120 hombres que se convertirá en “la guardia a caballo de Su Eminencia”. El 30 de agosto siguiente el rey autoriza a Richelieu a reclutar una compañía de cien hombres de armas que se llamarán “gens d’armes”, es decir, “gendarmes” (gente de armas), pero estos solo serán empleados en el ejército. 

Es el 4 de mayo de 1634 el cardenal obtiene autorización para rodearse de una compañía de “hombres de guerra a pie para residir junto a su persona y servir de guardia ordinaria”. Según los reglamentos debía haber 60 guardias de servicio permanente en la residencia del cardenal, con la misión de no dejar entrar a nadie sin orden expresa. Pero la guardia del cardenal desempeña además otras funciones, misiones más delicadas que podríamos calificar de espionaje. 


De ellos se decía que eran los soldados mejor cualificados y más valientes del reino. El capitán tenía su habitación en cada residencia del ministro, para poder permanecer siempre a su lado. Si el cardenal salía, montaban a caballo y escoltaban la carroza de Su Eminencia, pero si Richelieu acudía al Louvre no debían entrar en el patio del palacio, pues allá donde se encontrara el rey solo podían estar sus propios guardias. 

Para ser admitido, el candidato debía serle presentado por alguien conocido y de toda confianza, no debía exceder la edad de 25 años y, a ser posible, se pedía que hubiera servido en el ejército durante tres, si bien esta última condición no era exigible en el caso de un caballero procedente del seno de una familia de especial relevancia. 

En cuanto a los mosqueteros del rey, estaban compuestos por miembros de las mejores familias de Francia. Eran 150 guardias que seguían al monarca por todas partes, incluso cuando iba a la caza, vestidos con una casaca azul sobre la que lucían una cruz blanca. 

Al igual que los mosqueteros, también los guardias del cardenal llevaban uniforme. Se componía de un jubón, una especie de chaqueta ajustada y cerrada desde el cuello hasta la cintura, pantalones holgados por debajo de las rodillas, botas y un sombrero de ala ancha adornado con un penacho

Los guardias a caballo llevaban un uniforme que les hacía reconocibles de lejos. Consistía en una casaca roja adornada con encaje blanco, especie de manto sin mangas que les cubría hasta poco más abajo de la cintura. Sobre cada una de las cuatro piezas de tela que componían la casaca lucían una llamativa cruz griega, también de encaje blanco. 

Monsieur de Tréville

Existía una enorme rivalidad entre los mosqueteros y la guardia del cardenal. Richelieu mantenía a su guardia con sus propios medios, y no parecía reparar en gastos. En cambio, los mosqueteros del rey no eran tan generosamente tratados, y debían costearse sus propios uniformes. Estos, orgullosos de su nobleza y de su inflexible disciplina, se jactaban ante la guardia de Richelieu de acudir al campo de batalla y combatir al lado del rey, mientras que sus rivales eran “soldados de antecámara”. La famosa rivalidad entre ambos los impulsaba frecuentemente a provocaciones que terminaban en duelos, a pesar de que estaban prohibidos y la infracción podía ser castigada con pena de muerte. 

Las escaramuzas eran alentadas por la aversión que se profesaban los hombres que los mandaban: Richelieu por un lado y Tréville por el otro. “El carácter indomable e impetuoso de Tréville, su bravura y su total devoción al rey hacían de él un personaje difícil de manejar”. Los mosqueteros le eran leales, y a pesar de la reputación de los guardias, más famosos que ellos. 

Pero tanto el rey como el cardenal hacían la vista gorda ante estos enfrentamientos, que consideraban más bien encuentros deportivos. Para Luis XIII era un placer enterarse de que uno de sus mosqueteros se había impuesto sobre un guardia, y no lo era menos para el cardenal cuando el resultado era el opuesto.

domingo, 8 de julio de 2012

Los Misterios de Eleusis

Demeter llorando por Perséfone - Evelyn de Morgan

“Dichoso entre los hombres de la tierra el que ha contemplado estos misterios; pero el que no ha sido iniciado, el que de ellos no participa, no alcanza jamás una suerte como la de aquel, ni aun después de muerto, en la oscuridad tenebrosa”. (Himnos a Demeter, atribuidos tradicionalmente a Homero). 


Los misterios de Eleusis existen desde la época micénica. Se cree que tuvieron su origen en torno al 1500 a. C. y que se celebraron anualmente durante dos mil años. El emperador romano Teodosio cerró el santuario en el 392, y fue finalmente abandonado cuando el rey godo Alarico invadió Grecia cuatro años después, lo que trajo el cristianismo a la región. 

Cada año, cuando llegaba el tiempo de sembrar la cosecha, los atenienses celebraban un festival religioso en honor a la diosa de la fertilidad, Demeter (Ceres). El culto tenía lugar en la ciudad de Eleusis, próxima a Atenas, situada en el corazón de la región productora de trigo y cebada. Las ceremonias se sucedían a lo largo de nueve días durante el mes de Boedromion (finales de septiembre). 

El rito tenía su raíz en el mito de Demeter y su hija Perséfone. Cuando Hades raptó a Perséfone y la llevó consigo al inframundo, Demeter recorrió el mundo en su busca, y mientras tanto desatendió sus deberes; las cosechas no crecían y la vida se paralizaba. Los dioses estaban preocupados, y Zeus, testigo del rapto, decidió enviar a Hermes a rescatar a Perséfone. Pero al despedirse de ella, Hades le dio a comer una granada que producía el efecto de hacerla regresar cada invierno. El viaje de Perséfone al inframundo simboliza el ciclo de la vida, el tiempo que la semilla permanece enterrada en la tierra para después brotar, y esto era la base del culto en Eleusis. 

Perséfone - Dante Gabriel Rossetti

La ceremonia comenzaba en Atenas. Miles de adoradores griegos y posteriormente también del Imperio romano, se reunían para hacer el peregrinaje sagrado y tomar parte en las ceremonias secretas. El día anterior al festival propiamente dicho, una multitud se reunía en Eleusis y se dirigía con gran pompa al santuario de Demeter en el ágora ateniense. Al día siguiente comenzaba el festival con una declaración formal en el ágora anunciando el evento e invitando a los iniciados a tomar parte en él. Durante las dos próximas jornadas los participantes, llamados Mystes, se purificaban bañándose en el mar y sacrificaban un lechón. 

Todos los objetos sagrados (hiera) que iban a ser utilizados en las ceremonias se guardaban en el Eleuisinion, un templo al pie de la Acrópolis. Habían sido traídos de Eleusis días antes de que comenzara la celebración. El quinto día los celebrantes se dirigían en procesión desde el Kerameikos, el antiguo cementerio de Atenas, hasta Eleusis, transportando los sagrados hiera y una estatua del niño dios Iacchos. Periódicamente los participantes emitían gritos de exaltación en determinados puntos del camino. 

Cuando la procesión llegaba a Eleusis se hacía un descanso y se disponían los preparativos para el día siguiente, que era de ayuno parcial o completo, en recuerdo al que Demeter había hecho durante su duelo por Perséfone. Terminada esa parte de la ceremonia, los iniciados bebían una mezcla especial de agua de cebada y hierbas llamada Ciceón, la bebida de Demeter, a la que se le atribuían propiedades medicinales. No parece que contuviera alcohol, puesto que el Himno afirma que Demeter no bebía vino. Sin embargo, se ha sugerido que podría haber otros ingredientes a base de alcohol. 

Los expertos no se ponen de acuerdo con respecto al significado del Ciceón. Algunos mantienen que tenía carácter sacramental e implicaba una especie de comunión o asimilación con el espíritu de la diosa. Mylonas cuestiona tal interpretación, aunque reconoce que beber el Ciceón era un acto religioso que implicaba la observancia de un acto propio de la deidad. En cualquier caso, la semejanza con la Eucaristía cristiana es llamativa. 

Camino del templo de Ceres - Alma Tadema

El momento más importante de la ceremonia tenía lugar en el Telesterion o sala de los iniciados. Durante el siglo V a. C. tenía capacidad para albergar a varios miles de personas. Antes de que el iniciado pudiera entrar en el recinto sagrado podría pedírsele una contraseña o synthema que le permitiera el acceso, y una vez en el interior se le mostraban los hiera. Las sacerdotisas revelaban allí las visiones que habían tenido durante la noche sagrada. 

Estos ritos se mantenían secretos. Estaba prohibido hablar públicamente de ellos, por lo que la verdadera naturaleza de los Misterios permanece envuelta en la incertidumbre. Romper el juramento se consideraba un acto impío castigado con la muerte. Esquilo, por ejemplo, temió una vez por su vida debido a que el público que asistía a sus obras pensaba que en ellas revelaba los Misterios. Tuvo que comparecer ante un tribunal y se libró del castigo porque pudo demostrar que nunca había sido iniciado. 

La mayoría de los estudiosos creen, a partir de los testimonios de Clemente de Alejandría y Tertuliano, que los Misterios comprendían tres componentes principales conocidos como deiknymena (cosas mostradas), legomena (cosas dichas) y dromena (cosas hechas). En cuanto a estos últimos, se cree que incluían una recreación ritual de la historia de Démeter y Perséfone, mientras que para otros se trataba de una danza sagrada. 

Al final de las celebraciones los participantes dedicaban servicios especiales en honor a los muertos, después de lo cual regresaban a Atenas, en solitario o en pequeños grupos. No parece que volvieran en procesión esta vez. Era para ellos tiempo de reflexión y meditación. 

Un festival de la cosecha - Alma Tadema

Durante el periodo Helenístico el culto fue dirigido por el propio Estado, y oficiado por dos familias aristocráticas de Eleusis. Los misterios atraían anualmente a miles de personas de toda Grecia, y los únicos requisitos para convertirse en un iniciado era no ser culpable de ningún delito de sangre y hablar griego. Pero los misterios estaban abiertos a hombres y mujeres, e incluso los esclavos eran admitidos. 

Se dice que Sófocles, Herodoto, Aristófanes, Plutarco o Pausanias fueron todos iniciados en los misterios de Eleusis. El iniciado o mystes recibía instrucciones previas de otro participante con experiencia o “mystagogos”, frecuentemente miembro de una de las principales familias de Eleusis. El mystes que acudía por segunda vez a Eleusis para ser iniciado en los niveles superiores del conocimiento esotérico entraba en una habitación en cuyo centro había una estatua de la diosa brillantemente iluminada y, en presencia del hierofante o sumo sacerdote y rodeado de otros miembros del clero vestidos con suntuosas túnicas, era instruido en los más altos Misterios. Recibía entonces unos libros sagrados, probablemente escritos en clave, junto con tablillas de piedra en la que se grababan instrucciones secretas. 

Había numerosos funcionarios entre el clero relacionados con los ritos: el hierofante o sumo sacerdote presidía la mayor parte de los misterios y partes solemnes. Sólo él tenía derecho a entrar en la cámara sagrada donde se guardaban los objetos de culto. 

La suma sacerdotisa de Demeter compartiría con el hierofante la responsabilidad de presidir los Misterios. Se cree que representaba el papel de la diosa en un drama que recreaba la desesperada búsqueda de Perséfone. La mayoría de los estudiosos piensan que la sacerdotisa se unía al sumo sacerdote en un hieros gamos o boda sagrada de significado simbólico. Esta ceremonia podría culminar con el nacimiento igualmente simbólico de un hijo, acerca del cual hay varias propuestas; una de ellas es que posiblemente se tratara de Iacchos, el dios niño cuya estatua portaban en procesión, mientras que para otros se trataría de Triptolemos, un antiguo príncipe de Eleusis que aparece muy representado en vasijas y urnas. O incluso podría ser la propia Perséfone. 

Bajo el árbol consagrado a Ceres (Francisco Pradilla y Ortiz)

El hierofante contaba con dos ayudantes femeninas que representaban papeles principales en el drama y en las ceremonias de iniciación. Y las sacerdotisas panageis, también conocidas como melissae (abejas), eran vírgenes que ayudaban en las ceremonias sin que se conozca su función precisa. Probablemente estaban relacionadas con el transporte de los objetos sagrados o Hiera durante la procesión. 

El dadouco era el segundo personaje masculino de mayor importancia después del Hierofante. Su misión era llevar la antorcha. Sólo él tenía autoridad en Eleusis para quitar la mancha de impureza a los aspirantes que habían derramado sangre humana. Él y su ayudante femenina, la dadoucosa, eran probablemente responsables de los efectos de iluminación en el Telesterion durante las ceremonias. 

El Hieroceryx era el heraldo sagrado, y finalmente el Sacerdote del Altar presidía los sacrificios de animales y otras ofrendas.

lunes, 2 de julio de 2012

La Rebelión de Wyatt

María Tudor

En enero de 1554 estalla en Kent una sublevación dirigida por Sir Thomas Wyatt, hijo del famoso poeta de su mismo nombre al que se le había atribuido una relación con Ana Bolena. El joven tenía un carácter ciertamente conflictivo, y diez años antes había sido arrestado junto con el conde de Surrey por dedicarse a romper cristales en plena borrachera. Poco después se unía a las tropas inglesas que luchaban en Francia. 

Fue capaz de vivir en paz unos pocos años, hasta la muerte de Eduardo VI en 1553, cuando tomó parte en la conspiración del duque de Northumberland para sentar en el trono a Lady Jane Grey en lugar de María Tudor. Pero María lo perdonó esa vez. 

Wyatt tan solo tardó unos meses en volver a lanzarse de lleno a una nueva conspiración. El principal motivo era en esta ocasión el gran descontento que se había extendido entre el pueblo ante la decisión de la reina, María Tudor, de casarse con Felipe II, y el objetivo de los rebeldes era destronarla. 

La llama de la rebelión pronto se iba extendiendo a Gales y a los condados del sur. Wyatt, a la cabeza de un pequeño ejército, marcha sobre Londres. El embajador del emperador se había enterado de los planes y puso sobre alerta al Lord Canciller. En torno a la reina todo es desconcierto, pero ella permanece impávida; reúne a las milicias leales y se enfrenta a los insurgentes. Tras derrotarlos, Wyatt es capturado. María, victoriosa, hace elevar por todas partes horcas y cadalsos. Los prisioneros eran tantos que no había suficientes prisiones para contenerlos, y fue preciso utilizar las iglesias. La mayoría de ellos, gente del pueblo que se había unido a la sublevación, fueron perdonados, pero 90 de los rebeldes serían ejecutados. 


Después la reina se vuelve hacia su hermanastra Isabel, la más beneficiada en caso de haber triunfado la sublevación. 

Ella no ha intervenido, al menos de un modo ostensible. Pero evidentemente la intención de los conjurados era sentarla en el trono. Wyatt le escribió varias veces, pero ella, prudente, se guardó de confiar sus respuestas al papel. De ese modo, aunque las sospechas acerca de su complicidad fueran muy fuertes, faltaban las pruebas. 

No obstante, la reina le ordena abandonar su residencia de Hatfield y unirse a ella en Westminster. Una vez allí la hace entrar en la Torre por la “poterna de los traidores” y la encierra en un calabozo. Wyatt está encadenado en una mazmorra vecina. 

El 15 de marzo el rebelde comparecía ante el tribunal. No tenía defensa posible, de modo que fue condenado a muerte. Sin embargo, la ejecución fue retrasada por algún tiempo, seguramente esperando arrancarle alguna declaración que comprometiera a la princesa Isabel. Se cree que fue torturado a tal fin, mas todo en vano. Ante el cadalso, a punto de ser ejecutado, insistió en la inocencia de Isabel, algo que pesó mucho en la opinión de la gente, que confiaba en la palabra de un hombre que estaba a punto de morir. Pensaban que nadie querría dejar este mundo con un pecado sobre su conciencia. 

Pronto rueda en el tajo la cabeza de Wyatt, y se temía que siguiera la de Isabel. Pero no es tan sencillo en su caso: la princesa es hermana de María, y además serían indispensables ciertas fórmulas judiciales. La princesa cautiva se atrinchera en sus negativas de un modo que toda la astucia de los inquisidores no logra forzar. Además tiene a una buena parte del pueblo de su parte. 

Thomas Wyatt el Joven

Al cabo de dos meses de terrible angustia en los que cada día se levantaba pensando si sería el último para ella, por fin se abrieron las puertas de la Torre. Más tarde contaría al embajador de Francia que, si la hubieran hecho subir al cadalso, la única gracia que hubiera solicitado de la reina habría sido que le cortaran la cabeza no con hacha a la inglesa, sino con espada a la francesa. 

Su vida está a salvo, pero eso no significa que vaya a quedar en libertad. María ordena que sea confinada en el condado de Oxford, en la mansión de Woodstock, cuyo gobernador, Sir Henry Bedingfield, será para ella un carcelero estricto y antipático. 

La princesa tenía prohibido recibir todo tipo de visitas, leer un libro o enviar una carta que previamente no hubiera pasado la censura del Sir Henry. Las doncellas eran simplemente espías en las que no podía confiar, y había guardias día y noche en todas las puertas de la casa. 

A pesar de tantas vejaciones, Isabel no pierde su buen humor. Prueba de ello es el dístico que se entretiene en grabar con un diamante sobre un vidrio de la ventana: 

Mucho se me ha sospechado 
Y nada ha sido probado.