lunes, 30 de abril de 2012

El Príncipe de Viana (II)


Era el 23 de octubre de 1452. Tras muchas negociaciones, y cuando parecía que se había alcanzado la paz, ambos ejércitos chocaron en el campo de batalla. La jornada comenzó presentándose mal para Juan, que seguramente habría sido hecho prisionero de no ser por su hijo natural, Alfonso de Aragón. Alfonso corrió a socorrerle y, acometiendo con treinta lanzas a los beamonteses, que ya se creían vencedores, dio la vuelta al resultado de la contienda. Finalmente fue Carlos de Viana quien hubo de rendirse. No quiso hacerlo si no era ante su hermanastro, al que entregó la espada y una manopla. Alfonso se apeó del caballo para recibirlas y besó al príncipe en la rodilla. 

Carlos temía que le dieran veneno con la comida. Ni en el real, ni en el castillo de Tafalla, adonde fue conducido, quiso comer nada si antes no lo probaba su hermano, y con ese asunto los ánimos se enconaban aún más. 

Del castillo de Tafalla fue llevado al de Maillén, y de allí al de Monroy. Ningún lugar parecía considerar su padre lo bastante seguro para albergarlo. Las gentes se ofendían y murmuraban al ver a su príncipe conducido de prisión en prisión como un criminal. 

Navarros y aragoneses insistían para que el príncipe fuese liberado y se alcanzase la paz. Juan no podía seguir desoyendo los ruegos reunidos de los dos reinos, de modo que sacó a su hijo de la fortaleza de Monroy y lo llevó a Zaragoza el 25 de enero de 1453. Allí se estipuló un plazo de 30 días para alcanzar la concordia, tiempo que fue preciso prorrogar por dos veces. Por último Carlos consiguió la libertad, quedando el condestable de Navarra y sus dos hijos como rehenes, junto con otros caballeros que se ofrecieron a ello por ver libre al príncipe que adoraban. 

Juan II de Castilla - The Lost Gallery

Carlos de Viana tenía dos hermanas. Una de ellas, Blanca, estaba casada con el Príncipe de Asturias, heredero de la corona de Castilla. La otra hermana, Leonor, casó con Gastón, conde de Foix. 

El príncipe de Asturias, Enrique, aborrecía a su suegro y lo demostraba enviando fuerzas a los beamonteses. Sucedió que por esa época Enrique hizo a su esposa el agravio de repudiarla y enviarla de vuelta a su padre, pretextando que por algún hechizo oculto era impotente con ella. Blanca vivió por un tiempo en Aragón y luego se trasladó a Pamplona con el príncipe su hermano, al que amaba entrañablemente. Esa inclinación era suficiente para incurrir en el profundo desagrado de su padre. 

Fallecía al año siguiente el rey Juan II de Castilla, con lo que el príncipe de Asturias alcanzaba el trono y comenzaba su reinado como Enrique IV. 

No tardó en firmarse la paz con los castellanos, pero no había forma de apaciguar a los navarros debido al rencor entre agramonteses y beamonteses. Lo único que pudo conseguirse fue una tregua por un año. Cumplido el término, se reanudaron las hostilidades. Juan se alió con su yerno, el conde de Foix. Este se obligaba a socorrer al rey con todo su poder y entrar en Navarra a castigar a los rebeldes, y a cambio el rey desheredaba a Carlos y a Blanca a favor de la condesa de Foix. De ese modo disponía alegremente de una herencia que no era suya. Se comprometía, también, a no reconciliarse jamás ni perdonar a sus otros hijos. 

Foix entró en Navarra con sus tropas mientras trataba de atraer también al rey de Francia a la causa. Carlos no contaba con fuerzas suficientes para resistir, pero entonces el rey de Aragón, Alfonso el Magnánimo, descontento por el modo en que su hermano Juan estaba llevando aquel asunto, quiso arbitrar personalmente la querella. Alfonso amenazó a su hermano con quitarle el gobierno de Aragón y ayudar al príncipe de Viana si no aceptaba dejar el asunto en sus manos. 

Alfonso V el Magnánimo

Carlos acudió personalmente al encuentro de su tío, que se hallaba en Nápoles. Dejó a Juan de Beamonte el gobierno de la parte de Navarra que le era leal y tomó el camino de Italia a través de Francia. Era su intención, si su tío no le favorecía, pasar su vida en el destierro y terminar así con la guerra civil. 

Desde Poitiers envió a Alfonso un secretario para informarle de lo ocurrido en los últimos tiempos. En la carta que le entregó decía que varias veces había enviado gente a su padre buscando una conciliación, pero que los condes de Foix lo habían estorbado, “los cuales, como se debía esperar que fuesen propicios a la dicha concordia, han empachado aquella, é han revuelto en tanto grado los escándalos é el mal entre nos, que no espero el reparo de ellos, si ya la piedad de Dios et vuestra autoridad é decreto, con aquella razón que ha sobre nosotros, no extingue este fuego.” 

El príncipe de Viana visitó durante su viaje la corte de París, donde fue recibido por Carlos VII con todos los honores. Después continuó camino hacia Italia y a su paso por Roma fue agasajado por Calixto III. Desde allí tomó la vía Apia hacia Nápoles, la que pasaba por ser la Corte más culta de Europa. 

El rey de Aragón le recibió con las mayores muestras de cariño. A ambos los unía la afición por las letras y el estudio, y se entendieron bien. Alfonso lo trató como a un hijo, pagó todas las deudas que había contraído por el camino, le concedió una asignación para sus gastos ordinarios y lo colmó de regalos. Carlos escribía a la ciudad de Pamplona acerca de la buena acogida recibida. “presto, placiendo a Dios, irán tales personas de la parte del dicho señor rey nuestro tío, que reglarán estos fechos en la forma que cumple… E non danzarán más a este son los que con nuestros daños se festejan.” 

Juan II de Aragón - The Lost Gallery

Cuando Juan conoció la buena acogida que había tenido en Nápoles, mudó de tono y comenzó a darle a Carlos en los despachos el título de “ilustre príncipe y muy caro y muy amado hijo”, cuando antes se había contentado con llamarlo a secas “príncipe don Carlos”

Pero los condes de Foix no iban a permanecer impasibles viendo cómo se les escapaba una Corona que habían tenido tan al alcance de la mano. No dejaron de intrigar hasta que Juan juntó Cortes en Estella y allí cumplió con la promesa de desheredar a sus dos hijos. 

Beamonte reaccionó con contundencia: convocó en Pamplona a los de su bando y aclamaron y juraron por rey a Carlos el 16 de marzo de 1457. 

La furia de Juan es tremenda. Él achacaba aquellas medidas a las instrucciones que su hijo enviaba desde Nápoles. Sin embargo, cuando Carlos tuvo noticias de su aclamación se apresuró a escribir a Pamplona manifestando su desaprobación. 

A instancias de Alfonso, al fin se firmó en Zaragoza a finales de 1457 el compromiso de someterse a su arbitraje, lo que ponía fin a la guerra en Navarra. Se dio libertad a los prisioneros y a comienzos del año siguiente Juan revocaba los procesos que tenía abiertos contra sus hijos, con la reserva de que si Alfonso no daba sentencia en el término señalado, pudiese abrir otros nuevos. 

Las esperanzas que el príncipe de Viana había concebido con ese tratado se desvanecieron todas con la muerte de su tío en junio de 1458. Trágicamente para Carlos, la muerte de Alfonso sin descendencia legítima convertía en rey de Aragón a su padre. ¿Cómo se enfrentaría ahora a su enorme poder? 

Escudo de Alfonso de Aragón

Juan heredaba, en efecto, los dominios aragoneses, pero no los italianos. Alfonso dejaba un hijo natural, Fernando, en el trono de Nápoles. Una parte de los barones y nobles napolitanos se ofreció a proclamar a Carlos rey de aquellas tierras, pues no querían obedecer a Fernando por ser bastardo. Pero el príncipe de Viana, que no veía ninguna probabilidad de éxito en semejante empresa, se embarcó a toda prisa y se dirigió a Sicilia.


Continuará

sábado, 28 de abril de 2012

El Príncipe de Viana (I)

Castillo de Peñafiel, Valladolid
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Carlos de Trastámara y Évreux nació en Peñafiel el 29 de mayo de 1421. Su padre era el infante Juan de Aragón, hermano del rey Alfonso V el Magnánimo, y su madre fue Blanca de Navarra, hija y sucesora del rey Carlos III el Noble. 

Castilla, donde reinaba Juan II, se encontraba por entonces sumida en la guerra civil. Los nobles mantenían una pugna por apoderarse del gobierno. Aragón, por su parte, sufría las calamidades de la guerra que sostenía en Nápoles, y Francia se hallaba aún desgarrada por la Guerra de los Cien Años. Solo el reino de Navarra se encontraba en paz. 

Cuando Carlos contaba tan solo un año de edad, su madre lo llevó a la Corte de Navarra, pues en los pactos matrimoniales había quedado establecido que allí era donde debía criarse. El niño quedó bajo la tutela de su abuelo y recibió una esmerada educación que, una vez fallecido el anciano rey, Blanca se encargó de continuar. 

El rey de Navarra quiso prepararlo para el día en que alcanzase el trono. A tal fin erigió en principado el Estado de Viana e hizo que en adelante el primogénito de los reyes de Navarra llevase el título de Príncipe de Viana. Dicha institución fue aprobada en Cortes generales del reino celebradas en Olite en 1422. Al mismo tiempo el niño era jurado solemnemente como heredero “para después de los días de su abuelo y su madre doña Blanca.” 

Blanca I de Navarra - The Lost Gallery

A la muerte de Carlos III en 1425, Blanca y su esposo fueron proclamados conjuntamente reyes de Navarra. La reina fallecía al cabo de 16 años de reinado, contando su hijo 19. Ella lo había nombrado heredero universal de los Estados de Navarra y Nemours, pero, sabiendo que ello contrariaba las aspiraciones del esposo, que esperaba seguir reinando en solitario después de ella, rogó a su hijo que para usar el título de rey “tuviese por bien tomar la bendición y consentimiento de su padre”. 

La reina doña Blanca había muerto en Castilla, y durante su ausencia Carlos se había quedado gobernando Navarra, cargo en el que permaneció después con el beneplácito de su padre. Sus despachos de aquel tiempo indican que se había conformado con la voluntad expresada en el testamento de Blanca, puesto que no firmaba como rey, sino como “príncipe de Viana, primogénito, heredero y lugarteniente por su padre”. 

Este, mientras tanto, había empleado su tiempo en crear conflictos armados dentro de Castilla, en cuya corte aspiraba a gobernar. Llegó a tomar partido por el bando del rey en contra de los intereses de su propio hermano Enrique de Trastámara, conde de Alburquerque. 

En el momento en que fallece su esposa, la guerra civil se hallaba algo apaciguada en Castilla, y Juan había logrado un triunfo momentáneo al hacer salir de la corte al condestable don Álvaro de Luna. Se había llegado a un acuerdo que equilibraba la influencia de los nobles castellanos, pero el almirante, Fadrique Enríquez, subía paulatinamente en la estima del rey, y esto tenía inquieto a Juan. Su amigo y confidente, el conde de Castro, le aconsejó casarse con Juana Enríquez, la hija del almirante, para así establecer una fuerte alianza con él. 

Álvaro de Luna

El matrimonio se efectuó en abril de 1444, pero no sirvió a sus fines, porque resultó que Álvaro de Luna recuperó el poder y los derrotó en la batalla de Olmedo el 19 de mayo de 1445. Juan tuvo que huir de Castilla, perdida para siempre su autoridad allí. 

Mientras tanto Carlos seguía ocupándose del gobierno de Navarra. Solo de vez en cuando resultaba el reino salpicado por la violencia del conflicto castellano. En 1451 el rey de Castilla y su hijo entraron con su ejército y sitiaron la ciudad de Estella, pero el príncipe, cuyas tropas no resultaban suficientes para oponer resistencia, optó por presentarse desarmado en sus reales y hablar con ambos. Lo hizo con tal persuasión que los castellanos alzaron el sitio y regresaron a sus tierras. 

Juan continuaba actuando como rey de Navarra, y no estaba dispuesto a que Carlos ciñera la corona mientras él viviese. Los navarros no amaban a Juan. Ellos eran los que sostenían la mayor parte de los gastos que originaban las empresas salidas de su genio turbulento, y por tanto ellos eran también quienes sufrían la venganza castellana. Les parecía que nada debían a un rey que sacrificaba su provecho y su paz al interés de lo que él deseaba obtener en Castilla, y lamentaban que no hubiese entregado ya a su hijo el dominio y la autoridad real que eran legítima herencia de su madre. Entendían que le correspondía a Carlos ser el rey de Navarra “por edad, por mérito y por derecho”. Por último, habían tomado muy a mal que Juan se hubiera casado con la hija del almirante sin notificarlo ni a su hijo ni al reino, “y murmuraban que ningún respeto ni contemplaciones debían a un rey extraño, que no tenía por aquel Estado atención ni amor alguno.” 

Juana Enríquez - The Lost Gallery

Cuando la esposa llegó a Navarra con título de gobernadora, aquellas “centellas de descontento tomaron la fuerza de un volcán”. Lo interpretaban como un atropello y una afrenta a su hijo, que los había gobernado durante años con prudencia y acierto. Y los modales de la reina no la ayudaron a granjearse las simpatías de los navarros: “En vez de ganarse las voluntades con la afabilidad y dulzura propias de su sexo, afectaba una arrogancia y un imperio siempre odioso, pero más a ánimos descontentos”, y, en definitiva, “acabaron de apurar la paciencia y soplaron la llama de la sedición”. 

Había dos facciones en Navarra: agramonteses y beamonteses, en pugna desde hacía largos años. Se trataba de una vieja rivalidad que la reina doña Blanca no había sido capaz de apaciguar, y ahora volvía a enconarse ante la división entre padre e hijo. 

El ayo de Carlos, y su principal consejero en el gobierno, fue Juan Beamonte (Beaumont), gran prior de Navarra y hermano del condestable. Estos eran los jefes del bando beamontés, mientras que los agramonteses tenían por caudillo al mariscal del reino, don Pedro de Navarra, señor de Agramont. Como los primeros se declararon partidarios del príncipe de Viana, los segundos favorecieron el de Juan, mas no por convicción, sino simplemente por porfiar en la eterna pugna que sostenían con sus rivales. Las palabras que dirigieron a Carlos un día en que el príncipe salía de caza constituyen la mejor prueba de que no era esa su verdadera inclinación: 

—Sepa Vuestra Alteza que os conocemos por nuestro rey y señor, como es razón y somos obligados, y nadie en esto debe pensar otra cosa; pero si ha de ser para que el condestable y su hermano nos manden y persigan, sabed, señor, que nos hemos de defender con la mayor honradez que pudiéramos; porque nuestra intención no es de faltar a Vuestra Alteza, sino defendernos de nuestros enemigos, que nos quieren deshacer. 


Se llegó finalmente a una ruptura total entre padre e hijo. Las fuerzas no eran iguales, porque aunque la mayor parte de Navarra estaba por el príncipe, casi todas las fortalezas y el propio Estado de Viana se encontraban en poder de Juan, que desde la muerte de su primera esposa había tenido la precaución de entregar los castillos a sus servidores más fieles. 

Carlos empuñó las armas y, ayudado por los castellanos, tomó Olite, Tafalla, Aivar y Pamplona. Después pasó a sitiar Estella, donde se encontraba su madrastra. Juan, con la ayuda de las tropas aragonesas, acudió raudo en auxilio de su esposa, pero como no contaba con fuerzas suficientes para entablar combate, regresó a por refuerzos. Carlos creyó que su padre no tenía intención de regresar tan pronto, y no quiso hacerse odioso a los navarros teniendo por más tiempo en el reino tropas castellanas, de modo que levantó el sitio. 

Juan volvió con un ejército mucho mayor, y estaban a punto de enfrentarse en el campo de batalla cuando los mediadores lograron conciliarlos. El príncipe propuso a su padre una concordia en la que se conformaba con la restitución del principado de Viana y sus fortalezas, y la devolución de lugares y villas tomadas a los señores que le habían apoyado. Además, volvería a gobernar el reino en ausencia de su padre.

Continuará

jueves, 26 de abril de 2012

Los Juegos Istmicos

Templo de Poseidón - Corinto

Los Juegos Istmicos eran un festival que los antiguos griegos celebraban desde el 582 a. C. en honor a Poseidón, dios del mar, de los caballos y los terremotos. Tenían lugar cada dos primaveras en el santuario del Istmo de Corinto, y consistían en una serie de competiciones musicales y atléticas. 

La leyenda cuenta que Poseidón y Helios lucharon por el dominio del istmo de Corinto. Se designó como árbitro al gigante Briareo, uno de los cíclopes. El árbitro se decantó por Poseidón, y la competición entre ambos dioses habría originado los juegos. 

Otra versión, la de Píndaro, los remonta al rey Sísifo, fundador de Corinto. Su sobrino Melicertes se ahogó cuando su madre Ino huía de su esposo con él en brazos. Un delfín llevó el cuerpo de Melicertes sobre su lomo y lo condujo hasta el istmo, siguiendo instrucciones de Poseidón. Allí quedó depositado bajo un pino hasta que Sísifo lo encontró. El funeral que organizó en su memoria, y en agradecimiento a Poseidón, fue el origen de lo que posteriormente serían los Juegos Ístmicos. Ino y su hijo fueron recibidos por Neptuno entre las divinidades marinas de su séquito, y Melicertes adoptó entonces el nombre de Palemón. 


Abiertos a todos los griegos, estos juegos eran especialmente populares entre los atenienses, que gozaban en ellos de privilegios especiales, como el de contar en el estadio con asientos de honor (proedría). Para los atenienses la fundación de los juegos se debía a Teseo, que habría retomado las celebraciones después de que hubieran caído en desuso. En el transcurso de su viaje de Trezén a Atenas, Teseo dio muerte a muchos monstruos que hacían el camino peligroso para los viajeros. En el istmo se encontró con el gigante Sinis, el doblador de pinos, así llamado por su costumbre de descuartizar a sus víctimas atándoles las piernas a unos pinos que doblaba para después soltarlos violentamente. Teseo lo derrotó, y los juegos habrían sido instituidos, de acuerdo con esta versión, para conmemorar su victoria. 

El culto a Poseidón en el istmo se remonta al menos al siglo VIII a. C. Su primer templo fue construido en torno al 700 a. C., y cuando se destruyó, fue reemplazado por uno mayor erigido hacia el 465 a. C. 

El segundo lugar de culto más importante del istmo era el Palemonion, un conjunto de edificios que incluía un pequeño templo circular. Los ritos se centraban en torno a unos pozos en los que se quemaban toros negros como sacrificio. Por la noche toda la zona delante del templo era iluminada con grandes lámparas de aceite, y los adoradores llevaban pequeños faroles en la mano. Después de haberse encendido el fuego del sacrificio en los pozos, los participantes traían aceite en pequeños contenedores y lo arrojaban a las llamas. El momento cumbre de la celebración era cuando traían al toro con colgando del cuello. El sacerdote oficiante lo derribaba de un hachazo, y tan pronto como dejaba de moverse, los ayudantes lo metían en el pozo, donde era rápidamente consumido por las llamas. 

Plano del Palemonion - Universidad de Chicago

Es probable que esta ceremonia, con la asistencia de atletas y delegados de toda Grecia, fuera el acto de apertura de los juegos, pues tuvieron un origen religioso. En un principio tenían más carácter de misterio que deportivo. 

Antes de que diera comienzo la competición, los atletas y entrenadores tenían que jurar sobre el altar de Poseidón que actuarían con respeto a las normas y no emplearían métodos ilícitos para obtener la victoria. El Palaimonion contenía una cripta en la que los atletas hacían juramentos adicionales, siempre por la noche. El compromiso que adquirían era tan sagrado que tenían la convicción de que ningún perjuro podría eludir el castigo por ello. 

Los Juegos Ístmicos, que al principio fueron solo locales, se convirtieron en un festival panhelénico allá por la Olimpiada 49, es decir, hacia el 480 a. C. Solo los eleos estaban excluidos. La razón difiere según los autores. La versión de los propios eleos es que ellos mismos se negaron a participar a raíz de que fueran asesinados los hijos de un importante ciudadano de Élide a manos de unos rivales durante la celebración de los juegos. 


Había carreras de caballos. El hipódromo se encontraba a cierta distancia al oeste del santuario. Contaba con un santuario de Glauco, hijo de Sísifo. Afrodita se había enojado con él porque no permitía que sus yeguas se emparejaran, por lo que la diosa hizo que sus caballos enloquecieran y lo mataran durante una carrera. 

Los romanos podían participar desde el 228 a. C. En el año 67 el emperador Nerón tomó parte en las pruebas musicales con composiciones propias, y naturalmente fue proclamado vencedor. Durante la época de dominación romana se añadieron luchas de gladiadores y espectáculos con fieras. 

Existen evidencias arqueológicas de que hubo pruebas femeninas. Hasta nosotros ha llegado el nombre de la poetisa Aristómaca. 

Los ganadores recibían al principio una corona de pino que era tomada del pinar sagrado del santuario de Poseidón, pero al cabo de un tiempo este galardón fue sustituido por una rama de apio seco. Finalmente volvió a adoptarse el pino. 

El festival celebrado en el istmo de Corinto pudo haber sido la más popular de todas las celebraciones panhelénicas. El lugar era más accesible que Olimpia o Delfos, y una visita a Corinto estaba considerada como una de las más hermosas experiencias de la vida. Los griegos tenían un dicho que repetían mucho: “No a todos los hombres les es dada la suerte de visitar Corinto”, lo que expresa el gran valor que concedían a ese viaje. 

Muchos acontecimientos importantes en la política tuvieron también lugar durante la celebración de los Juegos Ístmicos: tras la batalla de las Termópilas, los habitantes del Peloponeso decidieron allí las medidas que adoptarían contra Jerjes. Fue también en ese lugar donde Alejandro fue proclamado estratego supremo. Y en 197 a. C., en medio de una inmensa asamblea, Flaminio, vencedor sobre Filipo V de Macedonia, declaró la independencia de Grecia. Un heraldo surgió de pronto en el escenario donde iban a aparecer los comediantes que divertían a la gente y proclamó en voz alta la libertad de las ciudades de Grecia, que en adelante se gobernarían por sus propias leyes.

martes, 24 de abril de 2012

María de Borgoña (VI)


A las tres de la tarde del 22 de junio de 1478 nacía en Brujas el primer hijo del matrimonio. Era un varón al que llamaron Felipe y que iba a ser conocido como “el Hermoso”. Felipe se casaría un día con la infanta Juana, hija de los Reyes Católicos, y a través de ese matrimonio reinaría posteriormente en Castilla dando origen a la dinastía de los Austria. 

En cuanto nació el niño, el señor de Ravenstein despachó un mensajero hacia el campamento de Pont-à-Vedin, donde se encuentra el duque de Borgoña. Maximiliano recibe la noticia con gran alegría. Está impaciente por reunirse con María, pero incluso después de firmar una tregua le fue preciso detenerse en Lille durante casi tres semanas para tomar disposiciones en el terreno militar. Por fin pudo estar de regreso el 2 de agosto. 

Maximiliano no pudo estar presente en el nacimiento de ninguno de sus tres hijos. Cuando nació Margarita en Bruselas el 10 de enero de 1480, había tenido que acudir a Malinas, y no conoció a su hija hasta el mes de junio. El tercero, Francisco, nace en Bruselas el 2 de septiembre de 1481. Él se encuentra en Amberes, y cuando llega, cuatro días después, tan solo puede permanecer dos junto a su esposa y sus hijos antes de partir de nuevo. El pequeño Francisco no viviría mucho tiempo; tan solo unos meses. 


En Brujas se preparaba el bautismo del primogénito con gran esmero. Se construyó una galería que iba desde la puerta del palacio hasta el crucero de la iglesia de San Donato, y la pila bautismal, regiamente decorada con un dosel, se elevó para que fuera vista por el pueblo. Los tapices de Borgoña cubrían las paredes de la iglesia y adornaba el patio y la puerta; las gentes habían adornado las fachadas de sus casas, y en las calles lucían los colores blanco, negro y oro. Las autoridades de Brujas, con antorchas en la mano, abrían el cortejo. El clero y la nobleza que no estaba en los campamentos precedían a Margarita de York, vestida de terciopelo negro y acompañada por su caballero de honor y por el de María. El conde de Saint-Pol llevaba al niño, envuelto en un manto de tisú de oro carmesí. 

Cuando terminó la ceremonia y se cantó el Te Deum, Margarita, que era la madrina, junto con Adolfo de Cleves, señor de Ravenstein, que era el padrino, presentó al niño a la multitud. “Después de lo cual María recibió a su hijo con gran alegría y se obsequió con vino y golosinas”. Al son de trompetas se iba sembrando por la calle monedas de oro y de plata entre las voces de “¡Largueza!” que lanzaban los heraldos. 

El viernes 25 de mayo de 1481 fue un gran día para María, como madre y como duquesa. La Orden del Toisón de Oro celebraba sesión para recibir a nuevos caballeros, y el primero de ellos era el pequeño Felipe, a punto de cumplir tres años. El príncipe heredero tomaba el relevo de sus antepasados. 


Pero la dicha de ambos esposos no iba a durar mucho tiempo. En el mes de marzo de 1482 la corte había sido invitada por el duque de Cleves a un castillo en los alrededores de Brujas. Al alborear la mañana todo era animación con los preparativos de una cacería que iba a desarrollarse en las marismas vecinas. Maximiliano formaba parte del cortejo junto con María, de la que no se había separado durante el otoño ni el invierno, así como todas las damas de honor y numerosos señores. 

Él, impaciente, se pone enseguida en marcha con su séquito. La duquesa es rápida, pero no puede seguirle. Lleva su gavilán en su puño y captura su primera garza. Después ve otra posada en un prado; en ese momento bordeaba la zanja de un nuevo canal en construcción. Acaricia el cuello del caballo con la palma de la mano para obligarlo a saltar. “En ese momento cayó de su hacanea, que salta mal”, nos cuenta Molinet. El caballo perdió pie y cayó al suelo, y “la duquesa quedó aprisionada debajo del animal”. Commines, en sus memorias, precisa que María “cayó sobre un gran madero”

Horriblemente magullada, María no se movía. Con el mayor cuidado se la traslada a una casa próxima y la tienden sobre cojines, cerca del fuego. Cuando llega Maximiliano presa de la mayor inquietud, ella ya ha vuelto en sí y pide que la lleven a su palacio de Brujas. En cuanto llega, sus damas la meten en la cama y los médicos le prescriben una poción calmante. Transcurren tres semanas durante las cuales su estado se va agravando progresivamente. 

La familia del emperador Maximiliano, por Bernhard Strigel. En el retrato, pintado hacia 1515, mucho después de la muerte de María, aparece el matrimonio junto a sus tres hijos y su nieto, el futuro Carlos V.

A sus 25 años, minada por la fiebre, pronto advierte ella misma la gravedad de su estado y lamenta haber corrido al encuentro de la muerte, que presiente próxima. Le obsesionan los peligros que, con su desaparición, correrán sus países, su marido y sus hijos. La paz aún no se ha concertado con Francia, y teme que Borgoña no permanezca fiel a Maximiliano cuando ella ya no esté. El día 26 quiere que se reúnan ante ella los caballeros del Toisón de Oro, el Gran Consejo y los principales señores de la corte. Se dirige a ellos por última vez y les pide que sigan unidos y mantengan su lealtad a su marido y a sus hijos

Después de una ligera mejoría que experimenta ese día, su estado empeora de repente. María se despide de su familia. Al día siguiente recorre las calles de la ciudad la procesión de la Sagrada Sangre, reliquia de Brujas. La estatua de oro del Cristo atormentado es llevada hasta la habitación donde agoniza María, que la ve y reza por última vez. Maximiliano, al que han apartado “del doloroso espectáculo de la última lucha que su mujer sostiene contra la muerte, se sume en plegarias y lamentos en su gabinete”. En él estaba cuando ese día, “dos horas después de la velada de sobremesa”, vienen a comunicarle su muerte. 

El cuerpo de María, entregado a los cuidados de sus damas, fue embalsamado según costumbre y vestido con un severo traje negro con una gran cruz bordada en oro. Colocaron su cuerpo sobre un lecho de ceremonia alumbrado por cuatro grandes antorchas. Solo entonces se permitió a Maximiliano verla. Su dolor era extremado. 


Durante tres días desfiló el pueblo ante su duquesa, que quiso ser enterrada en la iglesia de Nuestra Señora de Brujas. La comida de exequias se sirvió en palacio, y se sirvió a los pobres de comer y de beber. El duque apenas pudo probar bocado. 

Al día siguiente de las exequias, todo el que iba a palacio recibía una limosna por amor de Dios y para que rogase por la difunta. De Brujas y de sus inmediaciones llegaron más de cuatro mil personas para aprovechar la ocasión. 

Años más tarde, en la corte de su hija, Margarita de Austria, Juan Lemaire de Belges evoca la muerte de la duquesa en las Epístolas del amante verde, : 

Y ese rocín maldito y desdichado 
Es causa de que se perdiera antaño, 
¡ay!, de muerte prematura, María, 
Tu noble madre, tierna y dulce amiga. 

Luis XI no perdió tiempo en sacar partido a la muerte de María. Un niño de corta edad quedaba al frente de Borgoña y amparado en la tutela de su padre. Pero para los borgoñones Maximiliano era tan solo un extranjero, y si bien había sido un buen esposo para su duquesa, muchos de ellos no querían al viudo gobernando en solitario. Se produjo un periodo de agitación en el que Luis pudo obligar a Maximiliano a aceptar el tratado de Arras de 1482, mediante el cual el Franco-Condado y Artois pasaron temporalmente a manos francesas. Ambos territorios fueron recuperados once años después con el tratado de Senlis, que establecía la paz en los Países Bajos.


Bibliografía:
María de Borgoña - Yves Cazaux
Luis XI - Paul M. Kendall
Louis XI - Auguste Bailly

domingo, 22 de abril de 2012

María de Borgoña (V)


El problema que planteaba el matrimonio de María era saber en qué potencia se hallaría un príncipe lo bastante fuerte para reconstruir el ducado de Borgoña, lo bastante liberal para garantizar su independencia y lo bastante osado para emprender la tarea. El único candidato posible era Maximiliano. Margarita de York, al conocer las inclinaciones de su hijastra y en vista de que su hermano no tenía ninguna posibilidad, apoyaba este matrimonio. “María quería satisfacer la voluntad de su padre; y el retrato del duque Maximiliano le había agradado y le hacía desear ese matrimonio, por consideraciones íntimas”. 

Una gran embajada del emperador llegó el 16 de abril a Brujas. Cinco días más tarde se redactaba el acta de matrimonio, y el domingo 27 María se unía por poderes a Maximiliano de Austria, una ceremonia realizada según el código de caballería. El duque de Baviera, que representaba al novio, se tendió al lado de la duquesa ante toda la corte. Entre ellos se colocó una espada, y cuatro arqueros velaban con sus armas. 

Maximiliano salía de Viena el 20 de mayo. Las recepciones que se le ofrecieron a través de Austria, Baviera y a lo largo del Rin fueron ocasiones de acrecentar sus tropas y redondear su dote. El 5 de agosto, al frente de un numeroso cortejo y de una tropa de 700 soldados vestidos de riguroso luto y enarbolando, según una costumbre germánica, colas de zorro en la punta de sus lanzas, entra en Borgoña por Maastricht. A lo largo del camino el pueblo lo recibe entusiasmado. 


La tarde del 18 de agosto “vio entrar en esa misma ciudad de Gante, al resplandor de las antorchas, a un joven caballero de 19 años, adornado con el prestigio de Lohengrin, cabellera de oro flotando al viento, el esposo esperado, hijo de emperador…”. Al llegar la noche, los nobles de la Corte y las gentes de la ciudad fueron a su encuentro con gran boato. Gante se declaró en fiestas. Banderolas y arcos de triunfo recibían al príncipe mientras se dirigía a la plaza del Mercado del Viernes y entraba en el principal hostal para asearse. 

Cae la noche. A la luz de las antorchas se dirige al palacio ducal para entrevistarse con María. Camina entre “una gran multitud, y tan apretada que no se sabía por dónde pasar”, según cuenta Olivier de La Marche. En una cámara de gala, María, acompañada por Margarita de York y rodeada por su Corte y Consejo, recibe a Maximiliano. “Aunque no sabían hablar la misma lengua, se entendían muy bien por señas”. La entrevista fue breve, y luego el obispo de Tournai se acercó y procedió a los esponsales

Al día siguiente se celebró la ceremonia de la boda. Maximiliano, con armadura de plata, se unía a María en la capilla de Ten Walle ante una concurrencia poco numerosa. 

El matrimonio pronto comienza a revelarse como un éxito. Prueba de ello es que el 17 de septiembre, apenas un mes después de la boda, María instituye a su esposo legatario universal en caso de morir sin hijo vivo. Commines dice que “amaba mucho a su marido y era dama de buena reputación”, y Molinet que “un amor irrefragable los había unido en tan amable y dulce concordia que no parecía posible separarlos”. En cuanto a Maximiliano, “decía que no había tenido jamás día ni noche ni hora de dicha ni de reposo… sino cuando podía hallarse cerca de ella, pues eso era lo que más deseaba en el mundo: estar en su compañía, verla y complacerla.” 


El príncipe escribe a uno de sus amigos que tiene una “agradable, buena y virtuosa mujer” que le da mucho contento y por la cual le da gracias a Dios, y la describe como “pequeña de cuerpo, mucho más pequeña que Rosina. Tiene la piel blanca como la nieve, los cabellos castaños, una nariz pequeña, la cabeza y el rostro pequeños, los ojos pardos, hermosos y claros. El párpado inferior un poco bajo, como si acabara de dormir, pero esto apenas se nota. Sus labios son algo gruesos, pero puros y rojos. Es la mujer más hermosa que he visto jamás.” 

Maximiliano era de carácter jovial y de costumbres delicadas. La alegría, la imaginación y la amabilidad del príncipe encantan a María. Sin destruir la rígida etiqueta borgoñona, él introducía en la corte algo de espontaneidad. 

Fue tardo en su desarrollo, hasta el punto de preocupar a sus padres, pues no consiguió hablar hasta la edad de cinco años. Sin embargo aprendió con facilidad teología, política, medicina y ciencias, y también las artes, especialmente la música, una afición que compartía con María. Los dos jóvenes se enseñaban mutuamente su idioma; Margarita de York da lecciones de inglés a Maximiliano y la señora de Ravenstein le enseña el dialecto de los pueblos flamencos. 

Los esposos duermen en la misma habitación; a los pies de María se acuesta su perro favorito, y en torno a ellos, en alegres pajareras, colecciones de pájaros. Incluso los halcones del duque y la duquesa conviven con ellos. Durante las veladas se forman corrillos, se charla; las damas se ocupan en costuras, bordados o tapices; sobre las mesas, cubiertas con riquísimas telas que caen hasta el suelo, están dispuestos los juegos, cerca de la gran chimenea que alimente un sirviente. Hay un tablero con piezas de ajedrez de cristal. Ambos esposos se entregan al juego o escuchan música. 

Este broche perteneció a María de Borgoña. Fue uno de los regalos que recibió por su compromiso

Algunas tardes aceptaban la invitación de familias de la burguesía para asistir a alguna fiesta. Maximiliano era un agradable invitado, alegre y siempre dispuesto a gastar bromas. No tenía inconveniente en reírse de sí mismo y burlarse del tamaño de su propia nariz. Le gustaba lo inesperado, se complacía en sorprender, y era, en suma, de espíritu deportivo y animoso. María descubría en su príncipe encantador a una clase de hombre completamente nuevo para ella. “Entre la silueta afable y distante de su abuelo Felipe y el personaje concentrado en el trabajo y en la lectura que había sido su padre, no había hallado ocasión de divertirse. Esa ocasión se la dio su marido.” 

Uno de los primeros actos de Maximiliano será informar a Luis XI de su matrimonio, protestar por los daños causados en los Estados de su esposa y culparlo de no haber respetado la tregua. Advierte al rey de Francia que tiene todas las razones “para tomar las armas en su defensa lícitamente y sin otro requisito”. 

En pocas semanas el ducado le había sido reconquistado al rey de Francia, excepto Dijon. Maximiliano y María cuentan con el apoyo del emperador, pero Luis XI no descuidará nada para acabar con sus adversarios. Le quita el mando a La Trémoille y designa al gobernador de Champaña, al que otorga poderes especiales. Al mismo tiempo reúne documentación para justificar sus títulos sobre los dominios arrebatados a su ahijada. En mayo de 1478 decide procesarla. Quiere conseguir un proceso que lleve a su condena y a la confiscación de sus posesiones. Pero va más allá y pretende juzgar también a Carlos el Temerario. Naturalmente un muerto no podía ser emplazado, y, en cuanto a Maximiliano y María, no comparecieron. 

Luis XI

Ambos esposos viajan mucho, aunque ella pronto deberá renunciar a los viajes a causa de su embarazo. Luis tampoco olvida emprender numerosos viajes para ganarse al pueblo. Ese mes está en Tournai. En los muelles del Escalda monta en una embarcación llena de gente. Manda retirarse a su guardia y habla con los hombres sobre las necesidades de la ciudad. Come y bebe “como el que más, y contento de aquella compañía llamó a algunos de su guardia y en voz alta se puso a cantar: “Hermoso mes de mayo, ¡cuándo volverás!” 

Maximiliano organizó la celebración del Toisón de Oro. Tras los cuatro oficiales, una hacanea blanca, sujeta por la brida y cubierta de terciopelo negro, llevaba, sobre un cojín negro, el collar que había pertenecido a Carlos el Temerario. Detrás iba Maximiliano y los caballeros. Precedido de trompetas, el cortejo entró en la iglesia y los caballeros se situaron sobre el estrado que había en el coro. Al son de los clarines, llevaron al esposo de María a una capilla para revestirlo con el gran manto. Cuando todos volvieron al estrado, le fue impuesto el collar con estas palabras: 

—La Orden os recibe en su amable compañía, y en señal de ello os doy este collar de oro, Dios haga que podáis llevarlo mucho tiempo y con aumento de vuestros méritos. 

María estuvo presente en todas las ceremonias y pudo compartir la emoción. Pero las fiestas no duran mucho, porque esa misma noche Maximiliano sale hacia Mons para reunirse con su ejército. Ella ve por primera vez partir a la guerra a su joven esposo, al que ya amaba.

Continuará

viernes, 20 de abril de 2012

María de Borgoña (IV)


La noticia de la derrota y la muerte de Carlos el Temerario llega a la corte de modo confuso y tarda en ser confirmada. Nada se sabe con certeza hasta dos semanas después, el 20 de enero de 1477. Cinco días más tarde María, convertida así en duquesa de Borgoña, se unió a Margarita de York, la viuda de su padre, para celebrar el duelo oficial con toda la corte. Pero la leyenda de la invulnerabilidad de Carlos era tan grande que se propaló el rumor de que se había retirado a algún lugar secreto, y diez años después las gentes aún esperaban su regreso. 

Para el rey de Francia la derrota borgoñona era una gran noticia. Luis XI escribió enseguida una carta en la que declaraba sus intenciones: “Ha llegado la hora de que empleéis vuestros cinco sentidos de modo que pongáis el ducado y el condado de Borgoña en mis manos… Entrad en el país”. Las instrucciones incluían casar a María con el Delfín. 

María y Margarita escriben cartas desesperadas al rey de Francia, tratando de apaciguarlo. Le recuerdan los tiempos en los que amó a la Casa de Borgoña lo suficiente como para refugiarse en ella, “y no se nos puede ocurrir pensar que queráis perseguirme precisamente a mí, María, a quien tanto bien habéis hecho, así como el honor de sacarme de la santa pila del bautismo… Si hay algunas cosas, bien sean señoríos o villas de las que yo, María, como vuestra muy humilde ahijada, me deba marchar… lo haré sin discusión alguna”. 

Luis XI de Francia

Las tropas francesas habían entrado en Borgoña, y María solo disponía de unas fuerzas muy reducidas, encargadas de custodiar las plazas en ausencia de Carlos, unos soldados apenas reforzados con los que habían podido salvarse en la catástrofe de Nancy. Había que ganar tiempo, pero las instrucciones que daba en secreto a los suyos eran muy diferentes: “…Disponeos a someter el país a mi obediencia y a conservar las mejores plazas y ciudades… Ruego que mantengáis siempre en vuestros esforzados espíritus la fe en Borgoña aun cuando os veáis obligados a hablar de otro modo”. 

Reunidos los Estados generales, los diputados partidarios de Luis XI eran poco numerosos, pero aun así la mayoría no osó oponerse a él y optó por abstenerse, traicionando así a su duquesa. Durante la sesión se salvaron las apariencias: si Carlos finalmente no había muerto, se le devolvería el ducado; María se casaría con el Delfín, futuro Carlos VIII, y sus derechos serían así salvaguardados. Al día siguiente las ciudades se sometían sin combate. 

Luis XI, con voz suave y la mayor naturalidad, incluso había dicho “que se quitaría la corona de su cabeza para ponerla en la cabeza de su hijo y de María, y se retiraría a cualquier lugar, para vivir apartado del gobierno”, algo que, por supuesto, no tenía la menor intención de hacer. María seguía esperando ganar tiempo y detener la invasión. Fingió someterse a la boda, pero aprovecha la ocasión para pedir que se retire el ejército francés y se aplace todo, porque sus súbditos, “si el rey continuaba penetrando y mandando avanzar a sus ejércitos en los países de acá, podrían cobrar tales ánimos que pudiera retardarse e impedirse la dicha alianza”. 

Carlos VIII

Otro duro golpe aguardaba a la duquesa: los Estados tomaron la medida de alejar de la Corte a Margarita de York. La razón que se alegó fue que había en Calais un contingente inglés cuya misión era raptar a María, un complot en el que además se trataba de implicar a Margarita. Como apunta Yves Cazaux, “no se puede manejar la calumnia por razón de Estado con mayor cinismo.” 

Pronto tiene ocasión de comprobar la duquesa que Luis XI, lejos de hacer honor a su pacto, reanuda las hostilidades y hace detener, encarcelar y ejecutar a varios de sus colaboradores. El único delito de los detenidos era haber dirigido la política de Carlos el Temerario, de modo que se hacía preciso inventar otros. Se los acusó de traición y se los declaró enemigos de los privilegios de Gante. 

Para María es la última humillación. El 26 de marzo envía una carta secreta que, por precaución, escribe en lengua tudesca y polaca. En ella le confirma a Maximiliano su intención de casarse con él. 

El pueblo, excitado contra los prisioneros, se reúne en el Mercado del Viernes con sus estandartes, sus palos y sus picas, exigiendo un castigo. María se ve obligada a ceder y designa una comisión judicial para juzgarlos. El tribunal debía componerse de 30 ciudadanos elegidos y ocho comisarios juristas que la representaban personalmente, pero sus comisarios son rechazados. Ya no puede caber la menor duda de que el juicio será un mero trámite en el que es segura la condena. 

María de Borgoña

María se dirige sola hacia el ayuntamiento, con la intención de obligar a los regidores a escucharla, y reclama su derecho como duquesa a conceder el perdón. Después acude al Mercado del Viernes para dirigirse al pueblo, y allí suplica de rodillas por la vida de sus amigos, con lágrimas en los ojos y voz quebrada. “Una gran parte del pueblo quería darle gusto y que no murieran… otros, por el contrario, bajaron las picas, una contra otra, en actitud de combate”. Se llevan de allí a María diciéndole que iban a deliberar, y que le enviarían la respuesta a su residencia. Después acudieron a decirle que en nombre del juramento que habían prestado de hacer justicia igual para todos, pobres o ricos, débiles o poderosos, el proceso tenía que continuar. En la madrugada del Jueves Santo le comunicaron que el canciller y el señor de Humbercourt habían sido condenados a muerte. 

A los condenados se les da tormento. Con los miembros dislocados, se los conduce al lugar del suplicio. Para Humbercourt, caballero del Toisón de Oro, el cadalso había sido tapizado de negro. Sentado en una silla, le arrancan las insignias de la Orden antes de ser decapitado. 

Pero calmado el tumulto, el pueblo flamenco comienza a darse cuenta de que ha sido engañado por Luis XI, y que nada detendrá ahora al rey de Francia. Algunas ciudades, al grito de “¡Viva Borgoña!” y en nombre de María, se preparaban para la resistencia “con un encarnizamiento que se alza a las alturas del heroísmo” y sin importarles que la causa estuviera perdida. 

Códice de trajes de la Orden del Toisón de Oro

Sólo tres semanas después de que María hubiera enviado aquella carta a Maximiliano, recibía una embajada del emperador y el 21 de abril se concertaba el matrimonio. El hijo del emperador pronto llegará para defender a la duquesa, y es mucho lo que se espera de él desde el punto de vista militar. Luis XI comprende que urge lograr la victoria y se lanza de nuevo a la conquista. Pero el tiempo avanza implacable y la exasperación del rey se acrecienta. Hace circular el rumor de que Maximiliano “se llevaría a la señorita a Alemania, dejándolos desamparados”. 

Aunque Maximiliano fue el pretendiente elegido por la duquesa, no era, ni mucho menos, el único aspirante a su mano en esos momentos. “…La señora era requerida por el rey de Inglaterra para monseñor de Scales, hermano de la reina, y el rey hacía grandes ofrecimientos; el rey de Francia quería a mi dicha dama para su hijo, y el señor de Ravenstein para el suyo, y así mi dicha dama estaba presionada por todas partes…” 

Felipe de Ravenstein hubiera contado con alguna posibilidad en otras circunstancias. María y él habían crecido juntos, y había entre ellos lazos de amistad e incluso de afecto. El joven Felipe era de espíritu noble y caballeresco, y si solo se hubieran tenido en cuenta los sentimientos, el matrimonio hubiera sido posible y tal vez deseado. Por desgracia, el señor de Ravenstein no era más que el hijo menor de la Casa de Cleves y no le daría a Borgoña apoyo político ni ayuda material suficiente. 

Juan II de Cleves

El duque de Cleves, hermano mayor del señor de Ravenstein, también ofrecía a su hijo, pero este era conocido en la Corte, y todo el mundo tenía perfecta constancia de sus defectos físicos y morales. María no lo quería a ningún precio por esposo. Los manejos del duque de Cleves y las maquinaciones con las que intentó desanimar a la embajada del emperador no produjeron ningún efecto. 

Hubo también un intento por parte de los ganteses, en la fase de su rebelión, por llevarse a la duquesa y casarla con el duque de Güeldres, pero fue un fracaso. María le tenía horror a ese personaje libertino. 

Margarita de York hubiera querido para María a su hermano Jorge, duque de Clarence, viudo por entonces. Por desgracia, no había complot al que Clarence no se sumase, y el rey y él desconfiaban el uno del otro hasta el punto de que Jorge no se atrevía a tomar ningún alimento ni bebida cuando se veía obligado a presentarse en la corte. 

Era evidente que Eduardo IV no iba a dar el visto bueno a ese matrimonio; en cambio hubiera considerado con agrado el de su cuñado. Una unión con Inglaterra habría salvado a Borgoña de las garras de Luis XI, pero al precio de una larga guerra y con el riesgo de colocar al ducado bajo el dominio económico inglés, bastante penoso.


Continuará

miércoles, 18 de abril de 2012

María de Borgoña (III)


María de Borgoña es apenas una adolescente cuando ya se da cuenta de la importancia de su persona en la política de su padre y en las ambiciones de los grandes príncipes de Europa. Adquirió una madurez precoz y un gran sentido de sus responsabilidades. Como observa Gaillard, “Solo veía por los ojos de su padre a todos los príncipes que aspiraban a su mano; le eran agradables cuando el duque aprobaba sus diligencias y le resultaban indiferentes cuando el duque rompía con ellos.” 

Las primeras negociaciones matrimoniales las entabló el rey Juan II de Aragón, que proponía como novio a su hijo, el que un día sería el rey Fernando el Católico. María solo tenía cinco años. Un año después, una embajada muy discreta del emperador le pedía una entrevista a su abuelo, el duque Felipe. En esa audiencia secreta, que tuvo lugar en Lille, el emperador pedía la mano de María para su hijo Maximiliano, pero la respuesta de Borgoña fue que ella “era aún jovencita, y le faltaba mucho para tener edad de casarse ni de dar palabra de ello”. Luis XI, por su parte, proponía a su hermano Carlos de Valois, duque de Berry, un matrimonio que tanto se esforzó después en impedir. 

En 1469 María tenía doce años y seguía siendo hija única. De hecho, su padre no iba a tener descendencia de su segundo matrimonio. Ese año el emperador cede a Borgoña sus dominios alsacianos a cambio de una cantidad económica y durante las negociaciones se sugiere nuevamente que, para sellar la alianza, podrían casar a Maximiliano y María. Sin embargo, después de la firma del tratado de Saint-Omer el 9 de mayo, no vuelve a hablarse de la boda. 

Federico III de Austria

Poco después el rey de Francia conseguía un heredero varón con su segunda esposa, Carlota de Saboya. A finales de 1471, cuando el niño apenas tenía año y medio, propone a Carlos el Temerario el matrimonio del Delfín con su hija, que ya tiene catorce. Incluso llegará a ofrecer la devolución de las plazas de Picardía como regalo por la boda. 

Por entonces el hermano del rey caía gravemente enfermo, al mismo tiempo que su amante Colette de Chambes, con la que tenía dos hijas. Ella falleció, pero él se recuperó, y en febrero de 1452 reanudaba su proyecto de matrimonio con María. Sin embargo, poco después el príncipe tenía una recaída que no pudo superar. Carlos moría el 24 de mayo de 1472. 

Según informes que llegaban a Borgoña, se atribuía su muerte a un atentado organizado o alentado por Luis XI, lo que desata la indignación del Temerario. En un rotundo manifiesto, denuncia el fratricidio cometido, afirmando que el príncipe ha “muerto por venenos, maleficios, sortilegios e invocaciones diabólicas”. Se basaban, sobre todo, en que el rey de Francia había anunciado prematuramente la muerte de su hermano, lo que resultaba sospechoso. Lo más probable es que Carlos de Berry haya sido víctima de una enfermedad venérea que se combinó con la tuberculosis que padecía, pero todo el mundo, excepto en Francia, creyó en el fratricidio. Así las cosas, era inevitable una nueva campaña bélica que se prolongó hasta que el cansancio de ambos y la falta de recursos los obligó a firmar una tregua en noviembre. 

Durante toda esa campaña, Nicolás de Calabria, duque de Lorena desde la muerte de su padre —una muerte que también resultó misteriosa— se mantuvo al lado del duque de Borgoña. Anteriormente había estado prometido a la princesa Ana de Beaujeau, hija del rey de Francia, pero cuatro días antes de la muerte de Carlos de Berry había salido de la corte de Luis XI para dirigirse a la de Borgoña. 

María de Borgoña rezando

María estaba en esos momentos libre de compromiso, de modo que la prometen a Nicolás. El duque de Lorena es seductor, y lleva con elegancia el sobrenombre de “grato” que le han dado las damas de París. Con el mismo agrado lo recibe María cuando él le hace la corte. Pero sucedió que en 1473, justo antes de que comiencen las conversaciones de Tréveris entre Borgoña y el Imperio, y cuando se había llegado incluso a los preparativos para la boda de María con Nicolás, se dio la extraña coincidencia de que al novio le atacaron unos dolores de vientre que en tres días acabaron con su vida. 

El duque de Borgoña, con su suntuoso séquito, hacía su entrada en Tréveris en la tarde del 30 de septiembre. Vestía armadura clara cubierta por un manto rutilante de perlas, rubíes y diamantes, y su caballo iba enjaezado de tisú de oro violeta. El emperador Federico III, que había llegado dos días antes, salió a su encuentro con su hijo Maximiliano y las princesas de su casa, vestidos todos con gran lujo. Los cumplidos que se intercambiaron duraron más de una hora. Entre fiestas, ceremonias, torneos, misas y recepciones que rivalizaban en brillantez, iba a tratarse finalmente del matrimonio de María con Maximiliano, así como de la creación del reino de Borgoña, un viejo sueño de Carlos el Temerario. 

No todos los príncipes alemanes estaban de acuerdo con ver a Borgoña convertida en un reino. La apuesta del emperador era demasiado arriesgada, porque, aunque María seguía siendo la heredera, quedaría desplazada si el duque lograba un varón. ¿Y quién detendría el poder de Borgoña si se la consolidaba de ese modo? Federico III vacila, y cuando todo está preparado para la coronación en la catedral de Tréveris, la negociación llega a un punto muerto. Carlos se exaspera; se decide aplazarlo todo para una próxima entrevista y despedirse solemnemente, pero el emperador se irá incluso antes de la despedida. “En una pálida madrugada huyó por el curso del Mosela”. 

Carlos el Temerario

Cuando el Temerario abandona Tréveris lo hace decidido a imponerse él mismo la corona, ya que se la niegan. Para comenzar, crea el Parlamento de Malinas y lo eleva al rango de corte soberana única, con autoridad sobre todas las jurisdicciones del ducado. Romper así con el Parlamento de París y con la corte imperial es, de hecho, instaurar la soberanía total, y una declaración solemne y unilateral de independencia. 

En adelante todas sus acciones resultarán frenadas por la falta de dinero. Sus empresas fracasan por falta de medios y, buscando nuevos recursos, el duque acelerará su caída atacando los bienes del clero. Por otra parte la nobleza, sobre todo la flamenca, inquieta por las nuevas medidas, lo abandona. Los Estados provinciales de Flandes se niegan a reclutar un ejército. Carlos les habla de traición, los acusa de haber envalentonado a sus enemigos con su comportamiento, y luego prorrumpe en amenazas. 

Los ataques a sus territorios comienzan a sucederse. El duque cae enfermo, hasta el punto de temerse por su vida. Pide que le envíen a su hija con una escolta suficiente, con el pensamiento de tenerla a su lado en la esperanza de conseguir unirla a Maximiliano. 

Durante su enfermedad, Carlos va perdiendo más apoyos frente a la liga que se ha formado contra él. “Ve la realidad con sangre fría… No teme a la muerte. Se juega su destino a la ruleta: lo salvará o lo perderá todo”. A pesar de sus esfuerzos, solo consigue reunir un ejército insuficiente. Refugiado en su tienda de campaña, Carlos medita. “Parece que lee, pero a menudo sostiene el libro al revés”


En la mañana del 5 de enero de 1477, la tropa borgoñona corta al enemigo el camino de Nancy. “Nieva. A través de un bosque y por la nieve que apaga los ruidos, se infiltran los suizos”. Hacia la una de la tarde deja de nevar, y entonces los suizos caen sobre los borgoñones. El ejército del duque queda destrozado, pero él combate con su mítico valor de costumbre. Un caballero lorenés le asesta tres golpes mortales. “El caballo huye, pero, extenuado, vacila ante el arroyo. Carlos de Borgoña cae al suelo para no levantarse nunca más.” 

Encontraron su cuerpo desnudo y mutilado, con el rostro contra la tierra y la piel adherida al suelo por la helada, en medio de mil cuatrocientos de los suyos.


Continuará

lunes, 16 de abril de 2012

María de Borgoña (II)


En 1467 María de Borgoña perdía también a su abuelo. Hacía tiempo que la salud del duque se veía mermada, pero en la tarde del viernes 12 de junio tuvo unos violentos vómitos que parecen indicar una congestión cerebral. Al día siguiente su estado no aparecía alarmante, pero el domingo se agravó. 

Carlos el Temerario se hallaba en Gante junto a su hija. Borgoña atravesaba un periodo complicado, porque el que había sido un joven Delfín refugiado en las tierras del duque tras enemistarse con su padre, ahora era el rey de Francia, y no quedaba nada de aquella vieja amistad. Luis XI se preparaba para la guerra, dispuesto a tomar unas ciudades del Somme que le habían sido arrebatadas, y Carlos se aprestaba para la resistencia. En esas estaba cuando llegó el mensajero para comunicarle la gravedad del duque. 

“Cuando oyó la noticia, montó prestamente a caballo y salió de Gante para ir a Brujas; por donde pasaba parecía que los cascos de su caballo iban a fundir los empedrados: con tanta prisa cabalgaba; solo hubo cuatro o cinco caballeros que pudieran seguirlo.” 

Felipe el Bueno

Felipe yacía en el lecho paralizado y privado del habla. Carlos cayó de rodillas ante su padre y le pidió su bendición y el perdón de sus faltas. Ambos eran demasiado diferentes, y sus relaciones habían sido pésimas muchas veces; sin embargo se habían querido. El confesor, que estaba al lado del moribundo, le pidió que hiciera alguna seña si aún estaba consciente, y en ese momento Felipe volvió los ojos hacia su hijo “y le estrechó la mano que había puesto en la suya”. Poco después fallecía. 

En la mañana del 18 de junio, tres días después de la muerte de su padre, Carlos, acompañado por María y con una escolta reducida, hacía su entrada solemne en Gante como nuevo duque de Borgoña. 

Las ceremonias concluyeron con un banquete, tras lo cual María se retiró a su alcoba. Carlos, en la suya, estaba en vela, consultando sobre las libertades que al día siguiente concedería a la ciudad, cuando de pronto se dio la alarma: comenzaba a escucharse un inquietante clamor que iba en aumento. 

Ese día era la fiesta de Saint-Liévain, y con tal motivo se organizaba cada año una procesión solemne. Se trataba de una fiesta religiosa tradicional que a menudo derivaba en borracheras y en orgías, y a veces incluso en luchas peligrosas. Para evitar las riñas que enlutaban la fiesta, el duque Felipe había prohibido a la población armarse con palos o instrumentos de hierro. 

Carlos el Temerario

Desde que se había anunciado la entrada del nuevo duque, se preparaba una conjura popular amparándose en esa celebración. Al ir a buscar al santo, la muchedumbre se había armado con toda clase de objetos de plomo. A su paso habían derribado la casita de la recaudación fiscal, y ahora iban vociferando por las calles “¡Matad, matad!” 

Carlos tomó las medidas oportunas para la protección de María, y con todos los caballeros y arqueros que pudo encontrar dispuestos se lanzó a caballo hacia el Mercado del Viernes. En aquella plaza se habían reunido las gentes gritando y mostrando en alto los pendones que habían confeccionado. No cesaban de llegar nuevos grupos que se formaban en las calles. 

Cuando el duque apareció vestido de negro y con un palo en la mano, la multitud pareció desconcertada. En un primer gesto de enfado, Carlos, impulsivo, golpeó a un hombre, pero el prudente Gruthuse lo detuvo. 

—¿Dónde creéis estar? —le reprochó— ¿No veis que vuestra vida y la nuestra pende de un hilo más tenue que de seda? 

Gruthuse hizo que se subiera a una ventana mientras las corporaciones de navieros, carniceros y pescaderos, se agrupaban a su alrededor garantizándole protección. Carlos se dirigió al pueblo en flamenco, lengua que hablaba con toda soltura. 

Gante

Un hombre, armado con un guantelete de hierro con el que golpeaba la piedra para exigir silencio, tomó la palabra justo debajo de donde estaba el duque y, trepando a un zócalo, captó a la multitud, que le respondía con gritos de adhesión. Pero Gruthuse encontró la réplica oportuna invitándolo a subir a hablar desde el balcón, ya que “se había hecho diputado”. El desconocido huyó entonces, perdiéndose entre la gente. 

Hubo unos largos instantes de incertidumbre que Carlos aprovechó para hacer promesas, y por fin los ánimos se aplacaron lo suficiente para poder regresar con su séquito. Sin embargo, el peligro no había pasado, pues la muchedumbre continuaba congregada en la plaza del mercado. En previsión de nuevos disturbios, el duque ordenó que toda su familia se levantara. 

En días sucesivos Carlos celebró consejo. Tenía a su lado a María, a la que las gentes de Gante no dejarían salir sin antes obtener beneficios. Ambos eran prisioneros de aquella ciudad. 

Al cabo de dos o tres días, el duque de Borgoña consiguió que depusieran las armas y se dispersaran. Luego les hizo las concesiones que solicitaban y prometió hacer justicia a los excesos y a sus autores. Padre e hija pudieron al fin salir hacia Termonde y Malinas. 

Margarita de York

Al año siguiente tuvo lugar otro de los acontecimientos más importantes durante la infancia de María: su padre volvía a casarse. La novia elegida era Margarita de York, hermana del rey Eduardo IV de Inglaterra. Se trataba de un matrimonio por razones políticas, un proyecto que Luis XI había tratado por todos los medios de hacer fracasar. 

El sábado 25 de junio de 1468 llegaba Margarita. Al día siguiente María, acompañada por numerosas damas, acudía a visitar a la princesa, considerada una de las más hermosas de su época. Comieron juntas, y un día después se repitió la visita. En esa ocasión Carlos acude también de incógnito para ver a la novia, que lo recibe rodeada de un numeroso séquito. 

Según el embajador milanés, Panigarola, la reputación de esta princesa no era intachable. Dice de ella que era un tanto enamoradiza, y que incluso había tenido un hijo natural. Carlos prohibió a todo el mundo evocar ese pasado ni en privado ni en público, bajo pena de ser arrojado al río. 

El 21 de julio, a bordo de una galera suntuosamente aparejada, en asiento de oro y bajo dosel escarlata, Margarita de York, rodeada de las damas de la alta nobleza borgoñona, flamenca e inglesa, recorría lentamente el río Zwin entre los cantos de los trovadores que iban en la proa. A lo largo de las orillas iba una bulliciosa y brillante escolta de caballeros con armadura de gala y un despliegue de estandartes y pendones. 

Margarita desembarca en Damme. Al día siguiente el duque sale de Brujas. Poco después, en el palacio del bailío, el obispo de Salisbury bendice la unión ante un limitado número de asistentes. Terminada la ceremonia, Carlos regresa a Brujas para recibir allí a su esposa. “Se cree que mientras se realizaban las otras ceremonias, procuró hartarse de dormir, como si tuviese que hacer alguna ronda durante la noche siguiente”. 

María de Borgoña no formaba parte del cortejo de Margarita, sino que llegó a Brujas por un camino poco frecuentado. Allí, junto a su abuela, recibió a la princesa en el palacio ducal. 

Durante esas jornadas fue naciendo el afecto entre la niña de once años y la joven de 21. Margarita de York no se separará nunca de su querida María, si no es forzosamente y por poco tiempo.


Continuará

sábado, 14 de abril de 2012

María de Borgoña (I)

Coudenberghe

En Bruselas el castillo de Coudenberghe, antigua mansión de los duques de Brabante, había pasado de ser un severo burgo fortificado a convertirse en tiempos de Felipe el Bueno en un bello conjunto de edificios unidos por una gran galería de ceremonias. Fue allí donde el 13 de febrero de 1457, entre las doce y la una del día, la joven condesa de Charolais sintió los dolores del parto. El tiempo era bastante agradable y el cielo aparecía despejado, según anota el cronista Chastellain, “pero sucedió que en el momento más apurado para la señora un portentoso y fortísimo trueno retumbó sobre la casa”. Poco después la condesa daba a luz una hija. 

Carlos el Temerario, el padre de la criatura, no estaba en Bruselas. Había acompañado a una partida de caza al Delfín, futuro Luis XI. Al conocer la noticia del nacimiento, se dirigió al Delfín rodeado de brillante comitiva y le rogó que aceptara apadrinar a la niña. 

A su regreso ambos fueron a ver a la condesa. Una sala tapizada de seda roja con cortinas carmesí daba paso a la habitación en la que se encontraba. La pieza principal del mobiliario era una gran cama de gala adornada con satén carmesí y tejido bordado en oro fino, regalo de la ciudad de Utrecht al duque Felipe el Bueno de Borgoña, abuelo de la criatura. 

Carlos el Temerario, el padre

Desde allí se entraba al amplio dormitorio de la condesa, tapizado de verde y decorado como correspondía a una dama de su categoría. Había dos camas grandes situadas en el centro. Sobre ellas lucía un inmenso dosel de damasco verde orlado con franjas de seda, del que caían unas cortinas del mismo color. Entre las dos camas, a la cabecera, una silla grande, de respaldo alto, completamente cubierta de tisú de oro carmesí. Tras la silla, otra cortina, la tercera y última, pues sólo las reinas de Francia tenían cuatro en su dormitorio. Sobre las sábanas, de color violeta, había dos colchas salpicadas de armiños. 

Enfrente se veía una gran chimenea encendida. Ante la lumbre, una litera baja, con ruedecillas, rematada por un pequeño dosel cuadrado tapizado de raso verde y con amplias cortinas. La litera, en la que había nacido la criatura, estaba, como la cama, adornada con sábanas de muselina violeta y cubierta de armiños. Una tupida alfombra tapizaba el suelo, y las ventanas permanecieron cerradas durante quince días. Tan sólo dos grandes antorchas iluminaban la estancia. 

La recién nacida descansaba en otra habitación en la que dominaban los mismos colores. Ante el fuego de la chimenea, en una cunita, estaba María, fajada como una momia, mientras en Bruselas repicaban las campanas por la alegría ante aquel nacimiento. 

Sin embargo, el padre y el abuelo no logran ocultar su decepción. De muy otro modo hubieran acogido en su fuero interno a un heredero varón que continuara el linaje y pudiera soportar el peso de tal herencia. Ni el uno ni el otro, a pesar de encontrarse en Bruselas, asistirán el día 17 a las ceremonias del bautizo, que fueron solemnes y brillantes “como nunca se vio por una hija”. 

Isabel de Portugal, la abuela

Se eligió la iglesia de Coudenberghe. Las antorchas desempeñaban un gran papel en esas fiestas, de modo que la ciudad de Bruselas ofreció 400, y el conde de Charolais mandó hacer 200. El pueblo curioso contemplaba el cortejo que se desplegaba desde el palacio hasta la iglesia. A ambos lados, 400 burgueses vestidos con librea de la ciudad, inmóviles a lo largo del camino, sostenían las antorchas. En la iglesia, cien oficiales de palacio prolongaban la hilera luminosa, mientras que cien caballeros borgoñones, portadores de otras cien antorchas, encabezaban la comitiva. Detrás iba María en brazos de su abuela, Isabel de Portugal. La duquesa iba ataviada con un manto largo sostenido por Madame de Ravenstein. 

En el interior de la iglesia había numerosos tapices colgados en la nave, el coro y la capilla. Ante el altar se podía ver un gran pilón de plata colocado sobre un pedestal cubierto de tisú y coronado por un dosel. La abuela sostuvo a la niña durante la ceremonia. Juan de Borgoña, Señor de Étampes, primo del duque Felipe, llevaba el cirio y Monsieur de Ravenstein, sobrino del duque, tenía la sal en una copa cubierta. 

Isabel de Borbón, condesa de Charolais, aguardaba el regreso del cortejo acostada en su gran lecho. La duquesa de Borgoña, al llegar a la primera habitación de paso, le entregó la niña a su aya, Madame de Berzé, quien la puso en manos de la nodriza. Después de presentarla a su madre, la llevaron a su habitación y la acostaron en la cuna. Comenzó entonces la ceremonia de obsequiar a las personas presentes, que habían invadido las habitaciones de la condesa hasta no caber más. 

Isabel de Borbón, la madre

En el castillo de Coudenberghe había una puerta a través de la cual se accedía a un parque. Era la Warrande, el lugar en el que iba a jugar María, con sus jardines y senderos de hermosos árboles. Allí se reuniría con su primo Felipe de Cleves, un año menor que ella, y con los demás niños que formaban su corte infantil. De su mundo formaría parte el aro, el balón, los tejos, los zancos, el columpio, las espadas de madera; el pilladilla, el corro o el escondite. El juego predilecto de María fue el ladronzuelo, pero a los pequeños también les gustaba desparramarse por la viña en busca de racimos cuando era la estación, o perderse en el laberinto. Aunque sin duda lo más interesante era la casa de fieras. Allí estaba “el león de monseñor”, que tenía asignado para él solo un guarda. También contaba con un grupo de monos y otros animales exóticos; había refugios para gamos, ciervos y cabras, y una pajarera con muchas especies diferentes. 

Pero Bruselas era un lugar en el que raras veces residía la niña. Durante los primeros años de su vida, los condes de Charolais se habían alejado de la corte del duque y vivieron en Quesnoy y en Gorcum con ella. María fue después confiada a la guardia de Gante. Allí vivía en el castillo de Ten Walle, una fortaleza feudal de gruesos muros y 300 habitaciones. Anchos fosos interiores formaban, al llenarse de agua, una isla central en la que María contemplaba sus cisnes y los animales raros de la casa de fieras. “Su loro, sus perros y sus juguetes formaban parte de su universo más íntimo.” 

La corte borgoñona no radicaba en un punto fijo, sino que seguía a la persona del duque, en continuo desplazamiento. No había, por tanto, una capital. Si bien María adoptó en cierto modo la ciudad de Gante como lugar de residencia, también se había desplazado con sus padres a Brujas, al castillo de Hesdin o la abadía de La Motte-au-Bois, a la que se ha retirado su abuela. Hesdin era uno de sus lugares favoritos. Casi siempre que era invitada a ese lugar era cuando había visitas de príncipes, y en esas ocasiones el abuelo daba muchas fiestas. 

Felipe el Bueno, duque de Borgoña - El abuelo

Pero no todo era diversión, y también había que aplicarse en el estudio. Juana de Borbón, futura princesa de Orange, sucedió a Madame de Berzé en el cargo de aya. Ellas velaron por la educación de María bajo la dirección de una de sus tías, Ana de Borgoña, hija bastarda del duque Felipe y casada con el señor de Ravenstein. Aprendió a leer y escribir, y las Sagradas Escrituras. Por orden de su padre se le enseñó la historia de algunos héroes de la antigüedad, y además recibió lecciones de ciencias. Pero se la preparó, sobre todo, en el terreno del arte. No podía ser de otro modo en una corte refinada en la que la música y los más grandes pintores estaban íntimamente ligados a la vida del príncipe. Pedro Bourse, uno de los organistas de la capilla, dio a María clases de clavicordio. 

En septiembre de 1465 hacía dos años que no veía a sus padres. Carlos había sido herido en Montlhéry, y ella, intranquila, llamó a su madre. 

Isabel quiso responder a su llamada y se puso en camino, a pesar de encontrarse muy enferma de tuberculosis. En Amberes tiene que interrumpir su viaje; su estado se agrava con rapidez. Su madre y su suegra acuden a su cabecera y la asisten en sus últimos momentos. El 26 de septiembre, lejos de su marido y de su hija, que ya no la verá, la delicada y encantadora condesa de Charolais muere en una abadía. Unos versos nos han llegado sobre la piedad que suscitó esa muerte, recibida a los 28 años de edad: 

No tuvo medida ni compás, 
Para su marido, que no estuvo presente, 
A quien ella había amado de todo corazón. 

Un amor que fue plenamente retribuido y acompañado de una inquebrantable fidelidad. “Por nada del mundo se hubiera dirigido Carlos a otra mujer que no fuera la suya”, cuenta Du Clercq. 

María perdía a su madre y se enfrentaba al primer gran dolor de su vida con sólo ocho años.

Continuará


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