miércoles, 29 de febrero de 2012

Esclavo de Roma


Los romanos se surtían de servidores entre los cautivos apresados en el campo de batalla o en las ciudades conquistadas, entre los hijos de esclavos o los niños abandonados que los mercaderes instruían para después venderlos. Otras veces compraban esclavos importados de otros países. Finalmente estaba el caso de los hombres que se veían reducidos a la esclavitud a consecuencia de las deudas contraídas. 

Los tratantes de esclavos (mangones o mercatores venalicii) siempre seguían a los ejércitos o compraban su mercancía humana en los principales mercados de Roma y de Delos. Los esclavos ordinarios se vendían sobre una tarima giratoria (catasta). Una tabla (titulus) atada al cuello del cautivo a modo de cartel indicaba su procedencia, edad, habilidades y cualquier defecto corporal o intelectual, así como la certificación de que estaban libres de cualquier delito. Los mejores se guardaban en habitaciones separadas en las tabernas, y solo se mostraban a los clientes ricos. 

A los hijos de padres esclavos se les daba el nombre de vernae, para distinguirlos de los nacidos libres. Todos los que pertenecían a un dueño se denominaban, en su conjunto, familia. Los empleados en residencias de la ciudad eran familia urbana, mientras que los ligados a la villa se llamaban familia rustica. Sin embargo, era frecuente que un mismo esclavo sirviera en ambas. 


En tiempos remotos su número era pequeño, porque las casas eran sumamente sencillas, a menudo hechas por el propietario. Pero a medida que se fueron haciendo más grandes y espléndidas, el número de esclavos hubo de incrementarse. Había uno casi para cada labor, lo cual era característica de una casa grande. Cuando la población de Italia se estimaba en unos seis millones de personas, había un esclavo por cada tres habitantes, y la proporción en la ciudad de Roma era mucho mayor. 

La lista de esclavos ligados a algunas casas romanas es amplia: sastres, peluqueros, cocineros, pasteleros, junto con esclavos empleados en el triclinio; también músicos, bailarines de ambos sexos y grupos de mimos y malabaristas para divertir al anfitrión y a sus invitados, especialmente a la mesa. Había bufones que por sus defectos, fragilidades u ocurrencias hacían reír (moriones, fatui, fatuoe). Los favoritos de las damas eran los enanos adiestrados para luchar y bailar. 

Los médicos y cirujanos también eran en su mayoría esclavos o libertos, al menos en tiempos de la República, e igual ocurría con el puesto de secretario privado del señor de la casa.


Entre los esclavos domésticos más bajos (vulgares) se encontraba el ostiarius o janitor, que desde su caseta (ostiaria) vigilaba la entrada a la casa; y los cubicularii, encargados de mantener el orden en dormitorios y salas de estar, así como de anunciar a los visitantes. En las casas de la gente más acomodada, de esta última función se ocupaba el nomenclator. Este pronunciaba en voz alta los nombres de los que venían a decir su Ave matutino, y el de otras numerosas visitas que llenaban el vestíbulo. El nomenclator también acompañaba al señor durante sus paseos para que le recordara los nombres y detalles de las personas que se encontraban por la calle y cuyo voto o ayuda precisaba para algún asunto. 

El romano rico siempre iba acompañado de uno o más esclavos (pedisequus) cuya misión era transportar cualquier objeto que se pudiera necesitar en el baño o en una fiesta, además de llevar la antorcha por la noche. Otra clase de esclavos eran los lectiarii o portadores de sillas de manos. En la ciudad solo estaba permitido llevarlos a los senadores y a las damas. 

Una posición importante la ocupaban los lectores, cuya tarea era leer para su señor mientras se encontraba a la mesa o en el baño. También escribían al dictado, copiaban documentos o cuidaban la biblioteca. Los oficiales más altos debían supervisar la administración de la casa, los almacenes, etc. El cellarius tenía las llaves del almacén y la bodega. El procurator, el principal entre la familia de esclavos, administraba los ingresos y los gastos domésticos


Esclavos y libertos eran en Roma los principales comerciantes. Eran ellos quienes trabajaban en las tiendas, porque, según la mentalidad romana, el comercio era una actividad por debajo de la dignidad de un ciudadano. Si se llevaba honradamente y a gran escala, se aprobaba hasta cierto punto, pero nada más. 

Los latifundia necesitaban una gran plantilla de trabajadores. Además de los esclavos agrícolas, encargados de arar, sembrar, segar o cuidar olivos y viñas, se necesitaban jardineros para el huerto y la cocina, y personal para atender a las aves de corral, el estanque de peces, la colmena y la caza. A veces se requerían miles de esclavos. Solían estar divididos en cuadrillas (colegia), a menudo integradas por diez individuos (decuriae) a las órdenes de un capataz (praepositus) también esclavo. 

El esclavo era propiedad absoluta de su señor y no gozaba de ninguna protección legal frente a él. No eran considerados personas, sino cosas. Por ejemplo, Horacio menciona en una carta que tiene la costumbre de pasear solo, a pesar de que en realidad lo acompañaba un esclavo; pero como éste no alcanzaba la categoría de persona, podía expresarse en esos términos. No poseían mayor status que un animal doméstico. 


Al principio se sentaban a comer en unos bancos bajos (subsellia) a los pies del lecho de su señor, pero el refinamiento e incremento del lujo propio de épocas posteriores desterró esta práctica y privó a los esclavos de cualquier clase de relación familiar con sus dueños. Dormían en cualquier parte de la casa, a veces sobre un camastro a la puerta de la alcoba del amo, en una especie de vestíbulo. Pasaron a tener pactadas sus raciones (demensum) para el día o mes, y con los ahorros en las mismas (peculium) compraban su libertad. 

Cuando un esclavo se fugaba, se le ponía un precio y se pregonaban los datos que pudieran conducir a su captura. A veces, si se sospechaba que alguno tramaba su fuga, se les encadenaban las piernas, o bien se los llevaba al herrero para que les pusiera un aro de hierro en torno al cuello, con una placa identificativa que explicaba a quién debía ser devuelto si se escapaba. Así cargados con collares de hierro y grilletes, se los encerraba en calabozos construidos a tal fin en la mayoría de las granjas. También podían ser condenados a trabajos forzados en las canteras. 

La flagelación era un castigo común. Además los esclavos podían ser puestos en el potro (eculeus) y sometidos a tortura para que confesaran los delitos que se imputan al amo, y a los fugitivos o a los que eran hallados culpables de robo, se les marcaba en la frente con hierro candente las letras iniciales del crimen. La pena capital era la crucifixión, o bien enfrentarse en el anfiteatro a animales salvajes. Otra forma de ejecución se llevaba a cabo empapando las ropas de la víctima con algún material inflamable (tunica molesta) para prenderles fuego a continuación. Vedio Podión, un hombre que había sido esclavo en su juventud pero que después había logrado amasar una fortuna, mataba a sus servidores arrojándoles a las voraces murenas que criaba en un estanque. 


Les estaba prohibido llevar la toga. Su vestimenta era una túnica, generalmente de tejidos oscuros y bastos, a la que podían añadir una capa cuando hacía mal tiempo. 

Tras recibir su manumissio o liberación, permanecían con su patrón como libertus. Esta manumissio se efectuaba presentándose ambos ante el magistrado más alto de la ciudad. Después de haber probado su título de propiedad (iusta servitus), el amo pronunciaba las palabras “Hunc hominem ego volo liberum esse”. El assertor tocaba entonces al esclavo con una vara sobre la cabeza, o, según una costumbre posterior, le daba una bofetada. Después el patrón tomaba de la mano al que había sido su esclavo, se volvía hacia él y terminaba la ceremonia repitiendo una vez más las palabras de rigor. 

Además de la manumissio vindicta existía la manumissio censu, consistente en introducir el nombre del liberto en las listas del censo, la manumissio testamento, es decir, la libertad del esclavo como última voluntad del dueño, o la inter amicos, en la que se declaraba ante testigos. En la manumissio per mensam se organizaba un banquete y se le invitaba a sentarse a la mesa junto a los demás hombres libres. 

Después de su liberación, el antiguo esclavo se ponía el gorro frigio llamado píleo, que se convirtió así en símbolo de libertad; vestía la toga, llevaba un anillo y se afeitaba la barba, todo lo cual constituían los signos que distinguían a un hombre libre. 



Bibliografía 
Juan Eslava Galán – Roma de los Césares 
Los romanos, su vida y costumbres – E. Guhl y W. Koner

lunes, 27 de febrero de 2012

Alberto visto por Victoria


En mayo de 1836, cuando Victoria cumplía 17 años, recibió en Kensington Palace la visita de sus primos de Alemania, Ernesto y Alberto, hijos del hermano mayor de su madre. Era la primera vez que veía a Alberto. La princesa dejó recogidas en su diario sus impresiones acerca de ambos jóvenes, pero resultaba evidente hacia cuál se dirigían sus preferencias desde un principio: 

“Ernesto es tan alto como Fernando y Augusto; tiene el pelo oscuro y unos hermosos ojos oscuros, lo mismo que las cejas, pero la nariz y la boca no son muy atractivas; su rostro posee una expresión muy agradable de sinceridad e inteligencia y, además, tiene muy buena figura. Alberto, que no es tan alto como Ernesto, aunque más corpulento, es guapísimo; su pelo es del mismo color que el mío; sus ojos son grandes y azules y tiene una nariz preciosa y una boca dulce con unos dientes muy bonitos; pero su principal encanto reside en la expresión, que es maravillosa; está lleno de bondad y de dulzura y es muy hábil e inteligente… 


“Mis dos primos son muy buenos y amables; son mucho más maduros y tienen más mundo que Augusto; hablan inglés muy bien y conversamos juntos. Ernesto cumple 18 años el 21 de junio y Alberto 17 el 26 de agosto. El querido tío Ernesto me regaló un loro encantador; está tan domesticado que se deja tocar sin ningún reparo y hasta le puedes meter el dedo en el pico, o hacerle lo que quieras, y no intenta morderte. Es más grande que el loro gris de mamá… 

“He estado sentada en el sofá entre mis dos primos viendo sus dibujos. Los dos dibujan muy bien, especialmente Alberto, y los dos adoran la música y tocan muy bien el piano. Cuanto más los veo, más encantada estoy con ellos y más los quiero… Su compañía es maravillosa y les gusta estar siempre ocupados; son un buen ejemplo para cualquier joven.” 

A las tres semanas los dos muchachos y su padre tenían que regresar a Alemania, y el momento de la separación fue muy triste. 

“Fue nuestro último desayuno FELIZ, FELIZ, con este tío tan querido y estos queridísimos y amados primos, a quienes quiero MUY, MUY sinceramente; mucho más sinceramente que a ningún otro primo en el mundo. Con tanto como quiero a Fernando y también al bueno de Augusto, quiero a Ernesto y Alberto aún más que a ellos, ya lo creo, MUCHO más… Los dos saben muchísimo y son inteligentes, inteligentes por naturaleza, especialmente Alberto, que es el más reflexivo de los dos; y les gusta mucho hablar de cosas serias e instructivas y, sin embargo, son muy, muy alegres y divertidos, como debe ser la gente joven. Alberto siempre tenía alguna broma o algo gracioso que contar en el desayuno, o en cualquier momento. También le gustaba acariciar y juguetear con Dash… Mi queridísimo Alberto estaba tocando el piano cuando bajé. A las once, mi querido tío, mis queridísimos y amados primos y Carlos se marcharon acompañados por el conde Kolowrat. Abracé a mis dos amadísimos primos con efusión, y lo mismo a mi querido tío. Lloré amargamente, muy amargamente.” 


Tres años más tarde, en octubre de 1839, hubo una segunda visita. Alberto llegaba de nuevo en compañía de su hermano Ernesto. En el tiempo transcurrido desde el primer viaje de los príncipes, el aspecto de ambos había mejorado al abandonar la adolescencia, y en especial Alberto había ganado mucho, como no deja de observar y comentar Victoria. 

Ella ya era reina. Hasta entonces se había mostrado reacia a abordar el tema de su matrimonio, pero de pronto no podía pensar en nada más. Con voz entrecortada decía que Alberto era muy guapo. A la luz de esos ojos azules y la sonrisa de esa bonita boca, Victoria estuvo segura de que había encontrado a su gran amor, el hombre con el que deseaba compartir el resto de sus días. Pudo observar “la exquisita nariz, el delicado bigote y la leve patilla”, así como “la atractiva figura, ancho de hombros y espigado de cintura”. Juntos montaban a caballo, bailaban y conversaban durante horas interminables. No podía encontrar en él ninguna cosa que no adorase. Victoria se enamoró. 

“Alberto es una compañía muy agradable. Sus modales son tan gentiles y armoniosos que una desea tenerlo cerca. Siempre me había parecido así cuando estaba conmigo, y creo que los viajes lo han mejorado. Está lleno de talento, es divertido y dibuja de maravilla…” 


Ambos eran caracteres diferentes que se completaban perfectamente: él era concienzudo y metódico, ella impulsiva, más cálida y apasionada. La infancia de Victoria había sido oprimida, solitaria y triste mientras que él había crecido libre y alegre en compañía de su hermano, a pesar de haber tenido que separarse pronto de su madre. 

El príncipe había llegado el jueves por la tarde, y al domingo siguiente la reina le dijo a lord Melbourne que había cambiado de opinión con respecto al matrimonio. Un día después le confesó que había decidido casarse con Alberto, pero claro, aún faltaba un pequeño detalle: tenía que decírselo al novio y saber si estaba de acuerdo. 

Victoria hacía llamar a su primo. Lo recibió a solas y se declaró sin vacilar. “Transcurridos unos minutos le dije que pensaba que debía saber por qué quería que viniera a visitarme, y que me haría inmensamente feliz si accediera a mis deseos (a casarse conmigo)… Nos abrazamos y fue muy amable y muy cariñoso”. Ella decía que no le merecía, y él murmuraba que le haría muy feliz “das Leben mit dir zuzubringen” (finalizar la vida contigo). 


Victoria se sentía la mujer más feliz del mundo. El matrimonio, asunto que hasta entonces había tratado de eludir, dejaba de ser para ella lo que llamaba “la desagradable alternativa a vivir con mamá”

La reina tomó la pluma para dirigirse al barón Stockmar, arrepentida de la resistencia que había ofrecido hasta entonces: 

“Me siento tan culpable que no sé cómo comenzar la carta, pero creo que las noticias que contiene bastarán para conseguir su perdón. Alberto ha ganado por completo mi corazón, y todo ha quedado decidido entre nosotros esta mañana… Estoy segura de que me hará muy feliz. Ojala pudiera decir que me siento igual de segura de que yo le haré a él igual de feliz, pero haré lo posible. El tío Leopoldo le contará los detalles, pues yo no tengo tiempo… Alberto le aprecia a usted mucho”. 


Al día siguiente, 16 de octubre de 1839, es Alberto quien le escribe al barón para comunicarle que tiene las mejores noticias posibles: 

“…Victoria es tan bondadosa y amable conmigo que a menudo me desconcierta considerarme objeto de tanto afecto. Conozco el interés que usted se toma en mi felicidad, y por tanto os descubro mi corazón… No puedo escribir más ni más seriamente; en este momento estoy demasiado aturdido”. 

Victoria había encontrado al amor de su vida. Era el principio de una hermosa historia que solo terminaría con la muerte de Alberto al cabo de 22 años.

domingo, 26 de febrero de 2012

Bienvenida, Lady Balehead


Hoy tengo el inmenso placer de anunciar que mi querida, entrañable y romántica Lady Balehead ha decidido abrir su propia página y unirse a nosotros en “And tomorrow may rain so, I follow the sun”. 

Lady Balehead ha hecho un largo viaje. Llega de tierra extraña, es un poco tímida y apenas conoce a nadie aquí, por lo que hago un llamamiento para que pasen a darle una cálida bienvenida en su aún solitario castillo, una visita especialmente recomendada a mis damas victorianas, austenianas y pololeras. Sin duda disfrutarán en su compañía de una buena taza de te al amor de la lumbre mientras les cuenta sus relatos. 

Madame, sabe que me ha dado una enorme alegría con su decisión de liar los bártulos y mudarse a este lugar. Espero que su morada se convierta pronto en un divertido centro de reunión y tengamos hermosas fiestas.

sábado, 25 de febrero de 2012

El consorte de la Reina Victoria


El nombre completo del príncipe Alberto era Francisco Carlos Augusto Alberto Manuel de Sajonia-Coburgo-Gotha. Había nacido en Schloss Rosenau, in Baviera, el 26 de agosto de 1819, tres meses más tarde que la reina Victoria. Se da la circunstancia de que fue la misma comadrona la que atendió los dos partos. 

La abuela de los niños, la duquesa viuda de Coburgo, había deseado un enlace entre ambos desde el primer momento, lo que pronto se convirtió también en un deseo de los duques de Kent, padres de Victoria. Desde su más tierna infancia, el príncipe nunca pensó en casarse con nadie más que con ella: cuando tenía tres años ya le decía a su niñera que un día “la florecilla de mayo inglesa” sería su esposa. 

Su hermano Ernesto, llamado a ser el heredero del ducado, era un año mayor que él. Luisa, la madre, era una mujer de carácter alegre y muy hermosa, con el cabello rubio y los ojos azules. Alberto se le parecía mucho, y era de dominio público que Luisa mostraba una abierta preferencia por él. Pero cuando el niño cumplió cinco años lo separaron de su madre para siempre a consecuencia de un lamentable escándalo. 

Luisa de Sajonia-Gotha-Altemburgo, madre de Alberto

La corte ducal no se destacaba por su estricta moral. El duque era muy inclinado a las aventuras amorosas, y se rumoreaba que la duquesa seguía el ejemplo de su marido. Hubo varios escándalos al respecto, en uno de los cuales se vio envuelto el chambelán de la corte, un hombre de origen judío. El desenlace fue la separación del matrimonio en 1824, y posteriormente el divorcio. La duquesa se marchó a París, donde falleció en 1831 a consecuencia de un cáncer, con solo 30 años. Alberto siempre guardó un recuerdo muy cariñoso de su madre. 

El príncipe Alberto fue un niño muy guapo, inteligente y alegre. Generalmente se portaba bien, pero a veces era violento; tenía un carácter muy fuerte y no lo escondía. Cuando se peleaba con su hermano, siempre quedaba por encima, pues Ernesto era menos resuelto. Según su tutor, sobrepasaba a su hermano al ser más reflexivo y poseer un mayor autocontrol y prudencia. Afirma que su voluntad solía imponerse de forma natural, pero cuando no era así, a veces se mostraba dispuesto a recurrir a la fuerza. 

Ambos pasaban la mayor parte del tiempo en alguna de las casas de campo que poseía el duque, rodeados de hermosas montañas, bosques y ríos. Siendo todavía muy pequeños —Alberto no había cumplido cuatro años— se los separó de sus niñeras para ser confiados a un preceptor que los tuvo a su cargo hasta que fueron a la universidad. La educación que recibieron fue muy sencilla y nada ostentosa, pues el duque era pobre y el ducado pequeño e insignificante. Pero también era estricta. En los diarios infantiles de Alberto podemos leer: 

“Recitamos, y lloré porque no fui capaz de decirlo bien, pues no había prestado atención… No se me permitió jugar después de cenar porque había llorado…” 

Victoria en 1833

Alberto demostró pronto que era un muchacho modelo. Inteligente y concienzudo, poseía la formalidad de su generación, y a los 11 años dejó sorprendido a su padre cuando le dijo que confiaba en hacerse “un hombre de provecho”. A pesar de todo, no era excesivamente serio y, aunque tal vez le faltaba una pizquita más de sentido del humor, era divertido, gastaba bromas y era un buen imitador. Disfrutaba de la vida al aire libre y montaba a caballo, cazaba, practicaba esgrima y le gustaba dar largos paseos por el campo con su hermano en los alrededores de su amado Rosenau. Observaba a los ciervos, admiraba el paisaje y volvía con ejemplares para su colección de historia natural. Además era un apasionado de la música. 

Había algo en lo que Alberto no se parecía a su padre: no perseguía a las mujeres. Según Lytton Strachey, biógrafo de Victoria, sentía una acusada aversión por el sexo opuesto. Cuando tenía cinco años, en un baile infantil armó una pataleta tremenda cuando alguien le llevó a una niña para que fuera su pareja, y Strachey afirma que, aunque al hacerse mayor se esforzaba por esconder tales inclinaciones, seguía sintiendo lo mismo. En realidad se mostraba muy intransigente con la moralidad en cualquier aspecto, seguramente debido al dolor que causó en él el divorcio de sus padres. No deseaba repetir un comportamiento que había roto su familia. Era luterano y muy piadoso, pero, por lo demás, se mostraba “cortés hasta la exageración con las mujeres”, según apunta María Sanz. De costumbres puritanas, ni siquiera jugaba a las cartas y no le gustaba hacer visitas: En palabras de Clare Armstrong Bridgman, “Ninguna hermosa dama podía presumir de haberle ofrecido a Su Alteza Real una taza de te junto a la chimenea, y ningún hombre podía reclamar el honor de haber cenado con él”. 

Los dos hermanos eran muy queridos en Coburgo. Ambos recibieron su confirmación en el Salón de los Gigantes del castillo, como mandaba la tradición, ante una nutrida concurrencia que se había dado cita para presenciar la ceremonia. El desarrollo intelectual de Alberto seguía adelante. Al cumplir los 17 inició un estudio riguroso de la filosofía y la literatura alemanas. Escribió un ensayo sobre la manera de pensar del pueblo alemán y un esbozo de La Historia de la civilización alemana, según decía en su introducción, terminando con un “estudio retrospectivo de los defectos de nuestro tiempo, con una llamada de atención a todos para que cada uno corrija sus propios defectos y, así, dar buen ejemplo a los demás”. 

Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha

Alberto pasó unos meses en Bruselas con el rey Leopoldo y llegó a dejarse influir mucho por un catedrático de matemáticas, Adolphe Quetelet, especialmente interesado en la aplicación de las leyes de probabilidad a los fenómenos políticos y morales. El príncipe se sintió muy interesado por el tema, lo que dio comienzo a una amistad que duraría hasta el fin de sus días. 

Desde Bruselas pasó a la universidad de Bonn, donde destacó rápidamente. Dedicaba su tiempo a la metafísica, el derecho, la economía política, la música y la esgrima, y formó parte de un grupo de teatro de aficionados. Muchos años después sus compañeros aún recordaban las risas cuando Alberto imitaba la voz y los gestos de uno de los catedráticos con tanta gracia, o a otro que, mientras participaba en una carrera, se cayó y perdió las gafas y tuvo que pararse a buscarlas. 

Después de un año en Bonn se dispuso que hiciera una gira por el extranjero. El barón Stockmar llegó desde Inglaterra para acompañar al príncipe en un viaje por Italia. Dos años antes el rey Leopoldo había consultado al barón su opinión sobre el proyectado matrimonio entre Victoria y Alberto. Stockmar respondió que el joven era maduro para su edad, con cualidades muy positivas, y era posible que en unos años se convirtiera en un hombre fuerte y guapo, de porte amable y sencillo, pero solemne. “De modo que su apariencia posee todo lo que le gusta al sexo opuesto, y eso siempre y en todos los países gustará”. 

Victoria y Alberto en el castillo de Windsor

En Italia Alberto se deleitó con las galerías de arte y con el paisaje de Florencia, pero Roma no le llamó tanto la atención, “excepto algunos palacios muy hermosos, el resto es como cualquier ciudad de Alemania”, opinaba el príncipe. 

Siempre estaba dispuesto a enriquecer sus conocimientos. En un baile en Florencia se le vio conversando animadamente con un erudito, lo que hizo exclamar al gran duque de Toscana, que estaba a su lado: 

—Aquí tenemos a un príncipe del que podemos sentirnos orgullosos: aunque una hermosa bailarina le espera, su atención la ocupa un sabio. 

De regreso en Alemania, Stockmar transmitió a Leopoldo que Alberto era inteligente, amable y bondadoso, lleno de las mejores intenciones y con criterios dignos de personas de más edad, pero que con frecuencia sus buenas intenciones le abandonaban por el camino. El barón lamentaba que no le interesara lo más mínimo la política y nunca leyera un periódico. “Siempre tendrá más éxito con hombres que con mujeres, por las que muestra muy poco interés y con las que es demasiado retraído”, añadía. Otra observación que hizo es que el príncipe no era de constitución fuerte. Pero, pese a todas las objeciones, estaba a favor del matrimonio con Victoria. 

Matrimonio de Victoria y Alberto

Allá en Inglaterra la candidatura de Alberto no gustaba a todos, y además Victoria se mostraba reacia a casarse. Cuando Alberto llegó, conocedor de los obstáculos, había decidido abandonar por completo la idea. Confesó a un amigo que no estaba dispuesto a que se le tuviera en reserva, entretenido, y que terminaría con el asunto de una vez. 

Pero la la opinión de Victoria iba a girar muy rápidamente, en cuanto se produjera ese encuentro. La reina dejó escritas en su diario sus impresiones acerca de su primo Alberto, y el próximo día examinaremos cómo era él a sus ojos. 


Bibliografía: 
Victoria I – Lytton Strachey 
Victoria de Inglaterra – María Sanz 
Life and reign of Queen Victoria including the lives of King Edward VII and Queen Alexandra – Charles Morris

jueves, 23 de febrero de 2012

Los perfumes de Versalles

Rosa Luis XIV

Es muy difícil capturar el verdadero color de esta rosa. En realidad es mucho más oscura, casi negra, y su aroma es increíble.

Contra lo que muchos piensan, Luis XIV apenas se perfumaba, porque los aromas fuertes le levantaban dolor de cabeza, terribles migrañas a las que era muy propenso y que llegaron a causarle vértigos y desmayos. Por esta razón los cortesanos que le rodeaban se guardaban mucho de ir perfumados en su presencia. Este problema era uno de los motivos por los que se sentía mejor al aire libre. 

Pero en su juventud, antes de que el caso se agravara, sí que disfrutaba de los aromas sutiles. Según Saint-Simon, “ningún hombre amaba tanto las fragancias delicadas como él”, y de hecho se lo conocía como Le roi le plus doux fleurant (el rey más suavemente perfumado). Aparte de la lavanda, le gustaba el olor de la naranja, y a veces se ponía eau de la reine de Hongrie, equivalente a nuestra suave agua de colonia, elaborado originalmente a base de romero macerado en espíritu de vino y con el tiempo enriquecido con lavanda, ámbar y jazmín. Debe su nombre a su creadora, la reina Santa Isabel de Hungría, y fue utilizado también por madame de Sévigné y su hija, y por madame de Maintenon. Se le atribuía a esta colonia poderes revitalizantes, se suponía que ayudaba a conservar la belleza y se le asociaban propiedades terapéuticas para el reuma, palpitaciones, hígado o dolores abdominales. 


Las camisas de Luis XIV se lavaban con aqua angeli, un agua perfumada fabricada especialmente para él. Los ingredientes principales eran madera de aloe, nuez moscada y clavo, un preparado sobre agua de rosas al que se añadía una pizquita de jazmín, azahar y almizcle. 

No debe esto llevar a pensar que se preocupaba especialmente por su atuendo. Su cuñada, la Princesa Palatina, nos dice lo siguiente: “A mi esposo… le encantaba la ropa, era muy cuidadoso con los detalles de su indumentaria y mostraba un gran interés en tareas femeninas y en ceremonias. El rey, por el contrario, se preocupaba poco por la vestimenta… y tenía en todo gustos y costumbres masculinas”. El que dictaba la moda era su hermano, el duque de Orleáns, dotado de un gusto exquisito tanto para el vestir como para la decoración. Felipe de Orleáns podía pasarse horas perdido en idear nuevos detalles y complementos. 

En realidad Luis XIV procuraba aprovechar bien el tiempo que tardaba en asearse y acicalarse, puesto que mientras lo afeitaban y peinaban, en su grand lever y en otras situaciones delicadas, recibía peticiones, era informado de cosas de interés e iba despachando asuntos.


En los aposentos del rey flotaba una delicada fragancia de agua de rosas y mejorana, y en las cuentas reales aparecen objetos para uso de los miembros de su entorno, como cojines aromatizados, toallitas perfumadas o sachets à la royale (bolsitas rellenas con hierbas aromáticas) entre otros accesorios. Dichos cojines, por cierto, eran muy populares entre las damas, porque los escondían entre la ropa interior con la utilidad añadida de que proporcionaban algo de relleno a aquella que lo necesitaba. Guantes, pañuelos e incluso abanicos podían ser perfumados. Además, había fiestas en las que se impregnaban palomas en distintos aromas y luego las soltaban para que los esparcieran al aire. 

Durante el reinado de Luis XIV las industrias jaboneras y las del perfume comenzaron a competir con las italianas. En 1650 había veinte fábricas de jabón en Francia, y fue en esta época cuando se reglamentó la fórmula del famoso jabón de Marsella, impidiendo que el nombre fuera utilizado por otros fabricantes.

El maestro perfumero favorito del rey, Marcial, llegó a ser tan popular que Molière decía que cuando en Versalles se pronunciaba ese nombre, los cortesanos pensaban en él en lugar del poeta latino: “¿Marcial hace poemas? Creí que sólo fabricaba guantes aromatizados”. Solía mezclar los perfumes en los apartamentos privados del rey, porque a Luis le gustaba observar cómo lo hacía.


Los comerciantes de perfumes abrieron sus establecimientos por todo París. Junto al pont Saint-Michel estaban los especializados en jabones, y los parisinos acudían a buscar agua de azahar a la rue de l’arbre sec, cerca del Louvre. Vendedores que venían de Provenza ofrecían aceite de jazmín en sus puestos en torno a la iglesia de Saint-Germain l’Auxerrois. El perfumista más famoso de la ciudad durante el reinado de Luis XIV fue Simon Barbe, que publicó un compendio sobre el arte de la perfumería. Abría su tienda, llamada À la Toison d’Or, en la rue de Gravilliers.

Pero la intolerancia del rey hacia los aromas agresivos se fue agravando progresivamente, hasta alcanzar también los más suaves. Al final el único que soportaba era el azahar. En alguna ocasión los médicos le preparaban otros perfumes, aunque solamente con fines terapéuticos, a modo de remedio. Para entonces hacía tiempo que había fallecido Ana de Austria, que tanto había gustado de todo tipo de perfumes y de flores. Más de una migraña debió de dar la reina a su hijo. 

El papel también llevaba frecuentemente aromas, pero Luis había llegado a no tolerar siquiera los papeles perfumados. En palabras de Saint-Simon, al final de su reinado “nadie odiaba los olores más que él”. El italiano Gian Paolo Marana, de visita en París, escribió en 1692 que en esa ciudad los extranjeros disfrutan de placeres que halagan todos los sentidos, menos el olfato. Desde que al soberano no le gustan los perfumes, todos se ven obligados a detestarlos. Las damas fingen desmayarse con solo ver una flor”. Y así, en parte por ese frecuente afán adulador de imitar al soberano y en parte por no perjudicar más su salud, el perfume fue cayendo en desuso. 

Como última curiosidad, en el mundo versallesco, el tiempo dedicado al cuidado personal, es decir, a la toilette, se consideraba una especie de pequeña fiesta privada. El duque de Saint-Simon nos cuenta que uno frecuentaba les toilettes como quien asistía a una función. A finales de la década de 1670, cuando los nobles franceses desearon una imagen más informal, pusieron de moda el estilo boudoir o de andar por casa, representado fundamentalmente por el déshabillé. Mientras tanto la gente se reunía, hablaban de negocios, de política, o flirteaban. Surgió la exfoliación cutánea y los anuncios de cosméticos. Se inventó, además, la table de toilettes o tocador, un espacio reservado donde arreglarse dentro del dormitorio. 

martes, 21 de febrero de 2012

Los baños de Luis XIV


La tónica general durante el siglo XVII era la poca afición al baño. Esto se debía a que mucha gente pensaba que el agua, en especial la caliente, al penetrar en los poros de la piel ayudaba a propagar enfermedades, como por ejemplo el germen de la sífilis, introduciéndolas en el organismo. Esto no significa que los cortesanos no se ingeniasen para encontrar alguna alternativa para su aseo, como era limpiarse con una tela mojada en espíritu de vino —poderoso alcohol que no sólo limpia, sino que desinfecta—, o que no hubiera cortesanos especialmente pulcros, como lo fue la marquesa de Rambouillet. Por otra parte, el alejamiento del agua no era tan absoluto: había baños públicos, aunque algunos de estos establecimientos gozaban de mala reputación, por dedicarse a satisfacer discretamente otro tipo de necesidades aparte de la higiene. Se podía alquilar una bañera de cobre, y los más pobres una de madera por la mitad de dinero. Y además la gente se daba baños en toda regla en el río. Se consideraba que hacerlo el día de San Juan era especialmente sano y protegía contra las enfermedades. 

Pero Luis XIV, curiosamente y en contra de la creencia generalizada, no parecía compartir estas aprensiones con respecto al agua. Contamos con abundante documentación que lo demuestra: existen nóminas de los empleados encargados del baño del rey, y testimonios como el de su cuñada, la Princesa Palatina, que nos dice lo siguiente: 

“El rey y Monsieur habían sido habituados desde la infancia a una gran suciedad en el interior de sus casas, hasta el punto de que ni siquiera sabían que las cosas deberían haber sido de otro modo; y sin embargo, por lo que respectaba a su higiene personal, eran especialmente pulcros”. 

Isabel Carlota de Baviera, Princesa Palatina


Las versiones que dicen que solo se bañó dos veces en toda su vida, y ambas por prescripción facultativa, parece que fundamentan su error en la interpretación de un párrafo del Journal de Santé de Louis XIV (diario de la salud de Luis XIV), donde el médico habla de unos baños especiales terapéuticos en agua fría que le recomendaba algunas veces, y a los que el rey solo se había sometido en dos ocasiones. No se refería a los baños higiénicos ordinarios. He aquí el relato de una de esas dos ocasiones que originaron la confusión:

“El séptimo día del mes de agosto, estando el rey bien preparado, comenzó los baños que le ordené para reafirmar su salud. Los ha continuado hasta el día 17, es decir que ha tomado 20 baños. Entraba por la mañana y hacia las 7 de la tarde. Permanecía dos horas de cada vez. El día 18 fue purgado con éxito.”

Naturalmente no resulta muy invitador tener que permanecer cuatro horas diarias inmovilizado en una bañera con agua fría, día tras día hasta que el médico considere oportuno, y en especial si el paciente no nota ninguna mejoría con el tratamiento.

El diario, o la interpretación del mismo, dio así lugar a una de las falsedades históricas más extendidas. Lo cierto es que contamos con abundantes testimonios en los que, de un modo o de otro, se alude a los hábitos higiénicos del rey, como es el caso de Madame de Motteville. En cuanto al valet La Porte, asegura que ya de muy niño Luis saltaba de alegría cuando se reunía con su madre para bañarse. Al parecer, la propia Ana de Austria le habría inculcado esta afición, y el pequeño rey insistía en hacerlo incluso cuando se lo desaconsejaban por alguna razón, o intentaban prohibírselo. La Porte nos cuenta cómo una vez, cuando Luis tenía 7 años, había estado jugando en el jardín del Palais Royal con un fuerte que le habían hecho, y se acaloró en el ataque a la fortaleza. Cuando vinieron a decirle que la reina iba a bañarse, para que se reuniera con ella según costumbre, Luis corrió raudo hacia allá. “Me ordenó que le desvistiera, pero yo no quise; fue a decírselo a la reina, que no osó negárselo. Yo dije a Su Majestad que le haría morir si le permitía meterse al baño en el estado en que se encontraba [tan acalorado]; como vi que no me respondía otra cosa excepto que era su deseo hacerlo, le dije que yo le había advertido, y que si pasaba algo no sería culpa mía”. 

El servidor nos cuenta, cuando Luis andaría en los 14 años: “…El rey, habiendo cenado con Su Eminencia, y tras haberse quedado en su compañía hasta las 7 de la tarde, mandó a decirme que deseaba bañarse…”. 

Cuarto de baño del siglo XVII en el château de La Roche Courbon

Es verdad que desde su infancia prefería bañarse en el río, en plena naturaleza, a hacerlo encerrado en una bañera en la que no podía nadar. No había cumplido aún 10 años cuando La Porte nos cuenta: “Un día al querer el rey ir a bañarse a Conflans, di las órdenes de costumbre”. Y dice “de costumbre” porque, efectivamente, Luis tenía el hábito de bañarse en un canal. Llevaba consigo todo un séquito de servidores, encargados del baño y del guardarropa, y ello aunque a veces el tiempo no fuera propicio. 

Aparte de sus preferencias por las aguas de ríos y canales, Luis tuvo un precioso cuarto de baño delicadamente pintado, con bañera de mármol recubierta de paño para no sentir el frío de la piedra. Llegó a haber en él dos bañeras, porque al parecer utilizaba una para enjabonarse y la otra para aclararse. Sólo a un noble de alto rango se le permitía secarlo después. Le gustaba echar lavanda en el agua, y utilizaba un jabón hecho a base de aceite de oliva. Había grifo de agua fría y de agua caliente, procedente de un enorme depósito que era alimentado por los servidores encargados de tal tarea, los baigneurs-étuvistes. Tras el baño, el cabello se le secaba al fuego. El rey despachaba asuntos mientras se entregaba a esta tarea.

Otra prueba de que las bañeras servían para algo más que de adorno es que aparecen documentados detalles como la frecuencia con la que se llenaba el depósito, así como las toallas en los inventarios. Se encuentra también perfectamente reglamentado quién se encargaba de cada detalle. Cuando el rey o Monsieur deseaban “bañarse en la cámara o lavarse solamente los pies” eran los Officiers de Fourrière los encargados del agua caliente y de quemar aromas, muy suaves en el caso de Luis, que con el tiempo llegó a no soportar los olores fuertes debido a que le ocasionaban migrañas. Sin embargo apreciaba un poco de lavanda en su baño, que generalmente tomaba por la tarde y no durante la ceremonia de su lever.

Bañera octogonal de Versalles

Luis estaba muy orgulloso de sus apartamentos de baño, que incluían una recámara y una cámara de descanso con una cama situada ante un gran espejo. En esos apartamentos celebraba a veces reuniones informales. 

El “cabinet des bains” de Versalles tenía una bañera octogonal de mármol flanqueada por columnas, que hoy se encuentra en l’Orangerie. Una estufa alimentada con leña calentaba el agua perfumada. 

Luis XIV usaba alcohol (espíritu de vino) a modo de desinfectante para lavarse las manos. Siempre llevaba las uñas muy cuidadas, bien cortadas y limpias, lo afeitaban a diario y se hacía la pedicura. Saint-Simon, por cierto, achaca el afán de limpieza de Luis al hecho de frecuentar mujeres, como parte del ritual de cortejo.

El rey se cambiaba de ropa interior un mínimo de tres veces al día, porque no soportaba llevar ropa sudada o sucia. En esto no le iban a la zaga muchos de sus cortesanos; incluso algunos de aquellos que no solían recurrir al baño se mudaban con gran frecuencia, hasta seis u ocho veces. Lamentablemente no era así en todos los casos, y de ahí tanto recurso al perfume en un lugar como Versalles, que además no contaba con alcantarillado, sino con fosas sépticas que eran drenadas regularmente.

Otro testimonio afirma que la etiqueta disponía la presencia de un valet sujetando el espejo mientras Luis se viste, se desviste o se cambia de ropa, lo que sucede “si va a jugar a pelota, a bañarse en su cámara, o en el río, etc.”, con lo que vuelve a aludirse a los baños. En definitiva, aunque no fuera para el rey una costumbre diaria, hemos constatado que tomó muchos más de los que se le adjudican normalmente, y que se puede considerar un hombre pulcro para la época que le tocó vivir.


En Versalles Luis XV hizo derribar más de la mitad de los cuartos de baño de tiempos de Luis XIV para ampliar otras habitaciones, aunque él, por supuesto, tenía el suyo propio, y, por cierto, maravilloso. 

Por ejemplo, la habitación que ven en la imagen reemplazó en 1750 a un baño que había en su lugar. Una o dos veces por semana Luis XV daba aquí una cena para las damas y caballeros que le habían acompañado durante la cacería, y era un gran privilegio ser invitado a estas veladas. Los platos se preparaban en las cocinas privadas del rey, situadas en el tercer piso. Después de cenar Luis XV y sus invitados se retiraban a la sala de los relojes, donde pasaban el resto de la noche en las mesas de juego. 


lunes, 20 de febrero de 2012

Tres Picas en Flandes


Parece que fue ayer cuando comenzamos esta partida, y sin embargo esta noche se cumplen tres años del primer movimiento. En todo este tiempo he disfrutado compartiendo páginas de la Historia a la vez que iba descubriendo a muchos de ustedes, algo que me ha proporcionado incontables satisfacciones. A unos los he conocido ya en persona, con otros me mantengo en contacto telefónico y con algunos más vía email. Para mí la parte más gratificante es ese contacto humano. Sin él todo sería demasiado frío, y hace tiempo que me habría aburrido. No me gustaría estar aquí hablando sola, así que muchas gracias a todos por estar cerca y por dejar sus amables comentarios. Juntos hoy ponemos la tercera pica en Flandes. 

Quiero agradecer también los detalles que muchas personas desconocidas han tenido conmigo, gente que ha escrito a mi correo bien fuera para consultarme alguna cosa, felicitarme por algún artículo o enviarme algo especial, como me ocurrió ayer mismo con monsieur Ferdinandus, que me dio a conocer la obra de Michael Cheval al considerar, muy acertadamente, que iba a ser de mi interés. Hoy ilustro el texto con dos de sus cuadros. 

He tratado de responder a todos, tanto en el blog como en el correo. Disculpen si no siempre me ha sido posible. Tomo nota de las preguntas más curiosas, porque algunas merecerían figurar en una antología. Por alguna razón hubo alguien que supuso que yo conocería la medida del miembro de Enrique VIII, por ejemplo. Sobre los Tudor hay preguntas buenísimas, y también sobre los dioses, tema que sería para hacer de él un capítulo aparte. Perpleja me quedé cuando quisieron saber con qué pena se castigaba la infracción de la Ley Sálica, cómo se celebraba la Navidad en tiempos de Espartaco o si Sancho se casaba con Diana (esto último me lo han preguntado dos veces). Pero la curiosidad más asombrosa fue la de la persona que, tal vez porque mi otro blog se llama Cierto sabor a veneno, buscaba remedios de magia negra contra suegras metiches (sic). 


Aquí seguiremos con la máscara puesta, perdidos en la senda del rey Cronos mientras jugamos la eterna partida. Nos deslizaremos de puntillas por los siglos bailando al compás que marque el tiempo. 

Apreciaré si se quedan conmigo.

domingo, 19 de febrero de 2012

El último romántico


José Zorrilla nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817, en la única casa que había en la calle Fray Luis de Granada, antes llamada de la Ceniza. Era hijo de un magistrado, Don José Zorrilla Caballero, hombre de fuerte personalidad, conservador, absolutista, realista acérrimo durante el reinado de Fernando VII y partidario después del pretendiente carlista al trono de España. Severo superintendente general de policía, a la muerte del rey cayó en desgracia por dichas preferencias carlistas y tuvo que retirarse a Lerma, donde vivió bastante tiempo. 

El carácter de su hijo no se parecía en nada al suyo. La figura paterna inspiró siempre a Zorrilla un profundo respeto, mezclado con temor y con un enorme cariño. Ambos estaban destinados a no entenderse jamás. 

La familia residió en Burgos y en Sevilla, pero finalmente, por la época en la que el padre era superintendente de la policía, se establecieron en Madrid. Tenía entonces el poeta nueve años. Allí estudió en el Seminario de Nobles, a cargo de los jesuitas, y luego en Toledo, una ciudad que habría de dejarle una profunda huella. En la universidad de Toledo, por acatar la decisión paterna, cursó estudios de Derecho sin ningún entusiasmo, hasta que terminó por abandonarlos para regresar a Valladolid. 

Cama en la que nació José Zorrilla

Zorrilla tenía otros intereses muy diferentes de aquellos que su progenitor hubiera deseado inculcarle. Lo que más lo atraía era la literatura y, desde luego, las mujeres. Tuvo un primer amorío juvenil con una prima, todo lo cual provocaba constantes desencuentros con su padre y lo impulsó a escaparse de su hogar para trasladarse de nuevo a Madrid. 

En la capital vivía a salto de mata, frecuentando los ambientes bohemios donde se encontraba tan a gusto. Pero todo cambió súbitamente el 14 de febrero de 1837, una semana antes de cumplir los veinte años. La víspera, y tras un desengaño amoroso, se había suicidado de un pistoletazo, en la calle de Santa Clara, el joven y famoso escritor Mariano José de Larra. A su entierro asistieron casi todos los escritores, amigos y personajes políticos. Zorrilla leyó admirablemente un poema dedicado a la muerte de Larra. La emoción fue inmensa; la extremada juventud del desconocido hizo que todos tuvieran la impresión de que junto a la tumba del autor desaparecido brotaba otro. Zorrilla fue aclamado. 

A los 21 años se casó con Florentina Matilde O’Reilly, una viuda 16 años mayor que él y que aportaba un hijo. No fue precisamente una unión por interés, porque lo cierto es que la mujer se encontraba en la más absoluta ruina. Lamentablemente su vida conyugal no iba a ser feliz durante mucho tiempo: el matrimonio atravesó por muchos problemas, debido, sobre todo, a los celos de la esposa. 

Escritorio de Zorrilla. Al fondo, su piano

Los éxitos de Zorrilla como autor teatral fueron muy grandes, y además tempranos. Después de El Zapatero y el rey alcanzó la cima en 1844 con Don Juan Tenorio. Cinco años más tarde estrenaba Traidor, inconfeso y mártir, pero entonces, inesperadamente, decidía retirarse del teatro. Como motivo alegó que su mujer era muy celosa y no le gustaba su trato con las actrices. Posiblemente no le faltaba razón a Matilde en sus reclamaciones, porque lo cierto es que Zorrilla tuvo varias amantes. 

Sin embargo no parece que su renuncia al teatro tuviera por verdadera causa a la esposa, puesto que en 1845 la había abandonado para irse él solo a París, donde llevaba una vida de soltero. Julián Marías apunta como posible desencadenante de la decisión de abandonar su carrera de dramaturgo el hecho de que el papel protagonista en su última obra era interpretado por un actor que no acababa de gustarle. Se trataba de Julián Romea, muy distinguido en la alta comedia, y poeta también, pero no era el prototipo del actor romántico. “Zorrilla tuvo que percibir que se estaba perdiendo el temple romántico; él lo era irremediablemente, no podía hacer otra cosa”. El poeta estimaba y admiraba a Romea, pero no lo veía en ese papel. Él mismo cuenta cómo el actor, después de pasear a caballo por el Prado, llegaba al teatro y salía a escena. Zorrilla le decía: 

—Julián, tú no representas; tú te presentas. 

Primera página manuscrita del Tenorio

Durante su estancia en París, José Zorrilla trabó amistad con sus admirados Alejandro Dumas y Victor Hugo, entre otros famosos escritores de la época. La estancia, sin embargo, no podría ser larga: al año siguiente moría su madre, y él regresaba a Madrid. Cuando años después falleciera también su padre, sin haberse reconciliado con él, el poeta escribió un amargo y desgarrado lamento: 

"Mis padres mueren sin llamarme en su última hora ¡Dios me deja en la tierra sin el último abrazo y sin la bendición de mis padres! ¿Qué le he hecho yo a Dios? ¿Están malditos mis pobres versos?" 

En 1851 volvía a París y conocía a Leila, una mujer con la que inició una apasionada relación que proclamó repetidamente en verso y en prosa. “Te quiero, Leila mía, con tal exceso que te diera mi vida…” 

Viajó a Londres y en 1854 a México, donde habría de permanecer hasta 1866. Su vida sufrió numerosos altibajos durante esos años, en los que también visitó Cuba. Contó con la amistad y la estima del emperador Maximiliano. De él recibió Zorrilla el encargo de fundar un Teatro Nacional. Para prepararlo volvió a España, pero mientras tanto el emperador, combatido por gran parte de la opinión mexicana y sobre todo por Benito Juárez, fue derrotado y fusilado en Querétaro, con sus generales Miramón y Mejía, en 1867. Zorrilla lamentó el desenlace y ya no regresó a México. 

Cocina de la casa de Zorrilla en Valladolid

Era enormemente famoso y reconocido por los españoles, pero siempre anduvo apurado de dinero. Sus obras, vendidas por muy poco, enriquecían a empresarios o editores. Él tenía que dar recitales para salir adelante, y se vio obligado a aceptar una comisión gubernamental en Roma. Es cierto que recibió una pensión, pero llegó demasiado tarde. 

Los grandes honores, en cambio, nunca se le escatimaron. Entre los muchos que obtuvo, cabe destacar su nombramiento como cronista de Valladolid y su coronación como poeta nacional en Granada

En 1869 se casó por segunda vez, con la actriz Juana Pacheco, una hermosa joven de veinte años que lo apoyó infatigablemente y se mantuvo fiel hasta el fin de sus días. 

La vida de Zorrilla se prolongó mucho más de lo que era frecuente durante su época; fue “excepcionalmente larga para un romántico”. Murió en Madrid, en la última casa de la calle de Hortaleza, esquina a Santa Teresa, el 23 de enero de 1893, a consecuencia de un tumor cerebral que habían intentado extirparle. Tres años más tarde, en cumplimiento de su última voluntad, sus restos fueron trasladados a Valladolid. El cuerpo del poeta se veló en la Real Academia Española, en la que ocupaba el sillón L desde 1882. 

José Zorrilla

Pero yo, que he pasado entre ilusiones, 
Sueños de oro y de luz, mi dulce vida, 
No os dejaré dormir en los salones 
Donde al placer la soledad convida; 
Ni esperar revolviendo los tizones 
El yerto amigo o la falaz querida, 
Sin que más esperanza os alimente 
Que ir contando las horas tristemente. 

Los que vivís de alcázares señores, 
Venid, yo halagaré vuestra pereza; 
Niñas hermosas que morís de amores, 
Venid, yo encantaré vuestra belleza; 
Viejos, que idolatráis vuestros mayores, 
Venid, yo os contaré vuestra grandeza; 
Venid a oír en dulces armonías 
Las sabrosas historias de otros días. 

Yo soy el Trovador que vaga errante:
Si son de vuestro parque estos linderos,
No me dejéis pasar, mandad que cante;
Que yo sé de los bravos caballeros
La dama ingrata y la cautiva amante,
La cita oculta y los combates fieros
Con que a cabo llevaron sus empresas
Por hermosas esclavas y princesas. 

(Cantos del Trovador – José Zorrilla)

viernes, 17 de febrero de 2012

Caterina Cornaro, Reina de Chipre (II)

Caterina Cornaro

Venecia envió a Chipre a dos consejeros de confianza, en apariencia como observadores, pero con la verdadera misión de tomar las riendas del gobierno. La reina se alegró de recibir ayuda en esos momentos, absorbida como estaba en la crianza de su hijo. Pero otra inmensa pena la aguardaba: el niño apenas había cumplido un año cuando una enfermedad se lo arrebató. La dolencia resultó sumamente sospechosa para algunos, pero lo cierto es que el pequeño siempre había sido enfermizo y enclenque. 

Los senadores venecianos enviaron a los padres de la desconsolada Caterina para confortarla. Mientras tanto ordenaban que la madre, la hermana y el hijo bastardo de Jacobo II fueran enviados a Venecia para asegurarse de que no causaban dificultades. 

Por entonces estaba en marcha una nueva conspiración por parte de los partidarios de Carlota de Lusignan, que procuraba, tanto en Roma como en Rodas o incluso en El Cairo, ganar partidarios para su causa. Fernando de Nápoles había despachado a uno de sus hombres hacia Egipto. Sin embargo el gobierno de Venecia recibió la advertencia y logró interceptar al enviado, Rizzo di Mario, que fue trasladado a Venecia y condenado a muerte. El sultán, en buenos términos con Rizzo desde los tiempos en que éste había sido embajador en su corte, intercedió por él y trató de presionar a la Serenísima, pero todo fue en vano: el conspirador fue estrangulado en prisión. La versión oficial que se hizo llegar a Egipto fue que, desesperado, Rizzo había ingerido un veneno que le causó la muerte. 


Mientras tanto Caterina seguía siendo la gobernante nominal de Chipre. El sultán trataba de recuperar su influencia sobre la isla, que había sido un Estado tributario suyo, y procuraba atraerse a la reina con regalos: sillas de montar doradas, vestidos de oro forrados de armiño, piezas de porcelana o madera de áloe; pero la reina no tenía ninguna intención de entregar la isla a los egipcios. Poco a poco, era la República de Venecia la que iba ganando dominio sobre Chipre, hasta alcanzar un poder absoluto. 

La situación era intolerable para la reina. Caterina dirigía cartas al Dux quejándose de la insultante conducta y la persecución a la que la sometían sus enviados, tanto a su padre como a ella misma; entraban en su cámara sin ningún respeto ni reverencia y la molestaban constantemente en su propio palacio. 

Al cabo de unos años, cuando los venecianos estimaron que había llegado el momento oportuno de pasar a la acción, ganaron para su causa al hermano de Caterina, Giorgio Cornaro, y lo enviaron para convencerla de que abdicara a favor de Venecia. Con él despacharon al general Diedo, con instrucciones de conseguir que la reina subiera discretamente a bordo de una galera. 

Ahora que Carlota de Lusignan había fallecido en Roma, Caterina se libraba de un temible enemigo. Sin embargo, lejos de encontrar al fin el camino despejado, debía renunciar a la Corona. Tras largas negociaciones, la reina cedió. Su hermano había llegado en octubre de 1488, pero hasta el 26 de febrero del año siguiente no ondearon los estandartes de San Marcos sobre los castillos de Chipre. 

Sarcófago de la reina Carlota en la cripta de San Pedro del Vaticano. La imagen es cortesía de Isabel Barceló Chico

En mayo abandonaba Nicosia vestida de negro y con los ojos arrasados en lágrimas, acompañada por sus damas y por los barones del reino. Montó sobre su caballo mientras seis caballeros le sujetaban las riendas, y de ese modo partió hacia la costa. Se envió de inmediato una embajada al sultán para comunicarle que el acontecimiento había tenido lugar “con la plena y libre determinación de nuestra serenísima y muy amada hija Caterina Cornaro”. 

Se organizaron magníficas fiestas y ceremonias en honor de la reina, y cuando terminaron las celebraciones toda la población se agrupó en la orilla para verla partir en el magnífico barco que había enviado el Dux. Caterina regresaba a casa dejando atrás cuanto un día había poseído. 

Innumerables barcas y góndolas alegremente decoradas acudieron a recibirla, con todos los nobles de la ciudad y las damas vistiendo sus mejores galas. Las trompetas anunciaron su llegada, los cañones dispararon sus salvas. Todos los palacios aparecían ricamente adornados; en cada balcón se veían flores y vistosas colgaduras. Caterina era vitoreada al pasar en solemne procesión hacia el palacio del duque de Ferrara, dispuesto para la recepción. 


A la depuesta reina se le permitió retener su título y se le concedió una generosa pensión anual, además de las tierras y el castillo de Asolo, del que tomó posesión el domingo 11 de octubre, de nuevo con gran pompa. Las crónicas nos cuentan que avanzaba entre aclamaciones hasta la iglesia bajo un palio de oro que sujetaban cuatro nobles. Tras la misa solemne, la procesión atravesó la pintoresca ciudad medieval en dirección al castillo de la colina, desde el que se divisaban las soleadas llanuras de Brenta y los Alpes a lo lejos. En este paraíso Caterina iba a vivir con un séquito de cuatro mil personas, rodeada de lujo y esplendor. Había traído consigo a su capellán de Chipre, y tenía a su lado a un médico alemán, a un bufón, a su secretario, numerosos pajes y damas de compañía. 

Caterina gobernó Asolo con gran eficacia. En aquella corte de juguete se sucedían los torneos, los bailes, las fiestas a la luz de la luna, las cacerías y toda clase de diversiones con las que mantenerla entretenida y hacerla olvidar que ahora llevaba un título vacío. Llegaban visitantes de todos los confines de Europa, atraídos por la curiosidad de conocer ese alegre lugar, y todos eran recibidos con magnificencia: Teodoro de Aragón, Pandolfo Malatesta, la duquesa de Urbino y la de Milán se encontraron entre sus huéspedes. Caterina era el centro de una corte intelectual de artistas del Renacimiento en la que Pietro Bembo y el pintor Gentile Bellini eran dos de los personajes mas distinguidos. 

Le gustaba la jardinería, y su mansión de verano en la llanura estaba llena de flores traídas de oriente. Pero en medio de sus diversiones no olvidaba sus deberes, y se aplicó a gobernar sus tierras con prudencia. Impartía justicia y fundó un hospital y otras instituciones benéficas, entre ellas un monte de piedad para ayudar a los necesitados. 

Caterina Cornaro retratada por Bellini

Durante casi veinte años la depuesta reina de Chipre pasó su vida en esta suntuosa Arcadia, hasta que los rumores de una próxima guerra la obligaron a refugiarse en Venecia. El Papa Julio II había formado una liga contra los venecianos, una alianza a la que había atraído al emperador Maximiliano y a los reyes de Francia y España. Era la Liga de Cambrai, que derrotó a Venecia en Aignadella. 

Mientras la guerra seguía su curso, Caterina enfermaba y fallecía el 10 de julio de 1510. Su último deseo fue ser enterrada con el hábito franciscano. 

La República de Venecia le organizó un magnífico funeral. Un largo cortejo de góndolas cruzó el Gran Canal desde el palacio Cornaro mientras una multitud de ciudadanos desfilaba portando antorchas. Sobre el féretro de Caterina se colocó la corona de Chipre, un tributo que le había sido negado en vida. 

El día 11 el cuerpo de la reina era trasladado a la capilla Cornaro, en la iglesia de los Santos Apóstoles. Cuando recibía sepultura se desencadenó una terrible tormenta con fuertes vientos, algo que fue recordado en Venecia durante mucho tiempo. 


Posteriormente sus restos fueron conducidos a la iglesia de San Salvador, donde se erigió una tumba en su memoria en la derecha del transepto. El bajorrelieve representa a Caterina entregando la corona al Dux. Chipre, en efecto, había pasado a ser una colonia de la República de Venecia hasta que los otomanos la conquistaron en 1571. En cuanto a la ciudad de Asolo, pasó a formar parte del reino de Italia en 1866.

En 1844 la vida de Caterina Cornaro sirvió de inspiración a Donizetti para componer la ópera que lleva su nombre.