miércoles, 28 de septiembre de 2011

Inglaterra Isabelina


“Eran expresivos y elocuentes, ostentosos y amantes del placer, no industriosos ni trabajadores, sino osados y llenos de confianza, sin ningún miedo a la muerte, amantes del cambio y, sobre todo, apasionados”. (A. L. Rowse) 

En efecto, algunos de los rasgos predominantes de los habitantes de la Inglaterra isabelina fueron la vitalidad llevada hasta el extremo, así como el gusto por la acción, el riesgo y el juego. Pero se les pueden atribuir igualmente otras características menos amables: eran violentos, incluso sanguinarios. En todas las clases sociales la embriaguez era frecuente, y motivo de sangrientas refriegas. El duelo no estaba limitado por las leyes, y las querellas solían terminar en asesinatos. Los torneos caballerescos no abundaban, porque los espectáculos que más complacían tanto a la nobleza como al pueblo eran las batallas a muerte entre osos y perros, las peleas de gallos y también las ejecuciones. 

Esta última diversión se proporcionaba con auténtica prodigalidad y con “insólito lujo de barbarie”, en palabras de Chastenet. En cada ciudad, prácticamente no transcurría un mes sin que se ahorcara a un malhechor, se quemara a una bruja, se torturara a un sacerdote católico refractario o se sometiese a suplicio a un puritano que se obstinara en sostener que los ministros del culto no debían llevar sobrepelliz. Se alababa el arte del verdugo que sabía colgar al condenado por alta traición, separarlo de la cuerda antes de morir, castrarlo, abrirle el vientre sin matarlo y dividirle en partes los intestinos mientras aún respiraba. Cuando el ejecutor sacaba en su mano el corazón palpitante del ajusticiado, era saludado con estremecedores vítores por la multitud. 

Ejecución de María Estuardo

Eran tiempos en los que la vida no valía nada. Apenas regresar de una lejana expedición en cuyo curso habían atravesado los mayores peligros, capitanes aventureros como Hawkins o Drake solo pensaban en salir cuanto antes a afrontar nuevos riesgos. Ellos mismos eran implacables negreros y no vacilaban, si topaban con resistencia, en colgar de las entenas a los tripulantes de los galeones españoles, de los que se apoderaban por actos de piratería. 

La reina, con su relativa benignidad, es casi una excepción. De ella casi podría repetirse lo que se dijo de su abuelo Enrique VII: “Hacía cortar pocas cabezas y las elegía discretamente”. Pero también Isabel se complacía aún más en las peleas entre perros y osos que en las representaciones teatrales, y ello aunque los autores de la época se llamasen Shakespeare y Marlowe. 

Lo curioso es que la brutalidad de costumbres corría pareja con una cultura refinada. Muchos mercaderes, artesanos e incluso aldeanos compraban libros. Las baladas populares ponían cierto género de poesías al alcance de los más humildes, y no eran escasas las gentes rurales que entendían perfectamente las alusiones históricas o mitológicas. 


Aunque ciertos señores, como Leicester, poseían importantes colecciones de cuadros, la curiosidad por las artes plásticas seguía siendo mediocre. Inglaterra apenas contaba entonces con pintores o escultores de primera categoría. Sin embargo, los muros de los salones estaban frecuentemente decorados con frescos, y en joyería se producían verdaderas obras de arte. Músicos y cantantes eran tenidos en la más alta estima. En muchas moradas burguesas podían encontrarse clavicordios, y en las cabañas había a veces un rabel o una viola junto al umbral. 

En los diseños de las casas abundaban las estructuras en forma de H y de E, seguramente como homenaje a Enrique VIII (Henry) y a Isabel (Elizabeth). Se prestaba más atención al confort y se construían en torno a un patio interior. En las construcciones nuevas, a base de madera y piedra o piedra y ladrillo, la característica dominante es la importancia dada a las ventanas. Hay jardines inspirados en modelos italianos, aunque no tarda en dárseles un carácter propio con profusión de laberintos y parterres, y, sobre todo, con macizos tallados en forma de animales, personajes fabulosos e incluso seres humanos. En algunos de los jardines isabelinos los principales dignatarios de la Corte figuran recortados en plantas. 

La moda en el vestir se inspira en principio en modelos ofrecidos por Francia e Italia, pero exagera su amplitud. Las gorgueras son más gruesas, los jubones más reforrados, los calzones más henchidos, los verdugados más desmesurados, los colores más llamativos y los joyeles diseminados con más abundancia. Un contemporáneo escribió: “Cuesta menos tiempo aparejar un navío que una dama”. Y hasta es posible que requiriera aún más tiempo aderezar a un caballero, porque además había que cortarle bigotes y barbas, teñirlos y peinarlos, endurecerlos con cosméticos y perfumarlos con almizcle o alcanfor, disponiéndolos finalmente según los gustos y la edad. Los estilos eran diversos: “a lo soldado”, “a lo marqués Otto” o “a lo Inamorato”. Pasaban mucho tiempo cuidando el cabello, algo tan fundamental que cuando se quedaban calvos recurrían a las pelucas para continuar con las modas. 


Durante las cacerías se marcaban tendencias: a menudo llegaba un noble vistiendo alguna novedad que quienes le rodeaban querrían imitar. Las mujeres se esforzaban por lucir una cintura muy fina, y, en cuanto al calzado, los zapatos no eran importantes, puesto que quedaban totalmente cubiertos por el vestido. Los caballeros, en cambio, llevaban elegantes zapatos hechos de cuero. Más tarde, bien entrada la era, llevaron también unas capas que se sujetaban por un crucifijo y una cadena. 

El lujo en la vestimenta no era privilegio de la aristocracia. No había mercader próspero que no se engalanara con birrete empenachado, cadena de oro al cuello y medias de seda. Las mujeres de los artesanos lucían los domingos sombrero de terciopelo y gorguera de encaje. Las aldeanas acomodadas, para ir al mercado, se adornaban con toca de tafetán, cuello almidonado y pantuflas bordadas. 

Dentro de la nobleza, la mayoría de los antiguos linajes eran católicos, mientras que la nueva aristocracia era protestante. Las clases altas estaban exentas del juramento de obediencia a la Iglesia de Inglaterra, y eran muchas las familias católicas que tenían capellanes privados. 


Los cargos y honores salían caros. Conseguir un puesto de embajador, por ejemplo, conllevaba un desembolso desorbitado, puesto que se esperaba de un embajador que mantuviera con sus propios medios un séquito de cien personas. Pero el honor más caro de todos era recibir a la reina en casa. A Isabel le encantaba alojarse en las residencias de sus nobles. Para ella era un modo barato de viajar y permanecer siempre en contacto con sus súbditos. La visita resultaba tan onerosa que muchos declinaban el honor por miedo a arruinarse. 

El desayuno era apenas un aperitivo. En la corte solía consistir en un poco de pan y cerveza que los servidores traían mientras procedían a vestir y perfumar a sus señores. La principal comida del día comenzaba a las 11 y duraba tres horas. Era frecuente que los caballeros comieran fuera de casa, en un “ordinary”, es decir, una especie de taberna que servía los platos por un precio fijo, pero también podían comprar las comidas en tiendas especializadas y llevárselas a casa. Luego había una colación más frugal a las seis de la tarde. Las gentes humildes comían a mediodía y cenaban a las 7 o las 8. 

Había pocas sillas, y solían usarse cofres y taburetes para sentarse. La elaboración de las camas alcanzó un gran avance durante este periodo, y aparecieron los colchones de plumas sustituyendo a los de paja. 


El baile era una actividad popular. Se bailaba generalmente por parejas, y las danzas diferían de acuerdo con la clase social de los bailarines. Algunas de las practicadas en la corte eran la Volta y la Pavana. 

Las representaciones teatrales tenían lugar originalmente en los patios de las posadas, puesto que el primer teatro público de Londres no se construyó hasta 1576. En cuanto al deporte y los juegos, también tenían un papel destacado en la época isabelina. Se jugaba al ajedrez y a los dados, y había una gran variedad de juegos de naipes. En aquel tiempo era inaudito que un hombre no supiera jugar al tenis o a los bolos, e imperdonable que no fuera diestro en el manejo del arco o fuese un mal cazador. El tenis era un deporte respetable que podía jugarse con raqueta o con la mano, pero la gente del pueblo prefería el fútbol. Si no había un campo apropiado, las calles servían igualmente para jugar un partido. 



Bibliografía: 
The Elizabethan Renaissance – Alfred Leslie Rowse 
Isabel I – Jacques Chastenet

lunes, 26 de septiembre de 2011

La coronación de Isabel de Baviera

Entrada de Isabel de Baviera en París

Toda la familia real, a excepción del propio rey, tomaba parte en el cortejo formado a primera hora de la mañana en el exterior de la iglesia de Saint-Denis. Mil doscientos burgueses, seleccionados entre los más importantes de la ciudad, tomaban posiciones vestidos con ricas túnicas de seda verde y carmesí. La reina Isabeau iba en una litera suntuosamente decorada a cuyos costados cabalgaban los duques de Berry, Borgoña, Turena y Borbón. Valentina Visconti y Juana de Berry montaban sobre palafrenes ricamente engualdrados. 

El motivo de que el rey no fuera con ellos era que a su carácter caprichoso le resultó más divertido disfrazarse y unirse a la multitud para presenciar de incógnito el espectáculo que iba a desarrollarse en las calles. Carlos VI disfrutó de su escapada, aunque le costara recibir algunos estacazos en la espalda, propinados por los funcionarios armados de garrotes y encargados de mantener el orden, pues no le reconocieron. 

El cortejo pasó la primera puerta de Saint-Denis y entró en las estrechas calles de París, cuyas casas estaban engalanadas con tapices y ricas telas. El rey había proyectado personalmente el decorado para aquella puerta. Consistía en una tela representando el cielo con muchas estrellas en lo alto, protegiendo a niños vestidos de ángeles que rodeaban, cantando, una imagen de la Virgen con el Niño Jesús. Más adelante, en otro cielo estaba la Santísima Trinidad, y cuando la reina pasó bajo él descendieron dos ángeles que llevaban una corona de oro y pedrería para ponerla sobre su cabeza. 


En varios tinglados erigidos a lo largo del camino actuaban comediantes, juglares y titiriteros. La reina tenía que detenerse a presenciar los breves dramas y pantomimas. El más sorprendente de los espectáculos fue cuando un acróbata apareció a través de un desgarrón en la seda azul constelada de estrellas de oro. Con dos cirios encendidos en las manos y cantando mientras avanzaba, desafió al peligro caminando lentamente sobre una maroma tendida entre la torre más elevada de Notre-Dame y la casa más alta sobre el puente. 

Cuando al fin la reina entró en la catedral, el obispo de París colocó sobre su cabeza una corona aún más rica, recibiendo a cambio la ofrecida por los ángeles. 

Desde allí no había más que unos pasos hasta el palacio real en la Isla de la Cité, utilizado por los Valois solo para ceremonias oficiales. El rey la aguardaba en palacio para felicitarla antes de retirarse a sus aposentos. 


A la mañana siguiente la reina sería ungida en una misa mayor en Notre-Dame, después de lo cual hubo en palacio un banquete servido sobre una inmensa mesa de mármol. A continuación la corte se trasladó a la residencia favorita de los reyes, llamada Hotel de Saint-Pol. Esta residencia ocupaba un vasto espacio de tierra entre el actual Quai des Célestins y el bulevar de San Antonio. Estaba formado por varias casas muy pequeñas que Carlos V había comprado con los jardines, agrandándolos y cercándolos. La residencia tenía numerosas habitaciones, capillas, patios, galerías y jardines llenos de flores y frutas, huerto de cerezos, un gran viñedo, fuentes e incluso un pequeño parque zoológico en el que había leones. También contaba con establos y casas de baños —no tan poco frecuentes entonces como se supone habitualmente— alimentadas por las aguas del Sena. 

La ceremonia municipal más importante tuvo lugar al día siguiente. A las 12 de la mañana una diputación de los burgueses de París, todos vestidos igual, llegó al Hotel de Saint-Pol llevando costosos regalos de oro y plata para el rey, la reina y Valentina. Habían sido transportados por las calles en parihuelas, a fin de que todo el mundo pudiera verlos. El rey dio las gracias, cortés y brevemente. No pareció mostrar especial interés por lo que pudo haber costado al pueblo honrarle de aquel modo. Siete años antes, con ocasión de su coronación, se obligó a sus súbditos a pagar tanto para las fiestas que el pueblo se sublevó. Pero ahora volvían a pagar y lo hacían sin protestar. Se debía a su esperanza de que la joven reina, emocionada por la acogida, utilizara su influencia cuando naciera el hijo que esperaba para reducir o aliviar alguno de los impuestos. El pueblo aún no sabía cuán poco significaba para ella. 


Tan pronto como terminaron las fiestas, los reyes abandonaron París con todo su séquito para acudir a las justas con las que darían por finalizadas las celebraciones. El impuesto sobre la sal aumentaría por real decreto y los heraldos anunciarían que el uso de ciertas monedas de plata de bajo valor quedaba terminantemente prohibido, bajo pena de muerte. El resultado fue que durante algún tiempo la gente más pobre, carente de otra moneda, ni siquiera pudo comprar el pan de cada día. 


Bibliografía: 
Charles of Orleans, Prince and Poet – Enid Mcleod


sábado, 24 de septiembre de 2011

La familia de Carlos VI

Carlos VI

En la mañana del domingo 22 de agosto de 1389, el pueblo de París acudía a contemplar lo que prometía ser un desfile de singular esplendor. El joven rey Carlos VI, de 21 años, llevaba varios meses preparando el espectáculo. El motivo era celebrar la solemne entrada en la capital de su reina, Isabel de Baviera, Isabeau, que sería entonces coronada en la catedral de Notre-Dame. 

Isabeau había llegado cuatro años antes a Francia, desde la casa de su padre el duque Esteban de Baviera, para casarse con el rey. A su llegada contaba tan solo 14 años, y desde entonces había dado a su esposo dos hijos, ambos fallecidos en la infancia. Durante ese tiempo visitó con frecuencia París, pero nunca de modo oficial. Tal vez no parecía este el momento más adecuado para someter a la reina a tan agotadora ceremonia, puesto que le faltaban tres meses para dar a luz de nuevo. Sin embargo, pese a tanto ajetreo, esta vez traería al mundo un hijo destinado a vivir. 

Los festejos iban a servir al mismo tiempo para celebrar el matrimonio del hermano del rey, Luis, duque de Turena, conde de Valois y Beaumont y futuro duque de Orleáns. El joven príncipe se había casado cinco días antes con Valentina Visconti, hija de Juan Galeazzo, Señor de Pavía y duque de Milán. 

Valentina Visconti

El rey quería mucho a su hermano. Según la escritora Christine de Pisan, que los conocía bien, ambos eran gallardos, audaces, temerarios, generosos, amantes de los placeres y guapos, especialmente Luis. El carácter del menor era más complejo que el del rey. Le gustaban toda clase de juegos, sobre todo el ajedrez, los dados y el tenis. Era un jugador empedernido que hacía apuestas muy altas, por lo que muchas veces se encontraba debiendo fuertes sumas. Al mismo tiempo se trataba de un hombre de una gran cultura, disfrutaba con su biblioteca y con el trato de los poetas y de los músicos. Él mismo fue un buen poeta, aunque no alcanzó la gloria que tuvo posteriormente su hijo, Carlos de Orleáns. Devoto y caritativo por naturaleza, se preocupaba por los pobres y los enfermos. No carecía de ambiciones políticas, aunque en este momento, con tan solo 17 años, aún no habían comenzado a desatarse en él. 

Su esposa tenía dos años más. Valentina había pasado toda su vida en el castillo de su padre en Pavía, una de las cortes más brillantes de Italia. Juan Galeazzo era un gobernante cruel y ambicioso, pero también un enamorado de las artes y las letras. El duque formó una impresionante biblioteca en la que Valentina adquirió gran afición a la lectura. Su madre, la princesa Isabel de Francia, hermana de Carlos V, murió cuando ella tenía dos años, y su padre había vuelto a casarse, por lo que la niña fue educada por su abuela Blanca de Saboya, gran señora, amable e inteligente. Fue seguramente en buena medida debido a su influencia por lo que Valentina se convirtió en una joven sencilla y modesta, noble, generosa y compasiva, amante de la justicia y profundamente leal. Una de sus divisas predilectas era “Loyauté passe tout” (la lealtad ante todo). 

Christine de Pisan y la reina Isabeau

Isabeau era también medio Visconti por su madre, y se decía que Juan Galeazzo había asesinado a su abuelo Bernabé, a la sazón duque de Milán, en la mazmorra en la que lo mantenía prisionero. Bernabé era tío de Galeazzo, y este se aseguraba así la sucesión al ducado. 

Dadas las circunstancias, es probable que hubiera una cierta hostilidad latente entre la reina Isabeau y su cuñada Valentina, pero ninguna nubló la atmósfera de aquella mañana de verano en que las dos jóvenes se preparaban para la semana de fiestas. 

Tres de los tíos del rey les acompañaban. El mayor, y el más afectuoso, era Luis II, duque de Borbón, tío materno. Había ayudado a educar a sus sobrinos a la muerte de su padre, y permanecería como uno de sus más firmes valedores. Muy diferentes eran los tíos paternos, los duques de Berry y Borgoña, quienes por las suculentas rentas de las que disfrutaban y por la autoridad que ejercían, eran más ricos y poderosos que el rey. 

Luis II de Borbón

Juan, duque de Berry, a sus 49 años era el mayor de los dos. Sentía una devoradora pasión por las obras de arte y por los bellos objetos. Una de sus joyas más famosas era el exquisito manuscrito Les Très Riches Heures du Duc de Berry, libro de horas que los hermanos Limbourg habían iluminado. Continuamente enviaba servidores a Oriente en busca de piedras preciosas, y también poseía una colección de reliquias religiosas, entre ellas una de las manos de Santo Tomás, la que se decía que había tocado las heridas de Cristo resucitado. Aunque bastante bondadoso por temperamento, su avidez era tal que le impulsaba a exprimir cruelmente a sus vasallos del Languedoc para obtener el dinero con el que comprar obras de arte. Era también lo bastante ambicioso para no desear quedarse al margen de los puestos de importancia, por lo que desempeñaba un papel principal en la política. Sin embargo, en estos días no pensaba en nada más que en su jovencísima segunda esposa, Juana de Bolonia, con la que acababa de casarse y de la que estaba profundamente enamorado. 

Felipe de Borgoña

Felipe, duque de Borgoña, era dos años menor que su hermano. Como toda su estirpe era también gran protector de las artes y un coleccionista de cosas bellas. Pero más que el arte amaba la política y el poder. Su sobrenombre de “el Atrevido” se debía no a su valor, aunque fuese hombre de gran temple, sino a sus procedimientos audaces y arrogantes. En las intrigas en las que constantemente enredó al reino tuvo por cómplice eficaz a su esposa, Margarita, a la que debía los señoríos de Flandes, Artois y otros territorios en la frontera que le convertían en un poderoso rival para el rey de Francia.



(El próximo día continuaremos con la coronación de Isabel de Baviera)

Premio Fidelitas


Monsieur Pedro de Mingo, desde la brillante España Eterna, ha sido tan gentil de elegir a este blog como uno de los galardonados por el premio Fidelitas. Quiero agradecer públicamente a monsieur su gesto, y al mismo tiempo disculparme nuevamente con él y con todos ustedes porque, a pesar del nombre del galardón, últimamente he sido pelín infiel. Asuntos importantes y poco gratos me han tenido apartada en los últimos meses, pero muy especialmente en las últimas semanas. 

Finalmente, desaparecidos ya los obstáculos que me mantenían alejada del tablero, parto con Proust en busca del tiempo perdido y espero ir recuperándolo poco a poco.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Lance en la Corte de Isabel la Católica


El almirante Alfonso Enríquez, primo del rey, tenía un hijo que en 1481 protagonizó un altercado en Valladolid. Su rival era Ramiro Núñez de Guzmán, Señor de Toral de los Vados y tronco de la ilustre Casa de los duques de Medina de las Torres. El lance en el que ambos se vieron envueltos hizo mucho ruido y dio origen a varios cantares que sonaron durante mucho tiempo por tierras castellanas. 

Ramiro cortejaba a una de las damas de la reina. Una noche en la que hablaba con ella en la antecámara repleta de cortesanos, entró Fadrique Enríquez, que cortejaba a otra dama, y pidió paso para acomodarse a su gusto junto a su enamorada. Empleó para ello palabras ofensivas que el otro no entendió bien por ser algo duro de oído, pero que sus amigos se encargaron de repetirle. Ambos jóvenes, que rondaban los veinte años, comenzaron así una acalorada discusión en el transcurso de la cual profirieron amenazas que presagiaban un próximo enfrentamiento. 

Garcilaso de la Vega, camarero de la reina, fue a contarle a Isabel lo que sucedía para que el lance no pasara de ese punto. Se tomaron entonces las medidas oportunas: el Consejo Real ordenó que permanecieran arrestados en sus domicilios hasta sustanciarse la querella por injurias que a este órgano correspondía fallar, por tratarse de miembros de la nobleza. 


Isabel intentó que ambos se reconciliasen. “Embióles à mandar, que de dicho ni de fecho no inovasen el uno contra el otro cosa alguna, porque ella lo mandaría remediar por justicia; e puso treguas entre ellos, las quales mandó que guardasen so ciertas penas”. 

La reconciliación no tuvo éxito. Fadrique se resentía en su orgullo por tener que someterse a la justicia, y no estaba dispuesto a dejar así las cosas. Se había ausentado para que no le fueran notificados los mandatos de la reina, y tener así la excusa para ignorarlos. Entonces Isabel, para evitar el enfrentamiento, concedió a Ramiro Núñez un seguro real que le convertía en persona inviolable

La nueva medida no sirvió de mucho: poco después Isabel recibía aviso de que en la plaza Mayor de Valladolid unos jinetes enmascarados, entre los que según todos los indicios se encontraba el hijo del almirante, apaleaban a Ramiro dejándole malherido y después se dieron a la fuga. Isabel, al sospechar que el agresor se había refugiado en el castillo de Simancas, por hallarse la guarnición a las órdenes de su padre, “montando al mismo tiempo en justa cólera y a caballo”, cabalgó bajo un fuerte aguacero, “e como se sopo por la corte que la reyna iba sola, luego todos los capitanes de su guarda cavalgaron, e fueron corriendo hasta que la alcanzaron”. De ese modo, acompañada de tan reducida escolta, se presentó ante las puertas de la fortaleza. 

Castillo de Simancas

—Almirante, dadme luego a Don Fadrique vuestro fijo para facer justicia dél, porque quebrantó mi seguro —demandó. 

—Señora, no le tengo, ni sé dónde está. 

—Pues no me podéis entregar vuestro fijo, entregadme esta fortaleza de Simancas, é la fortaleza de Rioseco. 

—Señora, pláceme de buena voluntad entregaros estas fortalezas é todas las otras que tengo. 

Luego el almirante llamó al alcaide, y en presencia de la reina mandó que se entregase el castillo a quien ella ordenase. Isabel hizo salir a todos los hombres del almirante y designó al capitán Alonso de Fonseca para tomar posesión de la fortaleza y registrarla en busca de Fadrique. El joven, en efecto, estaba allí, pero tan bien escondido que no pudieron encontrarle. 

La reina cayó enferma de agotamiento y se vio obligada a guardar cama. Cuando alguien le preguntó por el motivo de su enfermedad, ella respondió: 

—Duéleme el cuerpo de los palos que Don Fadrique dio ayer contra mi seguro. 


Isabel continuaba muy enojada por aquel episodio, decidida a conseguir que todo el mundo entendiese con qué respeto se habían de atender las salvaguardas y seguros de los reyes. El almirante consultó con su familia y todos estuvieron de acuerdo en que no había más remedio que entregar a Fadrique, así que, para evitar males mayores, persuadió a su hijo de que se presentara ante Isabel y solicitara su perdón. Encargó el cometido de acompañarlo al condestable, tío materno del joven, quien lo llevó a palacio y solicitó audiencia con la reina. Esta recibió únicamente al condestable. 

“El condestable dixo a la reyna cómo ponía a su disposición á su sobrino para que dispusiese de él como fuese servida, que bien conocía havia sido su desacato grande; pero que la suplicaba pusiese la consideración en que los yerros de los mozos eran en algún modo excusables por su edad y poco conocimiento; y asi havia de templar la pena que tan justamente merecía su sobrino conforme à la grandeza de Su Magestad. Esto obligó a la reyna a usar de templanza, y para evitar mayores lances, conociendo el pundonor de Ramiro Núñez de Guzmán y sus parientes, embió a Don Fadrique preso con un Alcalde de Corte a la fortaleza de Arevalo, y mandó lo llevasen públicamente por la plaza de Valladolid, como lo executó el Alcalde, entregandole al de la fortaleza de Arevalo, que le puso en una prisión muy estrecha, sin permitir que nadie le viese…” 

Ramiro Núñez, no contento con la pena impuesta a Fadrique, quiso tomarse la venganza por su mano. Una noche aguardó a que el almirante saliera de palacio tras entrevistarse con los reyes. “Veniendo por una calle en la villa de Medina del Campo, sobrevino este Ramir Núñez con otros quatro de caballo que le guardaban, é fue contra el almirante por le ferir con un palo, é de fecho le injuriara, salvo por algunos homes que le acompañaban que se pusieron delante, e le ocuparon que no le pudo ferir. É por este acometimiento que Ramir Núñez fizo, el Rey e la Reyna mandaron proceder contra él por justicia, é le fueron tomados todos sus bienes é rentas é castillos é fortalezas que tenía en el Reyno de León é de Castilla, y él se fuyó, é se fue para el Reyno de Portogal”. 

Doña Ana de Cabrera, condesa de Módica

Posteriormente, como Fadrique era primo del rey, se le conmutó la pena de prisión en Arévalo por la de destierro. El joven pasaría varios años en Sicilia, de donde regresó casado con una dama del lugar, Doña Ana de Cabrera, condesa de Módica, joven cuya mano había sido muy disputada. Más tarde, a la muerte del almirante, Fadrique lo sucedió en su cargo. También Ramiro, señor de Toral de los Vados, recobraría el favor real. 

A pesar de su carácter impetuoso, ambos jóvenes gustaban de otras ocupaciones menos belicosas: eran muy aficionados a las letras; Fadrique, quien recibió el sobrenombre de “el Sabio”, componía versos y Ramiro escribió en buen latín la historia del Cid. En 1496 Fadrique fue el encargado de llevar a Juana a Flandes para contraer matrimonio con Felipe el Hermoso, así como de traer a Castilla a la princesa Margarita, futura esposa del príncipe don Juan. Fue también el padrino de la boda de Juana y Felipe. 



Bibliografía: 
Crónica de los Señores Reyes Católicos… - Hernando del Pulgar 
Isabel la Católica –Luis Suárez 
Synopsis Historica Chronológica de España - Juan de Ferreras

martes, 20 de septiembre de 2011

La infancia del Príncipe Negro

Woodstock

La reina de Inglaterra, Felipa de Hainaut, daba a luz la mañana del 15 de junio de 1330, en la residencia de Woodstock, oculta entre los bosques de los alrededores de Oxford. La joven madre está a punto de cumplir 16 años. El padre, el rey Eduardo III, no ha cumplido 18. 

Dada la juventud del monarca, Inglaterra se encontraba en realidad en manos de la reina madre, Isabel de Francia, y de su amante, el galés Sir Roger Mortimer; pero ahora Eduardo consideró llegado el momento de librarse del yugo materno y reinar en solitario. Los rumores decían que Isabel esperaba un hijo de su amante. ¿Acaso no podría pretender el ambicioso Mortimer casarse con la reina y sentar a su propio hijo en el trono? 

Eduardo no le daría la oportunidad. El 19 de octubre detuvo al galés en el castillo de Nottingham y le hizo ahorcar en Londres al mes siguiente. Loca de dolor, Isabel se alejó de la corte durante un tiempo. El rey rechazó su tutela en adelante, pero le dejó numerosas posesiones, la invitaba a Windsor, a Westminster y pasaban juntos con frecuencia las fiestas de Navidad en Castle Rising. El primogénito, a quien se impuso el nombre de su padre, no mostrará más que deferencia y admiración hacia esta abuela un poco misteriosa y aún muy bella. 

Castle Rising

El niño llevaba una vida apacible y era mimado por su madre, quien, contrariamente a las costumbres de la corte, amamantaba a su hijo. El pequeño Eduardo no contaba aún un año cuando estuvo a punto de quedarse huérfano. Con motivo de la visita que hizo a Londres su abuela materna, Juana de Valois, el rey organizó un festival de justas y torneos. Tales espectáculos, muy populares, iban precedidos de desfiles en los que todos, desde el artesano más humilde hasta el propio soberano, se disfrazaban. Juglares, acróbatas y prestidigitadores se mezclaban con los caballeros. De pronto, durante una de estas fiestas, la enorme torre de madera en la que la reina y todas las damas se habían instalado, se vino abajo con terrible estruendo. A pesar de lo aparatoso del accidente, no hubo víctimas, lo que no evitó la cólera del rey. Eduardo III quiso ahorcar de inmediato a los carpinteros que habían construido tan frágil estructura, pero Felipa, siempre clemente, no lo permitió: se abrazó a las rodillas de su esposo para suplicarle que los perdonara, gracia que obtuvo. 

La reina amaba apasionadamente a su marido, detestaba separarse de él y lo seguía lo más posible, incluso a la guerra. Sin embargo, cuando él embarcó el 4 de abril de 1331 en Dover, ella se quedó en Inglaterra con su hijo. El príncipe Eduardo crecía feliz, viviendo la mayor parte del tiempo en Woodstock entre los pavos, los osos y los monos que circulaban libremente por una parte del parque. A los tres años recibió el condado de Chester como patrimonio. 

Dover

El futuro Príncipe Negro aprendió a ser un verdadero caballero. Con escuderos y hombres de armas montaba a caballo, sabía distinguir un halcón de un gerifalte, enseñaba a esas aves encaperuzadas a lanzarse contra las presas, se ejercitaba en el manejo del arco y la lanza y se entrenaba para justas y torneos utilizando el estafermo: montado en un caballo de madera sobre ruedecillas que empujaban otros dos niños, el aprendiz, armado con un palo, debía clavarlo en un muñeco de paja colgado de un poste. Y tras los ejercicios violentos venían los juegos: Eduardo jugaba a adivina quién te dio y a la gallina ciega, muy de moda entonces. En los diferentes castillos que habitaba, por la noche, al lado del fuego de las grandes chimeneas, tenía ocasión de organizar alguna batalla con soldaditos de madera articulados. También escuchaba a un monje de Canterbury que le contaba las aventuras de Lancelot du Lac y del rey Arturo. 

Durante el verano de 1333 los reyes se vieron obligados a acudir a Escocia. Eduardo y su hermana Isabel, nacida el año anterior, quedaron al cuidado de preceptores sin escrúpulos que dilapidaron todo el dinero destinado a la manutención de los niños. Cuando los soberanos regresaron, encontraron a sus hijos mal atendidos, vestidos con andrajos y mal alimentados. Muy contrariados, decidieron no volver a dejarlos solos tanto tiempo. Los llevaron a pasar las fiestas de Navidad a Wallingford, a orillas del Támesis. Luego Felipa fue con ellos a Woodstock, donde dio a luz a su segunda hija, Juana. La reina traería un total de doce hijos al mundo. 

Wallingford

Semanas después del nacimiento de su hermana, Eduardo conoció a su tío abuelo, que traía para él un regalo del abuelo Guillermo de Hainaut: un soberbio casco en el que centelleaban piedras preciosas. Por entonces andaba por la corte Roberto de Artois, quien trataba de persuadir al rey para que atacara a Francia. Se sospechaba que Roberto había envenenado a su tía Mahaut, condesa de Flandes, y también a la hija de esta. Sea como fuere, se había servido de documentos falsos con la esperanza de obtener el condado de Artois, que reivindicaba desde hacía años, pero se descubrió el subterfugio y el fraude le valió el destierro y la confiscación de sus bienes por parte del rey de Francia. El conde de Artois rumiaba su venganza. 

Roberto encontró unos ávidos oídos en el monarca inglés. Eduardo acababa de instituir un servicio militar obligatorio para todos sus súbditos cuyas edades estuvieran comprendidas entre los 16 y los 60 años. Los que percibiesen rentas superiores a 20 libras debían proveerse de armas y procurarse cabalgaduras, mientras que los más pobres eran incorporados a la infantería. Para ayudar a sus súbditos a que economizasen y así obtener más fondos para la campaña, el rey reglamentó los gastos de los ingleses. Llegó a estar prohibido servir más de dos platos en una misma comida. 

En agosto de 1334, Eduardo tenía que acudir de nuevo a Escocia, y, temiendo que se produjera una invasión de los franceses en su ausencia, ordenó al tesorero William de Saint-Omer que llevara a su hijo a Nottingham, de modo que estuviera en lugar seguro. Tras pasar una temporada en esta fortaleza lúgubre, el príncipe se reunió con su madre en el castillo de Windsor. Fue durante esa época cuando la reina confió su educación a Walter Burley, con quien aprendió latín, griego y filosofía. Burley intentó también que le gustase el ahorro. En vano: Eduardo iba a ser uno de los príncipes más despilfarradores de su época. 

Windsor

Dicen que para entonces un sabio ya había estudiado su horóscopo. En él estaba escrito que obtendría victorias más allá de los mares y que no sucedería a su padre. En aquella época todos escudriñaban las estrellas para descubrir el futuro. La práctica de la magia y la hechicería comenzaba también a ganar terreno. Modelar estatuillas de cera representando a quien se quería echar una maldición era un método muy corriente tanto en las humildes chozas como en los castillos. 

Cuando el hermano menor de Eduardo III, conde de Cornualles, murió en Escocia a la edad de 20 años como consecuencia de las heridas recibidas en batalla, el rey erigió el condado en un ducado destinado al heredero de la Corona. El 15 de enero de 1337 el príncipe asistía a los funerales por su tío en la abadía de Westminster. Un mes más tarde recibía el título de duque de Cornualles. Después de la ceremonia hubo un gran banquete dado en su honor. Eduardo sabía comportarse muy bien a la mesa: le habían enseñado que no había que emplear más que dos dedos y el pulgar para comer, que debía llevar las uñas limpias; escupir en la mesa estaba muy mal visto, y, si se sonaba, había que limpiarse los dedos en los calzones y no en el mantel. Se podían tirar los desperdicios debajo de la mesa para los perros y los gatos, pero era descortés jugar con los animales durante la comida. 

En octubre de 137 supo que su padre acababa de declarar la guerra a Francia. Al mes siguiente, agobiado bajo el peso del manto ceremonial y rodeado de varios caballeros, el pequeño esperaba a las puertas de Londres a los dos cardenales enviados por el Papa con la misión de impedir la guerra. Después llevó a los cardenales, seguidos de un batallón de arzobispos con mitras y capas bordadas que brillaban a la pálida luz de noviembre, para conducirlos ante el rey, quien debía recibirlos en Westminster. 

Abadía de Westminster

Semanas más tarde tuvo lugar la famosa sesión de los votos de la garza. Según el poema escrito por autor anónimo en el siglo XIV, Roberto de Artois obligó al rey de Inglaterra y sus caballeros reunidos alrededor de una garza asada a jurar que conquistarían Francia. Un día el halcón de Roberto le había traído una garza que, desplumada y asada, fue presentada al rey en bandeja de plata por sirvientes, músicos y bellas jóvenes. Plantándose ante el soberano, Artois, con voz estruendosa, se dirigió a todos los caballeros presentes diciendo: 

—Vengo a invitaros a que hagáis votos dignos de vuestro valor sobre esta garza. Como sabéis, es el más abyecto y el más tímido de los animales, puesto que tiene miedo de su sombra. Por tanto, primero quiero ofrecerla al más cobarde de los hombres. 

El rey acusó el golpe y juró que no pasaría el año sin que el rey de Francia le viera en sus tierras “con el hierro de su lanza y el fuego en la mano, para vengar la afrenta que se le hacía, aunque los franceses le opusieran una armada diez veces más numerosa que la suya”. 

Después Roberto se detuvo ante el conde de Salisbury y le pidió que hiciera también el voto de vencer a Francia por amor a su amada. Muy enamorado de una mujer que no era la suya, según el poeta Salisbury pidió a su amada que le cerrara un ojo, y juró no volverlo a abrir hasta entrar en tierras de Francia y combatir al ejército de Felipe VI en batalla campal. Otros caballeros hicieron el mismo juramento, todos tuertos voluntarios y provisionales, colocando sobre el ojo izquierdo una venda negra según unos, roja según otros. 

La reina, que esperaba su quinto hijo, dijo a su marido que si no llevaba a cabo el voto de la garza “se clavaría un cuchillo en el costado, perdiendo de un golpe su alma y el fruto de su unión”. 

Torre de Londres

El 12 de julio de 1338 el joven príncipe Eduardo era nombrado Guardián del Reino mientras la armada esperaba a que los fuertes vientos les permitieran zarpar. Los reyes recorrían el continente en busca de apoyos dejando a la pequeña Isabel con su hermano en la Torre de Londres. La fortaleza fue dotada de especiales medidas de seguridad: las puertas debían cerrarse desde la puesta hasta la salida del sol, y nadie podía entrar ni salir sin autorización especial. Isabel permanecería allí dos años, hasta que fue prometida en matrimonio al duque de Brabante. 

El 21 de octubre de 1339 Eduardo III enviaba un heraldo a Felipe VI para preguntarle qué hora y día le convenían para entablar la batalla. El francés, advertido por su primo Roberto de Anjou, el Astrónomo, que corría hacia la muerte y a la derrota si luchaba personalmente contra el inglés, renunció al combate. Eduardo puede entonces retirarse a Bruselas para reunirse con su esposa. La reina daba a luz en Amberes a un hijo, Lionel, futuro duque de Clarence. Más tarde nacería Juan en Gante, aquel que sería duque de Lancaster. 

Los reyes regresaron a Londres el 2 de diciembre de 1340. El príncipe dormía. Se encontraba solo en la Torre con algunos sirvientes. El condestable había acudido esa noche a reunirse con su amante y, aprovechando su ausencia, los guardias también habían salido. Nadie pensó que el rey regresaría casi clandestinamente, a bordo de un modesto barco comercial alquilado a los flamencos. Gracias nuevamente a la intervención de Felipa, el condestable no sufrió las temibles iras del rey, y la familia, reunida por primera vez desde hacía más de dos años, puedo festejar en paz la Navidad en Guildford. 

Guildford

Las campañas militares continuaban, pero en enero de 1343 se firmó una tregua de tres años y el monarca regresó a Londres. Allí se organizaron justas y torneos. Las que tuvieron lugar en Smithfield sobrepasaron en esplendor a todas las anteriores. Con solo trece años de edad, el príncipe Eduardo figuraba entre los combatientes e iba a poder probar por fin su arrojo. Los años de infancia habían terminado para él. La guerra lo reclamaba pronto, y era llegado el momento de demostrar que no iba a defraudar las esperanzas en él depositadas. En el vestíbulo de Westminster recibía el 12 de mayo la corona, el anillo y el cetro de oro, emblemas de su nueva dignidad de Príncipe de Gales



Bibliografía:
El Príncipe Negro - Micheline Dupuy

domingo, 11 de septiembre de 2011

Carta de Enrique IV a la Bella Corisande


El 30 de abril de 1589 el rey de Navarra, Enrique de Borbón, se reconciliaba con Enrique III, el último monarca Valois de Francia. Este, al no tener sucesión, le reconoció entonces como heredero de la corona francesa. 

La decisión no iba a ser fácilmente aceptada por la Liga Católica, puesto que el rey de Navarra era protestante. Había estallado la llamada Guerra de los Tres Enriques, una pugna que a finales del año anterior había costado la vida a Enrique de Guisa, a quien el Valois hizo asesinar

Mientras tanto el Borbón, futuro Enrique IV de Francia, aún encontraba tiempo para continuar con sus hazañas amorosas. El hecho de que por esta época se convirtiera en amante de una tal Françoise Poybleau no fue obstáculo para seguir enviando misivas muy inflamadas a Diane d’Andoins, condesa de Guiche y Señora de Gramont, una joven viuda a quien llamaban la Bella Corisande. Mujer sumamente culta, fue ella misma quien eligió el nombre de Corisande tras leer el Amadis de Gaula. 

Existe una carta de Enrique dirigida a ella, fechada en mayo de 1589, que cuenta con la particularidad de que la propia condesa anotó después de su propia mano unos comentarios maliciosos en un tono bastante sarcástico. Las anotaciones de Corisande ponen de manifiesto sus sospechas, o más bien su certeza, de que su amante le era infiel, junto con una buena dosis de fastidio: 

“Alma mía, os escribo desde Blois, donde hace cinco meses me condenaron por hereje e indigno de heredar la corona de la que soy, a esta hora, su principal sostén. Ved las obras de Dios hacia quienes siempre le son fieles. Pues, ¿hay otra cosa que pueda tener más fuerza que la sentencia de los Estados? Mientras tanto, yo he apelado ante quien todo lo puede [“Esto hacen muchos”], que ha revisado el proceso, ha invalidado las decisiones de los hombres, me ha repuesto en mi derecho, y creo que esto será a expensas de mis enemigos [“Tanto mejor para vos”]. Los que creen en Dios y lo sirven, jamás se verán confundidos [“¡He aquí por qué vos deberíais pensar en ello!”]. Yo, gracias a Dios, me encuentro bien, jurándoos en verdad que no amo ni honro nada en el mundo como a vos [“Ni hay nada comparable”], y os guardaré fidelidad [La Bella Corisande añadió el prefijo "in-" a la palabra “fidelidad”, y después de hacerlo añade: “yo lo creo”] hasta la tumba. Me marcho a Beaugency, donde creo que pronto oiréis hablar de mí [“No lo dudo: de una u otra forma”]. Pronto llamaré a mi hermana a mi lado. Resolveos a venir con ella [“Eso será cuando me hayáis regalado la mansión que me habéis prometido cerca de París. Entonces pensaré en ir a tomar posesión de la misma y daros las gracias”]. El rey me ha hablado de la Dama de Auvernia*. Creo que le haré dar el mal salto. Adiós, corazón mío, te beso un millón de veces.” 


Corisande tenía muchos motivos para sentirse celosa, ya que, no contento con sus nuevas conquistas, Enrique la engañaba con la rubia Esther Ymbert, y eso era un asunto más serio. Sin embargo, la condesa no era tan interesada como parecen sugerir estas notas, seguramente dictadas por la indignación y por el desencanto en el momento en que la relación tocaba a su fin. En realidad su comportamiento con Enrique siempre fue sumamente generoso: durante las guerras de la Liga ella vendió sus diamantes y empeñó sus bienes para ayudar a su amante, a quien siempre permaneció leal. Fue su mejor amiga, su confidente y su consejera. Él pagó su devoción incumpliendo la promesa de matrimonio que un día había escrito con su propia sangre. 

La Bella Corisande fue la bisabuela del famoso marqués de Puyguilhem, después duque de Lauzun y esposo de la Gran Mademoiselle. 



*Su esposa, Margarita de Valois, la reina Margot

sábado, 3 de septiembre de 2011

Espartaco


Los romanos convertían en esclavos a los prisioneros de guerra. Los más cultos entre ellos tenían la oportunidad de servir a su amo como profesores particulares u otras profesiones de igual categoría, pero la mayoría eran destinados al campo o a los talleres, a la construcción, a los remos, a las minas o al servicio doméstico. Los de anatomía excepcionalmente imponente o mejores condiciones atléticas tenían la posibilidad de convertirse en gladiadores, una profesión a la que también podían aspirar los hombres libres. 

Espartaco era uno de los gladiadores del cuartel de Capua. Había nacido en Tracia en el 113 a. C., un hombre libre procedente de la comarca que es hoy Bulgaria. Era inteligente, perspicaz, muy consciente de sus responsabilidades y de una gran nobleza, cualidades que no le habían servido para librarse de su destino. El tracio se veía ahora reducido a ser apenas un objeto. Le habían arrancado el juramento de obedecer ciegamente a su amo y de dejarse “pegar, quemar, herir o matar” si así se le ordenaba. Pero él no quería ser esclavo, y no quería morir de ese modo, combatiendo contra un camarada que nunca había sido su enemigo. Tenía muchos amigos entre sus compañeros de lucha, amigos que temblaban ante la posibilidad de que un día los obligasen a luchar entre sí. 

Un día del año 73 a. C., después de los entrenamientos, antes de que las armas fueran recogidas y encerradas bajo llave, Espartaco huyó con 70 de sus compañeros, tracios germanos y galos. Se abrieron camino por la fuerza, y al llegar la oscuridad se ocultaron en las vertientes del Vesubio. 


El comandante del cuartel calculó que para someterlos serían necesarios de cien a doscientos soldados. Eso fue subestimarlos mucho. 

La noticia de la rebelión se propagó como el viento. Al principio Roma no experimentó alarma, sino indignación ante los estragos que ese puñado de desharrapados llegaba a causar: los fugados obligaban a los campesinos a entregarles alimentos, robaban las provisiones y se comían toda la fruta de los huertos. 

Los hombres de Espartaco pronto recibieron refuerzos. Todas las noches trepaban por el monte nuevos grupos de esclavos con armas, ropas víveres y todo cuanto podían cargar al abandonar las casas de sus amos. Fue suficiente para que la primera unidad que se envió contra ellos resultara aniquilada sin el menor esfuerzo. 

Sumaban ya casi medio millar, y comenzaron por elegir un jefe. Al parecer Espartaco fue elegido por unanimidad, lo que no deja de sorprender si se tiene en cuenta que había entre ellos otros dos líderes muy carismáticos, grandes luchadores e influyentes: los celtas Crixo y Enomao. Pero en el ánimo de todos pesó más el hecho de que Espartaco conocía bien las tácticas del ejército romano, en cuyas filas había luchado durante largo tiempo hasta su deserción. 


La rebelión ya no podía ser dominada desde Capua. Roma decidió intervenir, aunque el momento no era el más oportuno: las tropas regulares combatían en Asia Menor, por lo que fue preciso enviar a la milicia. Se tomó la decisión de no escatimar soldados y se mandaron 3000. 

Al viajar el ejército desde Capua hacia el sur, los soldados atravesaron las localidades de Pompeya y Herculano y vieron las magníficas fincas de los romanos más acaudalados. Estaban destruidas, los esclavos habían desaparecido y no quedaba nada comestible. Alcanzado el pie del Vesubio, se dieron cuenta de que los rebeldes se hacían fuertes en una estrecha garganta a la cual sólo podrían acceder de uno en uno. Era imposible divisar nada en las alturas, puesto que la garganta era una maraña de árboles, arbustos y vides. 

El pretor tomó la única decisión cuerda: ocupar la entrada. Así que acampó y se dispuso a esperar. Pero, fatalmente para él, se le olvidó establecer una valla de protección. 

Mediante escalas y cuerdas trenzadas de duros sarmientos, Espartaco descendió de noche por las pendientes escarpadas, sorprendiendo a los romanos al amanecer de modo tan concluyente que logró retirarse sin sufrir ni una sola baja. 


En Roma comenzó a cundir la alarma. El pueblo arremetía contra el senado, a quien culpaba de haber sumido en el luto a tres mil familias. 

Había que actuar con rapidez, porque el otoño se echaba encima. Se reclutaron nuevas milicias para dejar intactas las guarniciones, y finalmente se obtuvo un ejército de doce mil hombres, es decir, dos legiones completas. El mando fue asumido por el pretor Varinio. 

Espartaco había abandonado el Vesubio. Ahora tenía ya unos cinco mil hombres, y la garganta se le hacía demasiado estrecha. Varinio lo avistó un mediodía en un valle de la Campania. El gladiador se dirigió hacia el sur, atrayendo a los romanos en su persecución. El ejército de Varinio se dispersó dividiéndose en tres en los montes escabrosos de Lucania, y Espartaco aniquiló a los doce mil hombres en tres breves golpes. Entre los pocos que lograron salvarse huyendo se encontraba el desastroso general. Hubo de hacerlo a pie, porque Espartaco llegó a capturar incluso su caballo. 


Espartaco sabía que hasta entonces se había limitado a improvisar, pero que si quería derrotar a Roma de modo definitivo era preciso convertir a sus hombres en un verdadero ejército. Para ello solo disponía del breve plazo que suponía el invierno. Necesitaba, ante todo, un cuartel general y una retaguardia segura, así que, antes de que llegaran la lluvia y la nieve, tomó por asalto unas cuantas ciudades y se estableció en ellas. 

Fue entonces cuando tuvo lugar la fatal desavenencia entre él y Crixo. El celta le expuso su propia idea de la revolución: no, no había que abolir la esclavitud y tratar de conseguir la igualdad, sino volver del revés el mundo y convertir en amos a los servidores y a los servidores en amos. Por desgracia, con Crixo el diálogo no tenía cabida. 

Espartaco prohibió la posesión de oro y plata, negó cualquier comodidad en el campamento, hacía salir a la tropa bajo la nieve y la lluvia y la sometía a entrenamientos de la mañana a la noche. Organizó herrerías para la fabricación casera de puntas de lanza, flechas, espadas y escudos, y enseñó a montar a un grupo de esclavos jóvenes. Formó oficiales y les enseñó las tácticas de los romanos. Crixo observaba todo eso con repulsa, y seguramente también con una buena dosis de envidia. Cuando Espartaco levantó el campamento en marzo del 72 a. C., él y sus celtas se separaron. Su número debía de ascender a diez mil, o tal vez más; una tercera parte del total. Espartaco se dirigió a las montañas y Crixo al valle. Quería saquear la costa. 


En Roma habían reclutado un nuevo ejército. La medida sin precedentes de enviar a ambos cónsules al frente como generales da una idea de la importancia que había adquirido el asunto. Seis legiones salieron de Roma con un estruendo que hizo temblar la tierra. Sabían dónde estaba el rebelde, y la noticia de que ahora contaba con menos hombres fue una agradable sorpresa. 

Los cónsules se dirigieron a las montañas con el grueso de sus fuerzas para inmovilizar al tracio mientras un pretor, al mando de un destacamento, procedía a perseguir a los celtas. El pretor encontró a Crixo al pie del monte Gargano, junto al mar, le atacó sin tardanza y le venció. La mitad de los esclavos resultaron muertos, entre ellos su jefe. 

Los supervivientes huyeron por los montes en busca de Espartaco. Por desgracia lo encontraron muy poco antes de que el pretor apareciera a su espalda. Las tenazas se habían cerrado. 


Espartaco recibió la noticia con serenidad. Se informó de la situación del ejército enemigo, de su potencia y movimientos. A continuación forzó, mediante un ataque simulado, la unión de las legiones del pretor con el primer ejército consular. En cuanto se hubo cubierto la retaguardia, se lanzó sobre el segundo cónsul, derrotándolo en cuestión de horas. Entonces dio media vuelta, atacó por el flanco al primer ejército y lo aniquiló también. Habían caído en sus manos las águilas de la legión. Fue la mayor catástrofe romana desde Cannas. 

El tracio hizo ejecutar a 300 prisioneros. El relato según el cual los obligó a matarse entre sí como gladiadores fue tal vez una leyenda negra inventada por Roma, pues consta que Espartaco no se caracterizaba por la crueldad. 

Luego se dirigió hacia el norte. Todo parecía indicar que su intención era abandonar Italia. En el valle del Po, junto a Mutina (Módena), los romanos volvieron a presentar batalla. Era una guarnición fronteriza a la que nuevamente derrotó. Entonces tomó la extraña decisión de dar media vuelta. 

En cuanto llegó a Turi, su antigua base en el golfo de Tarento, le alcanzó la noticia de que ocho legiones romanas estaban en marcha. Una avanzadilla los atacó desobedeciendo órdenes del mando, y fueron fácilmente derrotados por Espartaco. Pocos pudieron salvarse. El comandante en jefe hizo ejecutar al oficial desobediente, y también a uno de cada 10 supervivientes como castigo ejemplar. 


Este general era Craso, recién nombrado pretor y revestido de plenos poderes por el atemorizado senado. Había logrado ese honor porque no había nadie más que se atreviera a cargar con él. Tenía 42 años. Era un plebeyo de la familia de los Licinio. Su padre había sido muy rico, pero él incluso lo eclipsó gracias a sus especulaciones y al comercio de esclavos, negocios que le habían convertido en el hombre más rico de Roma. Esta vez había corrido con los gastos de la mitad de su ejército. 

El primer choque serio con Espartaco terminó en un empate. El tracio se retiró prudentemente hacia el sur, hacia Reggio Calabria. Esperaba tomar contacto allí con los piratas que se asentaban en ese lugar y convencerles de que embarcaran a sus tropas hacia Sicilia para utilizar la isla como base. Pero los piratas lo dejaron en la estacada, y la estrecha franja de tierra donde se encontraba se había convertido en una trampa. 

Cincuenta mil soldados romanos cavaron a toda prisa una zanja que les cortaba definitivamente el camino. Quería dejarlos morir de hambre. 

Llegó el invierno, excepcionalmente crudo. La situación parecía desesperada, pero Espartaco se salvó una vez más. Una noche, bajo una intensa nevada, atravesó la zanja y tomó por asalto la empalizada. A la mañana siguiente había desaparecido. 


A partir de ahí todo fue mal para él. Lúculo desembarcó en Tarento con su ejército de Macedonia; de las Galias acudió Pompeyo con sus legiones españolas, y los celtas volvieron a separarse de Espartaco. Craso los seguía pisándoles los talones. En la costa de Lucania Espartaco llegó en el último momento y consiguió salvar a los celtas. Pero hubo una segunda batalla junto al río Silaro. Llegó entonces demasiado tarde y se encontró con doce mil muertos. 

La tercera batalla se libra en Petelia (Calabria) en marzo del año 71 a. C. Espartaco resulta herido. Con un pequeño grupo de gladiadores intenta cruzar las líneas enemigas y llegar hasta la tienda de campaña de Craso, pero las dos centurias que la defienden suponen una barrera infranqueable. Espartaco sangra por demasiadas heridas, se debilita por momentos y muere bajo una lluvia de jabalinas. 

Cinco mil esclavos lograron huir. Pompeyo los atrapó en la Toscana y los aniquiló por completo. Seis mil cayeron en manos de Craso, que los mandó crucificar vivos a lo largo de la Vía Apia desde Capua hasta Roma.