jueves, 28 de abril de 2011

Templarios banqueros


Hacia 1150 los caballeros Templarios inventaron un ingenioso sistema para proteger a los viajeros cristianos de los salteadores de caminos. Se les ocurrió que si los peregrinos viajaban sin dinero ni objetos valiosos, no podrían ser atracados. De acuerdo con este sistema, antes de emprender el viaje la gente depositaba cuanto tuviera de valor, incluyendo títulos de propiedad, en cajas que custodiaban los Templarios. A cambio los caballeros les entregaban una nota con un código cifrado. Cuando el viajero necesitaba dinero durante el camino, lo solicitaba en efectivo en la encomienda local. Allí recibían la cantidad necesaria y un nuevo código que era escrito en la nota original. A su regreso, todos recogían sus pertenencias valiéndose de la misma nota o pagaban su factura. De ese modo, el único método para despojarlos del dinero era descifrar el código, algo prácticamente imposible. El sistema empleado por los Caballeros Templarios fue, por tanto, una especie de tarjeta de crédito. 

El gran número de establecimientos de las que disponía la Orden favorecía las operaciones de pago en toda la Cristiandad. Las encomiendas y otras casas pertenecientes a los Templarios inspiraban aún más confianza que la relativa inviolabilidad de monasterios y abadías. No sólo se las sabía construidas por inteligentes ingenieros y defendidas por los más valerosos caballeros, sino que las personas que les confiaban sus bienes estaban seguras de que les serían devueltos llegado el momento. Los depósitos afluían a los establecimientos de la Orden. Incluso los príncipes estaban convencidos de que sus joyas estarían allí mejor protegidas que en cualquier otro lugar. El rey de Inglaterra Juan sin Tierra y su sucesor Enrique III colocaron su tesoro en el Temple de Londres, y el rey de Francia en el de París. En el siglo XIII tanto el humilde como el poderoso recurría a la Orden para esas cuestiones. Sin embargo, los Templarios no siempre fueron capaces de proteger el capital depositado en sus casas. Hay un documento de 1255 solicitando la devolución de una cantidad de plata que sugiere que un padre y un hijo lograron robarle al Temple en Pisa. 


La Orden del Temple ofrecía servicios parecidos a los de cualquier banco actual: transferencias, pagarés, alquiler de cajas fuertes, planes de pensiones y depósitos de alta rentabilidad. Todo se hacía respetando las disposiciones eclesiásticas sobre el préstamo con interés y la usura. Para esquivar los preceptos, los Templarios no cobraban intereses, sino rentas o alquileres. Y no les interesaban sólo los grandes clientes, sino que también prestaban sumas módicas a personas no muy pudientes. En estos casos solicitaban el aval de una persona solvente. 

Los Templarios introdujeron también la cláusula penal: si la suma prestada no se devolvía el día establecido, se cobraba un suplemento como multa. 

En cualquier caso, la Iglesia solía hacer la vista gorda ante sus negocios. En 1139 Inocencio III publicó una bula que les concedía una serie de privilegios sin precedentes: se les permitía atravesar fronteras, no pagaban impuestos y se situaban por encima de cualquier autoridad excepto la del Papa. A principios del siglo XIV habían llegado a ser la empresa bancaria más importante del mundo. 


Cualquiera que fuera la razón que justificara estos privilegios, el Temple acumuló gran poder e influencia. Construyeron iglesias y castillos, compraron tierras, granjas y fábricas y participaron en el comercio internacional y los negocios de importación y exportación. Alan Butler afirma que “se calcula que tan sólo un escaso 5 por ciento de los caballeros de la Orden luchaban en el frente”. 

Cada país tenía un maestre templario que ejercía la autoridad sobre los caballeros de cada encomienda. Sobre todos ellos estaba el gran maestre, elegido de forma vitalicia, quien también se encargaba de controlar los negocios de Occidente gracias a los cuales se mantenían las Cruzadas. 




Bibliografía: 
Los grandes misterios de la historia – The History Channel 
El libro negro de los Templarios – Laurent De Vargas 
Templar knights and the Crusades – Charles Raymond Dillon

martes, 26 de abril de 2011

Un paseo por la Barcelona de 1800

La Catedral del Mar

Corren los primeros años del siglo XIX. Las murallas rodean por completo la ciudad de Barcelona, apareciendo a primer golpe de vista como una ciudad llena de iglesias, magníficos templos del siglo XIV y conventos con amplios claustros y jardines. Los edificios de carácter eclesiástico y sus anexos ocupan más de la cuarta parte del perímetro de la ciudad. Las propias Ramblas, de un extremo al otro, son una sucesión continua de conventos. 

La gran fortaleza de la Ciudadela, del más puro estilo castrense del siglo XVIII, y el castillo de Montjuic, en la cúspide de la montaña del mismo nombre, dominan con sus cañones la ciudad y el puerto. Unido a los cuarteles en el interior de las murallas, otorga ribetes de fortaleza militar a lo que a primera vista parece una población eclesiástica. 

Abundan las librerías, entre las que cabe destacar la de Tomás Gorchs en la calle Boria, que anuncia en el Diario de Barcelona sus curiosidades bibliográficas y libros usados. Y en la plaza de San Sebastián, frente al convento del mismo nombre, cerca del mar, hay una popular feria de objetos usados llamada los Encantes. Saliendo de ella, al subir por una amplia rampa hasta lo alto de la Muralla del Mar, se divisa el movimiento del puerto, con sus veleros engalanados. Es el paseo predilecto de la ciudad, por el que van dando vueltas, observándose unos a otros entre ceremoniosos saludos. 

Muralla del Mar

Las mujeres lucen altas peinetas en la cabeza, medallones en el cuello, abanicos y bolsos en forma de concha sostenidos por largas cadenas que reciben el nombre de “ridículos”. Van envueltas en grandes pañuelos que llevan a modo de abrigo sobre la espalda y llegan hasta la cintura. Calzan zapatos de raso, sin tacón, sujetos por largas cintas que entrelazan dando varias vueltas sobre el tobillo. 

Los jóvenes atrevidos llevan unos sombreros en forma de tubos, de copa alta, largas patillas, ceñidos fracs, vistosos chalecos y pantalones largos. Son revolucionarios tanto en el atuendo como en el comportamiento. Por la mañana aún reina cierta distinción en el paseo, pero por las tardes se desmandan. Según el padre Ferrer, “muchas personas timoratas se veían privadas de acudir a las funciones nocturnas de la iglesia, por no presenciar los corrillos, burlas y descortesías de muchos jóvenes licenciosos”. 

El resto de las murallas, con sus baluartes, rodeadas de fosos, con puertas y puentes levadizos, forma en su parte superior un amplio paseo. Desde él se divisa, mirando al interior, entre los numerosos edificios, las huertas y jardines; y dirigiendo la vista al exterior, entre el verdor alegre de los campos que se extienden hasta las apartadas montañas, caseríos desparramados aquí y allá. Cada trozo de muralla tiene sus paseantes habituales: uno es el preferido por los artesanos, clase numerosa; otro por los eclesiásticos, sacerdotes con largos sombreros de teja y frailes de distintos hábitos y grupos que se paran de vez en cuando para llevarse el rapé a la nariz y dar mayor énfasis a sus discursos. 

Plano de Barcelona en 1806

En los corros que se forman en los paseos de la Muralla, en el Nuevo o de San Juan, en las Ramblas y en la plaza de Palacio, se discute acerca de la política nacional. Reina Carlos IV, casado con María Luisa de Parma. Ambos tienen depositada su confianza en Manuel Godoy, quien, tras rápido encumbramiento, llegó de simple oficial de Guardias de Corps a ser el árbitro de la política nacional, acaparando honores y condecoraciones, dándose entre otros títulos el pomposo de Príncipe de la Paz. 

El triunvirato no es bien visto por el pueblo. Al rey todo lo más se le disculpa por bueno y engañado, pero en lo que hace a la reina ya es otra cosa: se la mira con franca antipatía. Mucho más a Godoy, el “valido inepto”, como le llaman. No se le perdona su persecución a los dos grandes ministros de Carlos III, los condes de Aranda y de Floridablanca, ni la de Jovellanos, gran figura intelectual de la época. 

El público de Barcelona llena el teatro. El único que hay en esas fechas es el de la Cruz, antigua Casa de les Comédies, que, destruida por un incendio en 1787, se reconstruyó al tiempo que se ampliaba y se embellecía, recibiendo a partir de ese momento diversos nombres. Es un coliseo de buena capacidad, sólido, cómodo y bien decorado. Situado en las Ramblas, en un día de gala y éxito se aglomera gran cantidad de público y multitud de carruajes frente a los tres grandes arcos de su señorial fachada. Es el mejor teatro de España. Además de los palcos laterales de la parte baja, los hay en tres pisos más en forma de herradura. En el último piso, llamado gallinero, se amontona el pueblo llano, alegre y ruidoso. Toda la platea o patio está ocupada por bancos de madera con respaldo, pero los de la primera mitad, más cercanos al escenario, forman asientos individuales con almohadillas y brazos de sillón, tapizados de piel, y son la localidad preferente después de los palcos. Se les denomina lunetas. 

Barcelona, Teatro de la Cruz

Por medio de una cuerda se baja una gran lámpara de araña que cuelga del techo. Se encienden entonces sus muchas luces y es izada de nuevo para que ilumine la sala desde su altura. Comienza la función. 

Discreta aparece en un palco, pues vive muy retirada en una casa de Sarriá, Luisa María Adelaida de Borbón, viuda del duque de Orleáns, el famoso Felipe Igualdad. A su lado está su amante, el caballero Rouzet, que no la abandona ni a sol ni a sombra desde que llegó de Francia. 

La nobleza de Barcelona ocupa varios palcos, algunos con criados de librea en la puerta. Otros palcos son ocupados por ricos comerciantes. Entre la gran masa del público se confunden viejos, jóvenes petimetres, gente del pueblo y soldados. Las mujeres elegantes lucen mangas cortas y abombadas, generosos escotes, talles altos y faldas sencillas y largas, vestidos cómodos inspirados en el gusto clásico de griegos y romanos, con peinados que dejan la frente despejada. Han quedado desterrados los miriñaques y los corsés. 

Moda de 1809

En cuanto a los trajes masculinos, los mayores llevan casaca y calzón corto con medias altas, cara rasurada y peluca blanca; pero no así la juventud, que se distingue por sus pantalones largos y frac, cara con patillas, sin peluca. Los petimetres llevaban el pelo a lo “querubín”, lleno de pequeños rizos. Todo esto es un auténtico escándalo para las personas de más edad. 


A esta variedad de vestuario se suma la gente de campo, con faja ancha y calzón corto, así como los vistosos uniformes de los militares. A todos agrada el teatro, y no falta de vez en cuando algún espectador que interrumpe a voz en grito la representación con frases más o menos ingeniosas. 



Bibliografía: 
Antes de la tormenta. La sociedad barcelonesa de 1808 – Pompeyo Claret

domingo, 24 de abril de 2011

Felipe Igualdad y Luis XVI

Luis Felipe de Orleáns, "Felipe Igualdad"

Con el intento de fuga de Luis XVI y su detención en Varennes, el rey perdió todo atisbo de consideración por parte de los revolucionarios, convirtiéndose en un rey felón. El 3 de diciembre se acordaba que su causa sería examinada por la propia Asamblea, y el día 11 quedaba abierto el proceso con la comparecencia del monarca. 

La posición de Luis Felipe de Orleáns, conocido como Felipe Igualdad, se hacía cada vez más difícil. La Revolución que él mismo había promovido entraba en una etapa en la que todas sus protestas de alejamiento y desvinculación del trono no resultaban ya suficientes. Por grandes que fueran sus simpatías por la Revolución, el duque era un Borbón, tataranieto tanto de Luis XIV como de su hermano, Felipe de Orleáns, y eso no era algo que pudiera favorecerle en tales momentos. A pesar de sus muchas renuncias públicas no conseguía librarse de las sospechas que suscitaba su sangre ni de los recelos que despertaban sus ambiciones. De hecho, en la pugna que se había establecido entre girondinos y jacobinos, estos últimos fueron acusados por los primeros de buscar la muerte de Luis XVI para coronar rey al duque de Orleáns y así perpetuar la dinastía en el trono de Francia. 

François Buzot

El girondino Buzot propuso desterrar a Luis Felipe y a toda su familia. “La monarquía ha caído, pero vive aún en el recuerdo y en las costumbres de sus antiguos hijos. Imitemos a los romanos; ellos expulsaron a Tarquino y a su familia; hagamos nosotros lo mismo con la familia de los Borbones. Parte de ésta se halla prisionera; pero hay otra mucho más peligrosa porque es más popular, y es la de Orleáns. El busto de su jefe fue paseado por las calles de París; sus hijos, dando pruebas de intrepidez, se distinguen en nuestros ejércitos, y los mismos méritos de esa familia contribuyen a que sea peligrosa para la libertad. Que haga el último sacrificio por la patria desterrándose de su seno; que lleve a otra parte la desgracia de haberse aproximado al trono, y la desdicha, mucho mayor aún, de tener un nombre que nos es odioso, que no puede menos que ofender los oídos de todo hombre libre.” 

El 14 de enero de 1793 se estableció que se hicieran tres preguntas a los diputados: 

¿Es culpable Luis Capeto de conspiración contra la libertad de la nación, y de atentados contra la seguridad del Estado? 

¿Se someterá el juicio a la sanción del pueblo? 

¿Qué pena se aplicará al reo? 

Los duques de Orleáns

Al día siguiente se decidió que el juicio no sería sometido a la ratificación popular, mientras que las otras dos cuestiones se votaron el 16. 

Cuando comenzó la votación, uno de los momentos más impresionantes tuvo lugar al ser el turno de Felipe. Entre un profundo silencio, todo el mundo escuchó el veredicto que pronunció contra su propia sangre: “La mort”. 

Aquella noche Robespierre decía en casa de unos amigos: “¡Desgraciado Igualdad! Pudo abstenerse de votar, pero no quiso o no se atrevió; la nación hubiese sido más magnánima.” 

A partir de ese momento el duque terminó de caer en desgracia. Era mal visto por todos. Los girondinos le odiaban y sostenían que, además de ambicionar el trono que había colaborado a dejar vacante, repartía su riqueza entre los jacobinos para congraciarse con ellos. Todos sus esfuerzos no lograron que se olvidara su sangre azul ni su apellido. De nada sirvió que en 1789 se hubiese puesto el vestido negro de los diputados del estamento popular, o que en su residencia del Palais Royal se hubieran trazado muchos de los planes que dieron lugar a la Revolución. 

Salón de Felipe Igualdad

El golpe de gracia vino precisamente con la condena a muerte de Luis XVI. Ahora todas las ramas de la familia, entre las que se encontraban los Orleáns, estaban en peligro, porque a todos se les podía acusar de lo mismo que al rey, incluso a Felipe Igualdad. Pero si a los demás miembros de su familia les quedaba el recurso de la huida, las posibilidades de él se veían muy reducidas, debido a que los exiliados monárquicos le profesaban un odio feroz. Para ellos era el mayor de los traidores, un regicida que atentaba contra su propia sangre. Las cortes europeas le cerraban sus puertas, y en Francia no le era posible esconderse y pasar inadvertido, puesto que todos le conocían demasiado bien. Felipe se convertía así en una “sombra que vagaba errante por el París del Terror”. 

El duque de Orleáns, como hombre hábil e inteligente, no podía ignorar que votando la muerte de Luis XVI estaba “desencadenando una tormenta que también le arrastraría a él”, pero tal vez no imaginó que todo se precipitaría tan rápidamente que no le dejaría ninguna capacidad de maniobra. El 6 de abril la Convención ordenó por decreto que se procediera al arresto de todos los miembros de la familia Borbón para que sirviesen de rehenes, y él no fue excluido. Sus propiedades fueron declaradas bienes nacionales, y al día siguiente era detenido y trasladado a Marsella. 

El 7 de mayo sufrió un interrogatorio. La acusación corría a cargo del conde de Mirabeau, su viejo aliado en los comienzos de la Revolución. A pesar de la capacidad de oratoria de Mirabeau, Felipe logró desmontar cuantas acusaciones se le hicieron. Al no haber pruebas en su contra era preciso dejarle en libertad, pero el Comité de Salud Pública se opuso a ello. De ese modo Felipe fue retenido en la fortaleza de Saint-Jean, donde pasó el verano junto a numerosos diputados girondinos acusados de traidores a la Revolución. 


Mirabeau a Dreux-Brézé: "Señor, decidle a vuestro amo que sólo abandonaremos nuestros puestos por la fuerza de las bayonetas"


El 3 de septiembre su causa fue trasladada al tribunal revolucionario de París, por lo que fue conducido a la prisión de la Conciergerie. La prueba más importante con la que contaba la fiscalía fue una frase que al parecer el duque habría dirigido a Ponetier: 

—¿Qué vas a pedirme cuando sea rey? 

A lo que el revolucionario respondió: 

—Una pistola para matarte. 

El 6 de noviembre era condenado a muerte por conspirar contra la unidad e indivisibilidad de la patria. Felipe escuchó con tranquilidad su sentencia. Después, de regreso en el calabozo, que era el mismo que había ocupado María Antonieta, tuvo un acceso de cólera. 

Murió con serenidad. En la guillotina aceptó el consuelo religioso y antes, camino del cadalso, al pasar por la rue de Saint-Honoré y contemplar la que había sido su residencia, vio colgado un cartel que decía “Propiedad nacional”, e hizo una mueca de desprecio. 

De su matrimonio con Luisa María Adelaida de Borbón-Penthièvre quedaban cuatro hijos: Luis Felipe, que culminó las ambiciones de su padre y un día llegó a ser rey de Francia; Antonio Felipe, duque de Montpensier; el duque de Beaujolais, y Madame Adelaida. 




Bibliografía: 
Los Orleáns en España – José Calvo Poyato 

lunes, 18 de abril de 2011

Berenguela de Barcelona, Reina de Castilla


Berenguela era hija de Ramón Berenguer III de Barcelona y de su esposa Dulce, condesa de Provenza. Su fecha de nacimiento nos es desconocida, puesto que, mientras que unas fuentes la sitúan en torno a 1108, otras la retrasan hasta 1116. 

La fama que había alcanzado por su belleza e inteligencia atrajo a muchos pretendientes a su mano, entre los cuales eligió a Alfonso VII, rey de Castilla y León, aquel que iba a ser llamado el Emperador. La boda se celebró con gran magnificencia en Saldaña en noviembre de 1128. 

La unión se trataba en realidad de una alianza contra el rey de Aragón, Alfonso el Batallador, que había sido el segundo esposo de Urraca, la madre de Alfonso. El matrimonio de Urraca con el aragonés, aunque acabó siendo anulado al cabo de unos años, fue un desastre no sólo para los propios contrayentes, sino que se había convertido en un grave problema para el reino de León, una parte de cuya nobleza simpatizaba con el Batallador y se oponía a Alfonso VII. Éste hubo de enfrentarse a su padrastro para recuperar territorios de los que había sido despojado, como la ciudad de Burgos. 

Al año siguiente de su matrimonio con Berenguela surgieron algunas dudas con respecto a la validez de su unión, debido al grado de parentesco entre ambos esposos: Alfonso era bisnieto de Fernando I, mientras que ella lo era del hermano de Fernando, Ramiro I de Aragón. El papa envió a un legado para examinar el caso y, tras reunirse los obispos en un sínodo en León, el matrimonio fue declarado legal. 


La reina participaba activamente en la política del reino, y es a ella a quien le cabe el mérito de haber sofocado la rebelión del conde de Asturias. Es de destacar que fue mecenas de las artes e introdujo en Castilla el gusto por la poesía de los trovadores provenzales. 

Berenguela solía acompañar a su esposo a la guerra. En 1139 fue sitiada por los almorávides en Toledo. Solicitó parlamentar con el enemigo y, según una versión, apareció en lo alto de las murallas para dirigirse a los caudillos musulmanes y reprocharles su cobardía al atacar de ese modo a una mujer cuando en realidad hubieran necesitado sus ejércitos para dirigirse al sur a defender otra plaza, entonces sitiada por su esposo. Una segunda versión dice que envió un mensajero al campamento enemigo con una carta en la que les transmitía esas mismas palabras recogidas en la crónica de Alfonso VII: “¿No conocéis que es mengua de caballeros y capitanes esforzados acometer a una mujer indefensa cuando tan cerca os espera el Emperador? Si queréis pelear, id a Aurelia y allí podréis acreditar que sois valientes, como aquí dejaréis demostrado que sois hombres de honor si os retiráis”. Sea como fuere, logró su objetivo: los musulmanes, con gran caballerosidad, reconocieron justicia en las quejas de Berenguela y ordenaron la retirada. 


En el año 1143 los castellanos, tras vencer a los moros en Almodóvar del Campo, tomaron muchos cautivos y decapitaron a los emires de Sevilla y Córdoba. El teniente alcalde de Toledo, Nuño Alfonso, ordenó colocar las cabezas sobre las murallas del alcázar. Nuño Alfonso, por cierto, fue el antepasado de Miguel de Cervantes. Resulta que el rey, para recompensar al esforzado guerrero, al que muchos comparaban con el Cid por su destacado papel en la lucha contra los moros, le concedió unos terrenos en torno a Toledo, y en ellos edificó Nuño un castillo al que llamó “Cervatos”. El castillo pasó en herencia a su primogénito, Alfonso, que utilizó Cervatos como apellido. El hijo segundo de Alfonso, para diferenciarse de su hermano, cambió su apellido a Cervantes

La reina, espíritu más refinado, se horrorizó ante la visión de tan sanguinarios trofeos colgados de las murallas, los hizo quitar de inmediato y ordenó que las cabezas fueran embalsamadas, metidas en cofres de oro y colocadas en sendos carros mortuorios que debían transportarlas hasta las viudas de las víctimas. 

Berenguela fue estimada por sus vasallos y amada por sus súbditos, pero no pudo disfrutar de la felicidad conyugal, porque una rival se apoderó del corazón de su esposo. Esta amante, a quien el rey amaba con ardiente pasión, era Gontrada Díaz, una noble asturiana de elevada alcurnia de la que Alfonso se enamoró durante un viaje que hizo a aquellas tierras del norte en 1132. Esta dama tuvo una hija con el rey, Urraca, a la que él procuró un trono casándola con García Ramírez de Navarra. La hermosa Gontrada acabó por retirarse a un convento por ella fundado en Oviedo, y allí terminó sus días. 


No lograron estos devaneos de Alfonso emponzoñar las buenas relaciones que la reina se empeñaba en mantener con su esposo por el bien del reino. Como muestra de ello, la propia Berenguela se encargó de preparar la boda de Urraca, y no tuvo inconveniente en asistir a la ceremonia. 

Berenguela tuvo varios hijos: Sancho III de Castilla, Fernando II de León, y otros tres que no superaron la infancia. También tuvo dos hijas: Constanza, que en 1154 se casó con Luis VII de Francia, y Sancha Beatriz, que se casó con el rey Sancho VI de Navarra, hijo de García Ramírez. 

Berenguela falleció en Palencia el 3 de febrero de 1149. Sus restos mortales fueron llevados a Galicia para ser enterrados en la catedral de Santiago de Compostela, cuyo peregrinaje ella siempre había alentado.

viernes, 15 de abril de 2011

Antioquía La Bella


Antioquía era una ciudad magnífica, con murallas que corrían sobre más de quince kilómetros, apuntaladas por 460 torres. La muralla encerraba a la ciudad misma y a escarpaduras que se escalonaban hasta la masa imponente de la ciudadela, a 700 metros por encima de la llanura. Además, estaba protegida de los asaltos enemigos por el Orontes y los pantanos al norte y al oeste, y por el relieve montañoso al este y al sur. 

Fue fundada en el siglo IV a. C. por Seleuco I Nicator, uno de los generales de Alejandro Magno. Construida a imitación de Alejandría, su importancia fue tal que llegó a rivalizar con ella. 

En tiempos de Roma había sido la tercera ciudad del mundo, “centro y reino de todas las provincias que están situadas al oriente”. La llamaban “Antioquía la bella”. San Pedro había fundado en ella una sede episcopal que él fue el primero en ocupar, mientras que el séptimo sería San Lucas, nacido él mismo en Antioquía. Pero sobre todo era allí donde se había reunido el primero de los concilios de la Iglesia, aquel en que los nazarenos y los galileos decidieron darse a sí mismos el nombre de cristianos. 


Edward Gibbon escribió: 

“La moda era la única ley, el placer el único objetivo, y el esplendor en el atuendo y en los muebles el único distintivo de los ciudadanos de Antioquía. Se honraba el arte del lujo; las virtudes y la sensatez eran ridiculizadas, y el desprecio por la modestia femenina y por el respeto a la edad anunciaban la corrupción universal de la capital de Oriente”. 

Fue conquistada por los árabes en el año 637, durante el reinado del emperador bizantino Heraclio. Víctima de un temblor de tierra, de un saqueo por parte de los persas y de la competencia de la rival Alepo en tiempos de las invasiones árabes, Antioquía había perdido para entonces mucho de su prestigio y de su población; pero en el 969 Bizancio recuperó la ciudad, y los griegos la reconstruyeron y restauraron para hacer de ella la más formidable fortaleza de sus fronteras. Pese a todo ello, en el 1084 los turcos consiguieron tomarla. 


En tiempos de la Primera Cruzada las defensas habían llegado a ser tan impresionantes que ningún guerrero podía pensar en conquistarla por la fuerza. Raimundo de Aguilers dice que “la ciudad está tan provista de murallas, de torres y de edificaciones avanzadas que no necesita temer ni a los esfuerzos de las máquinas ni a los asaltos de los hombres, así todo el género humano se reuniese contra ella”. Además el emir de Antioquía, Yaghi Siyan era un jefe temible, y en esta ocasión había pedido el auxilio del emir de Alepo, del de Damasco e incluso del sultán de Persia y del califa de Bagdad, para terminar de una vez con los francos. A pesar de todo, en el año 1098 la ciudad fue conquistada por los caballeros Cruzados, convirtiéndose en la capital del principado de Antioquía. 

Permaneció bajo su control hasta que en el año 1268 pasó a manos del sultán Baibars, quien la arrasó por completo y masacró a la población cristiana, de tal forma que Antioquía nunca más pudo recuperarse ni volver a ser una ciudad de importancia. Para el año 1432 ya tan sólo había unas 300 casas habitadas en el interior de sus murallas.



Bibliografía:
Si te olvidara, Jerusalén - Barret y Gurgand

Agradecimientos

Muchas gracias a madame Anne Shirley por este hermoso regalo:


Madame, no se prodiga usted mucho, pero es una alegría tenerla de vez en cuando por aquí. Suena como un cascabelito cada vez que entra.

Y madame Fátima, del blog Entre letras y pinceles, extremando su gentileza para con este espacio me hace entrega de estos dos regalos. Uno de ellos es el premio Adorable Blog:


Y otro consiste al mismo tiempo en un juego: modificar la imagen del trofeo y personalizarla para introducir en ella un gato, siempre diferente al de la persona que concede el premio. Mi gato sólo podía ser La Chatte Masquée, por supuesto, y aquí la tiene usted, madame. 

Muchas gracias por su habitual presencia y por los simpáticos detalles que ha tenido con este espacio.

Este es el trofeo original

Este es el gato de madame Fátima

Y esta es mi gata, la chatte masquée. Se llama Olimpia y es un poco arisca

lunes, 11 de abril de 2011

La Piedra Rosetta

La piedra Rosetta

En 1799, mientras las tropas francesas guerreaban contra las británicas en Egipto, uno de los soldados de Napoleón Bonaparte, el capitán Pierre-François Bouchard, hizo un descubrimiento que iba a tener tan enorme trascendencia. Cavaba una trinchera cuando su pala tropezó con un objeto duro. Retiró con cuidado la arena a su alrededor y dejó al descubierto una piedra plana que presentaba unos curiosos caracteres de escritura. La limpió y, aunque eso no sirvió para aclararle nada acerca de la naturaleza de su hallazgo, observó una analogía entre ciertos caracteres y esos símbolos misteriosos que había visto grabados sobre los obeliscos y las lápidas. El soldado dedujo que su descubrimiento podría resultar bastante interesante, así que lo mostró a sus superiores. Pero aún no podía imaginar que tenía ante sus ojos uno de los documentos más significativos de la historia. 

Esta piedra, que hoy día conocemos como Piedra de Rosetta por haber sido descubierta cerca del pueblo de ese nombre, en el delta del Nilo, era la clave que los eruditos aguardaban desde hacía siglos. Siempre les habían intrigado los jeroglíficos. De ser capaces de descubrir su significado, se levantaría la cortina del tiempo sobre la historia olvidada de los egipcios, revelando sus costumbres, sus pensamientos. Pero hasta ese momento habían abordado el problema de todas las maneras sin ningún resultado. De vez en cuando algún sabio pretendía tener indicios, pero invariablemente surgía un colega que refutaba sus argumentos o desenmascaraba una impostura. Los jeroglíficos, pues, no ofrecían más que especulaciones. Era imposible descifrar uno solo de esos signos. Para resolver el enigma hacía falta encontrar un texto bilingüe, escrito en jeroglíficos y traducido a otra lengua conocida que permitiera establecer una comparación entre ambos. 

Champollion

Y he aquí que la piedra de Rosetta, un decreto sacerdotal escrito en griego, en jeroglífico y en demótico, respondía a sus deseos. Cuando en 1801 la estela fue confiscada por los ingleses y trasladada al Museo Británico, los sabios se pusieron de inmediato manos a la obra. Sin embargo, casi todos abandonaron pronto el intento, abrumados por las dificultades de tan magna empresa. Afortunadamente para la Historia, un francés llamado Jean-François Champollion no se dio por vencido, y confió en un método sugerido por los trabajos de un predecesor, Thomas Young. Este método se fundamentaba en el estudio de los nombres propios. Young había observado que algunos de los signos de la piedra estaban enmarcados en cartuchos. 


Buscando el término correspondiente en el texto griego, había descubierto un nombre de faraón: Ptolomeo. Concluyó entonces que la palabra egipcia enmarcada dentro del cartucho era el equivalente de Ptolomeo, adjudicando una letra a cada dibujo. Obviamente sólo era una hipótesis, pero poco después Champollion tuvo la oportunidad de ponerla a prueba. En la isla de Filé se descubrió un obelisco revestido de una inscripción bilingüe, en griego y en egipcio. Champollion tuvo la impresión de que el nombre que aparecía enmarcado debía de ser el de una mujer, porque Young ya había observado que había un signo que representaba lo femenino en el extremo de un cartucho. 

Examinó la inscripción griega. El nombre de Cleopatra se correspondía bien con el contenido en el cartucho. Eso confirmaba su interpretación, pues encontraba los mismos signos para las mismas letras que les había asignado en la piedra Rosetta. Además, ahora poseía cuatro nuevas letras y se atrevía a esperar que el resto saldría más fácilmente. 


Pero no fue tan sencillo: si los egipcios utilizaban letras para escribir los nombres propios, para las otras palabras había diferentes procedimientos. Algunos signos se correspondían con palabras enteras, otros con sílabas y otros con letras. Además, había signos que representaban sonidos (fonogramas). Champollion debía continuar por esa vía que se le había abierto: prosiguió su estudio de los nombres propios, buscando los cartuchos en diferentes monumentos. Para mayor complejidad, los jeroglíficos podían escribirse de izquierda a derecha, de derecha a izquierda o de arriba abajo. Para saber si había que comenzar a leerlos por la izquierda o por la derecha, hay que fijarse en la orientación que tengan las figuras humanas o animales representados en los mismos. Si las figuras miran hacia la izquierda, es por ese lado por el que hay que comenzar a leerlos. 


El trabajo avanzaba con una lentitud desesperante. Al cabo de 23 años del descubrimiento no había descifrado más que 111 signos, y aún había más de mil aguardando solución. Pero era un buen comienzo y el misterio de Egipto perdía terreno. La victoria definitiva era sólo cuestión de paciencia.


Página de la libreta de Champollion

Fragmento de la inscripción en la piedra Rosetta:

Bajo el reinado del joven, que recibió la soberanía de su padre, señor de las insignias reales, cubierto de gloria, el instaurador del orden en Egipto, piadoso hacia los dioses, superior a sus enemigos, que ha restablecido la vida de los hombres, Señor de la Fiesta de los Treinta Años, igual que Hefaistos el Grande, un rey como el Sol, gran rey sobre el Alto y el Bajo País, descendiente de los dioses Filopáteres, a quien Hefaistos ha dado aprobación, a quien el Sol le ha dado la victoria, la imagen viva de Zeus, hijo del Sol, Ptolomeo, viviendo por siempre, amado de Ptah. En el año noveno, cuando Aetos, hijo de Aetos, era sacerdote de Alejandro y de los dioses Soteres, de los dioses Adelfas, y de los dioses Evergetes, y de los dioses Filopáteres, y del dios Epífanes Eucharistos, siendo Pyrrha, hija de Filinos, athlófora de Berenice Evergetes; siendo Aria, hija de Diógenes, canéfora de Arsínoe Filadelfo; siendo Irene, hija de Ptolomeo, sacerdotisa de Arsínoe Filopátor, en el (día) cuarto del mes Xandikos (o el 18 de Mejir de los egipcios).

sábado, 9 de abril de 2011

El prometido de Leonor


El joven Luis había nacido en torno a 1120 ó 1121 en Fontainebleau. Era el segundo de los hijos de Luis VI de Francia y de su esposa Adelaida, hija de Humberto II, conde de Maurienne y de Saboya. Su hermano mayor, Felipe, era el heredero de su padre, mientras que Luis había sido destinado a la Iglesia.

Felipe es descrito como un jovencito insufriblemente arrogante y, en palabras de Walter Map, “una carga para todos”. En 1135, cuando contaba 15 años, falleció a consecuencia de una caída mientras montaba a caballo. De ese modo Luis se convertía de pronto en el heredero del trono. 

De acuerdo con la costumbre de los francos, fue coronado rey en vida de su padre, en una ceremonia oficiada por el Papa el 25 de octubre de 1131 en Rheims. 

Hasta entonces había pasado la mayor parte de su vida viviendo como un monje en la abadía de Saint-Denis, quedando su educación bajo la supervisión del abad Suger. Luis tenía un carácter dulce y espiritual; era profundamente religioso, por lo que estaba llamado a la vida en el claustro, que no deseaba abandonar. Luis VI temía que estas cualidades de su hijo hicieran recelar a sus barones que era demasiado débil para sostener el cetro, así que, aunque permitió que continuara sus estudios dentro de la abadía, se ocupó de que recibiera la debida preparación en asuntos de Estado, haciendo que lo ayudara en tareas de gobierno e instruyéndolo como caballero. 


Si el rey esperaba que esta estrategia convertiría a su hijo en un guerrero y le conferiría autoridad, iba a decepcionarse. En 1137, a los 16 años, era tan ingenuo, humilde y devoto como siempre, inclinado a estallar en lágrimas ante el menor contratiempo, pero también, de vez en cuando, a arrebatos intempestivos e irracionales de genio violento. 

Físicamente resultaba bastante apuesto. Era alto, bien formado, largo cabello castaño claro, ojos azules, una cortesía innata y una sonrisa capaz de desarmar a cualquier enemigo. Únicamente afeaba un tanto sus rasgos una nariz demasiado larga. Entre sus cualidades destacaba la inteligencia, la bondad y la honestidad, mucha sensibilidad y un sentido del honor altamente desarrollado. Era incapaz de engaño, y durante toda su vida mantuvo un aire cándido e infantil. 

Como hijo obediente que era, Luis no cuestionó la decisión de su padre a la hora de elegirle una novia. Comenzaron los preparativos para su viaje a Burdeos. Mientras tanto, el rey había enviado allí al obispo de Chartres con la misión de asegurarse de que no se adelantaban otros pretendientes. El padre de Leonor de Aquitania había fallecido hacía unos meses, durante un viaje de peregrinación a Santiago de Compostela. Su última voluntad había sido que Luis VI consintiera el matrimonio de Leonor con su heredero, lo que suponía un bocado suculento para el rey de Francia, que mediante ese enlace veía triplicarse la extensión del reino. El obispo informaba que desde la muerte de su padre la joven se alojaba en el palacio de Ombrière bajo fuerte escolta. 


Para evitar problemas con los tumultuosos vasallos de Leonor, el rey reunió 500 caballeros que escoltarían a su hijo hasta lo que casi con certeza se revelaría como territorio hostil. Decidió también que el abad Suger, el conde Teobaldo IV de Champaña y su cuñado y rival Raúl, conde de Vermandois, acompañaran al joven e hicieran las veces de consejeros. Ambos condes habían sido obligados por el rey a apartar sus diferencias durante el tiempo que durase el viaje. A estos tres hombres confió Luis VI los pesados cofres que contenían el oro que pagaría el viaje y permitiría a su hijo repartirlo con generosidad e impresionar a sus nuevos súbditos. El rey instruyó a Luis para que se condujera siempre con dignidad y justicia, controlara su genio, incluso en caso de provocación, y no diera a los barones del sur excusa alguna para utilizar la violencia contra él. 

El 18 de junio Luis partió con su escolta. Llevaba consigo las bendiciones de su padre y joyas para su prometida. Hacía un calor sofocante cuando abandonó París, tanto que él y su séquito se veían obligados a viajar de noche y buscar refugio durante el día, y buena parte de sus provisiones se echaba a perder. Cruzaron el río Loira cerca de Orleáns y el día 29 llegaron a Limoges, donde Luis reclamó formalmente el condado de Poitou y el ducado de Aquitania y recibió el homenaje de sus vasallos. Entre ellos se encontraba el conde de Tolosa. Al día siguiente Luis se unió a las celebraciones por San Marcial, el santo patrono de la ciudad. 


La noticia de que venía a casarse con Leonor pronto se extendió por toda la región. El joven prometido llegó el día 11 de julio. Montó su campamento fuera de la ciudad, en la orilla oriental del río Garona, y al día siguiente, escoltado por el arzobispo de Burdeos, que había venido a recibirlo en nombre de la duquesa, cruzó el río en una barca para encontrarse con su futura esposa. 

La boda no se celebraría de inmediato, puesto que llevaría dos semanas reunir a los vasallos de Leonor para que asistieran a la ceremonia y prestaran homenaje a su nuevo señor. Unos cuantos, incluyendo el conde de Angulema, decidieron no acudir. 

El domingo 25 de julio de 1137 Leonor, radiante con su rico vestido rojo, se casaba con Luis en la catedral de San Andrés en Burdeos. El arzobispo ofició la ceremonia de una boda a la que asistían casi mil invitados. Según las crónicas se hubiera necesitado tener “la lengua de Cicerón para hacer justicia a la munificencia de los gastos que habían sido hechos, ni la pluma de Séneca hubiera podido describir por completo la variedad de carnes y raras delicadezas que había allí, ni la riqueza y la variedad de estos regalos y la pompa de estas nupcias”. 


Tras la ceremonia, la joven pareja se sentó sobre un estrado en el coro de la catedral. Ambos llevaban la corona ducal de Aquitania, que habían recibido del arzobispo, y fueron aclamados por sus súbditos. Luego caminaron entre la multitud por una calle con las casas adornadas con plantas, tapices, estandartes y colgaduras. Finalmente, al son de la música llegaron al palacio para el banquete nupcial. 

Inmediatamente salieron de Burdeos en dirección a Poitiers. Su primera noche como marido y mujer la pasaron en el castillo de Taillebourg, propiedad de Godofredo de Rançon, fiel y leal vasallo de Leonor. 

Luis era ahora conde de Poitou y duque de Aquitania y Gascuña, y se dio por supuesto que gobernaría esas provincias en nombre de su esposa. Días más tarde, el 1 de agosto, Luis VI moría de disentería en París tras caer caído enfermo durante una expedición punitiva contra uno de sus díscolos vasallos. 

Los recién casados recibían en Poitiers la noticia que los convertía en los nuevos reyes de Francia. Comenzaba una larga y accidentada historia cuyo final lejos estaban todos de imaginar entonces.

jueves, 7 de abril de 2011

Isabel de Borbón, esposa de Carlos el Temerario

Isabel de Borbón, condesa de Charolais

Isabel de Borbón fue la segunda esposa de su primo Carlos el Temerario, conde de Charolais y posteriormente duque de Borgoña. Nacida en 1436, era la octava entre los hijos de Carlos de Borbón y de Agnes de Borgoña, lo que la convierte en nieta de Juan sin Miedo igual que a su esposo. 

Excepto un retrato que se conserva en el Museo de Gante, su estatua funeraria en la catedral de Amberes y algunas frases amables y complacientes por parte de algún cronista, no sabemos gran cosa acerca de su persona. Era agraciada, frágil, sonriente, cándida y dulce. “Era muy graciosa, tenía fama de ser la más humilde, la más benigna y adornada de mejores costumbres que dama alguna…”. 

Tuvo la dicha de ser amada por su esposo en una época, en un medio familiar y en unas circunstancias políticas en las que todo parecía aliarse para que no fuera así. La “amó tanto, que era hermosa la vida que llevaban respecto a su matrimonio”. El amor del esposo iba acompañado de una fidelidad que subraya Du Clereq: “Por nada del mundo se hubiera dirigido Carlos a otra mujer que a la suya”. 

Isabel recibió también el inmenso cariño de su suegro, el duque Felipe el Bueno. Había sido educada desde su primera infancia por su suegra, Isabel de Portugal, quien también le profesó gran afecto. 


El duque Felipe tuvo con ella atenciones que no tendría con ninguna otra persona; le concedió gracias excepcionales, fue sensible a sus intercesiones y la trató siempre con ternura. Cuando las relaciones con su hijo fueron malas y las privó de su pensión, dio órdenes estrictas y minuciosas: “no quería alterar la situación de su nuera la condesa… y no quería que notase la indignación que sentía contra su marido”. 

Carlos y ella se casaron en Lille el 30 de octubre de 1454. Fue una boda apresurada, sin boato, aunque honrada con algunas justas, como era de rigor. Hubo un torneo en el que él resultó vencedor. Recibió el premio de manos de Isabel, así como el beso que era costumbre dar. 

El 13 de febrero de 1457 nació en el palacio de Coudenberghe, en Bruselas, su única hija y heredera, María, que un día habría de casarse con el futuro emperador Maximiliano I y sería madre de Felipe el Hermoso. El día señalado para el nacimiento el tiempo era bastante bueno y claro, pero, según Chastellain, “sucedió que en el momento más apurado para la señora, un portentoso y fortísimo trueno retumbó sobre la casa. Poco después daba a luz la condesa a una hija”. Carlos no estaba en Bruselas, porque había acompañado al Delfín a Nivelles para una partida de caza. 


En 1459 Isabel fue la madrina de Joaquín, el hijo del Delfín de Francia, por entonces refugiado en las tierras de Borgoña, y de su segunda esposa Carlota de Saboya. Cuando el Delfín regresó a Francia para ocupar el trono de su padre como Luis XI, dejó a su esposa en Borgoña, dependiendo de la ayuda que Isabel pudiera aportarle. 

Durante los primeros años de la vida de su hija, el conde y la condesa se habían alejado de la corte del duque y vivían en Quesnoy y en Gorcum con ella. María fue después confiada a la guardia de Gante. Tenía ocho años cuando en septiembre de 1465 su padre fue herido en Montlhéry, y llevaba dos sin ver a sus padres. La condesa se puso en camino para atender a la llamada de su hija. Isabel estaba enferma de tuberculosis. Fatigada, en Amberes tiene que interrumpir su viaje. Su estado se agrava con rapidez. Tanto su madre como su suegra acuden a la cabecera de su lecho y la asisten en los últimos momentos. 

El 26 de septiembre de 1465, lejos de su marido y de su hija, que ya no la verá, la condesa de Charolais muere en una abadía desconocida como huésped de paso. Tenía 28 años. Las crónicas nada nos dicen de sus últimos momentos ni de las honras que se le tributaron, pero la sensibilidad popular dejó unas endechas que son testimonio de la piedad que suscitó su muerte en plena juventud. 



No tuvo medida ni compás, 
Para su marido, que no estuvo presente, 
A quien ella había amado de todo corazón. 


Su tumba, erigida en la iglesia abacial de San Miguel, cerca de Antwerp, fue decorada con 24 estatuillas de bronce representando a sus antepsados y una efigie de la propia Isabel. Las decoraciones desaparecieron durante la Furia Iconoclasta de 1566, a manos de protestantes radicales que destruyeron las imágenes. Parte de las figuras aparecieron en Amsterdam a finales del siglo XVII y pudieron ser recuperadas. La tumba con la efigie de la condesa se encuentra actualmente en la catedral de Antwerp.

martes, 5 de abril de 2011

Ricardo II (II)


La reina murió de la peste en 1394 sin haber llegado a cumplir 28 años. La pena de Ricardo fue inmensa; parecía enloquecido e hizo arrasar hasta los cimientos el palacio en el que ella había muerto. Durante los funerales por su esposa, enterrada en la abadía de Westminster, junto al santuario de Eduardo el Confesor, tuvo lugar un lamentable incidente: el conde de Arundel llegó tarde, lo que enfureció a Ricardo. Cuando el caballero trató de disculparse, el rey perdió el control por completo, agarró la vara que portaba uno de los sacristanes y golpeó a Arundel en la cabeza con tal violencia que el conde cayó aturdido al suelo. 

Al año siguiente firmó una tregua con Francia y la selló casándose con Isabel, la hija de Carlos VI. La princesa sólo tenía seis años. Tanto la tregua como el matrimonio resultaron muy impopulares entre los ingleses, que hubieran preferido ver a su rey reclamar de nuevo el trono francés 

El encuentro de Ricardo II e Isabel de Francia 

Ricardo comenzaba en esa época a manifestar una pronunciada megalomanía, e incluso algunas tendencias psicopáticas. Su creciente paranoia, su alejamiento de la realidad y la preocupación de sus amigos, todo indica un desequilibrio mental, y ha llegado a sugerirse que tal vez padecía de esquizofrenia. En cualquier caso no cabe duda acerca de que sufría alguna clase de desorden y de que mostraba claras señales de una personalidad narcisista. 

Desde 1397 estuvo decidido a ser un monarca absoluto y a gobernar sin el Parlamento. Esto lo precipitó al desastre. Ahora gobernaba como un tirano, desterrando a cualquier magnate que se le opusiera, declarando que las leyes de Inglaterra estaban en su propia boca y en sus entrañas, y que las vidas y propiedades de sus súbditos estaban a su merced, para disponer de ellas según su gusto. 

Reunió un formidable ejército para impresionar a sus enemigos y protegerse contra ellos; recaudó impuestos ilegales; no supo imponer el orden dentro del reino; fracasó en su intento de hacerse elegir emperador; se volvió irascible, impredecible y rompió innumerables promesas. La gente que acudía con una petición, incluido el arzobispo de Canterbury, tenía que arrodillarse ante Ricardo mientras él permanecía sentado en el trono en silencio durante horas, con toda la corte reunida a su alrededor y pendientes constantemente de él: si la mirada del rey se posaba sobre alguien, esa persona tenía que hacerle una reverencia. 


Ricardo se revolvió entonces contra su tío Gloucester, a quien nunca había perdonado por el destierro de Robert de Vere. Encargó a su primo el conde de Rutland, hijo del duque de York, que arreglara el asesinato de Gloucester. Se dijo que Rutland envió a dos sirvientes a la posada donde se alojaba su tío en Calais, y que allí se cometió el crimen asfixiándolo bajo un colchón. 

Para entonces Rutland había reemplazado a de Vere en los afectos del rey. El nuevo favorito era inteligente y apuesto, aunque acabó por perder sus atractivos al ganar demasiado peso. Era un hombre cultivado que escribió un famoso tratado sobre caza. Según Jean Croton, Ricardo “lo amaba mucho, más que a cualquier otro hombre del reino”, y pronto se convirtió en la persona más influyente de la corte. 

En mayo de 1399 el rey navegó hacia Irlanda en compañía de su favorito. Juan de Gante acababa de fallecer. Ricardo había prometido a su primo Bolingbroke, entonces en el destierro, que no perdería sus propiedades y herencias; sin embargo, sin explicación alguna canceló los documentos legales que le hubieran permitido heredar las tierras de su padre Juan de Gante y confiscó todos los territorios y posesiones de los Lancaster. Bolingbroke regresó del destierro al que el rey le había condenado arbitrariamente el año anterior, desembarcó en Yorkshire al frente de un ejército y, aprovechando la impopularidad de Ricardo, su tiranía y mal gobierno, se apoderó del trono.

Ricardo II parte hacia Irlanda

Poco después, el 29 de septiembre, Ricardo renunciaba al trono con aparente indiferencia, y al mes siguiente Bolingbroke era coronado como Enrique IV

Ricardo permaneció encerrado en la Torre hasta que fue trasladado a Pontefract. Algunos de los nobles estaban planeando asesinar a Enrique y restaurar al antiguo rey, debido a lo cual resultaba demasiado peligroso que Ricardo continuara con vida. Se cree que se le dejó morir de hambre durante su cautiverio, y que su muerte tuvo lugar hacia el 14 de febrero del 1400, aunque en realidad nunca han quedado suficientemente esclarecidas las circunstancias que rodearon su muerte. Lo cierto es que su esqueleto fue examinado en 1871 sin que se hallara en él rastro alguno de violencia. 

Ricardo II es llevado prisionero a la Torre de Londres

Se sabe que el 17 de febrero el cadáver fue trasladado a la vieja catedral de San Pablo, donde permaneció expuesto. A pesar de esa pública exposición, no pudo impedirse que surgieran los inevitables rumores acerca de que Ricardo había logrado escapar y seguía vivo en alguna parte, lo que propició la aparición de un impostor que durante muchos años vivió protegido por Escocia. 

Ricardo II no dejaba hijos, puesto que su segunda esposa aún era una niña y su matrimonio nunca pudo ser consumado. Isabel lamentó sinceramente la muerte de su esposo, que siempre la había tratado con gran delicadeza. Enrique IV quiso casarla entonces con su hijo mayor, el Príncipe de Gales, pero ella, fiel a la memoria de Ricardo a pesar de su corta edad —contaba entonces nueve años—, se negó a considerar siquiera la idea. Se le permitió regresar a Francia en 1401. Cinco años después se casaría con su primo, el poeta Carlos de Orleáns, pero no viviría mucho tiempo más: la que fuera un día reina de Inglaterra falleció el 13 de septiembre de 1409 al dar a luz, sin haber llegado a cumplir 20 años. 

Funeral de Ricardo II

El cuerpo de Ricardo, sepultado en Langley Church, fue más tarde trasladado a Westminster por el sucesor de Blingbroke, Enrique V, a quien le habían unido fuertes lazos de afecto durante la infancia. Allí fue enterrado de nuevo junto a su amada esposa Ana de Bohemia.

domingo, 3 de abril de 2011

Ricardo II

Ricardo II es el primer monarca inglés del que se conserva un retrato contemporáneo 


El reinado de Ricardo II fue uno de los más desastrosos en la historia de Inglaterra. Puso los cimientos para una lucha por el poder que se prolongó durante mucho tiempo y que condujo a la Guerra de las Dos Rosas

Ricardo, hijo del Príncipe Negro y de Juana de Kent, nació en Burdeos, Aquitania, el 6 de enero de 1367. Era el segundo de los hijos del matrimonio. Se sospechaba que su hermano mayor, Eduardo, era retrasado, tal vez debido al estrecho parentesco entre sus padres. En cualquier caso, el primogénito falleció durante la infancia, dejando al menor como único heredero. Fue así como Ricardo alcanzó el trono de su abuelo Eduardo III con sólo 10 años de edad, imponiéndose sus derechos sobre los de su tío Juan de Gante, hijo del difunto rey. 

Fue coronado en la abadía de Westminster el 17 de julio de 1377. Impresionado desde tan joven con el sentido de su enorme importancia, no soportaba las críticas, y las alabanzas que cosechó a los 14 años por su valeroso comportamiento durante la Revuelta de los Campesinos le persuadieron de que había nacido para ser un líder. 

Banquete de Ricardo II

Medía 1’80 de estatura, era delgado, con el cabello rubio oscuro, largo hasta los hombros, hermosas manos y tez muy blanca —se lo describe como de “rostro blanco, redondo y femenino”—. Su figura era impresionante, pero no tenía nada de militar y ni siquiera tomó nunca parte en un torneo. Sin embargo indudablemente era valiente, y también podía ser un amigo leal. A veces era inestable, y otras, en cambio, testarudo; extravagante, desconfiado, temperamental, irresponsable, indigno de confianza, cruel y vengativo. En política era un inepto, en conversación frecuentemente cortante y hasta insultante, llegando a abroncar a sus detractores en el Parlamento. Cuando se agitaba, tendía a tartamudear. Una vez, arrebatado por su mal genio Plantagenet, trató de atravesar con su espada al arzobispo de Canterbury, y tuvo que ser fuertemente sujetado para impedir que lo hiciera. 

El rey era un hombre muy culto, y un gran patrón de las artes y la literatura. Estaba impresionado por la cultura y las costumbres francesas, y puso cocineros franceses en sus cocinas, algo que sus súbditos percibían como una confraternización con el enemigo, contra el que hubieran preferido estar cosechando laureles militares. Pero Ricardo no buscaba gloria, sino que consideraba que la paz con Francia era preferible a la guerra, un punto de vista sumamente impopular en aquel tiempo. 

Ricardo II y los rebeldes de Kent en 1381

Su sensibilidad estética era pronunciada, y elevó el culto a la monarquía a la categoría de arte, dando mucha importancia a la pompa y la ceremonia. Vestía de modo ostentoso y era tan delicado que llegaba al remilgo. De hecho se dice que fue el inventor del pañuelo —“pequeños trozos de tela para que el rey se suene y limpie la nariz”—. Tenía un gusto exquisito. La elegancia de su corte reflejaba esa pasión por las artes al tiempo que añadía lustre a su corona. 

Ricardo fue un gran constructor. Reformó los palacios reales hasta el punto de instalar baños con agua corriente fría y caliente, vidrieras en las ventanas, murales con símbolos heráldicos y baldosas coloridas. Se rodeaba del mayor de los lujos. Westminster Hall, que él reconstruyó, permanece aún hoy como testimonio del esplendor de su reinado. 

Westminster

Walsingham describe a sus cortesanos como rapaces y “más valientes en el lecho que en la batalla”, acusándoles de corromper al joven rey. Muchos cronistas critican las modas extranjeras de la corte, los zapatos tan puntiagudos, las largas mangas que barrían el suelo y las calzas tan apretadas que impedían a los caballeros arrodillarse en la iglesia. Sin embargo, el rey también era un hombre religioso que se oponía a la herejía del movimiento lolardo y que manifestaba especial devoción por Eduardo el Confesor. 

En 1384 Ricardo asumió personalmente el poder al alcanzar la mayoría de edad. Hasta entonces había sido Juan de Gante junto con un Consejo quien se había hecho cargo del gobierno. El rey no lo hacía muy bien: su incompetencia como gobernante le hacía confiar los asuntos a sus favoritos, tales como Michael de la Pole, conde de Suffolk, y Robert de Vere, conde de Oxford. Esto provocaba una abierta oposición entre sus nobles. 

Su primera esposa, Ana de Bohemia, con la que se había casado a los 15 años, ejerció algún control sobre él, pero no el suficiente. Ana era hija del emperador Carlos IV y de la hermana del rey Wenceslao de Bohemia. La reina fue muy popular entre los ingleses, y el rey la amaba, pero el matrimonio no logró descendencia. 

Ricardo II y Ana de Bohemia

La pasión de Ricardo por Robert de Vere fue un desastre político. De Vere era un joven osado y ambicioso, y por su linaje tenía legítimas aspiraciones a ostentar un cargo dentro del gobierno, pero muchos consideraban que su influencia sobre el rey era perniciosa, y sus habilidades mediocres. Su relación con Ricardo era tan íntima que Walsingham difundió el rumor de que era de carácter homosexual y “obscena”. Robert estaba casado con una prima del rey, Philippa de Coucy, pero inició una escandalosa relación con una de las damas de la reina, Agnes de Launcekrona, a quien raptó y convirtió en su amante. Luego se procuró pruebas falsas para asegurar la anulación de su matrimonio y poder casarse con ella. 

De Vere continuamente instaba a Ricardo a ignorar los consejos de sus nobles y los decretos del Parlamento. Algunos decían que si Robert hubiera dicho que lo blanco era negro, el rey nunca le hubiera contradicho. Ricardo colmó al favorito de tierras, honores y riquezas, lo nombró duque de Irlanda e hizo la vista gorda a su adulterio. 

En 1388 Robert de Vere fue desterrado por el Parlamento, confiscados sus títulos y tierras tras sufrir una contundente derrota cuando comandaba las tropas del rey contra sus opositores en la batalla de Radcot Bridge. Las tropas enemigas eran lideradas por el duque de Gloucester, el más joven de los tíos del rey. De Vere emprendió la huida abandonando a sus hombres, que se vieron obligados a una ignominiosa rendición. 

Robert de Vere huyendo de Radcot Bridge

Cuatro años después resultaba gravemente herido por un jabalí mientras cazaba y fallecía en Lovaina a consecuencia de las heridas, sumido en la más absoluta pobreza. En 1395 el rey hizo que le llevaran su cuerpo embalsamado, pero la mayoría de sus nobles se negaron a asistir a los funerales. Aquellos que acudieron se escandalizaron al ver cómo Ricardo ordenaba que abrieran el ataúd para ver por última vez su rostro y besar la mano de su amigo.


Continuará