viernes, 30 de diciembre de 2011

Feliz Año Nuevo


Mientras aguardamos a que doce campanadas marquen nuevamente el comienzo de otro año, he querido adelantar un poquito las mías para celebrar la fiesta con ustedes. Allá van mis campanadas:


El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad.
Victor Hugo

El futuro no pertenece a nadie. No hay precursores, no existen más que rezagados.
Jean Cocteau


El porvenir es un lugar cómodo para colocar los sueños.
Anatole France


Cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás.
Winston Churchill

Si no pensáis en el futuro, nunca lo tendréis.
John Galsworthy

El futuro no es un regalo, es una conquista.
Robert Kennedy


Permitamos que el tiempo venga a buscarnos en vez de luchar contra él.
Miguel Delibes

El mejor profeta del futuro es el pasado.
Lord Byron

El tiempo solo se calcula por la felicidad o por el dolor.
Alejandro Dumas


Cuando decimos que todo tiempo pasado fue mejor, condenamos el futuro sin conocerlo. 
Francisco De Quevedo

El tiempo es un gran maestro que arregla muchas cosas.
Pierre Corneille

Se dice que el tiempo es un gran maestro; lo malo es que va matando a sus discípulos.
Berlioz


¡Feliz Año Nuevo!

jueves, 29 de diciembre de 2011

La Condesa de Carlisle, espía de Richelieu


Lucy Percy nació en 1599, segunda de las hijas del noveno conde de Northumberland. El caballero, un erudito, poseedor de una de las mayores fortunas del reino durante la época isabelina, cayó en desgracia posteriormente. En palabras de Roger MacDonald, a lo largo de los siglos “los Percy habían escuchado una y otra vez silbar sobre sus cabezas el hacha del verdugo”, y no se libró el conde del sino de su familia. Durante casi 17 años permaneció encerrado en la Torre, acusado de tomar parte en la conspiración de la pólvora, cuyo propósito era hacer volar el Parlamento. Northumberland no fue liberado hasta que pudo comprar su libertad por  30.000 libras.

La madre de Lucy fue Dorothy, la menor de las hijas de Essex y Leticia Knollys. Apenas cumplidos los quince años, Dorothy presentó a su hija en la corte de Whitehall. Con la belleza y el ingenio de los que hacía gala la jovencita, el éxito estaba garantizado, y pronto los poetas comenzaron a prodigarle sus elogios.

Leticia Knollys, la abuela

Entre sus pretendientes se encontraba Sir James Hay, un noble escocés casi 20 años mayor que ella, viudo y padre de dos hijos. Tal vez no fueran cualidades que una joven de 18 años apreciara especialmente, pero todo resultaba compensado, a ojos de Lucy, con el favor que Jacobo I dispensaba al caballero. Esto inclinó definitivamente la balanza del lado de las pretensiones de Sir James. Lucy concluyó que era un esposo muy conveniente, puesto que el matrimonio con él le permitiría lo que más deseaba: permanecer en la corte. Además, calculaba que, al estar su padre encerrado en la Torre, difícilmente hubiera podido aspirar a un partido mejor. El 6 de noviembre de 1617 se casó con él a pesar de la oposición paterna y aprovechando la escasa autoridad que le otorgaba a Northumberland su condición de prisionero. El rey honró a los contrayentes asistiendo a la ceremonia.

Northumberland suavizó más adelante la aversión que le inspiraba su yerno, puesto que al fin y al cabo terminó por recuperar la libertad debido a su influencia.

Lucy no se había equivocado al augurar un futuro prometedor para su marido, que en 1622 recibía el título de conde de Carlisle. Sin embargo, el carácter derrochador de Sir James y sus numerosas extravagancias hacían que siempre estuviese endeudado, hasta el punto de ser objeto de mofa por las sátiras de su tiempo. Fue el inventor del doble banquete: cuando llegaban los invitados encontraban todos los platos dispuestos sobre la mesa para que pudieran apreciarlos, pero luego, en el momento de la cena, eran sustituidos por otros idénticos y recién preparados. Cuando murió, solo dejó deudas. Sus tierras y casas tuvieron que venderse para hacerles frente, y la viuda se vio obligada a residir en casas prestadas.

 James Hay, conde de Carlisle

Desde muy temprana edad, la condesa mostró una inclinación natural hacia la intriga y un enorme talento para la misma, algo que tendría múltiples ocasiones de desarrollar. Su propia familia no desconocía este rasgo de su carácter, como se desprende de algunas cartas. En una de ellas Lord Lisle, el suegro de su hermana, avisaba a su esposa de una visita de Lucy a Penhurst en 1617, y terminaba con estas significativas palabras: “Dios nos proteja de todo mal”.

Pronto tuvo un hijo, pero la maternidad no torció ni alteró en lo más mínimo este gusto por las conspiraciones. Lucy comenzó a centrar sus esfuerzos en buscar la caída del duque de Buckingham. El rey Jacobo lo había convertido en su favorito y parecía que se hubiera enamorado de él, algo que el duque alentaba, a juzgar por las cartas que le escribía y en las que se pueden leer frases como esta: “Amo a vuestra persona y amo todas vuestras partes”. George Villiers, duque de Buckingham acaparaba todas las dignidades y llegó a ser primer ministro.

 George Villiers, duque de Buckingham

La preocupación de Lucy fue en aumento al ver cómo el ambicioso duque lograba también ganarse la amistad de Carlos, Príncipe de Gales. Buckingham lo acompañó en 1623 durante el impulsivo viaje de Carlos a España con el propósito de negociar su matrimonio con la infanta María. La negociación fue un fracaso, pero el viaje sirvió para estrechar lazos de amistad entre ambos.

La condesa de Carlisle encontró un fabuloso aliado en Richelieu, quien a su vez deseaba la caída de Ana de Austria por considerarla desleal para con los intereses de Francia. Parece probado que ambos conspiraron contra Buckingham, y que se trató de atribuirle a la reina una relación amorosa con él. La ocasión surgió cuando el duque regresó a Francia para conducir a Inglaterra a la prometida de Carlos, la princesa Enriqueta María. Ríos de tinta corrieron durante mucho tiempo acerca de ese encuentro entre Buckingham y la reina.

 Richelieu

Según algunas versiones, recogidas en memorias de la época, la principal razón de Lucy para empeñarse en la caída del duque, y al parecer el detonante, no fue la rivalidad ni la preocupación por su meteórico ascenso, sino ese rumor acerca de una aventura galante en suelo francés. De acuerdo con estos relatos, Lucy se había convertido en la amante de Buckingham al cabo de cinco años de matrimonio, y no le hizo ninguna gracia la infidelidad. De hecho le molestó lo bastante para intentar poner freno a una carrera demasiado brillante.

Se cree que la condesa de Carlisle continuó siendo espía de Richelieu durante mucho tiempo. El cardenal le pagaba muy bien por sus servicios, y esto era fundamental para ella al enviudar y verse agobiada por las deudas de su marido. Pero su actividad no quedaba reducida a los intereses de Francia. La guerra civil inglesa supuso para la condesa un magnífico campo de operaciones en el que desplegar sus habilidades. Primero apoyó al partido presbiteriano moderado, que se reunía en su casa y recibía su apoyo económico. Lucy llegó a empeñar su collar de perlas para financiar sus actividades. Pero a ella le gustaba ser espía, no importa para qué bando. Fue amante de Thomas Wentworht, conde de Strafford, y posteriormente, a la muerte de este, también lo fue de su rival político, John Pym, líder del partido puritano, a quien revelaba los planes más secretos del rey. La dama jugaba a dos bandas, porque al mismo tiempo traicionaba a los partidarios de Pym sin ningún pudor. Manejó los hilos a su antojo, y gracias a ella su primo el conde de Essex pudo huir y ponerse a salvo cuando estaba a punto de ser arrestado.

 La condesa de Carlisle

Fue al estallar la guerra civil cuando comenzó a mostrar un gran celo en la defensa de la causa realista. Hizo una mala apuesta, y como el suyo resultó ser el bando perdedor, Cromwell ordenó su arresto. El 21 de marzo de 1649, poco después de la ejecución de Carlos I, fue encerrada en la Torre bajo los cargos de conspiración y espionaje. Allí iba a permanecer durante año y medio.

Una vez en prisión, y con la ayuda de su hermano, se las arregló para seguir manteniendo correspondencia cifrada con el príncipe de Gales, entonces en el exilio.

Lucy viviría aún diez años, suficientes para contemplar la caída de Ricardo Cromwell. Ella falleció el 5 de noviembre de 1660 y recibió sepultura junto a su padre en Pertworth, Sussex. Apenas hacía seis meses que los Estuardo habían recuperado el trono de Inglaterra.

Fue algo repentino. Había comido, y dos horas después, hacia las cinco o las seis, estaba cortando una cinta cuando pidió que prepararan su silla de manos para dirigirse a la corte, pues la reina Enriqueta, que le guardaba un gran afecto desde su juventud, se encontraba allí por entonces. Fueron las últimas palabras que pronunció antes de fallecer víctima de una apoplejía. Según registra su cuñado, Lord Leicester, Lucy “contaba 61 años y algo más de un mes”.  

lunes, 26 de diciembre de 2011

Los herretes de la reina


Existe un curioso relato en las memorias del conde de Brienne. El pasaje se refiere a una tal condesa Clarik, y cuenta una historia que parecería extraída de Los Tres Mosqueteros si no fuera porque Louis-Henri de Loménie, conde de Brienne, vivió entre 1635 y 1698, lo que significa que falleció 150 años antes de que Alejandro Dumas escribiera la novela. Sin embargo, esto es lo que nos dice:

 «…Llegó el día en que, concluidos los asuntos de Estado, el duque de Buckingham tuvo el honor de desposar, en nombre del rey su señor, a Enriqueta de Francia, hija de Enrique el Grande y hermana de Luis XIII. Las ceremonias se celebraron con todo el esplendor posible, y en toda ocasión la reina recibió testimonio de la pasión viva y respetuosa de Buckingham, a quien ciertamente ella hubiera deseado poder retribuir su amor; y si en algún momento flaqueó, también es cierto que su virtud la sostuvo, y que Buckingham partió colmado de toda la hospitalidad que un extranjero puede aspirar a recibir en una gran corte, con la única espina de cruzar el mar sin haber conseguido otro fruto de su amor que el de haber sido escuchado con agrado. Una sola cosa se le escapó a la reina, y fue enviarle en secreto, la víspera de su partida, por medio de Madame de Chevreuse, los herretes de diamantes que llevaba el día de su primer encuentro; y este regalo, que podía ser muestra de la magnificencia de la reina, se convirtió, por las circunstancias, en una galantería con la que Buckingham quedó encantado.

 »Durante el viaje de Buckingham, la condesa de Clarik… había encontrado el modo de mantener secreta correspondencia con el cardenal de Richelieu… El regalo que la reina había hecho con su juego de herretes de diamantes no podía permanecer tan en secreto como para que la condesa de Lannoy, su dama de honor, no tuviera conocimiento de ello, y que no acabara llegando algo del asunto al cardenal de Richelieu. Este ministro buscaba el modo de desgraciar a la reina a ojos del rey, sobre el cual gozaba de una autoridad en verdad muy grande, pero que a veces quedaba equilibrada por la influencia de la reina. Escribió a la condesa de Clarik que hiciera cuanto estuviera en su poder por reconciliarse con Buckingham, y que, si en una de las fiestas que deberían celebrarse en Londres durante los próximos carnavales, él llevaba puestos los herretes, buscase el medio de cortar discretamente algunos y enviárselos…


 »Una tarde en que se organizaba un gran baile en Windsor, Buckingham apareció con un jubón de terciopelo negro bordado en oro, a cuya espalda, para sujetar el tahalí, utilizaba un gran nudo de cinta azul del que pendían doce herretes de diamantes. Al retirarse Buckingham después del baile, sus valets se dieron cuenta de que le faltaban dos herretes, y le hicieron notar que habían sido cortados... A la mañana siguiente despachó correos a todos los comandantes de los puertos de Inglaterra ordenando que fueran cerrados, y que no se dejara partir ni siquiera al barco que transportaba de ordinario la correspondencia ni nada que saliera en dirección a Francia. Por entonces los hugonotes del reino habían solicitado la protección de Inglaterra, y los rocheleses rebeldes esperaban los socorros que les había prometido el Parlamento inglés…

 »La noticia de esta interrupción del comercio y de la correspondencia hizo mucho ruido en Francia, y dio lugar a mil rumores de que iba a desencadenarse la guerra entre ambos reinos. Mientras tanto el duque de Buckingham empleaba secretamente todo su crédito y la habilidad del mejor joyero de Londres para encontrar unas piedras que fueran tan parecidas a los diez herretes que le restaban que se pudieran hacer otras dos como las que faltaban. En efecto, cuando esta obra estuvo terminada, volvió a enviar correos para hacer abrir los puertos, y despachó a Francia uno que le llevó en secreto a Madame de Chevreuse los doce herretes de diamantes; le contó su aventura, participándole sus sospechas de la condesa de Clarik, …con la que había bailado; y rogándole, en suma, que devolviera a la reina el presente que había recibido de su munificencia, suplicaba a Su Majestad que creyera que no se deshacía de él más que por el temor de que hubiera algún misterio oculto que podría perjudicar a la reina.

»Esta precaución no fue en vano, porque desde que el cardenal de Richelieu había recibido los dos herretes que la condesa de Clarik le había enviado, el ministro, que buscaba por todos los medios perder a la reina,… persuadió al rey de que rogara a la reina que se pusiera los herretes de diamantes que le había dado, añadiendo que había recibido avisos secretos de que les había prestado tan poca atención que los había regalado o bien hecho vender, y que un joyero inglés le había ofrecido dos de ellos. Fue un crimen terrible que recayó sobre sí mismo, porque el rey, tras haber exigido a la reina con gran urgencia que le mostrara los doce herretes, … la reina, sin afectación y con inocencia, hizo que le trajeran su arqueta, que el rey abrió personalmente, y vio el juego completo… Ella tuvo incluso la satisfacción de saber que el rey había reprochado al cardenal su desconfianza ».


Pero lo más curioso de todo es que esta historia se encuentra confirmada en las memorias del duque de La Rochefoucauld (1613 – 1680), donde se afirma que la dama robó dos herretes de diamantes a Buckingham durante un baile y se repiten los mismos detalles.

Resulta significativo que el nombre que se le da en estas memorias a la agente de Richelieu es el de “condesa de Carlille”. La identidad de “Milady” parece así coincidir con Lucy Percy, condesa de Carlisle. Lucy fue la dama que tal vez con más derechos podría reclamar haber sido en la literatura la malvada Milady de los Tres Mosqueteros, incluso por encima de Madame d’Aulnoy, en la que también pudo haberse inspirado Dumas.

El personaje de Milady aparecía ya en una novela del ex mosquetero Courtilz de Sandras, publicada en 1700, y que llevaba por título Mémoires de Monsieur d’Artagnan, si bien de modo muy diferente al creado por Dumas y sin tanta relevancia. En la obra de Courtilz, Milady era una de las damas de la reina Enriqueta María en el exilio, y no guarda relación con el cardenal. El ex mosquetero mezclaba realidad y ficción, situando a su héroe en tiempos de Richelieu, cuando en realidad d’Artagnan fue un agente de Mazarino.


Indudablemente fue en esta novela en la que se basó Alejandro Dumas. En cualquier caso, parece evidente que fue la condesa de Carlisle y el episodio de los herretes, mencionado en las  memorias de La Rochefoucauld y del conde de Brienne, la fuente de inspiración para ambos autores, y que existe un tercero, Pierre-Louis Roederer, que también cayó bajo el hechizo de los herretes: en su comedia Les aiguillettes d’Anne d’Autriche, publicada antes de que Dumas escribiera su novela, relata las peripecias de una joya parecida, un argumento que envuelve a la reina, al cardenal y al duque de Buckingham.

En cuanto a la condesa de Carlisle, un repaso a su biografía confirma que encaja a la perfección con Milady de Winter, como veremos el próximo día.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Felices fiestas


Felices fiestas navideñas a todos los cristianos que celebran estas fechas, y a los que no, vayan también mis mejores deseos, para que estos días supongan al menos una ocasión de reunirse con los suyos, en paz y alegría. 

Los que vayan a desplazarse, tengan mucho cuidado, porque quiero que regresen todos. Ah, y los españoles, ojo con ese turrón, no vayan a terminar el año con un empacho nada glamouroso. 

Pasaré a visitarlos después de Navidad. Mientras tanto, sean felices.


Diana de Méridor

viernes, 16 de diciembre de 2011

Diversiones en el antiguo Egipto


En el antiguo Egipto niños y adultos disfrutaban de los juegos por igual. Estos podían consistir en realizar alguna actividad física o bien en el uso de juguetes y juegos de tablero. Había gran variedad de danzas y acontecimientos deportivos al aire libre durante todo el año, pero las actividades de interior eran igualmente populares, seguramente como una forma de escapar al agobiante calor. 

Los niños parecen haber gozado de alta consideración. Las pinturas demuestran que algunos de los faraones mantenían una estrecha relación con sus hijos. En las tumbas infantiles pertenecientes a familias acaudaladas se han encontrado figuritas de madera y de piedra que sin duda les servían de juguetes. La madera era cara, por lo que es probable que los más pobres jugaran con figuras a base de materiales más asequibles, como cerámica o barro. Las que representaban animales eran las favoritas de los niños: abundan los cocodrilos, los gatos y los leones. Algunos estaban elaborados con tal grado de sofisticación que disponían de partes articuladas. Por ejemplo, había leones que abrían y cerraban sus fauces, y es de destacar el hallazgo de un juguete mecánico con tres enanitos que bailaban alrededor de un eje cuando se tiraba de una cuerda. También se han encontrado caballitos con ruedas, canicas, peonzas de loza vidriada, sonajeros y armas de juguete con las que los pequeños imitaban a los guerreros. 

Las muñecas existen desde hace miles de años. En Egipto eran tanto de trapo como de madera, y a veces tenían cabello además de piernas y brazos articulados. 


Existen imágenes de niñas tomadas de la mano mientras bailan en corro. En el juego de la estrella, que practicaban tanto niños como niñas, dos sujetaban por las muñecas a otros dos que se echaban hacia atrás apoyando los talones en el suelo. Quienes los mantenían sujetos debían hacerlos girar. Otro juego propio de ambos sexos era luchar subidos a horcajadas a la espalda de otro compañero. Los niños también jugaban al tira y afloja y al cabrito al suelo. Para este último se dividían en dos bandos y, mientras unos permanecían sentados, los otros saltaban por encima procurando no ser derribados por ellos. 

Las diversiones infantiles incluían muchos juegos de pelota. Estas se hacían con cuero, fibra vegetal o goma vidriada hueca, y los palos para golpearlas se extraían de la palmera. Los juegos en equipo gozaban de gran aceptación. Hay chicas representadas a pie o subidas sobre otras, lanzando pelotas que debían ser recogidas por sus oponentes antes de que tocaran el suelo. 

Las mascotas eran estupendos compañeros de juego para los niños. Los animales más apreciados a tal fin eran gatos, perros y monos, pero también tenían patos, gansos y palomas. Los monos se llevaban con una cadena y se les enseñaban trucos con los que entretener a la gente. A veces los vestían como si fueran personas, e incluso lucían joyas de oro. Tanto estos animales como los gatos suelen aparecer representados en las paredes de las tumbas, sentados bajo la silla de su amo. Las pinturas tenían un significado mágico que aseguraba a las mascotas la reunión con sus amos en el Más Allá. 

Juego de la estrella

Los adultos se entretenían con diversos juegos de tablero, ideados para dos jugadores o para más. Los dados de piedra y marfil formaban parte de muchos de estos juegos, pero no aparecen hasta el periodo ptolemaico, en el siglo IV a. C. Antes de eso utilizaban en su lugar unos palitos o bastoncillos de madera, redondos por un lado y planos por el otro. Al arrojarlos, se iba decidiendo cómo mover las piezas según de qué modo caían. 

Seguramente el juego más popular, practicado por todos los estamentos sociales desde el periodo predinástico hasta el greco-romano, era el senet, palabra que significa pasaje o tránsito. Su aspecto guarda un cierto parecido con el ajedrez o las damas, y también parece estar relacionado con el backgammon. El objetivo era mover las piezas alrededor de un tablero de colores con 30 casillas llamadas peru (casas), repartidas en tres hileras de diez cuadrados. Cada jugador disponía de un número de piezas que no fue igual en todas las épocas. Se diferenciaban por el tamaño, el color o la forma: unas eran cónicas, mientras que otras eran cilíndricas. Se trataba de llegar a determinados cuadrados que representaban la buena suerte, tratando de evitar las casillas perjudiciales. Las más importantes eran las cinco últimas, decoradas con jeroglíficos. 

En la tumba de Nefertari existe una imagen de la reina en la que juega una partida de senet contra un enemigo invisible. Esto se debe a que durante el Imperio Nuevo el juego adquirió una significación religiosa, llegando el Libro de los Muertos a recomendar la confrontación con un oponente invisible como modo de garantizar al difunto una buena vida en el Más Allá. El senet simbolizaba el juicio de Osiris y la lucha del bien contra las fuerzas del mal, que trataban de impedir a los muertos alcanzar el reino de Osiris. 


Otros muy practicados eran el seega y Perros y Chacales, de los que se han encontrado muestras en las tumbas egipcias con ricos materiales como marfil y ébano. En una tumba apareció un hermoso tablero de Perros y Chacales, con forma de mesita apoyada sobre patas de animal. Había 58 agujeros divididos en dos partes, y consistía en introducir en ellos unas fichas que eran palos de marfil, unas con cabezas de perro y otras de chacal, con el extremo inferior afilado para poder ser insertados en los huecos. Tres monedas determinaban los movimientos, y ganaba el jugador que llegara al final con todas las piezas.

Parecido a Perros y Chacales era el de las Veinte Casillas, para dos jugadores. Este juego provenía de los hicsos, y pudo tratarse de un juego de estrategia. 

Otro digno de mención era el mehen o “Juego de la Serpiente”, que parece relacionado con el de la Oca. En el tablero, circular y generalmente de terracota, se pintaba una serpiente enrollada sobre sí misma y con el cuerpo dividido en compartimentos cuyo número variaba y que hacían las veces de casillas. Solían añadírsele pies a modo de mesa, para mayor comodidad. Estaba ideado para que pudieran tomar parte hasta un total de 6 jugadores que debían efectuar el recorrido desde la cola hasta la cabeza, o bien al revés, utilizando para ello fichas de marfil que adoptaban formas diversas, desde animales a simples bolas.

Mehen

Además de los juegos de tablero, los egipcios se divertían de muchas otras formas: organizaban carreras y otras pruebas deportivas como salto de altura, lanzamiento de peso, lanzamiento de jabalina, tiro con arco, ejercicios gimnásticos, boxeo y lucha. Contaban con árbitros para garantizar el buen desarrollo de las competiciones, y los ganadores recibían collares como premio

Eran aficionados a la pesca y a la caza de aves, que practicaban lanzando un bastón que recuerda al boomerang. Había un juego que recuerda a la petanca: se empujaba una bola para hacerla pasar bajo un arco de piedra de modo que golpeara contra otro grupo de bolas. Pero seguramente el deporte más ampliamente practicado por hombres y mujeres era la natación

En las fiestas y banquetes los egipcios participaban con sus esposas e hijos. Los que podían permitírselo contrataban cocineros para celebrar las grandes ocasiones, como nacimientos, matrimonios o festividades religiosas. Se bebía cerveza y había música, danza, acróbatas o espectáculos con animales. Si el anfitrión era persona de calidad, ofrecía a sus invitados guirnaldas de flores y un cono con cera perfumada que producía un aroma agradable a medida que se iba derritiendo sobre sus cabezas. Otras veces, cuando no se disponía de tantos medios, la familia simplemente se reunía en torno al más anciano para escuchar sus cuentos.

jueves, 8 de diciembre de 2011

La Corte de los Milagros


Las Cortes de los Milagros eran los lugares de París en los que vivían los pobres, los mendigos, los delincuentes y las prostitutas. Estas sociedades ya existían durante los reinados de Francisco I y Enrique II, pero con el discurrir del siglo XVII habían prosperado de tal modo que llegó a haber un total de doce puntos con ese nombre. Todos los criminales de París se daban cita allí, en un mundo que tenía sus propias leyes, usos y costumbres, su propio gobierno y su propio argot. Los mendigos elegían a su rey, al que llamaban el Gran Coësre. Sus lugartenientes en las diversas provincias se llamaban cagous, y tenían a su cargo la instrucción de los nuevos pordioseros. 

La más importante de todas, la Gran Corte de los Milagros, fuente de inspiración para Victor Hugo, se localizaba entre la rue Montorgueil, el convento de las Hijas de Dios y la rue Neuve-Saint-Sauveur, una zona que el cronista Henri Sauval describe como maloliente, embarrada y sin pavimentar. 

Los ladrones salían de allí para ocupar las calles de París. Había mendigos que pedían limosna con la espada al costado y la mano sobre la empuñadura. Estaban en los mercados, en las iglesias, en los espectáculos públicos; por todas partes se veían personas con lesiones y enfermedades simuladas: hombres y mujeres fingían ser ciegos, sordos o minusválidos para pedir limosna, pero durante la noche, de regreso a la corte, en un instante todos se curaban de sus supuestas deficiencias de un modo, como Sauval describe irónicamente, milagroso. De ahí el nombre que se dio al lugar. Como cuenta Paul Bru: 

“Desde hacía muchos siglos, París y sus alrededores estaban infestados de una multitud de vagabundos y de pobres. La mayoría, gente sin oficio conocido, mendigos de profesión, tenían su cuartel general en la corte de los milagros. Se denominaba así a sus guaridas porque al entrar en ellas se despojaban de las vestimentas propias del papel que representaban. Los ciegos veían con claridad, los paralíticos recuperaban el uso de sus miembros, los jorobados enderezaban su espalda”. La Corte de los Milagros era así una especie de “inmenso vestidor, en una palabra, donde se vestían y desvestían en esa época todos los actores de esta eterna comedia que el robo, la prostitución y el asesinato representan sobre el suelo de París”. 


Dentro de ellos había diferentes rangos: los narquois, falsos soldados veteranos que fingían haber quedado mutilados por haber combatido al servicio del rey; los malingreux o falsos enfermos; los falsos epilépticos, que caían al suelo mordiendo un trozo de jabón para producir espuma con la que hacer creer que estaban sufriendo un ataque, y que eran capaces de engañar hasta a los médicos que acudían en su auxilio; los hubains, que mostraban un certificado demostrando que San Huberto los había curado de la rabia después de haber sido mordidos por un perro; piètres (falsos cojos), marfaux (proxenetas), a los que se sumaban los falsos peregrinos, los huérfanos que recorrían las calles en grupos de tres o cuatro, casi desnudos y temblando de frío y muchas otras categorías de pícaros que al mismo tiempo hacían de espías para los encargados de perpetrar los robos. 

Para ser admitidos en la hermandad de ladrones, cada uno de estos individuos debía demostrar la pericia adquirida sometiéndose a una doble prueba ante los “Maestros”. Primero debía cortar una bolsa a la que se le habían atado unos cascabeles, y lograrlo sin hacerlos sonar. Si fallaba, era molido a golpes, y si lo lograba, se le reconocía como maestro. Durante los días siguientes, aunque superara con éxito la prueba, con el objeto de endurecerle y aumentar su resistencia se le golpeaba repetidamente hasta que resultara insensible a los golpes. Finalmente llegaba la prueba de fuego: el aspirante tenía que conseguir robar un monedero en un lugar público, como por ejemplo el cementerio de Saint-Innocent. “Si ven una mujer arrodillada a los pies de la Virgen con la bolsa colgando a un costado, o a otra persona con una bolsa fácil de cortar, o cualquier otra cosa aparentemente sencilla de robar, le ordenan que cometa el robo en su presencia y a la vista de todo el mundo. Cuando se dispone a hacerlo, dicen a los viandantes señalándolo con el dedo: “Ahí está un ladrón que va a robarle a esa persona”. Ante esta advertencia todo el mundo se detiene y le mira… Apenas cometido el robo, los transeúntes y los delatores lo agarran, lo insultan, le golpean, lo interrogan sin que ose confesar quiénes son sus cómplices ni dar muestras de conocerlos. Mientras tanto mucha gente se reúne y avanza para enterarse de lo que ocurre. ..” Los ladrones aprovechan entonces para cortar sus bolsas y registrar sus bolsillos, y entre el revuelo desaparecen llevándose consigo al nuevo maestro y un buen botín. 

A los niños se los iniciaba desde la más tierna edad en la hermandad de los carteristas y rateros; las niñas y las mujeres, “las menos feas se prostituían por dos liards, otras por un doblón, la mayoría a cambio de nada”. Las gentes que venían del campo en busca de trabajo y veían defraudadas sus esperanzas, a menudo se unían a ellos, de modo que la corte aumentaba alarmantemente. 


Durante el reinado del Rey Sol, las historias sobre aquel misterioso lugar y las extrañas metamorfosis que allí se producían, estaban tan de moda que el 26 de febrero de 1653 se representó un ballet de Benserade ante Luis XIV, Ana de Austria y el cardenal Mazarino. Se trataba del famoso ballet de la Nuit. En una de las escenas, los mejores bailarines y los más distinguidos personajes entre los cortesanos —uno de ellos el propio Lully, que incluso podría haber compuesto la música para esa parte— interpretaban papeles de habitantes de la Corte de los Milagros. El título era Concierge et les locataires de la Cour de miracles. La escena termina con mendigos, tullidos y ciegos curados milagrosamente y bailando juntos una gallarda. 

Los ballets de la corte demostraban al mismo tiempo el miedo y la fascinación que el tema provocaba en los cortesanos. Para el temor había sobrados motivos: desde comienzos de ese siglo la delincuencia alcanzaba proporciones alarmantes, como se aprecia en este pasaje del diario de Pierre de l’Estoile que describe el año nuevo de 1606: 

“Crímenes, asesinatos, robos, excesos, pillajes y toda clase de vicios e iniquidades han imperado de modo especial esa temporada. La insolencia de los lacayos en París llegó incluso al asesinato, por lo cual algunos fueron colgados; se descubrió y arrestó a falsificadores; dos asesinos que pretendían matar al barón d’Aubeterre en su propia casa, fueron condenados a la rueda en la Place de Grève; un soldado de la guardia fue ahorcado por haber asesinado a su anfitrión para robarle diez francos; un mercader que venía a la feria fue apuñalado con un cuchillo que le dejaron en la garganta, y así lo encontraron en las zanjas del faubourg Saint-Germain; eso aparte de otros 19 asesinados este mes en las calles de París sin que se haya podido encontrar aún a los criminales. Un pobre comienzo de año que nos amenaza con un final incluso peor”. 


Ni policías ni soldados se atrevían a poner un pie en la zona controlada por el Gran Coësre. Cuando en 1630 Luis XIII ordenó la construcción de una nueva calle que la atravesaba de lado a lado, todos los obreros fueron asesinados, lo que obligó a cancelar el proyecto. 

La Corte de los Milagros había llegado a ser en una sociedad secreta peligrosa para el poder real. Esas gentes podían convertirse en cualquier momento en tropas sediciosas pagadas por personas de calidad. A partir de 1660, después de una oleada de crímenes especialmente horribles, Luis XIV decidió ponerle fin y ordenó su destrucción. Durante la primavera de 1668, el recién nombrado teniente general de la policía, Gabriel Nicolas de La Reynie, envió sucesivamente tres comisarios a la Gran Corte de los Milagros tan solo para cosechar tres fracasos. La Reynie tuvo que presentarse personalmente, haciendo creer que acudía con unas fuerzas muy superiores a aquellas de las que realmente disponía. Entonces comunicó que, por orden del rey, el lugar debía ser evacuado, y que las doce últimas personas en abandonar el lugar serían colgadas o enviadas a galeras. Eso provocó una desbandada general. 

Después se empleó a fondo en la destrucción de las demás guaridas del crimen en París. Al cabo de 30 años, miles de delincuentes habían sido enviados a galeras y marcados con un hierro candente. Sin embargo, esto no acabó con el problema. Aunque la Corte de los Milagros no volvió a representar nunca la misma amenaza de antaño, ladrones y mendigos fueron progresivamente retomando el lugar hasta que a finales del siglo XVIII se ordenó la demolición de todos los tugurios con la intención de establecer allí un mercado.

martes, 6 de diciembre de 2011

París medieval


Cuenta la leyenda que cuando en el año 451 Atila llegó tan lejos en sus correrías como para amenazar París, el pánico se apoderó de sus habitantes, que quisieron emprender la huida. Pero una joven llamada Genoveva los persuadió con su elocuencia de que no abandonaran la ciudad en manos de los hunos. 

“Que los hombres huyan, si lo desean, si no son capaces de luchar más. Nosotras, las mujeres, rogaremos tanto a Dios, que Él atenderá nuestras súplicas.” 

Y entonces, cuando todo parecía perdido, sucedió el milagro: inesperadamente Atila decidió cambiar el rumbo y dirigirse hacia el sur. Las gentes quedaron convencidas de que debían su salvación a las plegarias de la piadosa joven y de sus seguidores, y esa es la razón de que Santa Genoveva se convirtiera en la patrona de París. 

La ciudad se libró de los hunos tan solo para sucumbir ante el franco Childerico poco después, en el 464. Años más tarde su hijo, Clodoveo, la convertía en su capital. Dejó de serlo en tiempos de Carlomagno, que trasladó la corte a Aquisgrán, pero con los Capeto París recuperó su antigua importancia. 


Fue una típica ciudad medieval, abarrotada, llena de edificios de madera que coexistían con los restos de las construcciones romanas. Según el cronista Gregorio de Tours, en 585 un desastroso incendio devoró París, y no sería esta la única catástrofe a la que tendrían que enfrentarse sus habitantes: en el 885 el conde Odo dirigió la defensa contra un ataque de los vikingos, que pusieron cerco a la ciudad en un terrible asedio que duró 10 meses. 

En un principio París ocupaba solamente la Isla de la Cité, pero durante la Edad Media se fue extendiendo a ambas orillas del río Sena. A finales del siglo XIII contaba con unos 200.000 habitantes, lo que la convierte en una población enorme para la época. La universidad, situada sobre la montaña de Santa-Genoveva, atraía a dos mil estudiantes y a un centenar de profesores venidos de toda Europa. Mercaderes y artesanos del barrio estudiantil se especializaban en los libros, fueran vendedores, encuadernadores o iluminadores. La Isla de la Cité, que concentraba las funciones políticas y religiosas, se encontraba entre esa zona intelectual de la ribera izquierda del Sena y la de mercaderes en la ribera derecha. Roberto el Piadoso había decidido establecer allí la residencia real a comienzos del siglo XI. 

Había tantos cerdos en París que su carne era la comida más barata. A los monjes de San Antonio se les habían concedido privilegios especiales para criarlos dentro de las murallas de la ciudad, y llegaron a ser algo tan habitual que cualquier burgués cebaba en su casa a dos o tres, de modo que siempre andaban sueltos por las calles. En 1131 el hijo primogénito de Luis VI paseaba a caballo cuando quiso la desdicha que su montura lo derribara al enredarse uno de estos animales entre sus patas. El Delfín se fracturó el cráneo y fallecía poco después. Aquella tragedia supuso un drástico cambio: el rey prohibió entonces que hubiera cerdos en el interior de la villa. Pero el reglamento pronto fue olvidado: San Luis, como haría posteriormente Francisco I, defendió su crianza dentro de París. 


Las calles, con cerdos o sin ellos, seguían estando muy sucias, hasta que un día Felipe Augusto, molesto por el olor a estiércol que entraba por la ventana, decidió pavimentarlas. Esas callejuelas, pequeñas y estrechas, bullían siempre de agitación. Al amanecer ya se abrían las tiendas. Pañeros y barberos llamaban a los clientes desde la puerta; los pasteleros ofrecían sus productos; mercaderes ambulantes vendían el pan, que transportaban en grandes cestas de mimbre. Como la mayoría de la gente no sabía leer, los comerciantes colocaban grandes carteles con alguna imagen que los identificara. Los actos oficiales y las noticias se voceaban en las calles y plazas. La muchedumbre se reunía en torno a los juglares, que recitaban cantares de gesta mientras los mendigos pedían limosna a los transeúntes. El agua sucia y los contenidos de los orinales eran arrojados por la ventana sin ningún miramiento al grito de “Gare à l’eau!” (¡Agua va!). Y al caer la noche, el peligro se cernía sobre la ciudad; sumida en la más completa oscuridad, quedaba abandonada en manos de los bandidos. 

París era un importante centro comercial, económico y bancario. El Sena estaba repleto de barcos, y sus orillas salpicadas de molinos. Talleres y puestos invadían los barrios. Los artesanos se agrupaban por calles a las que daban el nombre de su gremio, el más importante de los cuales era el de los aguadores. Los banqueros se situaban sobre el Pont-au-Change, y los carniceros en la plaza del Châtelet. Los estuviers, como se llamaban los propietarios de los baños públicos, eran tan numerosos que formaban su propio gremio. En el siglo XIII había 32. Pero generalmente estos lugares tenían mala reputación: se consideraban casi como burdeles, y ello a pesar de que en teoría la ley no permitía a las personas de mala reputación ni a los leprosos el acceso a tales servicios. 

Pont-au-Change

En 1163 comienza la construcción de la catedral de Notre-Dame, centro de la vida religiosa. En tiempos de Felipe Augusto se erigieron muchos edificios importantes. Fue él quien levantó una fortaleza que sería más tarde el palacio del Louvre, y también creó un mercado cubierto en Les Halles, algo que perduró hasta 1969. 

Su nieto, Luis IX, posteriormente canonizado como San Luis, convirtió la ciudad en el mayor centro de peregrinaje del siglo XIII con la construcción de la Sainte-Chapelle, la culminación de la catedral de Notre-Dame y la de la basílica de Saint-Denis. La Sainte-Chapelle fue ideada para albergar la más preciada de las posesiones del rey: la corona de espinas, comprada al emperador bizantino. En 1238 Balduino II, necesitado de todo el apoyo posible para su tambaleante Imperio, le ofreció la corona al rey de Francia. Por entonces la reliquia se encontraba en poder de los venecianos como garantía de un préstamo. 

La dinastía de los Capeto se extinguió en 1328. Eduardo III de Inglaterra reclamó el trono, en poder de Felipe VI, y así dio comienzo la Guerra de los Cien Años, que, entre otras calamidades propias de las campañas bélicas, pronto trajo la peste negra. La historia de París durante el siglo XIV quedó así marcada por las epidemias, la violencia y las revueltas populares. En enero de 1357 hubo una rebelión de los mercaderes, que pretendían recortar el poder de la monarquía y obtener privilegios para la ciudad. Al año siguiente las fuerzas realistas se hicieron con el control, y los cabecillas fueron ejecutados. Carlos V tomó medidas para evitar que algo así volviera a suceder: construyó una nueva muralla en torno a la ciudad y erigió la sombría fortaleza de la Bastilla para controlar a la población. 

Grand Châtelet

Durante la época medieval la ciudad no era gobernada directamente por el rey, sino por un preboste real, y los mercados parisinos eran dirigidos por un preboste de los mercaderes. Este los gobernaba desde su cuartel general en la maison aux Piliers, situado en el lugar en que se encuentra hoy el Hôtel de Ville. El preboste del rey residía en el Grand Châtelet, el edificio más siniestro de París. La fortaleza había sido previamente residencia de los condes hasta fines del siglo XII, y posteriormente fue escenario de la guerra civil entre Armagnacs y Borgoñones. El 12 de junio de 1418 el bando borgoñón, que sitiaba el Grand Châtelet, masacró a todos los prisioneros armagnac allí encerrados. Sus cuerpos fueron arrojados al vacío desde lo alto de las torres para ensartarse al caer en la punta de las picas que aguardaban abajo. 

Los ingleses ocuparon París en 1420, durante la Guerra de los Cien Años, y los ciudadanos les dieron la bienvenida. Esto tardaría en ser olvidado por los posteriores reyes de Francia. Siete años después de que Juana de Arco la sitiara sin éxito, la villa fue recuperada, pero los soberanos siempre la miraron con recelo en adelante. Esto le costó a París no volver a ser la capital hasta un siglo más tarde, en tiempos de Francisco I, cuando las tinieblas de la Edad Media se habían alejado ya para dar paso a la luz del Renacimiento.


sábado, 3 de diciembre de 2011

El nacimiento de un romano


“Si alguna se encuentra encinta, que levante sus plegarias después de soltarse el cabello, para que Juno Lucina le suelte también dulcemente el fruto de sus entrañas.” (Ovidio) 

Cuando un niño nacía en la antigua Roma, lo hacía en casa mientras se invocaba la protección de la diosa Juno Lucina (“la que trae niños a la luz”), la principal de las deidades que guiaban el nacimiento. Había muchas otras, como Vagitano, que abría la boca del recién nacido para que se produjera el primer llanto, o Alemona, que alimentaba al feto durante el embarazo; Antevorta asistía a los partos en los que el bebé venía de cabeza, y Postverta si venía de pie; Vitumno le daba vida en el momento de nacer, Cuba le llevaba a la cama, Cunina le acunaba y lo protegía contra los malos presagios... La cantidad de numina o manifestaciones divinas que protegían el mundo infantil era grande. 

Los hombres no asistían a los partos, ni siquiera el padre de la criatura, ni tampoco el médico, que se presentará después. Todo quedaba en manos de la partera, excepto en las familias más pobres que no podían permitirse contratar sus servicios, puesto que solían ser caros. En ese caso, la mujer no tenía más remedio que ser asistida por sus propias parientes. 

La partera aportaba la silla obstétrica en la que se sentaba la parturienta, desnuda y con los cabellos sueltos. No debía llevar ni siquiera un anillo, porque se consideraba que cualquier nudo o atadura dificultaría el nacimiento, ese desprendimiento del niño con respecto a la madre. La silla estaba horadada, abierta al frente, tenía un asiento en forma de media luna y unos reposabrazos a los que la mujer se agarraba durante el alumbramiento. Muchas contaban con un respaldo para poder empujar contra él, pero en ocasiones era otra mujer la que se situaba tras ella y la sujetaba. 

Era la partera quien observaba al bebé para comprobar su vitalidad y hallar posibles deformidades. Ella anunciaba su sexo, pero no con palabras, sino mediante señas, y cortaba el cordón umbilical a cuatro dedos del vientre de la madre. Para ello evitaba utilizar instrumentos metálicos. Las alternativas eran diversas: vidrio, cerámica o incluso una corteza de pan duro. Después ataba el cordón con hilo de lana y limpiaba al recién nacido. 

Comenzaba entonces una serie de ceremonias. Inmediatamente se ofrecía una comida sagrada a Picumno y Pilumno, hijos de Júpiter que presidían los matrimonios y la tutela de los niños. Para tratar de prevenir los peligros que acechaban a partir de ese momento, por la noche se reunían tres hombres en el umbral, uno armado con un hacha, el segundo con un mazo y el tercero con una escoba. Los dos primeros golpeaban la puerta y el tercero barría el suelo, con lo cual se consideraba que el lugar quedaba limpio de malos espíritus. 

El niño se depositaba a los pies del pater familias (padre o, en su ausencia, abuelo paterno, bisabuelo o persona que ocupe su lugar). Tollere filium, es decir, levantarlo en sus brazos, significaba que lo estaba reconociendo como suyo, aunque no fuese su hijo natural, y de ese modo era legitimado y pasaba a gozar de todos los derechos y privilegios como miembro de una familia romana. Esta ceremonia se llevaba a cabo en el dies lustricus, a los ocho días del nacimiento si era una niña y nueve si era un niño. 

El recién nacido (pupus) era entonces purificado en el altar familiar en una ceremonia llamada lustratio. Los invitados le regalaban los primeros juguetes (crepundia), pequeños abalorios que se colocaban en bandolera sobre su hombro y cuyo sonido metálico divertía al niño igual que un moderno sonajero. Tenían forma de flores, espadas, hachas y medias lunas, y ofrecían la particularidad de servir como identificación si un niño se perdía. 


Se le colgaban también al cuello unos amuletos llamados bulla. Estos, con forma de lenteja o esfera, podían ser de oro (aurea) o de cuero (scortea), dependiendo del poder adquisitivo de la familia. Eran medallones formados por dos placas cóncavas que guardaban en su interior el talismán al que se atribuía el poder de proteger contra los malos espíritus y la envidia de los hombres, y que el niño debía llevar hasta alcanzar los 17 años. Al cumplir esa edad lo consagraba a los Lares, los dioses que cuidaban del hogar, junto con su túnica infantil si pertenecía a la nobleza, la toga praetexta, blanca con una franja púrpura. A partir de ese momento vestiría la toga virilis

Plutarco dice que estos amuletos debían sugerir la pureza de los niños libres, y recordar que estaba prohibido ofender su pudor. Sin embargo, el origen de la bulla guardaba poca relación con la inocencia. A los romanos les gustaba contar que su uso se remontaba a los etruscos. Según esta historia, Tarquinio el Viejo habría ofrecido una bulla de oro a su hijo para recompensarlo por haber matado a un enemigo cuando solo tenía 14 años. Por tanto, el amuleto habría sido símbolo de proezas militares y virilidad, lo que explica que solo los niños varones lo llevaran. Algunos afirman que en un principio solo podían lucirlo los hijos de senadores y caballeros, mientras que los plebeyos solo tenían derecho a un collar de cuero. 

Las niñas llevaban otro tipo de amuleto, una lúnula que conjuraba el mal de ojo. Era portado hasta la víspera del matrimonio, momento en que se les retiraba junto a sus juguetes y demás símbolos de la infancia. 

El dies lustricus era la fecha elegida para dar al recién nacido su praenomen, equivalente a nuestro nombre de pila. Los nombres romanos constaban de praenomen, nomen o nombre familiar, similar a nuestro apellido; y cognomen, un apodo heredado de sus antepasados o puesto por alguna peculiaridad personal. Durante la ceremonia, llamada solemnitas nominalium, las niñas solo recibían el nomen, al que se añadía el ordinal. Si por ejemplo pertenecían a la gens Julia, serían Julia la Mayor, Julia Tertia, etc. 


Durante el dies lustricus se hacían también sacrificios domésticos. La ceremonia era muy esperada por los niños presentes, que recibían monedas y dulces, y la casa se decoraba con guirnaldas y pinturas que anunciaban el nacimiento a vecinos y viandantes. Abundaban las flores, corría el vino, se quemaba incienso y se comían pasteles. Durante toda la vida de un romano, el día que señalaba el aniversario de su nacimiento era una ocasión de fiesta y de recibir regalos. 

Non tollere filium, es decir, no tomar el padre al niño en sus brazos y darle la espalda, significaba abandonar al recién nacido a su suerte, condenarlo a la muerte por exposición. Un esclavo se llevaba a aquel que hubiera sido rechazado y lo dejaba junto a la carretera para que cualquier persona pudiera recogerlo. Si nadie lo hacía, el pequeño moría irremediablemente. 

En la antigua Roma había un lugar llamado la Columna Lactaria, ante el templo de la diosa Pietas en el foro Holitorio, que era el mercado de las verduras. Los más pobres acudían a mendigar leche para sus hijos. Allí podían encontrarse también mujeres que se ofrecían como nodrizas. Con el tiempo acabó siendo un lugar en el que al caer la noche se abandonaba a los recién nacidos. Los tratantes de esclavos pasaban a recoger a los expósitos y hacían negocio criándolos para venderlos después. La Columna Lactaria desapareció en el siglo I a. C. al construirse el teatro Marcelo, pero no desapareció con ella la tradición de exponer a los niños no deseados. 


Afortunadamente esto no ocurría con frecuencia, porque los romanos valoraban mucho una descendencia numerosa, incluso entre las familias con pocos recursos. En el año 18 a. C. Augusto impuso fuertes impuestos a los solteros, al mismo tiempo que incentivaba el matrimonio y la fecundidad. Sin embargo había diversas causas que conducían a esta cruel práctica: se exponía a niños con malformaciones. La Ley de las Doce Tablas establecía incluso el deber de matar a quien naciera deforme. En este caso el padre debía mostrar el bebé a cinco vecinos que lo declararan monstruoso. Sin embargo, también podían ser expuestos los que nacían sanos cuando sus padres no eran capaces de mantenerlos. Entre los campesinos, a veces la familia que no podía hacerse cargo de más hijos regalaba los sobrantes a otras familias. Pero a veces los expósitos eran de clase alta, cuando sus padres eran incapaces de proporcionarles una educación acorde con su estatus. Igual de cruel era el caso en que se exponía al niño por no proceder a un nuevo reparto de la herencia, ya que todo nacimiento anulaba las disposiciones testamentarias anteriores. Eran expuestos hijos incestuosos, de uniones ilícitas fuera del matrimonio, aquellos cuya paternidad era atribuida a algún enemigo de la familia y, por último, estaban los casos en los que el marido sospechaba acerca de la paternidad del recién nacido. 

Al parecer eran expuestas más niñas que niños. Existe una carta escrita desde Egipto por un ciudadano romano a su esposa. En el mensaje le dice: “Si, como bien podría suceder, das a luz un hijo, si es un varón deja que viva; si es mujer, deséchala”.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Hortensia Mancini (II)


La fuga de Hortensia no fue descubierta hasta la mañana siguiente. El marido corrió entonces a ver al rey para solicitarle que fuera detenida en la frontera, pero no le sirvió de mucho: Luis XIV profesaba un gran afecto a las sobrinas del cardenal, y, desde luego, en este asunto estaba inequívocamente de parte de Hortensia. El rey incluso la ayudó con una pensión que le permitiera vivir con independencia del esposo. 

La duquesa de Mazarino se dirigió primero a Suiza, y desde allí a Italia, donde vivía su hermana María, casada entonces con el príncipe Colonna. El disfraz no conseguía engañar a nadie. “Se sabía en casi todas partes que éramos mujeres. Nannon, mi sirvienta, continuaba llamándome Madame sin darse cuenta. Sea por eso o porque mi rostro despertaba sospechas, la gente, cuando nos encerrábamos en una habitación, solía espiar por el ojo de la cerradura; de ese modo descubrieron nuestras largas trenzas, que, tan pronto como nos sentíamos libres, como resultaban tan incómodas bajo las pelucas, solíamos soltarlas despreocupadamente. Nannon era muy bajita, y su figura se adaptaba tan mal a la que debería ser la de un hombre que yo era incapaz de mirarla sin reírme”. 

Sería prácticamente imposible seguir a Hortensia durante todos sus viajes por Europa y sus aventuras a partir de ese momento. Alta, deslumbrante con cualquier atuendo, incluso con el masculino que se aficionó a vestir de vez en cuando, vivió como quiso vivir, sin temor a los prejuicios de la época. Aprendió a disparar y a manejar el florete con maestría, fue una magnífica amazona, apostó fuerte en el juego y bebió como un cosaco, nadó desnuda en los ríos, tocó la guitarra, bailó como una gitana y tomó amantes de ambos sexos. 

Hortensia y María Mancini

Después de una estancia en Roma “y tras una serie de accidentes en los que encontró rudos soldados y cardenales galantes”, regresó a Francia disfrazada. Pero al enterarse su marido, Hortensia vio su libertad en peligro y rápidamente se dirigió a Saboya. Allí se convirtió en la amante del duque, que curiosamente había sido otro de sus pretendientes. 

A la muerte de este en 1675, la celosa viuda le ordenó hacer las maletas y largarse a otra parte. Hortensia puso sus miras en Inglaterra, se embarcó en Rotterdam y, tras superar una furiosa tormenta que duró cinco días, consiguió llegar a Londres en diciembre de 1675. El pretexto era visitar a su prima María de Modena, que se había casado con Jacobo, el hermano del rey. 

Su situación era desesperada para entonces, porque su marido no solo había conseguido apoderarse de su fortuna allá en Francia, sino también de la pensión que le concedía el rey. Sin embargo, aún contaba con su belleza, que continuaba siendo irresistible cuando comenzó su premeditado ataque al corazón de Carlos II. No tardó en convertirse en la principal rival de la duquesa de Portsmouth. Poco después de su llegada, el rey le asignaba unos apartamentos en el palacio de Saint-James y le concedía una generosa pensión. 


Su triunfo, sin embargo, fue breve. Hortensia se enamoró del príncipe de Mónaco, de visita en Inglaterra, y, fiel a sí misma, no hizo ningún intento por ocultarlo. Carlos, muy molesto, le retiró la pensión, aunque pasado el enojo se la volvió a conceder. Sus enfados nunca duraban. Si bien la relación terminó, ambos continuaron siendo buenos amigos hasta el fin de los días del rey. 

No había otra dama en la corte inglesa cuyos lances galantes fueran más notorios y sus intrigas más descaradas. Hubo un gran escándalo cuando se la relacionó con la joven condesa de Sussex, la mayor de las hijas del rey con Barbara Palmer. Ambas celebraron una extravagante competición de esgrima en St-James Park, vestidas en camisón mientras una multitud de cortesanos las jaleaban. Fue demasiado para el marido de la condesa, que tomó cartas en el asunto y envió a su esposa al campo. Allí la jovencita yacía desconsolada en su cama y no hacía otra cosa que besar una miniatura de Hortensia. 

La casa de la duquesa de Mazarino en Chelsea se convirtió en la más notable de su tiempo. Sus salones eran centro de reunión de lo más granado de la intelectualidad y de la belleza. En palabras de Saint-Evremond, “Sus invitados no ven otra cosa que no sea ella. Nunca vienen lo bastante pronto ni se van lo bastante tarde. Se acuestan lamentando haber tenido que dejarla, y se levantan con el deseo de verla de nuevo”. 


A la muerte de Carlos II, continuó siendo tratada con deferencia por su hermano y sucesor, Jacobo II, quien no solo la recibía en la corte, sino que le hizo el gran honor de invitarla a estar presente cuando la reina dio a luz. 

Hortensia sobrevivió a los turbulentos tiempos en los que Jacobo perdió el trono. Encontró también cortesía en la sombría corte de Guillermo de Orange, pero fue privada de la pensión que le había sido concedida y del apartamento del que disfrutaba en el palacio de St James. De pronto ya no era persona grata en la corte. Se le permitió, no obstante, permanecer en Inglaterra, en atención al temor que experimentaba ante la posibilidad de regresar junto a su esposo. 

Durante los últimos años de su vida vivió en la pobreza. Falleció en su casa de Chelsea en 1699 por causas no suficientemente aclaradas, aunque se habló de suicidio


Hortensia tenía 53 años y estaba enamorada del duque de Albemarle, mucho más joven que ella. Por desgracia otra mujer se interpuso entre ambos, y fue precisamente aquella que más agonía podría causarle: la mayor de sus hijas, la marquesa de Richelieu, cuya historia era bastante parecida a la suya. Hortensia reaccionó del peor modo posible y, loca de celos, solo encontraba consuelo en el brandy. Consiguió que el rey hiciera a su hija abandonar el país tan solo para sufrir el dolor postrero de ver a Albemarle partir en pos de ella. Su final fue el de una tragedia griega: se encerró en su casa y, al cabo de unos días, unos dicen que bebió un preparado que supuestamente la mató, y otros que se emborrachó hasta el coma etílico. Sea como fuere, allá en sus aposentos fue encontrada muerta, “rodeada de sus monos, sus loros y sus facturas impagadas”. 

El esposo reclamó su cuerpo. Los acreedores se habían apoderado de él; lo tenían secuestrado, por así decir, y no se lo entregaron hasta que Armand accedió a pagar las deudas

Pasó casi un año antes de que el excéntrico marido enterrara a Hortensia. Durante ese tiempo llevaba el ataúd consigo por dondequiera que iba, como en su día había hecho la reina Juana de Castilla con Felipe el Hermoso. Finalmente depositó los restos de su esposa a los pies de la tumba del cardenal Mazarino.

martes, 29 de noviembre de 2011

Hortensia Mancini, Duquesa de Mazarino


Hortensia Mancini, duquesa de Mazarino, es probablemente la más notable entre cuantas mujeres formaron parte del “serrallo” de Carlos II de Inglaterra. Durante su juventud fue una de las más ricas herederas de Europa, y, desde luego, también una de las más hermosas. Por la época en la que Carlos no era más que un príncipe errante, sin trono ni fortuna, había sido uno de los pretendientes a su mano, pero la oferta fue rechazada por el tío de Hortensia, el cardenal Mazarino, que no calculó que un día el Estuardo podría recuperar la Corona de su padre. Resulta irónico que al cabo del tiempo Hortensia terminara convertida en su amante y subsistiendo gracias a su generosidad. 

Se trataba de una criatura irreflexiva, casi se diría que salvaje, una joven no carente de ingenio y que prefería la emoción de la aventura a cualquier idea de grandeza. Nació el 6 de junio de 1646, hija de Lorenzo Mancini, un aristócrata romano, y de Girolama Mazarino, hermana del cardenal. Cuando tenía seis años su tío la hizo llevar a Francia para ser educada. La vivacidad y el gusto por las bromas siempre formaron parte de su carácter. En realidad con el paso de los años jamás dejó de ser una niña traviesa. Su tío la adoraba, si bien le inquietaba un tanto percibir la indiferencia de Hortensia hacia la religión. En una ocasión el cardenal le dijo: 

—Si no asistes a misa por amor a Dios, hazlo al menos por temor a los hombres. 

María Mancini, hermana de Hortensia

Mazarino las sometía a ella y a sus hermanas a una férrea vigilancia para asegurarse de que no se desviaban del camino recto. Según se narra en las memorias de Hortensia, las jovencitas estaban bajo la vigilancia de Madame de Venel, “tan acostumbrada a su papel de guardiana, incluso por la noche, que solía levantarse para ir a ver qué estábamos haciendo”. Una noche, creyendo oír un ruido sospechoso, madame de Venel se temió lo peor y adormilada como estaba entró en la habitación donde dormía apaciblemente María Mancini, a la que por entonces pretendía Luis XIV. Nerviosa ante la posibilidad de toparse con Su Majestad y sin saber muy bien cómo debería reaccionar en el caso de que lo sorprendiera en tan embarazosa situación, la dama se puso a tantear la cama en la oscuridad para comprobar que había una sola persona en ella. Pero en su exceso de celo tuvo la mala fortuna de ir a meter un dedo en la boca de María. Esta, al despertarse sobresaltada con la intrusión, le mordió el dedo con todas sus fuerzas. Entre el susto y el dolor, madame de Venel lanzó lo que más que un grito fue un bramido, de tal modo que despertó a todo el piso. “Imaginad el asombro de ambas cuando se despejaron por completo, al encontrarse en esa situación. Mi hermana estaba sumamente enfadada por tan intensiva vigilancia. Al día siguiente le contaron la historia al rey y toda la corte se rió.” 

El 1 de marzo de 1661, a punto de cumplir quince años, Hortensia contrajo matrimonio con Armand Charles de La Porte, duque de La Meilleraye y de Mayenne y Par de Francia. Desde entonces el matrimonio llevó el título de duques de Mazarino. El cardenal había querido casar a Armand con otra de sus sobrinas, pero el duque se enamoró perdidamente de Hortensia apenas la vio, y aseguró que si no se casaba con ella moriría en tres meses. 

Mazarino falleció al año siguiente dejando a su sobrina una herencia fabulosa y un esposo difícil de soportar. Armand se mostraba excesivamente celoso, era caprichoso, tenía un carácter malhumorado y no se destacaba por su brillante intelecto, sino que, por el contrario, daba muestras de ser mentalmente inestable. Más que un cristiano devoto, se creía inspirado por Dios, y sus supuestas visiones y revelaciones divinas eran el hazmerreír en la corte del Rey Sol. Llevaba hasta tal punto su fanatismo que no quería que las nodrizas amamantaran a los niños en los días en que se celebrara alguna festividad religiosa. Tampoco le gustaba que las lecheras ordeñaran las vacas, porque eso tenía para él connotaciones sexuales. Además hacía que a sus sirvientas femeninas les arrancaran dientes para impedir que atrajeran la atención de los hombres. Tenía una magnífica colección de arte, pero él la estropeaba haciendo que pintaran encima de los desnudos para que no se viera nada indecoroso. 


El matrimonio fue un infierno: Armand prohibía terminantemente a su esposa quedarse a solas con cualquier hombre, la obligaba a rezar durante buena parte del día en la capilla, pidiendo perdón por los pecados de la carne, y organizaba extravagantes búsquedas a medianoche, a la caza de posibles amantes secretos. 

Al cabo de seis años el matrimonio se rompió. Harto del comportamiento de una esposa mundana y que amaba reír sobre todas las cosas, Armand decidió enviarla a un convento

Mientras permanecía con las monjas, Hortensia tuvo por amiga y compañera, y al parecer por algo más, a la marquesa de Courcelles, otra dama casada, joven y alegre como ella, a la que el esposo había encerrado allí acusándola de adulterio. Una de las diversiones de ambas era echar tinta en la pila del agua bendita para que los rostros de las monjas se mancharan de negro al persignarse. A veces trataban de escaparse por la chimenea, y por la noche, cuando todas dormían, disfrutaban corriendo por los dormitorios con un montón de perritos ladrando y aullando tras ellas. En una ocasión llenaron de agua las camas de las religiosas a través de unas grietas en el suelo del piso superior. Hortensia lo confiesa, y añade que “con el pretexto de hacernos compañía, no nos perdían de vista. Las más ancianas, como eras las más difíciles de sobornar, eran las elegidas para esta misión; pero como no teníamos nada mejor que hacer que corretear por ahí, pronto las cansábamos a una tras otra, y hubo una o dos que se hicieron un esguince por intentar darnos alcance”. 


Finalmente se decidió que regresaría al palacio Mazarino, donde ella y su esposo ocuparían habitaciones separadas. Su hermano Felipe, duque de Nevers, residía en un palacio contiguo. Hortensia hizo abrir un pasadizo mediante el cual tenía acceso a sus apartamentos a cualquier hora del día o de la noche. Esto dio pie a Armand para llegar al extremo de sugerir una relación demasiado íntima entre Hortensia y su hermano. 

La duquesa de Mazarino no soportaba aquella situación, de modo que decidió emprender la huida. La noche del 13 de junio de 1668 abandonó furtivamente el hogar conyugal ayudada por su hermano. Dejaba atrás a los cuatro hijos habidos de su matrimonio, el menor de los cuales tenía tan solo dos años. 

Para llevar a cabo su propósito se fingió indispuesta y se retiró a sus aposentos con una de sus servidoras. Allí se disfrazaron de hombre, y de ese modo atravesaron las puertas de la ciudad hasta alcanzar un carruaje que las estaba aguardando.



Continuará el jueves 1 de diciembre con la segunda y última parte.