sábado, 30 de octubre de 2010

Lady Catherine Grey


Catherine Grey 

Catherine Grey era la hermana de aquella desdichada Lady Jane que fuera conducida al cadalso a comienzos del reinado de María Tudor. Ambas hermanas compartieron no sólo talentos y virtudes, sino también la mala fortuna. Heredaban las mismas pretensiones al trono inglés como nietas que eran de la otra María Tudor, hermana de Enrique VIII. Eso era más que suficiente para convertirse en objeto de recelo por parte de la nueva soberana. Sin embargo, el carácter tranquilo y carente de ambición de Catherine no parecía hacer necesaria la violencia para someterla, por lo que María prácticamente se olvidó de ella. 

Catherine Grey contrajo matrimonio con Henry Herbert, hijo del conde de Pembroke, en 1533, el mismo día en que Lady Jane se casaba con Guilford Dudley. Pero cuando tuvo lugar el fracasado intento de colocar a su hermana en el trono, el conde de Pembroke quiso salvarse distanciándose lo más posible de la familia Grey, para lo cual hizo anular el matrimonio de su hijo. 

Después de María Tudor llegaba al trono Isabel. La nueva reina tampoco temía que la dulce Catherine le arrebatara la corona, pero sí que un esposo o un hijo suyo conspiraran en su lugar y alentaran todas las pretensiones de las que la joven carecía. Para evitarlo le prohibió casarse y la mantenía a cierta distancia de la corte, vigilada por sus espías. Sin embargo al poco tiempo cambió de idea, y, pensando que era mejor tenerla cerca, la llamó a su lado. 

No fue una decisión afortunada, porque la belleza de Catherine atraía la admiración y ganaba los corazones de los cortesanos, entre otros el del galante Edward Seymour. 

Isabel I

Edward era hijo del infortunado duque de Somerset, decapitado durante el reinado de Eduardo VI. Por desgracia, parece que Isabel había puesto sus ojos en el apuesto Seymour, al que le hubiera gustado contar entre sus propios admiradores. Pese a no ser muy partidaria de conferir honores y dignidades, le había devuelto las propiedades de su padre. La reina lo había nombrado primero caballero, después Barón Seymour y por último Conde de Hertford. 

El conde pagó tanto honor manifestando la más absoluta devoción en su servicio. Las atenciones que los cortesanos tenían con la reina en aquella época eran tan caballerosas que ella frecuentemente confundía las manifestaciones de respeto y lealtad con las de ternura y amor. Así ocurrió con Edward. 

Isabel, celosa y fastidiada al constatar que las preferencias del joven se orientaban claramente hacia Catherine, procuró el alejamiento de Seymour y lo envió fuera de Inglaterra. Pero, sin ella saberlo, él y su amada habían contraído un matrimonio secreto en diciembre de 1560, en la casa de Edward en Canon Row. El único testigo había sido Jane, la hermana del novio. 

Catherine Grey

Pronto se hizo patente que Catherine no podría ocultar durante mucho tiempo más que esperaba un hijo. Había que informar a la reina, pero nadie se atrevía a ponerle el cascabel al gato. Finalmente la atribulada dama decidió recurrir a Robert Dudley, hermano de Guilford, el que había sido el esposo de su hermana Jane. En mitad de la noche se presentó en los aposentos que el caballero ocupaba en Ipswich y le relató toda la historia. 

Robert palideció: su alcoba estaba al lado de la de la reina, y no quería ni pensar en lo que ocurriría si ella lo sorprendía allí con una mujer embarazada, o si llegaba siquiera a enterarse de que tal escena había tenido lugar. Se deshizo de ella tan rápido como pudo y al día siguiente fue a hablar con Isabel. 

La reina montó en cólera al escucharlo, y no sólo porque todo hubiera sido tramado a sus espaldas, sino porque no aprobaba la elección de Catherine. En aquel tiempo Isabel consideraba la posibilidad de casarla con el conde de Arran, el cual aspiraba al trono escocés. Esto daba al traste con todos sus planes y le proporcionaba la excusa perfecta para poner a Catherine bajo custodia, de modo que su Corona no resultara amenazada. Isabel no vaciló y la hizo encerrar en la Torre de Londres. 

Catherine Grey y su hijo Edward

Seymour, que se encontraba en el continente a la sazón, compartió ese destino al regresar a Inglaterra. En vano solicitó una entrevista con la reina. Isabel no quería verlo, sino que lo envió directamente a la Torre. Allí el lugarteniente, Sir Edward Warnes, se compadeció y permitía los encuentros entre ambos esposos. 

La soberana, mientras tanto, hacía averiguaciones y consultas acerca de la validez de ese matrimonio, y se fijó una fecha para que los prisioneros aportaran las pruebas pertinentes que demostraran la legitimidad de su unión. Cuando llegó el día, no pudieron presentar los testigos necesarios, puesto que la hermana de Edward había fallecido. Hubo, además, otras irregularidades cuando, al ser interrogados sobre los particulares de la ceremonia, ambos afirmaron haber olvidado la fecha. Los servidores tampoco la recordaban, y el oficiante no pudo ser encontrado. 

En 1562 se anuló el matrimonio. Se declaró que la unión de ambos era adúltera y constitutiva de traición, siendo condenados a reclusión perpetua. El conde, además, debía pagar una multa de 15.000 libras por haber seducido a una princesa de sangre real

Isabel I

Tras haber dado a luz a Edward, Catherine tendría un segundo hijo durante su reclusión en la Torre. El niño llevó el nombre de Thomas y nació en 1563. Isabel volvió a enfurecerse cuando tuvo conocimiento de su nacimiento. Para evitar que Edward y Catherine volvieran a encontrarse, trasladó a la dama a Pyrgo bajo la custodia de su tío, Sir John Grey. Comenzaba para ella un peregrinaje a través de diversas fortalezas que fueron testigo de su desdicha hasta que la muerte vino a liberarla. Tenía sólo 27 años cuando falleció en Suffolk a consecuencia de una tuberculosis en enero de 1568. 

Una vez fallecida Catherine, Seymour fue puesto en libertad y se le permitió volver a aparecer por la corte

Su hijo Edward, aunque considerado ilegítimo tras la anulación de su matrimonio, iba a dar algún que otro quebradero de cabeza a la Corona. De él desciende la actual reina Isabel II a través de su madre, Elizabeth Bowes-Lyon.

jueves, 28 de octubre de 2010

Arsínoe II de Egipto


Arsínoe fue reina primero de Tracia, después de Macedonia y finalmente de Egipto. Su vida tiene mucho de tragedia griega. Nació hacia el 316 a. C., hija de de Ptolomeo I Sóter de Egipto y de su segunda esposa Berenice. Se casó con Lisímaco, rey de Tracia, en el año 300 a. C. Tracia estaba situada en Asia Menor, bordeada por el Mar Egeo y el Negro al este y al sur, y por el río Danubio al norte. Era, por tanto, un largo viaje desde Alejandría el que hubo de hacer la joven al casarse con el rey. 

Para Lisímaco, a sus 45 años, no sería la primera esposa. En realidad estaba casado con Amastris, a la que le fue preciso repudiar para poder contraer este nuevo matrimonio. Pero, debido a que el rey tenía hijos de esa unión, las perspectivas que se abrían para la posible descendencia de Arsínoe no eran brillantes. Él ya tenía un heredero al trono: su hijo Agatocles, quien casó con una hermanastra de la propia Arsínoe llamada Lisandra. 

Mal asunto para la ambiciosa reina. Ella finalmente tuvo tres hijos —Ptolomeo, Lisímaco y Filipo—, y se conformaba mal con este orden de cosas. De modo que hizo lo que cabía esperar y comenzó a intrigar contra Agatocles, al que trató de hacer envenenar y acusó de traición. El furioso Lisímaco ordenó la ejecución de su hijo, lo que desencadenó un conflicto bélico en el que se vieron implicados los aliados seléucidas, en cuya corte había buscado protección Lisandra. Lisímaco falleció en el transcurso de una batalla en el año 281 a.C. 


La reina tuvo entonces que huir con sus hijos buscando la seguridad en Cassandrea, donde su hermanastro exiliado y nuevo rey de Macedonia, Ptolomeo Cerauno, la persuadió de que se casara con él. Arsínoe aceptó esta unión por razones políticas, puesto que ella misma aspiraba al trono macedonio, pero las relaciones entre ambos fueron desastrosas desde un comienzo. Como él iba acumulando más poder, Arsínoe decidió que había que detenerlo. Comenzó a conspirar con sus hijos mientras su nuevo esposo se encontraba lejos durante el transcurso de una campaña militar, pero, descubierta la trama, el rey asesinó a Lisímaco y a Filipo, mientras que Ptolomeo pudo escapar. 

Arsínoe también hubo de hacerlo, viéndose obligada a regresar a Egipto. Cuando poco después el rey de Macedonia moría luchando contra los galos en el 279 a. C., el caos y la anarquía llegaron a la zona. Arsínoe trató de sentar en el trono al hijo que le quedaba con vida, pero fracasó. 

Unos tres años después de haberse instalado en Egipto, se casó con su hermano Ptolomeo II. Para ello tenía que deshacerse antes de la primera esposa de él, Arsínoe I, por lo que seguramente ella tuvo mucho que ver con el hecho de que fuera acusada de participar en un complot para asesinar al rey y enviada al exilio. Logrado su objetivo, ambos hermanos gobernaron juntos. Por fin encontró la reina perpetua armonía y entendimiento en un matrimonio. 


Fue sin duda gracias a ella que Egipto ganó la primera guerra siria, tras lo cual fue deificada y aparecía en las monedas. La nueva reina gobernó el Imperio y dirigió sus guerras, al tiempo que reunía a su alrededor intelectuales tan notables como el poeta Calímaco. Mujer de gran inteligencia y magnífica administradora, se cree que mientras vivió fue ella quien desempeñó el papel principal en la formulación de la política del reino. Varias ciudades llevaron su nombre, y su interés en la cultura la llevó a fundar un museo en Alejandría. 

Murió en el año 270 a. C., pero antes de su muerte ya era adorada como diosa, algo que ella misma podría haber animado. El rey erigió en su honor un monumento en Alejandría, conocido como el Arsinoeum. La había amado mucho: es de destacar que después de la muerte de Arsínoe, él continuaba refiriéndose a ella en los documentos oficiales, haciendo que continuara su presencia en las monedas y en las ceremonias.

lunes, 25 de octubre de 2010

El Bastardo del Príncipe Negro


Eduardo, el Príncipe Negro, falleció en junio de 1376, un año antes que su padre el rey Eduardo III de Inglaterra. A su muerte dejaba un hijo legítimo, Ricardo de Burdeos, que se convirtió en Ricardo II. Pero también dos hijos bastardos. Uno de ellos, Roger de Clarendon, fue reconocido y admitido en la corte. 

La madre de Roger, Edith de Willesford, fue la única amante conocida del Príncipe Negro. Apenas tenemos datos sobre ella, excepto que parece haberse tratado de una mujer de origen humilde. En cuanto al nombre que recibió el bastardo, sugiere que el niño nació en el palacio de Clarendon, Wiltshire, si bien ignoramos en qué fecha. 

Roger aparece mencionado en el testamento de su padre en 1376. Su abuelo ya le había concedido anteriormente una renta de 100 libras anuales, que le fue confirmada por Ricardo II al subir al trono. Se convirtió en caballero de la cámara del rey y permaneció en ese puesto al menos hasta 1396, o tal vez durante más tiempo. 

Chaucer leyendo the Legend of Custance en la corte de Eduardo III en el 45 cumpleaños del Príncipe Negro

Contrajo matrimonio con Margaret, heredera de la baronía de La Roches, pero, como su esposa falleció en 1382, una vez viudo haría un segundo matrimonio con Alice, viuda de Sir John Berners. La dama murió en 1388 dejando una hija, Adele. 

Sir Roger se vio envuelto en problemas con la ley en dos ocasiones. La primera fue en 1379, después de que un tribunal londinense fallara a favor de Sir Peter de Veel, que le reclamaba una deuda de 200 libras. Unos 20 años más tarde volvió a enfrentarse a la justicia tras herir a un caballero, Sir William Drayton, en el transcurso de un duelo. A consecuencia de este desdichado incidente fue encarcelado en el castillo de Wallingford, y liberado tras fijarse una fianza de 200 libras, por si el herido fallecía. Sir William, en efecto, murió. Roger fue acusado entonces de asesinato, pero logró fugarse. Aquellos que habían pagado la fianza perdieron la suma aportada, y el bastardo, convertido ahora en un forajido, fue despojado de todos sus bienes. 

Durante los siguientes tres años permaneció huido, y no reapareció hasta el año de 1402. Lejos de haberse aplacado su carácter tumultuoso, regresaba para unirse a una conspiración con el prior de Launde y 9 frailes franciscanos. Los planes tenían por objetivo destronar a Enrique IV, que se había coronado como rey de Inglaterra. 


Enrique, hijo de Juan de gante, era el primer rey de la Casa de Lancaster. Había sido en su día víctima de una orden injusta y arbitraria de destierro por parte de Ricardo II, quien confiscó todas sus tierras y herencias a la muerte del padre de Enrique, en contra de la palabra que había dado. Enrique no se dejó despojar; reunió un ejército y capturó a Ricardo, que fue trasladado a la Torre de Londres, conducido ante el Parlamento y obligado a renunciar al trono bajo 33 acusaciones diferentes. Después de eso fue encerrado en el castillo de Pontefrac, donde falleció meses más tarde, tal vez asesinado o al dejarle morir de hambre. 

El cadáver de Ricardo fue expuesto en la catedral de San Pablo para que todo el mundo se convenciera de que había muerto, pero esta medida no sirvió de mucho. Lanzado Roger a la conjura contra el nuevo rey Lancaster, se ocupó de difundir el falso rumor de que aún vivía. El complot, sin embargo, no prosperó. El bastardo fue arrestado el 19 de mayo de 1402, y 4 días más tarde todos los conspiradores eran enviados a la Torre de Londres acusados de traición. Sir Roger fue encontrado culpable y condenado a muerte, mientras que Enrique IV ordenaba que los franciscanos fueran ejecutados con el hábito puesto. Todos fueron conducidos hasta Tyburn para ser ahorcados. 

Se trató de una de las rebeliones más serias contra el nuevo rey, instigada por Northumberland y por Scrope, uno de los arzobispos que lo habían coronado en octubre de 1399. Scrope también fue decapitado el 8 de junio, en un campo entre York y Bishopthorpe, mientras protestaba que “nunca había deseado mal alguno a la persona del rey Enrique”. Fue enterrado en su propia catedral de York. 

sábado, 23 de octubre de 2010

Las Saturnalia



Las Saturnalia eran unas antiguas fiestas en honor a Saturno. Tenían lugar en diciembre, durante el solsticio de invierno. Con ellas se celebraba el fin de la época más oscura y el nacimiento del Sol Invictus. Según Tito Livio se introdujeron en el año 217 a. C. para levantar la moral de los ciudadanos tras ser derrotados por los cartagineses. 

En aquella semana de fiesta Roma era invadida por una alegría desenfrenada, recuerdo de la perdida Edad de Oro vivida bajo el reinado de Saturno. Durante esos días se suprimían las diferencias sociales, todos eran iguales y hermanos. Se cerraban los tribunales, las escuelas, las tiendas. Había intercambio de regalos y la gente se abandonaba a toda clase de bromas, incluso las más licenciosas. Todo era permitido a todos en aquel periodo. 

El primer día se celebraba un sacrificio en honor del dios y se cortaba la cinta que lo ataba durante el resto del año para que no huyera de la ciudad. Entonces las fiestas se consideraban inauguradas y se organizaba un banquete público. Durante los seis días restantes se organizaban diversiones populares de todo tipo, entre las que destacaban las loterías y juegos de azar, que gozaban de gran aceptación. En la segunda jornada tenía lugar un carnaval

El día más sobresaliente de las fiestas era el 19, porque se dedicaba de manera especial a Ops (Rea), diosa de la abundancia y esposa de Saturno. En aquel día incluso los esclavos participaban de la fiesta y, gozando de completa libertad, se vestían con los trajes de sus amos, que debían servirles incluso en la mesa. Es por eso que también se llamó a las Saturnalia “fiesta de los esclavos”. Éstos se ponían unos gorros llamados pileus, símbolo de libertad. Podían comer y beber cuanto desearan, y disfrutaban de tiempo libre. 


Los romanos ricos, durante esos días, acostumbraban a tener la mesa completamente llena para cualquiera que se presentara en su casa. Era típico de las saturnalia un dulce elaborado a base de miel y frutos secos en cuyo interior se ocultaba una haba. El afortunado a cuya ración había ido a parar la haba era coronado como princeps saturnalicius, y los demás debían obedecer sus órdenes. Tenían además lugar combates de gladiadores y los mejores juegos en el Circo, a los que asistía gratuitamente todo el pueblo. 

Las Saturnalia constituían, pues, una fiesta de alegría para los romanos y en especial para las clases más necesitadas. Se daba la libertad a los presos y se suspendían las ejecuciones. Pero con el tiempo degeneraron en las orgías más desenfrenadas. Dada la época del año en que se celebraban, el cristianismo, con el fin de santificarlas, colocó las fiestas de Navidad por esas fechas. 

Pero, además de ser tiempo de diversión, también eran unas fiestas propicias para conspiraciones y asesinatos: la conjura de Catilina se llevó a cabo durante las Saturnalia, aprovechando la circunstancia de que todo el mundo estaría ocupado con las celebraciones, y Caracalla planeó asesinar a su hermano también por esas fechas. 

Los emperadores fracasaron en sus intentos por reducir el número de días que duraban estas fiestas. Augusto intentó que durasen sólo tres días, y Calígula cinco, pero sus intenciones provocaron la ira de la multitud y revueltas populares. 


En la época imperial, con el desarrollo de la romanización en África, Saturno no sólo encarnó al Cronos helénico, sino también en los países de origen fenicio y cartaginés al gran dios semítico Baal

Se representa a Saturno como un hombre viejo, desnudo, a veces con una pequeña hoz en una mano y un reloj de arena en la otra, a la manera del Crono griego. También se le representa devorando a sus hijos, como se ve en las pinturas de Rubens y Goya en el museo del Prado. En la iconografía de las estaciones personifica el invierno. 

En Roma la anhelada Edad de Oro de todos los pueblos se identificó con la época del reinado de Saturno en Italia, que por entonces se conocía como Ausonia. Los dioses convivían con los mortales. Las puertas no existían, puesto que nadie tenía nada que ocultar y no había robos. Los hombres se alimentaban solamente de legumbres y fruta, porque nadie se había planteado matar. Entonces Saturno enseñó los rudimentos de la civilización y a manejar la hoz, así como a servirse mejor de la fertilidad espontánea del suelo. Era una época en que la lana tomaba por sí misma vivos colores en el lomo de corderos y carneros, las zarzas ofrecían deliciosos frutos y la tierra gozaba de una eterna primavera. Los hombres no conocían las penalidades, ni la miseria ni la vejez, siendo siempre jóvenes. Cuando les llegaba la hora de la muerte se sumían en un dulce sueño eterno. 

Desgraciadamente este paraíso se perdió, pero los romanos gustaban de rememorarlo con la veneración al viejo Saturno, al que habían transformado en un dios civilizador y bienhechor. 



Bibliografía:
Francesc L. Cardona – Mitología Romana

jueves, 21 de octubre de 2010

La Bella Hija de Kent (II)


En octubre de 1360 Juana acompañó a su marido a Francia. A Thomas le encargaron que hiciera evacuar en Normandía los lugares ocupados ilegalmente por bandas armadas. Tres meses después de su llegada él moría en Ruán, el 28 de diciembre de 1360. Probablemente fue víctima de una epidemia de peste que empezaba a propagarse. No obstante algunos cronistas escriben que murió de pena al enterarse de que su mujer le engañaba con el Príncipe Negro. Según esta versión, los capitanes de las compañías que quería desalojar se burlaban de él diciendo que si él ni siquiera era capaz de conservar a su mujer, entonces ellos serían capaces de quedarse fácilmente con las fortalezas que habían tomado. Abrumado por la tristeza, Holland empezó a languidecer. 

A la muerte de Thomas Holland varios candidatos solicitaron la mano de la bella viuda de 34 años que se había convertido en un partido muy interesante. Como su madre y sus hermanos habían muerto, heredó todos los bienes de los kent y era ahora dueña de una fortuna inmensa. Uno de los aspirantes era Bernardo Brocas, un gran amigo del Príncipe Negro, “caballero de gran renombre, tan buen administrador como valiente capitán”. Era hijo de un gascón que se instaló en Inglaterra durante el reinado de Eduardo II. Tímido con las mujeres, encomendó al príncipe que intercediera en su favor, demostrando con ello una asombrosa falta de tacto. 


El autor de la Crónica de los cuatro Valois relata con detalle la historia de esta entrevista, digna de una escena de Marivaux o de Musset. Allí se narra cómo Juana, enrojeciendo y con lágrimas en los ojos, declaró que no volvería nunca a tener esposo. Conmovido por la emoción de su prima, Eduardo la abrazó para consolarla. Mientras continuaba hablándole ella protestaba y suplicaba: 

—Ah, sire, por Dios, absteneos de tales palabras, porque mi intención es no volver a tener esposo. Me he entregado al más valiente de los que existen bajo el firmamento y, como es imposible que sea para mí, por su amor quiero preservarme de la compañía de todo hombre. 

Intrigado hasta un punto extremo, Eduardo quería saber quién era el tal caballero al ella amaba pero no podía contraer matrimonio con él. Le suplicó que le dijera el nombre del feliz mortal, y entonces Juana, medio desfallecida, le dijo: 

—Muy querido y muy temido señor, sois vos, y por vuestro amor nunca estará a mi lado ningún caballero. 

Loco de alegría y olvidando completamente a su amigo, el príncipe respondió: 

—Señora, hago el voto a Dios de que, jamás, mientras vos viváis, tendré otra mujer que vos. 

La entrevista entre ambos debió de tener lugar en la primavera de 1361. Tal como se prometieron el uno al otro, no se separaban nunca, y se consideraban unidos por lazos de matrimonio. 

Contrariamente a lo que a menudo se ha escrito, el rey Eduardo III no representó el papel de padre ultrajado, pero es que una unión de su hijo con Juana contrariaba lo que había proyectado para él: esperaba que el príncipe se casara con Margarita, hija única de Luis el Malo, conde de Flandes. Un matrimonio de Eduardo con Juana perjudicaba su política extranjera, aunque por otra parte serviría a los intereses del tesoro real. Pero el rey conocía demasiado bien la manera de ser de esta dama que Froissart describe como “la mujer más bella de todo el reino de Inglaterra y la más enamoradiza”, de modo que no creía en la sinceridad de sus palabras cuando juraba que no volvería a casarse si no podía contraer matrimonio con el príncipe. 


Había muchos obstáculos a la hora de lanzarse a esa unión: el arzobispo de Canterbury advirtió a Eduardo de los problemas que podría causar el hecho de que, aunque Holland hubiera fallecido, Salisbury aún estaba vivo. Por tanto, podría recaer la sospecha de ilegitimidad sobre la descendencia que tuviera de Juana, quien finalmente le dio dos hijos. 

Puesto que el parentesco entre los contrayentes era motivo de excomunión en caso de matrimonio, el rey de Inglaterra dirigió él mismo una solicitud al Papa Inocencio VI pidiéndole la dispensa necesaria para la unión de ambos. Mediante una bula fechada el 7 de septiembre de 1361, el Papa concedió la dispensa. La reina Felipa, vencidas sus reticencias iniciales, parecía encantada con la elección de su hijo, puesto que ella misma había educado a la que ahora él prefería sobre todas las mujeres. 

El 10 de octubre de 1361 el arzobispo de Canterbury bendijo el nuevo matrimonio de Juana ante toda la familia real en la capilla del castillo de Windsor, pero esta unión no fue apreciada por los ingleses. No les gustó que se permitiera al heredero de la Corona hacer una boda por amor. ¿No hubiera sido su deber hacer un matrimonio con una extranjera a fin de sellar una alianza útil al reino en esos tiempos de guerra? 

Sin importarles nada la opinión de la gente humilde, Eduardo y Juana se instalaron en Berkhamstead, donde invitaron a pasar las fiestas de Navidad a la familia real. Parecían felices y llevaban una vida de lujo. Peligrosamente pródigo antes de su matrimonio, el príncipe lo fue aún más para colmar a su mujer de regalos: la lista de las joyas, trajes, pieles y objetos que le ofreció es interminable. 

Acostado al lado de Juana en la enorme cama que hizo confeccionar para ella, toda de terciopelo rojo bordado en plata con plumas de avestruz y en oro con cabezas de leopardo, Eduardo seguramente no pudo adivinar que el único hombre al que ella amó toda su vida fue Thomas Holland. Veinte años más tarde, en el momento de su muerte, Juana no quiso ser inhumada al lado del Príncipe Negro. Su última voluntad fue que la enterraran al lado de Thomas. 



Bibliografía: 
El Príncipe Negro – Micheline Dupuy

martes, 19 de octubre de 2010

La Bella Hija de Kent


Rubia, vivaz y graciosa, Juana de Kent era una de las mujeres más bellas del reino de Inglaterra. El resplandor de sus ojos, la transparencia de su cutis y la perfección de su figura le valieron el sobrenombre de The Fair Maid of Kent. Desde su más tierna infancia Eduardo, el Príncipe Negro, admiraba a la que siempre llamaba su querida prima Juanita. 

Después del arresto de Sir Roger Mortimer, responsable de la ejecución del padre de Juana en 1330, la reina Felipa hizo venir a la niña a la corte. Seducida por la inteligencia y la belleza de la muchacha, cuatro años mayor que Eduardo, quiso vigilar ella misma la educación de la niña, privada injustamente de su padre. Margarita, la hermana mayor de Juana, así como Edmundo y Juan, sus dos hermanos menores, se quedaron con su madre en el castillo de Arundel, en el sur de Inglaterra. 

En 1339, cuando la reina marchó al continente, confió el cuidado de Juana a los condes de Salisbury. Estos proyectaban casarla con su hijo William, compañero de juegos y de guerra del Príncipe Negro. Juana sentía un gran cariño por ambos muchachos, pero prefería a Thomas Holland, un caballero de 22 años, senescal del conde de Salisbury. A los 14 años ya no era una niña. Su belleza subyugaba a cuantos se acercaban a ella, pero Juana sólo se interesaba por Thomas. Sin decir ni una palabra a los Salisbury, juró ante Dios y ante testigos que sería su esposa. Esta clase de juramento tenía en la época el mismo valor de un matrimonio, impidiendo contraer otro. Manteniendo siempre el mayor secreto, se entregó a su guapo y valiente caballero, y él, seguro de volver a encontrar a su amada a su regreso, se fue a combatir al continente. 


Mientras su marido clandestino estaba lejos, Juana continuó viviendo con los Salisbury sin decirles la verdad. Al cabo de un tiempo sin noticias de Thomas, tal vez pensando que él ya no regresaría, terminó casándose con William, aunque algunos cronistas afirman que fue obligada a hacerlo contra su voluntad. Sea como fuere, el rey Eduardo III colmó de favores a la nueva pareja y les regaló el castillo de Mold al norte de Gales. 

Juana y William vivían con frecuencia al lado de los condes de Salisbury, en Londres o en el castillo de Wark, cerca de la frontera escocesa. Una de las numerosas revueltas de Escocia contra Inglaterra iba a obligar al rey a venir a Wark. Juana y su esposo estaban en el castillo cuando fue sitiado por los escoceses. Como el padre de William se encontraba en Francia, el muchacho estaba solo para proteger a su madre y a Juana. Por la noche consiguió deslizarse entre las tiendas de campaña de los sitiadores para ir a pedir ayuda al rey de Inglaterra, cuyo campamento estaba instalado no lejos de allí, en Berwick. Sin esperar, Eduardo III voló a socorrer a las dos condesas, rechazó a los escoceses y se instaló en el castillo por unos días. Según Froissart, se enamoró locamente de la madre de William, bella y joven aún a sus 35 años, pero para otros historiadores fue Juana, y no su suegra, quien desencadenó la pasión real. 

En 1347 Juana siguió a la reina Felipa a Calais, donde según la tradición su jarretera se convirtió en la insignia de la Orden más respetable de la realeza inglesa. Se dice que la noble Orden de la Jarretera, palabra que significa liga, recibe su nombre a causa de un incidente protagonizado por ella cuando se le cayó una de las suyas mientras bailaba en una fiesta. El rey la recogió y fundó la institución en su honor, con el lema Honi soit qui mal y pense (la vergüenza caiga sobre quien piense mal). El lema iba en francés porque éste era el idioma de la corte en aquel tiempo, para recordar el origen normando de la dinastía. 


Thomas Holland, mientras tanto, había guerreado y tomado parte activa en la campaña de 1346. En Crécy mandó un destacamento del Príncipe Negro. Tan pronto como regresó a Inglaterra, después de la caída de Calais, hizo una petición al Papa Clemente VI para que anulara el matrimonio de Juana con William de Salisbury, a fin de hacer válido el suyo propio. 

William, furioso, combatió contra Holland durante los torneos que se celebraron en Navidad de 1348. Pero nada impidió que el 13 de noviembre de 1349 el pontífice hiciera saber a Juana de Kent que su matrimonio con Salisbury estaba anulado y que, oficialmente, era devuelta a sir Thomas Holland. 

Más hermosa que nunca, la Bella Hija de Kent podía al fin vivir con el hombre al que amaba, y al que finalmente dio dos hijos y tres hijas. 

El Príncipe Negro, que nunca dejó de amar y defender a su prima, sostuvo a dos de sus hijos en las pilas bautismales. Como siempre le manifestaba una gran ternura y le hacía regalos, las malas lenguas esparcieron el rumor de que eran amantes. Eduardo continuaba soltero a sus 29 años, aunque tenía dos hijos bastardos con mujeres diferentes: sir Roger Saunders y sir Roger Clarendon. Este último fue ejecutado en 1402 por orden de otro rey de Inglaterra, Enrique IV, que temía las pretensiones a la Corona del bastardo.

Continuará

domingo, 17 de octubre de 2010

Bodas en la antigua Grecia


El matrimonio griego se caracterizaba fundamentalmente por su aspecto religioso. La diosa del matrimonio y protectora de las mujeres casadas era Hera. Sin embargo, no intervenían sacerdotes en la celebración de la boda. 

La principal finalidad era tener hijos varones que dieran continuidad al linaje, celebrasen el funeral del padre y continuaran los ritos familiares tras su muerte. Esto se percibía como necesario para la felicidad de los muertos en el otro mundo. 

El vínculo matrimonial era, además, una forma de establecer alianzas. No tiene en cuenta el amor; los contrayentes no se eligen mutuamente, sino que son los padres de ambos los encargados de decidir quién es la persona más adecuada para sus hijos. 

El novio ofrece al padre de la joven importantes regalos, que reciben el nombre de hedna. Es lo que se conoce como matrimonio por compra. La mujer en realidad no se casa, sino que es tomada por esposa. Los hedna permitían al esposo pasar a la mujer del oikós paterno al suyo propio, y con eso se sellaba la alianza entre ambas familias. 

Otra forma de establecer alianzas es a través de los meilia o dones de reparación, en virtud de los cuales la familia del ofensor ofrece una hija como regalo al ofendido. 


El ritual de la boda se celebraba generalmente en invierno. La fecha se elegía cuidadosamente. Era recomendable celebrarla en el mes de enero y durante la luna llena. Las celebraciones duraban tres días, llamados praílía, gámoi y epaílía

El primero se dedicaba a la preparación de la novia, y tenía lugar en la casa de su padre. Se empezaba con un sacrificio. La novia ofrecía en el altar sus juguetes de infancia, junto con algunos mechones de su cabello o su cinturón, o ambas cosas. Ofrecer el cabello simbolizaba el abandono de la infancia y la sumisión al esposo, y el cinturón la entrega de la virginidad. También el novio se cortaba el cabello y hacía sacrificios a los dioses del matrimonio. 

Antes o después de esto tenía lugar el baño ritual de la novia en una fuente o río sagrado. Podía bañarse en su casa, pero entonces tenían que transportar el agua desde los lugares adecuados. El baño simbolizaba la purificación de la novia y el deseo de hacerla fértil. 

El segundo día comenzaba un banquete que solía celebrarse en casa del padre de la novia. El novio se reunía con todos sus amigos, mientras que ella se sentaba con las suyas en una mesa aparte. Era típico comer pasteles de sésamo. Después un niño, coronado de hojas de acanto y bellotas, y cuyos padres tenían que estar vivos, repartía pan o roscos que portaba en una canastilla mientras repetía que “los novios han escapado de un mal para encontrar un bien”. Tras la comida se quitaba el velo a la novia en una ceremonia que se llamaba anakalipteria, y durante la cual se procedía a la entrega de los regalos del novio. 


Al caer la noche la novia abandonaba sus aposentos y atravesaba la ciudad en un carro tirado por mulas o caballos hasta la casa del que pasaba a ser su esposo. Iba sentada entre éste y su parochos, es decir, el amigo o pariente más próximo de él, aunque cuando un hombre contraía segundas nupcias no acompañaba personalmente a la novia. 

Se coronaba a los novios y se los adornaba con cintas de colores, ambos se vestían de gala, ella con su velo, y en épocas muy remotas se intercambiaban los trajes, para simbolizar la íntima compenetración del uno con el otro. La madre de la novia, los esclavos y otras mujeres seguían a la comitiva portando antorchas, símbolo que legitima la boda. Todos iban cantando al son de las liras, flautas y cítaras, los jóvenes bailando en corros; se arrojaban confites y dulces, y toda la ciudad era fiesta y regocijo. La gente se detenía a mirar desde los vestíbulos de sus casas. 

Al llegar a la casa del novio, adornada con guirnaldas, hojas de olivo y laurel, se quemaba el eje del carro para que la esposa nunca sintiera la tentación de abandonar el hogar del marido. Luego la familia del novio le daba la bienvenida. Era la madre la encargada de recibirla con una antorcha, llamada del himeneo. Se arrojaba sobre la cabeza de los novios dátiles, higos y nueces, como símbolo de pertenencia al nuevo hogar. La novia era conducida al aposento nupcial, delante de cuya puerta se cantaba el epitalamio. Esa noche los recién casados se reunen en el thálamos, que el novio ha adornado también con guirnaldas, y comen el membrillo que simboliza la consumación. 


Y el tercer día, pasada la noche de bodas, consistía en la ofrenda de regalos y la entrega de la dote acordada. A los novios se los despertaba con una serenata, el diegertikon, y los parientes les hacían múltiples presentes, muchos de ellos con connotaciones eróticas. Ese día se celebraba una comida en casa del padre del novio o del propio novio, algo de lo que se excluía a las mujeres. Ni siquiera la recién casada podía asistir, aunque era ella quien tenía la misión de preparar los platos que se servirían durante esa jornada. 

Los invitados aportaban lo que podían: ovejas, vino, pan… Apenas el aedo comenzaba a tocar la cítara se inauguraba de nuevo el baile

En la antigua Grecia las mujeres comenzaban a contar su edad a partir del momento en que se casaban. Mientras aún no tenía un heredero, a la mujer se la llamaba nymfe, que equivalía a recién casada. Después de tener un hijo era gyné, palabra que significaba plenamente esposa.



Bibliografía:
perso.wanadoo.es/cespejo/mujer.htm
Eros en la antigua Grecia – Claude Calame
Nueva crestomatia griega – Antonio Bergnes de las Casas, Juan Oliveres
Encyclopedia of the Ancient Greek World - David Sacks,Oswyn Murray,Lisa R. Brody

viernes, 15 de octubre de 2010

Los Reyes Persas


Los aqueménidas nunca recibieron culto, excepto en Egipto, donde aceptaron las tradiciones locales y se asimilaron a los faraones con su carácter divino aún en vida. 

El Rey de Reyes recibe el Imperio soberano del gran dios Ahura-Mazda. Todos los hombres que están bajo su dominio son sus esclavos. Él tiene poder sobre la vida y la muerte, y todas las propiedades le pertenecen. 

La propiedad privada del rey aqueménida está constituida por lo que ha recibido en herencia, lo que pertenecía a los reyes que había conquistado y lo que él mismo había confiscado. 

La justicia también le pertenecía. El rey era infalible. Este absolutismo llevaba consigo la soledad y el distanciamiento. El rey vivía recluido, obligado a comer y a cenar en un comedor aparte, separado por una cortina de la mesa de sus acompañantes. No podía hablar libremente con sus súbditos; nadie podía rivalizar con él en fuerza física ni en destreza; nunca podía cambiar de opinión ni revocar una sentencia. Darío I fue, en buena medida, el organizador y creador de este protocolo. 


El rey de Persia era impar. Nadie en el mundo se le podía comparar o igualar. Por tanto, sólo se podía casar dentro de su propio círculo. Podía tener varias esposas. De las seis mujeres de Darío, Artistona fue la preferida. Heródoto dice que Darío tenía una estatua suya de oro en su palacio, y las tabletas de Persépolis registran que poseía un palacio en Kuganaka, una factoría de tapices y tierras diversas, además de una serie de tropas a su servicio. 

La esposa que más poder ejerció sobre un rey aqueménida fue, sin duda, Atosa, la mujer de Jerjes. Era la madre del sucesor, y por ello podía recibir el título de Reina de las Reinas e, incluso, era la única persona que podía contradecir el deseo o la opinión del Rey de Reyes. 

Después de Jerjes, sin embargo, los reyes se fueron haciendo más monógamos, aunque sin renunciar a mantener un harén. Estaba integrado por las muchachas que enviaban las diversas provincias del Imperio. Se exigía una cierta belleza, aunque no hasta el extremo que se exigía en la corte sasánida. Su número parece que no superaba las 400, una cifra ridícula también si se compara con el harén del sasánida Corroes II. Estaban rodeadas de eunucos, y cuando viajaban con el rey no podían ser vistas. 


El derecho de primogenitura era esencial, aunque no siempre respetado. Las luchas palaciegas que conllevaba conforman muchos de los reinados de los aqueménidas. Los otros descendientes constituían el séquito real o pasaban a integrar la jefatura del ejército o el gobierno de las provincias. 

Aromas, joyas, trajes, entronización mayestática, comportamiento riguroso, son rasgos característicos del rey de Persia. Parece ser que todo este teatro en torno a su figura lo habían tomado los persas de los medos. Cientos de servidores y guardias de corps rodeaban al supremo rey inclinándose ante su presencia —la proskynesis—, el acto más reprobable para un heleno. La presencia real está rodeada de botellas de perfumes para evitar los malos olores y contra el calor agobiante del clima y de las ceremonias. Abanicos y espantamoscas, sombrillas y palios para protegerlo del sol, concurren igualmente en la iconografía de una corte extraña a los ojos occidentales. 

Música, danza y caza eran, junto a la guerra, los entretenimientos favoritos del rey, que interpretaba la danza del escudo todos los años en el festival del dios Mitra. Y en la inscripción de la tumba de Darío I leemos: “Estoy entrenado en el uso de las manos y de los pies; como jinete yo soy un buen jinete; como arquero soy un buen arquero, tanto a caballo como a pie; como lanzador de jabalina yo soy un buen lanzador de jabalina, tanto a pie como a caballo”. 


La corte se movía con cierta frecuencia y se desplazaba a los palacios de verano. Pero Susa era la capital principal donde residía, al menos la mitad del año. Ecbatana era la favorita para el verano



Bibliografía: 
Bajo el palio del Gran Rey – Javier Arce

miércoles, 13 de octubre de 2010

Adelaida del Vasto, Reina de Jerusalén


Adelaida era hija del marqués Manfredo del Vasto y sobrina de Bonifacio de Salona (o Savona). Se casó con el gran conde Roger I de Sicilia en el 1089, convirtiéndose en su tercera esposa. Al fallecer Roger al cabo de algunos años, asumió la regencia por su hijo, Simon, que falleció en 1105, y después por el segundo de sus hijos, Roger II, que llegaría a ser uno de los más notables gobernantes de la Edad Media. 

La inmensa fortuna de la condesa viuda atrajo la atención del rey Balduino I de Jerusalén, que se había separado de su segunda esposa en 1108 y necesitaba otra más acaudalada. El pretexto alegado para deshacerse de la princesa Armenia Arda era que ella mantenía relaciones sexuales con hombres musulmanes. 

Adelaida se encontraba ya retirada de la regencia y buscaba nuevo esposo. Balduino pidió su mano y ella accedió a condición de que el rey aceptara los términos de su contrato: que si no nacía ningún hijo de su unión, la corona de Jerusalén pasaría a su hijo Roger II. La dama no impuso esa cláusula por casualidad: aparte del hecho de que ella misma ya no contaba con demasiados años por delante para ser madre, el rey de Jerusalén rebasaba los 50 y nunca había tenido hijos. 

Balduino aceptó y en 1113 Adelaida cruzó el Mediterráneo en una elegante nave que hacía recordar a la de Cleopatra, con una flota de barcos que cargaban su tesoro. La acompañaban arqueros musulmanes y mil soldados sicilianos. Balduino la recibió con gran pompa y ordenó que todo su reino se engalanara para festejar su llegada. Sin embargo, una vez hubo dispuesto a su antojo de la fortuna de la esposa para saldar sus deudas, el ardor del rey se enfrió. También el de ella se había apagado considerablemente al constatar lo lejos que se hallaba Jerusalén del lujo y refinamiento de su palacio de Palermo. 


En 1117 Balduino enfermó gravemente, y su confesor le convenció de que moriría en pecado, puesto que Arda aún vivía en un convento de Jerusalén y el divorcio nunca se había formalizado legalmente. El rey se recuperó, y entonces anunció la nulidad de su matrimonio con Adelaida. Ese mismo año se llevó a cabo la anulación en Acre. 

Abandonada, humillada y despojada de su fortuna, la reina regresó a Sicilia. El insulto de Balduino costaría caro a Jerusalén durante los años siguientes, pues ese matrimonio fue la base para la reclamación de Roger II sobre sus tierras. 

En 1117 hubo dos eclipses lunares que fueron interpretados como una predicción sobre la muerte de Adelaida. Durante los meses siguientes, en 1118, fallecieron el rey Balduino, su patriarca Arnulfo, el Papa, el sultán, el califa de Baghdad y el 16 de abril la propia Adelaida. 

Roger II, ultrajado por el trato dado a su madre, nunca perdonó la ofensa. Casi 30 años después aún negó su ayuda durante la Segunda Cruzada.

lunes, 11 de octubre de 2010

Alvilda, una pirata de leyenda


Alvilda (o Awilda) era hija de Synardus (o Siward), rey de la isla de Gotlandia. Cuenta la leyenda que sus padres la encerraron en su habitación y pusieron a dos serpientes guardando su puerta para mantener alejados a todos sus pretendientes a excepción del que se mostrara más ardiente, valeroso y persistente, tanto como para ser capaz de enfrentarse a ellas. Pero a aquel que no triunfara en su intento, el rey le cortaría la cabeza y la empalaría en una estaca. 

El vencedor resultó ser el príncipe Alf de Dinamarca, hijo del rey Sigar. Alvilda no estaba precisamente entusiasmada con la idea del matrimonio, de modo que eligió huir disfrazada de hombre. Según una versión su madre la ayudó a escapar y le proporcionó una nave. Según otra, se unió a una tripulación de mujeres que tampoco deseaban casarse, y juntas robaron un barco y comenzaron a sembrar el terror en la costa del Báltico. Poco después se encontraban con unos piratas que habían perdido a su capitán. Los hombres estaban tan impresionados por las habilidades de Alvilda que unánimemente la eligieron como su nuevo líder. 



Esta mujer formidable, cuya identidad permanecía en secreto, se convirtió en una auténtica pesadilla para los mercaderes. Tantos problemas causaba su tripulación que el príncipe Alf tuvo que partir en busca de los piratas para capturarlos. 

Alvilda y su gente lucharon con todas sus armas y presentaron feroz resistencia, pero finalmente fueron derrotados en el golfo de Finlandia. Alf y sus hombres abordaron el barco, donde comenzó el combate cuerpo a cuerpo. Uno tras otro los piratas iban cayendo, hasta que, tras haber perdido a buena parte de la tripulación, Alvilda se rindió y fue hecha prisionera. Alf estaba furioso, deseaba vengarse del pirata que durante tanto tiempo lo había tenido en jaque, sin saber aún que en realidad se trataba de una mujer. Pidió que la condujeran ante él y Alvilda compareció con su armadura puesta. El príncipe se aproximó espada en mano y la despojó del casco que ocultaba su rostro. Sólo entonces supo quién era la bella mujer pirata. 

El final de la leyenda fue muy romántico: Alf, al verla, volvió a proponerle matrimonio, y ella, por su parte, quedó tan impresionada por el modo en que el príncipe había luchado en la batalla que se casó con él. Juntos se fueron a Dinamarca, y tuvieron una hija a la que llamaron Gurith


Años más tarde, en una guerra contra la revuelta de un clan vikingo danés, Alf, sus hermanos y su padre el rey Sigar perdieron la vida. Gurith, la hija, fue la única superviviente de la familia. Después de reinar durante un tiempo, Gurith se casó con Halfdan y tuvieron un hijo llamado Harald, que se convirtió en el nuevo rey de Dinamarca. 

La mayor parte de la historia nos es conocida a través de poemas vikingos que se transmitían oralmente. Hay variantes en las diferencias versiones sobre cómo fue rechazado el pretendiente, aunque no parecen muy sustanciales. Sin embargo, existen dudas con respecto a si Alvilda existió realmente. La fecha de su reinado no puede ser verificada, aunque la mayoría parece sostener que se remonta al siglo V. Otros opinan que la historia se basa en una mujer pirata semilegendaria que vivió algunos siglos después. Sea como fuere, el relato original aparece recogido en Gesta Danorum, obra del siglo XII. 

Cuenta la leyenda que hay una isla secreta en la que Alvilda escondía su rico botín. ¿Se animan a buscarla? 



Bibliografía: 
Daring pirate women – Anne Wallace Sharp 
fionaurora.com/sea/pirate/alvilda.htm 
towim.denmasters.com/rp/alvilda/pirate.htmtowim.denmasters.com/rp/alvilda/pirate.htm 
en.wikipedia.org/wiki/Alf_and_Alfhild 

viernes, 8 de octubre de 2010

María Cristina de Austria (II)

María Cristina con sus hijos

La noche del 19 de septiembre de 1886, dos regimientos de Madrid se sublevaron al grito de Viva la República. El general Manuel Villacampa, promotor del pronunciamiento, fue juzgado y condenado a la pena capital, pero la Regente impuso al Consejo de Ministros el indulto del militar sublevado, que fue desterrado a Fernando Poo. Este acto de generosidad comenzó a hacerla popular. 

Su Regencia continuó hasta 1902, cubriendo una etapa de enormes dificultades, ya que, aparte de la lucha política interna, surgieron conflictos exteriores, especialmente en los restos del antiguo Imperio colonial. Estados Unidos aprovechó la voladura casual del buque de guerra Maine en la Bahía de La Habana para culpar de ello a España y declararle la guerra en 1898. Hasta 1976, las fuentes oficiales norteamericanas no se tomaron la molestia de exculpar a España de aquel incidente, pese a que les constaba desde el principio que no había tenido ninguna culpa. 

La contienda fue desastrosa para los intereses españoles; sus escuadras fueron destrozadas en Santiago de Cuba y Cavite, y la Paz de París sancionaba la pérdida de Filipinas, Puerto Rico y Cuba. 

María Cristina y Alfonso XIII

María Cristina fue mujer piadosa, leal, tímida, tranquila y consecuente con sus principios; meticulosa, concienzuda, trabajadora y tan digna como discreta. Su vida fue una línea recta y diáfana, cualidades que todos le reconocían, incluidos sus adversarios, que la llamaban Doña Virtudes. Fue también modelo de discreción y tino político en su respeto absoluto por la Constitución. 

“Su divisa fue siempre la lealtad; ningún otro monarca la observó con mayor escrúpulo. Una vez otorgada la confianza a un partido la mantenía hasta que las Cortes y la opinión le indicaban la necesidad de cambiar de rumbo”, dice Romanones. Y un republicano de la talla de Pérez Galdós escribía lo siguiente sobre ella en otoño de 1886: “En ningún tiempo estuvieron libres los reyes españoles de las influencias paulatinas en combinación con la política de fuera. Ahora sí que lo están. La reina Cristina no tiene camarilla ni ese círculo de consejeros privados que a veces hacen llegar a los reyes una expresión falsificada del sentimiento público”. 

María Cristina

Era aficionada al estudio y a la música, en especial de Mozart, Schubert y Beethoven, estupenda pianista y con una voz maravillosa para el canto. Su vida era transparente como el cristal; no solamente demostraba que nada tenía que ocultar, sino que tenía verdadero empeño en que todos lo supieran así. Entre otras cosas, dejaba siempre abierta la puerta del pequeño salón en que recibía, no encerrándose más que para tratar de asuntos de Estado. Introdujo la costumbre de recibir a los ministros “de dos en dos, como la guardia civil”, “con objeto de evitar que la conversación rebasara los límites de los asuntos propios de cada departamento y de que cada ministro resultara fiscal del otro”. Y además elegía a sus damas a su imagen y semejanza, procurando que fueran igual de virtuosas. Al respecto de esto se cuenta que en una ocasión preguntaron al embajador de Marruecos qué le parecía la corte de España, y él respondió: 

—Oh, la corte es maravillosa, pero el harén es bastante flojito. 

María Cristina y Alfonso XIII

En 1895 María Cristina llegó a renunciar, para sí y para sus herederos, a la fabulosa herencia que, al morir, quiso legarle el magnate Alejandro Soler y Durán. Y en 1901, y pese a su bien probada fidelidad vaticanista, la reina sugirió a su confesor que presentara la dimisión, debido a los intemperantes artículos que éste publicaba en la prensa, arremetiendo contra el anticlericalismo de Canalejas. 

Tras la mayoría de edad de su hijo se retiró de las actividades públicas y llevó una vida muy discreta, no dejando, sin embargo, de aconsejar al joven Alfonso XIII ni de preocuparse por la marcha de los asuntos de la nación. 

Sus nietos la adoraban. Era frecuente ver a María Cristina recorriendo las jugueterías de Madrid para volver cargada de juguetes para ellos. Les organizaba meriendas y diversiones en sus aposentos, y les ofrecía una moneda por cada lagartija que capturaran en la Casa de Campo. Fue ella, además, quien, durante la infancia de Alfonso, para entretenerlo encargó al padre Coloma el cuento del Ratoncito Pérez. 

María Cristina

Cuando estalló la I Guerra Mundial en 1914, dos reinas de España vivían juntas en el Palacio Real de Madrid: María Cristina y Victoria Eugenia de Battemberg, su nuera, nieta de la reina Victoria. Los hermanos de María Cristina combatían en los ejércitos de los Imperios Centrales, mientras que los de Victoria Eugenia eran oficiales británicos. La situación no podía ser más tensa. Ambas, al casarse, habían adoptado la nacionalidad española, pero no por eso habían renegado de su país de origen. Así, por ejemplo, cuando Italia entró en la contienda a favor de los aliados en mayo de 1915, María Cristina estaba tan contrariada que se negó a recibir al embajador italiano. Pero cuando se conoció la muerte en las trincheras de Flandes del príncipe Mauricio de Battemberg, hermano de Victoria Eugenia, abrazó a su nuera sinceramente conmovida, y las lágrimas de ambas llegaron a confundirse. 

La tarde del martes 5 de febrero de 1929, María Cristina asistió a una sesión de cine en el Palacio de Oriente, para distraer a sus nietas Beatriz y Cristina. Después se acostó, asistida por su antigua camarera Martina. De repente se despertó a consecuencia de una violenta crisis cardiaca. Acudieron presurosos el rey, el médico y su confesor. Después de recibir los últimos sacramentos, fallecía alrededor de las dos de la madrugada. 

María Cristina

Su muerte fue tan imprevista que los reyes de Dinamarca, invitados por ella, llegaron a Madrid unas horas después, en visita oficial. La capital estaba engalanada con colgaduras para recibirlos. Fue preciso retirarlas y poner las banderas a media asta apresuradamente. 

Tras la muerte de su madre, Alfonso XIII experimentó una terrible pena; su personalidad pareció cambiar. Tres veces por semana, conduciendo su coche, iba hasta El Escorial y permanecía largo rato orando en el Panteón. Con frecuencia decía: “Con ella parece que se apagó mi buena estrella”.

jueves, 7 de octubre de 2010

María Cristina de Austria

María Cristina de Habsburgo-Lorena

María Cristina Enriqueta de Habsburgo Lorena nació el 21 de julio de 1858 en la vieja mansión que sus padres, los archiduques Carlos Fernando e Isabel de Austria, poseían en Gros Sedowitz (Moravia), entonces parte del Imperio Austrohúngaro. En la ceremonia de su bautismo recibió también los nombres de Felicidad y Deseada, pero familiarmente la llamaron, simplemente, Crista. 

Desde su nacimiento fue Archiduquesa de Austria, princesa real y princesa imperial húngara. Con tan sólo 12 años hablaba a la perfección italiano, inglés y francés, además de su lengua alemana, y tenía conocimientos de español. Cursó además estudios de Filosofía, Economía y Ciencias Políticas en la Universidad. 

En 1876 el emperador Francisco José la invistió con la dignidad de Abadesa del Capítulo de las Canónicas del convento teresiano de Damas del Alcázar, establecido en el castillo de Kradschin (Praga). El título, sin votos solemnes, conllevaba ciertos privilegios: disponía de dos carrozas de lujo y de dos palcos en el Teatro Imperial, pero comportaba casi la soltería a perpetuidad. Allí dirigía la vida de 30 damas que debían tener por lo menos 16 antepasados nobles, pero cuyas familias estaban arruinadas. 

María Cristina

El 26 de junio de 1878 fallecía la primera esposa de Alfonso XII, María de las Mercedes de Orleáns. No teniendo herederos, el rey de España se veía obligado a contraer un segundo matrimonio, y la elección de sus ministros recayó en María Cristina. Los novios ya se conocían desde hacía tiempo, puesto que Alfonso había estado en Viena, estudiando tres años en el Colegio Theresianum. 

Completamente apático y casi obligado, el rey se desplazó a Arcachon (Francia) para recibir a su prometida, celebrándose posteriormente la boda en la Basílica de Nuestra Señora de Atocha en Madrid, el 29 de noviembre de 1879. La madre del novio, Isabel II, que se había negado a asistir a la boda de Alfonso con María de las Mercedes, asiste ahora complacida a este segundo enlace de su hijo. 

En la entrevista que tuvo lugar entre Alfonso y María Cristina en Ville Bellegarde antes de la ceremonia, la novia, que estaba acompañada por su bellísima madre, puso un retrato de María de las Mercedes sobre el piano, y prometió a Alfonso respetar siempre la memoria de la difunta reina. 

—Señor, mi mayor deseo es parecerme a María de las Mercedes —le dijo—, pero no me atrevo a asegurar que pueda nunca reemplazarla. 

María Cristina y Alfonso XII

Al rey le agradó mucho el detalle, pero no le entusiasmó la novia. Cuando el duque de Sesto se deshizo ante él en elogios hacia la belleza de María Cristina, Alfonso replicó: 

—No te esfuerces, Pepe. A mí tampoco me ha gustado. En cambio la que está bomba es mi suegra. 

De ese matrimonio nació el 11 de septiembre de 1880 la Infanta María de las Mercedes, así llamada a propuesta de la propia María Cristina. La infanta casaría con Carlos de Borbón Sicilia antes de fallecer de peritonitis en 1904. A finales de 1882 nacía María Teresa, destinada a contraer matrimonio con Fernando María de Baviera. 

Desde el primer día María Cristina comprendió que sería tratada como una extranjera, a pesar de que a su llegada de Viena, había dicho sinceramente emocionada al ser recibida por las Cortes: 

"Pido a la Cámara de los Señores Diputados que me consideren desde hoy como española, porque mi único deber es ser española y hacer la felicidad del rey en la modesta esfera de mi familia. Seré muy dichosa si los españoles me quieren como yo amo a España". 

María Cristina

El matrimonio no fue feliz. La propia reina, en palabras de uno de sus biógrafos, el conde de Romanotes, “no se ilusionó acerca de los sentimientos que había despertado en su futuro esposo”. Alfonso le era infiel con la hermosísima contralto Elena Sanz, su amante desde antes del matrimonio y con la que tuvo dos hijos gemelos, llamados Alfonso y Fernando. También tuvo por amante a la soprano italiana Adelina Borghi, la Biondina, a la que el Ministro de la Gobernación puso en la frontera por indicación del Presidente del Gobierno, Cánovas del Castillo. “Estas infidelidades estuvieron a punto de originar lo que pudo haber sido una fuga de la reina”, lo que se evitó gracias a la intervención del embajador de Italia. 

La reina detestaba al duque de Sesto, al que culpaba por la vida libertina que llevaba Alfonso. En una ocasión llegó a abofetear al duque en público, cuando le presentó al rey a una de esas cantantes de moda. 

Pese a todo ello, María Cristina mantuvo su absoluta devoción hacia el esposo infiel en la vida y en la muerte. Alfonso sufrió dos atentados de los que salió ileso, uno el 25 de octubre de 1878 y otro el 30 de diciembre de 1879. En esta segunda ocasión la prensa se hizo eco de que, al primer disparo, la reina se abrazó a su esposo con el ánimo de servirle de escudo. 

Alfonso XII

Alfonso enferma de tuberculosis y se decide que debe habitar en el palacio de El Pardo, puesto que el aire de la sierra será beneficioso para su salud. María Cristina se queda con las niñas en el Palacio de Oriente y comienza a asumir funciones de Estado. El 24 de noviembre de 1885, cuando asistía a la ópera en el Teatro Real, recibe la noticia de que el rey agoniza. 

Fallecido Alfonso XII en plena juventud, el 26 de noviembre de 1885 la viuda firmaba en El Pardo su primer decreto como Regente de España durante la menor edad del príncipe o princesa que habría de ser el sucesor en el trono y cuya identidad aún estaba por determinar, puesto que María Cristina esperaba un nuevo hijo, y si se tratara de un varón tendría precedencia sobre sus hermanas. 

Rodeada de reliquias —minuciosamente registradas puesto que se afirmaba que habían puesto una bomba en una de ellas— dia a luz a un niño al que bautizaron con el nombre de su padre. Nació a las 12.30 del lunes 17 de mayo de 1886 en el Palacio de Oriente, en Madrid. Sagasta exclamó: 

—¡Ya tenemos rey! ¡La más mínima cantidad de rey! 

El parto no había sido fácil, hasta el punto de que el niño fue bautizado in utero, ante el temor de que naciera muerto. Nació con ayuda de fórceps.

Continuará

martes, 5 de octubre de 2010

Fenicia


Había una vez un pueblo bañado por el Oriente del mar Mediterráneo, descendiente de aquel que la Biblia llama cananeo. Eran los fenicios. Temibles en el mar y con una gran experiencia en la navegación, se adentraban en lo desconocido aún con más audacia que los griegos. Sus naves de guerra eran ligeras, de proa estilizada y un espolón puntiagudo cuya finalidad era embestir a los barcos enemigos. Llevaban tres filas de remeros, por lo cual se les llamaba trirremes. Las naves que utilizaban para el comercio, en cambio, eran redondas, pequeñas y con sólo dos hileras de remeros. 

Su ciudad principal se llamaba Sur, palabra que en su lengua significaba roca, porque había sido construida en el año 1450 a. C. sobre una isla rocosa próxima a la costa. Nosotros conoceríamos la ciudad por su nombre griego: Tiro

Fueron tan buenos comerciantes como navegantes. La principal fuente de riqueza de Tiro eran sus tinturas. Obtenían una de color rojo púrpura a partir de un marisco, un caracol marino llamado múrice, mediante un procedimiento cuyo secreto supieron preservar. En aquellos tiempos las buenas tinturas eran escasas; generalmente se desteñían, por lo que esta llamada púrpura tiria era muy apreciada. Otro de los secretos de su prosperidad era la madera de los cedros de las montañas del Líbano


Cuando los griegos se encontraron por primera vez con los mercaderes fenicios, quedaron impresionados por las ropas tan coloridas que vestían. Fue por eso precisamente que les dieron el nombre de fenicios, palabra derivada de otra que significaba rojo sangre. Y a la tierra de los tirios la llamaron Fenicia. 

Estaban divididos en numerosas ciudades-estado independientes, cada una con su propio rey, cuyo poder no era absoluto, sino compartido con instituciones como el Consejo de Ancianos. Los cien miembros que componían este consejo eran mercaderes ricos que debían asesorar al rey en cuestiones políticas y económicas. 

Los fenicios se establecieron en la isla de Chipre durante el periodo que siguió a las invasiones dorias. Los griegos ya se habían establecido allí en la época micénica, por lo que coexistieron en la isla las ciudades fundadas por ambos, a menudo en conflicto. 

Antes de que comenzara la gran oleada de colonización griega, los fenicios habían fundado dos ciudades: la que los romanos conocerían como Útica y otra fundada en el 814 a. C., llamada Cartago


Cartago prosperó y llegó a ser más poderosa que Tiro. Durante mucho tiempo fue la ciudad más grande y floreciente del Mediterráneo occidental, y ningún barco podía entrar en esa parte del mar sin permiso de Cartago. 

Cuando los griegos ocuparon el este de Sicilia, los cartagineses ocuparon el oeste. Ambos pueblos se combatieron sin que ninguno fuera nunca capaz de expulsar totalmente al otro. Fueron también fenicios los que hacia el año 1100 a. C. fundaron Cádiz en el sur de España. 

Eran grandes amantes de los perfumes. No tenemos demasiados datos acerca de cuáles eran los aromas que más apreciaban, pero nos consta que fabricaban una gran cantidad de frascos para perfumes, que llevaron por todo el Mediterráneo. 

Para el comercio utilizaban el trueque, ya que la mayoría de los pueblos con los que negociaban desconocían la moneda. Cuando desembarcaban en un puerto, dejaban sus mercancías expuestas en la playa y regresaban a sus barcos. Allí esperaban a que las personas interesadas en adquirirlas depositaran junto al producto de su elección el equivalente que consideraban justo. Una vez realizada la operación, los fenicios volvían a la playa, y si aceptaban el precio, lo recogían y dejaban la mercancía. En caso contrario, se dirigían de nuevo a sus barcos en espera de una oferta mejor. 


Las civilizaciones anteriores, por ejemplo la egipcia, habían inventado la escritura, pero usaban cientos, o incluso miles de símbolos, uno para cada palabra, o al menos para cada sílaba. Los fenicios fueron los primeros en darse cuenta de que era posible hacer que cada símbolo representase simplemente a una consonante, y que bastaban dos docenas de letras. Cada palabra sería una combinación de varias letras. 

Todos los demás pueblos que después escribieron de esta manera parecen haber tomado las letras fenicias, aunque a veces de modo muy indirecto. Así sucedió con los griegos, como ellos mismos admiten en sus leyendas: fue Cadmo, el príncipe fenicio fundador de Tebas, quien habría enseñado el sistema a los griegos, con la variante de haber introducido algunas letras para representar vocales.