martes, 31 de agosto de 2010

El Caballero Bayardo

El Caballero Bayardo

El Caballero Bayardo fue uno de los más grandes héroes de Francia. Su valor era tan proverbial que se lo conoce como “El caballero sin miedo y sin tacha”, o como “El buen caballero”. El Señor de Bayard se llamaba Pierre du Terrail, y había nacido hacia 1476 en Château Bayard, cerca de la ciudad de Grenoble.

Como procedía de una familia de guerreros del Delfinado que habían rendido extraordinarios servicios a su país durante la guerra de los Cien Años, no se esperaba de él otra cosa que no fuera elegir la profesión de las armas. Para ello el primer paso era convertirse en paje, y como tal entró a servir en la Casa del duque de Saboya.

Pierre ya apuntaba maneras desde el principio. Era guapo, alto, esbelto, de ojos y cabello negro, tez bronceada y perfil aguileño. Su carácter era alegre, generoso hasta el exceso —lo que hacía que siempre tuviera el bolsillo vacío—, sobresalía como jinete y en el manejo de la espada, y estaba, enfin, adornado con tantas cualidades que no tardó en hacerse amar por toda la corte.

Un día el duque, que iba a visitar al rey Carlos VIII, decidió que nada podría agradar más a su soberano que recibir como regalo a su paje. El rey, en efecto, quedó encantado con Bayardo y lo colocó en el palacio de su favorito Luis de Luxemburgo, Señor de Ligny.


Un día se celebró un torneo en honor del rey Carlos y de las damas de la corte. Según costumbre de la época, los hombres que deseaban luchar colgaban los escudos en los árboles próximos al lugar donde se celebraría el torneo, a modo de desafío. Aquel que deseara aceptar el reto, debía golpear el escudo con su lanza o espada. Claude de Vaudré, que era el campeón de Francia, colgó el suyo. Entre aquellos que lo golpearon se encontraba Pierre. Montjoy, el rey de armas, se rió de tamaña osadía cuando anotó su nombre entre los participantes en el torneo. Pero ¡ay!, no había razón para ello: finalmente fue él quien ganó el premio. Había conseguido derrotar al campeón.

En otra ocasión, cuando ya su fama hubo traspasado fronteras, fue él quien colgó su escudo, y 48 caballeros aceptaron el reto. Bayardo los derrotó uno a uno.

Pero también tuvo oportunidad de demostrar su valía en una verdadera guerra: el rey de Francia, Carlos VIII, invadió Italia, y los Estados italianos formaron una liga contra él. Los franceses ganaron la batalla en Fornovo, a pesar de que el ejército enemigo era mucho más numeroso. El campeón ese día fue nuevamente Bayardo. El enemigo había matado a dos de sus caballos, su espada se había partido y la cota de mallas estaba destrozada, pero a pesar de todo había logrado apoderarse del estandarte real de Nápoles. Allí mismo, sobre el campo de batalla, el rey le armó caballero.

Carlos VIII

Carlos VIII falleció al poco tiempo, pero el nuevo monarca, Luis XII, continuó la lucha en Italia. Cruzó los Alpes y capturó Milán, aunque la plaza fue pronto recuperada por los Sforza. Un día acampaban 300 hombres de Sforza junto a la ciudad cuando Bayardo, con sólo 50 de los suyos, los atacó. Tras una encarnizada lucha, los italianos huyeron al galope para refugiarse en el interior de las murallas. Bayardo, suponiendo que sus camaradas le seguían de cerca, partió en su persecución hasta el interior de la ciudad, blandiendo su espada desnuda y profiriendo su grito de guerra: “¡Francia!”. Al llegar a la plaza ante el palacio de los Sforza fue rodeado por el enemigo, reducido y hecho prisionero. Cuando Sforza se enteró, pidió que lo llevaran a su presencia para oír lo que tenía que decir. El duque, impresionado, le concedió la libertad sin pedir rescate alguno por él, y se ofreció, además, a concederle cualquier merced que le solicitara. Bayardo respondió con palabras de gratitud, pero sólo quiso reclamar su caballo y su armadura.

Algún tiempo después de este episodio combatió contra España en suelo italiano. Durante una escaramuza con un grupo de soldados españoles, Bayardo hizo prisionero al capitán Alonso de Sotomayor. El capitán, después de ser liberado a cambio de un rescate, acusó a Bayardo de no haberle tratado conforme a los usos de la caballería. El francés, indignado, negó la acusación y retó a Alonso a un combate a muerte en el que es español perdió la vida.

Luis XII

Sus camaradas, para adoptar represalias, propusieron que un grupo de 13 de sus caballeros se enfrentara a 13 franceses, armados con espada y hacha y dispuestos a luchar hasta la muerte. Bayardo aceptó, y el día del torneo los españoles llevaban clara ventaja, habiendo logrado desmontar con facilidad a 11 de los franceses, que, según las reglas, de ese modo no podían seguir luchando. Pero aún quedaban dos, y uno de ellos era Bayardo. Al final el combate quedó en tablas, porque cayó la noche y hubo que darlo por finalizado. El caballero había sido capaz de resistir durante horas contra una mayoría de contrincantes sin que lograran derribarlo.

Pero el episodio que más fama dio al caballero Bayardo llegó poco después a orillas del Garellano.


Continuará

domingo, 29 de agosto de 2010

Bertrada de Montfort, Reina de Francia (II)

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A pesar de haber mostrado una actitud fiera y desafiante cuando las iglesias de Sens se cerraron para ella, ni la ira ni la violencia eran el modo habitual de proceder de Bertrada. La reina estaba dotada de una belleza perfecta, pero no eran sus perfecciones físicas, sino la extremada amabilidad de sus modales lo que había cautivado al rey. Ella prefería cazar moscas con miel, e intentaba todos los medios a su alcance para una solución pacífica al conflicto, de modo que su esposo pudiera reconciliarse con el obispo Ivo. Dulce, pero no tímida, puesto que muchos afirman que, cuando conoció al rey, fue ella quien hizo los primeros avances y quien se declaró apasionadamente.

El caso es que poco a poco su dulzura fue calmando la irritabilidad de Ivo, y, una vez apaciguado, consiguió que escuchara sus argumentos. Así, algún tiempo después Ivo tomó el partido de la corte frente al irreductible Hugo, obispo de Lyon, que quería convocar un nuevo concilio que obligara de modo definitivo al rey a separarse de su esposa.


Urbano II falleció, y el nuevo Papa renovó la sentencia de excomunión contra los dos esposos tras el concilio de Poitiers en 1099. El concilio fue de los antológicos: el duque Guillermo IX de Aquitania, abuelo de Leonor de Aquitania, irrumpió en la asamblea entrando en la iglesia con hombres armados, y se dirigió a los prelados con tono contundente:

—Os encontráis en una ciudad que yo sostengo en nombre de la Corona, y si os atrevéis a seguir adelante, os juro, por la lealtad que he prometido, que no saldréis de aquí impunemente.

Uno de sus hombres arrojó una piedra a un cardenal. No le alcanzó, pero le dio a un clérigo que falleció a consecuencia del golpe. En definitiva, se comprenderá que nada positivo para el rey saliera de aquel nuevo concilio.


El rey estaba decidido a no volver a humillarse en vano. A fin de cuentas vivía feliz con la mujer que amaba, y eso era lo que importaba. Dejó que pasara el tiempo sin hacer caso de recomendaciones ni buscar arreglos con Roma, hasta que el Papa, viendo su autoridad comprometida, tomó la astuta iniciativa de intentar un acuerdo para poder darles la absolución. Para ello, el rey tuvo que comparecer ante el concilio de obispos en París como penitente, caminando descalzo en pleno invierno.

Bertrada siempre conservó la influencia que tenía sobre su marido, y consiguió algo más difícil aún que reconciliar al rey con el obispo: también logró que hiciera las paces con el conde de Anjou. Felipe y ella acudieron a Saint-Nicolas d’Angers, donde fueron recibidos por Fulco y por toda su corte, con toda magnificencia. Hubo un gran banquete, y el rey perdonó al conde los pasados sinsabores. El anciano Fulco también olvidó los suyos. Trató a su ex esposa con tal deferencia y le rindió tales honores que la gente comenzó a murmurar que una conducta tan antinatural sólo podía deberse a que Bertrada lo había hechizado. No olvidaban que cuando el rey se casó con ella, Fulco extendió un acta fechada, según sus propias palabras, “en el año en que el indigno rey Felipe mancilló Francia con su adulterio”, ni que en sus escritos se refería al rey llamándolo “el traidor”.


El cronista Orderic Vitalis nos transmite una imagen muy negativa de la reina Bertrada. Cuenta en sus crónicas que “ningún hombre la alababa más que por su belleza”. Orderic nos transmite la idea de una mujer muy ambiciosa que pretendía ver a uno de sus hijos suceder a Felipe en el trono. Siempre de acuerdo con este relato, la reina escribió una carta a Enrique I de Inglaterra pidiéndole que arrestara a su hijastro Luis mientras se encontraba de visita en su reino. Enrique, que no deseaba violar las leyes de la hospitalidad, informó a Luis, que regresó a Francia y, arrojándose a los pies de su padre, le rogó que apuñalara con su propia mano al hijo al que había condenado. Luego le explicó lo sucedido y pidió justicia, asegurando que, si se le negaba, él mismo tomaría venganza. Sus protestas casi le cuestan la vida, porque la reina intentó entonces eliminarlo, primero mediante hechizos y después con veneno. El príncipe hubiera matado a Bertrada si el padre no hubiera intervenido para reconciliarlos.

Ignoramos hasta qué punto pueden serle imputados a la reina estos hechos, pero sí parece que haya tratado de favorecer a sus propios hijos —ella tuvo tres hijos con el rey: Felipe, conde de Nantes, Fleury, Señor de Nangis, y Cecilia de Francia—. En cualquier caso, Luis vivió y sucedió a su padre como Luis VI.

Coronación de Luis VI

Felipe falleció en Melun el 29 de julio de 1108, a los 56 años de edad. La reina se retiró a la abadía de Hautebruyère, que ella misma había fundado, y allí tomó los hábitos en 1115. Cuentan que aún retenía toda su belleza, y que ni una sola arruga marchitaba su rostro. Pero no iba a vivir mucho más tiempo a partir de ese momento: poco habituada a las reglas austeras y rigurosas del convento, su salud se fue deteriorando y murió apenas dos años después. Aún se puede ver su tumba en la vieja iglesia de Hautebruyère, cerca de Chartres.



Bibliografía: 
Histoire des reines de France – Laure Prus 
Memoirs of the queens of France – Annie Forbes Bush 
The Capetians: kings of France – Jim Bradbury 
A history of France and the French people – George Moir Bussey, Thomas Gaspey, Théodose Burette 
Violence against women in medieval texts – Anna Klosowska, Anna Roberts 
Papisas y teólogas: mujeres que gobernaron el reino de Dios en la Tierra – Ana Martos, Ana Martos Rubio 
The History of Normandy and of England – Sir Francis Palgrave

viernes, 27 de agosto de 2010

Bertrada de Montfort, Reina de Francia

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Bertrada era hija de Simon, Señor de Montfort-l’Amaulri. Huérfana desde la infancia, había sido educada en la corte de su tío, y con sólo 16 años fue entregada por esposa al conde Fulco IV de Anjou. Fulco, cincuentón envejecido prematuramente a causa de su vida licenciosa, ya había tenido tres esposas, de las cuales dos aún vivían. Todas habían sido repudiadas con diferentes pretextos. Estaba casado con la madre de su hijo cuando vio a Bertrada y quedó prendado de ella. Puesto que además si la tomaba por esposa se aseguraba el dominio del condado de Maine, el conde no tuvo mucho que pensar antes de lanzarse a pedir su mano.

Nada impidió que Bertrada, a su pesar, se convirtiera en condesa de Anjou en el año 1089, pues su familia vio en ello un enlace muy ventajoso y políticamente conveniente, pero la joven se prometió a sí misma que pronto encontraría el medio de deshacer una unión que aborrecía.

Había dado un hijo a su esposo —ese hijo sería conde de Anjou y rey de Jerusalén— cuando el matrimonio viajó a Tours, donde se encontraba el rey Felipe I de Francia con la corte. A la vista de su belleza, Felipe dio fiestas en su honor e hizo cuanto estuvo en su mano por agradarle. No fue difícil, dada la disposición de Bertrada. Un día en que Fulco asistía a la bendición de las nuevas pilas bautismales en la iglesia de San Juan, ella se dirigió a Meun-sur-Loire, y desde allí a Orleáns con una escolta de caballería que el rey había hecho preparar. El propio Felipe se encontraba en la villa para recibirla.

Francia en el año 1100

El rey había estado casado con Berta de Holanda, pero la había repudiado y desterrado a Montreuil, y cuando conoció a Bertrada hacía planes para casarse con Emma, hija del conde de Sicilia. La prometida se había embarcado a bordo de un navío cargado de ricos presentes y había llegado ya a las costas de Provenza. Pero entonces Felipe cambió de opinión: ya no deseaba casarse con ella, sino con Bertrada, de modo que Emma tuvo que regresar a su país cruelmente afrentada.

Felipe y Bertrada se ocuparon de disponer lo necesario para poder casarse cuanto antes. Cada uno trabajaba por obtener su libertad, y ella pronto logró sus fines. Se casaron en París el 15 de mayo de 1092. El obispo de Senlis les dio la bendición nupcial en presencia del arzobispo de Ruán y del obispo de Bayeux, hermano de Guillermo el Conquistador, rey de Inglaterra. La oportuna muerte de Berta al año siguiente terminó de zanjar el asunto, dejándoles el camino despejado

Pero Felipe se encontró con un problema: Ivo, obispo de Chartres, que debía al rey su nombramiento, contra todo pronóstico se pronunció abiertamente contrario a este matrimonio. En 1094 dijo que “no podía obedecer porque su conciencia no le permitía faltar al juramento que había hecho como obispo, de permanecer fiel a las leyes y a las doctrinas de la Iglesia de Roma, y que una de esas leyes exigía que antes de nada se reuniera un concilio para establecer la legitimidad de su divorcio de la reina Berta, y la validez de su matrimonio con Bertrada, y que él prefería ser arrojado al mar con una piedra de molino al cuello que autorizar con su presencia una unión tan escandalosa”.


El rey siguió adelante con el consentimiento del cardenal Roger, legado del Papa Urbano II. Pero Ivo elevó sus protestas a la Santa Sede hasta lograr que el cardenal fuera despojado de su cargo como legado. Fue sustituido por Hugo, arzobispo de Lyon, quien recibió instrucciones precisas de Roma. Hugo reunió un concilio en Autun el 16 de noviembre de 1094, y a consecuencia del mismo el rey fue excomulgado y se le prohibió tomar parte en la Primera Cruzada.

A pesar de todo Felipe continuaba viviendo con Bertrada. Urbano II escribía a todos los obispos de Francia exhortándoles a hacerlo entrar en razón “o a utilizar contra él todo el rigor de los cánones”. El reino quedaba expuesto a una revolución al ser los súbditos animados a la rebelión contra el soberano.

Un nuevo concilio tuvo lugar en Clermont. El conde de Anjou envió a sus representantes. No sólo fueron excomulgados Felipe y la reina, sino que el anatema se extendía a “aquellos que concedieran a Felipe la dignidad de rey o lo reconocieran como su soberano”. Afortunadamente para el rey, los obispos de Francia protestaron, al sentir que el Papa atacaba sus derechos tanto como los de la Corona.


Un poco más de firmeza por parte de Felipe en esos momentos hubiera decidido el curso del asunto, pero era incapaz. El rey hizo promesa solemne al Papa de separarse de Bertrada y no volver a hablarle si no era en presencia de testigos, pero no se atuvo a su promesa: ella no fue alejada, sino que seguía acompañando siempre a su esposo. Eso no podía ser, de modo que pronto llegaron las instrucciones pertinentes: en todo aquel lugar donde apareciera la reina acompañando a su marido no se celebraría la misa, y cuando se fuera sonarían las campanas en señal de alegría.

Bertrada se enfureció cuando estas medidas se cumplieron estando en Sens. En una actitud abiertamente desafiante, ordenó que las puertas de la iglesia fueran derribadas y la misa celebrada por sus propios sacerdotes.


Continuará


Bibliografía:
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Histoire des reines de France – Laure Prus
Memoirs of the queens of France – Annie Forbes Bush
The Capetians: kings of France – Jim Bradbury
A history of France and the French people – George Moir Bussey, Thomas Gaspey, Théodose Burette
Violence against women in medieval texts – Anna Klosowska, Anna Roberts

miércoles, 25 de agosto de 2010

La moneda medieval francesa



Los merovingios heredaron el sistema monetario de los romanos, pero a finales del siglo VIII Carlomagno introdujo un nuevo sistema basado en las libras de plata, cuartos y denarios.

Algunas de las monedas que circularon por suelo francés durante la Edad Media fueron:

La libra.

Había dos clases de libras: la libra parisis (de París), utilizada en la parte de Francia bajo control directo de los reyes, y la libra tornesa (acuñada en la abadía de San Martín, en Turena). La parisis era la moneda oficial de la dinastía Capeto. La tornesa se usaba en Anjou hasta que el condado pasó a manos de Felipe Augusto. A partir de ese momento ambas monedas coexistieron en el territorio durante algún tiempo.

La libra tenía 20 cuartos (20 sous) y 240 denarios, y fue el principal sistema dinerario en Francia desde Carlomagno hasta la Revolución.

Escudo de oro de San Luis

Los escudos

Se llamaban así porque en la cara o en la cruz llevaban grabado un escudo de armas, símbolo de la unificación del reino. Eran de plata o de oro. El escudo de plata fue una moneda muy usada en Francia durante mucho tiempo, tanto que la frase avoir des écus todavía se aplica a quienes poseen una fortuna. El tema de su valor es complicado, puesto que había unos escudos de plata que valían 3 libras, y otros 6. Fue acuñado por primera vez durante el reinado de San Luis, en 1263.

El escudo de oro nació el 11 de marzo de 1385, y desapareció en 1654. En 1389 se puso en práctica un sistema de control mediante el cual en cada taller se debían firmar las monedas que de allí salían mediante un punto secreto bajo una de las letras de las leyendas, sistema que no fue modificado hasta 1540.

Franc à cheval
El franco

El franco de oro, que había sido puesto en circulación en tiempos del rey Juan el Bueno el 5 de diciembre de 1360, era una moneda del mismo valor que la libra tornesa. Se acuñaron por primera vez en Compiègne para pagar el rescate del rey, que había sido capturado por los ingleses en la batalla de Poitiers cuatro años antes. Su nombre procede de la inscripción Johannes Dei Gratia Francorum Rex (“Juan, Rey de los Francos por la gracia de Dios”).

Los primeros francos se llamaron franc à cheval (franco a caballo, puesto que representa al rey montado), y posteriormente los de Carlos V, hijo del rey Juan, franc à pied (franco a pie, porque en vez de a caballo Carlos aparece coronado y con la espada de justicia en la mano).

Franc à pied

El salut de oro

Esta moneda fue puesta en circulación por Carlos VI en 1421, y debió su nombre al hecho de que en una de sus caras figuraba grabado el Ángel de la Anunciación. La que es posiblemente la única referencia a su valor figura en un documento de la Chambre des Comptes de Blois, donde se afirma que en agosto de 1433 el salut valía 30 cuartos, es decir, aproximadamente libra y media.

Durante la Guerra de los Cien Años eran diversos los poderes que emitían moneda simultáneamente en suelo francés. Entre 1417 y 1422 la moneda real es acuñada por Carlos VI, por Enrique V, por el duque de Borgoña y por el Delfín. Entre 1422 y 1449 lo es por Carlos VII y Enrique VII.



Bibliografía: 
Charles of Orleans, Prince and Poet 
Art et societé en France au XVe siècle – Christiane Pigent

martes, 24 de agosto de 2010

La infancia de la reina Victoria


-->Victoria con su madre, la duquesa de Kent

El día en que Victoria vino al mundo, nada hacía presagiar el futuro que se abriría para ella. Tal parecía que la familia había asegurado suficientemente el asunto de procurar un heredero a la Corona, y que no iba a ser necesario contar con la pequeña a tal fin.

En cualquier caso, su padre, el duque de Kent, tenía algunas esperanzas, y, además, había profecías. “Mis hermanos no están tan fuertes y sanos como yo; he llevado una vida muy metódica, y viviré más que ellos. La Corona será para mí y para mis hijos”. Al día siguiente de haber escrito estas palabras salió a dar un paseo y volvió con los pies mojados. No cambió el calzado y se resfrió seriamente, derivando la enfermedad en una pleuresía que acabó con su vida.

Pero, lejos de imaginar que su final estaba tan próximo, en el momento del nacimiento de su hija alentaba grandes ilusiones, para favorecer las cuales pensó en llamarla Isabel, nombre de muy buenos augurios en la historia de Inglaterra. Sin embargo, cuando durante la ceremonia del bautizo el arzobispo de Canterbury preguntó qué nombre iban a ponerle, el regente, que estaba presente, contestó: “Alejandrina”. Con ello esperaba agradar al zar Alejandro de Rusia, uno de los padrinos.

Victoria a los 4 años

El padre no se resignaba a perder el nombre-talismán, así que sugirió que podría añadírsele alguno más.

—Por supuesto —aceptó el regente—. ¿Georgina?

—O Isabel —propuso el duque de Kent.

El arzobispo, con la niña en los brazos, aguardaba a que el asunto se resolviera, en medio de una pausa cargada de tensión.

—Bien, que le pongan el nombre de su madre —decidió el regente—. Pero el primero debe ser Alejandrina.

Y así fue como, para desconsuelo del padre, la niña fue bautizada como Alejandrina Victoria.

A los pocos meses moría el duque de Kent. Se hallaban pasando el invierno en la costa de Devon. La duquesa se encontró sin siquiera medios para regresar a Londres por sí misma y con el único consuelo de su pequeña, a la que adoraba.


Victoria era una niña muy gordita y se parecía mucho a su abuelo el rey Jorge III. Drina, como la llamaban entonces, jugaba con sus muñecas, correteaba por los corredores o paseaba por los jardines de Kensington montada en el burro que su tío York le había regalado.

Las niñeras la adoraban y, a pesar de lo estricta que era su madre, durante algunos años existió el riesgo de que la niña se echase a perder con tanto mimo. De vez en cuando se encolerizaba, daba una patada en el suelo con su pequeño pie y se negaba en rotundo a aprender las letras. Después se arrepentía y rompía a llorar, pero seguía sin aprender nada.


Cuando cumplió 5 años se produjo un gran cambio con la llegada de Fräulein Lehzen, que nunca había visto una niña tan indomable y traviesa. Aunque vio también sus cualidades: jamás decía una mentira aunque supiera el castigo que la esperaba. La nueva institutriz era severa, pero también inteligente, y sabía que nada conseguiría si antes no se ganaba el cariño de Drina. De ese modo Victoria comenzó a aprender. Las letras ya no se le resistían, ni el resto de las cosas que le enseñaban.

La baronesa de Spät la enseñaba a hacer casitas de cartón y a decorarlas con oropel y flores pintadas, y su madre le daba clases de religión. Todos los domingos por la mañana se veía a la niña sentada en la iglesia. Era preciso que permaneciera muy atenta, porque por la tarde habría de pasar un examen sobre el contenido del sermón. Se la educó en la sencillez, el orden, el decoro y la devoción, cosas que asimilaba sin esfuerzo, como si fuesen innatas en ella.

Su mejor amiga durante aquellos años de infancia también se llamaba Victoria. Era hija de Sir John Conroy, mayordomo de la duquesa. A menudo se las veía paseando juntas por los jardines, siempre seguidas por un lacayo vestido de rojo.

Victoria a los 9 años

La princesa era afectuosa y sensible. Se sentía feliz cuando estaba en Clermont con su tío Leopoldo, donde le concedían todos los caprichos que quería. Pero su tío tenía conversaciones serias con la niña, a la que trataba como si fuera una adulta.

Un día Victoria estaba con Jorge IV en el lago Virginia, donde había una gran barca llena de flores y damas pescando y otra con una banda de música. El rey preguntó a la niña cuál era su canción favorita, para pedir a la banda que la interpretara para ella.

—Dios salve al rey, señor —respondió Victoria.

Esta respuesta ha sido siempre alabada como una de las primeras muestras de su proverbial sentido de la oportunidad, aunque probablemente en aquel momento resultaran unas palabras más sinceras e inocentes de lo que pudiera parecer.


Cuando tenía 12 años su madre se decidió a hablarle del puesto que estaba llamada a ocupar un día. Victoria estaba en clase de historia, y la institutriz había deslizado previamente en su libro un árbol genealógico de los reyes ingleses. La princesa, sorprendida, fue haciendo preguntas, hasta que por fin comprendió la situación: ella era ahora la heredera de la Corona. Guardó silencio un momento, y después exclamó:

—Seré buena.

Mucho después, añadiría algo más: “Me costó muchas lágrimas la noticia”. Y eso que aquel día en que le comunicaron que estaba llamada a ceñir la corona aún no sabía que el destino había dispuesto que llevara esa carga durante más años que cualquier otro soberano de la Europa de su época. Al final de su vida, ninguno de sus súbditos recordaría que hubo otro tiempo en que Victoria no había sido la reina de Inglaterra.



Bibliografía: 
Victoria I – Lytton Strachey

domingo, 22 de agosto de 2010

Las diversiones de Leonor de Aquitania


La corte francesa era un lugar demasiado rudo para una jovencita que había estudiado latín y griego, literatura, música, astronomía, estrategia e historia, así que, cuando Leonor de Aquitania se casó con el rey de Francia, hizo llamar a los caballeros y trovadores de sus tierras e impuso un nuevo modo de vida, aires inspirados en Occitania, en particular por lo referente a modas y diversiones.

Durante los 12 años que permaneció allí, impulsó el lujo y la sensualidad. Le gustaban las joyas, y, en cuanto a los vestidos, éstos comenzaron a llevar escotes muy audaces; los corpiños se ciñeron más al cuerpo femenino, trazando sus curvas; las espaldas quedaban al descubierto, los velos transparentaban el color de los cabellos y las damas se volvían más exigentes a la hora de elegir una tela para sus vestidos, deseando una amplia gama de colorido: carmesí, damasco, verde, amarillo… La corte era un remolino multicolor de sedas, terciopelos y brocados, a veces traídos de Oriente.

También para los hombres hubo novedades, la principal de las cuales fue la desaparición de las barbas. Esta moda al principio no resultó del agrado del rey, pero, viendo que se imponía, Luis hubo de resignarse a seguirla. Mejor hubiera hecho en seguir defendiendo su barba con gallardía y ardor guerrero, porque cuentan que, al verlo rasurado, Leonor se rió mucho.


La reina gustaba de organizar juegos nuevos. Uno de ellos era el llamado “la confesión”, durante el transcurso del cual se imponían curiosas y alegres penitencias a los participantes. Otro se llamaba “el rey que no miente”, y consistía en hacer preguntas indiscretas y equívocas. Otro de los más populares era “el juego del peregrino”, en el que se hacían ofrendas cómicas a San Cosme. El santo era representado por algún cortesano al que los demás tenían la misión de hacer reír con sus muecas. Pero el juego era menos inocente de lo que pudiera parecer, porque, en el empeño por hacer reír, los cortesanos llegaban a utilizar las manos, y éstas a veces perdían la honestidad y aprovechaban bastante la ocasión que se les brindaba. Esto, naturalmente, escandalizaba a la Iglesia, de modo que el juego acabó siendo prohibido por el sínodo de Worcester en 1240.

En la corte todos los sentidos eran halagados, y no podía ser menos el del gusto, que recibía frecuentemente su tributo: a Leonor también le divertía organizar comidas extravagantes a base de barquillos, tartas, frutos secos que traían de las orillas del Garona, confituras y carísimas pastas con jengibre compradas a los comerciantes venecianos.


Y para los placeres del espíritu tenía a sus trovadores, para refinamiento de aquellos rudos y turbulentos caballeros curtidos en la guerra. Nada mejor para limar las ásperas aristas del norte que enseñar a las gentes el fino amor, llamado también amor cortés, “lenta iniciación o culminación de los deseos contenidos”. En los castillos comienza a oírse cantar las hazañas de los héroes de la antigüedad, los relatos de la tradición bretona. Aparece el rey Arturo en historias que hacen soñar a la audiencia, pero también cuentos jocosos, como las aventuras de Renard y de su enemigo Ysengrin. Inevitablemente, en la parte menos seria figuraban algunas trovas en las que se burlaban de las mujeres y de los curas. Porque en realidad siempre hubo algún que otro trazo de anticlericalismo en torno a Leonor, tradicional en la familia de los duques de Aquitania.

Además la reina no tenía ningún reparo a la hora de participar en fiestas populares. Frecuentaba las ferias y aprovechaba para mezclarse de buena gana con el gentío. Y, por supuesto, no podemos olvidar los torneos por ella presididos y que tanto placer le causaban. En estos torneos todos los jóvenes se disputaban el honor de combatir por ella. Cuentan que un día Leonor proclamó:

—Sólo será mi caballero quien consienta en combatir completamente desnudo bajo una de mis camisas, contra un adversario con armadura de hierro.

Un tal Saldebreuil aceptó el reto.

—Si me llega la muerte, estaré contento de morir bajo vuestra ropa —dijo el fetichista caballero.


Según esta leyenda, Saldebreuil resultó herido, y ella lo hizo llevar a sus propias habitaciones, donde lo cuidó con esmero. Esa noche llegó tarde a cenar y se presentó vestida con la camisa desgarrada y ensangrentada sobre su vestido de noche.

Aunque existe una variante de esta historia: Saldebreuil era aquí portavoz de los estudiantes de París y, tras un discurso de bienvenida a la reina, que visitaba la Universidad, Leonor le entregó una bolsa bien repleta. Durante la comida que siguió, fue herido por sus compañeros, celosos de su éxito, y entonces ella lo cuidó con una atención que podría calificarse de excesiva.

Es evidente que la actitud de Leonor chocaba abiertamente con las costumbres del norte de Francia. Había una enorme diferencia entre ambas civilizaciones, pero nadie pudo impedir el triunfo de la reina. Sus huéspedes se rendían a las nuevas modas, y poco a poco las iban difundiendo por todas partes. Bastó esta mujer para hacer cambiar la faz de un reino y aportar un poco de luz a una Era que había comenzado siendo muy oscura.



Bibliografía:
Leonor de Aquitania – J. Markale


El texto de hoy está dedicado a Madame Negrevernis, por ser quien lo ha sugerido. Madame, espero que lo disfrute.

viernes, 20 de agosto de 2010

Josefina en la Malmaison


Mientras Napoleón se encontraba combatiendo en Egipto, escribió a Josefina encargándole que comprara una casa en el campo, cerca de París, para establecerse allí a su regreso. A trece kilómetros al oeste de la capital, y muy cerca de Versalles, se extendían los hermosos bosques y prados que rodeaban el château de Malmaison, un paraje que en otro tiempo había sido refugio de bandoleros. En cuanto Josefina vio el lugar, se enamoró sin remedio. Estuvo segura de que había encontrado lo que quería; no necesitaba buscar más, así que en abril de 1799 se decidió a comprarla.

En ausencia de su esposo, Josefina residió allí con su hija Hortensia, por entonces una traviesa jovencita de 15 años, y otras varias damas. La mansión comenzaba a convertirse en centro de reunión para la élite de la sociedad parisina, y Napoleón, siempre celoso, era informado puntualmente de cuantas visitas se recibían.

Josefina en Malmaison

Cuando el futuro emperador regresó, quedó un tanto desconcertado. No cabía duda de que los alrededores eran un lugar espléndido, pero la casa se había construido a comienzos del siglo XVII, y cuando Josefina la compró no era ya más que un edificio sombrío y casi en ruinas. Habría que hacer una importante inversión para adecuar el château a sus necesidades y dejarlo como nuevo, así que, teniendo en cuenta todo eso, él esperaba que hubiera salido por una ganga. Entonces vino la pregunta de siempre, a la que todos los esposos del mundo, aunque sean primer cónsul o emperador, parecen conceder extremada importancia: “¿Cuánto costó?”. La respuesta puso al corso fuera de sí. ¿300.000 francos? ¿Era posible que su esposa hubiera gastado esa fortuna en una residencia que, además, necesitaba urgente y costosísima rehabilitación? ¡Josefina había perdido el juicio!


Y es que si Napoleón al menos no hubiera descubierto que su esposa le había sido infiel durante su ausencia, asumir la deuda no hubiera sido un bocado tan correoso de tragar, pero en esas circunstancias no se encontraba con ánimos para transigir. Sin embargo, finalmente perdonó su pequeño desliz, aflojó la bolsa una vez más y contrató a Charles Percier y Pierre Fontaine, los dos arquitectos de moda, para redecorar el château. Ambos se inspiraron para ello en la antigua Roma, estilo muy en boga desde el descubrimiento de las ruinas de Pompeya y Herculano. Total, que al final la obra les salió a los orgulloso propietarios por la módica cantidad de 3 millones de francos, y Josefina invirtió en ella su fortuna. Napoleón llegó a estar tan encantado con los resultados como su propia esposa.

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Dormitorio principal de Josefina en la Malmaison. Es redondo. Su cama, diseñada por Jacob Desmalter, aparece coronada por el águila imperial y flanqueada por cisnes, uno de sus animales favoritos. La habitación contiene un escritorio portátil para crear la ilusión de que forma parte de un campamento militar. Es la alcoba en la que ella falleció.

De todos modos, Josefina se había enamorado de aquel lugar, y nada hubiera podido hacerla desistir. Buscaba plantas y animales raros por todo el mundo, sin olvidar su Martinica natal, para que adornaran los que pretendía que fueran los jardines más hermosos de Europa. La emperatriz tenía un naranjal y un invernadero. Llegó a cultivar 250 variedades de rosas, y vivía rodeada de canguros, avestruces, cebras, antílopes, gacelas y cisnes negros, importados de Australia para que nadaran en su lago. Le gustaba recorrer los senderos rurales, visitar las casas de los campesinos y conversar con ellos. Su corazón y su bolsa siempre estaban abiertos para los más humildes. El matrimonio pasó allí momentos muy felices, y a veces se veía al emperador jugando sobre el césped con los niños que venían de visita, o paseando por los campos al lado de su esposa.

Salón Doré (Thierry Vidal)

El château pronto se convirtió en una de las casas más imitadas de su época. Contaba con una sala de billar con varias mesas de juego, puesto que a Josefina le gustaba echar una partidita antes de acostarse, y también con un salón de música para el arpa y el piano de Hortensia. Había, por supuesto, una Sala del Consejo, donde Napoleón recibía a sus ministros, aunque el edificio tenía el inconveniente de que carecía de un salón lo bastante grande para que pudiera reunirse con los muchos oficiales con los que debía tratar cada día. Los arquitectos resolvieron este problema con un pabellón en forma de tienda de campaña adosado a la entrada.


Malmaison fue el lugar al que se retiró Josefina tras su divorcio de Napoleón. Pero el emperador aún habría de volver frecuentemente por allí: le gustaba ir a visitarla, conversar con ella y contarle los chismes de la corte. Nunca le hablaba de María Luisa. Cuando eran los amigos de Josefina quienes lo hacían en alguna ocasión, ella nunca hacía el menor comentario que pudiera parecer un reproche. Una vez, simplemente, dijo: “Él nunca la amará”.

Allí en Malmaison permaneció la que un día fuera emperatriz de Francia hasta su muerte en 1814. Fue su hijo quien entonces recibió en herencia la mansión, que al año siguiente aún recibiría al emperador después de la derrota de Waterloo.

El divorcio de Napoleón

La melancolía invade hoy los jardines, tristemente descuidados, pero el edificio ha sido restaurado y está lleno de muebles y recuerdos de aquel tiempo


Bibliografía:  
History of Josephine – John Stevens Cabot Abbott 
The Empress Josephine – Louise Mühlbach 
Historical and secret memoirs of the Empress Josephine – Marie-Anne Adélaïde Lenormand 
ssa.paris.online.fr/pages/MalmaisonJ.htm 
georgianindex.net/Napoleon/Malmaison/Malmaison.html 
en.wikipedia.org/wiki/Château_de_Malmaison

miércoles, 18 de agosto de 2010

El Laberinto de Rosamunda



Enrique II de Inglaterra
no fue precisamente un esposo modelo. Se había casado con Leonor de Aquitania, a la que era infiel, y ella se vengó del abandono de su esposo incitando a sus tres hijos mayores a rebelarse contra su padre. Ante el peligro que representaba esta mujer, Enrique decidió encerrarla. Entonces, en palabras de Giraud de Cambrie, “una vez que hubo encerrado a su esposa Leonor, él, que hasta el momento había practicado el adulterio en secreto, no se preocupó más y actuó a ojos de todo el mundo, abiertamente y sin recato, con Rosa del Mundo, que, valga el juego de palabras, era más bien una Rosa Inmunda”. Se trata, naturalmente, de Rosamunda Clifford.

El abad de Jervaulx nos lo cuenta así: “El rey Enrique, aunque ornado de muchas virtudes, tenía también vicios que lo llevaron a deshonrar la dignidad real. Poseído por la lujuria, rompió el lazo matrimonial. Encarceló a la reina Leonor, su esposa, y su adulterio fue manifiesto, pues tenía a su lado, abierta e impúdicamente, a una muchacha llamada Rosamunda. Para esta estimable muchacha el rey hizo construir en Woodstock una sala de admirable arquitectura, parecida a la obra de Dédalo, con el fin de evitar que la reina pudiera llegar a ella fácilmente”.

Según el cronista Higden, Enrique adoró a Rosamunda, y da parecida versión: como era tan celoso, quiso alejarla del mundo para que, por una parte, sus posibles rivales no pudieran acercarse a ella, y por otra para ponerla a salvo de la venganza de Leonor. A tal fin hizo construir en Woodstock, no lejos de Oxford, un palacio en forma de laberinto en el que era muy difícil entrar. Cuando alguien lo lograba, se encontraba ante una red de corredores que no conducían a ninguna parte, con muros recubiertos de espejos que ampliaban el efecto desconcertante de aquella gran tela de araña. Allí tenía Rosamunda varios aposentos, y, a excepción de varias doncellas que la servían, él era el único que tenía acceso.

La historia, como bien apunta Jean Markale, tiene las características de los cuentos del siglo XII de Marie de France, cuyo tema suele ser el de viejos maridos que aprisionan a sus jóvenes esposas. Es el argumento del famoso lai de Guigemer, en el que el héroe llega por mar hasta la torre donde reside su amada, un lugar aislado del mundo. Es evidente, pues, que el laberinto de Rosamunda es una invención, aunque sí es cierto que el palacio de Woodstock fue acondicionado para servir de residencia real.


Continuando con la leyenda, Leonor, advertida de que su esposo ocultaba allí a su amante, se habría trasladado a Inglaterra. La reina consiguió sobornar a uno de los albañiles que había trabajado en la construcción del edificio para que le proporcionara un plano del laberinto. Aprovechando una ocasión en que el rey estaba ausente, Leonor reunió 20 hombres armados y se dirigió hacia allá. Dejó a sus acompañantes ocultos en un pequeño bosque y se presentó sola. Al centinela no se le ocurrió desconfiar de una mujer sin escolta, de modo que bajó el puente levadizo. En ese momento los soldados salieron del bosque, asesinaron al centinela y a los otros guardias encargados de la vigilancia del castillo y después acompañaron a Leonor a través de los corredores.

"En el primero de ellos la reina contó ocho puertas y abrió la novena. Se encontró en una nueva galería con diversos accesos. En el tercer cruce giró a la derecha y contó 25 pasos. En ese lugar había una trampilla, poco visible. La levantó y descendió seis escalones. Llegó entonces a una oscura bodega; siguió la pared derecha, tres veces el largo del brazo, subió otros 6 escalones y llegó a un largo corredor. Entonces, sin vacilar, se dirigió hacia la última puerta a la izquierda".


Leonor entró en la estancia y vio a la bella Rosamunda acostada en un lecho cubierto con ricos tapices. Según una versión, la agarró por los cabellos y la traspasó con su espada. Otra, recogida en las Crónicas de Londres, del siglo XIV, dice que se abalanza sobre ella, le arranca los vestidos, la mete desnuda en una bañera llena de agua y hace venir a una anciana que le corta las venas. Mientras la joven se desangra, llega otra mujer que le coloca sapos en los senos. Una tercera versión muestra a Leonor dando a elegir a su rival entre el puñal o el veneno, y a Rosamunda resignada a beber la copa que le tienden. Autores posteriores ofrecen versiones según las cuales Leonor se habría contentado con apoderarse de su rival y encerrarla en un convento.

Todo es falso en esta historia. Rosamunda murió en 1177 en el convento al que ella misma se había retirado mientras Leonor estaba encerrada y sometida a fuerte vigilancia, sin posibilidad de hacer nada contra la amante del rey. Así lo recoge la versión del abad de Jervaulx, que concluye: “…murió poco después, y fue enterrada en una tumba decorosa, en el cabildo de las monjas de Godstowe, encima de Oxford, con esta inscripción: “En esta tumba yace la rosa del mundo, rosa no mondada / No exhala ya perfume, sino fetidez, ella que siempre olía bien”.


Pero la leyenda se extendió, gracias a baladas medievales como Fair Rosamund. Y al ser disuelto el convento en tiempos de Enrique VIII, Leland, anticuario del rey, refiere que se abrió el sepulcro de Rosamunda y se hallaron los huesos, que emanaban un perfume suavísimo, dentro de una bolsa de cuero reforzada con cintas de plomo. O sea, que poco faltó para que incluso fuera elevada a los altares.

Rosamunda se convirtió en heroína romántica, celebrada por numerosos escritores no sólo en Inglaterra, sino en toda Europa y durante siglos. La leyenda inspiró a Tennyson y Schubert utilizó el argumento para un ballet.



Bibliografía:

La vida, la leyenda, la influencia de Leonor de Aquitania, dama de los trovadores y de los bardos bretones – Jean Markale
El libro de los laberintos – Paolo Santarcangeli y Umberto Eco


martes, 17 de agosto de 2010

Isabel de Austria, Reina de Francia

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Isabel de Austria

Nacida el 5 de julio de 1554, Isabel (Elisabeth) era hija del emperador Maximiliano II y de María de Austria. La archiduquesa, considerada como una de las mujeres más hermosas de su tiempo, pasó su infancia en Viena, recibiendo una educación católica, mientras las negociaciones para casarla con el rey de Francia, Carlos IX, se prolongaban durante 9 años. Durante ese tiempo Felipe II intentó muchas veces impedir la alianza de Francia con el Imperio, pero la política de Catalina de Médicis y del arzobispo de Rheims fue finalmente capaz de superar todos los obstáculos.

Albert de Gondi, mariscal de Retz, representó al novio durante la ceremonia en 1570, tras de lo cual la nueva reina fue conducida a Francia. A pesar de las calamidades que afligían por entonces al reino, se le preparó un brillante recibimiento. El rey y su madre le salieron al encuentro en Mezières. Isabel llegó en un carruaje tirado por 4 caballos blancos, y fue saludada con salvas de artillería y música militar. De ese mismo modo triunfal atravesó toda Francia, recibiendo homenajes en cada ciudad por la que pasaba. En 1571 fue coronada e hizo su entrada solemne en París.

Carlos IX

Cuando se casó tenía 16 años, y su esposo 20. Isabel unía a sus atractivos físicos un gran corazón, pero, educada en una estricta moralidad, pronto se encontró aislada en la licenciosa corte de su esposo. Su suegra la consideraba demasiado virtuosa y mojigata para comunicarle sus intrigas, y Carlos, que admiraba las virtudes de su esposa, le ocultó tan cuidadosamente todo lo relativo a la matanza de la noche de San Bartolomé que la joven reina lo ignoró todo hasta la mañana siguiente. Al conocer la espantosa causa de tanto tumulto, rápidamente preguntó si el rey tenía conocimiento de lo que estaba ocurriendo, y cuando le informaron que no sólo lo sabía, sino que él mismo había ordenado la masacre y participado en ella, Isabel estalló en lágrimas y se arrodilló implorando la protección divina y el perdón para el autor de ese crimen.

La reina no tomaba parte en el gobierno, pero lamentaba las calamidades por las que atravesaba el reino, dirigido por un joven rey al que deseaba ansiosamente agradar. Él le agradaba tanto a ella que, a pesar del rigor con el que había sido educada, no lograba refrenar sus impulsos de besarlo y abrazarlo en público, para gran diversión de la corte. Hablaba poco, y siempre en español. Ocupaba su tiempo escribiendo memorias sobre la historia de la época, así como poesía religiosa, aunque sus obras no se conservan.


Lamentaba mucho el comportamiento ligero de las mujeres que la rodeaban, en especial el de su cuñada, Margarita de Valois, pero nunca se la escuchó hacer un reproche a su esposo por su conducta infiel, pensando, seguramente, que hacerlo no contribuiría a remediar el daño.

Antes de su matrimonio el rey había mantenido una relación con Helena Bon de Mesguillon, hija del gobernador de Marsella y casada con Charles de Gondi de la Tour, el cual, celoso, había planeado envenenar a Carlos, pero la esposa evitó el crimen poniendo al rey sobre aviso. Se dijo que Madame de Gondi se vengó después envenenando a su marido, y con más éxito.

Por las fechas de la boda Carlos había iniciado otra relación con Marie Touchet, hija de un juez de Orleáns, una mujer muy inteligente y de agradable conversación. Nada la describe mejor que el anagrama que él hizo con su nombre: Je charme tout.

Cuando Marie vio el retrato de Isabel que enviaban a Carlos antes de la boda, exclamó:

—La alemana no me da miedo.

Isabel de Austria

Y no tenía motivos para temerla, puesto que el rey, durante su breve vida, nunca dejó de amar a Marie Touchet.

Isabel evitaba relacionarse con la favorita, pero también con la corte en general. Respondía con dulzura y gentileza al carácter violento de su esposo, cuya salud mental era frágil y de vez en cuando sufría brotes de locura que le obligaban a permanecer retirado. Carlos confesaba que no era digno de una esposa tan virtuosa.

El rey enfermó de tuberculosis poco después de aquella matanza, y además le enloquecía el remordimiento. No vivió mucho tiempo: falleció sin haber cumplido aún 24 años, y al morir encomendó a su esposa que protegiera a Enrique de Navarra, esposo de Margarita y rehén en manos de su familia desde la fatídica noche de San Bartolomé.

Al enviudar, Isabel abandonó la corte para dirigirse a Amboise, donde estaba siendo educada su hija María Isabel, la desdichada princesa destinada a vivir tan sólo 5 años. Tras una breve visita abandonó Francia en 1575 y regresó a Viena, a la corte de su hermano el emperador Rodolfo. Allí fundó el monasterio de Santa Clara, donde pasó a residir después.

Château d'Amboise

Poseía las provincias de Berri, Borbón, Forez y La Marche, que gobernaba prudentemente. No toleraba que fueran vendidos los cargos, sino que hacía que fueran elegidas las personas más adecuadas para los mismos. Con sus ingresos hacía muchas obras de caridad, y cada año dotaba a una serie de jóvenes humildes que de otro modo no hubieran podido casarse. Su cuñada Margarita, reducida a pasar necesidad en la época de peor entendimiento con su esposo, debía mucho a la generosidad de Isabel.

Al quedar viuda tan joven, no fue sorprendente que volvieran a hacerse algunos planes matrimoniales para ella. El propio Felipe II la pidió en matrimonio tras enviudar por cuarta vez de Ana de Austria, hermana de Isabel, pero ella lo rechazó.

—Decidle al rey que una reina de Francia no vuelve a casarse —respondió.

Falleció con sólo 38 años en el convento por ella fundado, y allí fue enterrada en 1592.


Bibliografía:  
Memoirs of the Queens of France – Annie Forbes Bush


domingo, 15 de agosto de 2010

Felipe II y Ana de Austria

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 Felipe II

Felipe II tenía 43 años cuando se casó por cuarta vez en 1570. Se encontraba en su apogeo, puesto que al año siguiente la victoria de Lepanto lo situaría en el primer puesto entre los soberanos de Europa.

Las desgracias, sin embargo, así como las graves complicaciones políticas, le hacían tomar decisiones implacables y habían influido en su aspecto físico y moral, acentuando su severidad. Don Juan Sarasin, Abad de Saint-Valais, enviado de Alejandro Farnesio, lo retrataba de este modo un par de años después de este cuarto matrimonio:

“Sentaba mal la corta estatura con lo ancho de su espalda y pecho; su rostro largo y pálido, la nariz más chata que aquilina, la boca bermeja, los labios prominentes, sobre todo el inferior, marca de su origen austriaco; los ojos rojos, como de hombre que lee y trabaja mucho, hasta de noche; la frente ancha y en cierto modo acarnerada; la barba más ancha y larga que la usada por italianos y españoles, aproximada a la manera que se usaba en los Países Bajos antes de la entrada de las costumbres extranjeras, la cual, acrecida por el color gris, de tal modo mezclado con lo que queda de su primitivo color muy rubio, le daba un aspecto enteramente blanco, semejante a un muchacho prematuro”.

 El Escorial

Añade que no solía entristecerse mucho por las derrotas ni alegrarse demasiado por las victorias, y que nunca se le vio reír, aunque sí sonreír a sus hijas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, a las que adoraba y llamaba la luz de sus ojos. Era parco en palabras, de espíritu analítico que le llevaba a desconfiar de todo y de todos. Trabajador infatigable, constituyó el tipo del rey burócrata por excelencia. Leía cuanto sus ministros escribían y se informaba al respecto, y luego acotaba de su mano lo que le parecía importante.

No le gustaba el ejercicio físico, y era esclavo del deber. Su única diversión parecía la de seguir los adelantos de las obras de El Escorial, donde se trabajaba desde hacía 10 años. Allí pasaba las horas y los días, discutiendo con Juan de Herrera los detalles, instalado en un aposento provisional y acompañado de un reducido número de servidores.

El sentimiento de respeto que su persona inspiraba en la corte era universal, porque todos estaban convencidos de que lo sabía todo y que no perdonaba nunca a los que llegaban a ofenderle.

Juan de Herrera

La nueva esposa, Ana de Austria, tenía 20 años cuando se casó con Felipe II. Era de cabellos rubios y tez extremadamente blanca. Sin poseer las brillantes cualidades ni la simpatía natural de la anterior esposa, Isabel de Valois, sus costumbres eran ejemplares. Tiépolo cuenta lo siguiente tras su primera entrevista con ella:

“Cuando la encontré estaba vestida de terciopelo negro, con mucha elegancia. Su peinado, adornado con piedras preciosas de extraordinario valor, le iba a maravilla, y llevaba al cuello, a guisa de cadena, una banda de pedrería de valor inestimable; cerca de la reina estaban seis damas de la más alta nobleza, las cuales tres servían la mesa con mucho respeto, mientras las otras, apoyadas contra las paredes de la habitación, hablaban con sus galanes de cosas placenteras. Estos galanes tienen la libertad de cubrirse delante del rey y la reina, con tal que sean fieles a la dama que sirven, y son príncipes o señores distinguidos por su riqueza o nacimiento, que se dedican a agasajar a las damas para pasar el tiempo de una manera agradable, para ver a menudo a Su Majestad y con la intención también de tomarlas por esposas, pues si tuvieran otras intenciones, se verían chasqueados, ya que las ordenanzas de palacio son muy severas en este punto”.

Ana de Austria

El rey se encontraba satisfecho por la tranquilidad en que vivía tras los disgustos pasados, así como por las muestras de fecundidad dadas por la reina. De hecho, una de las razones por las que resultó elegida fue precisamente la fertilidad de su madre, que se esperaba fuera heredada por la joven. Según afirma Diego de Córdoba en una carta al duque de Alba, Felipe II mostraba amor por su esposa, y en la alcoba había “dos camas bajas, separadas dos palmos una de otra y cubiertas por una cortina, de tal manera que parecían una sola”. Cuenta que la reina “es muy buena y no sabe menos que las culebras… y aunque calla, piedras apaña”. Se levantaba siempre a las seis, lo que molestaba a don Diego: “Yo quisiera en esta su costumbre que la perdiera y se hiciera a la de acá, pero quieren que guarde la que allá tenía.” Se vestía y permanecía encerrada en su oratorio hasta la hora de la misa. Después comía y volvía a retirarse, esperando la visita que el rey le hacía entre las dos y las tres de la tarde. El resto del tiempo lo pasaba con sus damas.

No sabemos si la reina sentía amor por su marido. En cualquier caso no parece haber manifestado celos ante las relaciones de su esposo con la princesa de Éboli, que se remontan a esas fechas.


Bibliografía:
Felipe II y el Rey Don Sebastián de Portugal - Alfonso Danvila

Imágenes:
Están todas en dominio público

sábado, 14 de agosto de 2010

¡Cuidado con las copias!


Este chiste de Tucho Giusti se refería a la idea de la clonación llevada al campo de la computación y la creatividad. Para el autor constituye una llamada a la personalidad, a la propia identidad de cada individuo.



Hoy me he encontrado con la desagradable sorpresa de que el blog Imaginariums copiaba literalmente mi última entrada sobre el falso zar, con puntos y comas, hasta resaltando en negrita o en cursiva exactamente las mismas palabras que yo, como pueden comprobar en el link. Les he trasladado mi protesta y afortunadamente se ha solucionado, puesto que finalmente me han incluido como fuente, pero ignoro cuántas veces habrá ocurrido lo mismo en ese sitio antes de que me diera cuenta.

Parece ser que el problema, según me explican, es que les llegan las entradas por correo, sin mencionar de dónde salen, y ellos las publican así tal cual, sin pararse en más.

No es precisamente la primera vez que me ocurre algo así. Yo no tengo inconveniente en permitir la publicación de mis entradas por parte de otra persona siempre y cuando se atenga a las normas y lo solicite previamente o bien me mencione de forma clara y expresa, pero esto ya es inadmisible. No se puede andar publicando lo primero que te mandan por correo, sin saber de dónde ha salido. Considero que al menos han de exigirse algunas referencias.

Hasta ahora me había tomado las cosas con bastante filosofía y, excepto en una ocasión en que hicimos una reclamación conjunta unos cuantos afectados, siempre me limitaba a solicitar amablemente que solucionaran el problema haciendo constar mi blog como fuente o bien retirando el artículo, y así he vuelto a hacerlo hoy por última vez. Pero mi paciencia toca a su fin, y a partir de ahora denunciaré sin previo aviso a cualquiera que publique algo mío sin cumplir los mínimos requisitos exigibles.

Hago público este comunicado al objeto de que puedan ustedes comprobar si tal vez ese blog les está haciendo lo mismo, lo que no me extrañaría. Publican varios artículos diariamente, todo lo que les llega, no importa de dónde ni por qué medio, de modo que es probable que las víctimas sean unas cuantas.


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Última hora: acabo de entrar de nuevo y parece que ante la avalancha de protestas que les estaban llegando por parte de ustedes, han optado por suprimir la entrada. Espero que en adelante mencionen siempre las fuentes de cada artículo. Muchas gracias a todos por su apoyo.

jueves, 12 de agosto de 2010

El falso zar Pedro III


-->Pedro III

Stefan Mali (Esteban el Pequeño) fue un impostor que se hizo pasar por el zar Pedro III de Rusia, asesinado en 1762. Cinco años después de la muerte de Pedro, apareció este personaje en Bocche di Cataro, Montenegro.

Como todos los aventureros, Stefan contaba con buenos recursos personales. Había ejercido la medicina, pero era un oportunista que sabía moverse en todas las direcciones. Cesare Augusto Levi afirma que “era de buena presencia, bien proporcionado y de nobles ademanes. Era tan elocuente que con simples palabras ejercía un enorme poder no sólo sobre el populacho, sino también sobre las clases más altas… Desde luego debe de haber conocido al verdadero Pedro III, pues imitaba su voz y sus gestos”.

En aquel tiempo Montenegro estaba gobernado por el vladika Sava, quien, tras haber pasado 20 años dedicado a la vida monástica, resultaba incapaz de gobernar una nación turbulenta siempre hostigada por los turcos. La gente quería un gobernante fuerte, y como estaban descontentos con el que tenían, el reconocimiento de Stefan resultaba de una gran importancia. Él les contó una historia maravillosa sobre sus aventuras desde el momento en que se suponía que lo habían matado, y, como manifestó su intención de no regresar nunca a Rusia, los montenegrinos estaban encantados de contar con él como nuevo aliado en su lucha por el mantenimiento de la independencia. Tan fuerte era su capacidad de convicción que el patriarca serbio le envió un espléndido caballo como regalo.

 Montenegro

El vladika accedió a regresar a su retiro espiritual y permitió a Stefan que gobernara en su lugar.

El falso zar gobernaba bien. Se dedicó infatigablemente al castigo de los malhechores, y pronto en su reino se hizo ejecutar a los acusados de robo. Estableció tribunales de justicia y trató de mejorar la comunicación en su pequeño reino.

Mientras tanto las potencias extranjeras, creyeran o no en su autenticidad, habían cerrado los ojos a su existencia, y así pensaban continuar mientras bajo el dominio de Stefan Montenegro no se convirtiera en un peligro para cualquiera de ellas. Rusia había sido la primera potencia en reconocer la existencia del pequeño Estado de Montenegro. A comienzos del siglo XVIII Pedro el Grande, al percatarse de que los montenegrinos podrían serle útiles contra los turcos, les ofreció su protección.

Pero resulta que el impostor realizaba su labor con tal éxito que comenzaron a temer que tratara de extender su dominio hacia las zonas fronterizas. Venecia, entonces en posesión de Dalmacia, se alarmó, y Turquía comenzaba a considerar al nuevo gobernante como un agente de Rusia. En vista de todo esto decidieron declararle la guerra.

Pedro el Grande

En ese momento Stefan dio muestras de debilidad, no atreviéndose a enfrentarse al ejército turco que atacó Montenegro. El gobierno ruso comenzó a darse cuenta de la importancia de la situación, y la emperatriz Catalina envió una carta denunciándolo como impostor. Él admitió la acusación y fue encarcelado. Pero la situación bélica requería un hombre fuerte al frente de los asuntos, y la solución estuvo finalmente en manos del príncipe Dolgourouki, representante de Catalina, que, considerando que las situaciones excepcionales requerían remedios excepcionales, no vio otra salida que reconocer al falso zar como regente.

Así pues, Stefan Mali fue restaurado en el poder y gobernó Montenegro hasta 1774. Se había quedado ciego y se retiró a un monasterio. Allí fue asesinado por su sirviente griego Casamugna, se dijo que por orden del pachá de Scutari, Kara Mahmound. De ese modo murió igual que el hombre cuya identidad había usurpado.