jueves, 29 de julio de 2010

Londinium


“…Londinium parecía un lugar bastante civilizado. Los mástiles se balanceaban sobre la maraña de gabarras que se alineaban frente a un muelle plagado de sacos, barriles, fardos y ánforas. Tras los parapetos se elevaban las cúpulas y los tejados de teja roja de una capital romana de respetable tamaño. El humo grasiento que se elevaba de ella creaba su propio encanto bajo el cielo nublado. Se oía el rumor del comercio urbano y llegaban los olores del carbón, las cloacas, las panaderías y los talleres de los curtidores. En algún lugar de la ciudad estarían los baños y los mercados, los templos y los palacios. Un puente largo, de madera, atestado de carretas y emisarios cruzaba el Támesis un cuarto de milla río arriba. La orilla meridional era una zona pantanosa y, más allá, se extendían los montes bajos…


“La muralla que rodeaba Londinium se elevaba a 20 pies de altura. Hacía un siglo, las ciudades del Imperio no necesitaban muros, pues la paz romana era efectiva, pero la guerra civil y las incursiones bárbaras habían hecho mella en la seguridad, y la capital de la provincia había sido amurallada. Los integrantes de la comitiva cruzaron la puerta del Gobernador y se internaron en la ciudad. Los olores de la misma los asaltaron al momento: a pan y a cloacas, a perfume y a colada, al amoníaco de los tintes y al serrín de los carpinteros. Pasaron por un pequeño foro atestado de puestos y, tras doblar a la izquierda, enfilaron una avenida estrecha que llevaba al palacio del Gobernador.


“Las murallas magnificaban el ruido y la densidad, y las calles rebosaban de gente. Pasó en dirección opuesta la litera de otra dama, elegante y maquillada... Vieron también a un orgulloso magistrado que caminaba con movimientos bruscos, dándose importancia, seguido de su asistente. Un malabarista se ganaba unas monedas lanzando bolas al aire, y un grupo de bulliciosos marineros pasó por delante camino de alguna taberna. En dos pisos contiguos, dos amas de casa conversaban y se saludaban. Hasta la ventana de una segunda planta izaban una cama mediante una cuerda pasada por una polea, y los transeúntes silbaban y se burlaban de los posibles usos que sus propietarios fueran a darle…

Estatua de Trajano ante la muralla romana de Londres

“Britania no resultaba totalmente extraña, por supuesto. Si era cierto que el mundo era Roma, entonces Roma también era el mundo. Ahí, en Londinium, había calles romanas, templos, pórticos, cúpulas y edificios de viviendas, y si resultaba exótica sólo se debía a los acentos políglotas de la mezcla habitual de razas: sirios morenos, rubios germanos, oscuros númidas, egipcios arrogantes, griegos astutos y judíos francos. Y por las clases sociales: esclavos y libertos, soldados y nobles, meretrices y amas de casa. El latín vulgar estaba corrompido, mezclado con otras lenguas, y se hablaba con un marcado acento… A aquella Babel de sonidos se añadía el cacareo de las aves de corral que aguardaban en sus jaulas a que alguien las comprara para la cena, así como el balido de cabras y corderos atados por las patas. Había niños que gritaban, mujeres campesinas que cantaban las virtudes de sus mercancías, vendedores ambulantes que se desgañitaban, voceros que pregonaban los encantos de una taberna o los placeres de un burdel, y hasta un desharrapado profeta de religión desconocida que amenazaba con la condena eterna. De unos baños cercanos llegaban gritos de jugadores, chapoteos en el agua y resoplidos de atletas. Y todo aquel estruendo urbano se veía rematado por el repicar de los martillos de herreros y zapateros y el golpeteo de los tejedores. Aquí se veía un vidriero, ahí un alfarero, allí un carnicero y, como era de esperar, carteles en latín anunciaban toda clase de gangas. El aire olía a fuego de carbón y aceite de lámpara, a tostadas calientes y anguilas fritas, a piel curtida y lana mojada. Las estatuas de los emperadores y generales muertos surgían oscurecidas por la lluvia, y los pequeños dioses protectores se agazapaban en hornacinas techadas. Junto a las puertas sobresalían los falos de la buena suerte. Sólo las fachadas desconchadas y los solares vacíos e invadidos por la maleza evidenciaban lo que se rumoreaba en Roma: que Londinium estaba cansada y se encogía. El comercio se estaba desplazando hacia la Galia…




Fragmentos de El Muro de Adriano – William Dietrich
  

martes, 27 de julio de 2010

Nitocris, la faraona legendaria



De las numerosas hijas que había tenido el faraón Pepi II durante su larga vida, Nitocris era la más encantadora. Su hermosa piel de tinte claro era muy alabada, al igual que el tono de sus mejillas: “la bella de las mejillas de rosa”, se la llamaba.

Pepi II había fallecido en el año 2194 a. C. A su muerte fue entronizado su hijo Merenra II (también llamado Mentesufis), que se convirtió así en el sexto faraón de la dinastía VI de Egipto. El nuevo faraón se casó con su hermanastra Nitocris.

Suceder a su padre no era tarea fácil, tanto más puesto que las cosas no iban precisamente bien en el reino. El poder absoluto de los grandes faraones constructores de pirámides había sufrido serios ataques. Por un lado estaban los sacerdotes, que maniobraban para hacerse con la mayor parte del poder. Y luego había que tener en cuenta a los poderosos gobernadores de provincias. Entre todas esas personas que no buscaban más que su propio provecho y desdeñaban el de Egipto, el papel del joven soberano se adivinaba singularmente complicado, y su camino sembrado de mil emboscadas.

No pudo reinar durante mucho tiempo: al cabo de un año un complot llevaría a asesinar al faraón.

Pirámide de Micerino

Nitocris comenzó entonces su reinado en solitario, tarea en la que se mostró muy capaz. Enviaba expediciones al lejano país de Pount en busca de oro, hacía buscar turquesas en el Sinaí y, según el sacerdote e historiador egipcio Manetón, que vivió en el siglo III a. C., terminó de construir la pirámide atribuida tradicionalmente a Micerino. Nitocris, “más valiente que todos los hombres de su época, la más bella de todas las mujeres”, con mano de hierro contenía a los poderosos, siempre dispuestos a la revuelta.

Las fuentes difieren con respecto a cuánto tiempo duró su reinado. Manetón dice que doce años, mientras que Eratóstenes lo reduce a 6 y los anales ramésidas a dos años, un mes y un día.

Durante todo ese tiempo en el corazón de la reina anidaba el rencor y el deseo de vengar la muerte de su esposo. Un día preparó una trampa para los culpables. Con el pretexto de celebrar la finalización de unas obras hechas en el Nilo, Nitocris ordenó construir en secreto en el sótano de su palacio una enorme sala que se conectaba con el río mediante un canal oculto. Cuando la obra estuvo terminada, ofreció una gran fiesta a la que en apariencia serían invitados los más fieles servidores del reino y del difunto rey. En realidad los convidados al banquete fueron todos aquellos que habían tomado parte en mayor o menor grado en el complot contra la vida de Merenra. Ninguno desconfió, puesto que había transcurrido ya algún tiempo y la reina no había dejado de mostrarles amabilidad. En el fondo, al ver el modo tan hábil de gobernar, todos debían de estaban convencidos de haberle rendido el mayor de los servicios al librarla de un esposo tan insignificante. ¿No era normal que les estuviera agradecida y los distinguiera entre todos?


Herodoto lo cuenta así lo que sucedió entonces:

“La mujer que fue reina tenía por nombre el de Nitocris, como la babilonia. Los sacerdotes contaron que para vengar a su hermano – que era el rey de Egipto, y que los egipcios mataron y le arrebataron la realeza -, hizo morir a gran cantidad de egipcios. Habiéndose hecho construir una sala subterránea muy espaciosa, y, diciendo que deseaba inaugurarla, pero, en su pensamiento, ella maquinaba otra cosa: dio un gran banquete al que invitó a todos los egipcios que sabía eran culpables de muerte; y, mientras festejaban, lanzó sobre ellos el agua de la corriente [del Nilo] a lo largo de un largo conducto secreto.

“Nada más que esto se cuenta de ella, excepto que, cuando hubo sido llevado a cabo, se arrojó a una habitación llena de brasas ardientes, para escapar de ese modo a la venganza.


Tras el suicidio de Nitocris la leyenda continuó: los árabes de Gizeh dicen que el espíritu de la reina habita en la menor de las tres pirámides, y que se aparece a mediodía o al ponerse el sol en forma de una hermosa mujer desnuda que enloquece de amor a los hombres que se acercan y después los mata. Sin embargo, esta parte de la leyenda se debe seguramente a que a veces se la confunde con la perversa Rhodophis.

Considerada la última faraón de la dinastía VI y primera gobernante femenina de Egipto, aparece mencionada por Herodoto, Estrabón, Eratóstenes y Julio el Africano. Pero los estudiosos están divididos en cuanto a si se trata de un personaje real o pertenece enteramente a la leyenda. No existen pruebas definitivas de la existencia de Nitocris. El Canon de Turín, después de una línea con el dato sobre Pepi II, sólo conserva un trozo con los signos de un año, que podría corresponder al reinado del faraón Menenra II. El siguiente nombre se ha perdido, por lo que no puede afirmarse que corresponda a Nitocris.