miércoles, 30 de junio de 2010

Sacrificios humanos de los celtas


Cuando una tribu celta llegaba a la conclusión de que había incurrido en el desagrado de los dioses, hacer algún sacrificio humano para aplacarlos. A veces el elegido para tal honor era el joven más fuerte, hermoso y sano, y que aún no hubiese conocido mujer alguna. Pero, eso sí, no podía ser obligado.

El elegido, lejos de considerarse una víctima, se consideraba un héroe, porque así se le había enseñado desde que era niño. Al llegar la luna llena se vestía con sus mejores galas: los pantalones de las fiestas, la túnica corta, las botas y una capa larga. Su padre le entregaba entonces el cinturón con la espada.

El pueblo contemplaba su paso en medio del más respetuoso silencio mientras abandonaba la cabaña. Luego todos caminaban hasta el lugar del sacrificio. Se internaban en el bosque hasta alcanzar el lugar en el que ardía la fogata que los druidas han encendido junto al círculo de estacas. Sobre ellas lucían las cabezas de otros héroes anteriores, algunas de ellas ya simples calaveras tras los años transcurridos desde el sacrificio.


El joven se detenía ante el druida, quien le entregaba un plato. Sería su última cena, unas tortas de trigo y cebada y un vaso de vino sin fermentar. Luego, tras limpiarse los labios con un paño, comenzaba a quitarse la ropa, conservando tan sólo el torque.

Continuaba aguardando en pie, mirando hacia delante. Un druida se acercaba a su espalda y con un golpe lo apuntillaba en la nuca con la propia espada, la que su padre le había entregado mientras se vestía. Es la primera muerte del héroe. La segunda se produce cuando el druida rodea el cuello del cadáver con una cuerda y lo estrangula con violencia, a pesar de que sabe que el joven ya no vive. Y la tercera, la definitiva, se produce al cortar la cabeza con un cuchillo sagrado.

Sin lágrimas ni lamentos, todos regresan a la aldea en la confianza de que ahora los dioses volverán a protegerlos.


Pero no era ésta la única modalidad de sacrificio humano practicado por los celtas, sino que eso dependía del dios al que fuera dirigido, y había prácticas realmente crueles. Según Julio César, los esclavos de los galos de alto rango eran quemados junto al cuerpo de su amo como parte de los ritos funerarios. Además, cuenta que "toda la Galia es adepta a rituales religiosos; por consiguiente, los que padecen graves enfermedades o están sometidos a los peligros de la batalla, sacrifican a víctimas humanas… Algunos tejen enormes figures de mimbre y llenan sus miembros con humanos, que son quemados al prender fuego a las figures. Suponen que los dioses prefieren que esta ejecución sea aplicada a ladrones y otros malhechores atrapados in fraganti, pero a falta de ellos recurren a ejecutar inocentes”. Según Estrabón, “algunos hombres eran abatidos don flechas y empalados en los templos; o construían una enorme figura de paja y madera, y después de arrojar al interior ganado y toda clase de animales salvajes y de humanos, la quemaban haciendo de ello una ofrenda". Tácito se refiere al ataque de los romanos sobre la fortaleza de Anglesey mencionando que allí los altares estaban “empapados de sangre humana”. Y Boadicea, durante su rebelión contra Roma, empaló a los romanos que hacía prisioneros, también como ofrenda a sus dioses.

Si bien hay algunos estudiosos que se cuestionan la exactitud de estos relatos por proceder de fuentes hostiles, lo cierto es que en las islas británicas existe evidencia arqueológica que indica que los sacrificios humanos pudieron haberse practicado desde mucho antes de la llegada de los romanos. Y en Alveston, Inglaterra, se encontraron 150 esqueletos que se remontan a la época de la conquista romana, aparentemente todos ellos víctimas de los druidas en una sola sesión.


Para aplacar a Taranis, dios de las tempestades y las tormentas que podía “hacer caer el cielo sobre sus cabezas”, las víctimas eran degolladas.

En el caso de Esus, deidad de la Naturaleza, se colgaba de un árbol a los prisioneros de guerra. Para Teutates, divinidad guerrera asociada a Marte, las víctimas, generalmente prisioneros de guerra, eran quemados junto con el botín obtenido en la guerra, o, según otras fuentes, ahogados.

Los celtas de Hispania ofrecían sacrificios a una deidad guerrera, y en la zona de Salamanca la tribu bletonense celebraba los acuerdos sacrificando un hombre y un caballo. En cuanto a los lusitanos, incluían sacrificios humanos en sus ritos de adivinación. Según Estrabon, los Celtas atravesaban a sus víctimas con una espada y adivinaban el futuro en sus espasmos de muerte. 

Gracias, Mathias


Resulta que he sido galardonada con el premio Dardos 2010. Tenía el del 2009, pero éste que recibo ahora es muchísimo más especial para mí, puesto que quien me lo entrega es Mathias, es decir, mi gran debilidad.

Para quien aún no conozca a Mathias (pronto serán muy pocos), les diré que desde su blog Café Stereo él cuenta episodios históricos, absolutamente verídicos, con un estilo genuino que se ha dado en denominar "a la Mathias". Les recomiendo que echen ustedes un vistacito, porque bien pudiera suceder que decidieran quedarse. Luego no digan que no les avisé.

Monsieur, muchas gracias por esta distinción. Usted sabe bien cuánto la aprecio viniendo de su mano.

lunes, 28 de junio de 2010

Isabel de Farnesio más de cerca


Isabel de Farnesio

En una carta del príncipe de Mónaco al marqués de Torcy encontramos la siguiente descripción de Isabel de Farnesio en 1714, la época en la que estaba prometida al rey Felipe V de España: “No es ni alta ni baja. Tiene una talla que me parece bien proporcionada. Su cara es más bien larga que ovalada, llevando en ella señales de viruela, y no sólo señales, sino algunas cicatrices, especie de costuras. No es, sin embargo, desagradable su rostro. Los defectos se compensan con la gracia infinita que hay en el conjunto de su cabeza, noblemente plateada, y aun más en sus ojos, que sin ser grandes aparecen en todo momento brillantes y expresivos. La boca es bastante grande. Por ella deja ver, cuando ríe, unos dientes muy bonitos, y siempre muestra una de las más amables sonrisas que yo he visto. No es éste sólo el atractivo de su boca: sale de ella una voz encantadora y continuas expresiones llenas de exquisita cortesía… Ama apasionadamente la música, la conoce de manera perfecta y toca, en forma acabada, el clavicordio. Pero canta poco, porque como ella misma me ha hecho el honor de decirme, la voce era troppo debile… A los demás talentos une el de pintar muy bien. Creo que tendría bastante ingenio para copiar del natural, y para la caricatura, si la intentase. Parece de humor alegre. Le gusta —según me cuentan— montar a caballo, y dicen que lo lleva a cabo con atrevimiento. Es la caza uno de sus más intensos placeres, y me han asegurado que tira bastante bien sobre las aves de vuelo duro…”

Menos amable se muestra la Princesa de los Ursinos en una carta a Madame de Maintenon por la misma época: “Todos convienen en las buenas cualidades de esta princesa. Pero se opina de varios modos sobre su belleza y, fundándose en su extrema delgadez, sobre su salud. La representan como muy marcara por la viruela. Son dos defectos en extremo desagradables, y pueden tener tristes consecuencias, uno de ellos, en un lugar en que el aire es detestable para el pecho”.

Isabel de Farnesio

"Se trata de una buena muchacha de veintidós años, feúcha, insignificante, que se atiborra de mantequilla y de queso parmesano y que jamás ha oído hablar de nada que no sea coser o bordar", dijo de ella Alberoni. Pero esta mujer, que según él “fue criada en un granero de palacio”, tenía estilo real, innato en ella y que cuidó con una educación esmerada, y ello a pesar de que, curiosamente, algunos la tildaron de inculta. Hablaba latín y francés, y podía expresarse hasta en 7 idiomas. Edward Armstrong dice de ella que sus “gestos y ademanes tienen verdadera prestancia real, no sentida por las circunstancias, sino nacida de su espíritu, pleno de delicadeza y armonía”. Durante sus años de infancia y adolescencia ella misma se consideraba con merecimientos dignos de destinos más altos.

Desde antes de negociarse sus esponsales sabía a qué atenerse con respecto a su esposo, y también en relación a cuantos se movían en el ambiente del que el rey se rodeaba en Madrid. Era sagaz, y su conciencia del deber, que tuvo desde que era niña, le valió para adaptarse a las circunstancias. Isabel descubrió pronto que se podía dominar a su marido a través del lecho, y no dudó en utilizar e incluso abusar de tal arma, hasta el punto de que se la llegó a acusar de suministrarle al rey brebajes afrodisíacos.

La familia de Felipe V

Tenía un fuerte carácter. De ella emanaba autoridad incluso ante su madre, que la tenía horas y horas dedicada a las labores de aguja y bordados. Además de su pasión por la música es de destacar la que le inspiraba el baile, el teatro y la pintura. Desde que tenía 11 años recibió clases del pintor de corte Pietro Antonio Avanzini. Se interesó por la cultura durante toda su vida, y fue coleccionista de arte. Llegó a poseer una importante colección de más de 900 cuadros, numerosas esculturas, abanicos, tabaqueras y porcelanas. A Isabel le gustaba adornarse con profusión de joyas, pieles, encajes y lazos, y ponerse todo aquello que estuviera a la moda.

Se sentía orgullosa de haber sido madre 7 veces: se jactaba de que a ella no podrían hacerle el mismo reproche que a la viuda del último rey de la Casa de Austria, de la cual se decía que había dejado el trono tan virgen como llegara a él. Ambiciosa como era, una vez reina dedicó buena parte de su tiempo y energías a conseguir para sus hijos un brillante porvenir, si bien no fue una madre cariñosa. Y, desde luego, para con los hijos del anterior matrimonio del rey nunca mostró el menor afecto, pues los veía como un obstáculo para los suyos.

sábado, 26 de junio de 2010

EL FARAÓN


El rey del antiguo Egipto llevaba numerosos títulos: Hijo de Ra, Vida, Salud y Fuerza de todo el País, Dios bueno… Simbolizaba al país, garantizaba la prosperidad, el nacimiento del sol cada día, la crecida anual del Nilo y el orden cósmico por medio del ritual. Era considerado un dios vivo, hijo del Sol, representante de los demás dioses sobre la tierra.

No moría en realidad, sino que como dios que era acudía a ocupar su lugar entre los suyos, y se le rendía culto. Su tumba era una representación del universo en miniatura, y la pirámide simbolizaba la montaña a la que el faraón subía para reunirse con los dioses. Él representaba la vida y todo cuanto existía, y así lo manifestaban sus coronas, sus cetros, su barba postiza, sus atributos y sus cinco nombres sagrados.

Era el jefe religioso, los demás sacerdotes actuaban en su nombre. Buena parte de su vida estaba dedicada a practicar el ritual que garantizaba la buena marcha de las cosas, y a alabar al resto de los dioses. Para ello erigía templos y se aseguraba de que se cumplieran las tradiciones, de modo que el orden de las cosas permaneciera tal como estaba, sin cambiar nada.


El faraón Menes unificó el Alto y Bajo Egipto y estableció su capital en Menfis, donde fue coronado. La ceremonia comenzaba elevándolo al rango de dios, entregándole las insignias del cayado (Heka) y el látigo (Nejej), atributos del poder. Luego, tocado primero con la corona blanca del Alto Egipto, después con la roja del Bajo Egipto y finalmente con la doble corona, se sentaba en el trono hecho con papiros (símbolo del norte) y lotos (símbolo del sur). Durante los siguientes 3.000 años, todos los faraones realizaron en esta ciudad una ceremonia de coronación igual que aquella, pero no como recuerdo, sino como renovación del acontecimiento. Con ello se aseguraba el orden del Universo y la continuidad de la vida. Creían que estas prácticas evitaban el caos y exterminaban los demonios que producían la enfermedad, el mal y la muerte.

Debido a su especial origen divino, sólo podía contraer matrimonio con alguien semejante, de su misma naturaleza. Por tanto, habría de ser casi siempre una de sus hermanas. Debía convivir con su Gran Esposa Real, equivalente a reina y transmisora del linaje. Aparte de la Gran Esposa Real, el faraón podía tener tantas mujeres como quisiera, e incluso ascenderlas al rango de Gran Esposa, aunque eso no era frecuente. En las primeras dinastías hubo muchas esposas secundarias y concubinas, y a partir del Imperio Nuevo, enormes harenes. Pero a diferencia de los harenes de califas y sultanes, en el Antiguo Egipto eran una institución más abierta, no una cárcel de oro guardada por eunucos. Ese concepto de harén no aparecería hasta la llegada de persas y griegos.

Tumba de Seti

El faraón era dueño de todo cuanto existía, aunque cedía temporalmente la tierra, con sus ríos, para que pudiera ser explotada. Su vida debía acomodarse a unos principios morales, pues él era el modelo de comportamiento al que debían ajustarse los hombres. Además, era su deber cuidar del pueblo en periodos de escasez y hambre.

Asistía a audiencias y a juicios, cazaba, hacía la guerra y dedicaba su tiempo libre a pasear y a disfrutar de los placeres. Pero un riguroso ceremonial presidía la existencia del faraón desde el momento en que se despertaba por la mañana. Le asistía entonces un barbero y se procedía a hacerle la manicura. Le vestían con la faldilla shenti, corta, plisada, con una pieza trapezoidal en el centro. Nunca aparecía con la cabeza descubierta, sino que era preceptivo que llevara tocado. Se ponía una peluca, y encima el nemes con la serpiente ureo, la barba postiza y se adornaba con collares, pectorales y pulseras. Calzaba sandalias, o bien caminaba descalzo. Durante la mañana una de las primeras cosas que hacía era leer el correo y bañarse, y luego ofrecía un sacrificio a los dioses.

 Tumba de Nefertari

Su título significaba “Gran Casa o Palacio Real”. En su presencia, los cortesanos alzaban los brazos y besaban el suelo en señal de respeto. Se suponía que era infalible; nunca se equivocaba en sus decisiones, acogidas siempre con exclamaciones de admiración y alegría. Durante los Imperios Antiguo y Medio se consideraba un honor inmenso besar su pie. Su propio pueblo no lo conocía, pues apenas aparecía en público, y si lo hacía era rodeado de un inmenso aparato ceremonial.

Teniendo en cuenta la consideración divina del faraón, es lógico que conquistadores griegos y romanos tuvieran tal empeño en ser coronados como reyes de Egipto: ser faraón no era simplemente ser rey, era ser Egipto.



Bibliografía:  
Dioses, templos y oráculos – Francisco José Gómez Fernández

jueves, 24 de junio de 2010

El Coliseo de Roma


El Coliseo, comenzado por el emperador Vespasiano en el año 70 y terminado por su hijo Tito diez años después, era el anfiteatro mejor equipado que los romanos o cualquier otro pueblo hubiesen construido. Como Vespasiano y Tito eran miembros de la familia de los Flavios, los romanos lo conocían como el anfiteatro flavio, y no cambió su nombre por el de Coliseo (debido a sus enormes dimensiones) hasta la Edad Media.

A diferencia del Circo Máximo, abierto por un extremo, el Coliseo formaba una elipse cerrada. Medía 180 por 150 metros, y sólo la arena tenía 85 por 55. Los arqueólogos creen que podían asistir 50.000 espectadores, aunque los romanos afirmaban que eran cien mil personas las que veían el espectáculo, contando con los que se apiñaban en los pasillos. En un principio las paredes tenían 50 metros de altura y al final de ellas se colocaban asientos de madera a modo de tribuna abierta. La arena podía llenarse de agua para simular combates marinos. Estaba equipado con un sistema de ascensores que subían y bajaban gracias a un sistema de contrapesos y poleas, que elevaban a las bestias en jaulas desde el subsuelo hasta la arena en el momento preciso. Hoy en día han desaparecido las dos terceras partes del edificio.

Tenía 80 entradas: 76 utilizadas por el público en general, una para el emperador y otra para las vírgenes vestales y los sacerdotes encargados de mantener la llama sagrada siempre encendida. Las otras dos puertas daban directamente a la arena. Una era la Puerta de la Vida, por la que pasaba el desfile. La otra era la Puerta de la Muerte, por la que se arrastraban los cadáveres de los hombres y animales.



Se distribuían entradas de marfil para el espectáculo, cada una con un número de asiento, fila y número de entrada. Bajo las gradas había un sistema de pasadizos y rampas para que se pudiera llegar sin problema al asiento asignado.

Las gradas estaban divididas horizontalmente por pasillos (praecinctiones) y verticalmente por escaleras (cunei). Los asientos eran de mármol, numerados y con líneas marcadas sobre ellos delimitando el espacio de cada uno. En las paredes de las entradas había gráficos de mármol marcando la situación de los asientos. Había cuatro filas, las tres inferiores daban al exterior por una serie de arcos que dejaban pasar el aire y la luz hacia los corredores. Los arcos de la fila del nivel inferior se utilizaban como entradas. Los de las dos filas siguientes albergaban las estatuas de los dioses, a excepción de los que marcaban las dos entradas principales, mayores que el resto. Éstas sostenían las representaciones a tamaño real de un carro con 4 caballos y el auriga que los guiaba. Cada una de las tres primeras filas tenía columnas diferentes y la fila superior presentaba un sólido trabajo de mampostería con 40 pequeñas ventanas flanqueadas por columnas ornamentales.

Una complicada trama de sumideros desaguaba la sangre y los desperdicios de la arena y de las jaulas de animales que estaban debajo. Llegaban de todas partes del edificio hasta un enorme desagüe circular que rodeaba al Coliseo y comunicaba con la Cloaca Máxima, el sistema de alcantarillado principal de la ciudad.



Bajo la arena corría una pared de mármol de unos 4 metros de alto, construida con bloques cuidadosamente unidos para que ningún animal pudiese trepar por ella. Justo encima estaba el podio, un área plana de unos 4 metros de ancho donde el emperador tenía su palco y donde se sentaba la nobleza. Aparentemente no había asientos permanentes en el podio. Los asientos no eran numerados y los ocupantes podían levantarse y pasear a su antojo. El podio estaba separado de la primera fila de asientos por un murete. En esta primera fila se acomodaban los mercaderes ricos y oficiales de menor rango.

Como un leopardo puede llegar a saltar 4 metros y un tigre 6, el murete no era lo bastante alto para proteger a los espectadores, por lo que había colmillos de elefante de un metro y medio que se colocaban al borde del podio, y entre ellos unas redes que colgaban sobre la arena. Además, una barra de bronce corría a lo largo del borde del murete y podía girar sobre sí misma. Así, si un animal conseguía saltar lo suficiente para agarrarse a la barra, ésta giraba haciéndole caer de nuevo a la arena.

También había un foso que servía principalmente para frenar la fuerza de los elefantes cuando cargaban para atacar. Sin él, los elefantes podían alcanzar a la nobleza en el podio, como se vio cuando Pompeyo exhibió por primera vez a estos animales en el Circo Máximo durante el 55 a. C., antes de que Julio César hiciera excavar el foso. Se habían colocado rejillas de hierro como protección, pero los elefantes las derribaron y sólo el rápido juego de piernas del emperador y sus amigos consiguió salvar sus vidas.



Bibliografía:  
The Way of the Gladiator – Daniel P. Mannix

miércoles, 23 de junio de 2010

Madame Lafarge


Marie Fortunée Cappelle había nacido en 1816, hija de un capitán de la artillería imperial. Perdió a sus padres siendo una niña, y fue puesta bajo la custodia de una pariente que, ansiosa por librarse de la carga que eso suponía, se apresuró a concertar un matrimonio para ella a la primera oportunidad. El elegido fue Charles-Joseph Pouch Lafarge, un joven de 28 años y perteneciente a una familia honorable que se presentaba como poseedor de una fábrica, un horno de fundición y cuantiosos bienes que asegurarían el futuro de Marie.

El matrimonio, mera transacción comercial, se decidió en sólo 5 días y se celebró en París en agosto de 1839. Marie acepta, a pesar de que amaba a otro. Según testimonios posteriores, la joven hubo de padecer la brutalidad del esposo antes de que terminara la luna de miel, cuando, al no serle permitida la entrada en los aposentos de su esposa mientras ésta se bañaba, prorrumpió en juramentos groseros y amenazas.

Después se instalaron en el que sería su hogar, y todo parecía indicar que se habían reconciliado y tenían intención de pasar juntos una feliz vida matrimonial. Pero Marie no era feliz en el sombrío château de Le Glandier, un antiguo monasterio cartujo, una casa triste, fría, en la que ocupaba una austera habitación decorada con cinco sillas y empapelada de amarillo. Ella, acostumbrada a las delicadezas de París, se sintió la más desdichada de las criaturas. “Nada es tan triste como la decepción”, le escribió a una de sus amigas.

Cartuja de Le Glandier

Además de los recién casados residían en el château la madre y la hermana de Lafarge. Un empleado, Denis Barbier, resultaba una visita habitual por allí, y aparentemente era libre de recorrer el lugar sin restricción alguna.

Al cabo de poco tiempo madame Lafarge descubrió que tanto ella como su familia habían sido engañados con respecto a la posición económica del marido, quien en realidad no atravesaba por una situación precisamente brillante. Marie tuvo que entregarle su propia fortuna y escribir cartas dictadas por su esposo a algunos de sus amigos, pidiéndoles ayuda para encontrar los fondos con los que desarrollar un nuevo método para fundir el hierro que él afirmaba haber descubierto. Con esas cartas de presentación el hombre se dirigió a París en diciembre de 1839.  

Durante su ausencia la esposa se hizo retratar por una artista de Le Glandier y decidió enviarle el retrato a su marido. A tal efecto lo metió en una caja junto con algunos pasteles hechos por su madre y una afectuosa carta, y lo despachó todo hacia París. En la carta animaba a su esposo a comer un pastel durante la tarde del 18, el mismo día y hora en que harían lo mismo en Le Glandier.

El Pont Neuf de París en el siglo XIX

Monsieur Lafarge así lo hizo y cayó súbitamente enfermo, con cólicos y vómitos. Se vio obligado a regresar a casa, adonde llegó el 5 de enero de 1840. Marie compró arsénico para matar a las ratas que molestaban a su marido por la noche. La enfermedad de Lafarge se agravó hasta causarle la muerte nueve días más tarde. La madre y los amigos de monsieur Lafarge inmediatamente acusaron a Marie de haberlo envenenado con el Pastel que envió a París. Una prima del esposo declaró haberla visto echar unos polvos blancos en la sopa a él destinada, por todo lo cual Marie fue arrestada.

Al registrar la casa se encontraron unos diamantes que supuestamente habían sido robados por madame Lafarge a la vizcondesa de Léotaud antes de su matrimonio. Ella alegó que su amiga se las había entregado para que las vendiera, porque estaba siendo chantajeada por un antiguo amante. De nada sirvió su explicación, y fue acusada de robo y asesinato al mismo tiempo. El juicio comenzó el 9 de julio, y fue declarada culpable del robo.


En cuanto al más grave de los cargos, se había hecho una autopsia en la que se encontraron restos de arsénico, pero los expertos no pudieron dar respuestas concluyentes al tribunal. Hay que decir que durante el siglo XIX el arsénico fue el veneno más empleado por los criminales. Se podía obtener fácilmente a partir de los veneno para las ratas y era difícil de detectar porque sus síntomas se confunden con los del cólera, pero resulta que Mateo Orfila —médico español afincado en Francia y considerado por muchos como el padre de la toxicología moderna— estaba realizando una serie de conferencias en la Academia de Medicina de París sobre un método revolucionario para descubrir restos de arsénico. Con su aplicación obtuvieron un par de gotas, suficiente para que madame Lafarge fue condenada a cadena perpetua.

Sin embargo no todos los científicos estaban de acuerdo. El físico y activista político Fançois V. Raspail escribió unos panfletos incendiarios pidiendo la liberación de Madame Lafarge.

—Denme cualquier cosa, su propio sillón, y yo encontraré arsénico en él —decía.

Demostró que el test realizado era infalible sólo si los reactivos empleados estaban ellos mismos libres de arsénico, lo cual no había sido el caso. Llegaba demasiado tarde para dar testimonio en el juicio, pero aun así se empeñó en seguir adelante y finalmente, después de que Madame Lafarge llevara ya 12 años en prisión, consiguió que Napoleón III le concediera la libertad debido a su delicada salud. Pero Marie fallecía a consecuencia de una tuberculosis al cabo de pocos meses.

Mateo Orfila

En el Edinburgh Review apareció en 1842 un examen del caso desde un punto de vista legal. El autor afirmaba que la evidencia apuntaba hacia Denis Barbier como autor del crimen. Se demostró que el hombre era un falsificador y había colaborado con Lafarge en ciertas oscuras transacciones para ocultar la insolvencia de este último. Se sabía, además, que detestaba profundamente a Madame Lafarge, y que se encontraba en París cuando el caballero se puso enfermo. Además, de los 25.000 francos que la víctima había logrado recaudar entre los parientes de la esposa, sólo pudieron encontrarse 3.900 cuando regresó a Glandier. Según su propia declaración, Barbier estaba en posesión de una cantidad de arsénico, y fue el primero en dirigir las sospechas hacia la esposa del difunto.

Parece haber poca duda en realidad acerca de que Lafarge murió envenenado por arsénico; sin embargo nunca ha sido probado de modo concluyente quién fue el autor del crimen.

domingo, 20 de junio de 2010

Amalasunta, Reina de los Ostrogodos


En Ravena había sucedido un desastre: el joven rey ostrogodo Atalarico acababa de morir, en octubre del año 534, con sólo 18 años de edad. Amalasunta, hija de Teodorico el Grande, tras perder a su esposo se quedaba también sin su hijo y heredero.

Eutarico, el padre de Atalarico había sido en realidad su segundo esposo, puesto que siendo muy joven había contraído un matrimonio secreto con un esclavo. La madre de Amalasunta, Audofleda, lo hizo ejecutar al enterarse.

Mujer resuelta, ahora Amalasunta se enfrentaba a la amenazadora oposición de la nobleza goda, que siempre le habían echado en cara sus simpatías por la población itálica y su predilección por los ministros romanos así como su amistad con la corte de Constantinopla. Por todo ello, al poco tiempo de quedarse viuda le habían arrebatado la educación de su hijo, Atalarico, pretextando que con su madre no aprendía más que las artes y los modales de los romanos, tan ajenos a la virilidad germánica del pueblo godo.


De todos modos Atalarico se tomó tan a pecho lo de la virilidad germánica que, en cuanto tuvo edad para ello, no dio tregua a cuantas mujeres se pusieron a su alcance. Las cortesanas de Ravena supieron explotar la magnífica disposición del joven rey. Por desgracia su constitución física no era demasiado robusta, y eso tenía preocupada a su madre.

Amalasunta, más inteligente que sus súbditos, sin saber a quién acudir inició una correspondencia secreta con el emperador Justiniano, a quien ponía al corriente de la situación en Italia y en Occidente. Justiniano, único emperador cristiano, se consideraba con ciertos derechos sobre los países que integraran el antiguo Imperio romano.

Al morir Atalarico, su madre se encontró a merced de sus enemigos. Todo su poder dimanaba de su calidad de regente del joven monarca, y ahora se había terminado. En la mentalidad germánica no cabía que una mujer llegara a ocupar el trono, y Amalasunta lo sabía. Así pues, decidió poner sus encantos femeninos al servicio de su ambición. No había cumplido 40 años, y su belleza aún era espléndida.

Teodato

Se entrevistó con su primo Teodato, pidiéndole que, como único varón de la familia amala, defendiera los derechos al trono de la dinastía, y le ofrece compartir el trono.

Se afirma que en noviembre de 534, al mes escaso de morir Atalarico, se celebró la boda. Sin embargo, algunas fuentes apuntan a que Teodato ya estaba casado y su esposa aún vivía. Sea como fuere, Teodato y Amalasunta fueron proclamados reyes en Ravena.

Pero el nuevo rey era de naturaleza inconstante, siendo el único rasgo firme de su carácter la insaciable avaricia. Todos conocían su punto flaco y lo tentaron con él. Teodato se dejó convencer.

Todavía en plena luna de miel, propuso a su esposa una excursión de placer por el lago Bolsena, donde poseían un palacete de recreo. La reina aceptó encantada, pero no tuvo tiempo de disfrutar tan dulces experiencias. La intención era la de retenerla allí prisionera, y al poco tiempo, mientras tomaba un baño, tres esbirros de Teodato entraron y la estrangularon.


Esta muerte cruel iba a cambiar el destino de su pueblo y a influir poderosamente en la historia europea. Los italorromanos se alzaron en armas contra Teodato. Justiniano, que sólo esperaba una excusa para lanzarse a la conquista de Occidente, envió a Italia un fuerte ejército al mando de Belisario. Los bizantinos veían oficialmente a vengar a Amalasunta.

Teodato, acorralado por todas partes, fue muerto por sus propios soldados, quienes proclamaron rey a Vitiges.

miércoles, 16 de junio de 2010

El fútbol en la Inglaterra Tudor

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Esta vieja ilustración, de autor desconocido, muestra al rey Enrique VIII y su ejército en 1545 mientras observan al portero inglés con el balón y al árbitro sacando una tarjeta roja a otro jugador, seguramente francés, puesto que es altamente improbable que el árbitro hubiera amonestado a un jugador inglés en las narices de Enrique.

Un tercer jugador se retuerce de dolor en el suelo mientras unos hombres entran corriendo con una camilla. Otro lleva un carrito de naranjas, sugiriendo que el incidente puede haber sucedido al borde del descanso tras la primera parte. Mientras tanto los ingleses ondean la bandera roja y blanca de San Jorge.

Con 30.000 franceses anclados a bordo de 200 barcos, la mayor invasión de una flota que alcanzara las costas británicas, se cree que el rey ordenó el juego como gesto diplomático para suavizar la situación, puesto que él sólo contaba con 80 barcos y 12.000 hombres.

En la Inglaterra de los Tudor los deportes estaban muy controlados por el gobierno. La gente común apenas tenía la oportunidad de practicarlos, porque se consideraba más importante que estuvieran en buena forma para trabajar. La clase trabajadora se dedicaba al manejo del arco los domingos, mientras que los caballeros de alto rango eran animados a participar en toda clase de juegos porque se suponía que eso era un buen entrenamiento para la guerra. En 1512, en tiempos de Enrique VIII, una ley prohibía a los trabajadores el tenis, las cartas, los dados o los bolos. Solamente en Navidad se relajaban un poco las normas.

El fútbol, en cambio, era un deporte popular en la Inglaterra del siglo XVI, aunque era muy diferente del deporte que conocemos en la actualidad. Se lo llamaba “un amistoso juego de lucha”. No había límite al número de jugadores en cada equipo, a veces la población entera se implicaba, las porterías se colocaban a una milla de distancia, y el campo podía incluir bosques, arroyos, calles del pueblo, setos y prados. Los participantes luchaban por la posesión de la pelota. Las reglas, que variaban de un punto a otro del país, también permitían recoger y lanzar el balón con las manos a la portería contraria, además de con los pies.

La familia de Enrique VIII, una alegoría de la sucesión Tudor

Se ha descubierto que Enrique VIII ordenó un par de botas de fútbol para su guardarropa en 1526. Elaboradas en cuero por Cornelius Johnson, le costaron 4 chelines, aunque Maria Hayward, la historiadora que hizo el descubrimiento de este encargo, no cree que el rey practicara tal deporte en realidad: “No era un juego para caballeros”.

Un fútbol similar se juega todos los años en Shrove Tuesday en Ashbourne, Derbyshire. Dura dos días y toman parte miles de jugadores. Las porterías están a tres millas y sólo hay unas cuantas reglas. La pelota está pintada a mano y rellena de corcho, y se cree que este juego se ha practicado durante mil años.

En la época Tudor era un juego muy violento, por lo que muchos de los jóvenes resultaban lesionados mientras lo practicaban. Por desgracia esto hacía que frecuentemente causasen baja en el ejército, cuando se los necesitaba para alguna guerra. En 1540, durante el reinado de Enrique VIII, el fútbol, ese “diabólico pasatiempo”, fue prohibido.

Sir Thomas Elyot lo describió como “una furia bestial y extrema violencia”, y Philip Stubbs nos dejó las siguientes palabras en The Anatomy of Abuses, escrito en 1585:

“El fútbol es más una lucha que un juego… a veces se parten el cuello, a veces la espalda, a veces las piernas… el fútbol desata la envidia y el odio… a veces el combate, el crimen, y un gran derramamiento de sangre”.



Fuentes:  
www.historylearningsite.co.uk/tudor_sports_and_pastimes.htm
www.localhistories.org/tudor.html
www.spartacus.schoolnet.co.uk/TUDsports.htm
www.springfield.k12.il.us/schools/springfield/eliz/sportsandentertainment.html
www.suite101.com/article.cfm/kbh/102765/3
www.woodlands-junior.kent.sch.uk/Homework/tudors/sports.html
www.historic-uk.com/CultureUK/RugbyFootball.htm
www.artistsharbour.com/catalog/product_info.php?products_id=144
edition.cnn.com/2004/WORLD/europe/02/18/king.henry.wives.reut/

lunes, 14 de junio de 2010

Las Aldeas de Potemkin


-->Potemkin

Se dijo que cuando en 1787 Catalina la Grande emprendió un viaje por Ucrania y Crimea en compañía del emperador de Austria, el mariscal duque Gregorio Alexandrovich Potemkin preparó, a modo de decorado teatral, una serie de aldeas bien construidas a orillas del río Dniepper, rodeadas de árboles y jardines totalmente falsos, y pobladas por figurantes disfrazados de bien vestidos y mejor alimentados mujiks. Estos se desvanecían a su paso para trasladarse con los decorados a otros lugares y seguir la farsa. De ahí la expresión aldea de Potemkin (o pueblos Potemkin) para designar una pretensión falsa que es sólo fachada con la que se pretende encubrir una realidad desastrosa.

En este caso el ministro pretendería así encubrir la situación catastrófica e impresionar a la emperatriz y a sus acompañantes, realzando el valor de las conquistas de Rusia y su propia labor como gobernador. A la zarina se le mostraban las aldeas desde lo alto de una colina, para que la distancia no le permitiera apreciar el engaño, y poniendo como excusa razones de seguridad. Pero lo cierto era que nada se había hecho por aquellas gentes, que vivían en la miseria. Catalina regresó convencida de que la región era tan próspera como se le había pretendido hacer ver.

Al menos esto es lo que los adversarios de Potemkin se encargaron de propagar por toda la corte. Y es que el ministro, acusado frecuentemente de haber alcanzado el poder sin otro mérito que el de sus habilidades amatorias, tenía muchos enemigos. Se dice que el rumor partió del enviado de Sajonia, Georg von Helbig, que no hizo el viaje a Crimea, pero que en sus despachos diplomáticos reproducía buena parte del cotilleo que circulaba por San Petersburgo.

Catalina la Grande

En la actualidad los estudiosos están divididos con respecto a la credibilidad que pueda darse a esta historia. Unos la consideran una exageración con base real, y otros un mito. Panchenko afirma que es cierto que Potemkin hizo decorar de ese modo las aldeas, pero que no fue en secreto ni pretendió hacerlas pasar por reales. Por otra parte, también se ha especulado sobre lo improbable de que Catalina no estuviera enterada de que todo era falso, dada la más que estrecha relación que tenía con su ministro. De este modo la ficción habría estado destinada únicamente a engañar e impresionar a los acompañantes extranjeros.

Tramposo o no, Potemkin fue un buen gobernador, dispuesto a hacer de Crimea la joya de la corona. Fundó el puerto de Sebastopol y varias ciudades, un arsenal, construyó una formidable armada e indujo a decenas o tal vez cientos de miles de personas a colonizar las tierras del sur. Llevó a cabo tan extraordinarias empresas, una tras otra sin reposo, que, en palabras de Cecil Adams, “uno lee sobre su vida y piensa: voy a dejar de decir que no tengo tiempo para limpiar el garaje”.

viernes, 11 de junio de 2010

Catalina II de Rusia (II)


Con ayuda del conde Panine, Catalina se hizo con el control político. Acompañada por los soldados que la aclamaban, se dirigió a la catedral en la que se había casado 17 años antes para recibir la bendición del clero ortodoxo y prestar juramento como emperatriz. Al día siguiente Pedro III fue obligado a firmar el acta de abdicación, y se le recluyó en una casa de campo de las afueras. Se le permitió llevarse consigo un sirviente de toda confianza, su violín y su perro favorito.

Pocos días después, el 6 de julio, Pedro, de cuya custodia se encargaban los Orlov, falleció en extrañas circunstancias, al parecer estrangulado por uno de ellos, probablemente por Gregorio. Las circunstancias nunca fueron aclaradas, y tampoco se ha podido poner en evidencia si la zarina estuvo implicada o había instigado el crimen. Lo único cierto es que la muerte del zar la favorecía extraordinariamente.

Según el canciller de la embajada de Francia, el propio Orlov dio la noticia a Catalina en medio de la cena. Se produjo una cierta confusión y Panine aconsejó no comunicar la noticia al pueblo hasta el día siguiente. La versión oficial atribuía el fallecimiento a un cólico, mientras que la zarina aparecía en público con el rostro lloroso.


En algunos lugares del Imperio se levantaron protestas, y en Moscú hubo alzamientos armados, pero pronto fueron brutalmente reprimidos. Catalina se hizo coronar en Moscú. Cuando se trasladó allí desde San Petersburgo para la ceremonia, la corte la siguió en 14 grandes trineos y cerca de 200 más pequeños, uno de los cuales era un palacio en miniatura sobre patines. Contenía un salón, una biblioteca y un dormitorio. Ocho personas podían permanecer en él de pie, de lado a lado.

Desde los inicios de su reinado Catalina llevó a cabo numerosas innovaciones y reformas para mejorar las condiciones de vida de su pueblo. Fue admirada en Europa por sus ideas liberales, su amor a la cultura y su política pretendidamente humanitaria, aunque en realidad gobernó con el mayor de los despotismos y la más absoluta arbitrariedad, empleando procedimientos que nada tenían que ver con los ideales que ella decía sostener.

Su energía era sorprendente. Trabajaba sin descanso, llevaba personalmente toda la correspondencia diplomática e impuso su voluntad sobre todos los asuntos de Estado. Voltaire, que la llamaba Catalina la Grande (nombre con el que ha pasado a la Historia) y la Semíramis del Norte, mantuvo correspondencia con ella, y también D’Alembert y otros partidarios del despotismo ilustrado.


En política exterior siguió las directrices de Pedro el Grande, y por medio de los repartos de Polonia amplió sus territorios y obtuvo la anhelada salida al mar Báltico. También deseó asomarse al Mediterráneo, y para ello llevó la guerra contra Turquía. Rusia, convertida ya en una gran potencia, obtuvo Crimea, Ucrania, Bielorrusia y Lituania.

Desde el siglo XVII no se había interrumpido la expansión hacia el este. Una serie de ciudades iba limitando las regiones inhabitables de lo que hoy llamamos Siberia, nombre tomado del antiguo khanato de Sibir.

En el orden interno Catalina hubo de enfrentarse a la rebelión encabezada por el cosaco Pugachev, personaje que se hacía pasar por el difunto Pedro III. Éste supo aprovechar el descontento de los campesinos, con los que llegó a formar un numeroso ejército. Concluida la guerra con Turquía, Catalina pudo enviar contra él a lo mejor de su ejército y derrotarle en agosto de 1774. Los propios subalternos de Pugachev acabaron entregándole para conseguir el perdón y cobrar la recompensa. El cosaco fue llevado a Moscú en una jaula y decapitado en enero de 1775.


Menos complicado fue el problema suscitado por la aventurera Isabel Trakanova, que se hizo pasar por hija de la zarina Isabel y del mariscal Razumovski, pretendiendo hacerse con el trono de Polonia. Catalina ordenó su arresto, y Orlov la atrajo con engaños, la condujo a San Petersburgo y allí fue encerrada en una lóbrega mazmorra, donde pasó 12 años. Murió en 1777 en extrañas circunstancias, al parecer víctima de una inundación.

Catalina protegió las artes, y a ella se debe la gran colección del museo de l’Hermitage, uno de los más importantes del mundo. Pero tras la rebelión de Pugachev realizó una política reaccionaria, reforzando los privilegios de la nobleza frente a los siervos.

Cuando se produjo la revolución francesa, se pronunció abiertamente contra ella, afirmando que su oficio era ser aristócrata, y si la muerte no la hubiera sorprendido antes, se hubiera unido a los ejércitos que pretendían reinstaurar el antiguo régimen en Francia. Era obedecida siempre, y a veces, para obtener alguna cosa, no desdeñaba recurrir a cualquier medio, aunque fuera cruel.


Hacia 1790 su salud comenzó a declinar, pero sus apetencias sexuales no disminuyeron, y su nuevo favorito, Platón Zubov, gobernaba la vida interior de la corte “demostrando una inteligencia inversamente proporcional a su apostura”. A la emperatriz habían tenido que construirle un ascensor para evitarle subir y bajar las escaleras de palacio, y acabó dejándose gobernar por favoritos y familiares.

Murió el 16 de noviembre de 1796, según unos de una apoplejía, según otros de un aneurisma, y según los menos discretos sentada en el excusado leyendo un libro cuyo contenido le produjo un definitivo ataque de risa.

miércoles, 9 de junio de 2010

Catalina II de Rusia


-->Catalina la Grande

Su verdadero nombre era Sofía Augusta Federica de Anhalt-Zerbst. Nació en 1729 en Stettin, Pomerania, hija de la princesa prusiana Juana Isabel y de un general de Federico II de Prusia. Federico decía de él que “era un buen hombre, pero de una imbecilidad poco ordinaria”. Algunos creen que Sofía no era hija suya. Sea como fuere, ella conservó siempre mejor recuerdo de él que de su madre.

Se describía a Sofía como de baja estatura, pero el porte y los modales arrogantes la hacían parecer más alta. Según un contemporáneo suyo “… tiene el aire y el aspecto de una soberana. Cada uno de sus rasgos revela un gran carácter. Tiene la frente ancha y descubierta, la nariz casi aquilina, la boca fresca, y resulta aún más embellecida por su magnífica y blanca dentadura; el mentón es pronunciado. Sus cabellos castaños son hermosísimos, lo mismo que sus ojos. Una gran arrogancia caracteriza su fisonomía”.

La joven Sofía no poseía una gran cultura, pero era inteligente y, sobre todo, desmedidamente ambiciosa. En febrero de 1744 fue llevada a Rusia por su madre cuando aún no había cumplido 15 años. La emperatriz Isabel, hija de Pedro el Grande, no tenía hijos, y había adoptado a su sobrino, Carlos Pedro Ulrico de Holstein Gottorp, hijo de su hermana Ana, como heredero del trono de todas las Rusias, y ansiaba verlo casado para ver así asegurado el trono de los Romanov.

El matrimonio venía muy bien para las aspiraciones de Sofía. Lo primero que hizo al llegar a Rusia fue abrazar la fe ortodoxa y adoptar el nombre de Catalina Alexandrevna. Además hizo estipular en sus capitulaciones matrimoniales que ella sucedería en el trono a su esposo si éste moría sin heredero.

Emperatriz Isabel

Procuró mantenerse alejada de los chismes e intrigas de la corte de San Petersburgo, tratando de ser complaciente con todos, especialmente con la zarina, mientras ocultaba su absoluto desprecio por su futuro marido, un hombre enfermo, con el rostro desfigurado por la viruela, brutal y borracho, que prefería jugar con soldaditos de plomo y castillos de cartón que entregarse a sus deberes de Estado.

“El corazón no me anunciaba gran felicidad, sólo la ambición me sostenía… El gran duque era indiferente para mí; pero la corona de Rusia no lo era. Y había algo que me hacía creer que yo llegaría tarde o temprano a ser emperatriz de Rusia…”

La boda se celebró con gran boato en la catedral de la Virgen de Kazán el 21 de agosto de 1745. Después hubo un banquete en el que se sirvieron 50 platos distintos, y a continuación un baile. A las 9 de la noche la fatigada Catalina se retiró a sus habitaciones a esperar en vano a su marido, que apareció ya de madrugada y completamente borracho. Por si tal desaire fuera poco, el gran duque, que tardó varios años en consumar el matrimonio, prefería la compañía de sus perros de caza a la de su esposa, que se consoló con diversos amantes.

De Sergio Saltykov escribiría Catalina en sus famosas memorias que “era hermoso como el amanecer”. Después de dos abortos dio a luz un varón el 20 de septiembre de 1754. Recibió el nombre de Pablo, y Pedro lo reconoció como suyo. Isabel lo crió como sucesor al trono, si bien las malas lenguas señalaban a Sergio como el verdadero padre. Sin embargo, y pese a las habladurías, Pedro y el niño coincidían en su fealdad y en su estrecha mentalidad germanófila.

Catalina y Pedro

Catalina comprendió que debía hacerse conocer y amar por el pueblo, porque el poder de un rey, incluso el de un autócrata, se fundamenta en buena medida en su popularidad. Hizo caso omiso de los desplantes y se dedicó a mejorar su ruso. Estudiaba y leía incluso de noche, caminando descalza sobre las losas de mármol de sus aposentos para vencer el cansancio y el sueño, llegando a dominarlo a la perfección. También procuraba aumentar su cultura leyendo a Plutarco, Tácito o Montesquieu. Poco a poco se iba interesando por los asuntos políticos y hablando con los embajadores mientras a su alrededor se iba formando una pequeña corte de personajes que la amaban y la temían. Catalina ya estaba lista para conseguir lo que pretendía: ser la única soberana.

—Tened la seguridad —le había dicho al embajador inglés durante la guerra con Prusia— de que ya tengo mis planes y sólo me queda morir o reinar.

Mientras tanto había conseguido sobrepasar en número de amantes al mismísimo Luis XV. Entre ellos se encontraron Estanislao Augusto Poniatowski, que llegaría a ser rey de Polonia; Gregorio Potemkin y, sobre todo, Gregorio Orlov.

El 15 de febrero de 1758 Catalina recibía una nota de Poniatowski: la emperatriz Isabel había hecho detener al conde Bestuzhev, canciller de Rusia, a su joyero y a Adaurov, que había sido su profesor de ruso, acusados de servir de intermediarios en su correspondencia secreta con el embajador británico. Poniatowski fue enviado a Polonia y nuera y suegra mantuvieron una fuerte discusión en la que Catalina llegó a pedir, sin que le fuera permitido, regresar a Alemania.

Catalina II

Pedro también le era infiel. Su más famosa amante fue Isabel Vorontzov, una de las damas de la emperatriz. Era una mujer perezosa, malhumorada, desaseada y con el rostro marcado por la viruela. Odiaba a Catalina y animaba incesantemente a Pedro para que la repudiara y desheredara a su hijo.

En abril de 1762 moría la emperatriz y era sucedida por su sobrino el gran duque. El nuevo zar detestaba y temía a su mujer y quería librarse de ella a toda costa. Mientras tanto, en su calidad de soberano promulgaba decretos que le iban haciendo cada vez más impopular.

Catalina dejaba que él siguiera embriagándose y cometiendo excesos que ofendían al ejército y al clero. Lo observaba despeñarse por ese camino. Finalmente, contando con los tres regimientos de la guardia real, y sobre todo con el Preobajenski, el mejor del ejército ruso y controlado por los hermanos Orlov, se produjo un golpe de Estado en la madrugada del 29 de junio de 1762. Eso acabó con el breve reinado de Pedro III.


Continuará.

domingo, 6 de junio de 2010

Londres en el siglo XV


La capital y principal sede del gobierno inglés durante el siglo XV era, naturalmente, Londres, cuya extensión aproximada era de 2’5 kilómetros cuadrados hacia el norte del río Támesis. La ciudad estaba rodeada por una muralla con 7 puertas, todas las cuales permanecían cerradas durante la noche. Las principales defensas se situaban en la Torre de Londres, que era al mismo tiempo fortaleza, palacio y prisión. El edificio, sin embargo, aún no había adquirido su siniestra reputación.

Londres tenía un único puente, construido en piedra blanca. Constaba de 19 arcos y sobre él se alineaban casas, tiendas y una capilla. Desplazarse por la ciudad era más rápido por el río, porque las calles, estrechas y malolientes, frecuentemente se hallaban atestadas de carros, multitudes y ganado. En el Támesis había muchos atracaderos, y cientos de barqueros ofrecían su oficio en las aguas ya llenas de barcos mercantes y barcazas particulares. A lo largo del río se sucedían muelles y almacenes, y más allá, junto al Strand, los jardines se extendían desde las mansiones de la nobleza hasta el Támesis, cada una con su embarcadero privado.


Los visitantes admiraban el esplendor de la catedral de San Pablo, el Guildhall, el palacio de Westminster, la cercana abadía, y no menos las 80 iglesias de la ciudad. Ya crecían los suburbios fuera de las murallas, pero eran pequeños. De hecho en 1483 el italiano Dominic Mancini se sorprendió de encontrar tal tranquilidad rural y tan fértiles prados verdes como rodeaban a la capital.

Londres estaba gobernado por su alcalde, los concejales y el consejo municipal, todos ellos pertenecientes a la clase de los artesanos y de los mercaderes más acaudalados, hombres que ejercían una considerable influencia política.

La capital inglesa fue descrita por un visitante extranjero en esa época como la más ajetreada de las ciudades, mientras que un enviado milanés imaginó que era “la ciudad más rica de la cristiandad”. Por lo menos puede afirmarse que el siglo XV fue un periodo en el que el nivel de vida aumentó considerablemente. Las iglesias supervivientes, los castillos y las casas señoriales, además de los inventarios de muebles y otras propiedades, dan fe de ello.

Guildhall, edificio del ayuntamiento

Durante ese siglo se construyeron en el país pocos castillos fortificados, y los ya existentes se modernizaron añadiendo salas, ventanas grandes, lujos y comodidades. No se construían con propósito defensivo, si bien muchos tenían fosos y almenas como motivo de decoración. Los ricos se construían mansiones que satisfacían tanto su gusto estético como sus necesidades de confort. Esto demuestra la confianza en una estabilidad a largo plazo, y así continuó siendo durante la Guerra de las Dos Rosas, demostrando que el conflicto tuvo poco impacto sobre la vida social y cultural de la nación; menos del que se hubiera podido imaginar leyendo las crónicas de la época.

Muchas casas, además de tener un gran salón, se construían con otras cámaras más pequeñas para uso de la familia, reflejando un nuevo gusto por la privacidad. La chimenea reemplazó al hogar abierto en el centro de la habitación, las ventanas se hicieron más grandes, dejando entrar más luz, y con frecuencia tenían marcos tallados de madera o de piedra. Las familias que podían permitírselo ponían vidrieras en las ventanas, a menudo exhibiendo sus blasones.

Abadía de Westminster

Fue también la gran era de la construcción de edificios religiosos. Los artesanos ingleses eran particularmente hábiles tallando madera y alabastro. También resultó una buena época para la música. La corte de los York era famosa por sus músicos y por el mecenazgo hacia los compositores. El villancico, surgido como una pieza compuesta con motivo de cualquier gran ocasión, podía cantarse y bailarse, y estaba muy de moda. Muchos de los más populares villancicos de Navidad datan de ese periodo.

El inglés era por entonces el idioma de todas las clases sociales, pero la mayor parte de la nobleza hablaba francés, que había sido la lengua de la corte y de los tribunales hasta finales del siglo XIV. A los más cultivados se les enseñaba latín, que seguía siendo el idioma internacional. Los libros, aunque artículos de lujo aún al ser fabricados a mano, comenzaban a estar disponibles con mayor facilidad, en lugar de quedar exclusivamente en manos de universidades o de la Iglesia.



Bibliografía:  
Lancaster and York – Alison Weir

viernes, 4 de junio de 2010

La Orden de Mathias

 Mi blasón
 
Hoy me he despertado con la grata noticia de mi nombramiento como miembro de la prestigiosa , Noble  y Distinguida Orden de Mathias. Su Majestad el rey Mathias, rey viudo de España, ha tenido a bien comunicarme personalmente este nombramiento y hacerme entrega del que será mi nuevo escudo de armas, especialmente diseñado para mí.
 
 Noble y Distinguida Orden de Mathias
 
Majestad, estoy profundamente conmovida por el honor que me confiere, y que me esforzaré por merecer. Haré esculpir el blasón de la Orden sobre la fachada de mi château, para recibir con él a mis visitantes en adelante.

¡Muchísimas gracias!
 

jueves, 3 de junio de 2010

El mito del Preste Juan


Otto de Freising

El mito del Preste Juan fue desarrollándose y adoptando diversos aspectos a partir del siglo XII. El nombre podría muy bien ser una simple deformación fonética de la palabra con la que se designaba al rey de los mongoles, es decir wang o khan. Otras fuentes dicen que procede de un soberano mongol que hacia 1140 había vencido a los persas en varias ocasiones y ocupado la ciudad de Samarcanda.

Algunos historiadores opinan que el reino del preste Juan coincide perfectamente con el de los kara-kitay, unos nómadas de raza mongol, probablemente de religión cristiana, que vivían en las amplias llanuras entre el mar de Aral, el lago Baikal y el río Yenisey, una parte de las cuales formaba el antiguo reino del Oxus o Amu-Daria. Estos nómadas no cesaban de lanzar ataques contra los turcos seljúcidas, consiguiendo repetidos éxitos que les valieron la reputación de enemigos del Islam y campeones de la cristiandad. Los kara-kitay tuvieron por rey a Togrul, derrotado y muerto por Gengis Khan en 1203.

La historia del Preste Juan penetró en Occidente y se difundió rápidamente. El relato se iba enriqueciendo cada vez más. En 1145 el obispo Otto de Freising, consejero del emperador Federico Barbarroja, comunicó que durante su estancia en Viterbo conoció a un obispo sirio que le habló del preste Juan, asegurándole que descendía de los Reyes Magos. En 1165 circulaba por las cortes de Occidente, difundida por los obispos y sacerdotes desde el púlpito, una carta escrita por el citado Preste Juan y dirigida al emperador de Bizancio Manuel Comneno, a Federico Barbarroja y al Papa Alejandro III. En ella solicitaba ayuda para luchar contra los musulmanes y reconquistar Tierra Santa. La carta describía las maravillosas riquezas del reino del Preste Juan, y fue traducida a todos los idiomas del Occidente cristiano.


El Papa envió una carta dirigida al ‘‘Carissimo in christo filio Iohanni, illustro et magnifico indorum regi’’, es decir, ‘‘Apreciado hijo de Dios, Juan, rey ilustre y magnífico en la India’’. Y el rey Luis IX de Francia, San Luis, envió al franciscano Longjumeau a Oriente para encontrar al personaje, pero tras el fracaso de su embajada acabó por llegar a la conclusión de que en realidad no había ningún Preste Juan.

La leyenda resistió y supo adaptarse a las circunstancias, perpetuándose bajo diversas versiones. Una de ellas lo hizo emperador de Etiopía. Se apoyaba en la presencia en Jerusalén de monjes, sacerdotes y peregrinos etíopes, cristianos que despertaban la envidia de los francos con el fasto de sus ceremonias y poseían un monasterio en la ciudad santa. Tanto ellos como su país de procedencia eran objeto de todo tipo de interpretaciones fantásticas. A principios del siglo XV los portugueses aún lo buscaban en Etiopía.

En 1298, Marco Polo dictó su obra ''Libro de las cosas maravillosas'', basado en sus experiencias como comerciante por Asia y embajador de Kublai Kan.

Ruta de Marco Polo

Marco Polo no duda en dar largas explicaciones fabulosas sobre el personaje. Según él, los mongoles habitaban en un país al que llamaban Ciorcia, “una gran extensión de llanuras desprovistas de cualquier habitación, así como carente de ciudades y castillos”. Además pagaban tributo “a un gran señor al que denominan en su lengua Une Can y que significa Preste Juan”. Se trataría de un rey cristiano nestoriano al que Gengis Khan envió emisarios para pedirle en matrimonio a su hija.

—¿Cómo no se avergüenza Gengis Khan de pedir a mi hija por esposa? —se indignó Juan—. ¿No sabe que él es mi siervo y vasallo? Volved a él y decidle que antes arrojaré a mi hija al fuego que dársela por esposa. Decidle también que le condeno a muerte por traidor y desleal a su señor.

Partieron los enviados a toda prisa y no tardaron en informar a Gengis Khan. Cuando éste escuchó tales palabras, “le pareció que de rabia iba a estallarle el corazón dentro del pecho. Y habló enfurecido a los que le rodeaban, diciendo que todo lo abandonaría, su domicilio y sus tierras, si no hiciera pagar bien caro al Preste Juan la afrenta que le había hecho”.

—¡Próximamente le demostraré si soy su siervo! —exclamó.


Reunió sus hordas para presentar batalla en una gran llanura, después de haber consultado a los astrólogos. El Preste Juan murió en el enfrentamiento, lo que significó la pérdida del país para los suyos. Sus territorios y vasallos pasaron a poder de Gengis Kan, quien desposó a sus herederos con los descendientes de Preste Juan, de tal manera que son éstos los que aún en día gobiernan sobre los tártaros y un montón de pueblos más.

En lo que se refiere a la derrota y la muerte, ninguno de los textos está de acuerdo, discrepando tanto en la fecha, aun aproximada, de la batalla, como en los nombres exactos de los protagonistas e incluso en el desenlace final.

Soberano de Asia o de Etiopía y de religión cristiana, visitado por una embajada o monje evangelizador llegado de Roma y convertido luego en el Preste Juan legendario, los cristianos de Occidente creían firmemente en su existencia, en un reino amigo, próspero, que garantizaba la buena acogida y seguridad de los viajeros.

martes, 1 de junio de 2010

El misterio de los Príncipes de la Torre (III)


En las ordenanzas extendidas por Ricardo III para la regulación de su Casa Real, en julio de 1484, aparece la siguiente referencia: “Milord de Lincoln y milord Morley estarán en el desayuno, como asimismo los niños y cuantos se hallen presentes en el Consejo… Otrosí, no se darán más raciones de pan, vino o cerveza que las normales y convenientes, y ninguna de ellas excederá de la capacidad de un jarro, excepto las de milord y los niños”.

Pero esto no tiene por qué hacer referencia a los príncipes. Uno de estos niños que aparecen mencionados era el conde de Warwick, hijo de Clarence, el hermano de Ricardo que había sido ejecutado hacía años. Myers apunta que los demás niños, por lógica, debían de ser Margarita, hermana de Warwick, y las hijas menores del difunto rey.

Una declaración contenida en la Crónica de Croyland alude a que Catesby y Radcliffe se oponían a la boda de Ricardo con su sobrina Isabel, al temer que ésta se vengara de ellos por instigar Ricardo a tomar duras medidas contra su familia. No obstante, las medidas a que se refiere son las ejecuciones de sus familiares el conde Rivers y lord Richard Grey. Si el cronista creía en la culpabilidad de Ricardo en lo tocante a la muerte de los príncipes, ¿cómo es posible que no mencionase el motivo más palmario que lógicamente habría de tener Isabel para vengarse de él?

Bien, en primer lugar, la muerte de los niños no había podido ser demostrada, y no podía presentarse más que como un rumor. Las ejecuciones de otros miembros de la familia, en cambio, eran ciertas y evidentes, y hubiera bastado con eso. Es lógico que Ricardo se cuidara de dar a entender de algún modo a la madre y la hermana de los niños que éstos habían muerto. Por el contrario, debió de esforzarse por hacerles creer que vivían, y que sus condiciones podrían mejorar mucho si Isabel accedía a ser su esposa. Y así ese crimen, al ser ignorado, no podía constituir motivo de venganza.


Cuando Enrique Tudor entró triunfador en Londres, era de la mayor importancia para él demostrar que Ricardo había asesinado a los niños, para aparecer como el vengador a los ojos de la nación. Tenía, pues, muchos motivos para investigar esas muertes, y sin embargo no lo hizo. Simplemente, la ley de proscripción parlamentaria acusaba a Ricardo de inhumano y perverso, y de "grandes perjuicios, traiciones, homicidios y asesinatos, de derramar sangre infantil, de muchos otros entuertos, odiosas injurias y abominaciones contra Dios y los hombres…”

No hubo una acusación más clara y directa. ¿No podía encontrar pruebas, ningún testimonio condenatorio por parte del personal de la Torre? Difícil de creer. Y, sin embargo, hasta la ejecución de Tyrell sólo se insinuó la culpabilidad de Ricardo.

Pero la cuestión insoslayable es que el examen dental que sitúa la fecha de la muerte en el verano de 1483 delata a Ricardo. Existiría, desde luego, la posibilidad de que los príncipes hubieran muerto de muerte natural si no fuera porque los dos fallecieron a la vez y por el empeño que se puso en que nadie viera sus cuerpos ni pudiera encontrarlos posteriormente.

Otra posibilidad es que el responsable hubiera sido el duque de Buckingham, que también intentaría hacer valer sus derechos a la corona. Como condestable de Inglaterra tenía acceso a todas partes, y por tanto a la Torre y a los Príncipes. Por esas fechas no acompañó a Ricardo cuando éste emprendió un viaje, sino que permaneció unos días en Londres. Luego se reunió con él en Gloucester y desde allí se dirigió a Gales para maquinar su destronamiento. Pudo ser que Buckingham, impaciente por reclamar el trono o por ayudar a Enrique Tudor a reclamarlo, quiso deshacerse de ellos por considerarlos un estorbo a sus pretensiones.


Pero la culpabilidad de Buckingham resulta difícil de aceptar, porque cuando después traiciona a Ricardo y es conducido en calidad de prisionero, el rey no lo acusa del crimen. ¿Por qué iba a permitir que todo el mundo siguiera murmurando que los había asesinado él, cuando eso iba en la cuenta de uno de sus más encarnizados enemigos, del que deseaba vengarse? Ricardo, naturalmente, hubiera sido informado de lo sucedido por cualquiera de sus leales en la Torre. No podía ignorarlo. ¿Entonces por qué?

También es posible que Buckingham, para sus propios fines, persuadiese a Ricardo de la necesidad de la desaparición de los príncipes, en cuyo caso el rey sería igualmente culpable.

La actual reina de Inglaterra se niega a dar su autorización para realizar las pruebas de ADN, de modo que hasta la fecha, como escribió P. Murray Kendall, “las pruebas disponibles no permiten establecer ninguna solución decisiva. Es posible que Ricardo perpetrase el crimen o fuese el responsable de su perpetración. Cabe, asimismo, la posibilidad de que el duque de Buckingham cometiese el delito, o que persuadiese a Ricardo a permitir su ejecución. Lo que resulta impropio, desorientador y simplemente fastidioso es que… declaren categóricamente que Ricardo es culpable, o den por cierta la manoseada historia de Tomás Moro. El problema presenta más matices que los meros blancos o negros… Al igual que Hamlet, dicho enigma nos elude: no podemos llegar al corazón de su misterio.”