sábado, 30 de mayo de 2009

La venganza de los Médicis

Palacio de la Signoria

La conspiración estaba muy bien pensada, calculada para paralizar Florencia y que no se resistiera a las tropas que poco después entrarían en la ciudad. Según el plan previsto, la parte principal de los conspiradores, capitaneados por el arzobispo Salviati, iría al palacio de la Signoria, y, entrando en la sala del Consejo, tomarían el gobierno y matarían a todos los miembros que se resistieran. Pero al entrar Salviati y sus seguidores, el gonfaloniere notó que pasaba algo extraño; inmediatamente se dirigió a ellos, los distrajo por un momento y retuvo al arzobispo en su habitación privada mientras enviaba a alguien a enterarse de si había ocurrido algo en la ciudad.

Llegaron noticias de la tragedia acaecida en la catedral y la confirmación de que el grupo de Giacobbo de Pazzi y los demás de la familia estaban intentando alzar al pueblo contra los Médicis. Corrían por las calles gritando “¡Libertad!”, pero el pueblo gritaba “¡Vivano le palle!” (Le palle son las bolas que figuran en el escudo de los Médicis).

Escudo de los Médicis
Inmediatamente el gonfaloniere hizo preso al arzobispo y lo colgó de la ventana de la esquina norte del palacio de la Signoria, y junto a él, en las ventanas adyacentes, a 5 más de los conspiradores, mientras los restantes eran acuchillados en la escalera. En menos de media hora había 26 cuerpos amontonados. Los demás fueron perseguidos por el enfurecido pueblo, cuyo odio no conocía límites, y ninguno de los que cayó en sus manos tuvo tiempo de llegar al palacio para ser ejecutado. Los conspiradores no sólo habían asesinado a Juliano e intentado eliminar a Lorenzo, sino que habían traído tropas para apoderarse de Florencia, todo lo cual había enfurecido sobremanera al pueblo. Éste rodeó el palacio Médicis y aclamó a Lorenzo, quien, aunque maltrecho, salió y se dirigió a ellos asegurándoles que sólo estaba ligeramente herido. Les pidió que no se abandonaran a venganzas individuales y que reservaran su animosidad contra los enemigos exteriores que habían instigado el complot.

Pero no le hicieron demasiado caso y todos los sospechosos de complicidad fueron perseguidos por las calles, linchados allí donde se les capturaba y sus restos arrastrados por la turba enfurecida, cuya rabia no se aplacó hasta que fueron muertas 80 personas.


Florencia
Giacobbo de Pazzi, que había escapado a la aldea de Castanno, fue capturado por los aldeanos y devuelto a Florencia, donde fue ejecutado. El mismo destino le cupo a Francesco de Pazzi, uno de los asesinos de Juliano. Sin embargo Guillermo de Pazzi, hermano de Francesco pero esposo de la hermana favorita de Lorenzo, Bianca, salvó su vida gracias a la intervención de Lorenzo, que consiguió que fuera simplemente exiliado. Los hijos o sobrinos de Giacoppo fueron sentenciados a prisión o al exilio. 

Bandini, el otro asesino de Juliano, huyó a Constantinopla, donde fue capturado por el sultán y enviado a Florencia encandenado. A su llagada, la Signoria lo ejetucó en la plaza. Se conserva un dibujo de Leonardo en el que éste anotó con detallismo científico los estertores del criminal. 

Ejecución de Bernardo Bandini, dibujo de Leonardo, museo Bonnat, Bayona

Por un decreto público, el nombre y las armas de la familia Pazzi fueron suprimidos para siempre, su palacio —que ahora se conoce como palacio Cuadratesti— y todos los que la familia tenía en la ciudad fueron cambiados de nombre. Además, todas las personas que contrajesen matrimonio con un Pazzi quedaban inhabilitadas para ocupar cargos públicos de la república, y la antigua ceremonia de la vigilia de Pascua, en la que se conducía el fuego a la casa de los Pazzi, se abolió. Se empleó un artista a expensas del erario público para representar en las paredes del Bargello la escena de los traidores ahorcados y colgados, en señal de infamia, por los pies. 

Se acuñó una medalla en recuerdo del ataque que sufrieron Lorenzo y Juliano. Lorenzo demostró su magnanimidad en la suerte que corrió uno de los conspiradores: el cardenal Rafaello Riario. El joven cardenal, en medio de la confusión, se había refugiado en el altar mayor. Lorenzo, al llegar a casa, envió algunos de sus protegidos a recogerlo e hizo que lo condujeran al palacio Médicis, el único lugar de la ciudad donde podría estar seguro. Allí lo mantuvo oculto algunos días, hasta que hubo amainado la violencia de la turba, y después lo envió secretamente a Roma. Lorenzo mostró la misma magnanimidad con otras personas que también habían participado en el complot. 

Ésta fue la cuarta conspiración para acabar con la familia Médicis. Y, una vez más, la familia salió de ella más popular que antes. Lorenzo ganó mayor fuerza y la posibilidad de tener al pueblo unido tras él. Pero algo irreparable se había perdido: con la muerte de su hermano Juliano, acababa la juventud de Lorenzo; ya no habría más desfiles ni festivales, solamente guerra, política y los trabajos literarios para dulcificar sus horas.

Bibilografía:
Florencia de los Médicis - Luis Racionero


jueves, 28 de mayo de 2009

Asesinato en la catedral



Catedral de Florencia

Es el día de Pascua de 1478. En la catedral de Florencia, la familia Médicis asiste a misa; en medio de una gran muchedumbre se encuentran Lorenzo el Magnífico y su hermano Juliano. Han acudido a la iglesia caminando desde su palacio en compañía de varios amigos. Lorenzo salió con su joven huésped Rafaello Riario; tras él lo hizo Juliano, acompañado por Francesco de Pazzi y Bernardo Bandini. Francesco abraza afectuosamente a Juliano, pasándole un brazo por la cintura en señal de familiaridad. Es la misa solemne de Pascua.

El cardenal arzobispo de Florencia alza la hostia y todo el público se arrodilla y se inclina en señal de devoción. En ese momento Juliano, que se encontraba en el lado norte del coro y, naturalmente, desarmado, es atacado por la espalda por Bernardo Bandini y Francesco de Pazzi. En postura genuflexa y con la cabeza inclinada, presentaba el mejor blanco para sus enemigos. Un enorme tajo en el cráneo da cuenta de su vida.


Juliano de Médicis

En el mismo instante, Mafei y Stefano atacan a Lorenzo pero, no siendo tan profesionales en el asesinato como Bandini, sólo consiguen herirle en el cuello. Lorenzo, con gran presencia de ánimo, se quita inmediatamente la capa, la enrolla en el brazo izquierdo a guisa de escudo y, sacando la espada, rechaza a sus atacantes, salta sobre la barandilla del presbiterio y, corriendo delante del altar, se refugia en la sacristía. Bandini se precipita hacia allí, matando por el camino a Francesco Nori, que le sale al paso. Poliziano y otros dos amigos de Lorenzo cierran las pesadas puertas de bronce de la sacristía antes de que Bandini pueda alcanzarla. Una vez dentro, Antonio Ridolfi sorbe la herida de Lorenzo por si el arma estaba envenenada.

La iglesia es un clamor. Nadie entiende nada. Cuando, poco a poco, la gente se percata de lo que ha sucedido, buscan a los criminales; pero éstos, aprovechando la confusión general, ya han abandonado la iglesia. El joven cardenal Rafaello Riario se refugia en el altar mientras uno de los que estaban con Lorenzo en la sacristía trepa hacia el órgano para mirar y ve el cuerpo de Juliano tendido en el lado norte del coro, al tiempo que constata que los conspiradores han huido.

Al cabo de un rato, Lorenzo, herido y absolutamente consternado por el destino de su hermano, regresa a casa con sus amigos.


Lorenzo de Médicis

Esta famosa conspiración, conocida como la conjura de los Pazzi, se originó en Roma por iniciativa del Papa Sixto IV y sus sobrinos de la familia Riario, los cuales ganaron como cómplices a los Pazzi, una de las familias más importantes de Florencia. Fue el primero de los Papas que sacrificaron los intereses de la Iglesia con objeto de avanzar a su familia. Así, Sixto instigó al más maligno de sus sobrinos, Girolamo Riario, a apoderarse de Florencia. Naturalmente esto supondría el asesinato de los hermanos Médicis, un detalle embarazoso.

Por otra parte los Pazzi, aunque hubieran deseado eliminar a los Médicis, no tenían intención de permitir que los Riario se quedaran con Florencia, de modo que las dos familias se aliaron con el común objetivo del doble asesinato, pero con el pensamiento de que, una vez perpetrado, ya se librarían del otro cómplice.


Tumba de Juliano II de Médicis


Los dos partidos se reunieron en Roma en los primeros meses de 1478, con conocimiento del Papa, aunque éste no estuviera al tanto de los detalles, que había dejado a cargo de su sobrino Girolamo. La conspiración también incluía movimiento de tropas, enviadas a ocupar las fronteras de Florencia. Se dispuso que marcharían sobre la ciudad en el momento de confusión tras el asesinato.


Próximamente:
La venganza de los Médicis.


Bibliografía:
Florencia de los Médicis - Luis Racionero


martes, 26 de mayo de 2009

Sangre Borgia



No hubo noticias del hijo del Papa durante todo ese día, jueves 15 de junio de 1497. Nadie lo había visto desde el día anterior, cuando salió para Esquilino. Tampoco cundió la alarma, pues Juan, duque de Gandía, los tenía acostumbrados a desaparecer de vez en cuando, por motivos de alguna cita amorosa que se prolongaba voluptuosamente según su capricho.

Pero esta vez había algo diferente: su lacayo apareció apuñalado. Vivía aún, pero no fue capaz de proporcionar más información que la de las últimas órdenes recibidas de su amo. El hombre moría poco después. Y entonces encontraron el caballo de Juan abandonado para confirmar los más oscuros presentimientos. Se informó al Papa y comenzó la búsqueda.

La noche del 15 y todo el día siguiente fueron atroces para Alejandro VI Borgia. Era su hijo más amado. Por las calles de Roma se iba voceando el nombre del duque de Gandía. La gente se encerraba en sus casas; el miedo recorría la ciudad. Se intentaba localizar a un individuo enmascarado que se había presentado en el festín de Esquilino, pero jamás lo encontraron, ni nadie supo decir quién era.

Había un comerciante dálmata de madera que tenía su almacén a orillas del Tíber. Por su oficio, había sido testigo de muchas cosas, en particular a esas horas de la noche, cuando los ladrones se deslizaban en barca hasta el almacén, y él montaba guardia a la llegada de nuevos cargamentos de madera. Así fue como vio algo inquietante de lo que decidió dar parte en la mañana del 16 de junio.

Castillo y Puente de Sant'Angelo, Roma

El comerciante dijo que dos noches antes, hacia las 2 de la madrugada, se encontraba durmiendo en su barca cuando el ruido de unos pasos que se aproximaban por la orilla le sacó de su sopor. Vio cómo dos siluetas examinaban atentamente los alrededores y luego desaparecían como habían llegado. Poco después otros dos hombres, también a pie, repitieron la misma operación e hicieron una señal en dirección a la sombra. Un jinete se adelantó entonces. Llevaba una espada dorada y montaba un caballo blanco sobre el que colgaba un cadáver a través de la silla, la cabeza pendiendo a un lado y los pies al otro. Los dos hombres que se habían acercado en primer lugar a la orilla estaban ahora al lado del caballo e impedían que el cadáver basculase.

Después de conducir el caballo cerca del lugar donde se arroja la basura al Tíber, los dos cogieron el cadáver y lo lanzaron a la corriente. El muerto se hundió de inmediato, pero al ver que su capa salía a la superficie tiraron gruesas piedras al río para hacerla desaparecer.

El comerciante oyó que el jinete preguntaba:

—¿Ha caído bien en el centro?

Le confirmaron que así era, y entonces el jinete, tras contemplar un momento la corriente, espoleó a su caballo y se alejó del lugar.

Le preguntaron al comerciante por qué no había ido antes a contarlo. El hombre replicó que desde que tenía su almacén a orillas del Tíber había visto arrojar en aquel mismo sitio por lo menos cien cadáveres, sin que nadie hubiera parecido preocuparse jamás de ellos.

Río Tíber

A partir de entonces se trataba de recuperar el cuerpo del río para averiguar si era el de Juan. Se inspeccionó con minuciosidad cada recodo con ayuda de trescientas redes de pescador. Todo en vano. Hasta que, por azar, un equipo de marineros había remontado la corriente hasta unos 500 metros más allá del almacén. Hacia el mediodía uno de los barqueros alertó a sus compañeros cuando se encontraba en un lugar no lejos de Santa María del Popolo, donde su red había sacado a la superficie un cadáver completamente vestido.

El cuerpo tenía las manos atadas y conservaba la espada a su costado. Presentaba un aspecto terrible y repugnante. Tenía huellas de nueve heridas grandes, una de las cuales le había abierto la garganta. A pesar de estar manchado por el fango del río, el asesinado conservaba su aspecto de gran señor, con los guantes prendidos a su cinturón, la bolsa intacta con 30 ducados de oro y su magnífico traje. Ya no podía haber la menor duda.

El Papa recibió de inmediato la noticia. Se entregó al barquero los diez ducados de recompensa por su macabro hallazgo. Entonces la barca trajo el cadáver hasta el castillo de Sant’Angelo. Un testigo que se encontraba en el puente dice: “Oí entonces alaridos, gritos de lamento como nunca los había oído más fuertes”. Y entre esos gritos una voz atronadora, procedente de una oscura ventana del castillo. Era la del Papa Borgia, porque ése era su preferido, la esperanza y la gloria de su linaje”.

Castel Sant'Angelo

Lavaron y limpiaron al muerto, lo vistieron de brocado con su traje de gonfaloniero y sus insignias ducales. No esperaron a que amaneciese. Esa misma medianoche, un cortejo formado por una gran multitud le transportó a la luz de las antorchas hasta la iglesia de Santa María del Popolo, donde su madre poseía un panteón. Los que vieron el cadáver, antes de que saliera del Borgo, tendido en unas sencillas parihuelas, decían que estaba casi más guapo que en vida.

Mientras que el sombrío cortejo recorría las orillas del Tíber, en la margen vaticana la noche se poblaba de los gemidos desgarradores del padre.



Bibliografía:
Los Borgia - Jacques Robichon

domingo, 24 de mayo de 2009

Un insigne exhibicionista

Jean-Jacques Rousseau

El siguiente episodio está extraído de las memorias del propio Jean-Jacques Rousseau. Si no lo contara él mismo, tal vez me hubiera resultado difícil dar crédito a la historia:


“…Mi sangre enardecida llenaba sin cesar mi mente de niñas y de mujeres, pero, no acertando a dar con su verdadero uso, las empleaba extravagantemente en mi imaginación sin saber hacer otra cosa, y estas ideas mantenían mis sentidos en una actividad muy molesta, de que, por fortuna, no me enseñaban a libertarme. Hubiera dado la vida por encontrar un cuarto de hora a otra señorita Goton. Pero ya habían cambiado los tiempos en que los juegos de infancia conducían a esta clase de expansiones por sí mismos. Con los años había venido la vergüenza, compañera de la conciencia del mal; se había acrecentado mi timidez natural hasta el punto de hacerla invencible, y nunca, ni en aquel tiempo ni después, he podido hacer una proposición lasciva como no haya sido empujado por la iniciativa de aquella a quien la hiciese, aun sabiendo que no era escrupulosa, y estando casi seguro de su consentimiento.


Creció mi agitación de suerte que, no pudiendo satisfacer mis deseos, los atizaba con los manejos más extravagantes. Buscaba pasadizos oscuros, sitios ocultos donde pudiera exponerme de lejos a las miradas de las mujeres en el estado en el que hubiera querido hallarme a su lado. No era el objeto obsceno lo que veían, ni yo pensaba siquiera en ello, sino el ridículo. Es imposible describir el placer imbécil que experimentaba ofreciendo este espectáculo a sus ojos. De esto a lograr lo que deseaba no había más que un paso, y no me cabe duda de que alguna atrevida al pasar habría satisfecho mis deseos si yo hubiese tenido la audacia de aguardar. Esta locura tuvo un desenlace casi igualmente cómico, pero menos divertido para mí.


Jean-Jacques Rousseau


Un día me situé en el extremo de un patio donde estaba un pozo, al que iban a menudo a buscar agua las muchachas de la casa. Había en aquel extremo del patio un ligero declive que conducía a unas cuevas por varios conductos. En la oscuridad sondeé aquellas avenidas subterráneas y, hallándolas lóbregas y prolongadas, pensé que no tenían fin y que tenía allí un refugio seguro si me veía sorprendido. Con esta confianza ofrecía a las muchachas que iban a sacar agua un espectáculo más risible que seductor. Las más discretas fingieron no ver nada; otras se echaron a reír; algunas se alborotaron, creyéndose insultadas. Yo me oculté en mi retiro, pero fui perseguido. Oí una voz masculina con la que no había contado, y que me alarmó. Entonces me interné en los subterráneos, a riesgo de perderme en ellos; el ruido, las voces, especialmente la de un hombre, me seguían siempre. Había contado con la oscuridad, y vi luz. Entonces me estremecí, y me hundí más y más, hasta que una pared me atajó los pasos, y no pudiendo ir más lejos fue preciso aguardar allí mi destino. En un momento fui alcanzado y agarrado por un hombretón de bigotes enormes, que llevaba un gran sombrero y un sable descomunal, rodeado de cuatro o cinco viejas armadas con mangos de escoba, entre las cuales vi a la bribonzuela que me había descubierto y que sin duda quería verme la cara.


El hombre del sable, agarrándome por un brazo, me preguntó rudamente qué hacía allí. Fácilmente se comprenderá que mi respuesta no fue muy pronta. Con todo, me rehice un poco y, esforzándome, en tan crítico momento, forjé un recuerdo novelesco que me salió bien. Con tono suplicante le dije que tuviese misericordia de mi edad y estado, que yo era un joven extranjero de elevada alcurnia, que había perdido la cabeza y me había escapado de la casa paterna porque me querían encerrar, que estaba perdido si él me daba a conocer, mientras que, si me hacía el favor de soltarme, quizá podría algún día probarle mi agradecimiento. Contra lo que yo esperaba, mis palabras y mi aspecto hicieron efecto. El hombre terrible se compadeció, y después de una corta reprensión me soltó suavemente, dejándome sin preguntarme nada más. Por la actitud de la joven y las viejas, cuando me dejaron salir, conocí que el hombre que tanto miedo me inspiró me había servido de mucho y que con ellas solas no habría salido de allí tan bien librado. Las vi murmurando no sé qué, pero me tenía sin cuidado, pues mientras no se mezclaran en el asunto ni el sable ni el hombre, estaba seguro de librarme de ellas y de sus palos, porque me sentía ágil y vigoroso.


Algunos días después, yendo yo en compañía de un joven abate, vecino mío, por poco doy de hocicos con el hombre del sable, quien me reconoció al instante, y me dijo, imitando mi voz y en tono de mofa:


—“¡Yo soy príncipe; yo soy príncipe, y soy un cobarde!”, pero no trate su alteza de repetirlo.


No dijo una palabra más, y yo me escurrí con la cabeza baja, agradeciendo en el fondo de mi alma su discreción.”




Bibliografía:

Confesiones – Jean-Jacques Rousseau


viernes, 22 de mayo de 2009

"Ni quito ni pongo rey"

Bertrand du Guesclin

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Castilla estaba sumida en plena guerra civil entre el rey Pedro y su hermanastro, el bastardo Enrique de Trastámara. Toledo estaba al borde de la resistencia y necesitaba ser abastecida. No cabía más dilación. Era el momento de preparar el encuentro final y cada uno de los contendientes llamó a sus fuerzas. Pedro guarneció la fortaleza de Carmona y partió hacia Alcántara buscando acercarse a Toledo y permitir el contacto con los refuerzos que esperaba del norte. Le acompañaban 1.500 jinetes moros enviados por el rey de Granada.
Pedro I de Castilla
El Trastámara evolucionó rápidamente y avanzando por la noche sorprendió a Pedro acampado en Montiel, con sus fuerzas diseminadas por la comarca y sin haber recibido todavía la columna que llegaba de Andalucía. Sin darles tiempo para agruparse, el 14 de marzo de 1369 fueron derrotados.
Pedro pudo refugiarse en el castillo, pero a pesar de los cañones de que disponía, la fortaleza no estaba preparada para un asedio. Se imponía cualquier otro tipo de solución, y el fiel Men Rodríguez de Sanabria acudió a la tienda del francés Bertrand du Guesclin, uno de los apoyos de Enrique, con el que había combatido en Montiel. El motivo era que Sanabria conocía a du Guesclin y quiso negociar con él la salida del rey, ofreciéndole a cambio algunas plazas. El francés le prometió facilitarle la huida a Pedro, para lo que debía presentarse esa noche en su tienda.
Ruinas del castillo de la Estrella, Montiel, Ciudad Real
La leyenda y la historia se confunden en uno de los más trágicos hechos de nuestro pasado. Habiéndose presentado don Pedro como se le requirió en la noche del 22 al 23 de marzo de 1369, fue apresado por los otros capitanes mercenarios que habían sido avisados, y apareció el propio Enrique de Trastámara, armado para el combate y gritando:
—¿Dónde está ese judío hideputa?

—¡El hideputa seréis vos, pues yo soy hijo legítimo del buen rey Alfonso! – respondió inmediatamente Don Pedro.

Parece que los hechos pudieron suceder así: los dos hermanos entablaron entonces combate, pero du Guesclin intervino de alguna forma haciendo trampas a favor de Enrique, tal vez con una zancadilla, o ayudando a su señor a quedar encima de Pedro cuando ambos cayeron al suelo durante una lucha en la que el Trastámara dio muerte a Pedro por su propia mano.
Enrique II de Trastámara
Según la leyenda, cuando le recriminaron al francés su actitud tan poco caballeresca, du Guesclin se limitó a decir:
—Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor.

El fratricidio de Montiel se convertirá en tema literario y serán múltiples sus versiones. La noticia se extendió rápidamente por una Europa imbuida de principios caballerescos, y Pedro recibió así las loas que de otra forma no hubiera logrado. Sobre Enrique y du Guesclin llovieron las más duras críticas, pero su condición de vencedores les puso a cubierto de las consecuencias de sus actos.
Concluía ensangrentado un reinado que se había desenvuelto entre sangre, había estado marcado por los asesinatos y las luchas y eran actores finales del drama quienes habían sido sus protagonistas desde aquella lejana primavera de 1350 en que Pedro el Cruel comenzó a gobernar.

Bibliografía:
Pedro I – Luis Vicente Díaz Martín

miércoles, 20 de mayo de 2009

La Liga de la Rosa Blanca


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En la historia de Inglaterra hay dos grandes nombres que hacen volar la imaginación. Uno de ellos es Plantagenet, que parece contener la esencia de todo cuanto es magnífico y principesco. Inmediatamente trae a la memoria a Ricardo Corazón de León, cuyo breve reinado está repleto de romanticismo.
Pero tal vez un nombre de mayor influencia aún es el que conecta a la actual familia real británica con las tradiciones del pasado, y que aglutina historia y leyenda. Tal es el nombre de los Estuardo.
El primer Estuardo del que se conoce algo recibió su nombre del título de Mayordomo de Escocia (Steward of Scotland), cargo que permaneció en la misma familia durante generaciones, hasta que el sexto del linaje, al casarse con la princesa Marjory Bruce, adquirió la corona escocesa. Eso fue a principios del siglo XIV; y finalmente, tras la muerte de Isabel de Inglaterra, el hijo de su rival, Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, reunió bajo su corona los dos reinos que habían estado en guerra constante durante tanto tiempo.
Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra
Seguramente los orgullosos Tudor, cuyo linaje terminó con Isabel, habían despreciado a los “Mayordomos”, cuyo reino era pequeño y frío, y que no eran capaces de controlar a sus propios vasallos. También resulta fácil de imaginar, con Sir Walter Scott, a los altivos nobles de la corte inglesa arrugando la nariz ante la idea de que en adelante tendrían un rey Estuardo ellos mismos. Sin embargo, la diplomacia de Jacobo resultó casi tan buena como la de la propia Isabel, y, aunque hizo algunas tonterías, el nuevo rey estaba lejos de ser un tonto.
Jacobo I no tenía una figura regia, a pesar de lo cual, cuando la ocasión lo requería, conseguía reunir la dignidad que hacía sentir a los demás que estaban en presencia de un rey. Fue el único Estuardo que careció por completo de encanto o belleza.
Su hijo, Carlos I, fue tal vez uno de los peores gobernantes que Inglaterra haya tenido jamás. Sin embargo, su rectitud, su rostro melancólico con cierto atractivo, la gracia de su porte y el elemento fuertemente religioso de su carácter, junto con el hecho de que fue sentenciado a muerte después de haber sido entregado a sus enemigos traicioneramente, fueron todos factores que se combinaron para convertirlo en un mártir. Hoy en día hay ingleses que rezan aún para que Dios perdone a Inglaterra por haber ejecutado al rey Carlos.
Carlos I Estuardo
La llamada Liga de la Rosa Blanca fue fundada el 10 de junio de 1886 para perpetuar la lealtad inglesa al linaje de los Estuardo. Hacen cosas absurdas, como negarse a rezar por los actuales reyes de Inglaterra y empeñarse en sostener que la princesa María de Baviera es la verdadera gobernante de Gran Bretaña. Afirman que los Estuardo fueron los últimos reyes de Inglaterra que gobernaron “por la gracia de Dios” en vez de por la gracia del Parlamento. Y de hecho, la actual familia real se alegra de poder remontar su sangre a los Estuardo a través de una línea procedente del tronco de Jacobo I que había emparentado con los Hanover.
Este sentimiento por los Estuardo es algo que pertenece al reino de la poesía y el romance, pero es tan fuerte que se ha mostrado en numerosas ocasiones del modo más contundente. Por ejemplo, Sir Walter Scott había entregado su lealtad a la casa de Hanover. Cuando Jorge IV visitó Edimburgo, Scott se sintió transportado por el entusiasmo. Ni siquiera era capaz de ver que el hombre que tenía ante sí era un borracho. Veía en él la encarnación de todos los nobles rasgos que deberían conformar a un rey. Se apoderó de un vaso de vino del que había estado bebiendo Jorge y se lo llevó para conservarlo para siempre como un objeto de reverencia. Sin embargo, en su corazón, y con frecuencia en su discurso, incluso Scott era un Jacobita.
Nadie puede acusar a la reina Victoria de frívola, y se supone que no tenía un gran sentido del humor. Pero después de escuchar una vez la música de las gaitas y las baladas románticas que se cantaban en Escocia, dicen que comentó con un suspiro:
Cada vez que escucho esas baladas, siento que Inglaterra pertenece en realidad a los Estuardo.

lunes, 18 de mayo de 2009

¿Tuvo un bastardo Felipe el Hermoso? (II)

Felipe y Juana

En fin, ataron corto a este mozo y fue interrogado por algunos señores en sitio de donde el Rey apenas estaba lejos, a fin de que dijese la verdad, a lo que se le preguntase y que dijese si era el hijo bastardo del Rey Felipe, como en muchos lugares lo había asegurado y dado a entender, pues el Rey quería saber la verdad. Para eso le dijeron estos señores:

—Decidnos lo que hay de esto, pues si es así, os tendrá por tal, y, si no es así, con tal de que digáis la verdad, os perdonará por esta vez.

Ante estas preguntas, este mozo se encontró tan asombrado, avergonzado y perplejo que no sabía lo que tenía que decir. Viendo esto, los señores le dijeron que no tuviese miedo, pues con tal de decir la verdad, no le harían mal alguno, “pues el Rey ha ordenado, con tal que confeséis la verdad, el perdonaros; mas, si se os halla en mentira, seréis gravemente castigado; por eso, aunque resulte que no seáis bastardo del Rey Felipe, os lo perdonará el Rey por esta vez, con tal que nos digáis quiénes fueron vuestro padre y madre.”

Felipe el Hermoso

En ese momento, este mozo se puso de rodillas (como me lo contaron, pues yo no estaba allí) y pedía perdón al Rey gritándole las gracias, diciendo que era natural de Premesques, cerca de Lille, y que no tenía padre ni madre en vida. Que su padre tuvo por nombre Francisco de la Escaile y que él se llamaba Andrés. Dijo luego que, después que su padre quedó viudo, se enamoró de su madre, que servía en la hostería de su padre, y después lo engendró en ella bajo promesa de matrimonio, pero que no cumplió la promesa porque su madre era una pobre moza y su padre tenía bienes. Por esta causa, con desconcierto de su madre, su padre se casó de nuevo en Brujas con otra mujer. Llegó esto a conocimiento de los hermanos de su madre y con los lamentos que les hizo juraron que, si alguna vez volvían a encontrarlo, lo matarían, como lo hicieron, según se lo habían contado. Y su pobre madre, que por entonces estaba muy hermosa, fue solicitada poco después por otros hombres, de tal manera que fue seducida y engañada; luego, algún tiempo después, terminó sus días en la ciudad de Brujas.

Después de que este mozo les hubo declarado a lo largo su caída, le dijeron los señores a manera de interrogatorio:

—Andrés, puesto que bien sabíais de cuáles gentes veníais, ¿qué os movió a declarar y dar a entender que fueseis hijo bastardo del difunto Rey Felipe, sabiendo bien lo contrario?

A lo cual les dijo ese mozo que sabía muy bien que había faltado grandemente, y todo por engaño de los que se habían relacionado con él, dándole a entender que se parecía mucho al difunto Rey Felipe, y que si él decía ser tal, todos le creerían fácilmente, y que por este medio le harían muchos bienes. En la forma que habéis oído, se acusaba este mozo, rogando a los señores que hablasen al Rey en su favor, a fin de poder tener perdón de su ofensa, pues nunca más le sucedería.

Carlos I

Después de haber sabido el Rey la verdad de este asunto, tomóse acuerdo sobre lo que se haría para poner a la gente principal fuera de ese abuso; y ordenóse que se le volviera a vestir con simple vestido de paño, y que lo llevase, por todas las ciudades y plazas que había frecuentado, un alguacil, acompañado de algunos oficiales de justicia, y que en varios mercados lo pusiese en un tablado, en pleno mercado, con un letrero en letras gruesas, puesto en el pecho, con su genealogía, a fin de que todos supiesen quién era y cómo había abusado del pueblo y cómo el Rey le había perdonado el abuso por esa vez.


Bibliografía:
Primer viaje a España de Carlos I con su desembarco en Asturias - Laurent Vital


sábado, 16 de mayo de 2009

¿Tuvo un bastardo Felipe el Hermoso? (I)

La familia del emperador Maximiliano por Bernhard Strigel

A la larga lista de bastardos reales habría que añadir un número, tal vez enorme, de hijos que nunca fueron reconocidos, y otro igualmente grande de impostores. Decidir quién es quién en cada caso no siempre es fácil.

Laurent Vital, ayuda de cámara del rey Carlos I de España, posteriormente emperador Carlos V, nos ha dejado la crónica del primer viaje a España del joven monarca, y por él conocemos un episodio muy interesante sobre un hombre que afirmaba haber tenido por padre a Felipe el Hermoso. 

He decidido mostrar íntegramente el capítulo, dividido en dos entradas por ser algo extenso.


XVI

De un mozo que decía ser bastardo del Rey Felipe de Castilla


Durante el tiempo que el Rey, nuestro señor, estaba en Midelburgo esperando el buen tiempo para seguir hacia Castilla, había noticia de que frecuentaba muchos lugares de por aquí un mozo, hijo bastardo del Rey Felipe, como él decía, y que estaba entre los 19 y los 20 años de edad. Y como tal daba a entender, había de tal manera abusado del pueblo que en muchos lugares la gente principal lo había creído tal como él se decía; y nacía este error y abuso por el consejo de algunos instruidos pícaros (como después se supo por su confesión sin violencia, amenaza ni coacción, sino de franca voluntad ), los cuales se habían valido de él para ponerle y mantenerle en ese error, dándole a entender que, si él mantenía ser tal, los países y mucha gente principal le harían muchos bienes, diciéndole que su figura tiraba muy bien al dicho difunto Rey Felipe, que fue tan amado por todos. Hacían eso a fin de vivir a su costa con gran abundancia de bienes. Con este modo de dar a entender, frecuentó este mozo muchas ciudades y regiones de Flandes, donde le hicieron muchos bienes, honor y colectas en honor de dicho difunto buen Rey Felipe, que tan amado fue por todos y de quien él se decía ser hijo bastardo.

Felipe el Hermoso
Así pues, la cosa había pasado tan adelante que en muchos lugares no se hablaba más que del señor bastardo, de tal modo que, cuando se daba a conocer, era por todas partes bien acogido y aún por toda clase de gente principal festejado, mantenido, favorecido y asistido, llenándose la bolsa con los dones y presentes que muchas ciudades, señores y prelados le hacían. Llegadas estas cosas al conocimiento del Rey Católico, nuestro señor, por lo mismo que deseaba saber la verdad, aunque hubiese querido que tal fuese, mandó escribir a todos los lugares adonde decían que tenía costumbre de ir con frecuencia para que, a la primera vez que volviera, se apoderasen de él, sin causarle agravio ni disgusto, y que se lo llevasen, pues la intención del Rey era que, si se hallaba que era tal como se decía, estaba en razón el mantenerle, servirle y hacerle bienes, y que si era otro se haría como conviniera y se creyera expediente a fin de que no abusasen de la gente principal y demás ni que, durante la ausencia por su viaje a Castilla, se originase o levantase alguna desavenencia por la maldad de algunos malquerientes, de lo que sus países o súbditos podrían recibir daño.

Carlos I

Así pues, estando nuestro señor el Rey en Midelburgo, esperando viento propicio, fue hallado ese antedicho mozo en la ciudad de Brujas, arrestado por el oidor Felipe Pinock y enviado finalmente a Midelburgo ante el Rey, tal y como iba vestido, a saber, con un jubón de terciopelo azul y capa de montar de terciopelo negro, retirándole sólo algunas bagatelas, como una cadena de oro con eslabones engastados, que dicho oidor retuvo para guardarlas por miedo de que se las quitasen y a fin de rendir cuentas si había necesidad o pedirlas en confiscación si era confiscado en cuerpo y bienes. Llegado este mozo a dicho lugar de Midelburgo, fue entregado en guarda, por orden del Rey, a seis arqueros de corps, para así hacerle buen acogimiento y tenerle seguro. Ahora bien, a causa de que yo era amigo de los que lo guardaban, me lo dejaron ver y comí con él y, como si tal cosa, charlamos alegremente, sin hablar de él ni de su prendimiento. Pero como yo tenía tan bien en la memoria la fisonomía de dicho señor Rey don Felipe, de quien se decía ser su bastardo, le miré muy a propósito, mas no pude creer que fuera su hijo porque no se le parecía. Sin embargo, tenía un poco abierta la boca, pero, no obstante eso, mirándole, no dejaba recuerdo alguno de dicho Rey Felipe...


Continuará

jueves, 14 de mayo de 2009

Bastardos Valois

Dunois, el Bastardo de Orleáns

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El más ilustre de los bastardos fue aquel a quien la posteridad iba a conocer con el nombre de conde de Dunois, aunque no recibiera tal título hasta los 36 años. Antes de eso se llamaba a sí mismo con orgullo el Bastardo de Orleáns. Era hijo natural de Luis, duque de Orleáns y hermano menor del rey Carlos VI. Por tanto, era primo de Carlos VII, cuya causa defendió durante la última parte de la Guerra de los Cien años.
Sin embargo, si defendió valientemente Orleáns contra los ingleses, no fue tanto por lealtad hacia “el rey de Bourges” como por apoyar a su hermanastro, el poeta Carlos de Orleáns, prisionero desde la batalla de Azincourt. Comenzaba a desesperar cuando apareció en su auxilio en ejército conducido por Juana de Arco. Los encuentros del joven príncipe y de la pastora fueron tormentosos al principio. Pero mientras se disputaban la mejor estrategia a seguir, el viento que soplaba sobre el Loira y que era el principal tema de su disputa, cambió súbitamente de dirección, dando la razón a Juana. El Bastardo lo consideró un milagro, y desde entonces creyó en la Doncella y combatió a su lado.
Blasón de Dunois con la barra de bastardía
Aunque durante el transcurso de su larga carrera Dunois iba a aliarse una vez contra Carlos VII y otra contra Luis XI, contribuyó a la liberación de Francia y sirvió al rey en su consejo. Fue el antepasado de los duques de Longueville, el último de los cuales falleció en tiempos de Luis XIV.
Carlos VII, por su parte, tuvo tres hijas de su amada Inés Sorel. Una de ellas, Carlota de Francia, se casó con el conde de Brezé, que la mató al sorprenderla en flagrante delito de adulterio. El hijo mayor de Carlota, Luis de Brézé, se casó con Diana de Poitiers, 40 años más joven. Por parte de una de las hijas de esta extraña pareja —la duquesa de Aumale, casada con un Guisa—, Carlota se convertiría en la antepasada directa no sólo de Luis XV y los últimos Borbones reinantes en Francia, sino también del actual rey de España.
Inés Sorel
Cuando Enrique II contaba sólo 14 años y era aún el duque de Orleáns, se casó con una italiana de su edad, Catalina de Médicis. Esta unión resultó estéril durante muchos años, y fue un tema de inquietud, pues mientras tanto el joven príncipe se había convertido en heredero al trono al fallecer su hermano. Todos se preguntaban cuál de los dos esposos era el que no podía tener hijos cuando Enrique despejó toda duda: durante la campaña militar en Italia le nació una hija de una joven piamontesa de gran belleza, Filippa Duc. El príncipe se hizo cargo de la niña mientras la madre ingresaba en un convento. Se la bautizó con el nombre de Diana, y cuando su existencia se hizo pública muchos se preguntaron si no se trataría en realidad de una hija de la propia Diana de Poitiers, por entonces ya todopoderosa en el corazón de Enrique. Es más: algunos historiadores permanecen convencidos de que era hija de Diana, y que la historia de Filippa fue una mera cortina de humo.
Diana de Francia
El asunto de su nacimiento estuvo a punto de provocar que Catalina de Médicis fuera repudiada, pero finalmente y contra todo pronóstico la reina trajo 10 hijos al mundo. Esto no causó ningún perjuicio a la pequeña Diana, que se convirtió en Diana de Francia cuando su padre alcanzó el trono. Se casó con el duque de Castro, posteriormente duque de Montmorency. Viuda por dos veces, recibió de su hermanastro Enrique III el título de duquesa de Angulema. Fue una mujer de virtud irreprochable, universalmente respetada en la corte disoluta de los Valois. Jugó un papel importante como mediadora durante las guerras de Religión, y es de destacar que supo reconciliar a Enrique III y el futuro Enrique IV.
Diana de Poitiers
Bien diferente fue su hermanastro, el Bastardo de Angulema, que Enrique II había tenido en 1550 con una bella escocesa, Lady Flemming, para gran furia de Diana de Poitiers. Fue un asesino que participó activamente en las guerras de Religión.
De Nicole de Savigny Enrique tuvo otro hijo al que dio el título de Barón de Valois-Saint-Rémy. La famosa condesa de la Motte-Valois, principal personaje del asunto del collar de María Antonieta, descendía de él.
En 1573 la reina Isabel de Austria, esposa de Carlos IX, y Marie Touchet, su amante, tuvieron un hijo cada una: la reina una niña, la favorita un varón.
Marie Touchet
Este hijo, Carlos de Valois, fue un señor temible. Avaro, no quería pagar a sus servidores y los enviaba a atracar a quienes pasaran por el Pont-Neuf. Se llevaba mal con su tía, la reina Margot, a la que intentó secuestrar y asesinar. Más tarde conspiró contra Enrique IV y salvó su cabeza de milagro. En tiempos de Luis XIII recibió el título de duque de Angulema. Llevó a cabo una importante embajada en Alemania durante la Guerra de los Treinta Años y recibió el mando del ejército que sitió La Rochelle. Sus descendientes se extinguieron en tiempos de Luis XIV.