miércoles, 29 de abril de 2009

Las cabezas cortadas de los Celtas


Los historiadores no se ponen de acuerdo al señalar la época en la que los distintos pueblos celtas comenzaron a cortar las cabezas de sus enemigos, que luego llevarían como trofeos. Podían colgarlas en las toscas sillas de sus caballos, en las puertas de sus casas o en otros lugares visibles. Suponían el testimonio de una proeza, y las embalsamaban para que se conservaran en buen estado durante mucho tiempo.


No aceptaban devolver estos trofeos a las familias que los reclamaban, ni a cambio de elevadas compensaciones en oro, plata y otros objetos valiosos. Por eso las cabezas cortadas terminaron por aparecer en las monedas y en los monumentos celtas. Una gran cosecha de estas cabezas se encontró en el depósito celtíbero de Puig-Castellar, cerca de Barcelona. Aparecieron docenas de cráneos atravesados por clavos.


Los irlandeses cuando iban a guerrear acostumbraban a decir “vamos a cosechar cabezas”. En los Anales de los Cuatro Maestros se puede leer que Aed Finnliath, el rey de Irlanda, luego de derrotar a los ejércitos de Dinamarca, en el año 864, ordenó que se amontonasen todas las cabezas de los enemigos muertos, porque consideró que no existía una mejor prueba de la gran victoria conseguida.


Sin embargo, no se opinaba lo mismo cuando el derrotado era de la misma raza. En una guerra entre dos naciones celtas, al caer muerto el célebre rey-obispo Cormac, en el año 908, uno de sus enemigos le cortó la cabeza, que luego entregó a su rey Flann Sina, el cual en lugar de aceptarla prefirió devolverla a sus familiares.


Existen pruebas suficientes para saber que en muchas tribus celtas la iniciación de los jóvenes guerreros consistía en salir en busca de una cabeza humana. Si volvían con ella colgando de su silla de montar, no sólo se consideraba que su instrucción militar había concluido, sino que adquirían todos los derechos de un noble adulto, uno de los cuales consistía en que podían casarse y formar una familia.


Pero la cabeza humana no sólo era un trofeo. Para los celtas significaba algo así como la cruz para los cristianos, ya que la valoraban como la portadora o la casa del alma, la sustancia del ser humano, lo que iba a proporcionarle la inmortalidad; cualidades que no perdía al ser cortada, y que, además, transmitía en parte a su poseedor.


En una trágica leyenda galesa se cuenta que Bran el Divino se enfrentó a tantos enemigos en una batalla que fue vencido. Antes de expirar pidió a sus siete amigos, que eran los únicos supervivientes, que le cortaran la cabeza y la llevasen lejos de allí, pues no quería que pasara a convertirse en un trofeo para sus enemigos. La petición fue cumplida con tanto rigor que los siete la seguían guardando cuando llegaron al otro mundo, donde se la pudieron entregar a su propietario. Junto a éste permanecieron 80 años, hasta que uno de ellos cometió un delito imperdonable, cuyo castigo provocó que los siete volvieran a la Tierra. Llevaron de nuevo consigo la cabeza de Bran, el cual les había aconsejado que la enterraran en el centro de Londres, para que así toda la Britania fuera defendida de cualquier mal, y así lo hicieron. Hasta que un grupo de malvados la desenterró, lo que desencadenó calamidades de todo tipo.


Esta leyenda ayuda a comprender por qué los mismos héroes celtas pedían que se les cortara la cabeza cuando caían en una batalla. Después la cabeza sería conservada por la familia en el mejor lugar de la casa, y hasta la adornarían con oro y otros metales preciosos, sobre todo cuando el embalsamamiento estuviese perdiendo sus efectos.


Otra de las costumbres celtas era convertir las cabezas, o las calaveras, en vasos que utilizaban en sus banquetes. Realmente no temían a la muerte, como demuestra la bravura con la que combatían. El guerrero celta se limitaba a llevar la espada, el escudo y un torque o collar, a la vez que todo su cuerpo aparecía desnudo sobre el caballo o a pie. Si se le arrebataba el torque en una batalla, se consideraba vencido, aunque siguiera empuñando la espada o la lanza.



Bibliografía:

Los celtas - Manuel Yáñez Solana


sábado, 25 de abril de 2009

¿Fue envenenada Adriana Lecouvreur?

Adriana Lecouvreur

Adriana Lecouvreur, nacida el 5 de abril de 1692 en Damery, Francia, fue la más célebre actriz de su época. Inició su carrera sobre el escenario en la ciudad de Lille, y en 1717 debutaba en París, en la Comedie Française. Era tremendamente popular entre el público, que apreciaba en ella el hecho de haber desarrollado un nuevo tipo de interpretación mucho más natural de lo que se venía haciendo hasta entonces.


Era rubia, con una boca pequeña y carnosa, un rostro de rasgos delicados y sensuales, con grandes ojos azules y expresivos. En una palabra, era la típica belleza del siglo XVIII.


Adriana fue la gran pasión de Mauricio de Sajonia, un amor en el que la actriz le correspondía plenamente. Su relación fue intensa y apasionada, pero al principio no muy fiel por parte de Mauricio, pues cuando la conoció era el amante de la duquesa de Bouillon. Sin embargo, Adriana llegó a adueñarse de su corazón de tal modo que pronto el infiel acabó por desdeñar a toda otra para dedicarse enteramente a la que fue el amor de su vida.


Mauricio de Sajonia


La duquesa, despechada, se tomó muy a mal el abandono de su amante y juró vengarse. Efectivamente, intentó envenenar a Adriana con unos polvos de arsénico, pero se descubrió la ponzoña, ya que quien se lo había de administrar sufrió remordimientos y delató el crimen.


No obstante, meses más tarde, la actriz moría de disentería. Los síntomas de la enfermedad fueron un tanto extraños. Un cronista de la época, testigo presencial, escribió: “La pobre criatura murió cuando ya se creyó que iba a sanar. Tuvo tremendas convulsiones, cosa que no pasa jamás en las disenterías. Se extinguió como una candela. Cuando le hicieron la autopsia se encontraron las entrañas gangrenadas. Se pretende que fue envenenada por una lavativa.”


Todo París acusó a la duquesa de Bouillon, y este envenenamiento a través de un enema ha pasado a la historia de los enigmas criminales del siglo XVIII.


La negativa por parte de la Iglesia a dar un enterramiento cristiano a Adriana impulsó a Voltaire a escribir un amargo poema sobre ello.


La vida de esta actriz sirvió de inspiración para la ópera Adriana Lecouvreur, así como para una obra de teatro que fue más tarde llevada al cine (Dream of Love) y protagonizada por Joan Crawford. Sara Bernhardt también la interpretó en 1913, y se han hecho al menos seis películas más sobre esta mujer.


jueves, 23 de abril de 2009

Lencería Belle Epoque


Las prendas interiores femeninas de la Belle Epoque, de 1870 hasta la Primera Guerra Mundial, todas blancas, estaban cargadas de bordados a mano, aplicaciones de encajes, alforzas, alforcitas, alforzones, valencianas, entredós, monogramas, bordados y pasacintas.

La dama del período romántico, de finales del siglo XIX y principios del XX, usa una camisa, calzones, corsé con liguero para sujetar las medias, puede llevar enaguas o viso y cubrecorsé.

La multiplicidad de prendas interiores superpuestas no distinguía clases sociales, aunque sí se diferenciaban las mujeres ricas de las pobres por la calidad de las telas.


Al finalizar el siglo XIX, una época en la cual parecer elegante era la norma, las mujeres gastaban gran parte de su tiempo y esfuerzo en vestirse cada día, incluyendo copiosas capas de camisolas, camisetas y enaguas. Así, verdaderamente, uno de los propósitos o intenciones del desarrollo de los modelos en la moda y lencería, ha sido ahorrarse el tiempo que se gastaba en vestirse.



Las versiones de camisolas, camisetas y enaguas se daban ya por desaparecidas en el despertar de la revolución de la licra o fibra sintética, que surgió alrededor de 1900.


El brasier, sujetador o sostén es también Belle Epoque.

Una neoyorquina llamada Mary Phelps Jacob cambió para siempre la moda femenina en 1913 cuando inventó el primer sujetador atando dos pañuelos. Jacob empezó a fabricarlos para su familia y amigos, y pronto comenzó a circular la noticia. En 1914 había conseguido la patente de su diseño y los estaba vendiendo por todos los Estados Unidos. Aunque había habido varios intentos parecidos en el pasado, el sujetador de Jacob fue el primero en ser comercializado con éxito.

Pero históricamente el brasier había surgido como un corsé para resaltar la figura perfecta, (siglo II A.C., en Creta). Y, como trozo de tejido que sostenía el pecho, era también utilizado ya por las atletas de la antigua Roma.

En los años 20 el sujetador se separa del corsé, constituyendo el nacimiento de la prenda que hoy conocemos. La diseñadora francesa Hermine Cadolle fue el artífice de esta revolución en la moda íntima.


Y mientras tanto Consuelo Portela, la Chelito, cantaba su pícaro cuplé en el Madrid de comienzos del siglo pasado:


Tengo una pulga dentro de la camisa
que salta y corre y loca se desliza...
Como esta pulga llegue yo a encontrar
les aseguro que me las va a pagar.


martes, 21 de abril de 2009

Síbaris y los sibaritas

Lo que queda de Síbaris

En el extremo occidental del golfo de Tarento, sobre el mar Jónico, al norte de la desembocadura del río Crati colonizadores de Acaya, Grecia, fundaron la ciudad de Síbaris en 721 a. C. Llegó a ser rica y próspera debido al comercio con Mileto y Grecia y a la producción agrícola, y su lujo fue famoso entre los griegos. Hay una conocida historia acerca de un hombre de Síbaris que tenía su lecho cubierto de pétalos de rosas, pero insistía en que era incómodo porque uno de los pétalos estaba arrugado. Por ello, la palabra sibarita se usa hoy para referirse a una persona amante del lujo extremado.



Había canales que llevaban el vino directamente del campo a la ciudad y no se dejaba trabajar a los herreros y carpinteros porque el ruido que producían resultaba molesto.


Otro grupo de colonizadores aqueos fundó Crotona en 710 a.C. Estaba en la punta del pie de la bota italiana, a unos 80 kilómetros al sur de Síbaris, a lo largo de la costa. Pese a la hermandad de origen de ambas ciudades, entre Crotona y Síbaris existía ese género de enemistad tradicional que era frecuente entre las ciudades-Estado griegas vecinas. Fue uno de los pocos casos en que una logró una total victoria sobre la otra. La vencedora fue Crotona, y su victoria, según reza la historia, se logró a expensas del lujo de los sibaritas.


Crotona


Al parecer, los sibaritas enseñaban a bailar a sus caballos al son de la música, por lo que sus desfiles eran muy impresionantes. En el 510 a. C. libraron una batalla contra los habitantes de Crotona, quienes, sabedores de este hecho, fueron a la batalla con músicos. Los caballos sibaritas empezaron a danzar y las tropas sibaritas cayeron en la confusión. Los crotoniatas ganaron y destruyeron la ciudad totalmente y, años después, desviaron las aguas del río Crati haciéndolas fluir hacia Síbaris, con lo que la transformaron en un pantano inhabitable. Fue tal la devastación que en siglos posteriores se discutió dónde había estado exactamente el emplazamiento de la ciudad.



Bibliografía:

Los griegos - Isaac Asimov


lunes, 20 de abril de 2009

Un funeral vikingo



El viajero árabe Ibn Fadlan siguió en el 822 los detalles del funeral de un jefe vikingo a orillas del Volga. En su crónica nos cuenta cómo la embarcación del muerto fue arrastrada hasta tierra. A bordo, bajo la tienda, se instaló un lecho. Se recubrió la almohada y el colchón con un rico tejido de seda cruda. Luego asearon al muerto, lo vistieron con unos calzones, calcetines, botas, un caftán y un gorro de brocado bordado en oro y adornado con pieles de marta. Lo llevaron al lecho y dejaron las armas a su lado. A su alrededor colocaron bebidas alcohólicas, carne, cebollas, frutas y plantas aromáticas. Luego se procedió con una serie de sacrificios rituales: mataron y despedazaron un perro, dos caballos, dos bueyes, un gallo y una gallina, arrojando sus restos sobre la embarcación.


Uno de los vikingos se dirigió entonces a las mujeres esclavas del muerto.

—¿Hay entre vosotras alguna que quiera morir con él? —preguntó.


Una de ellas respondió que sí. Le dijeron que se acercara, igual que a otras dos jóvenes que habían estado a su servicio y lo habían acompañado en todos sus desplazamientos. Durante los días que precedieron a los funerales, la joven que había expresado el deseo de morir pareció sentirse dichosa. Bebía, cantaba y estaba alegre. El día de los funerales, los hombres acudieron a visitarla uno tras otro en su alojamiento. Luego la condujeron a una especie de podium y, por tres veces, la levantaron en brazos. El que traducía sus palabras, la primera vez dijo:

—Mirad, he aquí a mi padre y mi madre.

La segunda vez:

—Mirad, he aquí reunidos a todos mis parientes que han desaparecido.

U la tercera vez:

—Mirad, he aquí a mi dueño en el reino del Más Allá. ¡Todo está verde y hermoso! Me llama. Dejadme ir a reunirme con él.


Entonces la condujeron hasta el barco funerario. Empezó por quitarse las dos pulseras que llevaba en las muñecas y entregarlas a la anciana encargada de matarla, a la que llamaban el Ángel de la Muerte. También se quitó las dos argollas que adornaban sus pies y las dio a dos chicas, hijas de la anciana. Cuando la subieron a bordo de la embarcación funeraria, llegaron hombres con escudos y palos y le dieron una copa llena de una bebida alcohólica. Ella se bebió el contenido y empezó a cantar. Era su canción de despedida. Después de que le entregaran una segunda copa, que bebió sin dejar de cantar, la anciana le dijo que se diese prisa en apurarla y que entrase en la tienda funeraria donde yacía su señor. La joven se asustó entonces y se limitó a meter la cabeza por la abertura de la tienda. La anciana la hizo entrar por la fuerza, y los hombres se apresuraron a ahogar sus gritos golpeándola con los palos y los escudos. Temían que, al oír sus gritos, las otras jóvenes se aterrorizasen y se negasen a compartir la suerte de sus amos cuando les llegara el momento.

Seis vikingos penetraron en la tienda, uno tras otro, y tuvieron relaciones sexuales con la esclava, después de lo cual la acostaron al lado de su señor. Mientras dos de ellos le sujetaban las manos y otros dos los pies, la anciana le rodeó el cuello con un lazo, cuyos extremos tendió a dos de los hombres. A continuación el Ángel de la Muerte tomó un gran cuchillo y lo hundió entre las costillas de la víctima mientras los hombres tiraban con fuerza del lazo hasta producirle la muerte. Cuando acabaron, se prendió fuego a la embarcación funeraria y la enterraron bajo un túmulo.


Bibliografía:
Los Vikingos - Pierre Barthélemy

sábado, 18 de abril de 2009

La Condesa del Desierto

Marga


-->
Jeanne Amélie Marguerite Clérisse d’Andurain nació en Bayona el 29 de mayo de 1893, en el seno de una familia de la burguesía vasca. La infancia de Marga, nombre por el que era conocida, resultó marcada por un largo peregrinaje a través de distintos centros educativos de los que era sistemáticamente expulsada, hasta llegar al convento de las Ursulinas en Ondarribia, Guipuzcoa.


Marga no era hermosa, con sus facciones angulosas y un rostro dominado por una gran nariz. Sin embargo, cautivaba de inmediato por su simpatía y su arrolladora personalidad. Cuando tenía 17 años se casó con Pierre d’Andurain, un primo lejano suyo. Viajaron entonces por Argelia y España, tras de lo cual decidieron trasladarse a Argentina y establecerse allí como criadores de caballos. El proyecto salió mal, y al cabo de dos años, arruinados, emprendieron el regreso a Bayona. Para entonces su marido ya la había decepcionado. Marga veía bien que no podría contar con él, y que era ella quien debería tomar las riendas.

En 1925 fallece su padre y Marga decide invertir la herencia en Egipto, país en el que se presentan con el falso título de condes. Esto, por supuesto, les abrió las puertas de la alta sociedad. Su idea era montar un salón de belleza en El Cairo. Tal vez nunca llegaremos a saber si por entonces había sido ya reclutada por el servicio de inteligencia británico y el negocio, frecuentado por las más aristocráticas clientas egipcias —y por la esposa del Shah de Persia—, era sólo una tapadera para su labor como espía.

Un día la baronesa Brault la invitó a un viaje en compañía del mayor Sinclair, jefe del servicio de inteligencia británico en Haifa, Palestina. El recorrido la llevaría por Tierra Santa y por Siria, y dio ocasión a un romance con Sinclair. Con él llegó a Palmira, una pequeña aldea en la que había un destacamento de soldados franceses. Estuvo segura de inmediato de haber encontrado el lugar de sus sueños. Sinclair, por cierto, se suicidó pocos meses después, cumpliendo así la maldición que caía sobre los amantes que se abrazaban a cierta columna de Palmira.

Marga y su esposo en Palmira

A su regreso a El Cairo, Marga convenció a su esposo para que se trasladaran a vivir allí. En 1930 compró el hotel de Palmira, lo decoró con muebles rústicos de estilo vasco y le puso por nombre Zenobia, como la reina que desafió a Roma. Se llevaba bien con los beduinos, aunque no así con los militares, que intentaron asesinarla.

Su leyenda le atribuye también un romance con Lawrence de Arabia. Esto no es cierto, pero sí fue la amante del joven arqueólogo Daniel Schulumberger, y parece que pudo tener un affaire con el rey Alfonso XIII cuando éste pernoctó en su hotel. Tampoco son ciertas las historias que cuentan que cabalgaba desnuda por el desierto, aunque un anciano del lugar recuerda que se bañaba sin ropa en el manantial.

Pero la inquieta Marga no podía estar mucho tiempo sin desafiarse a sí misma con nuevos retos. Tres años más tarde decide que quiere ser la primera occidental en entrar en la ciudad santa de La Meca, algo prohibido a los no musulmanes. Para poder conseguirlo, y como ya se había divorciado de su esposo aunque ambos continuaran juntos al frente del hotel, se casó con Soleimán, un humilde camellero de la aldea, y se convirtió al Islam. Por supuesto ella sólo chapurreaba árabe, no conocía la religión islámica y ni siquiera sabía dónde estaba La Meca, pero eso daba igual.

Boda de Marga y Soleiman

La aventura estaba servida: al desembarcar en el puerto de Yidda, a orillas del Mar Rojo, fue descubierta por las autoridades locales, que la encerraron en un harén hasta que su esposo beduino regresara de la peregrinación. Para entretenerse durante el encierro, se dedicó a bordar pañuelos y a enseñar a las mujeres del harén pasos de fandango, vals y charlestón.

El asunto se complicó cuando Soleimán murió en extrañas circunstancias. Marga fue acusada del asesinato y encerrada en los calabozos. Se libró de morir lapidada gracias a la intervención del cónsul francés, pero fue expulsada y devuelta a Francia el 15 de julio de 1933. Parecería que esto suponía el final de sus aventuras, pero qué va, nada de eso. Ella acababa de comenzar.

Al cabo de un año pudo regresar a Palmira. A petición de su hijo Jacques, volvió a casarse con su esposo, con el que mantenía una buena amistad tras el divorcio. Pero resulta que una noche Pierre apareció brutalmente asesinado en las proximidades del hotel. Esto hizo que Marga abandonase definitivamente Siria en 1937.

Durante la Segunda Guerra Mundial ella y su hijo Jacques vivieron en el París ocupado por los alemanes. Jacques fue un héroe de la Resistencia mientras ella se ganaba la vida traficando con opio. Cuando París fue liberado, ambos se trasladaron a la Costa Azul. Meses más tarde era detenida en Niza, acusada de la muerte de su joven sobrino, pero puesta finalmente en libertad al no haber pruebas contra ella.

Después de eso compró un velero con la intención de emplearlo para traficar con oro en el Congo. Pero el 5 de noviembre de 1948 moría asesinada en su velero en Djeilan, en Tánger. Nunca apareció el cadáver ni se conocieron detalles del crimen.


Bibliografía:
Cautiva en Arabia– Cristina Morató - Plaza y Janés, 2009
La condesa del desierto – Rosa Gil

sábado, 11 de abril de 2009

Una española en la Revolución Francesa

Teresa Cabarrús

Para unos un engendro del mal, para otros un ángel salvador, Teresa Cabarrús, hija del conde Cabarrús, ministro de finanzas de Carlos III, nació en Carabanchel Alto, cerca de Madrid, el 31 de julio de 1773. Siendo aún una niña fue enviada a estudiar a Francia, donde pasó a residir de modo permanente al contraer matrimonio con el marqués de Fontenay, que después se divorció de ella.


Retrato del conde de Cabarrús, padre de Teresa, por Francisco de Goya


Teresa fue famosa por su vida disipada, pero dicen que hasta en sus horas de mayor disipación, ella, que simpatizaba con las ideas revolucionarias, mostró un temperamento compasivo, mitigó infinitos dolores y arrebató a la guillotina millares de cabezas. Tal vez atolondrada, vanidosa y ambiciosa, pero nunca vulgar.


Teresa Cabarrús


En los brindis de un banquete político alzó su copa un día “por el olvido de los errores, por el perdón de las injurias, por la reconciliación de todos los franceses”. Y en 1817, en una carta, dice: “…Se sabe de antemano que mi divisa es el perdón de los errores con el olvido de las injurias, y que esta divisa, adoptada y proclamada en medio de las crisis que sucedieron al 9 de Termidor, prueba que la paz y la unión son los únicos anhelos de mi alma”.


Teresa Cabarrús


Se arruina por socorrer a los que necesitan su auxilio y, hablando de sí misma, se define en estos términos: “Soy una pobre mujer con un corazón de hospital”.


Al respecto de Tallien, quien arrebatado por su belleza se convirtió en su amante tras hacerla liberar cuando fue arrestada en Burdeos, Teresa nos deja esta frase para justificar su desamor hacia él: “Hay demasiada sangre en sus manos”. Trató, sin embargo, de influir en él y hacerle más benévolo. Al poco tiempo de comenzar a vivir con él en Burdeos, afirmó: “Hace varios meses que no me acuesto ninguna noche sin haber salvado a alguien”.


Teresa en la prisión de La Force aguardando la guillotina


Nadie puede negar tampoco que era valiente. Se jugó la tranquilidad y arrostró enormes peligros en numerosas ocasiones por ayudar al prójimo, y provocó la caída de Robespierre, que había jurado aniquilarla. Supo, además, desafiar habladurías igual que había desafiado a la muerte.


Ejecución de Robespierre


A su valentía contribuyeron su optimismo y el aplomo que le infundió su hermosura. Porque era hermosa, francamente hermosa. Y también desprendida, abnegada, intrépida. Con ella, sin embargo, se han ensañado sus primeros biógrafos debido a su vida de escándalos, sus devaneos amorosos, su coquetería, su desaprensión. Fue la mejor amiga de Josefina, pero Napoleón la desaprobaba precisamente a causa de su conducta, y durante la época del Imperio no fue recibida en los salones más distinguidos.

miércoles, 8 de abril de 2009

El enigma del príncipe hitita


Después del reinado de Tutankhamon, cuando éste ya había entregado todo el poder a los sacerdotes egipcios, hubo en Egipto una reina viuda, de identidad incierta, que tomó una decisión sorprendente: escribió a Shubililiuma, rey de los hititas, para que le enviase a uno de sus hijos, ya que estaba dispuesta a tomarlo por esposo.


Trono de Tutankhamon


La hipótesis más ampliamente difundida es la de que se trataba de Nefertiti. Todo concuerda perfectamente para que sea ella la autora de la carta a condición de que pueda demostrarse con certeza que continuaba viva por entonces. Se han propuesto también otras candidatas: son cada vez más los que señalan a Ankhesenamón (viuda de Tutankhamon), e incluso alguno apunta hacia Meritatón (viuda de Smenkhara).


Nefertiti


Fuera cual fuese la reina que envió la misiva, y a quien los hititas llamaban simplemente Dahamunzu (Gran Esposa Real), el Gran Rey Shubililiuma eligió a Zannanza, su predilecto, y le envió a Egipto con un séquito muy importante. Lo que nunca pudo imaginar es que la boda jamás se celebraría, debido a que el príncipe y sus acompañantes fueron asesinados. ¿Por quién?


Se han formulado tantas hipótesis que nos tropezamos con un verdadero enigma. No obstante, son muchos los historiadores que apuntan al general Horemheb, futuro faraón, como el responsable de la matanza, al querer evitar el conflicto que hubiera desencadenado en el país el acceso al trono del príncipe y su esposa real. Otros, en cambio, señalan hacia Ay, el entonces faraón, por la razón de ver en él a un rival que podría destronarlo, lo cual parece haber sido la intención de la reina viuda al acordar su matrimonio.


Tumba de Horemheb en el Valle de los Reyes


En los Anales de Shubiluliuma se escribe que éste se vengó de Egipto declarándole la guerra. Y no lo hizo invadiéndolo, pues consideró que le causaba un daño mayor arrebatándole varias posesiones que tenía en Siria. Las pérdidas fueron desastrosas para Egipto, y sólo terminaron cuando se declaró en Hattusa una epidemia, al parecer llevada por los prisioneros egipcios, que devastó el imperio Hitita y causó la muerte del propio rey.


Mapa de los dominios hititas



Bibliografía:

Los hititas – Carter Scott

Dahamunzu - Wikipedia

martes, 7 de abril de 2009

Amón el misterioso

Templo de Amón en Karnak

El nombre de Amón significa el misterioso, el oculto.


En cuanto dios de Tebas, solamente a partir de la XI dinastía comenzó a obtener relevancia, que fue proporcional al poder que iba concentrando la misma Tebas, en detrimento de Menfis y de su dios Ptah.


Ptah


Tenía carácter de divinidad solar, facilitando el predominio tebano su identificación con Ra o el dios Sol. Como Amón-Ra, o Sol en el horizonte, junto a Maub y Johnsu, formaba la trinidad tebana. Si bien los mismos hicsos lo mantuvieron como dios principal, fue con las dinastías XVII y XVIII cuando Amón alcanzó su máximo esplendor, por haber sido Tebas quien inició y triunfó en la lucha por la unificación egipcia.


Se le representaba de diversas maneras según la función bajo la que se le concibiese. Se le reproducía con figura humana, siendo su emblema un casco cilíndrico, plano en la parte superior, del que sobresalían dos largas plumas de gavilán. Como generador del hombre aparecía con cabeza de carnero y cuerpo de león.


Amón


Aunque Karnak fue su sede original y principal, su culto y los templos amonitas se difundieron por todo el delta, siendo de destacar los templos del desierto de Libia, denominados posteriormente Oasis de Amón, y el de Nepata, en Etiopía. Las donaciones de tierras, ganados y rentas que la monarquía tebana dispensó, y muy generosamente, a los templos de Amón, otorgaron gran poder y riqueza a sus sacerdotes. Éstos vincularon directamente Tutmosis con Amón, pues afirmaron que había sido el propio dios quien fecundó el vientre de su esposa, engendrando a la futura Hatshepsut.


Hatshepsut


Este agrupamiento de recursos en manos del colegio sacerdotal, que en Tebas disponía de numeroso personal masculino y femenino, significó un desplazamiento de los recursos de la corona a los sacerdotes, explicando algunas reacciones del poder real (como la asignación de funciones sacerdotales superiores a parientes del faraón, o la extrema reacción del movimiento atonita amarniense de Akhenatón). También justificaba la facilidad para acceder desde el sacerdocio máximo a la corona.


En varios momentos de la historia egipcia, el tesoro de Amón fue mayor que el del propio faraón y toda su familia.