domingo, 21 de agosto de 2016

Enrique II de Inglaterra más de cerca


Enrique II de Inglaterra había nacido en Le Mans el 5 de marzo de 1133, hijo de Godofredo V de Anjou, apodado el Hermoso, y de Matilde de Inglaterra. Se crió en Anjou, en las vastas posesiones de su padre, y desde muy joven se vio inmerso en la vida militar, ayudando a su madre en sus reclamaciones sobre el trono inglés.

No tenía ni veinte años cuando contrajo matrimonio con Leonor de Aquitania, que rondaba los treinta, pero para entonces ya obraba como hombre maduro, había mandado tropas en varias guerras y tenía dos bastardos que eran educados con esmero.

Enrique estaba considerado un hombre apuesto, aunque no realmente hermoso, bien proporcionado, de estatura mediana, amplio tórax y fuerte musculatura, con una abundante mata de cabello rubio rojizo típico de los Plantagenet; rostro cuadrado, anguloso y ojos de un tono azul grisáceo, redondos, algo saltones, unos ojos que aparecían inyectados en sangre cuando se encolerizaba. Al igual que ocurría con sus ancestros, y que iba a ocurrir también con sus hijos, sufría violentos accesos de ira que no convenía provocar. 

Diestro en el ejercicio físico, también prestaba atención a las letras, lo cual era una tradición familiar, puesto que uno de sus antepasados, Fulco el Bueno, conde de Anjou, en una ocasión dirigió al rey de Francia una misiva en estos términos:

“Al rey de los francos, del conde de los angevinos. Sabed, señor, que un rey sin letras es un asno coronado”.

El motivo de la osadía fue haberse enterado de que en los círculos próximos al rey se burlaban de la cultura de Fulco, “digna de un clérigo, y de su manera de cantar latín como un monje”.

Enrique, desde luego, también leía en latín, hablaba la lengua de Oc y varios idiomas: “todas las lenguas empleadas entre el mar de Francia y el Jordán”, según exageraban sus allegados. Durante su infancia tuvo preceptores muy capaces, entre ellos Pedro de Saintes, del que se decía que conocía la ciencia del verso mejor que cualquiera de sus contemporáneos. Y cuando contaba tan solo nueve años, su padre lo envió a Bristol, donde fue educado por otro erudito: el maestro Mateo, canciller de Matilde.

Otro de sus ancestros, su abuelo Fulco de Anjou, tras dejar a su hijo bien casado con Matilde, abandonó sus tierras para viajar a Tierra Santa. Allí contrajo matrimonio con la reina Melisenda. Descendía igualmente Enrique de Fulco el Negro, el típico señor feudal del siglo XI, feroz, capaz de aniquilar cuanto se le oponía y de saquear ciudades y abadías. Por tres veces le había sido impuesta la penitencia de peregrinar a Tierra Santa. Allí compareció ante el Santo Sepulcro con el torso desnudo y fue flagelado por dos servidores que, por orden suya, gritaban ante la muchedumbre que contemplaba el espectáculo:

—Señor, recibe al malvado Fulco, conde de Anjou, que te ha traicionado y ha renegado de Ti. Contempla, ¡oh, Cristo!, su alma arrepentida.

Los dominios de los condes de Anjou lindaban con los de Aquitania, y ello debió de resultar decisivo en su enlace con la reina Leonor. Juntos dominarían casi todo el oeste de Francia, desde el canal a los Pirineos, puesto que Enrique, además, era duque de Normandía. Grande era la ambición de ambos, aunque Leonor seguramente se sintió también atraída por su esposo, como se percibe en múltiples detalles de su vida. Y ella, por su parte, parecía contar también con suficientes atractivos para cautivar a Enrique.

El rey de Inglaterra era hombre elocuente, agradable y especialmente cortés mientras no sufriera uno de sus temibles arrebatos. Sus modales a la mesa eran exquisitos, y bebía con moderación. Se lo describe como valiente, instruido, prudente y generoso, pero a menudo se veía dominado por su pasión por el sexo opuesto. Las infidelidades a su esposa fueron numerosas, y algunas causaron gran conmoción, como su relación con la princesa de Francia que iba a convertirse en la esposa de su hijo Ricardo. El escándalo impidió que el matrimonio se llevara a cabo.

Vestía muy sencillamente. Se sentía cómodo con su ropa de caza y montado sobre su caballo, y no usaba guantes excepto cuando llevaba un halcón en el brazo. Amaba las aves y los perros, pero también solía retirarse en compañía de un buen libro, y gustaba de los debates intelectuales.

Oía misa diaria mientras permanecía todo el tiempo en pie, al igual que cuando asistía a consejos y a algún acto público. Prácticamente solo se sentaba a la hora de comer o al montar a caballo.


Resultaba muy accesible, y tenía la rara cualidad de no olvidar nunca un rostro. No se atenía a la rutina de ningún horario; con frecuencia improvisaba o decidía sobre la marcha, lo que tal vez contribuyó a desarrollar su habilidad para reaccionar con rapidez ante circunstancias imprevistas. Era capaz de hacer el camino de cuatro o cinco días en uno solo, y así desbarató alguna vez los complots de sus enemigos al llegar antes de lo previsto. No le gustaba permanecer en palacio, sino que prefería viajar por el reino y asegurarse de que se hacía justicia en todos los rincones. El ejercicio al que se entregaba le convenía, porque de ese modo quemaba la grasa que tendía a acumular en el abdomen.

Según Peter de Blois, “nadie es más astuto en el consejo, más exaltado en el discurso, más seguro en mitad del peligro, más cauto en la fortuna, más constante en la adversidad. Una vez que ha apreciado a alguien, es difícil que deje de amarlo; una vez ha odiado a alguien, es difícil que lo reciba en su gracia.”

Apreciaba la lealtad por encima de todas las cosas, y los mayores ataques de cólera surgían cuando se encontraba ante una traición. Más de una vez se dice que llegó a echar espuma por la boca mientras gritaba de rabia, y que, tirado en el suelo, masticaba la paja que lo cubría. Sin embargo, comprendía la oposición cuando era leal. A pesar de esta exigencia de lealtad, él mismo era tan infatigable en la persecución de sus derechos, que no tenía inconveniente en manipular e incluso romper su palabra.


Las que él percibió como traiciones, primero de Becket y después de Leonor, le dolieron profundamente. Pero las que más lamentó fueron las de sus propios hijos, a los que se había unido una parte de la nobleza y, ayudados por los reyes de Francia y de Escocia, levantaron una gran rebelión contra él. Enrique hizo prisionero al rey de Escocia y le obligó a rendirle homenaje por su reino. En cuanto a la rebelión de sus hijos, estaba tan mortificado por ello que cayó enfermo en Chinon. Al darse cuenta de que se acercaba su fin, ordenó que lo llevaran a la iglesia, donde murió ante el altar el 6 de julio de 1189, a los 57 años de edad y 35 de reinado. Sus ingratos asistentes dejaron su cuerpo desnudo en la iglesia, pero después fue enterrado en Fontevraud, en Anjou.

Enrique reunió las habilidades de un político, la sagacidad de un legislador y la magnanimidad de un héroe. Fue reverenciado por encima de los demás príncipes de su tiempo, y su muerte largamente lamentada por sus súbditos.


Nos vamos a Galicia. El sábado 27, a las 18 horas, presentaré "La leyenda del enmascarado" en la Feria del Libro de Burela, en un acto conducido por Miguel Ángel de Rus. Firmaré ejemplares el sábado 27 y el domingo 28.



miércoles, 10 de agosto de 2016

LEMAS


Ana Bolena – Mihi et meoe (por mí y por los míos).

Ainsi sera, groigne qui groigne (así será, digan lo que digan).

La más feliz.



Carlos de Orleáns, padre de Luis XII – Ma volonté.



Carlos I de Inglaterra – Justitia et veritas.



Carlos IX – Pietate et Justitia



Casa de Austria – A. E. I. O. U. (Austriae est imperare Orbi Universo)



Catalina de Aragón: Humilde y leal



Catalina Howard: No other will than his. (No tengo otra voluntad que la suya)



Catalina Parr – To be useful in all that I do. (Ser útil en todo lo que hago).



César Borgia – Aut Caesar, aut nihil (César o nada)



Duque de Buckingham – Think of me often (piensa mucho en mí)



Duque de Wellington – Virtute fortuna comes – La fortuna acompaña al valor.



Eduardo III, Orden de la Jarretera: Honi soit quy mal y pensé (Que la vergüenza caiga sobre quien piense mal)



Enrique II de Francia – Donec totum impleat orbem (hasta llenar todo el cielo)



Enrique II de Inglaterra – Utrumque (ambos)



Enrique III de Francia - Manet ultima coelo donec totum compleat orbem. (“La última está en el cielo antes de llenar el mundo”. Se refiere a la última corona, la celestial, por encima de todas las otras. Él poseía dos terrenales: la de Francia y Polonia, pero la más deseable era la del reino de los cielos.)



Enrique III de Inglaterra - Ke ne dune ke ne tiens ne pret ke desire (quien no da lo que tiene, no gana lo que desea).



Enrique IV de Francia - Duo praetendit unus ("Uno protege a dos": Francia y Navarra)



Enrique VIII – Altera securitas (Otra seguridad)

Merci, fortune (gracias, fortuna)

Oblier ne puis (no puedo olvidar)

Coure loyall (corazón leal)



Felipe II de España – Hinc vigilo (por tanto, vigilo)

El mundo no es suficiente

Nec soli impar (igual al sol)



Guillermo III – Conservaré



Isabel I de Inglaterra – Rutilans rose sine spina 

Semper eadem (siempre igual)



Isabel la Católica – Premio la lealtad militar



Juana Seymour – Bond to obey and serve (Para obedecer y servir)



Luis XII - Cominus et eminus (De cera como de lejos)



Luis XIV – Nec pluribus impar (Por encima de todos)



Manuel Filiberto de Saboya – A quien es despojado, le quedan las armas.



María Tudor – Pro aroe et regni custodia (por la custoria del altar y del reino).

Veritas temporis filia (La verdad es hija del tiempo).



María Estuardo: En ma fin est mon commencement (En mi fin está mi principio, lema que tomó de su madre, María de Guisa).

Sa virtu m’attire (su virtud me atrae).



Maximiliano I - Bella gerant allii, tu felix Austria nube! (Que otros hagan la guerra ; tú, feliz Austria, cásate)



Papa Alejandro VII – Montium custos (el guardián de los montes)



Reina Victoria – Dieu et mon droit (“Dios y mi derecho”, tomado de Ricardo Corazón de León, o de Guillermo el Conquistador según otras fuentes, por los monarcas ingleses desde Enrique VI)



Ricardo I – Christo duce (con cristo por guía)



Ricardo III – Loyalte me lie. (La lealtad me ata)



Sir Winston Churchill – Fiel pero desdichado. (Lema en español. Durante las Guerras Civiles Inglesas entre 1642 y 1651, un antepasado apoyó a Carlos I frente a Cromwell. Pero tras la derrota en la Batalla de Worcester y la ejecución del rey, sus partidarios cayeron en desgracia, incluido Churchill, que perdió todas sus posesiones y títulos. Con la Restauración, Carlos II premió la lealtad de los realistas con títulos y honores, pero sin indemnización económica por cuanto habían perdido. Los nombró caballeros y les otorgó el derecho a portar un escudo de armas, y el recién nombrado Sir Winston Churchill eligió para su escudo el lema “Fiel pero Desdichado”, con el que expresaba su decepción. La razón por la que aquel Churchill eligió el idioma español para su lema, en lugar del habitual latín o francés, permanece en la oscuridad.



William Shakespeare – Non sans droict (no sin derecho).


Muchísimas gracias a Manuel López Paz por su divertida reseña de La leyenda del Enmascarado. 
http://docmanuel.blogspot.com.es/2016/08/la-leyenda-del-enmascarado.html

Muy agradecida igualmente al Gélido Tolya, por su estupenda reseña en su blog Civilización o Barbarie:
http://elgelidotolya.blogspot.com.es/2016/08/montserrat-suanez-la-leyenda-del.html

¡Da gusto tener lectores tan estupendos!

lunes, 1 de agosto de 2016

Occitania y los cátaros


Occitania, donde se hablaba la lengua de oc (langue d’oc), se correspondía prácticamente con la mitad sur de lo que hoy es Francia. Se oponía a la mitad norte, cuyo idioma era la lengua de oil (langue d’oïl), antepasada del actual idioma francés. Buena parte de estas tierras del sur estaban bajo el dominio o la influencia de la Corona de Aragón, pero también había poderosos señores independientes de facto, y algunos que rendían vasallaje al rey de Francia.

La Edad Media había dejado a la humanidad sumida en las tinieblas. Las invasiones de los bárbaros, el férreo sistema feudal que se fue consolidando a partir de entonces, el poder inmenso de la Iglesia fueron factores que arrinconaron la cultura atesorada por la antigüedad y favorecieron que se fuera imponiendo la superstición y la ignorancia. Es cierto que debemos a los monasterios la conservación de los viejos libros griegos y romanos mediante la labor de los monjes amanuenses que copiaban y traducían los textos, pero la Iglesia trataba de monopolizar la cultura y el arte estaba casi exclusivamente al servicio de la religión: la arquitectura expresaba sus mayores grados de refinamiento al construir catedrales, la literatura que no tuviera fines sacros era escasa y la pintura se empleaba para representar escenas de los Evangelios, puesto que en una época en la que la mayoría de la población era analfabeta, las imágenes resultaban un recurso útil para realizar la labor de adoctrinamiento. 

Sin embargo, Occitania constituía una excepción. Mientras Francia se sumía en la barbarie, allí se apreciaba la cultura y el refinamiento, se componía música y poesía, se celebraban las cortes del amor y se rendía culto a la belleza. 


Si los cantares de gesta tendían a celebrar los ideales caballerescos del valor en batalla, la lealtad y el honor, surgía otra literatura que celebraba el amor. Fueron los poetas del sur, los trovadores, quienes popularizaron el concepto de amor cortés, revolucionario en aquel tiempo. Basándose en ideas de Platón y de escritores árabes, e influenciados por el creciente culto a la Virgen María, estos poetas componían su obra en la lengua occitana. Deificaban a las mujeres, concediéndoles superioridad sobre los hombres, y establecían códigos de cortesía y conducta caballerosa. 

La amada, una figura idealizada, a menudo de alto rango e incluso casada, permanece inalcanzable para su humilde adorador, que debe rendirle homenaje y demostrarle su devoción y lealtad durante un tiempo antes de que su amor sea siquiera reconocido. En este juego la mujer siempre ostenta el liderazgo y establece el tono de la relación. Sus deseos y órdenes son absolutos, y cualquier pretendiente que no los cumpla no es merecedor del honor de obtener su amor. Había un cierto erotismo subyacente bajo estos preceptos, pues se entendía tácitamente que el que persistía llegaría a conseguir un día la recompensa que esperaba.

Los trovadores procedían de todos los estratos sociales. Los nobles occitanos fueron en ocasiones famosos trovadores que componían música y poesía, como Guillermo de Poitiers, el abuelo de Leonor de Aquitania, un personaje singular cuya vida fue tan intensa y azarosa como la de un personaje de novela. El duque de Aquitania mantuvo un prolongado pulso con la Iglesia, a la que desafió de todos los modos posibles, como cuando concibió una violenta pasión por la esposa de su vasallo el vizconde de Châtellerault. La dama, a quien él llamaba Dangerosa (la Peligrosa), llevaba 7 años casada y tenía tres hijos. Sin importarle las consecuencias de sus actos, la raptó de su alcoba y se la llevó a su castillo en Poitiers. Guillermo murió excomulgado, un castigo que no aceptó mansamente: cuando el obispo estaba a punto de pronunciar la sentencia de excomunión en la catedral de Saint-Pierre, Guillermo irrumpió espada en mano, lo agarró por el cuello y amenazó con matarlo si no lo absolvía. Como el obispo se mantuvo firme, él desistió y se limitó a exclamar desdeñoso: 

—No os amo tanto como para enviaros al Paraíso.


Los trovadores también podían ser de origen humilde, como el célebre Bernart de Ventadour, que se supone hijo de un panadero. Incluso hubo mujeres trovadoras, como la condesa Beatriz de Día. En ocasiones estos poetas sólo eran compositores, pero otras veces interpretaban personalmente sus obras, y después los juglares itinerantes, que eran meros intérpretes, iban repitiendo los cantares de castillo en castillo. 

La Tierra de Oc era un oasis de luz en medio de las tinieblas, un mundo destinado a no sobrevivir, a ser aplastado por la oscuridad del Medievo que arrasaba todo a su paso. Fue también la patria de los cátaros, y ellos fueron el pretexto para entrar a sangre y fuego en esos territorios que el rey de Francia ambicionaba y la Iglesia quería sometidos, como el resto, a su control.

Los cátaros suponían un peligro no solo para el poder eclesiástico, sino también para el temporal. Eran una especie de “antisistema” que hacían peligrar la propia base del feudalismo sobre la que se asentaba la sociedad de la época y el poder del rey, puesto que rechazaban todo juramento, y eso incluía el de vasallaje. 

El catarismo afirmaba la existencia de una dualidad creadora que atribuía a Dios el mundo espiritual, las almas, y al demonio el material, los cuerpos, pero también las guerras y la Iglesia católica, todo lo cual rechazaban. Y, como consideraban los cuerpos obra de Satán, era imposible que aceptaran la idea de que Cristo se encarnó en un hombre. Para ellos no había tomado forma material, sino que había sido una aparición. Además rechazaban el Antiguo Testamento, porque el dios que allí se muestra es un sanguinario dios de la guerra que percibían como maligno y opuesto a su idea del bien.


No comían carne, pues pensaban que podían reencarnarse en un animal, aunque sí comían pescado, que consideraban un fruto natural que ofrecía el mar. Pero la mentalidad de un cátaro era avanzada en muchos aspectos. Por ejemplo, sostenían que la mujer tenía la misma dignidad que el hombre, algo sorprendente en aquel siglo en el que Santo Tomás, entre otros, siguiendo las teorías de Aristóteles, decía que el alma entraba en el cuerpo de un varón a los 40 días de la concepción, mientras que en el de una mujer tardaba el doble. Según él, “la mujer es bastarda y defectuosa y en consecuencia debe estar sometida al hombre”. 

Los cátaros no sólo tenían superadas estas cuestiones, sino que además aceptaban las relaciones homosexuales y el suicidio. Los llamados perfectos, el más alto grado de su jerarquía, practicaban la castidad, pero no así el resto de la secta, que podían mantener relaciones sexuales libres, sin buscar la paternidad. El pecado era para ellos traer hijos al mundo, almas que quedaban encerradas en cuerpos materiales creados por Satán.

Eran un peligro para el status quo y la excusa perfecta para que los poderosos dieran rienda suelta a su ambición con la conquista de aquellas tierras. A comienzos del siglo XIII el Papa Inocencio III convocó una cruzada contra ellos, una guerra que llevó la muerte a Occitania y favoreció la expansión hacia el sur del rey de Francia. Con la persecución de los cátaros, tras el holocausto de Montségur, el sur de Francia quedó tan devastado que su cultura terminó por desaparecer.


lunes, 18 de julio de 2016

Vacaciones


Después de los últimos ajetreos, llegan las vacaciones. Volveremos en agosto.

Han sido unas estupendas jornadas en la Semana Negra, en buena compañía de público y de autores. He presentado “La leyenda del enmascarado” y participado en una mesa redonda con Lourdes Ortiz, Teresa Galeote y Marta Gómez Garrido. La carpa estaba llena, a pesar de que en la de al lado teníamos la dura competencia de Luis Eduardo Aute, nada menos. Nadie puede con nosotras.


Al día siguiente asistí al evento de Lourdes y al de tres grandes de la novela negra, compañeros de editorial: Salvador Robles Miras, Germán Díez Barrio y José Díaz, que nos ofrecieron una divertidísima y exitosa presentación de sus obras.

¡Lástima que solo haya una Semana Negra al año! Me llevo un montón de buena literatura y maravillosos recuerdos. Muchas gracias a cuantos nos habéis apoyado con vuestra presencia, especialmente a los que os desplazasteis desde otras ciudades para estar presentes.


Ahí estamos, en el periódico A Quemarropa. Teresa Galeote, Lourdes Ortiz y Montserrat Suáñez.

¡Hasta pronto!


miércoles, 6 de julio de 2016

La Bastilla en el siglo XVII


La fortaleza de la Bastilla fue construida en la Edad Media para defender París durante la Guerra de los Cien Años. En el siglo XIV comenzó a ser utilizada como prisión, y los reyes de la dinastía Borbón continuaron dándole ese uso. 

La Bastilla iba a jugar un papel muy importante durante la rebelión de la Fronda, en tiempos de la menor edad del Rey Sol. Por entonces ya no era la temible y siniestra cárcel de antaño, pero la imaginación popular le atribuye horrores que hacía tiempo que no tenían cabida en sus recintos. Por el contrario, para tratarse del siglo XVII, casi podría decirse que era una prisión modélica. Mientras que en la mayoría de las prisiones de la época era habitual el empleo de la tortura, en La Bastilla se restringía su empleo, y las únicas permitidas eran la del agua y la de la bota. En el caso de las mujeres, solo se autorizaba este último tormento. Se puede decir que el trato era más humano que en el resto, y que se tomaban especiales precauciones para evitar encarcelar a la persona equivocada. Y sin embargo fue esta ciudadela construida en las afueras de París la que más adelante se acabaría convirtiendo en un símbolo del poder despótico. 

En realidad la Bastilla era la prisión de lujo, la aristocrática. Durante el reinado de Luis XIV fueron encerrados en la fortaleza algunos caballeros por haberse batido, contraviniendo la prohibición relativa a los duelos. También era el castigo habitual para aquellos acusados de espionaje, para los conspiradores, falsificadores y estafadores o para quien ofendiera al monarca de cualquier modo. Incluso muchos protestantes dieron con sus huesos en La Bastilla desde los tiempos de las Guerras de Religión. En cualquier caso, no siempre se mencionaba el motivo por el que un prisionero era encarcelado. El rey decidía personalmente quién debía ser enviado allí, por lo que las órdenes de arresto eran lettres de cachet firmadas por él y por un ministro. Todo se llevaba a cabo con mucha ceremonia: se tocaba al detenido en el hombro con un bastón, y de ese modo quedaba formalizado el arresto.


Aunque una lettre de cachet implicaba que la reclusión iba a ser por un tiempo indefinido, en principio no era una prisión prevista para largas condenas. El promedio de estancia en la fortaleza durante el reinado de Luis XIV, que recurrió a ella con inusitada frecuencia, fue de alrededor de tres años, puesto que muchas veces el confinamiento tenía un mero carácter preventivo y duraba solo el tiempo necesario para realizar la pertinente investigación de los hechos. 

Como especial medida de seguridad contra cualquier posible abuso, se designaba un ministro especial que tenía a su cargo la Bastilla. Su deber era supervisar los gastos y asegurarse diariamente del número de prisioneros que eran recibidos. Era un puesto muy codiciado, y el propio Colbert llegó a ostentarlo. 

Había mazmorras al pie de cada torre, y muy adecuadas a la novelesca idea, tan extendida, sobre la vida en la Bastilla. Eran lugares insanos que se llenaban de agua con las crecidas del Sena. A veces se colocaba una cadena y se ataba a ella a un prisionero, pero estas celdas no eran las que ocupaban los presos, sino los lugares reservados a castigos especiales para los más recalcitrantes. Ni siquiera en esos casos se retenía a nadie en ellas; una vez cumplido el castigo, eran devueltos a sus celdas. 

Se accedía por el extremo de la rue Saint-Antoine. A través del portal, adornado con numerosos trofeos, se ingresaba en el primer patio, bordeado a la derecha por unos cuantos tenderetes y a la izquierda por los establos y los barracones del gobernador. Una vez atravesado, al pie de las ocho torres se cruzaba por un puente levadizo llamado pont de l’Avancé. Estaba abierto de día, pero permanecía cerrado durante la noche. Nadie podía pasar por allí ni detenerse en aquel punto, y se apostaban centinelas para impedir que el pueblo se agrupara con la intención de contemplar el paso de los prisioneros. 


Una campana anunciaba la llegada del preso. Pasado el puente, el recién llegado se encontraba en el patio del gobernador. Al extremo del patio había otro puente levadizo reforzado por barrotes de hierro, y después de pasar ante los guardias allí estacionados se llegaba al patio de los prisioneros. Contra lo que cabría esperar, el lugar no era silencioso, ni el patio resultaba sombrío, sino bullicioso: estaba lleno de gente que hablaba, reía y se divertía con diversos juegos. 

Enfrente había un gran edificio dividido en dos por un corredor y una escalera. La planta baja era para las cocinas y el refectorio, y en el primer piso se alojaba a los prisioneros, a los que se permitía una cierta libertad de movimientos. El teniente del rey ocupaba el segundo piso, de modo que podía ver desde las ventanas de sus aposentos cuanto ocurría en el patio. Si el recién llegado se detenía allí de espaldas al puente y frente a este edificio, distinguía a la derecha las celdas de los prisioneros guardados menos estrictamente. 

En el interior de la Bastilla, un oficial hacía ronda regularmente por las celdas para asegurarse de que todo estaba en orden. Los centinelas se relevaban cada dos horas. Algunos vigilaban las ventanas e informaban de lo que ocurría en las calles, de modo que en la fortaleza todo estuviera preparado en caso de un levantamiento popular. 

A menos que se encontrase necesario que el detenido fuera interrogado por el teniente general de policía, era el teniente del rey quien le recibía. Él y un capitán acudían al encuentro del recién llegado para conducirlo hasta el gobernador de la fortaleza. Tras comparecer ante él, el recluso era trasladado a la sala del consejo, donde se le hacía vaciar sus bolsillos. 


Los aposentos del primer piso eran octogonales, con dobles puertas y grandes chimeneas sobre las que a veces había un retrato del rey. Para mirar al exterior por la ventana enrejada, el preso tenía que subir tres escalones cortados en el muro. Generalmente se permitía tener libros —en tiempos de Luis XIV la Bastilla contaba incluso con una biblioteca un tanto desorganizada—, recibir visitas, mantener correspondencia y pasear por el patio. Podían encender la chimenea y amueblar su habitación con sus propios enseres o bien dirigirse al tapicero de la Bastilla, que cobraba unos precios exorbitantes. A menudo se autorizaba al prisionero a tener dos servidores consigo si podía permitírselo. 

El castigo más común para las faltas leves era la disminución en la ración de comida, aunque casi nunca en régimen tan severo como para quedar reducido a pan y agua. En realidad los platos que se servían en la Bastilla eran muy abundantes, y, como prueba de que se trataba de la más aristocrática de las prisiones, tal vez les sorprenda saber que también se servía vino: dos botellas de borgoña o de champaña. 

Algunos presos preferían comer más modestamente y quedarse con el dinero que sobraba del destinado a su manutención. Cuando el prisionero no disponía de medios, el Estado los procuraba, y el destinatario podía gastarlos o ahorrarlos a su conveniencia, sin tener que devolver las cantidades no empleadas. A finales del reinado de Luis XIV algunas de las celdas estaban amuebladas y provistas con todo lo necesario a expensas del Estado. 

Y es que La Bastilla iba a perder por esos años su carácter de prisión exclusiva para la aristocracia al añadirse una sección para presos comunes, un lugar mucho menos agradable donde los condenados vivían de la caridad y del “pan del rey” en húmedos calabozos subterráneos. Estos prisioneros a veces eran encadenados. Eran los “pailleux”, así llamados porque dormían sobre un jergón (paillasse) cuya paja se cambiaba una vez al mes.



Para la constatación y ampliación de este y otros puntos, se puede consultar el volumen 1 de los archivos de la Bastilla, publicados por Ravaisson. 



El viernes, 15 de julio a las 20:15, presentación de "La leyenda del enmascarado" en la Semana Negra de Gijón, el mayor festival literario internacional al aire libre de Europa. El acto, en el que las autoras Teresa Galeote y Marta Gómez Garrido presentarán también sus obras, será conducido por Lourdes Ortiz. Os esperamos a los que podáis acercaros el fin de semana.



Muchas gracias a dlt por su magnífica reseña en su página "desdelaterraza". No se puede explicar mejor ese choque entre dos mundos ni escribir mejor una crítica que, además, agradezco que sea tan positiva.

http://desdelaterraza-viajaralahistoria.blogspot.com.es/2016/07/la-leyenda-del-enmascarado-entre-la.html



sábado, 25 de junio de 2016

Simonne Evrard, "Madame Marat"


Simonne Evrard había nacido en Tournus el 6 de febrero de 1764, o, según otras fuentes, 1767. Fue la mayor de las tres hijas del segundo matrimonio de su padre, un carpintero de barcos. La niña, al igual que sus hermanas, recibió probablemente alguna instrucción en la escuela gratuita del hospicio de Tournus.

Simonne perdía a su madre contando tan solo diez años, y poco después también quedaba huérfana de padre. Es entonces cuando ella y sus hermanas se trasladan a París, donde una conciudadana les proporciona trabajo en el negocio que había abierto en la capital. Hay varias versiones acerca del empleo que desempeñó la niña, pero podría haberse tratado de una fábrica de manecillas de reloj.

Era bonita. Medía 1,62, tenía cabellos oscuros, rostro ovalado y nariz aguileña. La boca era más bien generosa y los ojos grises. Goupil-Louvigny dice de ella:

“Tengo razones para creer que la viuda Marat no era una mujer corriente, pues su cuñada me hablaba de ella con entusiasmo. Albertine conservaba religiosamente cuanto le había pertenecido. Yo personalmente fui encargado, en los últimos años de su vida, cuando se vio obligada por la necesidad, de vender diversos objetos y ropa que procedían de ella, todo lo cual poseía cierta elegancia y gran distinción”.


En diciembre de 1790 Marat, director de L’Ami du Peuple, entraba furtivamente en una casa y llamaba a una puerta en el segundo piso. Fue la ciudadana Simonne quien le abrió. Ella creía en la causa revolucionaria y admiraba a cuantos perseguían a los enemigos de la misma. Marat, desde su periódico, no cesaba de hacerlo. Meses antes había escrito:

“Hace un año que quinientas o seiscientas cabezas cortadas os hubieran hecho felices y libres. Hoy será preciso cortar diez mil. Dentro de algunos meses quizá sean necesarias cien mil; y lograréis maravillas porque no habrá paz para vosotros hasta que exterminéis todos los brotes de los implacables enemigos de la patria…”

Y poco después:

“Dejad de perder el tiempo imaginando medios de defensa. No queda más que uno, el que tantas veces os he aconsejado: una insurrección general y ejecuciones populares. Aunque fuera preciso cortar cien mil cabezas, no se puede dudar ni un instante. Colgadlos, colgadlos, amigos míos, pues es el único medio para eliminar a vuestros pérfidos enemigos. Si ellos fueran los más fuertes, os degollarían sin piedad; acuchilladlos, por tanto, sin misericordia.”


Simonne se sentía exaltada por estos discursos, pero la Asamblea Nacional acabó por molestarse. Eso fue el 19 de diciembre, el día en que Marat escribió en su periódico: “Corred a las armas… y que vuestros primeros golpes caigan sobre el infame general [La Fayette], inmolad a los miembros corrompidos de la Asamblea Nacional, al infame Riquetti el primero; cortad los pulgares de las manos de todos los nobles. Si sois sordos a mis gritos, peor para vosotros.”

La Fayette y Mirabeau se enfurecieron. El general, que era comandante de la Guardia Nacional, envió 300 hombres armados a la imprenta del periódico. Armarios y cajones fueron registrados sin contemplaciones, se secuestraron los ejemplares de L’Ami du Peuple, pero no lograron encontrar a Marat, refugiado en un sótano. Desde allí seguía escribiendo sus manifiestos. Ahora pedía a la multitud que masacrara a la guardia nacional y exhortaba a las mujeres a infligir a La Fayette “el suplicio de Abelardo”.

La furia del general se redobló. La Fayette envió a sus hombres en su busca. Marat, acosado, pasó una semana cambiando constantemente de lugar para no ser encontrado. Escribía a veces desde un granero, otras veces incluso desde las grutas del convento de los Cordeliers. Hasta que uno de los trabajadores del periódico le buscó un buen escondite en casa de su cuñada, Simonne evrard, que por la admiración que profesaba a Marat estaba dispuesta a darle refugio en su hogar.

La joven se enamoró de él apenas conocerlo. Marat era francamente espantoso, a pesar de lo cual sabemos que sedujo a Angelica Kauffmann, a la marquesa de Laubespine y a muchas jóvenes colaboradoras.


Durante el tiempo que él permaneció oculto a su lado, ambos se convirtieron en amantes. Un día, según cuenta Verginaud, ante una ventana abierta Marat tomó la mano de Simonne y “arrodillados ambos ante el Ser Supremo”, prometió desposarla “ante el vasto templo de la naturaleza, que tomo por testigo de la fidelidad eterna que te juro…”. Esa promesa iba a plasmarse posteriormente por escrito, con fecha de 1 de enero de 1792.

“Habiendo cautivado mi corazón las buenas cualidades de mademoiselle Simonne Evrard… le dejo en prueba de mi lealtad, durante el viaje que me veo obligado a hacer a Londres, la promesa sagrada de desposarla inmediatamente tras mi regreso, por si toda mi ternura no fuese suficiente garantía de mi fidelidad. Que el olvido de este compromiso me cubra de infamia.”.

En el momento del compromiso, Simonne tiene casi 28 años y él veinte más. Ella había llegado a su vida en un momento en que Marat se veía en la cuerda floja en todos los aspectos. Estaba aislado en sus posiciones políticas y su situación financiera era sumamente precaria. Ambos vivían juntos, y Simonne consigue ayudarlo también en esto, puesto que una de sus hermanas había muerto sin hijos y le dejaba una herencia. El 26 de julio de 1793, ella declara que “cuando el ciudadano Marat vino a vivir con ella, se encontraba en la más apurada de las situaciones; que por el interés de la patria y por ayudarlo en la impresión y distribución de su periódico, consumió la mayor parte de su fortuna…”.

Y, al parecer, ambos se casaron, aunque no celebraron ningún tipo de ceremonia religiosa. Según el Journal de la Montagne, Marat “no creía que una vana ceremonia constituyera condición indispensable para el matrimonio”. El propio Marat alude en su diario a una ceremonia privada al estilo Rousseau. Recordemos que el filósofo contrajo un curioso matrimonio con Thérèse en el que fue él mismo novio y oficiante a la vez. Dichos matrimonios no eran infrecuentes en determinados lugares de París, especialmente entre los sans-culottes, y a menudo eran considerados válidos por el gobierno local.


El día en que una joven de Caen solicitó audiencia con el Amigo del Pueblo, Simonne sospechó y le negó la entrada. Pero Charlotte Corday se mostró insistente y su presencia llegó a oídos de Marat, que tomaba su baño medicinal para aliviar la enfermedad de su piel. Decidió recibirla, y quedó a solas con ella. Poco después Simonne escuchaba el grito angustiado de su esposo: “¡Ayúdame, querida amiga!”, pero llegaba demasiado tarde: la daga de la asesina ya había alcanzado su objetivo y Marat moría.

Poco después la viuda dirigía un discurso a la Asamblea.

“No he venido ambicionando favores ni para lamentarme de mi pobreza. La viuda de Marat solo necesita una tumba”. 

Y luego habló elocuentemente contra los que habían sido los enemigos de su marido. Los periódicos de Roux y Leclerc no sobrevivieron mucho tiempo a su denuncia. Después de eso, Simonne se retiró de los asuntos públicos para vivir en compañía de la hermana de Marat, cuya familia la reconocía formalmente como su viuda.

“Declaramos, pues, que cumplimos con satisfacción los deseos de nuestro hermano al reconocer a la ciudadana Evrard como nuestra hermana, y que tendremos por infame a aquellos de nuestra familia, de haber alguno, que no compartieran los sentimientos de estima y gratitud que sentimos por ella”.

Simonne trató en vano de defender la memoria de su esposo hasta que le sobrevino la muerte, el 24 de febrero de 1824.


Muchas gracias a los que estáis acudiendo a las presentaciones de "La leyenda del enmascarado" en diversos puntos de la geografía española. Hacemos un alto en los eventos hasta la feria internacional de la Semana Negra, el 15 de julio.